7
Alice abrió los ojos al sol deslumbrante de la mañana, maldiciendo. Era mucho antes del mediodía, y hacía un día lo suficientemente luminoso como para darle dolor de cabeza. Se había despertado por causa de un ruido; un zumbido insistente que venía del jardín. Buscó el tabaco por la mesilla de noche. Bella le había prohibido que fumara en la casa, así que Alice lo hacía siempre que podía. Pero sólo encontró un paquete vacío y arrugado.
Apartó las mantas y bajó los pies al suelo de madera brillante. Lo veía todo tan borroso como de costumbre. Sacó sus gafas del cajón, se las puso en la nariz y dejó escapar un suspiro de alivio cundo consiguió enfocar la habitación.
El horrible ruido cada vez era más intenso, y fue hacia la ventana para mirar qué era. Agarró una de las hojas para cerrarla, pero entonces vio al joven.
No llevaba camiseta y estaba trabajando con una sierra de podar. Durante un momento, se quedó mirándolo, hipnotizada por sus músculos, su piel bronceada y la fuerza controlada de sus movimientos, sin poder respirar.
Él debió de notar que lo observaban, porque miró hacia arriba; pero ella no pudo ver su cara bajo la sombra del casco protector que llevaba. Alice solo supo que la estaba mirando directamente mientras estaba en la ventana, con una camiseta, el pelo sin arreglar y las gafas colgando de la nariz.
Se retiró de un salto de la ventana justo cuando él paraba la sierra. Pero Alice no iba a acercarse a ningún ángulo de aquella ventana. No iba a permitir que nadie la viera con las gafas, y no podía quitárselas porque entonces no vería absolutamente nada.
¿Dónde demonios estaba el chico desgarbado y simple que podaba y cortaba el césped normalmente? No le interesaba para nada y ya había decidido que aquel sería un verano vacío. Sin ninguna duda, la razón por la que Bella la había arrastrado hasta allí era la total ausencia de chicos guapos. Era como si ella fuera una maníaca sexual, o algo así. A ella solo le gustaban los chicos guapos. Mucho.
Las cosas estaban mejorando, a juzgar por el torso del que estaba en el jardín. Si su cara estuviera a la altura de su cuerpo... Tenía amigas que le habían dicho que aquello no importaba, pero ella no estaba tan desesperada como para no apreciar una cara bonita.
Había veces que parecía que Bella contrataba a la gente más fea de Vermont para trabajar en el hotel. Aquella era la primera posibilidad decente que había visto en meses, y no estaba dispuesta a dejarlo marchar sin echarle un vistazo. Quizá tuviera tabaco. De lo contrario, lo iba a pasar mal para conseguir un paquete de cigarrillos; Audley's era muy estricto a la hora de vendérselos a los menores de edad, y todavía no había conseguido a nadie que se los comprara normalmente. La gente juzgaba mucho en aquel pueblo. Era como si ninguno de ellos hubiera fumado cuando era joven. Incluso su perfecta hermana.
De todas formas, parecía que las cosas mejoraban. Pasó al lado de Bella, en el vestíbulo, de camino hacia la ducha, y fue la primera vez que no le lanzó un gruñido cuando su hermana le dijo «buenos días».
Quizá, solo quizá, Colby no sería tan horrible, después de todo. Quizá no necesitara escaparse.
Bella abrió la puerta tan silenciosamente como pudo. Renee estaba dormida, enredada entre las mantas, y su cara tenía una expresión muy joven. No era raro que después de su excursión nocturna estuviera exhausta.
¿Por qué, en nombre de Dios, se habría marchado a Whitten House? Nunca había demostrado ningún interés en vagar por ahí; se limitaba a estar en la casa o en el porche, canturreando en voz baja.
Sería un absoluto desastre que su madre empezara a escaparse. Bella no podía pagar a alguien que la cuidara, y aunque podría pedírselo a Alice, cabía la posibilidad de que accediera de mala gana y después no cumpliera su palabra. Y Bella no podía soportar la idea de que su madre se perdiera en el bosque que rodeaba el lago.
Renee estaba roncando suavemente, casi ronroneando. Tenía una pila de libros bajo la cama, y uno abierto sobre la colcha. Bella no tuvo que mirarlo de cerca para saber que era una de esas morbosas historias sobre crímenes. La foto de la portada era inconfundible. Supuso que debía sentirse contenta. Era la primera vez durante meses que Renee había demostrado interés en algo. Incluso lo macabro y lúgubre era mejor que el mundo de sueños en el que flotaba.
Tendría que decírselo a Doc. El se pondría muy contento, porque siempre le estaba diciendo que Renee tenía que encontrar nuevas aficiones. En ese caso, simplemente había vuelto a una de las antiguas, pero al menos leía, usaba su mente para algo que no fuera mirar con expresión ausente al lago frío y claro.
Renee se estiró, murmurando algo en sueños, y Bella se volvió y cerró la puerta al salir, con mucho cuidado de no hacer ruido. Al menos, mientras dormía Renee estaba a salvo. Pero después de la escapada de la noche anterior, Bella dudaba que ella misma pudiera volver a dormir tranquila.
Salió al porche con una taza de café y se sentó en la barandilla a mirar el lago. Había un pescador, y cerca de Whitten House unos cisnes se deslizaban majestuosamente por la superficie del agua. Por el momento, todo estaba calmado y silencioso; Renee estaba a salvo en su cama e incluso Alice había sido amable aquella mañana, un cambio muy bienvenido. Podía tomarse el café tranquilamente.
Cerró los ojos y dejó que las esencias del aire y los sonidos la envolvieran. Y entonces volvió a abrirlos de repente, cuando se dio cuenta del libro que estaba leyendo Renee.
Asesinato en Northeast Stanleydom. Un recuento de los asesinatos de Colby, por un famoso escritor del género. Bella no se había molestado en leerlo; Doc y otras personas de la ciudad lo despreciaban como una porquería macabra y llena de imprecisiones. Evidentemente, Renee no tenía tantos reparos.
Sin embargo, le resultaba extraño. Cuando su madre había empezado a perder la cabeza, poco después de llegar a Colby, Bella había entrado en su habitación y había tomado ese libro de entre todos los que tenía, para leerlo, hasta que Doc le había dicho que no se molestara. Cualquier cosa que ella quisiera saber, él se la diría, sin la emoción, el melodrama y la prosa recargada. Así que Bella había tirado el libro a la basura, y creía que lo habrían incinerado en el vertedero con todo lo demás.
Así que, ¿por qué estaba otra vez en posesión de Renee? ¿Cómo podía haberlo recuperado, cuando solo se preocupaba de sus necesidades físicas y de poco más?
Debería dejar el café y colarse en la habitación de su madre para robarle el libro. Renee no lo echaría de menos, probablemente ni siquiera se daría cuenta de que lo que se contaba allí había ocurrido en aquella misma casa y en aquella misma ciudad. Y si lo sabía, sería solo en un nivel inconsciente.
Quizá el supuesto señor Masen se lo había dado. Bella no podía deshacerse de la firme creencia de que no era quien decía ser. Ningún turista se encerraba entre los muros de una casa en ruinas, en medio de ninguna parte, por muy bella que fuera. Colby y Still Lake eran lugares poco conocidos, y casi todo el mundo que acababa allí podía relacionar su llegada con un lugareño. El señor Masen había aparecido de la nada, y no se fiaba de él.
Seguía pensando que era periodista y estaba escribiendo algo sobre los asesinatos. Y estaría haciéndole a Renee infinidad de preguntas, confundiéndola aún más, y enviándola a un mundo de ficción, lleno de asesinos en serie y víctimas inocentes. Tenía que hablar con él. Le ordenaría que dejara a su madre en paz. Renee ya tenía suficientes problemas.
Haría unas galletas de jengibre y se las llevaría. Se sentarían en su porche y le diría amablemente que se alejara de su vulnerable madre. Y al mismo tiempo, quizá pudiera averiguar quién era y qué estaba haciendo allí.
Por Dios, era como si estuviera asustada de aquel hombre de verdad. Ella no dejaba que la gente la intimidase, y si el señor alto, moreno y misterioso quería permanecer distante, estupendo. Siempre y cuando dejara en paz a su familia se llevarían bien. Se enfrentaría a él, quisiera o no quisiera, aunque la asustara. Por algún motivo, encontraba la situación extrañamente irresistible, y no quería pensar por qué necesitaba desafiar a un león en su guarida. Parecía que a los treinta había adquirido gusto por los leones.
Los habitantes de Vermont madrugaban mucho y empezaban a trabajar a unas horas obscenas. Cullen no había dormido bien. Había estado recordando los pies descalzos de Bella y su ridículo camisón. Había conseguido desechar el pensamiento de madrugada, pero solo había dormido un par de horas cuando lo despertó el ruido de una sierra mecánica.
Se puso la almohada sobre la cabeza y gruñó. Debería cerrar la ventana, pero para eso tenía que levantarse. Así que cerró los ojos y la mente y se quedó dormido.
Pero al rato, unos poderosos golpes en la puerta de abajo lo despertaron de nuevo, y rápidamente saltó de la cama. Intentó no pensar en que aquellos golpes imperiosos parecían los de la policía. No tenía nada que decirle a la policía desde hacía muchos años. Era abogado, por Dios Santo, y nunca había traspasado los límites de la ley. Tenía como lema en la vida conseguir las cosas respetando el sistema legal que le había confinado en una prisión de alta seguridad durante cinco años por un crimen que no había cometido.
Cuando llegó abajo, miró a través de las cortinas de encaje y vio a varias personas esperando en el porche. Abrió con un gruñido.
Por un momento creyó que eran unos fanáticos religiosos que iban de casa en casa en misión para el Señor. El hombre alto que estaba al frente de la delegación parecía Abraham Lincoln pero sin sentido del humor; tenía un rostro largo y estrecho, un gesto de desaprobación, los ojos oscuros y una barba gris. Si le decía algo sobre la salvación de su alma, se iba a enfadar mucho.
—¿Es usted el señor Masen? —la pregunta sonó seca, formulada con la entonación propia del acento de Vermont.
—Sí. ¿Quién lo pregunta? —él podía ser tan antipático como su repentino visitante. Había también una mujer mayor a su lado, pero ninguno de los dos tenía una Biblia en la mano, así que posiblemente se hubiera precipitado en sus conclusiones. Había alguien más detrás de ellos.
—Zebulon Stanley —dijo el hombre—. Esta es mi esposa y este es mi hijo. Vanessa Wolf nos ha mandado para trabajar en la casa. Parece que usted tenía varias quejas.
Demonios. No estaba seguro de si quería que la gente del pueblo anduviera rondando por allí. Y entonces, su cerebro reaccionó. Zeb Stanley era el padre de una de las chicas asesinadas. Había sido testigo en su juicio, y todo lo que había testificado había sido de oídas; sin embargo, le había hecho mucho daño. Recordaba a la hija del matrimonio, también. Jessica Stanley se había rebelado contra las estrictas creencias religiosas de sus padres y se había acostado con todo lo que tuviera pantalones. Habían pasado un par de noches juntos, pero la chica era demasiado voraz incluso para su fuerte apetito sexual, y él se había enredado con Tanya. A Jessica no le había hecho ninguna gracia, e incluso su padre se había enterado de que habían acabado mal. Y así lo testificó en el juicio.
Fue veinte años atrás, y Cullen ni siquiera había reconocido al hombre. Tendría unos sesenta años, y el aspecto curtido y sin edad de trabajar largas horas al sol, manteniéndose a flote por una fe inquebrantable en la separación entre el bien y el mal. No había ninguna posibilidad de que Zeb Stanley lo reconociera, pero incluso así dudó.
—¿Nos va a dejar trabajar? —preguntó Stanley con impaciencia—. Hemos esperado hasta una hora decente para venir, pero el tiempo vuela.
Cullen miró la hora. Había cambiado el Rolex por un Timex barato como parte de su tapadera. Zebulon Stanley consideraba las ocho en punto de la mañana una hora decente.
Les abrió la puerta. Si tuviera algo de sentido común, les habría dado cualquier excusa y les habría dicho que se marcharan. Pero aquella era una buena oportunidad. Aquellas personas que habían aparecido en la puerta de su casa estaban íntimamente relacionadas con los asesinatos; eran los únicos familiares que todavía vivían en Colby. ¿Cómo iba a rechazar semejante ofrecimiento de los dioses?
Zebulon Stanley pasó al salón con una vieja caja de herramientas en la mano. Su mujer se escurrió dentro con la cabeza baja, con un vestido muy gastado y un delantal igualmente viejo, pero inmaculado y almidonado.
—Tú empieza en la cocina, Addy —ordenó Zebulon—. Perley y yo veremos lo que pasa en el tejado. La señora Wolf dice que podrían ser humedades —lo explicó como si fuera una de las plagas de Egipto.
Cullen no se molestó en explicarles nada. Había pasado el último verano de su vida antes de que lo encarcelaran haciendo de carpintero para Peggy Cope, y sabía distinguir un martillo de otro. También sabía perfectamente lo que era una humedad. Aquella no la podría arreglar ningún carpintero, por muy bueno que fuera, en un solo día.
Durante su primer año de cárcel también había trabajado en la carpintería. Una vez había sido bueno, muy bueno. Le había hecho una mesa para comer en el jardín y un cenador a Peggy justo antes de que lo arrestaran, y aquellas habían sido dos de sus mejores piezas. El día en que salió de la cárcel dejó de trabajar la madera y nunca volvió a tomar una herramienta. Era parte de la pesadilla que había sido su vida.
Algunas veces lo echaba de menos. Desde que había empezado a vivir en la destartalada Whitten House, se moría por arreglar cosas; cambiar un alféizar podrido, poner cristales nuevos en las ventanas antes de que se cayeran de viejos... Sin embargo, no había tocado nada. Podía contratar a gente para que lo hiciera y no tenía por qué trabajar él mismo. Y no quería recordar al chico que disfrutaba manejando una herramienta.
—Como quiera —le dijo. El hijo de Zeb entró en la casa. Tendría unos treinta y cinco años, con una expresión tan sombría como la de su padre, aunque ni la mitad de listo—. Pero no entren en mi dormitorio todavía. Tengo las cosas de mi trabajo esparcidas y no quiero que nadie las toque.
—No estamos interesados en su trabajo —respondió Zeb—. Estamos aquí solo para arreglar la casa. Y usted manténganse alejado de mi mujer.
En aquel momento, Addy se fue corriendo hacia la cocina. La mujer tendría unos sesenta años y parecía un saco de patatas, con el pelo gris recogido con pequeños pasadores.
—Intentaré resistir la tentación —respondió Cullen secamente.
Pero Zebulon Stanley no era de los que se tomaban las cosas con humor.
—Yo me encargaré de que lo consiga.
La mujer dio un salto enorme hacia atrás cuando él entró en la cocina. Estaba fregando el hule de la mesa, y se quedó mirándolo como si viniera del propio infierno. O como si fuera el hombre que había matado a su hija.
Él no tenía ni idea de si ella había estado en el juicio. No tenía gafas graduadas en aquel momento, y por lo que él sabía, era posible que Addy Stanley hubiera estado allí, sentada, memorizando sus rasgos y grabándoselos en el alma con un odio visceral.
Parecía demasiado abatida como para hacer nada que requiriera energía. Volvió a fregar el hule mientras él ponía la cafetera en el fuego para hacerse un café.
—Va a necesitar un hule nuevo —murmuró en una voz tan baja que casi no pudo oírla.
—¿Todavía se venden hules? —preguntó él, haciendo un esfuerzo por sonar agradable.
Ella no miró hacia arriba.
—Sí, en Audley's. Audley's vende de todo.
—¿Incluso una vida nueva? —murmuró él para sí mismo.
—¿Cómo? —entonces ella levantó la cabeza—. Soy muy dura de oído.
—Estaba hablando conmigo mismo —respondió él, y se apoyó contra el fregadero para mirar cómo brillaba el lago entre los árboles.
Parecía que todo era idílico, como si nunca hubiera tenido en brazos el cuerpo ensangrentado de su novia asesinada. Mirarlo no le traía recuerdos amargos de muerte y desesperación; curiosamente, tenía un efecto tranquilizador para él. Pero todavía no se había planteado nadar en sus aguas.
Miró otra vez a la mujeruca tímida, intentando recordar todo lo que sabía de la familia Stanley. Habían vivido en Colby desde mil setecientos, pero la saga había disminuido mucho durante el siglo veinte.
—¿Viven aquí desde hace mucho? —le preguntó con pretendida indiferencia.
—Mi marido ha dicho que no hablase con usted —farfulló la mujer mientras seguía frotando. El hule se rajó bajó su enérgico tratamiento, y ella dejó escapar un gemido lleno de pesadumbre.
—No hay nada malo en charlar, señora Stanley —le dijo—. Y no se preocupe por el mantel. Tal y como ha dicho usted, hay que cambiarlo.
Ella lo miró con los ojos tan llenos de pena que Cullen se sintió avergonzado. Solo durante un instante.
—Yo no hablo con extraños, señor Masen. No confío en ellos. He vivido en Colby toda mi vida, y conozco a todo el mundo al que necesito conocer.
—Sí, señora —dijo él humildemente.
El café ya estaba listo y se sirvió una taza. Aquella mujer era un hueso duro de roer, y no tenía esperanzas de llegar muy lejos. Debería irse a tomar el café al porche, a disfrutar de la relativa calma, a pesar del martilleo que había comenzado en el interior de la casa y del sonido de la sierra de la casa de al lado.
Lo intentó una vez más.
—Es muy bueno su hijo, señora Stanley —le dijo mientras se dirigía a la puerta—. Debe de ser muy agradable tener a los hijos cerca de casa mientras crecen. ¿Tiene más hijos?
La reacción de la mujer le recordó lo canalla que era. Su rostro cansado se arrugó y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Es el único con el que fuimos bendecidos —respondió.
No podía seguir presionándola. Siempre se había dicho que era despiadado en los juicios. Podía destruir a un testigo en cuestión de minutos, no importaba lo cuidadosamente que hubieran sido instruidos o lo convencidos que estuvieran de su propia verdad. Pero no podía hacerlo con una anciana agotada que ya había sufrido suficiente. No era tan desgraciado, al menos en aquella preciosa mañana de agosto. Quizá más tarde.
Mientras, se aseguraría de que cualquier cosa que pudiera incriminarle en su dormitorio estuviera guardada, por si acaso a Stanley o a su hijo se les ocurría pasearse por allí. No sería inteligente dejar que encontraran un montón de libros sobre crímenes, y en particular algunos sobre los crímenes de Colby.
Dejó la taza sobre el poste de la escalera y subió los peldaños de dos en dos.
Por un segundo creyó que no había nadie en el piso de arriba, y dejó escapar un suspiro de alivio. Pero después vio a Perley Stanley en mitad de la habitación, hojeando el cuaderno que Cullen había dejado sobre la cama, con expresión confundida.
«Demonios», pensó Cullen. Estoy acabado. Y carraspeó, estrujándose el cerebro en busca de una explicación verosímil.
