Capítulo 7: Una semana
Día 1
Miró el teléfono móvil con preocupación. Era extraño que Lovino no le cogiera la llamada. Primero pensó que quizás su amigo estaba haciendo de vientre o duchándose, pero comprobó que seguramente se equivocaba, ya que, cuando cuarenta minutos después volvió a llamar, nadie le respondió.
Oh, Dios, ¿y si le había pasado algo? ¿Y si Govert lo mató por haberle comido el queso de Gouda? Tenía que mantener el control. No podía permitir que los nervios tomasen rienda de sus actos. Debía mostrarse frío y analizar la situación de la manera más objetiva y realista posible.
—Toni, ¿por qué estás temblando? —preguntó Emma mientras cogía leche de la nevera.
—Lovino no me coge el teléfono —explicó preocupado.
—Tranquila, Madre Toña, tu niño está bien —dijo con tono burlón.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Porque acabo de pasar la tarde con él en la biblioteca, quizá? —bebió la leche de un trago— No sé si te acuerdas, pero le doy clases de francés.
Antonio, ignorando las sabias palabras de Emma, volvió a coger el teléfono móvil y le envió dos mensajes de texto (por si las moscas) al italiano. ¡Tenía que decirle que había conseguido entradas para el preestreno de Tomás, el Tomate Rebelde: La película! Su jefe le había dado un montón de entradas para que se las regalara a los clientes que más gastaran en la juguetería, pero Antonio, corrompido por la ambición, cogió dos para él. Nadie se percataría jamás de su pequeña travesura.
—No contesta… —suspiró— Bueno, llamaré a Gov.
—Mi hermano está trabajando.
Quizás Govert se había llevado a Lovino consigo a la hamburguesería Peponcio's y, mientras Antonio moría de preocupación, él estaría comiéndose una hamburguesa de pollo con dos hojas de lechuga, con extra de cebolla y sin pepino, la favorita del italiano.
—Pero Toni, no te agobies —dejó el vaso en el fregadero y le acarició la mejilla—. ¿Por qué no aprovechamos y pasamos un ratito tú y yo? ¡Hace siglos que no salimos solos!
—Uff… No sé… —se rascó la cabeza— Ahora deben de estar dando Gran Hermano, ¿no? Quiero saber cómo le va a Gil.
—Están dando la repetición de ayer —Emma apretó los labios—. La gala es esta noche.
—Pero aun así…
—Si no quieres salir conmigo dilo y punto —clavó su mirada penetrante en los ojos verdes de Antonio—. Sé sincero.
No pudo evitar sonreír al sentir aquella mirada tan peculiar que le lanzaba Emma en ocasiones. No porque le gustase sentirse amenazado por su novia, sino por el hecho de que aquella mirada se la dedicaba especialmente en «aquellos días del mes».
—¿Te apetece comer dulces? —preguntó maravillado.
—No cambies de tema…
—Si te apetecen, podría prepararte algo con cabello de ángel —sonrió—. ¡O con mermelada! Sé que te encanta la mermelada.
Por mucho que le fastidiase que su novio la estuviera ignorando, lo cierto es que sintió su estómago rugir al escuchar aquellas propuestas. Y para qué mentir, se le estaba haciendo la boca agua.
—B-bueno… —se rascó la barbilla, sonrojándose al escuchar el sonar de sus tripas— Sí que me apetece…
Los ojos de Antonio comenzaron a rezumar júbilo. En ocasiones normales, Emma le habría dicho con un tono jocoso que él la quería cebar para engordarla y luego dejarla por estar rellenita, a lo que él contestaría con un empalagoso «yo te quiero estés como estés». Pero en aquellos días tan especiales para las mujeres, ella se limitaba a aceptar los postres que tan amablemente le ofrecía su novio.
El corazón de Antonio no podía estar más aliviado. Definitivamente, Emma no estaba embarazada. Debería ser una mala noticia para él, pero no pudo evitar alegrarse. Quizás en el fondo ella tenía razón y aún no estaban preparados para emprender la aventura de ser padres.
Día 2
Miró el teléfono móvil con preocupación. Antonio ya estaba siendo un loco de atar y le había enviado varios mensajes tan ridículos que no pudo sonreír con un deje de ternura al leerlos. Algunos eran simples: "¿Estás en casa?" o "¡Lovi! Quedemos" y otros, directamente, rozaban la chaladura: "¿Estás muerto? ¡Dime que no la has espichado, Lovino!". Y el peor de todos, sin duda alguna, fue: "¡LOVINO, SI ESTÁS ENFADADO CONMIGO, TE SUPLICO QUE ME PERDONES! ¡NO ME GUARDES RENCOR POR EL CHISTE DE LA MARIQUITA!"
Obviamente, todos los mensajes estaban repletos de emoticonos estúpidos y tal cantidad de faltas ortográficas y abreviaturas que harían palidecer a cualquier persona con un mínimo de apego a la buena escritura. Y lo del chiste de la mariquita sobraba. Unos días atrás, estaban caminando por la calle y vieron un colgante con una mariquita. Antonio empezó a reírse y, tratando a Lovino como si estuviera ciego, explicó que había un colgante con una mariquita. Luego, para hacerse aún más el gracioso, añadió un «¡como tú!», haciendo alusión a la homosexualidad inexistente de Lovino, que se limitó a darle un codazo e insultarle por ser tan inmaduro. ¡Él no era mariquita!
Una parte de él quería responder a aquellos mensajes tan estrambóticos, pero sabía que no podía. Tenía que ignorar a Antonio durante una semana entera.
—Siete días, que se dice poco… —murmuró a la par que releía los SMS y esbozando sonrisillas melancólicas con cada uno de ellos— Este Antonio es más tonto…
¿Entonces qué iba a hacer durante tanto tiempo solo? Dio por hecho que Emma estaría pegada a Antonio como una lapa, así que ya descartó la mera idea de quedar con ella.
¡Y la tele era una mierda! Sólo aparecían viejas parloteando sobre la vida de artistas, como si les incumbiese o tuvieran relación directa con aquellas personas. No tenía libros que leer, así que tampoco podría recurrir a la lectura como medio para distraerse. Obviamente, el ordenador siempre estaba ocupado por el tulipancio.
El tulipancio…
Se había prometido a sí mismo que no volvería a llamar por aquel mote tan horrendo a Govert, ya que tenía que guardarle un mínimo respeto al creador de Tomás. Le atormentaba tener que esperar una semana entera para comunicarle tamaña noticia a Antonio. ¿Por qué diantres no se lo dijo cuando tuvo oportunidad? Encima Govert estaba en el trabajo y no podía preguntarle nada a su ídolo.
Estaba solo. Odiaba esa sensación a la que, por otra parte, tan acostumbrado estaba. Aunque nunca hablara con Govert, le consolaba que estuviera en su habitación, porque al menos sabía que había alguien en casa. Pero ahora ni eso.
Aunque… ¿Y si entraba en el cuarto de Govert? Siempre tuvo una enfermiza fascinación por saber qué ocultaba aquel buen hombre en su habitación. Soltó una risita que, si bien él consideraba ladina, sonaba bastante pueril y se introdujo discretamente en su objetivo.
Se sentía un espía.
Para vivir en un apartamento relativamente espacioso, la habitación de Govert era un cuchitril de mala muerte. Estaba repleto de pósters de niñas chinas o japonesas sacadas de cómics raros, peluches feos, CD del año de la pipa de artistas tan juveniles como Paul Anka, Adriano Celentano, El Dúo Dinámico o Jacques Brel. También había figuritas de personajes de series desconocidas para la gente normal y libros un tanto raros acerca de temas bastante variopintos: desde novelas eróticas hasta guías micológicas.
Todo era muy perturbador.
De pronto, su vista se clavó en un peluche con forma de excremento sonriente. Estaba colocado en una estantería al lado de una ardilla, un gatito y el que supuso que sería Conejito Fluflú. Sintió un escalofrío. Aquel peluche un día estuvo impregnado del vómito de un Antonio ebrio. Qué asco.
—¿Por qué tiene un peluche con forma de mierda? —lo cogió y lo inspeccionó. En una esquina aparecía bordado un nombre: Antonio.
Conque Govert tenía una hez de peluche llamada Antonio. Qué desagradable. Comprobó si los otros peluches también tenían algo bordado, y efectivamente, lo tenían. En el gatito ponía «Emma» con unas letras rosas bastante adorables y en la ardilla, «Lovino», con una caligrafía un tanto sosa.
Lovino ignoró el detalle de que detestaba las ardillas y acarició a su tocayo de peluche. Quizás hasta alguien como Govert tuviera un lado tierno.
Aunque el excremento llamado Antonio le seguía desconcertando.
Día 3
El hada de la mala suerte empezó a llamar a la puerta. Los dos hombres se miraron fijamente, manteniendo un debate no verbal sobre quién iría a abrir. La puerta comenzó a ser aporreada, lo cual indicó que no se trataba del hada de la mala suerte, sino de un ser incluso peor.
—¡Mierda! —exclamó Lovino, temblando como un flan, en un susurro— ¡Ya está el pesado de mierda aquí otra vez! ¡Tú, haz algo!
Y aporreaba la puerta.
—Es la cuarta vez que viene esta semana —masculló Govert. Una parte de él le decía que cogiera el cuchillo cebollero y cometiera una locura, pero el asco que le provocaría ver todo el suelo sucio se lo impidió.
Y seguía aporreando la puerta.
—¡Pues haz algo!
¡Pum, Pum, Pum!
—¿Le doy una paliza?
—¡No!
Ding Dong.
—Como si ahora solucionara algo llamando al timbre —dijo Govert con un deje incrédulo—. Hay que ser tonto…
Govert se alzó y con sus zancadas de gigante se situó ante la puerta en cuestión de segundos. La miró fijamente, tomó respiración y la abrió.
Ahí estaba Antonio, tan desesperado como siempre. Nada más ver a Govert, esbozó una sonrisa relajada y le dirigió una mirada cargada de esperanza.
—¿Y Lovi…?
—Se murió —hizo un ademán de cerrar la puerta.
—¡No ha muerto! —dio un puñetazo en la pared, furioso. Govert dio un paso hacia atrás inconscientemente, pues el semblante iracundo de Antonio le resultaba demasiado inusual— ¡Dime dónde está! ¿Por qué no coge cuando le llamo? ¿Por qué no responde a mis mensajes? ¡¿Qué le ha pasado?
—¡Déjame cerrar!
—¡No te voy a dejar cerrar hasta que me respondas! —evitó que la puerta se cerrase al colocar el pie. Govert ya se estaba empezando a acostumbrar a aquel gesto.
Intentó colarse en el apartamento, pero Govert se lo impedía. Si algo tenía que reconocerle a aquel imbécil, es que era muy obstinado. Cuando Antonio se obcecaba, no había quien lo parase. Sin embargo, por muy fuerte que fuese el espíritu del español, el cuerpo de Govert le daba mil vueltas en cuestión de fuerza, así que tras un poco batallar consiguió deshacerse de él. Estaba cansado de tanto pelear con Antonio. La situación estaba adquiriendo un toque absurdo. El día anterior, Lovino y Govert decidieron pedir una pizza y justo cuando el propietario del piso abrió la puerta para coger la pizza, vio que Antonio, mal escondido detrás del pobre repartidor, intentó colarse para ver qué le sucedía al italiano.
—¡Y que no te vuelva a ver por aquí, acosador de mierda! —espetó antes de cerrar.
Día 4
— Mi princesa, levántate —tocaba la guitarra mientras cantaba, sentado al borde de la cama y arrastrando tanto como podía las notas—. Buenos días por la mañana, mu-ñe-ca.
Emma, que no sabía si aquel era el grito que anunciaba una Tercera Guerra Mundial o simplemente Antonio intentando demostrar que soltaba más gallitos que una granja prusiana, bostezó e intentó desperezarse, sonriendo ante la visión de su novio cantándole de buena mañana.
—Vaya, qué animado te veo hoy —volvió a bostezar—. ¿Me he perdido algo?
—¡Vaya que si te has perdido algo! —cogió el móvil y se lo mostró a la joven— ¡Mira, le he hecho una foto a un gitano con gafas! Mi sueño se ha hecho realidad.
—Boh, qué chorrada —reía a carcajadas mientras él le acariciaba la cabellera.
—¡Me muero por enseñárselo a Lovi! —exclamó sonriente. Emma se enfurruñó tras oír tal declaración y se lanzó en brazos de su novio, apoyando su cabeza en el pecho.
La guitarra cayó al suelo. Si no fuera porque el pobre instrumento fue creado cuando Matusalén era un jovial adolescente, Antonio habría montado en cólera. Aun así, le dolió ver a su pobre guitarra —se llamaba Manuela— en el suelo, pero justo cuando iba a protestar, los labios de cierta belga lo callaron. La técnica del «beso que todo lo calla» era de Antonio, pero Emma se lo apropió al cabo de unos meses de relación con el español. Era realmente eficaz.
—Deja a Lovino tranquilo —dijo tras concluir el beso—. Al final va a pensar que lo acosas.
—¡No lo acoso! ¡Sólo me preocupo por él! —se levantó de la cama y recogió su guitarra— Y que sea la última vez que haces que Manuela caiga al suelo.
—Manuela está celosa porque últimamente pasas más tiempo con Lovino que con ella —contestó ladina, esbozando una sonrisa felina.
—Ya, claro —se empezó a reír—. Te lo ha dicho ella, ¿no?
Emma suspiró. No supo si Antonio no captó el mensaje o simplemente se estaba haciendo el sueco.
—Por cierto, hoy inauguran una tienda de ropa nueva —se incorporó y miró a Antonio con ojos de minino ilusionado—. ¿Podemos ir?
—Claro que sí —asintió—, ¿van a venir los pomposos?
—Se llaman Elizaveta y Roderich —aclaró. Quiso mantenerse seria, pero fracasó— y no, no van a venir.
—¿Entonces puedo invitar a Lovi?
—No.
—¿Pero por qué?
—Toni, comprende que quiera pasar tiempo contigo —adoptó un gesto triste—. Solamente contigo.
—Está bien… —se resignó— Lovino no vendrá…
Emma sonrió victoriosa. Sentía pena por Lovino, porque al fin y al cabo, él no tenía culpa de nada y seguramente ahora estaría solo en casa, aburrido como una ostra. «Espero que aproveche el tiempo y estudie francés… Y de paso, que intente hablar un poco con mi hermano, ¡a ver si hacen buenas migas!».
Migas era lo que tenía Lovino en la boca en aquel momento, lo cual ponía de los nervios a Govert. Estaban intentando desayunar tranquilamente, pero aquellas migas perturbaban demasiado su mente perfeccionista y pulcra. Demasiado.
—Quítate las migas de la cara —ordenó con un tono seco.
Lovino querría protestar, pero en aquel momento estaba demasiado somnoliento como para realizar una acción que requiriese tanta energía. Se dio golpes en la cara a sí mismo, procurando quitarse las migas y fracasando en el intento. Govert, al borde de escupirle en la cara por inútil, cogió una servilleta y le limpió el rostro. Sólo alguien como él podría tornar un gesto tierno y maternal como aquel en un ataque de lucha libre.
—¡Ay! ¡Duele! ¡Para, porras! —querría decir «¡Para ya de una puta vez, coño!», pero no podía permitirse ser rudo con el autor de Tomás. Con el resto del mundo sí, pero con él simplemente no podía.
—Pues deja de comer como los cerdos.
Se preguntaba cómo alguien tan frío pudo haber creado algo tan hermoso y glorioso como Tomás, el Tomate Rebelde.
Sentía el mirar penetrante de Govert clavándose en él. ¿Y si se había enterado de que había entrado en su cuarto? Tragó saliva, rezando por salvar su alma. Echó un vistazo furtivo al hombre, pero tuvo que apartar su vista al instante. Los ojos de Govert eran demasiado poderosos.
—A ti te pasa algo —espetó Govert tras encender un cigarrillo.
—No…
—No era una pregunta.
—Da igual. No me pasa nada.
Pero mentía. Estaba mal, por supuesto que estaba mal. ¿Cuántos días llevaba sin ver a Antonio? ¿Tres? Podría parecer una miseria, pero para él era una eternidad. Al principio se intentó consolar pensando que si había sobrevivido veintitrés años sin aquel español, ahora no moriría por estar siete míseros días sin él.
Pero no servía de nada. Antonio le había cambiado la vida. No quería recordar lo triste y penosa que era su vida antes de conocerle y tampoco deseaba volver a saborear el amargo dejo de la soledad.
Removió los cereales que pululaban tranquilamente en el tazón. Los miraba hipnotizado, pensando en demasiados asuntos que le seguían molestando. ¿Por qué se tenía que devanar los sesos de tal manera? Ante los ojos de la sociedad, Antonio no era más que era un chico normal y corriente. Un humano más del montón. ¿Pero qué era para Lovino? Su sentido común le decía que era un amigo. Su mejor amigo. Pero aquella respuesta no le convencía. Nunca tuvo un amigo, así que tampoco podía saber qué tipo de sentimientos infundía uno, pero sí tenía una amiga: Emma. Y desde luego no sentía lo mismo Emma que Antonio. Por la belga sentía simpatía, cariño, confianza… Y quería lo mejor para ella. Pero con Antonio no lo tenía tan claro. Era una maldita explosión de sensaciones distintas y confusas.
Quizás había distintos tipos de amistad. Seguramente Antonio no querría de la misma manera a Francis que a Gilbert.
Y ahí surgió la siguiente duda: ¿qué era él para Antonio? Siempre le trataba con tanto cariño y ternura que casi parecían hermanos. Pero él no quería ser el hermano pequeño de Antonio, sino otra cosa. Pero no sabía el qué.
«¡Joder, ¡qué confuso es todo!», dejó caer la cuchara en la mesa, captando aún más la atención de Govert.
—Mira, si no me quieres contar tus problemas, allá tú —espetó mientras miraba a Lovino con un asco fingido—, pero no manches la mesa.
No respondió. Prefirió volver a sumergirse en el profundo y sucio mar de pensamientos que atormentaba su mente. Las ideas eran tan distintas entre sí y se sucedían a tal velocidad que Lovino no era siquiera capaz de asimilarlas. Lo único que tenía claro es que Antonio, de una forma u otra, era el causante de todos sus problemas.
Día 5
Emma frunció el ceño, aunque más que enfado lo que sentía era preocupación. Estaba dando un paseo con su novio por la calle, pero Antonio parecía pensativo y demasiado serio. Se aferró a su brazo, pero él ni siquiera se percató.
—Toni…
Ella se detuvo, así que Antonio, al sentir que algo tiraba de su brazo, despertó de sus cavilaciones y observó a Emma con sorpresa.
—¿Eh? ¿Qué pasa?
—Eso me preguntaba yo —adoptó un semblante apesadumbrado—. Si te encuentras mal, podemos ir a casa, cariño. No te obligues a acompañarme si realmente no te apetece.
—Estoy bien, no te preocupes —sonrió con melancolía.
—¿Cómo no me voy a preocupar, si me estás mintiendo?
—¡No te miento!
—¡Sí, mentiste cuando dijiste que estabas bien! —le soltó el brazo— ¿Por qué no me dices qué te pasa? Puedo ayudarte…
Él comenzó a acariciarle la mejilla con dulzura, agradecido por saber que pasara lo que pasara, Emma estaría allí para él. Ella, aun así, se sentía incómoda. Antonio le estaba ocultando algo, pero no estaba segura de qué se trataba.
—Qué mona eres cuando te preocupas por mí —soltó una risa ahogada.
—Se te da mal cambiar de tema —apartó la mano del joven—. Dime, ¿estás así por Lovino?
—¡No! —Emma arqueó una ceja al escuchar aquella respuesta. Antonio cada vez mentía peor— No… Bueno, sí… Claro que sí… Ya no me coge las llamadas y empiezo a pensar que está enfadado por algo, pero no sé por qué.
—Toni…
—…Y empiezo a pensar que quizás se haya cansado de mí. Al fin y al cabo, prácticamente lo avasallé para que quedara conmigo —suspiró y pasó una mano por su cabellera morena—. Pobre, seguro que nunca le he caído bien, pero por no herirme ha seguido quedando conmigo… Tengo que pedirle perdón, pero no coge mis llamadas…
Emma apartó la mirada y se mordió el labio. Sólo faltaba que alguien le escribiese la palabra «culpable» en la frente. Ella tan sólo quería pasar más tiempo con su novio, no que ahora él cayese en una depresión.
—Mira, Toni, Lovino no te odia —Antonio se sorprendió—, es más, cuando haces algo que no le gusta, te lo dice sin dudar, ¿verdad?
—Sí… —respondió casi sin penar. Analizó las palabras de Emma y la mirada se le iluminó al instante— ¡Sí! ¡Claro que sí! ¡Lo que pasa es que tiene gastroenteritis y le da vergüenza decírmelo!
—Quién sabe —carcajeó y volvió a tomar el brazo del chico—. Ya verás cómo dentro de nada estáis los dos juntos haciendo… Lo que sea que hagáis cuando estáis juntos.
Ya más animado que antes, Antonio sonrió tal y como hacía siempre. Emma se sintió aliviada, pero el sentimiento de culpabilidad se negaba a desaparecer de ella.
Día 6
Seis días. Habían pasado ya seis días y no había muerto, o eso creía él. Pasaba el día vegetando en el sofá, tal cual lo haría un cojín que no siente ni padece. Govert, desde el marco de la cocina, lo miraba con un atisbo de preocupación. Más que un compañero de piso tenía un objeto decorativo que derrochaba el tiempo viendo mierdas como Gran Hermano, Tomás, el Tomate Rebelde o un concurso en el que aparecían niños arrojando unos misteriosos mocos a la pared.
Se sentó en el sofá, más atento del italiano que de la televisión. Aunque su rostro permanecía impasible, lo cierto es que en lo más profundo de su ser deseaba que Lovino volviese a ser una persona normal y corriente.
—Oye, tú, vas a fusionarte con el sofá.
—Calla… Estoy viendo Gran Hermano…
En la pantalla de la caja tonta aparecía Gilbert, que al parecer era el concursante estrella, hablando con otro personajillo acerca de sus gustos y aficiones.
—Y ahora te voy a enseñar mi polla —la mostró orgulloso—. ¿No es hermosa y grande?
—¿Por qué me enseñas la foto de una gallina?
—¡No es una gallina! ¡Es mi polla! —refunfuñó— Es un pollo hembra adolescente y está en una edad difícil, pero aun así es asombrosa. Se llama Julchen.
Tanto Lovino como Govert se quedaron encandilados mirando aquel programa de tan escaso valor didáctico o moral. Veían cómo Gilbert no paraba de parlotear sobre lo estupenda que era su polla, lo que le gustaba acariciarla, lo bien que se lo pasaba con ella cuando estaba solo y lo increíble que era mostrársela a los niños en el parque.
Nadie pareció preguntarse por qué un hombre soltero convivía con una gallina en un apartamento, aun si las críticas hacia el joven no cesaban en el plató del programa, donde los concursantes expulsados y otra fauna televisiva se quejaban por la cantidad de atención que recibía Gilbert. El único que lo defendía era Francis, quien se había convertido en el «protector» de su amigo.
Además, así podía dar a conocer su belleza, lo cual nunca estaba de más.
—¡Envidia es lo que tenéis! —exclamó el francés, fingiendo estar horrorizado— Gilbert es toda una estrella y lo sabéis. Aprendió de mí.
—¡Una estrella no se come las natillas de la gente! —protestó un ex concursante.
—¡Ni ronca! —alegó otro.
—Lamento interrumpirles, pero se ve que hemos recibido una llamada. Se trata de un tal Antonio y al parecer es amigo de Gilbert —a Francis se le iluminó el rostro al escuchar la noticia—. Demos paso a Antonio, por favor.
—¡Hola! Esto… Uff… Cómo decirlo… —se notaba nervioso.
—¡Toni, amigo mío! —Francis desprendía felicidad por los cuatro costados. Al fin y al cabo, sabía que a pesar de la distancia que los separaba, Antonio, Gilbert y él siempre serían el peor y más soberbio trío de amigos jamás visto— ¡No sabes cuánto me alegra que llames!
—¡Ah, hola, Francis! ¡Sales genial en la tele! —se rió— Bueno, a lo que iba. ¡Gilbert no es tan malo como decís vosotros! Sí, es un poco excéntrico, ¡pero eso lo hace especial! ¡No tiene miedo a ser auténtico y es fiel a sus principios!
A Lovino se le congeló el corazón nada más escuchar la melodiosa voz de Antonio. Casi le parecía irreal. Pensar que los dos estaban viendo el mismo programa en sitios diferentes le hacía sentirse mal. Seguramente Antonio estaba tan aburrido que decidió gastarse su dinero en realizar llamadas a un programa de televisión sólo para no caer en el pozo de la amargura.
Si es que Antonio, pese a todos los defectos que pudiera tener, era un chico noble y leal. El mero hecho de salir a defender a su amigo —una de las personas más odiadas en aquel programa— le honraba mucho y, además, hablaba tan bien. Y su carcajada no sonaba nada mal en televisión y…
Lovino paró de pensar. Sus ideas estaban tomando un rumbo muy extraño y nada atrayente. Ni siquiera era consciente de que sus mejillas estaban ardiendo. Miró a Govert, quien emanaba un aura de furia y asco a partes iguales.
—¡¿Pero qué hace ese mendrugo llamando a la televisión? —cogió el mando para apagar la televisión, pero Lovino le agarró la muñeca para impedírselo— ¡Suelta, joder!
—¡Pues no apagues la tele! —protestó el italiano— Y Antonio no es ningún mendrugo. Si es imbécil por algo, es por llamar para defender a un alemán, ¡pero no por otra cosa!
No sabría decir si fue en el momento en que Lovino defendió a Antonio, cuando se sonrojó al escuchar la voz del español o simplemente en todas esas ocasiones en las que lo pillaba mirando su teléfono móvil con un aspecto ausente; pero Govert pudo deducir que aquella conducta no era normal. Nada normal.
Lovino, tras enfurruñarse, siguió pegado a la televisión para captar cada una de las palabras que decía Antonio.
—Conque por eso estabas tan decaído… —susurró Govert, intentando tragarse toda la repulsión que le producía la situación.
—¿De qué hablas? —preguntó molesto, sin apartar la vista de la pantalla.
Lo más probable era que Lovino fuera tonto y no se hubiera dado cuenta de la situación, pero Govert no sería quien le abriese los ojos. Él no era el pastor de los buenos sentimientos ni pretendía serlo, por mucho que su hermana a veces le dijera que en el fondo era un buenazo.
—Mira, chaval, te lo voy a dejar bien claro: como hagas sufrir a Emma, te vas a enterar. Si tengo que echarte de casa, te echo y punto.
Alarmado, Lovino posó su vista inmediatamente sobre su compañero, que no parecía estar bromeando en absoluto. Los ojos de Govert no parecían tan taciturnos y plomizos como de costumbre, sino que lucían distintos. Algo que Lovino no supo cómo interpretar.
—¿De qué hablas? —repitió. No sabía a dónde pretendía llegar Govert.
No respondió, sino que se simplemente volvió a mirar la televisión. ¿Debería contarle algo a su hermana sobre aquel asunto?
Día 7
Por mucho que Govert comparase la existencia de Lovino con la de una maceta, lo cierto era que el italiano había aprovechado aquella semana para estudiar. No sólo había repasado y hecho los ejercicios que le había mandado Emma, sino que bajó a la librería que había al final de la calle para comprar un libro con CDs para aprender de forma autodidacta la lengua de Cervantes. A pesar de que el idioma español nunca le había llamado demasiado la atención, quería aprenderlo. Podría preguntarle a Antonio todas sus dudas y él, más que de buena gana, se ofrecería a ayudarle con una sonrisa en su rostro.
Y no, no había comprado el libro ese para pasar aún más tiempo con Antonio. Eso era simplemente ridículo.
Dado que sabía que Govert se burlaría de él si lo viera aprendiendo español, estudiaba solamente cuando el padre de Tomás se iba a trabajar a la hamburguesería. A veces Lovino se preguntaba si Govert se imaginaba historietas al ver tomates y pepinos en las hamburguesas.
Por mucho que dijera la gente, aprender español no era tan simple. Al menos para Lovino. Era difícil estar leyendo frases en español que sonaban a perversión, como «¿Dónde está la oficina de correos?» o «Mi perro se llama Pancho», e imaginarse la voz de Antonio de fondo diciéndole todas aquellas —posibles— guarradas. Pero el mero hecho de visualizar el rostro risueño del español por ver a su amigo Lovino hablando en castellano ya merecía la pena.
—Anda, ahora ya entiendo el significado de la canción La Cucaracha —asintió satisfecho, aun si estaba solo y nadie le escuchaba.
Sólo faltaba un día para poder volver a ver a Antonio. ¿Qué le diría? Podría inventarse alguna excusa absurda y él se la creería porque Antonio era bastante simple. El problema de verdad residía en el propio Lovino. ¿Cómo reaccionaría al ver al español después de siete días? Si bien una semana no era mucho, para él era toda una eternidad. Pudo pensar largo y tendido hasta llegar a una conclusión muy sencilla: necesitaba a Antonio. No sabía por qué, pero era feliz cuando estaba cerca de él, hasta el punto de que él, el amargado por excelencia, a veces sonreía por las ocurrencias del idiota español.
Lo único que esperaba era que al menos Emma arreglase las cosas con su novio. Sería el colmo que le arrebatase a Antonio durante una semana y que encima estuvieran otra vez en crisis. ¿Aunque sería tan malo que estuvieran en crisis? Lovino se sintió mal al plantearse ese tipo de preguntas. ¡Claro que era malo! No quería que sus dos amigos rompieran. Se notaba que Antonio quería mucho a Emma, ¿pero ella a él? Por una vez, tuvo que darles la razón a Francis y a Gilbert: a veces parecía que Emma en realidad no lo amaba y eso era demasiado injusto.
—El imbécil ese se merece a alguien que lo quiera… —susurró Lovino, a punto de dormirse con el libro de español ante él.
Mientras un italiano sucumbía ante el cansancio, una belga aplaudía maravillada ante el talento musical de su novio. Antonio, a pesar de no cantar como los ángeles, tocaba la guitarra bastante bien y era capaz de improvisar melodías bastante pegadizas. No obstante, el contraste entre la alegría de su música y la melancolía de su mirada era evidente.
—¿Te ha gustado la canción? —preguntó sin mirarla a los ojos.
—¡Sí! —contestó con una gran sonrisa en el rostro, incorporándose en la cama— ¿También es improvisada?
—No… Es la canción de Tomás, el Tomate Rebelde.
—¿Y eso qué es?
—Una serie que veíamos Lovino y yo juntos —contestó con tristeza.
Emma abrazó a Antonio por detrás, posando su cabeza en el hombro del joven. Él permanecía quieto, sin inmutarse lo más mínimo.
—Cielo, ¿tanto echas de menos a Lovino? —preguntó preocupada.
—Sí —rió con amargura—. Nunca pensé que le echaría tanto de menos… Parezco una quinceañera enamorada, desde luego.
—Sí que lo pareces, sí —iba a besarle la mejilla, pero se detuvo. Seguía sintiéndose culpable y sabía que debía disculparse tanto con Antonio como con Lovino—. Se nota que le has cogido mucho cariño a Lovino.
— Sí, lo quiero mucho…
Se apartó de Antonio lentamente. Su instinto le decía que pasaba algo, pero no sabía qué era. Había una tristeza en el ambiente que iba más allá del hecho de que Antonio no viera a su amigo. Si bien durante los últimos siete días Emma y él habían salido con más frecuencia que de costumbre, había algo inmaterial que los separaba. Ella se sentía estúpida por no entender qué sucedía y él ni siquiera parecía haberse dado cuenta de que algo iba mal.
—Qué tonto es… Si de veras está enfermo, ¿por qué no me llama para que le vaya a cuidar? Y encima tu hermano no hace más que incordiar —se notaba cansado e incluso indignado.
—Toni, Lovino no está enfermo —tragó saliva. Debía decirle la verdad.
—¿Eh? ¿En serio? —la miró con un interés repentino. Sus ojos verdes e intensos no hacían más que ponerla aún más nerviosa.
—Yo le dije que te ignorara durante una semana —dijo firme y devolviéndole una mirada penetrante a Antonio.
—¿Que has hecho qué? —más que incredulidad, su tono denotaba dolor y confusión.
—Lo que has oído —cruzó los brazos. No iba a permitir que Antonio la hiciese sentirse aún peor—. Quizás no tuviera que recurrir a métodos tan drásticos si tú no me abandonaras.
—¿Abandonarte? ¿Yo a ti? —se levantó de la cama, furioso— ¿Quién era la señorita que se marchaba de compras con su amiga Elizaveta cuando su novio le ofrecía pasar una tarde juntos? ¿Quién era la señorita que obligaba a su novio a salir con sus amigos porque se sentía «agobiada» y «sin intimidad»?
—Toni, escucha…
—No, escúchame tú a mí —la señaló con el índice—. Sabes perfectamente que Lovino sólo nos tiene a nosotros, pero tú has dejado que estuviera una semana pudriéndose solo. ¡Y todo para tus chorradas de niña egoísta!
—¿Niña egoísta? ¡Antonio, no sé si te das cuenta de que sólo nos vemos al desayunar y a la hora de dormir!
Como si fuera inevitable que el destino de aquella pareja fuera otro sino el de discutir, ambos comenzaron a echarse en cara lo egoístas que eran. A Antonio le parecía inconcebible que Emma hubiese dejado a Lovino solo, especialmente sabiendo que el muchacho tenía una tendencia muy extraña a sentirse abandonado. Los minutos se sucedían y el volumen de los gritos aumentaba.
—¡Yo no tengo la culpa de que estés celosa!
—¿No? Claro, tú vas regalándole flores preciosas a Lovino mientras que a mí me das un festín de bacterias y yo no debería sentirme mal, ¿no? ¿Y crees que no me siento mal cuando me dejas sola en casa para irte con él? ¡Cualquiera diría que me estás poniendo los cuernos!
—¡Quizás estoy tanto con él porque es un buen amigo y me aprecia tal y como soy!
—¿Y yo no? Te insulta y te pega, pero te quiere más que yo. ¿De qué me intentas convencer, Antonio? —intentó no llorar. Era demasiado orgullosa como para derramar una lágrima, especialmente en aquel momento— Y Elizaveta os vio hace unos días por la calle y dice que parecíais una parejita de tortolitos. Si tienes que decirme algo, dilo ya.
—¿Yo? ¿Con Lovino? No tengo culpa de que la loca de tu amiga vea cosas raras donde no las hay.
A medida que las palabras brotaban de sus bocas, la ira y el orgullo iban tomando el control de sus cuerpos. No fue hasta que Antonio dijo las palabras prohibidas que Emma salió del cuarto dando un portazo y llorando a lágrima viva. A él le rompía el corazón ver a su novia así, pero tenía bien claro que no se iba a disculpar… todavía. Reconoció que fue cruel con ella, pero Emma tampoco se había cortado a la hora de decirle lo que pensaba. ¿De qué servía estar con una mujer que ni siquiera confiaba en él?
Enterró la cara entre las piernas. Quería desaparecer de la faz de la Tierra y olvidarse de una vez por todas de todos sus problemas. O ver a Lovino. ¿Y qué si se había encariñado con el italiano? Era su amigo, así que lo normal era quererlo. Por mucho que dijera Emma, lo suyo con Lovino no era una obsesión.
Si una puerta pudiera demandar a las personas, la de la casa de Govert estaría constantemente metida en querellas y juzgados. No había día en el que hubiese paz y tranquilidad, no, sino que siempre tenía que aparecer algún lunático aporreándola. Dado que la puerta no tenía sentimientos, los únicos que podían enfadarse eran los propios habitantes del apartamento y Lovino, al menos, cumplía bien su objetivo de montar en cólera.
Pum, pum, pum.
—Joder con Antonio… —masculló mientras cerraba el libro de aprendizaje instintivamente— Qué pesado es…
El mero hecho de que fuese tan insistente para verle a él le provocaba una felicidad un tanto perturbadora. Quizás él también era una persona importante para Antonio.
La sensación de no poder abrir la puerta le importunaba. Debía cumplir su promesa. Debía cumplirla durante un día más. No era tanto, ¿no?
Pum, pum, pum.
—No lo hagas más complicado, idiota… —se tapó las orejas.
Pum, pum, pum.
—¡Govert! ¡Lovino! —gritó una voz femenina y sollozante— ¡Por favor, abridme!
—¿Emma…?
Lovino se levantó del sofá y se acercó lentamente a la puerta para comprobar que realmente se trataba de Emma. A través de la mirilla, vio que la belga permanecía quieta y callada, con un semblante melancólico y con trazos de haber llorado.
¿Qué le podría haber pasado? ¿Rompió con Antonio?
—No puede ser… —murmuró. Le dolía demasiado ver a Emma dolida, pero era aún peor imaginarse a Antonio destrozado en un rincón de su habitación.
No quería pensar en esas cosas. Tras vacilar y sentir un tembleque en sus manos, abrió la puerta para que, en cuestión de segundos, tuviese a Emma abrazándolo con fuerza.
—¡Lovino! —enterró su rostro en el pecho del muchacho— ¡Todo es culpa mía!
—¿Q-qué? ¿Qué sucede? —la cogió de los hombros, obligándola a que lo mirase a los ojos— ¿A qué te refieres con que la culpa es tuya?
Emma cerró la puerta y fue corriendo a sentarse en el sofá, abrazada a un cojín. Lovino, aún demasiado estupefacto, la siguió y le cogió la mano para tranquilizaba. Ella temblaba.
—Yo fui quien te dijo que ignoraras a Toni… Y has estado solo... —se secó las lágrimas. No quería que nadie la viese tan débil e indefensa— Y como me sentía culpable, se lo dije a Toni, pero se puso hecho una fiera. ¡No viste cómo me miraba! Y acabamos discutiendo y…
—¿Y…? —ansiaba escuchar lo acontecido.
—Me dijo que no merecía la pena pasar el resto de sus días con una mujer como yo —sintió que los brazos de Lovino la arropaban.
—No lo dijo en serio.
—No sé… Pero ahora él está fatal, yo también y tú…
—No te voy a mentir, no han sido los mejores días de mi vida —cerró los ojos—, pero a ti no te negaría jamás un favor.
Permanecieron en silencio, cada uno concentrándose en sus propios pensamientos. En la mente de los dos aparecía Antonio. Novio de ella, amigo de él. Problema de ambos.
El tiempo pasaba tan despacio que ninguno pudo asegurar si habían pasado minutos u horas, pero en un momento dado llegó Govert del trabajo, sorprendido al ver a su hermana en el sofá medio abrazada a Lovino.
—¿Y vosotros? —preguntó Govert, tan extrañado por la situación que ni se quitó su uniforme hortera y chillón.
—Hermanito… —murmuró ella, mirándolo con tristeza— Yo…
—No me digas que has vuelto a discutir con el imbécil de tu novio —se sentó al otro lado de la chica y clavó su mirada en ella.
—¡Antonio no es ningún imbécil, tulipán! —se apresuró a exclamar Lovino.
Govert no se molestó en establecer una discusión con su compañero. Ya era más que consciente de lo que pasaba por la mente del joven italiano y no le apetecía sacar el tema delante de Emma. Ella hizo un breve resumen sobre su pelea con Antonio, siendo interrumpida en ocasiones por las palabras envenenadas de su hermano mayor.
—Lo dicho: es imbécil —repitió Govert con un mohín.
Lovino fue quien calló aquella vez. Era consciente de que se las pasaba insultando a Antonio e intentándolo humillar, pero por algún curioso motivo no le hacía ni pizca de gracia que otra persona se metiese con su amigo.
—Pero el pobre ahora debe de estar solo —comentó Emma, con la mirada perdida—. Encima ni Francis ni Gilbert están en la ciudad… No quiero ni pensar en lo mal que lo debe de estar pasando… Pero como comprenderéis, no seré yo la que lo consuele…
—Que se consuele solo —intervino Govert.
—Lovino, ¿te importaría ir a casa a hacerle compañía? —le acarició la mejilla— Le darías una gran alegría si fueras a visitarle… No sabes lo mucho que te ha echado de menos.
—Lovino no se va a ninguna parte —sentenció Govert, casi con un tono amenazador.
—¡Pero Toni lo necesita! Le sentaría muy bien estar con un amigo…
—Te estoy diciendo que Lovino no se va a ninguna parte —insistió—. Si Antonio necesita compañía, voy yo, no Lovino.
A pesar de que Lovino no abría la boca para nada, él era el objeto de discusión de los dos hermanos. Finalmente, Emma se autproclamó ganadora y le pidió al italiano que fuera a pasar un par de días con Antonio. ¿Pero Lovino quería hacer eso? Estaba demasiado confundido consigo mismo como para encima tener que convivir con la fuente de sus preocupaciones. Quizás pasar más tiempo con él resolviera sus dudas, pero era probable que las empeorara aún más.
Cogió una mochila vieja de Govert y en ella metió un par de libretas, un cepillo de dientes, algo de ropa y un par de calzoncillos. Se sentía tan nervioso como un escolar que estaba a punto de ir de excursión, sólo que la situación en la que se encontraba Lovino no le hacía la más mínima ilusión.
Salió de casa con demasiadas preguntas sin respuesta. Entre que Emma estaba desolada, Antonio no paraba de causar problemas y que Govert no cesaba de decir cosas raras, la cabeza de Lovino daba vueltas en busca desesperada de una solución.
—Me cago en todo…
Pero pensar en negativo no le ayudaría en absoluto. Tenía que centrarse en lo que le pidió Emma: ser el apoyo moral de Antonio en los tiempos difíciles, al fin y al cabo, para eso estaban los amigos.
Antes de darse cuenta, se hallaba ante el portal. Sólo tenía que entrar —la puerta siempre estaba entreabierta, así que eso no sería un problema—, subir en el ascensor y timbrar. No sería difícil. Entró. Subió en el ascensor. Todo bien. Faltaba menos.
Faltaba cada vez menos. Mucho menos.
Salió del ascensor y buscó con la mirada la puerta de Antonio. La miró fijamente, como si esperase que se fuera a abrir sola. Tragó saliva. Con toda la valentía que había en su cuerpo de cobarde, estiró el brazo y pulsó el botón del timbre.
Tenía la cabeza apoyada en el hombro de su hermano, quien permanecía con la vista pegada al televisor. La película que estaban retransmitiendo era de una calidad pésima y los actores parecían sacados de una obra teatral de niños de primaria; sin embargo, Govert era consciente de que no podía mirar a ningún otro lado sin sentirse violento. La manta que intentaba cubrir a ambos cumplía bien su función cuando tenía que abrigar a una persona, pero no alcanzaba a tapar a dos personas, así que él permitió que la manta protegiera más a su hermanita que a él.
Su adorable hermana pequeña.
—¿Por qué le has dicho a Lovino que se fuese a tu casa? ¿Estás tonta o qué? —pretendía sonar enfurecido, mas parecía que de un momento a otro colmaría de besos tranquilizadores a la chica.
—No es eso —ella cerró los ojos, aún procurando conciliar el sueño—. Es sólo que quiero comprobar algo.
—¿Comprobar qué?
—Si resulta que al final he perdido.
Él continuó enfrascado en la película. Ella dormía. A Govert le gustaría saber en qué diablos pensaba Emma cada vez que hacía una locura de tal calibre. Lo que acaba de hacer era comparable a meter una cebra en la jaula de un león hambriento: el resultado sería nefasto.
Quería huir y pretender que nunca había estado allí. Estaba nervioso y sentía que las piernas tenían la resistencia de unos espaguetis. ¿Y por qué se ponía así? No tenía sentido. Él no tenía la culpa de nada ni había hecho nada malo. Los culpables eran Antonio y Emma por no comprenderse. Claro que sí. Su mente estaba hecha un lío porque se había acostumbrado a la presencia de Antonio, así que si estaba una semana sin él, le echaría de menos. Como una droga. No había por qué alarmarse.
Suspiró y comenzó a tranquilizarse. Se había convertido en un manojo de nervios por un motivo absurdo, desde luego. Era tan tonto que quería reírse de él mismo por ser tan estúpido.
La puerta se abrió.
Mierda.
Tras ella estaba Antonio, con un semblante sombrío. Nada más ver que se trataba de Lovino, su expresión cambió por completo. Alzó las cejas y sus ojos, antes carecientes de expresividad, se tornaron un poco más brillantes.
—¿Lo-Lovino…?
—Y-Yo… Eh… —ante el asombro del otro joven, sacó una libreta de la mochila— ¡E-Estoy aprendiendo español, así que más te vale ayudarme!
Antonio permaneció silente, incluso algo abstraído. Era complicado descifrar lo que sus ojos verdes pretendían transmitir y, para mayor inri, ponían nervioso al italiano. Antes de que él pudiera quejarse por la cara de pánfilo de su amigo, Antonio ya se había lanzado a abrazarlo. Lovino no sabía si se debía a que lo echaba de menos, a que quería desahogarse por sus continuas riñas con Emma, a que estaba frustrado o, simplemente, a que era un hombre cariñoso.
Fuera como fuera, allí estaban los dos. Solos. La libreta cayó al suelo, pero ninguno de los dos hizo ademán de recogerla. Antonio hundió su cabeza en el hombro de Lovino, pero no dijo nada. Simplemente se aferraba a él como si fuera lo único que pudiera hacer en aquel instante.
Se preguntó por qué Antonio continuaba en una relación que no le traía más que disgustos. Debería decirle que sería todo mucho mejor si Emma y él permanecieran como amigos, así todos estarían más felices. Antonio, Lovino y Emma podrían salir juntos por ahí sin que ninguno se sintiese fuera de lugar o, como se dice comúnmente, como sujetavelas. ¡Todo sería tan sencillo! Pero obviamente, Antonio rechazaría la idea por un motivo bastante simple: porque estaba enamorado. Emma era la única persona para Antonio. Ella, ella y nada más que ella.
¿Por qué a Lovino eso le molestaba tanto?
Notas: Capítulo muy flojito, lo sé, pero era necesario hacerlo~ Dije al principio que la historia sería leeenta, pero en este capítulo pasa una semana de golpe. ¿Por qué? Pues muy fácil: porque no tendría sentido escribirlo todo. Cada quien que saque sus propias conclusiones 83 Además, la omisión de detalles favorece el desarrollo de la imaginación~ *trollface*
Contador de palabrotas: ¡12!
No sé cuándo actualizaré, porque estoy con exámenes y mi casa huele a mejillones y no quiero seguir escribiendo notas porque tengo hambre y quiero ir a comer… y…y… Paso a los reviews sin cuenta. Mi estómago me lo pide.
Hitsuji: Pues tu felicidad es mi felicidad :'D ¿La cara azul? Hala, ¡un pitufo! :D Una rosa es lo mínimo que le puede dar, sería mejor si le diera un beso (aunque no vendría a cuento, pero bueno xD). Supongo que una de las finalidades es esa: no saber si odiarla o quererla. No es mala, pero sí poco ortodoxa xD Argh, ¡no quiero saber cuál es la imagen que se ha formado en tu mente perturbadora! ;A; ¡Los coños no se fruncen! ¡No se fruncen! (imagínate gritar eso en sueños xD). ¡Muchas gracias! Necesitaré mucha suerte, pero ya he comprado bastante en el Carrefour, así que espero que me baste~ 8D Oish, qué bonito ;w; A mí ya me haces muy feliz con un review, porque me animas a seguir escribiendo~ ¡Muchas gracias por el review~!
Moonplata: Son los celos italianos, que no podían tardar en aparecer xD No, no, la Esteban es quien copia a Gilbert. Él es el original xD Uy, pues si me das palomitas y zumo, yo ya soy feliz :'D Bueno, si te fijas, el español está lleno de expresiones estúpidas: "ni fu ni fa", "patatín, patatán", "la marimorena", "por si las moscas", "a pies juntillas", "pelillos a la mar"… En serio, yo no sé cómo la gente no se ríe cuando suelta esas expresiones xD En fin, ¡muchas gracias por el review~!
Nayo: ¿Cataluña? Pues sí, queda cerquita *mira el mapa* Pues me caso contigo siempre y cuando me des de comer. Odio pasar hambre D: Buah, te comprendo perfectamente. Hay tropecientos fics que quiero comentar, pero siempre me quedo "meh, dejaré el review mañana~", pero nunca lo dejo xD Yo creo que cuando Toni sienta las típicas mariposas en el estómago, él pensará que se trata de gases y descartará que sea una reacción romántica (?). No me gusta escribir escenas cursis, así que me alegra mucho leer tu comentario, en serio xD Y otra vez: muchísimas gracias ;A; Te prometo que lo continuaré, pase lo que pase. Uy, sí, los reviews me ponen contenta, pero no me hacen actualizar más rápido, porque tardo mucho en contestarlos :3 Entonces en vez de actualizar a las 20:30 –por poner un ejemplo- acabo actualizando a las 21:00. ¡Pero eso no quiere decir que no me gusten los reviews! ;A; ¡Me encantan, en serio! ¡Muchas gracias por el review~!
BalnoO: El primer paso es que se lo plantee, por todo hay que empezar~ Yo nunca veo Gran Hermano, así que realmente no sé cómo funciona la cosa xD Pero si alguien como Gilbo apareciera, yo vería el programa sin dudar ni un instante. ¡Felicidades por ser libre y no tener exámenes! ;¬; Te envidio tanto… tantísimo… *llora* ¿Mente grandiosa? x'D Mi mente puede ser muchas cosas, pero grandiosa no es, desde luego xD Uah, ¡¿un altar? Pero el altar es para gente alta, ¿no? Por eso se llama altar… (?) Y yo soy muy bajita, así que más bien debería tener un "bajar"… Aunque eso es un verbo. Además, un "bajar" supone menos material, así que a la larga saldría más barato y… ¡AGH, ya estoy desvariando! ;A; ¡Muchas gracias por el review~!
Siguiente capítulo: Antonio Borracho (no, no es que aparezca un señor llamado Antonio Borracho, sino que nuestro Toño aparecerá ebrio. Sólo es una aclaración \·u·/)
¡Hasta el próximo capítulo~! ;3
