Capítulo 7. Ça ira
La sala baja del café Musain olía a mucho a café, a arenques, a pan caliente y a brie. No había una silla vacía, una mesa que no estuviera abarrotada ni una conversación que no tuviera que mantenerse a gritos. El jaleo se oía desde la calle.
El reencuentro de Courfeyrac con sus amigos fue todo un acontecimiento. La ronda de abrazos y efusivas palmadas en la espalda duró por lo menos media hora. Pero si había alguien que se alegraba de ver a Courfeyrac, ése era Bahorel.
Resultaba que Bahorel tenía la nariz rota. Joly le había desaconsejado que practicara savate o cualquier otra variedad de deporte violento (especialmente la variedad que consistía en hacer la ronda de las tabernas que frecuentaban los jóvenes carlistas luciendo una escarapela tricolor y una sonrisa de tigre). Hacía más de una semana que nadie accedía a pelear con él, pero Courfeyrac, que era todo corazón, no sabía negarle nada a un amigo.
―¡Gracias! Por fin alguien que no es un pusilánime ―declaró Bahorel―. Aparta, pequeño, yo me siento a su lado ―decidió, e hizo que Jean Prouvaire le cambiara el sitio.
No es que "no eres un pusilánime" fuera el mejor cumplido que le habían hecho a Courfeyrac, pero él lo aceptó con entusiasmo.
―¿Para qué están los amigos? Si mi amigo necesita que alguien lo remate, aquí estoy yo.
Había que ver la parte beneficiosa del desastre de la nariz de Bahorel: así, nadie prestó atención a Courfeyrac cuando el joven Marius le preguntó al verlo:
―¿Qué te ha pasado en la nariz?
Courfeyrac intentó fulminar a Combeferre con la mirada.
¿Con que no se me iba a hinchar?, decían sus ojos chispeantes.
Pero Combeferre estaba oportunamente distraído y no lo miró.
―¿Y cómo te ha sobrevenido esta calamidad, oh gran Esfinge? ―preguntó Courfeyrac a Bahorel.
Bahorel tenía una historia que contar: una divertida, exagerada y fanfarrona como de costumbre. Sin embargo, se había hecho mucho más popular la teoría de que la autora del estropicio era en realidad su amante; una de las dos, o puede que ambas reunidas en vengativo conciliábulo.
―Hacéis mal en subestimar a las mujeres ―les decía Bossuet―. Yo, antes de conocer a Nina, tenía pelo.
―Musichetta solía ser muy hábil con el alfiler del corpiño ―recordaba Joly, en voz baja porque Musichetta estaba presente, sentada en otra mesa con varias muchachas.
Todos recordaban que Joly solía agonizar cada vez que se llevaba un picotazo creyendo haber contraído el tétanos.
―¿Un alfiler? ―se burlaba Bahorel―. Preguntadle a Grantaire por las agujas de zurcir botas de Irma Boissy.
―Laure se enfadó conmigo una vez ―comentó Courfeyrac.
―¿Una vez? ―rió Bossuet.
―Se enfadó mucho conmigo una vez ―concedió el amante escarmentado―, y yo, para que me perdonara, le regalé una cajita de música. ―Y añadió con gran afectación―: No lo hagáis. En serio, nunca.
―Quizá, si las trataseis mejor... ―sugirió Jean Prouvaire con la mirada baja.
Y fue inmediatamente abucheado y casi expulsado de la mesa y del nada selecto club del género masculino en general. Combeferre tuvo el valor o la necedad de defenderlo y sufrió su misma suerte. Marius los miraba con horror mal disimulado y no decía nada.
¡Cómo! Pero si ellos eran los más fieles, entregados y devotos amantes, y ellas, unas hechiceras intrigantes, por no decir unas brujas. Uno cometía un inocente desliz y las llamaba por error por el nombre de... de su hermana... y al momento siguiente tenía una caja de música incrustada en el cráneo. No era justo.
―Pero si tú no tienes hermanas ―dijo Jean Prouvaire a Bossuet.
―Tengo muchas primas. ¡Silencio!
Bahorel palmeó compasivamente el hombro del joven poeta.
―Vaya, ¡por fin! ―dijo alguien.
Los dos regazados a los que esperaban acababan de hacer su aparición en el café. Courfeyrac, encantado de ver a Enjolras y Sand cogidos del brazo, se levantó para recibirlos.
―¡Querida Sand, qué placer verte! ―exclamó con una luminosa sonrisa, y tomó la mano de Enjolras para besársela.
Enjolras se lo permitió sólo porque estaba demasiado confuso para reaccionar. Le llevó unos segundos pero, cuando comprendió el sentido de la tonta broma, retiró la mano desabridamente. Siempre que había jaleo parecía que estaba de mal humor.
―¿Quién falta? ―preguntó pasando de largo y dirigiéndose a los demás. Sabía que Feuilly no los acompañaría porque estaba trabajando y porque Blanqui le inspiraba poca simpatía.
―Grantaire aun no ha venido ―lo informó Jean Prouvaire.
Enjolras ignoró aquello como si nada. Como no parecía faltar nadie, giró sobre los talones y se dirigió a la puerta. A su espalda se produjo un pequeño temblor de tierra cuando empezaron a chirriar sillas contra el suelo.
―Qué ingenioso os encuentro esta mañana ―comentó Sand cuando Courfeyrac y ella se quedaron solos en medio del revuelo―. Vuestro refinado sentido del humor me cautiva, señor de Courfeyrac.
Courfeyrac puso cara de dolor al verse atacado por su partícula pero, como era un caballero, no contraatacó llamándola a ella "baronesa".
―Os lo ruego, despejad mi duda ―siguió Sand. Para castigarlo, ya no lo tuteaba―. Si nuestro guapo Enjolras es la mujer vestida de hombre, ¿en qué lugar me deja eso?
Sand, vestida de hombre como de costumbre, lucía bajo la levita un chaleco con flores bordadas cuyos secretos intrigaban a Courfeyrac más de lo saludable.
―Señora, juro que jamás vi encuadernación más seductora ―dijo el joven―. Señaladme a la impolítica persona que se atreva a insinuar lo contrario, que yo le arrojaré un guante al rostro por atrevido.
―No lleváis ―observó ella cogiéndose de su brazo―. ¿Queréis que os preste?
La mujer más exquisita de París se hacía llamar "George". Courfeyrac la llevó del brazo todo el camino hasta la Ile de la Cité. A poca distancia del café se les unió Jean Prouvaire, y ella les habló de los progresos de la novela en la que trabajaba entonces.
George Sand no era ningún portento de la belleza. Tenía un rostro de lo más corriente, una pequeña boca muy graciosa pero una nariz poco atractiva. A primera vista se la podría considerar una joven de lo más vulgar de no ser porque, a primera vista, uno ya no podía apartar los ojos.
Cuando Courfeyrac se refería a ella con calificativos como "encantadora" o "deliciosa", no estaba siendo un adulador ni tampoco mentía. Sand poseía el encanto del espíritu, ese raro magnetismo imposible de explicar que se ha dado en llamar carisma y que, cuando se da en las mujeres, pone a los hombres de rodillas. Donde ella estaba, vestida de hombre y con el cabello recogido bajo el sombrero o la gorra, se respiraba un aire beligerante. Tenía unos ojos marrones brillantes como estrellas; donde los ponía, hacía un agujero.
En aquella época, Sand tenía veintisiete años; Enjolras, veinticuatro y aparentaba a lo sumo veinte. Ella era vulgar; él, tan bien parecido que encarnaba la prueba viviente de la iniquidad universal. Se decía de Sand en los círculos intelectuales y artísticos de París que tenía cierto gusto por los placeres mundanos; Enjolras bostezaba en el teatro, probaba poco el vino y no miraba nada las faldas. Tampoco parecía interesado en los pantalones, lo que de algún modo dejaba a la aguda Sand en tierra de nadie. Tenían una sola cosa en común, una importante: Sand tenía la pluma afilada; Enjolras, la pluma, la lengua y la espada. Pero aquella Cleopatra literaria, ay, había ido a dar con su Augusto.
Con todo, si alguien estuvo cerca de cristianizar la cama de aquel mármol que por madre tenía a la República y por amante a su Paria, esa fue Sand.
Pero sólo cerca.
En la plaza de Saint-Michel, una muchacha muy flaca vendía flores a los transeúntes. Jean Prouvaire le compró una a Sand y ella le compró otra a él, y Sand, vestida de hombre como estaba, dio al poeta un casto beso que casi acabó con un viandante escandalizado estrellado en una farola. Musichetta, que iba del brazo de Bossuet, frunció sólo un poquito sus delicadas cejas y a Joly le faltó tiempo para comprarle todo el canasto. Musichetta se prendió una flor en el cabello y les adornó a ellos las solapas con flores iguales. Courfeyrac sintió envidia de verse menos elegante...
Y el resto es historia.
Les Amis de l´ABC hicieron su aparición en el Palacio de Justicia como una primaveral procesión de jóvenes a juego. Junto a la escarapela tricolor, llevaba cada uno una flor. La de Enjolras, una rosita muy roja que resaltaba como una gota de sangre sobre el paño negro de su levita, se la había puesto Sand mientras desdeñaba sus quejas porque se estaban retrasando. La de Combeferre había sido cortesía de Courfeyrac.
―¿Blanca? ―se había quejado Combeferre.
―Es una flor, no una corbata.
Se la prendió en la solapa y Combeferre, cubriéndole brevemente la mano sobre su pecho, lo miró con la serenidad que siempre tenía en la sonrisa, ese algo inexplicable que llegaba al alma y que hacía sentir a quien lo miraba que para él, en ese preciso instante, no había nadie más importante en el mundo. Por un momento, el que duraron aquel contacto y aquella mirada, estuvieron los dos solos en aquella plaza abarrotada de gente.
•••
El juicio de Auguste Blanqui había congregado a miembros de todas las sociedades revolucionarias. Courfeyrac reconoció a muchos seccionarios de la sociedad Les Amis du Peuple, pero también a miembros de la Carbonería, de la Sociedad Francia, del Ejército de las Bastillas, de los Mutualistas de Angers, de la Cougourde de Aix... Aunque Blanqui era más apreciado entre los burgueses que entre los obreros, también habían acudido algunas asociaciones de proletarios, como la logia de constructores de la calle Granelle-Saint-Honoré.
En la sala de audiencias no hubo sitio para todos, y los que no pudieron entrar se apelotonaron en las galerías y bajo las columnas del exterior. La sala estaba tan abarrotada que el calor pronto se hizo asfixiante, y los cuarenta y cinco minutos que estuvieron esperando de pie sólo contribuyeron a caldear los ánimos.
Al fondo de la sala estaba, en efecto, Filippo Buonarroti. Mientras esperaban, vieron que un joven le susurraba algo al oído mirando en su dirección. El anciano asintió y el joven, señalando a Enjolras, le hizo un gesto para que se acercara. Combeferre y Courfeyrac fueron con él.
Cuando los tres regresaron donde los esperaban sus amigos, Buonarroti aun los seguía con la mirada. No habían hablado más de diez minutos pero Enjolras necesitaba aun menos tiempo para impresionar a cualquiera, incluso si se trataba de alguien tan influyente como Filippo Buonarroti. En aquellos diez minutos habían obtenido el compromiso de una reunión futura y un pedazo de papel garabateado dirigido a un armero del barrio de Saint-Antoine.
El juez acababa de hacer su entrada y dio orden de que compareciera el acusado. Cuando trajeron a Blanqui encadenado de manos, se alzó entre la audiencia tal griterío que el magistrado tuvo que pasarse diez minutos llamando al orden.
El juicio fue muy rápido. Blanqui comparecía ante la Cour de A´ssises acusado de asociación ilícita "con objeto de mudar el orden establecido" y de instigación pública mediante la distribución de propaganda ilegal. Cuando el jurado hubo deliberado y se pronunció la sentencia de seis meses de prisión, se armó tal vocerío que se dejaron de oír las llamadas al orden. Algunos estudiantes saltaron la baranda que separaba a la audiencia del tribunal y el juez ordenó que se los detuviera y que fuera desalojada la sala. Al fondo se habían puesto a cantar La Marsellesa, y Blanqui se fue cantando mientras lo sacaban por la puerta de los condenados. A sus veintiséis años, ya había estado en prisión tres veces.
En los disturbios que siguieron se rompió una vidriera de la galería. Los alguaciles blandieron las porras y los estudiantes, los bastones, las sillas y todo lo que encontraron a mano. El "Aux armes, citoyens" dio paso al aun más beligerante "Ça ira, les aristocrates à la lanterne!" y al final, tuvo que intervenir la policía, que irrumpió en el patio a caballo obligando a los estudiantes a dispersarse.
Los amigos trataron de permanecer unidos pero en mitad del tumulto acabaron separándose. Courfeyrac y Jean Prouvaire se cogieron de la mano para no perderse, pero se soltaron cuando casi los arrolló un caballo que cayó sobre los adoquines desmontando a su jinete. Alguien que corría chocó contra Courfeyrac y lo hizo caer, y antes de que pudiera reaccionar alguien más a quien no conocía lo ayudó a levantarse y desapareció.
―¡Prouvaire! ―gritó buscando al poeta con la mirada.
Pero su voz se la tragaron el griterío y los horribles relinchos del animal que pugnaba por levantarse. Creyó distinguir a Bahorel entre la gente que corría. Se oyó el primer disparo al aire, se agacharon cien cabezas y un grito colectivo se elevó al unísono. Courfeyrac estaba solo y ya era cada hombre por sí mismo.
Corrió.
•••
Cuando llegó sin aliento a la taberna de Corinto, sólo estaban allí Bossuet y Joly con Musichetta, que estaba despeinada y encantada y se reía sin parar.
Bahorel llegó con el pañuelo de Jean Prouvaire sobre la nariz y con el poeta a su lado, ileso si no se contaba la baja de su abominable sombrero de tres picos. En conciencia, Courfeyrac no pudo darle el pésame.
Combeferre llegó con las gafas rotas y un par de rasguños en la mejilla. Grantaire apareció poco después; al no encontrarlos en el café, había ido a buscarlos allí. Marius no llegó; se había ido a casa. Enjolras y Sand aparecieron los últimos, y Feuilly se les unió una hora después de que anocheciera.
Grantaire brindó con su tercera botella a la salud de Blanqui "L´enfermé", le deseó mejor suerte que al Prometeo de Esquilo y, después, para sorpresa de nadie, se puso a coquetear descaradamente con Sand, que estaba enrollando con habilidad un pellizco de tabaco de Moravia en un papelito. Oh, sí, Sand fumaba en público como las actrices y las alegres muchachas a las que la "bonne société" tenía el mal gusto de llamar "de mala nota". Y con qué gracia lo hacía, con qué elegancia aleteaban aquellas pequeñas manos blancas. Rebelde ante cualquier imposición, Sand no sabía resistirse a un capricho. Escogía las compañías que quería, fumaba si se le antojaba y se dejaba ver entrando en una taberna en compañía de muchos hombres. Por si fuera poco aquello, parecía disfrutar enormemente de la compañía de Grantaire, y se probó más que capaz de competir con su ampulosa retórica. Lo pasaban tan bien que no estaba muy claro si, con aquello, alguno de los dos se había propuesto despertar los celos de alguien.
Enjolras se había sentado junto a Combeferre, que parecía algo distraído. De vez en cuando, Enjolras le tocaba el brazo y Combeferre negaba con la cabeza y le decía alguna cosa. Desde donde estaba, sentado entre Feuilly y Jean Prouvaire, Courfeyrac no oía lo que decían pero, cuando lo miraba, Combeferre le devolvía la mirada y la sonrisa.
Eran casi las once cuando se marchó Feuilly. El joven obrero se levantaba de madrugada y trabajaba hasta el anochecer. Siempre parecía agotado pero, aunque podía soportar el cansancio, lo que no podía era permitirse el gasto. Nunca dejaba que nadie le pagara un vaso de vino o la cena, y aquella noche no fue la excepción.
Cuando, más tarde, Sand anunció que se retiraba, Enjolras se ofreció para acompañarla a su casa. Grantaire los vio marcharse y durante un rato se dedicó a beber en silencio. Siempre que Enjolras se marchaba se apagaba la luz de sus ojos, y hasta parecía que su provocativa elocuencia perdía su razón de ser. Courfeyrac y Jean Prouvaire fueron a sentarse con él y, un rato después, los tres se reían juntos del mundo.
Pero Enjolras regresó, y como lo hizo demasiado pronto como para tener nada interesante que contar, no le preguntaron.
Estuvieron allí por lo menos una hora más, llenando con sus voces y con el humo de las pipas la sala baja de Corinto, que fue quedándose a oscuras conforme Matelote y Gibelotte iban recogiendo las mesas vacías y apagando los candiles y las velas. La sala casi se había vaciado cuando Combeferre dijo que se retiraba.
No se lo podía culpar por estar cansado, pensó Courfeyrac sonriendo para sí. Cuando lo vio recoger su abrigo, Courfeyrac fingió que disimulaba un bostezo y fue a levantarse...
―Yo también me marcho ―dijo Enjolras.
Courfeyrac se sentó.
―Que tengáis buenas noches ―dijo Combeferre.
―Buenas noches.
―Hasta mañana.
―Cuidaos los dos.
Combeferre dedicó a Courfeyrac una última mirada amigable y los dos se fueron.
Courfeyrac movió maniáticamente el pie por debajo de la mesa, contrariado. Podía haberse marchado con ellos como de costumbre pero su casa en la Rue de la Verrerie quedaba más cerca de Corintoque las de sus amigos, que aun vivían en el Quartier Latin, y hubiera sido el primero en despedirse. Decidió que podía esperar... No, decidió que quería. Hacía tiempo que no veía a sus amigos y le parecía una pena irse tan temprano.
•••
Se fueron temprano.
La tía Hucheloup les dio quince minutos y, después, los echó a escobazos igual que se espanta a los gatos ociosos de la sombra. Pero los amigos encontraron otro sitio donde apreciaran su dinero, sus canciones subidas de tono y su mala suerte a las cartas.
Cuando salieron de la última taberna haciendo eses, era ya de madrugada y a ninguno le quedaba un sueldo en el bolsillo. Por perder, Courfeyrac había perdido hasta la pipa y el sombrero, pero Grantaire se los recuperó al billar y, de propina, se incautó de un bonito ramillete de flores doradas.
―¿Qué queréis que nos juguemos? Si me habéis desplumado ―se había lamentado el realista, que acababa de perder el sombrero de Courfeyrac.
―¿Vos creéis? A fe mía que ese gabán que lleváis es un trapo de lo más elegante.
―¿Mi gabán? No, ni hablar, joven.
―El gabán, no ―lo corrigió Grantaire mientras daba tiza a su taco con una sonrisita de mejillas coloradas―. Sólo los botones. Uno por bola.
Jean Prouvaire se iba parando debajo de cada farola para admirar su parte del botín.
Había diez botones dorados y relucientes, cada uno adornado con el emblema de la Flor de Lis. Grantaire se había guardado uno para él y había repartido el resto en los morros del realista, que ahora lucía un poco menos realista que antes.
―La verdad es que son bien bonitos ―consideró Prouvaire, soñador.
―Como se te ocurra coserte eso a la ropa... ―le advirtió Bahorel, que se estaba temiendo lo peor.
―¿Qué vas a hacer? ―lo desafió el poeta con la imprudencia del vino.
―¿Quieres saber qué voy a hacer?
Prouvaire levantó mucho el mentón con aire envalentonado.
―Me sentaré y esperaré a ver qué hace Enjolras, eso voy a hacer.
Prouvaire se quedó mirando sus botones con expresión compungida.
―Bueno... ―dijo bajito. Y se los guardó en el bolsillo.
Uno tras otro, los amigos se fueron despidiendo. Joly, Bossuet y Musichetta se fueron camino de la casa que compartían "en el distrito 13º" para espanto de sus vecinos. Bahorel decidió tomar un atajo que casualmente pasaba cerca de la casa de una de sus queridas, y nadie sabía hacia donde se dirigió Grantaire cuando, al pasar cerca de un lúgubre callejón de aspecto poco recomendable, dijo que allí se bajaba.
Courfeyrac y Jean Prouvaire hicieron solos el resto del camino. Courfeyrac iba tarareando las canciones revolucionarias que se habían oído durante los altercados de la mañana.
―Siempre que vuelves de Marsella se te ve alicaído ―comentó Prouvaire, que se había cogido de su brazo―, pero te encuentro muy animado esta vez. ¿Será que te has cansado del sol?
―¿Qué quieres, poeta? Será que soy feliz. Allá vosotros, los románticos, con vuestra romántica melancolía. Creo que ya es otra vez primavera. ¿Y qué se ha hecho de la flor que llevabas?
Prouvaire se miró la solapa con tristeza.
―Se me habrá caído.
―Toma la mía. Pero no la pierdas ―Courfeyrac fue a prendérsela en la levita pero cambió de idea y se la puso en el cabello. Jean se echó a reír.
―Qué borracho estás.
―Dijo el chico de las violetas en el pelo...
―Te ha dado el sol. Te sienta bien...
―...el poeta libertino, el fumador de opio...
Prouvaire bajó tímidamente la mirada y tanteó la flor.
―¿Tienes una nueva querida? ―preguntó, curioso.
Courfeyrac se lo pensó.
―No, no es eso.
―Entonces un frac nuevo ―sugirió Jean demostrando lo bien que lo conocía. Courfeyrac se echó a reír de buena gana y, viendo que él se había separado, lo volvió a coger del brazo.
―¿Sabes una cosa, Prouvaire?
―¿Qué? ―dijo él alzando intrigado la mirada. Courfeyrac se había detenido en mitad de la calle.
―Por aquí no se va a mi casa. Creo que nos hemos perdido.
