En cualquier ciudad, o en cualquier pueblo… ve a cualquier institución mental o una casa en medio del camino, adonde puedas ir por ti mismo. Cuando llegues al escritorio principal, pregunta al receptor por aquel que se hace llamar: El Holder del final. Si ves un rostro de niño asustado provenir del rostro de todos y cada uno de los trabajadores, sabrás que estás en el sitio indicado; entonces serás llevado a una celda en un lugar imposible del edificio. Va a estar en una sección profundamente escondida del psiquiátrico. Todo lo que oirás será el sonido de alguien hablando consigo mismo, resonando a través del eco de las paredes. Se trata de un lenguaje que no comprendes, pero no impedirá que toda tu alma sienta un terror indescriptible.

Si de pronto, la voz para en alguna ocasión ¡DETENTE!, y rápidamente di: "Solo pasaba por aquí. Deseo hablar…". Si el silencio continua, huye. Vete, no te detengas por nada, no vayas a casa, no te quedes en una posada; solo sigue corriendo. Duerme cuando tu cuerpo caiga. Ya sabrás en la mañana si tu escape fue efectivo…

Si la voz en el pasillo regresa después de que tú dijiste esas palabras, entonces continua. En la celda, lo único que verás es un cuarto sin ventanas, con una persona de rasgos esqueléticos en una esquina, hablando un extraño lenguaje y acuñando algo entre sus raquíticas manos. La persona solo responderá a una sola pregunta: ¿Qué pasa cuando todos están juntos?

La persona entonces, te mirara fijamente a los ojos y te responderá la pregunta con horripilante detalle. Muchos se vuelven locos en esa celda, algunos desaparecen después de ese encuentro, otros, acaban con sus vidas. Pero la mayoría hace la peor cosa, y miran el objeto oculto entre las manos de esa persona. Tú también querrás hacerlo. Estas advertido de que si lo haces, tu muerte será cruel, tenaz y horrible…

Tu muerte estará en ese cuarto, en las manos del muerto viviente.

Ese objeto es el número 1 de los 538; restantes. Nunca deben estar juntos… - The Holder of the end (1 – 598); Creepypasta

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Chris despertó abruptamente de una horrorosa pesadilla, que fue lo más parecido a una cálida bienvenida, que había tenido desde que llegó a Carecas.

En el sueño, Chris se encontraba en el mismo hotel de cinco estrellas en el que estaba hospedado justo ahora. El lugar estaba desierto, el silencio era espectral, la atmósfera sumamente pesada y había un olor rancio y sumamente putrefacto esparciéndose por las paredes, que a Chris se le debía de hacer bastante familiar, pero que por alguna razón, no alcanzaba a distinguir del todo.

Salió del amplio departamento con dos cuartos, dos baños, una cocina y una mini-sala con comedor; que parecía congelada en el tiempo y se internó en los profundos y cavernosos pasillos del piso tres del hotel...

Hasta ese entonces, Chris no había reparado en el hecho de que estaba caminando completamente desnudo. Emprendió una marcha lenta y silenciosa, arrastrando los pies sobre la larga y extensa moqueta del quinto piso del Hotel Riviera, y se internó en la única habitación que debía de darle un aire de autoridad al lúgubre pasadizo, la recámara número 366, el número de reserva de Parker.

Se sorprendió al encontrarla entreabierta. Chris no era supersticioso, pero tampoco tenía que serlo para saber que había algo premonitoriamente malo, en el hecho de que la puerta estuviera abierta... Parker era un agente consumado y sumamente experimentado, que no tenía nada que envidiarle a las experiencias bioterroristas que el mismo Chris había vivido; y aquella, era una premisa lo suficientemente acertada, como para saber que una puerta entreabierta, no era propio de una persona que bien podía estar durmiendo con quince kilos de dinamita debajo del colchón, solo si con eso conseguía defenderse de lo que sea que pudiese atentar contra su vida, durante su sueño. Por lo tanto, aquello era algo anacrónico, sin sentido, y muy fuera de lugar. Una puerta entreabierta solo podía significar que….

Chris abrió entonces el resto del pórtico, decidido. Para cuando el rectángulo de madera, había hecho el giro hacia el otro extremo de la pared, y rebotado de vuelta, Chris ya estaba adentro de la habitación, que parecía un espejo de la que él mismo estaba ocupando, solo que más oscura y más tétrica. Un fino filtro de luz, se colaba a través de las ventanas, entre el entramado de las cortinas, y aunque se sintió tentado a correrlas, para darle al lugar un aire un poco menos criminalista, sabía que no podía hacerlo. Es decir, podía y al mismo tiempo no podía. Era algo así, como decir que no estaba en su camino correr esas cortinas.

Tampoco había reparado en el hecho, de que ahora vestía el uniforme de Capitán de la B.S.A.A.; el mismo que había utilizado la noche de la muerte de Piers. Con el mismo sudor, con las mismas manchas de sangre seca, y el mismo hedor a fracaso. Chris detestaba esa uniforme. En secreto, lo odiaba, porque le recordaba a cada instante su fracaso.

Ignoró que su pistola descansaba en uno de los compartimientos delanteros de su chaleco de kévlar, y se adentró en la habitación donde supuestamente debía de estar Parker.

Y el supuesto se convirtió en un hecho, porque ahí estaba. Con las sábanas oscuras hasta el nivel del cuello, y repartiendo hipoxias contra el manto de las cobijas, como si se tratara de un acordeón que se inflaba y luego se desinflaba. Algo muy natural para una persona del calibre de Parker, cuando se encuentra dormida.

Entonces Chris se recargó contra el umbral de la puerta, y dejó escapar un largo suspiro. Observó a Parker dormir, y se dio cuenta de dos cosas: Inhalaba aire de una manera muy rara, porque a pesar de que su estómago se contraía y se expandía con movimientos rítmicos claramente pulmonares, no parecía estar adquiriendo su aire por la vía convencional, ósea, la nariz. Por otro lado. Chris recordaba que las sábanas del hotel, eran de un color blanco bastante intenso, que hasta se podía diferenciar en la oscuridad. Las de Parker eran de un color marrón-violáceo bastante increpante, y a medida que más las observaba, Chris presenciaba con mórbido horror, como ese color que de pronto había adquirido un olor penetrante y pestilente, se ensanchaba más, y se volvía cada vez más oscuro y visceral.

De pronto, debajo de las sábanas se estaba empezando a producir un movimiento sumamente brusco y violento. La tranquilidad de la cabeza de Parker, que era lo único al descubierto en esa cama, no parecía tener nada que ver con lo que le estaba sucediendo al resto de su cuerpo. Por un momento, Chris creyó que estaba siendo presa de un ataque epiléptico, pero pronto se dio cuenta de que eso era imposible. Había presenciado arranques de esa enfermedad con anterioridad, y no se parecían en nada a eso…

Era como si algo estuviera intentando surgir desde el interior de Parker. Abriéndose camino entre sus intestinos, sus vísceras y su carne. Rasgando sus huesos, lacerando sus articulaciones, fragmentando sus nervios, y finalmente, saliendo al exterior.

Y así fue. En un determinado instante, los movimientos cesaron tan abruptamente como empezaron, y Chris, atónito como él solo, permaneció de pie como una estatua, víctima de su propia impresión, y quizás también de los traumas de su propia edad. Acarreados por una vida difícil, al lado de cosas, que solo eran características de una película de terror, pero que él conocía muy de cerca, y lo peor del caso, es que ya se estaba familiarizando con ellas.

Entonces, las sábanas se abrieron como un capullo por la mitad. De su interior, emanó a chorros un líquido espeso de color vinotinto, que claramente correspondía a la sangre de Parker, brotando desde adentro como un río de lava, y acumulándose en los recodos de las sábanas, y en los hoyuelos que se formaban sobre la plataforma del colchón, hasta finalmente precipitarse como cataratas alrededor de la cama. Chris lo vio todo con sumo detalle, paralizado por el miedo, incapaz de discernir, porque diablos cuarenta y un años de inenarrables experiencias, no podían autorizarlo siquiera para mover un solo dedo.

Y fue en ese momento, cuando supo porque estaba tan asustado. Porque era que había tenido tantas pesadillas durante tanto tiempo. Una garra, o mejor dicho, una cuchilla larga y afilada, manchada por el oscuro color de la sangre, emergió desde las profundidades de Parker como una protuberancia maligna que se auto-invita a nuestro mundo. La cuchilla era tan larga como la de una oz, y se retraía con movimientos mecánicos. Estaba adherida a una muy delgada pata extensible, que se posicionó a un costado de Parker sobre la cama. La acompañaron cinco más, y entonces Chris pudo darle un poco más de forma a aquella horrorosa criatura.

-Es como una araña reclusa… una araña gigante.

Chris odiaba a las arañas, más que a cualquier otra cosa sobre el planeta tierra que pudiera odiar. Haberlas visto mutar, y multiplicarse en la mansión Spencer, definitivamente no había ayudado en nada a disimular su fobia, pero aquel espectáculo del que ahora era testigo, le estaba diciendo que lo peor, apenas estaba por venir…

Finalmente un caparazón redondo, del grosor de una caja para llevar útiles de oficina, se elevó sostenida por las seis extremidades, fuertemente adheridas al colchón, rasguñando la tela, e internándose en el poliéster. El caparazón era ovalado, de un color negro brillante, a causa de la sangre, y con repulsivas hebras de pelo animal alrededor de toda su inmisericorde circunferencia. De la mitad, sobresalía una especie de apéndice, similar a un palo de escoba, que venía a cumplir las funciones de un cuello y que se elevaba hasta llegar al punto de convertirse en una redonda cabeza de maniquí. Sin ojos, sin boca, sin oídos… sin nada.

Los chorros rojizos resbalaban en capas desiguales alrededor de aquel rostro demoníaco sin rasgos. Parecía girar sobre su propio eje, y por un momento, Chris creyó que se trataba de un gran ojo blanco, que lo veía todo con alguna especie de sistema inmunológico interno, adherido a su fisiología, o quizás solo era el miedo, pero no quería hacerse a la idea - Aunque lo correcto sería decir, que jamás pensó en eso -, de cómo diablos aquella cosa de cara blanca y patas negras, se había metido dentro de Parker, como si se tratara de un insecto minúsculo, que anida en el interior de un animal moribundo.

Chris se destensó, y todos sus músculos se liberaron cuando aquella cosa se apeó de la cama, y empezó a dirigirse hacia él, con movimientos lentos y elongados, como si parte de su ritual de caza, fuera intimidar a su presa, acercándose paulatinamente hacia ella, paralizándola con la flexibilidad de sus extremidades, imposibilitándola por medio de su diabólica apariencia.

Chris retrocedió torpemente de espaldas, y cayó de culo contra el suelo. Se fue gateando; arrimando las manos frenéticamente en contra de la habitación donde yacía el difunto Parker, a la vez que veía como aquel monstruo ahora aceleraba su andar, y sus patas se desplazaban vertiginosamente, confundiéndose las unas con las otras, en una ráfaga casi imperceptible de pisadas.

Los ojos de Chris se ensancharon, cuando supo que ya la tenía encima. Quedó apresado hacia ambos lados, justo debajo de ese caparazón peludo, que ocultaba algo… algo horrible. Y estuvo a punto de soltar un grito, cuando una de las patas se levantó hacia el techo, y la cuchilla se retrajo para que Chris pudiera observar su brillo en la oscuridad, antes de rebanarle el estómago. Y lo último que el capitán vería, sería aquella horrorosa sonrisa, conformada por minúsculos taladros plateados, alineados de una manera perfectamente horizontal sobre la cabeza blanca de maniquí.

Todo aquello, terminó justo en el momento en que se levantó de golpe, impregnado de sudor y con las pulsaciones a miles de revoluciones por hora, sobre la cama de su habitación…

Se llevó las manos a la cabeza y reprimió un sollozo. Había sido una pesadilla, una horrorosa pesadilla. Sin embargo, no era la primera vez que soñaba cosas así. Desde la muerte de Piers, había tenido episodios anecdóticos bastante lamentables con respecto a sus sueños. Una vez, soñó que Claire engendraba un par de monstruos pequeños, similares a cucarachas gigantes, con un par de tenazas carnosas sobresaliendo de sus bocas, y una concha grande y resquebrajada, que podía abrirse y convertirse en un par de alas. En otro, Jill era perseguida a través de un horroroso e interminable bosque, por un monstruo alargado y seseante, hasta que finalmente era atrapada, destripada y engullida, con una expresión pálida y fantasmagórica en el rostro.

Pero de lejos, el peor sueño, era uno en el que el mismo Chris, estaba de pie al lado de quién parecía ser Jake Muller, aquel mercenario, hijo del funesto fallecido, Albert Wesker; en una especie de terreno neutral de fondo blanco, con una bruma espectral plateada rondando alrededor, similar a una neblina sobrenatural, y a la distancia, muy a lo lejos, se observaban las sombras de muchos pilares que se alzaban hacia un techo infinito de color crema. Todo era silencio y quietud, hasta que un ruido atronador e irreconocible, rompía la paz de aquel tétrico lugar. Chris no podía discernir exactamente de dónde provenía, pero era horrible. Parecía como si cien leones rugieran todos al mismo tiempo, y sus gargantas ácidas y oxidadas, amplificaran el eco de sus lamentos. Se escuchaba un aleteo furioso, y luego el lugar quedaba en las penumbras, pero no porque así lo quisiese el sueño, sino porque arriba, sobre sus cabezas, había algo…

Y entonces un par de ojos rojos tan malignos como los del mismo diablo, se posaban sobre Jake y sobre él, y un calor abrasador los consumía, solo para luego despertar del sueño… Chris no creía para nada en las coincidencias, pero sospechaba que el hijo de Wesker, tenía sueños muy parecidos a esos.

Finalmente, después de varios minutos consiguió calmarse. Aquello debía de ser por el estrés. Recapituló todo lo que había hecho, desde su llegada a Carecas, o por lo menos, todo lo que podía recordar, e hizo un mapa mental de todo lo ocurrido hasta el momento.

El viaje había sido largo, de al menos diez horas. Tenía el trasero tan plano como una tabla de planchar, y las cintas transportadoras, habían tardado mucho en despacharle su equipaje, por no decir que su portugués no era muy fluido, y tuvo que apelar al poco dominio de la lengua que tenía Mark. Finalmente consiguieron un taxi, que según su guardaespaldas, no estaba tarifado por ninguna clase de estafador, que cobraba más de cien reales hasta El Riviera, y entonces arribaron hasta el hotel. Al momento de llegar, confirmaron la reservación, subieron a la habitación, se separaron y Chris se desnudó, tiró sus cosas a un costado, y se hecho a dormir.

-Y después de varias horas, aquí estoy…

Eso lo hizo sopesar… ¿Qué hora era? Chris tomó el reloj que tenía sobre la mesa de noche; ya era una costumbre casi automática, que a pesar del cansancio colocara su reloj lo más cerca posible de su cama. Lo observó en la oscuridad, disfrutando de como los números analógicos, brillaban con un esplendor fosforescente y señalaban que eran casi las nueve de la noche. Habían arribado a Carecas, cerca del mediodía, y Chris no se había detenido a almorzar. Sabía que Parker estaba en la habitación, al otro extremo del pasillo – En la 366 – pero más allá de eso, no estaba consciente de ninguna otra cosa más.

Suspiró. Tenía un hambre horrorosa.

En ese momento, un olor bastante agradable y familiar, se manifestó alrededor de su nariz. Chris meneó la punta de su aparato olfativo, como si se tratara del hocico de un perro, y con sumo interés, lo fue siguiendo con la mirada hasta la puerta. Pudo ver por el resquicio, que las luces de la sala estaban encendidas. Si mal no recordaba, cada habitación tenía su propia cocina, por lo que no era descabellado pensar, que Mark podría estarse preparando alguna especie de bocadillo nocturno, pero… ahora que lo pensaba mejor, el olor era mucho más que familiar. Solo alguien combinaba la crema de los crépes, con ese sutil aroma a canela, y esa era Rebecca.

-Imposible…

Se apartó las sábanas de encima, sin reparar en la mísera presencia de calzoncillo, que era lo único que tenía por ropa. Entonces tomó su camisa y su pantalón, y en menos de treinta segundos, ya estaba girando la manilla de la puerta, para encontrarse con la traumatólogo en jefe de la B.S.A.A., cocinando alegremente, mientras tarareaba alguna canción de amor brasileña, al mismo tiempo que Mark, veía emocionado un partido de fútbol por la televisión.

Ninguno de los dos había reparado en su presencia. Chris paseaba la vista de un lado al otro con la boca abierta, como si no pudiera creer que Rebecca estuviese ahí, cocinando panquecas… tenía que hablar con Barry acerca de esto. Aquello no era parte del plan.

Dio un paso al frente. La luz de la lámpara, con techo de sombrero, lo bañó en un resplandor amarillo, pero ni aun así, parecía ejercer una presencia firme en el entorno. Mark contuvo las ganas de gritar un gol, y Rebecca se había dado la vuelta para buscar especias en la despensa.

No había de otra. Tendría que recurrir a su clásico carraspeo.

-¡Ujuuuuuuum!

Mark se puso de pie de inmediato, en esa clásica pose de saludo militar, que a Chris cada vez se le antojaba más graciosa, y Rebecca lo observó con los ojos entrecerrados, para luego asentir con una sonrisa.

-¡Buenas noches, Capitán Redfield! – Dijo Rebecca con naturalidad. Estaba más concentrada en la preparación de las crépes, pero no por ello ignoraba completamente a Chris - ¿Descansaste?

-Muy graciosa – Chris lanzó un bufido de disgusto, y Rebecca soltó una risita sincera. Mark seguía como una estatúa y Rebecca le hizo gestos a Chris, para que volteara en su dirección. Este le indicó que se relajara, y Mark pudo volver al sillón, a continuar viendo su partido.

-Seguramente estarás sorprendido…

-… y no sé, si de una manera muy grata, ¿Qué se supone que haces aquí, Rebecca? Los únicos enviados oficiales, fueron Parker, Mark, Jill, Carlos y yo.

-Yo también soy oficial, ¿Recuerdas? – Afirmó ella, con una sonrisa burlesca, y Chris la reprochó con la mirada – Bueno, bueno; quizás ando un poco ausente de práctica, pero no he perdido mis actitudes. Tú lo sabes.

-¡Sí!, pero eso no quiere decir que debías venir aquí.

-¿Y entonces a dónde debía ir? ¡Oh, todopoderoso Capitán Chris Redfield!

-¡Lejos de Brasil, por supuesto!

El clima no era tenso, pero Mark podía captar que había perdido casi toda su jovialidad. Rebecca y Chris, discutían como si fueran un viejo matrimonio, pero sin el amor de por medio. Ellos actuaban, como una pareja que se casaba, y trataba su relación como un asunto de trabajo. Por supuesto, después de unos minutos, la doctora prorrumpió en sonoras carcajadas, y de un manotazo desmedido, por poco volcaba la sartén y la mitad del trabajo que había invertido, en hacer las panquecas. Chris elevó las manos hacia el cielo, como buscando alguna especie de explicación divina, mientras daba mini-rodeos sin sentido alrededor de la sala, y Mark, volvió a prestar atención a su partido de fútbol, aunque de pronto, ya no le parecía tan interesante.

-Te recordaba más divertido, Chris.

-Si por divertido, te refieres a rociar con veneno a una planta gigante, mientras esta trataba de comerme, entonces no. Lamento notificarte que ya he madurado.

-Sí, ahora no haces chistes sobre las películas de Romero.

-Es que son malísimas, y tú lo sabes.

-Todos opinamos lo mismo desde lo de Racoon, Chris. La única diferencia, es que tú te lo tomas demasiado en serio.

Chris suspiró. A pesar de que el tema de Racoon City ya no era un completo tabú, se trataba con la mayor discreción posible. Bromear acerca del tema, o tan siquiera mencionarlo con una sonrisa en los labios, podía considerarse anti-ético, y una falta de respeto colosal, para con las víctimas de la tragedia. Lo mismo se empleaba para con desastres como los de Chernobyl o Hiroshima y Nagasaki, pero lo de Racoon era especial. No solo porque ellos habían vivido de primera mano todo lo horroroso y podrido, que se gestó en la ciudad del medio oeste norteamericano desde los comienzos, sino porque de una u otra manera, también eran víctimas de la invasión zombi, dominada por Umbrella.

Además, a diferencia de los desastres nucleares, lo que sucedió en Racoon City, no había sido para nada rápido, ni mucho menos limpio… pasaron horas y posteriormente días, en los que la gente de a poco, iba cayendo víctima de los muertos vivientes, y toda clase de mutaciones transgénicas de la afamada compañía. Algunos tenían suerte, y guardaba una última bala en la recámara, que les diese el tiro de gracia, en caso de ser necesario. Chris jamás lo supo, pero supuso que durante aquel incidente, se debía haber registrada la mayor oleada de suicidios en masa de toda la historia de los Estados Unidos. Quizás por encima de la gran depresión de los años veinte, pero nada concreto. Tampoco había pruebas que pudieran sustentar sus sospechas. Y prefirió que fuera así. Solo rumores de su mente vacilante.

Pero otros no habían tenido esa suerte, ni mucho menos esa opción. Otros lograron ser alcanzados, y desgarrados hasta sus entrañas por los zombis, que te devoraban lenta y satisfactoriamente. Hasta consumir cada minúscula partícula de carne, pus y bilis; que pudieran encontrar dentro de ti. Sirviéndose de tus intestinos, como si se trataran de bondiolas de carne, y triturando tus órganos con una sed salvaje y troglodita. Otros perdían la cabeza de un tajo, producto de una limpia cuchillada de parte de una manada de hunters, y otros tantos perecían morbosamente, empalados por la lengua afilada de un licker, al que no veías venir, hasta que ya era demasiado tarde, y tu pescuezo se retorcía hasta el punto, de que tu cabeza se desenroscaba de tu cuello, como si se tratara de un tornillo.

Rebecca y Chris lo recordaron todo en un momento tan breve, que podía compararse con una epifanía. Menearon la cabeza al unísono, y acordaron mentalmente no proseguir con la lista de fatídicos decesos, en lo que seguía del día, y en lo que a continuación discutirían. Si habían salido ilesos mentalmente (O parcialmente), de Racoon City, entonces no deseaban perder por nada del mundo esa condición.

-¿Qué haces aquí, Rebecca? – Espetó Chris con un tono que denotaba carácter, y aunque Rebecca no sintió el peso rudo, que empleaba el capitán con sus subordinados, si sintió que no podía evadir esa pregunta.

-Barry no me habría dejado venir, si se lo hubiera pedido, y tú lo sabes.

-Precisamente por eso te estoy preguntando, ¿Qué estás haciendo aquí? Ya lo he discutido con Barry, y si él te prohíbe acceder a las misiones, es porque tu sitio, es dentro de la B.S.A.A., no dentro de un campo de batalla, Rebecca. Eres médico. Tu lugar, está en una oficina, o en un laboratorio. En una tienda de campaña, cuando mucho. Atendiendo a los heridos.

-Siempre he valorado tu sinceridad, y tu sensibilidad, Chris…

-Lo siento… en serio, no quería.

-Lo hago, porque quiero. No fue casualidad que sobreviviese a lo que pasó en las montañas Arklay. Lo sabes muy bien. Te salvé de convertirte en abono para planta, en la casa del guarda, y fui yo quien sugirió activar el sistema de autodestrucción, y quitarle tiempo a Wesker. Además, juntos, también incursionamos en la sede europea de Umbrella, y obtuvimos los datos para hundirla hasta lo más profundo del infierno… ¿Te parece que aun así, no soy un miembro indispensable del equipo, Chris?

-Jamás he cuestionado tu habilidad en combate, Rebecca - Chris tenía una firmeza tan directa para espetar sus contra-ataques, que de pronto, la doctora Chambers se sintió minúscula a su lado. Y era en momentos como ese, que dudaba de sus propias decisiones, y creía, que quizás, Chris y Barry, tenían razón en no encomendarle misiones – Pero la realidad es una sola: Tú eres doctora, yo soy un soldado. Tú tienes una maestría en traumatología y enfermedades pandémicas, y un doctorado en mutaciones híbridas; mientras que yo peso cerca de setenta y cinco kilos, te triplico en tamaño, y tengo mucha más destreza a la hora de manejar un arma. Por eso estoy aquí, y tu allá, y es hora de que lo entiendas ¿Tienes idea de lo que pensará Barry, cuando sepa que estás aquí? El viejo es un sujeto de más de medio siglo, Rebecca… no puedes jugar así con su salud.

Rebecca retrocedió impactada por las palabras de su amigo… no dudaba en calificarlo de esa forma, porque tenía muy en claro, que solo un amigo te hablaría como lo hacía Chris. Chocó contra el bordillo de los estantes, y se golpeó la cabeza contra la tapa de la despensa. Tenía ganas de llorar, de soltar muchas y muy importantes cosas, que para ella significaban todo, pero no lo haría… no ahora. No frente a Chris.

Con voz recatada, firme, y sin derecho a objeciones; le respondió:

-Hay algo que debo hacer…

-¿Cómo dices?

-No estoy aquí por casualidad. Hay algo que vine a hacer, y lo haré, te guste o no.

-¿De qué demonios estás hablando, Rebecca? Ve directo al grano, ¿Qué se supone que viniste a hacer?

Rebecca lo confrontó con sus bellísimos ojos color aguamarina, y por un momento, Chris se preguntó si dentro de ellos, no hallaría la respuesta a su pregunta.

-¿Sabes qué? Déjalo así… - repuso con fastidio. Se dio la vuelta con las manos en la cintura en forma de jarra, y dejó escapar otro suspiro. Había perdido la cuenta de cuántos de ellos, llevaba en lo que iba de noche – Solo… no te alejes de mí, ¿Sí? Ya tengo suficiente con tener que cuidar a Mark.

-En realidad, capitán, el comandante Burton, aclaró que era al revés – Espetó, Mark, ansioso por intervenir en la conversación.

-Sí, lo que tú digas, campeón…

Ambos se miraron. Doctora y capitán. Permanecieron tensos durante varios segundos, que se alargaban como minutos, y por un momento, se dijeron mil cosas en una autopista mental, que transitaba en canal directo, desde sus irises, hasta las cuencas oculares del otro. Luego estallaron en carcajadas, y Rebecca corrió al encuentro de Chris para estrecharlo en un abrazo de hermandad. Y es que, en el fondo, Chris tenía ese tipo de aprecio por Rebecca: El de un hermano, hacia su pequeño incordio.

Rebecca lo estrechó con fuerza, y ante su sonrisa apretada y llena de sinceridad, pensó en Billy… supuso que estaría en algún lugar de Brasil, últimamente. Había rastreado su posición desde hacía años, y finalmente llegó a dar con este sitio, sin embargo, nunca esperó que la B.S.A.A., tuviera una misión de importancia ahí, y por eso, su mente estuvo durante mucho tiempo sopesando como afrontar la situación de ir y encontrarlo cara a cara. Ahora ya no había marcha atrás.

No había…

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Jake Muller tiró la colilla del cigarrillo muy cerca del tacón de su zapato marrón claro, estilo mocasín. Aplastó el desperdicio de humo y tabaco con la parte posterior del zapato, que se adhería perfectamente a la plataforma de su pie, y al contorno de su extremidad, y por eso le permitía ser ágil, veloz y displicente en las misiones que llevaba a cabo. Esta, era una de ellas.

Estaba en las afueras de un bar de Carecas. Un lugar donde la gente de clase media, y clase media-alta, venía a reunirse después del trabajo. La atmósfera del sitio, no era muy diferente a la de otros lugares similares alrededor del planeta. Sin exceptuar Estados Unidos, Asia o Europa; pero debía admitir, que el viento y el alma de ese pequeño punto en Brasil, se sentía y se percibía muy distinto al de los demás…

Para comenzar, nunca había visto gente tan pálida en toda su vida. Aun para tratarse de personas, que se repartían entre sí de la siguiente manera: la mitad, eran gente de piel morena, y la otra de mitad gente de piel blanca, casi muy nívea; el brasileño, tenía excelentes genes para repartir y demostrar, y eso Jake lo percibió enseguida. Lo que no podía entender, es como todas esas personas, caminaban y se dedicaban a sus labores rutinarias, con un aspecto tan demacrado y apesadumbrado como el que cargaban encima.

Parecían zombis. Ni siquiera en Edonia, llegó a percibir algo similar. Allá todo era rápido, dinámico. Al ritmo de la guerra balcánica, que había fragmentado el bloque comunista de Tito, décadas atrás, y que todavía hoy, causaba estragos en los países del antiguo imperio yugoslavo.

Tenía registros de lo que había ocurrido en España, y en África, más precisamente en el poblado independentista, y extremadamente pobre de Kijuju. Un punto negro y muy vacío, en medio de un continente que no estaba pasando por uno de sus mejores momentos, y que además, no colindaba con países potencia (Al menos en la región africana), que pudieran ampliar su economía. Fue por eso que Kijuju cayó tan fácil, y que ahora, era víctima de una guerra civil de la que la B.S.A.A., se había sentido en parte responsable, y que todavía se daba el lujo de tratar de solventar. Todo gracia al inmenso deceso de los ataques bioterroristas, amparados por la caída de Simmons y Neo-Umbrella.

Caso contrario sucedió con el poblado español, todavía sin nombre. La Unión Europea, la monarquía española, y el Consorcio Farmacéutico Mundial, intercedieron inmediatamente por aquel sitio, que estuvo a punto de significar una tragedia económica de proporciones bíblicas, para el país de habla castellana, pero que fue acogido por múltiples organismos, de gran poder político y adquisitivo, que se encargaron de tapar los baches, y restablecer el orden.

Jake sonrió sardónicamente. La justicia tenía los ojos vendados, y los pies atados. Sus manos no eran lo suficientemente largas, como para tocar la otra parte del mundo, a la que a las grandes potencias, no les interesaba. Era una dama estúpida, corrompida, y múltiplemente violada, y solo por eso, él afirmaba mentalmente para sí mismo, que lo que hacía no era justicia, sino un deber propio de alguien con características diferentes del promedio. Una labor propia, de alguien como él, que no podía medirse con la misma regla que el resto de las personas. Maldición o bendición tenía que hacerlo, y quizás por eso mismo, ahora se cuestionaba su presencia en Carecas.

La gente parecía sacada de una canción de Michael Jackson, y no era para menos. Realmente lucían muy mal. Todavía habían algunos que conservaban el espíritu y la jovialidad características, para estar adentro de un bar-club, y pasársela bien, pero el resto de las personas eran cascarones apagados, que se mecían por impulso del viento, las vibraciones de la música a todo volumen, o por codazos malintencionados de otras personas, que no entendían, y a las que quizás no les importaba, esa condición. Ellos solo seguían disfrutando.

Aquello le daba escalofríos. Nada muy grave, pero si lo suficientemente significativo, como para hacerlo removerse dentro de su cuerpo. Sintiendo como una ráfaga eléctrica, caminaba muy lentamente por su espina dorsal, y se instalaba en la torre de transmisión de su cerebro para mandar una señal de alerta roja a todos los rincones de su consciencia, indicando de manera muy clara la presencia de problemas.

Jake, se apeó del muro sobre el que estaba apoyado y caminó con paso firme en dirección al hotel Tyrion, en donde se hospedaban Sherry Birkin, y Leon S. Kennedy. Había seguido sus pasos, desde su llegada hacía dos días a Brasil, y finalmente, consiguió el lugar en donde los agentes gubernamentales, había decidido quedarse. Un espacio con lujos y todo tipo de servicios, aunque dudaba que Sherry y su compañero, fueran el tipo de personas que disponían de cosas así. A ellos solo les importaba la practicidad, y Jake sospechaba, que el único pragmatismo de un sitio como el Tyrion, sería su cercanía al inmenso edificio de tres bloques, con forma de cruz, que simbolizaban las Industrias Pesadas Dagget.

Jake había investigado minuciosamente cada aspecto de la ciudad, y el comportamiento cada vez más errático y desacertado de la gente, corroboraba el corto y conciso mensaje de aquel informante anónimo, que tan mala espina le había dado, y que era una de las razones principales, por las cuales había atravesado medio mundo, con documentos falsos, a bordo de un avión comercial, con tal de velar porque Sherry estuviera bien.

Su investigación, le había dejado en claro dos cosas: Carecas se iba a ir derechito al infierno pronto, y la única persona con el poder suficiente para mandar al diablo a toda esa gente, y su infortunada suerte, era ese tipo Dagget. Así que, era natural sospechar, que la persona que había hecho la llamada, no había sido otro más que él.

Tuvo la oportunidad de escucharlo un par de veces por televisión. Hizo nota de su voz, y la de su informante, y las comparó con el fin de ubicar similitudes, y mientras más parecidos le sonaban los timbres de voz, y más inconfundibles eran las entonaciones y las pausas, Jake estaba más convencido de que debía hacerle una visita privada a ese sujeto.

A final de cuentas. Él se hospedaba en un pequeño motel, conformado en un cincuenta por ciento por prostitutas, que se ubicaba en la calle que estaba entre el hotel Tyrion y las oficinas principales de Dagget, si es que estaba realmente ahí. Así que tenía toda la ventaja logística para cuidar de Sherry, y de paso, averiguar cómo infiltrarse en la compañía, sin ser descubierto; algo que para una persona de sus capacidades, no debía de suponer un problema.

Frente a las tres estaciones de comando (El hotel, la compañía y el motel) se ubicaba un parque no muy grande, que colindaba con otra calle más, repleta de abastos y quincallerías. El parque no tenía una sola farola apagada, y se encontraba en buen estado. Jake agradeció eso, porque ahora más que nunca, le apetecía fumarse otro cigarro en una de sus bancas.

Así lo hizo. Había adquirido esa malsana costumbre, desde que se dio cuenta de que sus genes y su metabolismo, le imposibilitarían debilitar sus pulmones, y por lo tanto, no acarrearía cáncer en el futuro. Entre otras cosas, tampoco podía emborracharse, ni caer bajo el impulso de sustancias psicotrópicas. Era una gran ventaja de ser él, aunque a veces, creía que no era del todo una ventaja.

Extrajo el cilindro de papel cartón, de la caja malograda, y luego dirigió su mano al bolsillo delantero de la franela de botones azul marino, donde guardaba su yesquero personal. Un artefacto dorado, de tapa reclinable, con un estampado de ángel en la cara más amplia, y un aparataje de encendido muy elegante y complejo. Había decidido ir vestido con ropa informal, para llamar menos la atención. Portaba blue jeans, y un cinturón del mismo color de sus mocasines. Salvo eso, y un reloj militar de color verde, no había mucho más que llamara la atención, del hijo de Albert Wesker. Cruzó las piernas, acercó el encendedor a su boca, y antes de que pudiera saborear la primera exquisita calada, de aquel majestuoso anti-estresante, su cuello fue tomado con cinismo y premeditación, y su tronco adherido al espaldar del asiento del parque, con una velocidad tal, que apenas y tuvo tiempo para reaccionar, y dar un manotazo.

Supuso que su agresor se había esperado eso, y aferró con más fuerza su tórax. Jake, que tenía unas habilidades prodigiosas para la gimnasia y las artes marciales, sabía exactamente como contrarrestar esa situación. Estiró la pierna, y de un impulso fugaz, la llevó hasta su cabeza de un tirón. La extremidad pasó hábilmente a un costado de su cabeza, y luego se estrelló contra la frente del malhechor, que se apartó de Jake con un quejido voraz.

Se puso de pie, miró en la dirección desde la que había sido atacado, y visualizó a un hombre joven, de cabello negro y piel morena, envestido en un atuendo oscuro, y con lo que parecía ser, un pañuelo, con alguna especie de líquido sedante sobre la superficie de la tela. De inmediato, supo que se trataba de un secuestro, y no cualquier tipo de secuestro. Lo habían escogido adrede, aun cuando sabían que no tenía mucho dinero que dar, o algo de valor que ofertar. La única opción viable, era su sangre, y ya se había acostumbrado a eso, aunque le extrañaba… ¿Qué podían hacer con su sangre, que no hubiesen hecho ya? Las organizaciones bio-terroristas, habían fabricado una cepa vírica llamada Virus-C, y la D.S.O., tenía la cura. Lejos de eso, no había más nada que se pudiera hacer, pero Jake supuso, que podría sacarle algunas respuestas, si lograba derrotarlo en una contienda, para luego interrogarlo.

El hombre, sacó un cuchillo de combate, de aproximadamente quince centímetros, de algún punto escondido en su pantalón, y se lanzó con agilidad hacia Jake, que esquivó los dagazos, como si estuviera en un ring de boxeo. Tomó la mano de su agresor, después de un mal intento por acuchillarlo, y la retorció, haciéndole liberar el cuchillo y un sonoro alarido de dolor, acompañado por la clásica melodía, que hacen los huesos cuando se rompen, y las astillas que se esparcen por los músculos y las articulaciones.

Pero antes de rendirse, el atacante, pateó el tobillo de Jake, con furia y displicencia, y este retrocedió saltando sobre un solo pie, de forma muy torpe, mientras que su atacante intentaba darse a la fuga. Jake se incorporó rápidamente, y se lanzó en el aire, cayendo, y rodando sobre la superficie, para luego tomarlo por el cuello de la cazadora, y obligarlo a irse de espaldas. Giró sobre su propio eje, como un rodillo para amasar, y aterrizó sobre el pecho del agresor, para luego comenzar a golpearlo en la cara, hasta que las primeras gotas de sangre, se empezaron a escapar por su boca y oídos, y los hematomas, rellenaban su cara como si se tratara de un tomate podrido.

Luego tomó el cuchillo, y lo afianzó contra su cuello, sin tener muy en claro si al final de la tertulia, debería utilizarlo o no.

-¿¡Quién te envió!?

El hombre, entre lágrimas, sangre, y saliva; solamente se limitó a reír. Apenas y podía moverse, aunque tampoco parecía tener intenciones, ni mucho menos opciones, para hacerlo. Con una voz escuálida y sopesada, respondió.

-Un… un sobreviviente.

Jake enarcó las cejas, y entonó los ojos, que de pronto, parecían tan afilados como los colmillos de un cocodrilo. Estuvo a punto de ceder a los impulsos asesinos, que lo limitaban a degollar a aquel pobre diablo, pero se contuvo, necesitaba más respuestas.

-¿Dónde está ese sobreviviente?

-¿Quieres saberlo? – El hombre ahora no reía, solo se limitaba a mirarlo, por entre sus párpados abombados, y su rostro coagulado – Ve a la jungla. Y hazlo pronto, porque puede que mañana, Sherry Birkin lo haga antes que tú.

Y antes de que pudiera estallar de nuevo en malévolas y desagradables carcajadas, Jake, pasó el cuchillo con limpieza sobre su carne, cortando su yugular y quebrando su garganta. La muerte fue instantánea.

Miró en todas las direcciones, y cuando supo que nadie lo había visto, decidió arrastrar al hombre hasta las adyacencias de un matorral. Dudaba mucho si importaba que alguien lo encontrara o no.

Lo único que sabía es que tenía poco tiempo, y pocas opciones, y que si no se apresuraba, Sherry estaría en grave peligro.

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.

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Jill estaba delante del espejo del baño, con una toalla ceñida a su cuerpo, que se delimitaba entre la comisura de sus pechos, y la mitad de sus muslos. Su piel blanca, lucía exquisita bajo el manto del vapor y el sudor, confiriéndole un tono aceitoso, que combinaba con cremas y tónicos para embellecer y rejuvenecer su esbelto cuerpo, y resaltar el tono de todos sus atributos.

Su cabello castaño corto, le caía en mechones, similares a estalactitas alrededor de su cara. Estaba húmedo, y las hebras se conglomeraban sobre su frente. Algunas adhiriéndose a la superficie sudorosa de su piel, y otros pasando de largo, y pendiendo de su cuero cabelludo, meciéndose como campanas al aire.

Sus ojos de un azul-violáceo nebuloso, observaban retóricamente el paso de la hojilla de afeitar, sobre sus minuciosos poros, mientras el vapor se condensaba contra la minúscula ventana del baño, y luego se peleaba por salir.

Había sido un día difícil… primero, Carlos y ella, se dedicaron a hacer un sondeo de la zona. Carecas era una pequeña metrópolis en crecimiento y constante expansión, aunque ese estiramiento, fuese solo hacia el lado este de la ciudad. Ya que del otro lado, se encontraba la jungla, y todo aquel que quisiera imponer su territorio por encima del preciado manto verde lleno de misterios, acarreaba serias consecuencias de caer presa de la justicia latinoamericana, y todo el show burocrático y lamentable que eso conllevaba.

Finalmente, llegaron a la conclusión, de que se trataba de la típica urbe latinoamericana, con una parte dedicada a la gente de clase media, hacia adelante, y otra parte, que se podía vislumbrar desde cualquier ventana de un edificio lo suficientemente alto, y que estaba conformada por bloques desiguales de casas atrincheradas con cajas de cartón, láminas de zinc, ladrillos al aire libre, y cemento rociado deliberadamente contra la mampostería de las casas, si es que a eso se le podían llamar casas. Conformaban las típicas viviendas de la gente de clase baja. Las calles maltratadas, los baches, los recovecos, los niños descalzos, los autos destartalados, el sonido de los disparos, el graznar de los pájaros... Todo eso le parecía muy normal. En algún momento, Jill formó parte de una unidad especial de rescate llamada Delta Force, y parte de su trabajo, era mantener el orden en zonas desafortunadas como esa, que, aunque eran notablemente diferentes, y todo un lujo, si se les comparaba con los espacios de miseria que habían en las distintas ciudades de Brasil, pero no por eso carecían del aire conflictivo, y los tráficos ilegales de todo tipo de cosas, que trataban de ir y venir, por debajo del ojo avizor de la ley.

Sin embargo, Jill detectó en primera instancia, que aquel no era el problema.

Se dio cuenta de que no podría incidir en el territorio de Dagget así como así. Tendrían que pasar desapercibidos, lo cual sería bastante difícil tratándose de ellos dos. Luego, se enteraron que el día de la inauguración, las Industrias Pesadas Dagget, ofrecerían un recorrido para todos los turistas por sus modernas instalaciones, y tanto Carlos como ella, pensaron que sería un ambiente sumamente propicio para interceder y hacer su trabajo. Si bien, sería difícil colarse en el complejo de edificios, no tenía por qué ser un problema, una vez adentro. Eran agentes especializados, y sabían medir bien sus pasos.

Jill detectó un aire muy pesado, y sumamente corrosivo desde su llegada a Carecas. Todo ahí le parecía tóxico. Como una bomba a punto de estallar. Los ciudadanos, transitaban como fantasmas alrededor de las calles; se veían muy agotados y tenían una apariencia enferma. No era ninguna estúpida, y tampoco era una novata. Aquello parecía una calcomanía de Racoon City, en los últimos días de su apagado apogeo. Solo necesitaba saber cuánto tiempo tenían, antes de que todo se fuera al traste, y más precisamente, antes de que el gobierno decidiera poner la zona en cuarentena, y hacer una limpieza.

Sospechaba que no pasaría mucho, antes de eso. Desde que llegaron, no probaron un solo bocado del lugar. Toda la comida que les despachaban, corría por cargo personal de la B.S.A.A., y lavaban sus ropas a mano en el baño.

La jungla era otro punto importante. La había visto solo por encima, pero no tenía que detener mucho su mirada encima de sus árboles, o de la profundidad entre tronco y tronco, para darse cuenta de que era un lugar peligroso y altamente escalofriante. Jill decidió dejar de pensar en eso, y creer, que su boda sería mañana, que la inauguración de las industrias, sería pasado mañana, y que si todo salía bien, se estaría yendo de luna de miel con Carlos, en solo tres días, a alguna perla del caribe; mientras que la B.S.A.A., se encargaba del resto. Después de todo, Chris y Parker, estaban ahí, esperando instrucciones, ya que en caso de contingencia, ellos serían los primeros en comandar la situación.

Entre la marejada de pensamientos erráticos que flotaban por su cabeza, perdió el control de la navaja, y esta se deslizó erróneamente por su pantorrilla, desgarrando filamentos de carne, y obligándola a contener un monumental quejido de dolor.

Infló los cachetes y entonó los ojos. Luego dejó escapar lentamente el aire, y se observó la herida. La incisión no había sido muy profunda, pero chorreaba sangre, como si se tratara de la grieta de una tubería de agua, o algo por el estilo. Jill abrió el espejo botiquín que estaba encima del lavamanos, y sacó un frasco de agua oxigenada y gazas. Desinfectó la herida, apretando los dientes, y cerrando fuertemente los párpados y luego, cuando toda la sangre se había ido, y ya solo quedaba un rayón de color carne, parecida a la marca de un creyón, pasó a envolver la zona afectada con la gaza. Cuando terminó, devolvió los artefactos al botiquín y cerró la tapa. Fue en ese momento, cuando por el espejo, pudo ver que detrás de ella estaba Carlos.

Él la abrazó sin mediar palabra por la espalda. Ciñendo sus acuerpados brazos alrededor de su estómago y estrujando su cuerpo contra su delineada espalda. Afianzó la cabeza contra su cuello, y fue marcando un camino de besos hasta llegar a su oreja, y decirle de manera sugestiva:

-¿No te apetece irnos a dormir tarde hoy?

No sabía que quería decir con eso. Si de casualidad se refería a tener sexo, entonces no entendía porque lo decía de esa forma. Ellos nunca habían tenido sexo, pero la única verdad era, que ella y Chris no se habían acostado desde hacía ya más de un mes, y ella deseaba estar con un hombre desde hacía muchísimo tiempo. Carlos era atractivo en muchos sentidos, y si le había puesto un alto hasta el matrimonio, era por el simple hecho, de que estar en la cama con Chris, ya significaba suficiente placer para ella.

Sin embargo, la carne era débil. Muy débil. Y ella no se había caracterizado por ser una mujer precisamente fuerte en los últimos meses…

Así que correspondió a las caricias de Carlos… alineó la mano con su antebrazo, y la fue deslizando suave y deliciosamente, sobre la piel morena de su novio, hasta llegar al cuello, y posteriormente a su cabeza, en donde se afianzó con sus largas uñas al espeso y largo cabello castaño de Carlos, revolviéndolo con más o menos intensidad, a medida que él iba apretando su agarre, e intensificando sus ósculos. Llegó un momento, en que Jill se encontraba tan excitada, que no se dio cuenta del momento en que Carlos la liberó de la toalla, dejando una figura contorneada y humedecida de pies a cabeza, completamente desnuda, y a merced de su voluntad.

Le dio la vuelta con ansiedad, y algo de brusquedad, pero eso a Jill no le importó. Se aferró a su cuello y le planto un sonoro beso en los labios, que él le correspondió. Ella estaba adherida a su torso desnudo, y no intentó ponerle un alto a la mano de su novio, cuando esta comenzó a reptar como una serpiente alrededor de sus delineadas formas, hasta ubicarse en su entrepierna, y deslizar los dedos furiosamente contra su vagina. Masajeándola con pudor.

Ella gimió de placer al principio, y luego de asco, aunque Carlos no notó la diferencia. Tampoco se dio cuenta de la lágrima que Jill liberó, cuando él empezó a penetrarla, y que no era consecuencia precisamente del dolor, de abrir sus paredes vaginales, para darle paso a su miembro. Después del primer contacto, Jill no volvió a besarlo, pero eso a Carlos tampoco le importó. El acto estaba hecho. En menos de cinco minutos, la cargó hasta la cama y la depositó con premura, para desvirgar por completo su compromiso, y todo lazo que uniera a Jill Valentine con Chris Redfield.

Al final de la noche, las sábanas quedaron hechas una sopa de telas y edredones, con almohadas como motas de arroz, flotando encima del caldo aterciopelado del colchón. Carlos dormía como un dios, con la boca abierta, y el placer consumado a su máxima expresión. Jill dormiría hecha un ovillo durante toda la noche, mientras lloraba en silencio.

Ya estaba dicho… aquel sería el último día de su dignidad, y quizás también de ella como Jill Valentine, o al menos, como la Jill Valentine que conocía, y que tanto apreciaba y admiraba. De ahora en adelante, la señora Oliveira sería una mujer falsa, un cascarón sin vida ni voluntad, y alguien incapaz de relacionarse verdaderamente con alguien, salvo con ella misma.

Sería, el último día de su vida, tal cual como la conocía.

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