Epílogo
Inuyasha se encontraba tendido con las manos cruzadas tras la cabeza, descansando relajadamente sobre la hierba a orillas del río. Observaba embelesado la inmensidad del cielo nocturno, salpicado de miles de luces centelleantes. Gracias a Kagome había aprendido a valorar aquel simple pero hermoso espectáculo.
Inhaló profundamente, llenando sus pulmones con aquel agradable aire fresco, esbozando una pequeña sonrisa al percibir que se mezclaba con un exquisito aroma que se acercaba a él, y como siempre no se había equivocado, la joven llegó unos segundos después. Sentándose a su lado, ofreciéndole una lata de bebida.
¿Qué haces aquí, tan alejado de todos? —preguntó con suavidad. Dándole una mirada a sus amigos que se encontraban sentados junto a una fogata en lo alto de la ladera, resguardados bajo el denso follaje de un árbol.
No preguntes tonterías y recuéstate junto a mí —ordenó el hanyou estirando un brazo hacia el costado, ofreciéndoselo de cabecera. Ella obedeció sonriendo, acostumbrada ya a sus modales toscos.
El río Amanogawa, se ve tan colmado de luz —comentó Kagome, ya recostada junto a él, observando la vía láctea— Desearía que gracias a ese resplandor, Orihime y Hikoboshi, pudieran al menos verse a la distancia.
Sí —susurró el hanyou apacible.
Inuyasha —lo llamó la joven girando la cabeza para verlo.
¿Mmm? —zumbó el joven.
¿Cuál fue el deseo que escribiste en el tanzaku? —preguntó.
¿Eh? ¿Aún sigues pensando en eso? —inquirió volteando la cabeza para verla con asombro.
Sólo tengo curiosidad —admitió con una sonrisa.
¿Y tú qué pediste? —preguntó él interesado.
Bueno… mi deseo fue que todos podamos conseguir nuestra felicidad —le confió ruborizándose.
Es un gran deseo —opinó con aprobación, para después apartar la mirada, volviendo a concentrarse en la inmensidad del cielo.
Inuyasha —lo llamó.
Qué —masculló impasible.
¡No me has dicho cuál fue tu deseo! —manifestó ansiosa.
Pues no tengo porqué decírtelo —gruñó el joven.
¡¿Qué?! —exclamó incrédula— ¡No es justo! ¡Te conté mi deseo, porque pensé que tú me contarías el tuyo! —señaló incrédula, girando su cuerpo para quedar mirando hacia el joven, pero aun utilizando su brazo como cabecera.
No tengo la culpa que pensaras eso —aclaró el hanyou con calma— No voy a satisfacer tu curiosidad, Kagome. No te lo diré lo que escribí, así que no preguntes —declaró categórico, sin alterar su postura relajada.
¡Qué cruel eres! —se quejó.
¡Feh! Tonterías —expresó el joven sin inmutarse.
¡Uy! ¡Qué grosero! —soltó con mayor enfado, y se irguió para quedar sentada— ¡Lamento haberte molestado con mis tonterías! —señaló intentando ponerse de pie, pero la mano de Inuyasha se aferró a su antebrazo, jalando de ella, forzándola a recostarse de nuevo sobre la hierba, junto a él. Y ahora fue el hanyou quien se puso de costado, pero con medio cuerpo sobre ella— ¡¿Qué haces?! —preguntó notando que su enojo comenzaba a desaparecer, lo que absurdamente le causaba más coraje.
Tonta —la regañó con esa sensual sonrisa arrogante, que la derretía— ¿No entiendes que mi deseo ya se cumplió? —reveló.
Inu… —logró articular, sin embargo los labios del mitad demonio no le permitieron continuar hablando.
El corazón de Kagome comenzó a revolotear en su pecho, al sentir los demandantes labios del hanyou, que la saboreaban con avidez, mientras su nublada cabeza intentaba descifrar el significado de las palabras de Inuyasha.
¿Su deseo ya se había cumplido? ¿Qué significaba eso? ¿Sería posible que ella…
El joven mitad demonio se alejó tan sólo unos centímetros de ella. Ambos se encontraban jadeantes, haciendo un esfuerzo por recobrar el aliento.
Confórmate con saber eso… Porque no pienso decirte lo que escribí —estipuló con voz ronca, viéndola con esos centelleantes ojos dorados, que ella tanto adoraba.
Creo que eso ya no importa —susurró, enmarcando el rostro de su hanyou con sus manos— Te amo —declaró con una sonrisa, viendo complacida cómo el brillo y la emoción en los ojos de Inuyasha se intensificaba con sus palabras. Lo atrajo hacia sus labios, para besarlos una vez más.
Es verdad, no tenía importancia revelarle lo que había escrito en aquel mágico papel. Lo único que importaba era que podría regocijarse teniendo junto a él a su más anhelado deseo, viéndolo, sintiéndolo, escuchando un te amo de sus labios cada día a partir de ahora, en esta vida y también de la próxima y la que siguiera, porque no tenía duda alguna que siempre volverían a reencontrarse, ya que sus destinos estaban ligados para toda la eternidad.
Una eternidad que deseaba fuera siempre bajo la protección del Goshinboku, aunque estaba seguro que el Árbol Sagrado ya no tendría que molestarse en extraer su sinceridad, porque ya había conseguido el milagro de purificar su corazón.
Fin
Bien y así con este cortito Epílogo, concluyo esta historia.
Espero les haya gustado.
Un abrazo!
