Aqui el capi como les prometi, ojala y les guste...
Capítulo 7.
Isabel había estado muy tensa cuando se había sentado al lado de Edward en el banquete de la boda, había notado él.
La comida había terminado, y los discursos estaban acabando, e Isabel seguía tensa.
¿Qué había pensado ella que haría él? ¿Ponerse en medio de la iglesia y gritar que el matrimonio, su propio matrimonio, no era más que una farsa?, pensó él.
Eso no habría tenido sentido. Isabel debería conocerlo suficientemente como para saber que él odiaba perder el tiempo.
Él estaba de acuerdo a cumplir su parte aquel día, y no había sido agradable ni encantador con el resto de la familia de Isabel, que le había presentado a Rene.
Para lo que no había estado preparado había sido para ver a Isabel caminar hacia el altar detrás de Alice.
El vestido verde vaporoso que llevaba y las flores en su pelo, le había dado un aire de princesa de cuentos.
Lo había impresionado, tenía que admitirlo.
Pero había sido una debilidad que pronto había controlado. Isabel estaba representando un papel tanto como él.
¡Y la verdad era que ni ella no era un princesa encantada ni él un príncipe azul!
-¡Oh, mira! Alice y Jasper van a empezar a bailar… -murmuró Isabel, feliz.
¿Bailar?, pensó Edward.
Por supuesto. Era una boda. Y en su vida no había tenido más remedio que asistir aalguna, incluidas las de sus padres.
Pero…
¿Había bailado alguna vez con Isabel?
No. No podía decir eso.
-¿Bailamos? –dijo Isabel, desviando la vista de su hermana y su marido y fijándola en él.
-Supongo que es lo que se espera de nosotros –respondió él.
Edward extendió la mano, ofreciéndosela a ella para sacarla a bailar.
Por supuesto que era lo que se esperaba de ellos.
Sus hermanas ya estaban en la pista de baile con sus maridos. Edward era su marido.
-La gente está empezando a mirarnos, Isabel –susurró él, al ver que ella lo miraba pero no decía nada.
-Por supuesto –ella acepto su mano y se puso de pie.
Edward le agarró la mano suavemente y la llevó a la pista de baile.
Él la tomo en sus brazos, y ella sintió un nudo en el estomago. Edward tenía su mano en la cintura para tenerla apretada contra él.
Edward bailaba con gracia. Sabía cómo llevarla. No era que ella hubiera esperado otra cosa. Edward hacia todo bien. Más que bien. Negocios, bailar… hacer el amor.
Ella se tambaleó levemente al pensar aquello. A pesar de lo ocupada que había estado todo el día, los recuerdos de la noche anterior no se habían borrado de su mente. Y sentir tan cerca a Edward no hacía más que aumentar el deseo por él.
-No te caigas… -le dijo él.
Estaba totalmente concentrado en ella, ajeno a los demás invitados a la boda, que estaban mirando como bailaban las parejas.
Isabel era casi tan alta como él con sus zapatos de tacón de satín verde, y parecía flotar en sus brazos.
-¡Por el amor de Dios! Relájate… -le dijo él-. Hay una cosa de la que puedes estar segura: ¡No voy a violarte en medio de la pista de baile!
-No he pensado que fueras a hacerlo –respondió ella.
-¿No? –se burló él.
-¡No¡ –lo miró con fuego en los ojos-. Yo… El baile ha terminado –suspiró, aliviada, y se apartó de él.
Edward la miró.
Estaba hermosa. Era hermosa.
Isabel seguía siendo la mujer más hermosa que había conocido.
Y era su esposa.
Pero no lo era en realidad…
Tal vez no fuera así. Pero aún no era la esposa de ningún otro hombre. Y le debía un favor…
-Gracias una vez más por lo que has hecho este fin de semana –le dijo Isabel a Edward el domingo por la mañana, cuando él estaba aparcando frente al apartamento de ella.
Isabel se sintió aliviada de que todo hubiera terminado, y de que pudiera escapar de la presencia dominante de Edward.
No era que él no hubiese seguido comportándose implacablemente durante el resto de su estancia en casa de sus padres. Era sólo el hecho de que estuviera ahí lo que la ponía nerviosa.
La noche anterior tampoco había dormido bien. Edward no había parecido tener el mismo problema. Su respiración le había indicado que se había dormido casi inmediatamente.
Edward e Isabel estaban en la acera; Edward con el bolso de Isabel en la mano.
-Te subiré el equipaje a tu casa –le dijo él.
-No hay necesidad –ella se negó, frunciendo el ceño-. Puedo llevarlo yo misma.
-Estoy seguro de que puedes hacerlo –asintió él-. Pero tienes que darte cuenta de que no hemos terminado nuestra transacción todavía…
Isabel se puso rígida y levanto la barbilla, en un gesto desafiante.
-¡No estoy de humor ahora Edward!
-¿De humor para qué?
¡Para lo que sea que tengas en mente!
Edward sonrió.
-De momento lo que tengo en mente es subir tu equipaje y aceptar que me prepares una taza de café. Si cambio de idea, te lo haré saber…
A pesar de la actitud jocosa de Edward, Isabel seguía recia a dejarlo subir. No porque tuviera algo que ocultar. Simplemente no quería su presencia allí, en el espacio privado que ella se había construido aquellos meses. Edward no tenía nada que ver con su vida en aquel momento, y después de haber estado nuevamente con él aquel fin de semana, ahora deseaba estar sola.
-Isabel, ¿no te he demostrado que no siento una irrefrenable lascivia cada vez que estoy solo contigo? –le dijo él.
Ella se puso colorada.
-¡Yo no he dicho eso! –exclamó.
-¿No? –preguntó él.
-No –repitió ella-. Oye, Edward, ya te has divertido bastante conmigo…
-Mi querida Isabel, ¡ni siquiera he empezado a divertirme contigo!
¡La idea de diversión de él y de ella eran muy diferentes!
-Además, tenemos que discutir sobre lo que me vas a dar a cambio de este fin de semana.
-¿Darte? –repitió ella.
-Darme –repitió Edward suavemente-. No me mires con esa cara, Isabel. Se te harán arrugas. ¿Y luego qué dirá Cosmética Black y Jacob Black en particular?
¡A ella no le importaba nada de lo que diría Cosméticos Black o Jacob Black! Lo que le preocupaba era que quería Edward de ella.
-Bien –ella agarró su bolso de manos de Edward-. Entonces será mejor que subas y lo hablemos, ¿no?
Edward la miró, achicando los ojos mientras ella se daba la vuelta y se alejaba, disfrutando del balanceo de sus caderas envueltas en aquellos vaqueros ajustados y de la cascada de rizos que le caían por la espalda.
Ella era suya.
Cada centímetro de Isabel iba a ser suyo.
Aunque ella no lo supiera.
Edward estaba sonriendo cuando entró en el ascensor, donde lo estaba esperando ella.
Lo divertía verla irritada. Era más fácil tratar con Isabel enfadada que con una Isabel fría y distante.
-Entra –dijo ella cuando abrió la puerta de su piso.
Entro y dejó el bolso dentro.
Edward la siguió y miró su apartamento con curiosidad. Estaba decorado con colores pastel y cuadros del siglo XIX, con mujeres de vestidos vaporosos y sombreros, y hombres con capas.
El piso de él, en contraste, en donde había vivido con Isabel después de casados, era muy moderno, con mucho cristal y cromo, y sofás de piel, y los cuadros eran originales de artistas modernos.
Hasta entonces no se había dado cuenta de que el gusto de Isabel era tan diferente al de él.
Después de haber pasado el fin de semana con Isabel y su familia, Edward se daba cuenta de que la muchacha de pueblo aún vivía en Isabel.
-Es bonito… comento él, mirando a Isabel.
Ella estaba tensa, pensó él.
A pesar de lo que él le había dicho, parecía estar esperando a que él se abalanzara sobre ella en cualquier momento.
Bueno, se iba a sentir decepcionada.
Realmente había dicho en serio que no tenía intención de cobrarse su parte del trato en aquel momento.
No, él tenía intención de prolongar aquella satisfacción tanto como fuese posible.
Él había querido hacerla sufrir un poco, ¡del mismo modo que él sufría cada vez que la imaginaba en la cama de Black!
Isabel agitó la cabeza impacientemente.
-Di lo que tengas que decir y márchate –le dijo.
Se sentía incomoda con aquella invasión de su refugio privado.
En lugar de hacerlo, Edward se dejó caer en uno de los sillones color terracota.
-No eres muy amable, Isabel. Te he dicho que me gustaría beber una taza de café después del viaje.
-¡Lo normal es pedirlo! –respondió, irritada.
-Un café solo, gracias.
-¿Tienes resaca? –preguntó ella, frunciendo el ceño.
¡Si no dejaba de fruncir el ceño, realmente terminaría con muchas arrugas!, pensó.
-Siento decepcionarte, pero no. Sólo he bebido una copa de champán en el banquete. No es la bebida lo que me da resaca –respondió él-. Por si se te ha olvidado, prefiero el café solo.
Prepararle un café no era problema. Eso la distraería unos minutos de su presencia.
El problema era el tiempo que él pasaría en su apartamento bebiéndolo.
Estaba segura de que Edward se estaba divirtiendo con ella.
Todo el fin de semana se había estado divirtiendo con ella. Pero ahora que ella ya no tenía a su familia cerca, se le hacía más difícil soportar su burla.
La noche anterior Edward había fingido que estaba durmiendo, pero en realidad había estado tramando un plan.
Había estado despierto mucho tiempo después de que Isabel se hubiera dormido. Saboreando la venganza.
No iba a apurar algo que le estaba dando tanto placer, se había dicho.
Lo iba a disfrutar.
-Toma –dijo ella, extendiendo una taza de café.
-Gracias –dijo él con exagerada cortesía.
-¿No vas a acompañarme bebiendo una taza tú también?
La vio sentarse en el asiento frente a él.
-Dime de una vez qué quieres de mí, Edward –le dijo ella-. ¡Y dejémonos de juegos!
-Realmente no estás siendo muy amable, ¿no? Yo he cumplido mi parte del trato –le dijo Edward.
Isabel iba responder algo tan brusco como lo anterior, pero finalmente se calló, al ver que él tenía razón.
-Lo siento –murmuró ella, entre dientes-. ¡Yo nunca he llevado a la cama a mujeres que no quisieran hacerlo!
No le había hecho falta, pensó ella.
Antes de que se hubieran conocido, Edward era famoso por sus numerosas aventuras con mujeres hermosas y glamurosas, relaciones que había terminado él en general. De hecho, ¡probablemente ella fuese la primera mujer que lo había dejado!
Que era por lo que Edward estaba furioso con ella.
Pero no podían… Ella no podía…
Irse a la cama con Edward, así, de una forma tan fría y calculada, era contrario a ella. Pero los comentarios de Edward durante todo el fin de semana parecían sugerir que eso era exactamente lo que iba a pedirle.
Isabel intentó serenarse.
Después de todo, ¿no le acababa de decir que no llevaría a la cama a una mujer que no lo deseara?
Edward se puso de pie bruscamente y se acercó a mirar una estantería.
-Evidentemente, te gusta leer –él asintió hacia los libros.
-Sí –contestó, un poco sorprendida por su cambio de tema.
Él asintió.
-A mi también. De hecho, he leído casi todos estos libros también.
Ella lo miró, sorprendida.
-¡Yo no te recuerdo leyendo otra cosa que contratos y la sección de negocios del periódico!
Él se encogió de hombros.
-Eso es porque probablemente siempre encontrábamos mejores cosas que hacer cuando estábamos juntos que leer novelas.
Como hacer el amor.
¡Qué extraño enterarse ahora, después de haber estado separados varios meses, de que tenían el mismo gusto en literatura! –reflexionó ella.
¿Cuántas otras cosas habría del mundo personal de Edward que ella no había tenido la oportunidad de conocer durante sus nueve meses de matrimonio?
Lo único que les había interesado cuando habían estado juntos, aparte de sus compromisos de trabajo, había sido estar juntos…
Edward notó la sorpresa en los ojos de Isabel, y decidió que ya estaba bien por el momento. El mejor modo de tener éxito en algo, según él había aprendido, era marcharse dejando a la otra persona queriendo más…
Y pensaba conseguirlo con Isabel.
No slo conseguiría llevarla a la cama nuevamente, sino que ella lo haría deseosa.
Edward se irguió y le preguntó:
-¿Estas libre el próximo fin de semana? –dijo él, dirigiéndose a la puerta.
-Yo… Sí, creo que sí –le dijo Isabel, sorprendida por la pregunta.
Ella se puso de pie y lo siguió a la puerta.
Edward se detuvo en la entrada, y dijo:
-Entonces, mantenlo libre, ¿de acuerdo?
-¿Por qué?
-Él agitó la cabeza.
-Tengo… que terminar algunos detalles antes de que pueda confirmártelo. Quizás podríamos cenar juntos una noche durante la semana…
-¿Cenar? –repitió ella-. Edward, ¡no se trata de una cita!
-Así podremos hablar más detenidamente sobre esto-dijo él.
-Pero…
-Del mismo modo que lo hemos hecho la semana pasada cuando tú has querido hablar conmigo sobre la boda de tu hermana, ¿recuerdas? –dijo en tono burlón.
-Oh, sí –parecía incomoda ahora.
-¡Aunque me gustaría que ambos comiéramos algo la próxima vez!
-No me lleves a Rimini, entonces –le dijo Isabel-. Me recordara demasiado a cuando íbamos juntos en nuestra vida de casados –agregó ella.
¿En nuestra vida de casados?, pensó él. ¡Todavía estaban casados, maldita sea!
Pero si eso significaba que Isabel podía relajarse un poco, estaba dispuesto a aceptar su sugerencia de que fueran a otro sitio. Algún sitio nuevo, tal vez, donde el restaurante no les recordara a otra persona.
Edward pensó en Jacob Black.
-¿O cuando ibas con Jacob, tal vez? –preguntó impaciente.
Isabel agitó la cabeza.
-Sabes, Edward… ¡Algún día vas a tener que escucharme cuando te diga que no he estado liada con Jacob Black hace cuatro meses ni ahora!
-Oh, te escucho, Isabel –le aseguró Edward-. ¡Sólo sé que no estás diciendo la verdad!
Ella podía aceptar que el hecho de qué hubiera pasado tanto tiempo con Jacob y que cuando se había ido a América lo había hecho en compañía de él pudiera sonar un poco sospechoso a los ojos de Edward.
Pero lo que no podía aceptar era que Edward no hubiera siquiera intentado creer en lo que ella le había dicho.
Él había parecido convencido desde el primer momento, y nada de lo que hubiera podido decir o hacer podría convencerlo de que era de otro modo.
De hecho, en aquel momento no lo estaba convenciendo, pensó ella, al ver el escepticismo en los ojos de Edward.
-Hazme saber lo de la cena, ¿de acuerdo? –dijo ella.
¡Necesitaba que él se fuera!
-Oh, te lo hare saber, Isabel –le aseguró él.
Notó la palidez de su rostro y el cansancio en los ojos de Isabel. Al pareces su sola presencia le causaba aquella tensión.
¡Y apenas había empezado!
Que se tramara este hombre... mmmm
Bueno no se olviden de dejar sus comentarios plz.
Que se los voy a agradecer muchisismo.
Chao y nos leemos en el siguiente capítulo.
