Magia legendaria.

Capítulo 7.

—El señor y la señora Lupin han llegado —anunció el criado.

—Hágalos subir —Harry se estiró contento de tener una excusa para desatender el papeleo. Un conde con grandes propiedades tenía que hacer frente a infinitos documentos y decisiones, incluso cuando los empleados de confianza se encargaban de lo peor.

Lupin y su mujer entraron en el despacho, con la mano de él colocada, de forma protectora, en la cintura de ella. Al lado de su marido, se veía muy bien, pero la inteligencia que desprendían sus ojos era inequívoca. A Harry le sorprendió ver que su barriga desprendía un halo de luz, señal de que una nueva vida crecía en su interior. En el pasado, no se hubiera dado cuenta de una cosa así a menos que lo hubiera buscando conscientemente. A lo mejor, una mayor sensibilidad a los estados físicos de los demás era otra manifestación de la magia curativa del unicornio.

Como también vio que estaba terriblemente nerviosa, Harry se levantó e hizo una reverencia.

—Es un placer conocerla, señora Lupin. Me alegro de que haya decidido aceptar mi invitación.

—Remus me obligó a venir —dijo, y luego se sonrojó.

—Es cierto que los condes pueden ser criaturas aterradoras —dijo Harry, divertido—. Pero quizá luego podamos hablar de matemático a matemática. Su trabajo me dejó muy impresionado.

Ella abrió los ojos. —Me… Me encantaría. Remus puede construir lo que sea, pero las matemáticas no son su fuerte.

—Entonces, hablaremos de la teoría después. Siéntense, por favor. ¿Han tenido tiempo de leer los contratos?

Lupin asintió.

—Sí, y nos han parecido muy justos. Estaré encantado de firmarlos.

—Muy bien. Más tarde, llamaré a mi secretario y la señora Lupin también puede firmar como testigo. Puras formalidades. ¿El taller donde trabaja ahora está acondicionado o necesitará uno nuevo?

—He estado trabajando en el salón y, por ahora, ya está bien.

Harry frunció el ceño.

—Seguro que la señora Lupin no querrá estar expuesta al ruido y al trabajo mecánico en su estado actual.

Ella contuvo la respiración y se sonrojó.

— ¿Cómo lo ha sabido?

Saberlo era fácil, aunque no era propio de él decir algo así en voz alta. Todavía no controlaba la energía del unicornio, y eso no le gustaba.

—Las mujeres embarazadas tienen un brillo especial —dijo, dando por sentado que se lo tomarían como una metáfora y no al pie de la letra—. Lo del taller separado es muy serio. Ha hecho maravillas con los mínimos recursos, señor Lupin, pero ya no tiene necesidad de escatimar. Necesita un taller y herramientas decentes, cerca de su casa pero no dentro de ella. ¡Dios no quiera que se produzca una explosión de vapor en su casa!

La señora Lupin se alarmó.

—El conde tiene razón, querido. ¿Tu amigo Bobby no te dijo que, en su calle, había una casa y un espacio separado libres?

—Sería perfecto, Nymphadora pero… —Lupin se giró hacia Harry—. Mi amigo Bobby vive en un barrio con muchos artesanos que llegan a Londres desde Birmingham, milord. Tendría quien me ayudara con la mecánica cuando lo necesitara, pero allí los alquileres cuestan tres veces más que donde vivimos ahora y no estoy seguro de que sea el mejor uso que puedo hacer de su dinero.

La gente no solía preocuparse de cómo se gastaba el dinero del conde. La preocupación de Lupin fue toda una novedad muy bienvenida.

—Tiene que recibir un sueldo aparte de los gastos que implique desarrollar su proyecto; un dinero que pueda invertir en usted y en su familia sin preocuparse de mi aprobación —Harry se giró hacia la señora Lupin—. Estoy seguro de que debe ser una excelente administradora.

—Es la mejor, milord —dijo Lupin, con orgullo. Después, su expresión se ensombreció un poco—. Hay algo que me gustaría hacer, pero tengo algunas dudas de si debo. ¿Ha oído hablar del gran foro de tecnología de lord Voldemort?

A Harry le saltaron todas las alertas.

—No, pero he estado una temporada fuera de Londres. Hábleme de ese foro.

Lupin se acercó a la mesa, muy entusiasmado.

—Lord Voldemort quiere reunir a expertos en mecánica, manufactura y filosofía natural para que podamos hablar y aprender. Ha invitado a profesores universitarios, científicos, inventores. ¡Y no sólo de Inglaterra! Dicen que está invitando a los mejores, a las mentes más avanzadas y creativas de Europa e, incluso, de América. ¡Será una oportunidad única poder hablar con los hombres que están construyendo el futuro!

Harry arqueó las cejas, intentando disimular su interés.

— ¿Y lo está organizando como miembro del gobierno o como una iniciativa privada?

—No estoy seguro —admitió Lupin—. Pero se celebrará dentro de dos meses en una mansión de Hertfordshire y durará una semana. Sé que son muchos días de estar alejado del trabajo, pero está lo suficientemente cerca de Londres como para no tener que pagar mucho por el viaje. Dado que usted y lord Voldemort son colegas en la Royal Society, espero que sean amigos y que usted también acuda al foro.

—No he recibido ninguna invitación —dijo Harry, muy seco—. Es una idea muy interesante y creo que no debería perdérselo por nada del mundo. Pero, ¿cómo se sentiría si conoce a alguien que ya está fabricando una máquina de vapor mejor que la suya?

—Aprenderé de él y construiré una todavía mejor —dijo Lupin, sonriendo—. Las buenas ideas nunca sobran y siempre podemos aprender los unos de los otros. Algunos de mis amigos de Birmingham también irán. Somos los mejores fabricantes de Inglaterra, ya lo sabe.

Seguro que una reunión de tantos hombres trabajando en el desarrollo de máquinas tenía que ser poderosa y no dudaba que Voldemort quería quedarse con ese poder.

—Confirme su asistencia, señor Lupin. Y manténgame informado de la evolución de los planes para esa cita, por favor.

—Será un placer, señor.

—Bueno, ya basta de hablar del mundo. Hablemos de su trabajo. Se me han ocurrido un par de cosas sobre el diseño que quería comentarle —Harry sacó sus notas. Aunque no tenía las habilidades mecánicas de Lupin, sabía algo del tema y el proyecto de aquella máquina lo intrigaba mucho—. En cuanto al torno…

La señora Lupin hizo una mueca de dolor y, cuando Harry la miró, vio que estaba muy pálida.

— ¿Se encuentra mal, señora Lupin?

—El embarazo produce algunas molestias, milord —se levantó—. Un poco de aire fresco me vendrá bien.

Harry percibió sus náuseas, pero también una fuente de incomodidad, incluso miedo, más profunda. Hermione podría averiguar qué era. Estaba cerca, seguramente con sus tutores, así que la llamó mentalmente. Se habían convertido en unos maestros a la hora de llamarse. Al cabo de unos momentos, entró en el despacho preciosa con un vestido verde palo.

Recorrió toda la estancia con la mirada.

—Buenos días, señor Lupin. Siento interrumpir, Gryffindor; sólo quería saludarte.

—Me alegro que lo hayas hecho. A la señora Lupin le vendría bien un poco de aire fresco. Si no estás ocupada, quizá podrías acompañarla al jardín.

—Será un placer —Hermione le lanzó una encantadora sonrisa a la señora Lupin. Aunque no fuera dirigida a él, Harry sintió el efecto—. A mí también me vendrá bien.

Disculpándose en voz baja por las molestias causadas, la señora Lupin se marchó con Hermione. Girándose hacia el ilusionado inventor, Harry dijo:

—Bueno, en cuanto al torno…

Hermione había empezado el día con lecciones de magia, y era agotador. Cuando el tutor de la mañana se marchó, Hermione se dejó caer en la cama, agotada por la concentración que requerían las lecciones sobre varitas mágicas y otros instrumentos para concentrar poder.

—Montar todo el día no me dejaría tan exhausta, Lucky —le dijo al gato, que estaba hecho un ovillo junto a ella.

Lucky levantó la cabeza y la observó con la preocupación reflejada en aquellos ojos dorados. Después de tan sólo un día en Gryffindor House, todavía tenía miedo de todo y de todos excepto de Hermione. Incluso se ponía nervioso cuando veía a Harry, a pesar de que él lo había curado. Hermione sospechaba que tendría miedo de todos los hombres durante algún tiempo, puesto que los que casi lo habían matado eran chicos.

Lo acarició mientras pensaba en lo mucho que había mejorado su aspecto desde el día anterior. Cuando lo había traído a casa, estaba histérico, hasta que ella le transmitió magia tranquilizadora. Harry le había dicho que tenía un don especial para trabajar con animales. Hermione no sabía si era cierto pero, cuando se comunicaba con una criatura, enseguida se llevaban de maravilla.

Aunque, hasta ahora, Lucky había permanecido en la seguridad de la habitación de Hermione, había pasado de estar debajo de la cama a saltar encima. Además, se había limpiado con su pequeña lengüecita y ahora estaba presentable. Le gustaba poder comer cuando quisiera y enseguida había aprendido para qué era la caja con arena que uno de los sirvientes de Gryffindor había traído.

Hermione le rascó la cabeza y recibió un ronroneo como respuesta. Gracias a Dios que Harry había podido curarlo. La presencia de Lucky había iluminado la vida de Hermione.

Aquellos pensamientos se vieron interrumpidos por la sensación de que Harry quería que se reuniera con él. No era ninguna emergencia, pero percibió que era mejor que se diera prisa. Le gustaba cómo se comunicaban mentalmente. No era como oír su voz, pero era fácil entender lo que quería.

Acarició a Lucky una última vez antes de levantarse y ponerse los zapatos. Después de arreglarse la voluminosa falda del vestido verde, apareció en el despacho de Harry. En cuanto entró, vio que la mujer del inventor no tenía buen aspecto, y no era difícil adivinar por qué.

Como a ella también le apetecía tomar un poco de aire fresco, acompañó a la señora Lupin hasta el jardín. Cuando salieron al exterior, dijo:

— ¿No le parece un jardín precioso? Parece más grande de lo que es. Como yo crecí en el campo, me gusta venir aquí a ver la hierba y las flores.

—Es precioso —dijo la señora Lupin—. Yo siempre he vivido en ciudades pero, igual que a usted, me encanta la vegetación. Mi marido y yo nos trasladaremos a una casa nueva dentro de poco y tiene un poco de jardín. Me gustará.

Hermione la acompañó hasta un banco protegido del sol por una pérgola cubierta de rosas.

— ¿Quiere que pida alguna bebida?

La señora Lupin se puso las manos encima del estómago, incómoda.

— ¡Es lo último que necesito! Pero se lo agradezco, lady Gryffindor —cerró los ojos y respiró hondo varias veces—. Estoy embaraza así que, según mi vecina, todo esto es normal. Dice que dentro de uno o dos meses me encontraré mejor.

En Castle Voldemort había habido algunos embarazos, así que Hermione sabía que seguramente era verdad. Había aprendido mucho observando a la gente de su alrededor; el hecho de ser tan «simple» hacía que su presencia pasara inadvertida.

— ¿Es su primer hijo, señora Lupin?

La mujer asintió, con los ojos todavía cerrados. Hermione frunció el ceño porque sintió que había algo que no estaba bien. La señora Lupin no estaba así sólo por las molestias del embarazo. Había algo más que la preocupaba.

—Disculpe el atrevimiento pero, ¿sucede algo más?

La señora Lupin abrió los ojos.

—Tengo miedo de morir en el parto —soltó—. Igual que mi madre. No me atrevo a decírselo a Remus porque sé que se preocuparía pero, ¿qué sería de él si yo muero? Es muy inteligente pero no tiene ni pizca de sentido común —hundió la cara en las manos y se echó a llorar.

Hermione le acarició un hombro.

— ¡No me extraña que esté preocupada! Aparte del hecho de que el embarazo hace que una se eche a llorar incluso cuando no ha pasado nada malo.

— ¿Tiene hijos?

— ¡No! —Dijo Hermione, sorprendida por una idea que parecía muy extraña—. Gryffindor y yo nos acabamos de casar. Pero he visto a otras mujeres en estado y sé que las lágrimas siempre están a punto de brotar.

La señora Lupin sacó un pañuelo del bolsillo y se secó los ojos y se sonó la nariz.

—Siento llorar delante de usted, mi lady. Es que… ¡Ojalá mi madre estuviera viva! No tendría tanto miedo y tendría su hombro para llorar.

Hermione, al presentir que la señora Lupin necesitaba una amiga, dijo:

—Olvídese del título. Hace relativamente poco que soy lady Gryffindor. Me llamo Hermione y será mejor que llore delante de mí y no delante de su marido. El pobre ya estaba suficientemente preocupado cuando hemos salido del despacho.

La otra mujer se rió un poco.

—La perspectiva de ser padre lo tiene maravillado y aterrado. Y yo me llamo Nymphadora, mi lady —dio un respingo—. Siento el «mi lady».

Hermione chasqueó la lengua.

—Todavía sonrío cuando lo escucho. Mi madre siempre pensó que era una auténtica salvaje — ¿de dónde había salido eso?, se preguntó, sorprendida. ¿Acaso estaba recuperando la memoria? Sin embargo, no podía recordar nada de su madre ni de cuándo había pronunciado aquellas palabras. Sólo sabía que eran verdad.

Dejando aquello para más tarde, se puso más seria y dijo:

—Es normal tener miedo cuando se está embarazada, pero estoy segura de que dará a luz sin ningún problema. Y será niño.

Nymphadora se la quedó mirando.

— ¿Lo dice sólo para tranquilizarme?

No, Hermione había adivinado el futuro. Sorprendentemente, había visto que Nymphadora tendría dos hijos sanos más, pero sólo si su marido sobrevivía al peligro que lo acechaba.

Aquello fue muy perturbador. En voz baja, dijo:

—En mi familia, ha habido parteras, así que todas las mujeres de la familia tenemos el don de ver cuándo un embarazo se resolverá sin problemas —a diferencia de lo de su madre, aquello era una invención de Hermione, pero totalmente inofensiva—. Y en cuanto a si será niño o niña… bueno, lo he dicho al azar, pero tengo las mismas posibilidades de acertar que de equivocarme.

Nymphadora se rió.

—Pero lo del parto no lo ha dicho al azar, ¿verdad?

Hermione la tomó de la mano.

—Le juro que dará a luz sin ningún problema para usted ni para el niño. Por favor, confíe en mí, porque el miedo puede debilitarle la salud.

—Qui… quiero creerla.

—Quizá su madre, desde el cielo, me inspira estas palabras —dijo Hermione, con dulzura—. ¿Cuántos años tenía usted cuando murió?

—Siete —Nymphadora apretó la mano de Hermione.

—Debía de ser una mujer encantadora para que la recuerde con tanto cariño —Hermione añadió un hechizo tranquilizador a sus palabras. Se lo había enseñado la señora Pomfrey, la sanadora. Era casi el mismo que utilizaba cuando tranquilizaba a los animales. Como quería distraer a Nymphadora de su dolor, continuó—. ¿Dónde creció?

—En Cambridge. Mi padre era profesor de matemáticas —dibujó una frágil sonrisa—. Como los profesores no pueden casarse, soy ilegítima. Mi madre era el ama de llaves de mi padre. Cuando ella murió, él no sabía muy bien qué hacer conmigo, hasta que descubrió que las matemáticas se me daban bien. Y aunque una mujer no vaya a hacer gran cosa con esos conocimientos, me gustó aprender y ahora puedo ayudar a Remus.

—Tuvo una infancia muy poco habitual, Nymphadora pero, por lo visto, la ha sabido aprovechar. ¿Su padre todavía vive?

Nymphadora negó con la cabeza.

—Murió cuando yo tenía diecinueve años. Fue demasiado despistado y no redactó testamento nombrándome heredera, así que llegaron sus hermanos y se apoderaron de todo. Como gesto de buena voluntad, me compraron un billete de tren a Birmingham, donde mi madre tenía una hermana a la que yo no conocía.

— ¡Oh cielos, qué desconsiderado por parte de sus tíos! Espero que su tía fuera amable con usted.

—Sí, aunque ya tenía sus propios hijos y lo último que necesitaba era otra boca que alimentar —sonrió y su cara se iluminó como si se hubiera tragado una vela—. Pero entonces conocí a Remus, así que todo valió la pena. Estaba más que dispuesto a aceptarme sin dote y ninguna mujer podría encontrar un marido mejor.

—Ambos están bendecidos —dijo Hermione, con dulzura.

—Es verdad —respondió Nymphadora, acariciándose la tripa—. Hay algo que creo que usted y lord Gryffindor deberían saber. Remus y yo somos disidentes, mi lady. Y ninguno de los dos está dispuesto a cambiar aunque ello signifique que lord Gryffindor no nos dé el dinero.

Hermione tardó unos segundos en entender el por qué de la preocupación de Nymphadora. Los disidentes de la iglesia anglicana no podían participar en muchas actividades, como los trabajos públicos o acudir a las escuelas y universidades más famosas. Algunos patrones no contrataban a disidentes. En algún lugar de su pasado perdido, sabía que aquellas cuestiones habían sido importantes, aunque no podía recordar los detalles.

—No veo cómo puede afectar eso a la capacidad de su marido para construir una máquina de vapor o a la suya para hacer cálculos.

Nymphadora se relajó.

— ¿No le importa?

—«En la casa de mi padre hay muchas mansiones» —citó Hermione, y luego se preguntó cómo sabía eso—. Creo que a Dios le preocupa más cómo vivimos la vida que los detalles de cómo lo adoramos.

Nymphadora la miró maravillada.

—Jamás hubiera imaginado una condesa como usted.

—Bueno, no hace mucho que lo soy —de hecho, todavía no lo era—. Puede que, con el tiempo, me vuelva altiva e intolerante.

Nymphadora se rió. —Tampoco me la imagino así. Gracias por su amabilidad, Hermione.

—Parece que ya se encuentra mejor. He oído que, cuando una tiene el estómago delicado, el té y las tostadas sientan muy bien. ¿Le apetece?

—En realidad, sí —dijo Nymphadora, un poco sorprendida—. Ahora que me encuentro mejor, estoy muerta de hambre.

—Entonces, tendré que alimentarla. A los dos —Hermione acompañó a Nymphadora hasta el interior de la casa. Ojalá hoy hubiera hecho una nueva amiga.

Después de tomar el té con galletas, Hermione acompañó a Nymphadora de vuelta al despacho de Harry, donde los dos hombres seguían charlando animadamente de mecánica. Harry la recibió con una sonrisa tan cálida que le hizo recordar, no sin cierta vergüenza, el breve beso que se habían dado el día anterior en el parque. No sabía si estaba feliz o disgustada porque Lucky los hubiera interrumpido antes de que llegaran más lejos. La atracción entre ellos era lo más dulce que le había pasado desde que había vuelto a ser ella misma, pero era mejor no explorarla. Y menos en un parque público donde los podía haber visto cualquiera.

Pensativa, regresó a su habitación y se sentó en el cómodo sillón que utilizaba para meditar. Había llegado el momento de explorar aquellos pequeños datos que le habían venido a la mente mientras hablaba con Nymphadora.

Había descubierto que era sorprendentemente difícil frenar la mente. Para concentrarse, empezó prestando toda la atención a la pluma que había encima de la mesa. Ahora ya le costaba mucho menos levantarla que al principio. Incluso podía mover un poco objetos más pesados, pero sospechaba que aquella habilidad en particular nunca sería nada más que un entretenimiento. Sería muy útil si pudiera levantar un libro y acercárselo cuando le apeteciera leer, pero jamás podría levantar algo tan pesado.

Cuando estuvo lo más relajada posible, dejó que la palabra «salvaje» fluyera por su mente. Enseguida encontró lo que parecía un recuerdo verídico de su madre llamándola mediante aquel apelativo tan cariñoso y rudo. Esperanzada, Hermione intentó conjurar una cara una voz, una ubicación… cualquier cosa que le permitiera recordar más. Fracasó, aunque tenía la intensa sensación de que al otro lado de una barrera invisible había muchos más recuerdos. Sin embargo por mucha rabia que le diera, no podía alcanzarlos.

¿Aquella barrera formaría parte de la magia de Voldemort? Exploró la barrera mental y descubrió que era de textura elástica como un tejido. Había algunas arrugas, pero era impenetrable y parecía que se extendía en todas las direcciones. Dejó que su mente viajara por la barrera… hasta que fue a parar a la conciencia de Voldemort.

Contuvo la respiración, como si hubiera caído en una cueva llena de víboras. Siempre había un fino hilo que la conectaba con Voldemort, pero él no podía alcanzarla, así que normalmente podía ignorarlo. Ahora, sin embargo, había ido a parar a su mente.

La sorpresa inicial de Voldemort enseguida se convirtió en una persecución feroz, como si fuera un lobo y ella un conejo que le hubiera caído a los pies. Su energía la envolvió, tensa y asfixiante.

Ella se alejó de inmediato y volvió a la seguridad de su mente mientras invocaba todas las protecciones que le habían enseñado. Añadió capas y capas hasta que lo sintió distante, hasta que ya no fue ninguna amenaza, pero tuvo la desagradable sensación de que la estaba acechando, que estaba buscando una rendija en sus escudos.

Lucky se subió a su regazo y estuvo a punto de romperle la concentración. Después de unos instantes de nervios, estabilizó las defensas al mismo tiempo que acariciaba al gato. El calor físico y el afecto del gato le ayudaron a contrarrestar el ataque de Voldemort.

Mientras él seguía al acecho, Hermione empezó a notar que la invadía una débil oleada de poder. No era Voldemort, era algo agradable. ¿Harry? No, era un poder muy distinto al de él.

Dios mío, ¡estaba absorbiendo energía felina de Lucky! Aunque era muy débil, era un poder antiguo y asilvestrado. La fue llenando gradualmente, como cuando se llena una copa de vino. Cuando Voldemort intentó alcanzarla otra vez, ella respondió con una fiereza predadora como si quisiera desgarrarle el espíritu. Él desapareció en un segundo.

Desorientada, abrió los ojos. ¿Habría desaparecido de su existencia para siempre? No, todavía sentía cómo vibraba el hilo de energía que los unía, pero Voldemort había roto la conexión más grande con su mente cuando ella lo había atacado.

¿Cómo había utilizado la energía de Lucky? Sólo era un gatito, no podía tener tanto poder. A lo mejor, había inspirado algo en su interior. O, quizás, una especie de fuerza felina salvaje la había transformado temporalmente. Cuanto más aprendía de magia, más preguntas tenía.

Pero ahora estaba demasiado agotada para buscar respuestas. Dejó a Lucky en el suelo y se levantó, tambaleándose. Tuvo que echar mano a las pocas fuerzas que le quedaban para llegar hasta la cama. Como estaba demasiado cansada para apartar la colcha, se dejó caer encima de la tela. El gato subió a la cama de un salto y se hizo un ovillo encima del hombro derecho de Hermione. El ronroneo le resonó en la oreja.

Cerró los ojos y pensó que, dentro de una semana, se encontraría cara a cara con Voldemort en la vista del consejo. Rogó a Dios que lo condenaran y lo despojaran de sus poderes.

Mientras estuviera vivo y fuera mago, ella jamás se sentiría a salvo.

— ¿Hermione? ¿Estás aquí? —Harry llamó a la puerta, por si se había quedado dormida. Ya pasaba un buen rato de la hora en que se solían reunir para tomar algo antes de cenar.

Había algo que lo inquietaba. Cuando no obtuvo respuesta, abrió la puerta y entró en su habitación. Hermione estaba tendida en la cama, tan quieta y pálida que se preguntó si estaría muerta. No, sintió el latido de su energía, pero no era un sueño plácido.

El gatito estaba hecho un ovillo junto a ella y, cuando Harry se sentó al borde de la cama, el animal lo miró preocupado. La mano de Hermione estaba fría como el hielo.

— ¡Hermione, despierta! —Aunque habló un poco más alto para despertarla, no obtuvo respuesta—. ¡Hermione! —Mientras revisaba los nudos con visión interna, colocó las manos a ambos lados de su cabeza y le transmitió calor y lo que esperaba que fuera su recién descubierta energía curativa. Aunque Hermione se movió, no se despertó. Localizó el irrompible hilo de energía que la conectaba con Voldemort, pero el nudo seguía intacto. No encontró más conexiones energéticas ni ninguna señal de heridas físicas.

A Hermione le temblaron los párpados y luego los abrió. Miró a Harry con la mirada perdida y con los ojos de color castaño más pálido.

— ¿Qué…?

—Has entrado en una especie de trance y he tenido que darte calor —le explicó él, que le seguía acariciando la cabeza con ambas manos—. ¿Ha sido Voldemort?

—Mientras hablaba con Nymphadora, me vino un recuerdo de mi madre, así que vine a meditar para ver si podía recuperarlo. Y descubrí… una especie de barrera que me impide llegar a mi pasado. Cuando intenté explorarla, fui a parar a la mente de Voldemort —consiguió soltar una risa irónica—. Justo lo que me dijiste que no hiciera.

—No me extraña que entraras en trance —dijo él, muy serio—. Voldemort creó la barrera, así que explorarla te condujo hasta él. ¿Te ha vuelto a robar energía?

Ella frunció el ceño.

—No creo. Me escapé y levante todas mis defensas, aunque lo seguía notando allí, como un zorro a las puertas de un gallinero. Luego, Lucky se me subió encima y empecé a notar cómo su energía se mezclaba con la mía. Me convertí en… un ser bastante felino. La próxima vez que noté que Voldemort se acercaba, le… le salté encima como un tigre —su sonrisa era desdibujada pero real—. No hay palabras adecuadas para describir cómo funciona la magia, ¿verdad? Claro que no era un tigre pero, mentalmente, lo destrocé. Desapareció al instante. Tuve la sensación de que se quedó muy sorprendido e, incluso, preocupado.

—Al parecer, has podido fusionarte con alguna esencia cósmica de energía felina y utilizarla para alejar a Voldemort. Puede que sea una forma de magia salvaje. Usarla de manera inesperada te ha dejado agotada —como ya se encontraba mejor, le soltó la cabeza y coloco la mano izquierda encima del estómago, uno de los siete centros energéticos del cuerpo—. ¿Todavía te sientes felina?

Ella meditó la respuesta.

—No. Siempre me han gustado los gatos y me comunico bien con ellos, pero también lo hago con otros animales. Excepto con los insectos… es complicado conectar con una hormiga o un escarabajo.

Suavemente, Harry le masajeó el estómago con movimientos circulares.

—No tendrás ganas de ronronear o de perseguir una cuerda, ¿verdad?

Ella contuvo la respiración y abrió los ojos.

—Lo que me estás haciendo me hace querer ronronear, pero no creo que sea consecuencia de compartir la energía felina mentalmente.

Él se detuvo y le acarició la mejilla.

—Ya no estás tan fría. ¿Te encuentras mejor?

Ella se estiró de una forma que a Harry le secó la boca.

—Mucho mejor. Siento tu energía fluyendo en mí como un rayo de sol.

Consciente que debía alejarse de ella, hizo ademán de levantarse. Pero ella le sujetó la mano.

—No te vayas, por favor. Me ha gustado mucho que me tocaras —tragó saliva—. Echo de menos que alguien me toque. Cuando llegué a Castle Voldemort, había una cocinera que, a veces, me abrazaba —hizo una mueca—. Siempre decía: «Pobrecita», pero un abrazo por lástima siempre era mejor que ninguno.

Precavido, aunque incapaz de rechazar su invitación, dejó que lo atrajera hacia ella hasta que se tendió a su lado, de costado. Hermione no era la única que echaba de menos que la tocaran. Volvió a colocarle la mano en el estómago y le transfirió más energía, porque la de ella todavía estaba débil.

—Debemos comentarle a lady Minerva esta capacidad para canalizar energía animal. Debería haber algún modo de usarla sin agotarte de esta manera.

Ella levantó el otro brazo para acariciar a Lucky.

—Me preguntó si, para conectar con un animal, tengo que estar tocándolo. ¿Otto está por aquí? Podría probarlo con él.

—Hoy no. Tienes que reponerte —siguió dibujando lentos círculos en el estómago, tomando plena conciencia de la suavidad de su cuerpo y del aroma a lavanda de su sedoso pelo al natural—. Incluso sin ti, Voldemort parece tener mucho más poder del que esperaba. ¿Sabes si tenía otros esclavos a quienes robaba su energía?

Ella contuvo la respiración, alarmada.

—Que yo sepa, no, pero es posible. A lo mejor los tiene aquí en Londres. Eso le ayudaría a mantenerse tan poderoso —intentó levantarse—. ¿Cómo podemos averiguar si hay otros? Si es así, ¡debemos liberarlos!

Harry la presionó con suavidad sobre la cama.

—Tienes razón, debemos investigarlo… no sé cómo no se me ocurrió antes. Pero ahora no. Necesitas descansar; además, me gusta mucho estar tan cerca de ti.

—A mí también —se giró para recibir un beso.

Era deliciosa, una mezcla única y atractiva de inocencia y poder. Quería inhalar su esencia, ser uno. Le cubrió un pecho con la mano. A pesar de las capas de tela del vestido y la ropa interior, pudo sentir le erótica suavidad de su piel.

—Ah, Harry… —ella levantó la mano y le rodeó el cuello, acentuando el contraste entre su piel fría y el creciente acaloramiento de él. A Harry se le aceleró el corazón.

—No deberíamos estar haciendo esto —susurró él, pero no dejó de acariciarla; pasó la mano de un pecho a otro y luego, gradualmente, fue descendiendo hasta que llegó a la unión de los muslos. Pudo sentir la calidez debajo de la enagua. Con la palma de la mano, empezó a frotarla rítmicamente. Ella empezó a mover las caderas y a levantarlas para salir a su encuentro a medida que aceleraba la respiración.

Intoxicado por aquella respuesta, Harry se perdió en el momento y se dejó llevar por las sensaciones. El sabor de su boca, la mezcla de lavanda y deseo, aquellos sonidos suaves y entregados. Estaba tan cansado de estar solo…

Ella gritó y se estremeció de arriba abajo. Cuando terminó la última sacudida, abrió los ojos y lo miró.

— ¿Qué ha pasado?

Aquella pregunta sacó a Harry de su sueño sensual. ¿En qué demonios estaba pensando? No, claro, no estaba pensando… ese era el problema.

—Ha sido una introducción a los placeres de la carne, querida.

— ¿Y ya no soy virgen? —Frunció el ceño—. No ha sido como lo que hacen los animales cuando se aparean.

—Como te he dicho, ha sido una introducción —el cuerpo de Harry estaba duro y tenso, pero había vuelto a recuperar el control. La abrazó y le acarició la espalda mientras ella hundía la cara en su hombro—. Una introducción que no debería haber permitido que pasara pero, al menos, he podido controlarme antes de arruinar tu virginidad.

Con la voz casi apagada, ella dijo:

—Ahora entiendo por qué los sementales perdían los estribos cuando había una hembra en celo cerca.

Él se rió, agradecido por la ocurrencia que había roto un poco la tensión.

—Todos los machos pierden los estribos cuando hay alguna hembra atractiva en celo cerca. No es algo especial.

Después de un prolongado silencio, Hermione dijo:

—¿Hasta qué punto tengo que ser virgen para deshacer el hechizo del unicornio?

—No lo sé —como ella había comprendido, hoy había perdido un poco de su virginidad. Ahora ya sabía el placer que podía experimentar su cuerpo y cómo podía reaccionar ante el contacto de un hombre—. He oído que todo el mundo define la virginidad de una manera distinta. En algunos países, una mujer es virgen hasta que se queda embarazada. No tengo ni idea de cómo definen la virginidad los unicornios.

Ella lo miró.

—Parece que no reaccionas con la rabia de cuando eras unicornio. Espero que no signifique que ya no soy lo suficientemente virgen como para ayudarte.

—Me parece que lo que sucede es que te encuentro atractiva como lo haría un hombre, no un unicornio —le dio un suave beso en la frente—. Si hubiera sido un unicornio, no creo que me hubiese podido controlar, así que puede que el efecto de la bestia se esté desvaneciendo. Eso espero.

—Si la influencia del unicornio desaparece, ¿no tendrás poderes curativos?

Él dibujó una sonrisa tensa.

—No lo sé, Hermione. Mágicamente hablando, estamos pisando un terreno desconocido. Me encantará comentarlo con Luna Lovegood cuando llegue a Londres. Como experta en las tradiciones del lado oscuro de los Guardianes, igual sabe qué puedo esperar.

—Si el consejo dicta una sentencia en contra de Voldemort la semana que viene, tus problemas habrán desaparecido —Hermione sonrió—. Y yo podré empezar a buscar a mi familia.

Tenía razón aunque, en el fondo, Harry sabía que no sería tan sencillo.

Fin de capitulo.

"ReLEnNA".