—¿Has traído tus útiles de afeitado o te dejo los míos? —preguntó Axel, mientras se retiraban a la espaciosa habitación de invitados de Edward, que quedaba justo enfrente de la de Isabella.
—Los he traído, aquí están —respondió Edward, al tiempo que una procesión de lacayos entraba cargando la bañera, su bolsa de viaje y cubos de agua caliente.
—Desabróchate la camisa —ordenó Axel, frotando la cuchilla de afeitar con la piedra de afilar—. Siéntate aquí —añadió, dando palmaditas en un taburete—. Recibí la nota en la que mentabas lo del tejado, ¿alguna novedad?
—No creo que fuera un accidente. —Edward se sentó sin protestar. No merecía la pena resistirse. Si Belmont había decidido actuar como ayuda de cámara, nada lo haría cambiar de opinión—. Darius se ha quedado a vigilar. Tus hijos podían haber muerto.
—O tú. —El botánico mojó la brocha en el agua de la bañera e hizo espuma con el jabón. Lo olió y lo extendió en las mejillas de Edward—. Huele muy bien. ¿Qué te hace pensar que fue un ataque voluntario?
—Sabemos que alguien entró cuando no estábamos —respondió, levantando la barbilla para dejar que su amigo le enjabonara el cuello—, y que las tejas estaban bien sujetas el viernes anterior.
—Sabes lo que tus trabajadores te han dicho —lo corrigió Axel, mientras empezaba a afeitarle una mejilla—. Por lo que me explicaste, hizo falta apilar media tonelada de piedra para que las tejas se soltaran.
—¿No crees que fuera premeditado? —preguntó Edward mientras Belmont limpiaba la cuchilla con una toalla.
—No, no lo creo. Demasiado impreciso. Cualquiera podía haber resultado herido. O nadie. El éxito del sabotaje dependía del peso que se pusiera sobre el andamio. Alguien que quisiera hacerte daño de verdad habría tomado medidas más concretas, más seguras. Si fuera alguien con dos dedos de frente, claro. Quieto.
Edward tuvo que admitir que el razonamiento de Axel era lógico. Éste, igual que su hermano Matthew Belmont, en Sussex, actuaba ocasionalmente como juez de paz. Tenía experiencia en delitos de poca monta. Y lo que era más importante, era el padre de Day y Phillip. Si pensara que sus hijos corrían peligro, se los habría llevado de allí hacía días, estaba seguro.
Axel le lanzó una toalla limpia a la cara.
—Creo que has vuelto a adelgazar. Tienes la cara bastante más chupada.
Ed se encogió de hombros mientras se levantaba.
—Darius dice que el resto del cuerpo también. Reconozco que me importa poco. Lo que no me resulta indiferente es la visión de esa bañera.
—Los gemelos —dijo Axel, moviendo los dedos y Edward alargó la mano izquierda.
—¡Por Dios, Cullen! —exclamó Belmont frunciendo el cejo al ver las articulaciones hinchadas y enrojecidas—. ¿Te has golpeado con un martillo? Eso tiene que doler.
—Está inflamada, no es nada —murmuró él, apartando la mano en cuanto su amigo acabó de quitarle el gemelo—. Creo que ya puedo solo.
—Ni lo pienses. O me dejas desabrocharte los pantalones o me quedaré aquí a ver cómo lo haces tú.
—Axel —le advirtió Ed, fulminándolo con la mirada.
—¿Qué? —Le devolvió la mirada sin amilanarse y lo sujetó por la cintura de los pantalones—. ¿Están tan flojos a propósito? —preguntó mientras desabrochaba los botones con habilidad.
—No soporto los pantalones apretados —respondió Edward, bajándoselos junto con los calzoncillos—, aunque reconozco que no me bailaban tanto cuando me los hicieron.
—Abby podría ajustártelos un poco si quisieras. —Axel recogió la ropa de su invitado pero evitó hacer más comentarios sobre su delgadez.
—¿Me acercas el jabón? —le pidió Ed, sumergiéndose en el agua con un suspiro de placer.
—Claro. —Rebuscó entre las cosas de Edward, encontró un trozo de jabón y se lo dio. Luego le preparó una muda completa de ropa y la dejó sobre la cama—. ¿Quieres que te lave la cabeza?
Aunque le molestaba mucho que lo riñeran por el estado de su mano, dejar que Axel lo cuidara un poco le resultaba muy agradable. No quería que alertara a ningún miembro de su familia —ni a Nicholas, claro—, aunque dudaba mucho de que acudieran en masa a ocuparse de él. Sabían que no tenía habitaciones para ellos, ni distracciones, y la comida justa. Y para acabar de asegurarse, no les había dado la dirección precisa de su última aventura. Sus hermanos eran hombres demasiado ocupados para ponerse a buscar la dirección.
Las cartas que McCarty le enviaba estaban llenas de las sensaciones —y las babas— propias de un padre primerizo. Las de Jasper, por el contrario, tenían el tono de partes militares. Eran escuetas, sobrias y siempre iban al grano. Cuando Jasper llegó a la finca Rosecroft en el condado de York, su estado no era mejor que el de la propiedad de Edward. Aparte de las reformas, debía ocuparse de su nueva esposa, su nueva hija adoptiva y pronto de su primogénito o primogénita.
Era duro tener a su hermano a una semana de viaje de distancia, aunque menos que tenerlo conduciendo a su batallón de caballería contra los malditos franceses.
Mientras salía de la bañera, Edward admitió que echaba de menos a su hermano. Había regresado del norte hacía ya dos meses, tras pasar un agradable invierno en el condado de York con Jazz, la pequeña Heidi y Alice. Se había sentido muy cómodo, como en casa... pero la preocupación por su mano lo había hecho buscar consejo médico en Londres.
Al echarle un vistazo, maldijo entre dientes. Estaba casi tan mal como cuando David Worthington la había examinado. Desde entonces había comprobado dos cosas: que con descanso mejoraba, aunque a un ritmo desesperantemente lento, y que usarla para cualquier actividad corriente hacía que empeorara con rapidez.
Mientras se abotonaba la camisa con esfuerzo y luchaba con los pantalones, se dio cuenta de que llevaba más de dos días sin los cuidados de Isabella. Después de comer se prometió que iría a buscarla. Necesitaba tratamiento, aunque tuviera que rogárselo. Si Axel volvía a desnudarlo como si fuera un niño pequeño se volvería loco.
Se estaba secando el pelo con la toalla cuando oyó un sonido que provenía de la puerta de la habitación. Un criado habría llamado. Y se suponía que Isabella también se estaba bañando.
—Axel —murmuró sin apartar la toalla de la cabeza—, si has venido a vestirme como si fuera un niño con pantalones cortos, olvídalo y lárgate.
—Bonita manera de hablarle a tu anfitrión —lo reprendió una grave y familiar voz de barítono—. Estoy seguro de que la duquesa estará encantada cuando le cuente que tus modales siguen siendo impecables.
Edward lanzó la toalla a un lado. Como si lo hubiera conjurado con sus pensamientos, allí estaba el coronel Jasper Whitlock, lord Rosecroft, el hermano mayor de Edward, en todo su bronceado y saludable esplendor.
—¿Jazz? —En menos de un segundo, Edward se encontró entre los fuertes brazos de su hermano, que le daba golpes entusiastas en la espalda, y sintió que la garganta se le cerraba por la emoción. Se separó de él y volvió a mirar para asegurarse de que los ojos no le habían engañado.
—¿Qué demonios haces aquí? ¿Dónde están Winnie y Alice?
—Me ha echado de casa —respondió Whitlock con una sonrisa tímida—. Al niño le faltan aún varias semanas para llegar y me acusó de agobiarla con mi impaciencia. Echaba de menos a los miembros de la familia que no tuvieron la amabilidad de venir a pasar el invierno con nosotros, así que he venido a hacerte una visita relámpago.
—Lo que me alegra mucho, maldita sea. Qué contento estoy de verte. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—Volveré a York a finales de semana. Tu casa me quedaba de camino y he venido a verte antes de seguir viaje hasta Londres. —El medio irlandés dio un paso atrás y observó a su hermano con la mirada crítica de un ex militar.
—¿Belmont lo sabía? —lo interrogó Edward—. No me ha dicho ni media palabra, y eso que sus hijos llevan varias semanas conmigo.
—Sabía que iba a venir pero no cuándo. Tenemos unos negocios pendientes. Además, nuestras respectivas esposas son parientes.
—¿Parientes? —Edward frunció el cejo y recordó que Abby Stoneleigh, ahora Abby Belmont, le había comentado que era familia del anterior conde de Helmsley y de sus hermanas.
—Y yo que pensaba que el ejército era como un pueblo en el que todos se conocían —comentó Jasper Whitlock—. Pues la nobleza inglesa es mucho más cerrada. Si has acabado, me gustaría meterme en la bañera antes de que el agua se acabe de enfriar.
—Claro, adelante, pero estoy seguro de que Axel hará subir agua limpia si se lo pides.
—Comparada con la que utilizaba cuando me bañaba en España, eso es agua mineral. —Whitlock se había quitado la camisa mientras hablaba—. Y huele muy bien, por cierto.
—En ese caso, te dejo solo —dijo Edward, dirigiéndose hacia la puerta.
—Ni lo pienses. —Whitlock se quitó los pantalones—. En la mesa vamos a tener que mantener una conversación civilizada, así que quieto aquí y aguanta el interrogatorio como un hombre. Para empezar, he visto prisioneros de guerra con mejor aspecto que tú, Edward Cullen. ¿Puede saberse qué te quita las ganas de comer?
Sonrió ante las palabras de su hermano, siempre directas, aunque lamentó que diera por hecho que iba a responderle. Bueno, debería lamentarlo. Lo miró entrar en la bañera y comprobó que la vida de casado le sentaba bien.
—No me has respondido, Edward —insistió Whitlock, enjabonándose un pie de considerable tamaño y sumergiéndolo en el agua—. Si hace falta que salga de la bañera y te saque la respuesta a puñetazos, lo haré.
—No, no lo harás. Estoy muy ocupado haciendo mejoras en la finca y las provisiones son limitadas.
—Aunque no tengas servicio, necesitas un cocinero —dijo Jasper aclarándose el otro pie—. El ejército conoce bien la importancia de los cocineros. Los soldados no avanzan si tienen el estómago vacío. Las ollas son tan importantes como los cañones. ¿Este jabón es tuyo?
—Sí —respondió Edward, sentándose en la cama mientras Whitlock metía la cabeza debajo del agua.
—Anda, lávame el pelo, por favor. Aunque voy a oler como si hubiera estado en un burdel cuando salga de aquí.
—Olerás como un caballero —replicó Edward, agachándose detrás de la bañera—. La camisa que llevo es la única limpia que tengo hasta que las lavanderas de Belmont se apiaden de mí, así que yo que tú iría con cuidado de no salpicarme.
—Estoy temblando de miedo.
Su hermanastro respondió dándole una colleja antes de empezar a enjabonarle el pelo.
—¿Cómo están tus mujeres? —preguntó, sintiendo que el corazón se le encogía al pensar en Alice y en el parto que se acercaba.
—Em dice que está enorme, que pronto no cabrá en casa. Por suerte, en el norte no hace tanto calor. Ya le cuesta bastante dormir, sólo le faltaría el calor. Y yo no puedo evitar estar preocupado. Doy vueltas en la cama y no la dejo descansar. Es una cadena. Y Winnie no pierde detalle de nada, pero lo lleva bien. Me encargó que te dijera que practica muuucho con el piano. Y aunque no sé decirte si mejora, lo que sí puedo asegurar es que hace mucho ruido.
—Levántate —le ordenó Edward—. Esto ya está. —Cuando Whitlock se puso en pie, Cullen lo enjuagó con una jarra de agua y le dio una toalla para que se secara.
—Los baños calientes son una maravilla —reconoció Whitlock, suspirando—. Uno no les da importancia hasta que no puede disfrutar de ellos. Cuéntame. ¿Qué hay de esa bucólica monstruosidad que has adquirido? Belmont dice que lleva años abandonada, pero que tiene arreglo.
—Si él lo dice, será verdad —respondió Edward, sorprendido por cómo corrían las noticias. Y por la rapidez con que Whitlock había vuelto a vestirse—, pero queda mucho trabajo por hacer. Todavía tardaré todo el verano en dejarla habitable.
—¿Y qué son estos rumores que me han llegado sobre una viuda, hermanito? —inquirió Jasper, poniéndose las botas—. ¿Venía con la finca, igual que cierta hija mía? —Rodeándole los hombros con el brazo, se dirigió con Edward hacia la puerta.
»No temas, confiesa, soy la discreción personificada. Sólo se lo cuento todo a Alice. El problema es que Winnie tiene una facilidad pasmosa para oírnos. Y luego resulta que Alice le escribe a Rosalie y que Winnie le escribe a su prima Rose. Al final, no sé cómo lo hago pero no paro de recibir cartas de su gracia.
—Pues me has convencido.
Whitlock abrió la puerta antes de que Cullen pudiera añadir nada más y se quedó clavado en el sitio.
—Hermanito —dijo Jasper, soltando los hombros de Edward—. Tienes suerte de que esté enamorado de mi querida Alice. Si no, te diría que acabo de ver a la futura condesa de Rosecroft. Señora —saludó Whitlock, tomando la mano de Isabella e inclinándose sobre ella—, Jasper Whitlock, conde de Rosecroft, su humilde servidor.
—Edward, ¿por qué no me habías dicho que tu hermano era conde? —preguntó Isabella, mirándolo sorprendida.
—No culpe a mi hermano por mi modestia —le dijo Whitlock, que, sin soltarle la mano, se la puso en el brazo para acompañarla al piso de abajo. Mientras Edward seguía buscando una buena excusa, Jazz siguió hablando—: Hace muy poco que me nombraron conde, menos de un año, y las circunstancias no fueron exactamente... alegres. A mí mismo me cuesta acordarme de que soy el nuevo conde de Rosecroft; no espero que los demás lo hagan. ¿Me permite acompañarla a comer?
Mientras Whitlock seguía flirteando con Isabella de camino al comedor, Edward los observó a placer. Ella se había ruborizado, pero se notaba que estaba disfrutando del encanto irlandés de Jasper. Poco a poco se iba sintiendo más cómoda y empezaba a responder a sus coqueteos.
Le alegraba verlos pero al mismo tiempo se iba sintiendo cada vez más melancólico. Axel y Abby se unieron a la conversación y Edward los observó con detalle. Isabella tenía razón: se notaba que entre ellos existía la misma complicidad que entre Whitlock y Alice, y que entre Emmett y su Rosalie.
O entre David y Letty.
O entre Nick y Leah.
«Maldita sea.»
—Estás muy callado —observó Whitlock, volviéndose hacia su hermano—. Eso es malo. Quiere decir que estás tramando alguna travesura.
—Quizá. Los hijos de Belmont son una mala influencia para mí. ¿Podría repetir de judías verdes?
—¿Judías verdes? ¿Las que van bañadas con caldo de pollo y almendras fileteadas? —bromeó Belmont, pasándole el cuenco—. Ya me he fijado en que te las comías en un tiempo récord. Diría que eres tú el que da mal ejemplo a mis hijos.
—Necesitas un invernadero para tener verduras todo el año —dijo Abby, con una sonrisa—. Estoy segura de que Axel ya está planeando construir uno, ¿me equivoco?
—No te equivocas nunca. Y sí, tengo planes. Muchos planes. Y tú estás en todos ellos.
Abby puso los ojos en blanco y se volvió hacia Isabella.
—¿Ves lo que tengo que soportar? Dejemos que esta pandilla de depravados discuta el estado de la nación, Isabella. Vayamos a tomar el postre a la terraza.
—Buena idea. —la joven se levantó, y los hombres lo hicieron con ella.
—Nos han abandonado —suspiró Axel—. Bueno, como diría María Antonieta, que coman pasteles.
—No me gustaría que acabaran como ella —señaló Edward.
—A mí tampoco, aunque reconozco que yo ya hace tiempo que perdí la cabeza —admitió el botánico, mirando a su esposa con una sonrisa mientras se retiraba.
Edward puso los ojos en blanco.
—Que alguien abra una ventana. Necesito aire fresco. —Aunque tal vez lo que necesitaba era un rato a solas con Isabella.
Darius Lindsey tenía sus razones para haber decidido pasar el verano pegado a los talones de Edward Cullen escondido en la campiña de Oxford. Se lo había tomado como una especie de penitencia, aunque sabía que también tendría su recompensa.
Lo que no había esperado era pasárselo tan bien. Sorprendido y algo disgustado, tuvo que admitir que quizá ése estaba siendo el verano más divertido desde que había dejado atrás la niñez. Se levantó de la hamaca y se desperezó lentamente al ver que el ejército de obreros y de limpiadoras de Edward se disponía a hacer una pausa para comer.
No. Era sábado. Eso quería decir que estaban a punto de marcharse. La jornada del sábado acababa a la una y ya no volverían hasta el lunes.
Cuando hubo dado buena cuenta de una comida a base de tortitas con mantequilla y mermelada de frambuesa (que Edward le había enseñado a preparar esa misma semana), ya no quedaba ni un trabajador en la finca. Tenía la tarde entera por delante. Era una tarde perfecta para tumbarse junto al estanque con un libro y quedarse dormido en el silencio.
«Dios bendiga a Axel Belmont», pensó Darius mientras se equipaba con toallas, una camisa limpia, los útiles de afeitado y una taza de infusión de menta fresca.
—¡Ah de la casa!
Contrariado, Darius salió de la fresquera y vio a un hombre montado en un bonito caballo castaño. El jinete, rubio y de ojos azules, se veía cómodo en lo alto del animal, y no sólo por la calidad de su ropa.
—Saludos —dijo Darius tranquilamente, con la toalla al hombro y los útiles de afeitar en la mano—. Darius Lindsey. Bienvenido a la propiedad del señor Cullen. ¿Y usted es...?
—Alguien que ha llegado en el momento adecuado para darse un baño, según parece. —El hombre desmontó sin esperar a que lo invitaran a hacerlo y le tendió la mano—. Sir Dewey Fanning, a su servicio, señor Lindsey. El señor Cullen espera mi visita. Hablamos el miércoles, durante el mercado.
—Sí, lo mencionó. —Darius estrechó la mano del visitante—. Mi baño puede esperar. Edward me dijo que era el juez de paz suplente.
—Sí, tengo ese honor.
Tras llevar al caballo de sir Dewey al establo, Darius lo guió hasta el lugar del incidente:
—¿Desde dónde cayeron las tejas exactamente?
Darius le señaló el lugar exacto y luego le mostró el resto de la casa mientras respondía a sus preguntas.
—Jacob estaría contento de ver las reformas —comentó sir Dewey al llegar a la cocina. Estaban cambiando las encimeras para colocar una gran cocina negra y cuadrada que aguardaba ya en medio de la estancia. Habían sustituido las puertas de los armarios superiores por otras de cristal y en un extremo de la estancia se veía la nueva bomba de agua sobre un gran fregadero alicatado.
—¿Conoció al difunto barón?
—No éramos íntimos —respondió Dewey, pasando la mano sobre los azulejos del fregadero—, pero lo conocía lo suficiente como para saber que estaría encantado de que alguien se ocupara de la casa y la propiedad. Sé que nunca habría permitido que cayera en este abandono. Y mucho menos que las granjas estuvieran tan mal llevadas.
—Edward se ocupará de que todo vuelva a funcionar correctamente. —Darius vio que sir Dewey fruncía el cejo mirando al suelo. Tal vez podrían cambiarlo cuando acabaran con las reformas más urgentes. De momento, con las obras era inevitable que estuviera sucio, por mucho que se limpiara.
—¿Los obreros suelen trabajar descalzos? —preguntó sir Dewey, agachándose junto a una puerta que llevaba a la bodega.
—Por supuesto que no. Un clavo o un tornillo oxidados pueden acabar con la vida de un hombre.
—Entonces, échele un vistazo a esto —murmuró sir Dewey—. No me gusta. No me gusta nada.
Sir Dewey Fanning llegó a Candlewick cuando Abby Belmont se estaba preparando para servir el té a sus invitados. Isabella se había retirado a su habitación y Edward se había quedado con una sensación de intranquilidad tan grande que casi agradeció la llegada del juez de paz.
Al menos hasta que escuchó lo que había venido a contarle: que Darius y él habían encontrado dos hogueras preparadas para ser prendidas en casa de Edward, una en el desván y otra en la bodega. Al lado de cada una habían dejado una lata de aceite de quemar y alrededor de ambas había huellas de pies descalzos, unos pies pequeños.
—¿Qué conclusión saca de todo esto? —preguntó Whitlock a sir Dewey cuando éste hubo acabado con las explicaciones—. ¿Cree que alguien ha contratado a niños para que saboteen las obras? ¿O que los niños no tienen nada que ver con los pirómanos ni con los asesinos?
—Es difícil de decir —replicó el hombre—. Belmont, ¿alguna sugerencia?
—¡Dios del cielo! —exclamó Axel, pasándose una mano por el pelo—. De momento, sugiero que vayamos a la biblioteca y tomemos algo más fuerte. Me parece que estamos ante algo grave, aunque no tenemos ni idea de quién puede ser el responsable ni de cuáles sean sus motivaciones.
—El motivo —dijo Edward, cuando Axel le hubo puesto una copa en la mano— está claro. Quieren desanimarme, que abandone las reformas.
—Desanimarte en el mejor de los casos —refunfuñó De vlin—. La otra opción es mandarte directo al infierno.
—No lo creo. —Cullen dio un buen trago—. Como ha señalado sir Dewey, las hogueras estaban preparadas pero no las han prendido. Las tejas tampoco hicieron daño a nadie y las posibilidades reales de que cayeran encima de mí eran escasas.
—Esas tejas, ¿las pudieron aflojar chiquillos? —inquirió Axel.
Sir Dewey asintió.
—Niños pequeños no, pero un poco más creciditos, con las herramientas adecuadas, sí. Igual que las hogueras. Pueden haber cogido la madera de cualquier rincón de las obras y apilarla alguna noche. Los chicos suelen ir a bañarse al estanque, así que a nadie le extrañaría verlos cerca de la casa.
—No puedo evitar preguntarme —Edward cruzó la mirada con la de su hermano— ... si la misma persona que quiere ahuyentarme ha amenazado a Isabella Black durante estos años para impedir que se ocupe del mantenimiento del lugar.
—Interesante teoría —admitió Whitlock mirando el líquido que daba vueltas en su copa—. ¿Por qué no la llamamos y que responda ella en persona?
—Porque es sospechosa —dijo sir Dewey, con la voz muy calmada pero atravesando a Edward con la intensidad de su mirada—. ¿Me equivoco?
—¿Isabella? —Cullen soltó el aire, tratando de separar los sentimientos de la información que estaba recibiendo—. En mi opinión, no. No me parece una persona malvada. No la veo capaz de hacer daño a los demás.
—Ahora habla usando la cabeza —repuso Axel finalmente, al ver que nadie se atrevía—. ¿Qué te dice la lógica?
—¿La lógica? —Edward frunció los labios, estudió la copa y miró a todas partes menos a su hermano.
—La lógica —respondió Whitlock, rompiendo el silencio— dice que la señora Black tiene derecho a las rentas vitalicias de una propiedad de la que no se ocupa. Y que lo ha mantenido en secreto. La lógica dice que está ocultando algo. Y que si no está interesada en mudarse a la casa grande, ¿qué le importa si se quema o si las reparaciones no llegan a buen puerto?
—Eso no nos aclara el motivo —señaló sir Dewey—, pero sí nos dice que interrogarla directamente quizá no nos aporte nueva información.
—Pues tendremos que hacerlo de manera indirecta —replicó Whitlock—. Todo sirve: fisgar en su entorno, conseguir que los abogados y procuradores hablen, derribar sus barreras... Tenemos que saber si está implicada o no antes de acusarla.
—Pues a mí me parece que ya la habéis acusado de cargos bastante graves sin haber establecido ni sus motivos, ni si ha tenido la oportunidad de cometerlos. Pasa casi todo el tiempo con Phil y con Day excepto cuando está conmigo. Puede haberse colado en la casa en mitad de la noche y apilado leña, pero me cuesta mucho creerlo. Igual que me cuesta mucho creer que se haya aliado con los chicos del pueblo para hacer algo así. Sé que no le gustan y que no se fía de ellos.
—Buenos argumentos —admitió Whitlock, lo que ya era mucho—, pero el caso es que hay alguien que quiere perjudicarte, a ti o a la propiedad, y que ella sale ganando si tú abandonas la finca.
Edward se levantó y dejó la copa vacía en el aparador.
—No estoy de acuerdo. Sale ganando más si me permite continuar con las obras y deja que invierta una fortuna en la casa. Por ley, puede mudarse cuando le apetezca y disfrutar de los frutos de mi esfuerzo hasta que se muera. Y no podría ni subirle el alquiler ni echarla. Lo peor que podría hacerle sería compartir la casa con ella.
—Tienes razón —reconoció Jasper. La idea de haber ganado una batalla a su formidable hermano era extraordinaria, pero éste no se había rendido aún—. No me gusta reconocerlo, pero tienes razón. Es mucho más cómodo tener un sospechoso, pero no creo que Isabella Black gane nada incendiando la casa.
—Y no olvidemos otra cosa. —Edward se volvió para encarar a los tres hombres—. Isabella está en su derecho de vivir en la mansión y de cobrar las rentas de las granjas. Yo puedo irme a vivir a otro sitio, tengo otras fuentes de ingresos, pero puede que ella no. Es posible que la persona que está detrás de los ataques no busque perjudicarme a mí sino a ella.
—¡Qué complicado! —exclamó Axel, observando la licorera.
—Sí —admitió Edward, dirigiéndose hacia la puerta—, sobre todo para mí. ¿Qué le digo yo ahora a Isabella?
Cuando Cullen salió de la habitación, los tres hombres guardaron silencio.
—No puedo quedarme mucho tiempo, Alice no va a esperarme cuando le llegue la hora —dijo Whitlock—. Y McCarty tampoco puede abandonar sus responsabilidades, pero Edward necesita refuerzos.
—Estoy de acuerdo —corroboró Axel—, pero no le va a gustar. No le hace ninguna gracia que se metan en sus cosas ni en su vida.
—Mala suerte. A mí no me gusta que hagan hogueras en casa de mi hermano —replicó Jasper—. Envía unas cuantas cartas y veamos con cuántos refuerzos podemos contar.
Isabella se había librado de bajar a tomar el té alegando cansancio, pero aunque la cama era grande y mullida, no había podido dormir. Y eso que estaba francamente fatigada. Llevaba días durmiendo poco y mal. Pero también estaba preocupada. Al salir al jardín, vio al atractivo causante de sus preocupaciones sentado tranquilamente a la sombra de los árboles.
No, se corrigió, Edward Cullen no era el causante de sus preocupaciones, aunque estaba resultando ser un potente catalizador. Tenía que aclarar las cosas con él. Era muy probable que se enfadara con ella y que dejara de visitarla, pero no podía seguir engañándolo. Las mentiras no hacían más que crecer y la situación se estaba volviendo insoportable. Al acercarse, sus miradas se cruzaron. Isabella siguió caminando con toda la determinación que le permitía su estómago revuelto por los nervios.
El miedo era un viejo y conocido enemigo. Desde la muerte de Jacob no había dejado de estar asustada en ningún momento. Algunas veces era más intenso que otras; unas veces era malo; otras, peor. Últimamente había evolucionado y crecido. Ahora ya no sólo tenía miedo por ella, sino también por el hombre al que estaba a punto de enfrentarse. Ya era bastante malo que ella se hubiera ganado la enemistad de un tipo sin escrúpulos, pero no podía permitir que alguien tan bueno y noble como Edward tuviera que sufrirla también.
—Hola —saludó y esperó la respuesta de Cullen. Éste seguía mostrándose cariñoso cuando estaban a solas, pero parecía como si notara que ella no estaba siendo del todo sincera con él, porque últimamente se mostraba muy reservado.
—Hola. —Ed le tiró de la muñeca para que se sentara a su lado, bajo los grandes robles de Belmont—. ¿Te has escapado de casa? ¿Estás haciendo novillos?
—Hace mucho calor para dormir. Además, tengo demasiadas cosas en la cabeza. —Dos verdades para empezar. Isabella se dijo que era un buen comienzo.
—Sí, pareces hundida bajo el peso de tus pensamientos. —Era una frase prudente y neutra, pero Isabella captó las dudas que ocultaba. No podía esperar más. Tenía que hablar con él.
—Tengo que decirte algo que no te va a gustar. Sé que voy a decepcionarte.
—¿Por qué? —preguntó, sin rodearla con el brazo.
—No he sido... del todo sincera contigo —respondió ella, deseando sostenerle la mano izquierda entre las suyas como había hecho otras veces.
—Nunca le he levantado la mano a una mujer, Isabella —dijo Edward, tratando de tranquilizarla, pero consiguiendo justo lo contrario. Por supuesto que no iba a pegarle—. Ni siquiera la voz. Y eso que tengo cinco hermanas.
Él no dijo nada más y ella se convenció de que sospechaba que le había estado ocultando información.
El silencio se dilató entre ambos. Edward la tomó de la mano, pero Isabella siguió sin decidirse a hablar.
—Sé que algo te preocupa y, como soy un hombre vanidoso, espero que no sean mis atenciones íntimas. Al menos, no directamente. Pero si tienes algo que decirme, Isabella, no esperes más. Si no, nuestra relación se quedará en un punto muerto.
Isabella se arriesgó a mirarlo y no vio censura en sus ojos, sólo seriedad y determinación. Edward la había advertido desde el principio. Le había dicho que quería algo más que un revolcón y una despedida amistosa. Que si iban a ser amantes, también quería que fueran amigos.
—¿Cómo está la mano? —preguntó ella, sin venir a cuento. El corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía oír sus pensamientos.
—Me duele —respondió él sin aspavientos—. No deja de dolerme en ningún momento, pero no tanto como en primavera. Háblame, Isabella. Cuéntame lo que sea. Por favor.
«Por favor.»
Iba a echarlo de menos. Lo iba a añorar con un dolor agudo en las entrañas que tardaría en calmarse. Tal vez nunca lo hiciera. Y lo peor era que nunca había sido realmente suyo.
—La propiedad —habló al fin mirando al frente— está en tan mal estado por mi culpa. Hace cinco años estaba mal, pero hubiera sido fácil repararla. Luego sufrimos varias tormentas seguidas y... no hice nada por salvarla.
Edward asintió como si sus palabras no lo sorprendieran.
—¿Y por qué ibas a pagar las reparaciones si no eres la propietaria, ni tienes una asignación, ni una casa adecuada a tu condición de baronesa viuda?
—Sí que la tengo —confesó Isabella, con un nudo en la garganta—. Tu casa es la casa que Jacob me asignó. Él sabía que me gustaba porque era discreta y las granjas estaban en buen estado. Es una propiedad que no va ligada al título, pero Jacob estableció que podía disponer de ella mientras viviera. Mike sólo es el propietario nominal. Él es más joven que yo, así que lo normal sería que la finca volviera a los Swan a mi muerte.
—Entiendo que, por algún motivo, decidiste no reparar la propiedad —resumió Edward—. Pero ¿qué has hecho con las rentas, Isabella?
La voz de Edward no sonaba enfadada. Era suave, casi resignada.
—Las rentas están en el banco —respondió ella, llegando al límite de lo que estaba dispuesta a reconocer—. Tenía la intención de solucionar los problemas graves de las granjas, pero no sé lo suficiente para distinguir lo que es realmente urgente de lo que son las quejas cotidianas de los granjeros.
—Ya veo —dijo Edward, sosteniendo la mano de Isabella entre las suyas pero sin acariciarla—. Bueno.
Isabella permanecía inmóvil a su lado, como si estuviera esperando a que empezara a reñirla.
Pero lo que él sentía era un gran alivio —tristeza también, pero sobre todo alivio— porque ella le había confesado su mal uso de las rentas. No podía culparla por no haber querido ponerse en manos de Mike, pero tampoco podía excusarla alegando desconocimiento del correcto cuidado de la propiedad.
—¿Bueno? —Isabella lo miró con ojos de los que había apartado cualquier atisbo de emoción. Edward le soltó la mano, dolido, y Isabella bajó la cabeza hasta que él le rodeó los hombros con el brazo.
—Bueno —repitió él, besándole la sien con ternura—. Estás siendo honesta conmigo y te lo agradezco. La pregunta es ¿qué hacemos ahora?
—Me imagino que no querrás volver a ver a una mujer que te ha mentido —dijo ella, abatida—. Yo me odio por ello, así que supongo que tú me odiarás también.
—¿Ah, sí? —Edward acarició la coronilla de Isabella con el mentón—. Lo que yo veo es que el actual barón te ha hecho desconfiar de los hombres. No me extraña que te haya costado confiar en uno que sólo pretendía meterse en tu cama.
—Tú no eres así.
Ed resopló con delicadeza.
—Todos los hombres somos así. Yo tampoco he sido del todo sincero contigo, Isabella. —Edward se sintió sorprendido por haberlo admitido pero, al mismo tiempo, bastante aliviado.
—¿De veras? —Isabella levantó la cabeza, interesada—. ¿Puedes serlo ahora?
Podía, pero no iba a serlo. Al menos, no del todo.
—Hablé con Cheatham. Me contó que tú recibías las rentas. En el documento de propiedad también aparece tu derecho a recibirlas, pero no me había molestado en leerlo en detalle hasta que me reuní con él. En realidad, lo que Cheatham me contó habría podido saberlo si hubiera leído el documento con la suficiente atención en un principio.
—Ya veo. —Isabella apoyó la cabeza en su hombro—. ¿Te habrías acostado conmigo si hubieras sabido desde el principio que no estaba siendo sincera?
Edward guardó silencio mientras reflexionaba.
—No lo sé. Es posible. Te deseo mucho y comprendo tus razonamientos. Yo tampoco te he hablado de matrimonio, de no ser que te quedaras embarazada. No puedo culparte por procurar por tus propios intereses.
—Pues a mí me cuesta creer que hubieras venido a buscarme sabiendo esto.
—¿Por qué?
—Porque no lo hiciste —respondió en voz baja—. Ni en la manta bajo el sauce ni en la hamaca. Pudiste hacerlo, yo no te lo habría impedido. Cuando quieres, eres muy convincente.
«Convincente.»
—Tenemos problemas más graves que éste ahora mismo —dijo Edward, luchando contra el deseo que se había apoderado de sus partes más íntimas con la contundencia de una banda de timbales.
—¿Qué problemas? —Isabella levantó la cabeza para mirarlo de nuevo—. Si quieres poner fin a nuestro... coqueteo, lo entenderé. Cuando acabes las obras, seremos sólo vecinos. Al menos hasta que vendas la finca.
—¿Coqueteo? —repitió Edward, frunciendo el cejo—. ¿Me consideras convincente, pero a mis intentos de seducción los llamas coqueteos?
Ella bajó la mirada, sin seguirle el juego.
—En cualquier caso, lo entenderé.
—Muy amable por tu parte. —El cejo de él se frunció aún más mientras trataba de comprender qué era lo que le molestaba tanto—. ¿Y yo? ¿Se entiende que tengo que ser igual de comprensivo si tú dejas de estar interesada en mí? ¿Si decides que seguir con un hombre que busca un poco de honestidad en su relación es demasiado esfuerzo? ¿Si prefieres arrancar las malas hierbas de tu jardín a compartir una tarde de pasión en mis brazos?
Isabella se volvió para mirarlo.
—No he perdido el interés, Edward. Ojalá lo hubiera hecho, porque no entiendo cómo toleras estar en mi compañía. Pero sigo deseando que me abraces. Deseo estar cerca de ti, aspirar tu aroma a cedro y a algo más que no distingo. Deseo sentir la textura de tu cabello entre los dedos y tu sabor en mi lengua... —Isabella se detuvo bruscamente, tal vez sobrecogida por sus palabras y por la vehemencia con que las había pronunciado.
Por la verdad que escondían.
Edward volvió a apoyarle la cabeza en su hombro.
—Me ha quedado claro. —Muy claro. Se sentía mucho más tranquilo.
Mientras permanecían sentados en silencio, Edward disfrutó de su confesión. Sus palabras le habían hecho muy feliz, pero no quería admitirlo. El asunto del dinero escondido era preocupante, aunque legalmente era suyo, y puede que Edward hubiera hecho lo mismo de encontrarse en su situación.
Su reticencia a hablar del asunto era aún más preocupante, aunque tampoco debía olvidar que sólo hacía un mes que se había mudado a la casa.
Sus hermanos habían tardado años en confiarle algunos de sus secretos, y eso que él no les había estado ocultando información tan importante como sus lazos familiares con un duque. Era algo que debía tenerse en cuenta. Pensar en esas cosas estaba destrozando su lujuria... También lo animó a ser más sincero con Isabella.
—Tenemos un problema más grave.
Ella permaneció apoyada en él. El contacto de sus cuerpos era un gran consuelo, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que les costaba confiar el uno en el otro.
—¿Cuál?
Edward le rodeó los dedos con la mano y se llevó los nudillos a la boca para darle un suave beso antes de seguir hablando:
—Bueno —rectificó, con un suspiro cansado—, supongo que debería decir que tengo un problema más grave. Creo que alguien trata de matarme.
La mañana del lunes amaneció húmeda y fresca. El carro estaba ya cargado de comida, ropa, más comida y unos cuantos libros, todo cuidadosamente protegido por lonas impermeables.
Tampoco se habían olvidado de las armas de fuego ni de las municiones, que viajarían al lado de otras provisiones, un catalejo y la ballesta que el abuelo materno de Day y Phil les había regalado.
Los adolescentes se habían echado en la parte trasera del carro como de costumbre y Abby se estaba despidiendo de Isabella. Whitlock estaba examinando las cinchas de su caballo.
—¿Es demasiado temprano para tu mozo de cuadra? ¿Nos hemos levantado antes que él? —bromeó Edward, al ver a Jasper ajustarse los estribos.
—Lo envié a hacer unos recados el sábado —respondió Axel—. No creo que tarde en volver.
Edward se volvió hacia el carro y vio que Abby se estaba despidiendo de Isabella con un abrazo, algo que no había sucedido en sus visitas anteriores.
—Ojalá la hubiera convencido para que se quedara aquí.
—Ya lo hemos discutido. Lo mejor es seguir con la rutina habitual siempre que sea posible, así que la señora Black debe seguir arrancando las malas hierbas de sus petunias y tú debes volver a explotar a tus trabajadores.
—No me gusta.
—Whitlock os cubrirá las espaldas —le recordó Axel—, y sir Dewey se dejará caer por ahí. Además, yo me pasaré a mitad de semana. Y los abogados y procuradores están avisados. En caso de que alguien vaya haciendo preguntas sobre la finca, nos alertarán.
Edward también había enviado algunas cartas que podrían ser de utilidad, pero de momento prefería mantener esa táctica en secreto.
—En ese caso, supongo que nos veremos el próximo fin de semana, si no antes.
—Será antes —le aseguró el botánico, mirando al cielo—, si el tiempo no lo impide.
—Bien. —Cullen se volvió para dirigirse hacia el carro, pero una mano en el hombro se lo impidió.
—Buen viaje —le deseó su amigo, envolviéndolo en un abrazo y dándole palmadas en la espalda antes de soltarlo—. Espero que lleguéis a casa antes de que empiece a llover.
Edward subió al carro al lado de Isabella, tomó las riendas en sus manos enguantadas, le hizo una señal a Whitlock y puso a los caballos en marcha. Jasper pasó delante para evitar el polvo que levantaba el carro. Tras permitir que el castrado estirara un poco las piernas, lo puso a un trote relajado. Estuvo a punto de saltarse el desvío que conducía a la propiedad de Edward, pero un grito y un gesto de éste lo evitaron.
—Me ha dicho Belmont que has avanzado mucho con las obras —comentó su hermanastro mirando a su alrededor mientras se acercaban al establo—. Y en muy poco tiempo. Tal vez deberías empezar a pensar en contratar servicio.
Edward negó con la cabeza mientras desmontaba.
—Aún es pronto. Falta mucho por hacer en el interior. Y en los campos. Y en las granjas.
—Y Ed insiste en hacerlo casi todo personalmente —añadió Isabella. Volviéndose, dijo por encima del hombro—: Chicos, despertaos. Vuestro palacio os aguarda.
—¿Ya es hora de comer? —preguntó Day, sentándose y mirando a su alrededor.
—Es hora de descargar el carro y guardar los caballos —replicó Edward—. Y más nos vale darnos prisa si no queremos mojarnos.
—Vamos, mis muchachos —dijo Whitlock, guiñándoles el ojo—. Será mejor que descarguemos rápido nuestros artículos de contrabando antes de que nos descubra la policía de aduanas.
Edward levantó los brazos para ayudar a bajar a Isabella.
—Pienso acompañarte a casa, así que no te molestes en protestar. Y lo primero que voy a hacer es instalarte unos cuantos cerrojos en las puertas. —Isabella asintió en silencio y cogiendo un cesto de paja, siguió a Ed—. ¿Qué llevas en esa cesta, señora Black Engle?
—Tartas de manzana. Tu hermano le enseñó a hacerlas a la señora Stoneleigh. Ambos insistieron en que me llevara unas cuantas.
—Hicieron bien —afirmó Edward mientras cruzaban el bosque—. En una despensa nunca hay demasiadas tartas de manzana. Sobre todo si las hizo Whitlock. He desayunado poco, así que espero que me guardes una para cuando acabe de colocar esos cerrojos.
—Por supuesto.
Edward la miró y deseó que le quedara una mano libre para dársela, pero las tenía ocupadas con la bolsa de viaje de Isabella y una caja de herramientas.
—Por mucho que hayamos hablado este fin de semana, y que hayamos aclarado el asunto de las rentas, sigo sintiendo que las cosas no se han arreglado del todo entre nosotros. Te noto muy fría.
—Saber que alguien está planeando un incendio en el mejor de los casos y un asesinato en el peor me preocupa. Lo admito, señor Cullen.
—Lo siento —dijo Edward, al llegar al porche trasero.
—¿Lo sientes? ¿El qué?
—Siento haberte metido en todo esto —respondió, abriendo la puerta y manteniéndola así para que Isabella entrara en su casa—. Tú vivías aquí segura y en paz hasta que llegué yo, rompiendo el silencio y la rutina. Y ahora, encima, tienes que preocuparte por tu seguridad. Cuando descubramos quién está detrás de todo esto, tendrá que pagar por muchas cosas, pero sobre todo por eso.
—Pasa —le pidió Isabella, entrando en la cocina—. Y bienvenido. No habías llegado a entrar nunca, ¿verdad?
—Sólo para meter en la cama a la Bella Durmiente y estaba oscuro —contestó él, sonriendo y mirando a su alrededor—. La casa es como tú. Bonita, ordenada, organizada..., pero distinta a lo que uno esperaría.
El elemento principal de la vivienda era una gran chimenea que se levantaba del suelo para poder apoyar los pies sobre la piedra, secar calcetines o calentar agua. Varias cacerolas y ollas de hierro colado estaban preparadas para ser colgadas sobre el fuego, igual que una tetera. Y para cuando hacía demasiado calor para encender la gran estufa, había una más pequeña en una esquina, frente al fregadero. Dicha chimenea daba a dos estancias de la casa. Por un lado, a la cocina, que estaba unida a la sala de estar, y por el otro lado, al dormitorio.
Había saquitos y cuencos con hierbas secas en todas las esquinas, que llenaban el aire de un aroma floral muy fresco.
Isabella se quedó mirándolo con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Ah, sí? ¿Y qué esperabas?
—¿Puedo echar un vistazo al dormitorio antes de opinar?
La habitación era luminosa y muy aireada. Las ventanas sólo estaban cubiertas por cortinas, que se movían con el viento. Encima de la cama se veía una estantería llena de libros. Había un armario ropero, donde suponía que guardaría los vestidos y los zapatos, y un arcón de madera de cedro al pie de la cama para la ropa más íntima y delicada. Tanto la cama como el armario y el estante eran de pino, una madera muy sencilla pero clara, por lo que la estancia parecía muy alegre.
Y la cama... Quizá había sido diseñada para tener dosel, pero no era así. Estaba cubierta con una vieja colcha blanca muy fina y suave, probablemente de tantas veces como había sido lavada. Edward entró en la habitación, aspiró el aroma a lavanda y acarició la colcha.
—Deliciosa.
—Humilde —replicó Isabella, entrando tras él y quedándose a su lado, observando la cama—. Los muebles estaban en una habitación de invitados en Roxbury. Iban a subirlos a una de las del servicio, pero me los quedé sin pedir permiso a nadie.
—Es una habitación bonita y práctica. —Edward dejó de fijarse en los muebles y clavó la mirada en su dueña—. Igual que tú. Y si no nos vamos de aquí pronto, Isabella Black, voy a querer meterte en ella. Y voy a querer desnudarte y oírte decir mi nombre entre jadeos hasta que pierdas el mundo de vista.
