VII

No sabía qué había ocurrido ni con Kine'mon ni con el hombre que se había presentado como Franky, lo que le molestaba sobremanera. Aunque quizás le enojaba más no recordar bien la cara del segundo hombre. Se estaba hartando de olvidar las cosas demasiado rápido. Ni siquiera sabía bien en qué momento había aparecido, ni qué había hecho para darle tanta importancia, pero su mente no lo había borrado por completo. Quizás fuese por eso que llevaba toda la mañana pensando en él, desde que se había puesto a lavar las ollas que habían quedado hasta ese momento. Ya lo habían regañado por no lavar, y lo único que faltaba era que su jefe, que recién había aparecido en la cocina con un cigarro en la boca, lo regañara por estar lavando.

—¿Todavía te mueves? Deberías darme las gracias, es como un entrenamiento personal.

Quizás Vinsmoke sabía, o por lo menos había intuido, que el juego rutinario del gato y el ratón no sería tan divertido por los ánimos del mesero, que no le dejaban pelear en paz. Es decir, lo que en verdad era para agradecer era que había pasado de largo sin insistir.

Su cabeza lo estaba matando, le dolía y la sentía pesada, como si tuviera sueño. Había llegado a la conclusión de que tal vez era el estrés del trabajo lo que lo tenía tan mal, y que quizá esa oscuridad era producto de la falta de sueño.

Después de comenzar a servirles a los primeros clientes del día tuvo que apoyarse en la barra antes de que la siguiente ronda de platillos fuera servida. Un cliente había estado tarareando la misma canción que escuchó cuando había estado con Franky, aumentado el dolor de cabeza y el deseo de mandar el trabajo al diablo entre irse.

—¡Despierta, niño! —gritó el primer marine del día, y decidió ignorarle para no alterarse todavía más.
—Perdone, señor, ¿qué desea ordenar? —preguntó apoyando su mano en la silla desocupada de la mesa para evitar caerse por el mareo que causaba esa canción en su mente.
—¿Cómo que qué deseo ordenar? —El hombre del afro y perilla le miró confundido y molesto.
—¿Qué va a pedir para comer? ¿Sí se da cuenta que está en un restaurante, verdad?
—¿Qué dices?
—Le estoy preguntando qué va a... ¿Sabe qué? Regreso en un momento.

Al sentir la mirada de su jefe molesta sobre su nuca decidió dejar al cliente para que pensara su orden y seguir con el resto de las mesas. Sin embargo, la mano del moreno sostuvo la suya, por lo que la retiró con cierta molestia, siguiendo con su trabajo, caminando con la pesadez que había reemplazado a la gracia de antes. De pronto sintió cómo alguien le halaba del cabello, permitiéndole ver con los dos ojos, incluso haciéndole arquear el cuello. Observó la mirada de su jefe, la sonrisa socarrona que le dedicaba, las cenizas del cigarro que caían en su cara.

—¿Se puede saber qué hacías hablando con ese hombre?
—¿Tomarle la orden? ¿Hacer mi trabajo?
—Pues por su cara, parecía que lo estabas molestando. O bueno, te daré el beneficio de la duda. Parecía que estabas haciendo mal tu trabajo.
—Usted siempre saca las cosas de contexto... —Contuvo un grito cuando Vinsmoke volvió a halar su cabello.
—¿No te dije que no me contestaras? Creo haber dejado claro que te soporto lo suficiente como para que sigas molestando.
—¡Ya, suélteme! —gritó molesto.

El cocinero lo soltó de golpe, haciendo que cayera al suelo y atrajera la atención de todos los clientes.

—¡Vuelve al trabajo! —Ordenó su jefe desapareciendo tras la puerta de la cocina.

Quería gritar, salir de allí lo más rápido posible, llorar como lo había hecho la noche anterior. Pero tenía que continuar con sus labores, terminar el día, aguantar un par de humillaciones más a lo largo de la jornada, que apenas estaba empezando.

Con cierta dificultad se puso de pie nuevamente, y siguió paseándose entre las mesas; apoyándose como lo había hecho cuando atendió al moreno —por mucho que intentara no hacerlo— sobre todo cuando anotaba los pedidos de aquellos marines con expresiones muy parecidas a las del cocinero, quien le seguía observando desde su puesto. Por aquella mirada supo lo que le esperaba cuando fuera a recoger más bandejas de comida. Y, efectivamente, cuando llegó a la barra le recibió una sonora bofetada.

—¿Le parece divertido? —murmuró con la voz ronca por la rabia.
—¿Qué te hace pensar eso? Es todo lo contrario, Serjei, me molesta y me cansa tener que estar gastando energía en corregir a un inútil como tú.
—Entonces parece usted un masoquista.

Cerró los ojos al sentir el líquido más caliente que tibio en su rostro.

—Mira qué insolente viniste. Espero que eso te despierte...- Le dio la vuelta bruscamente para empujarlo hacia el trabajo de nuevo—. Te descontaré ese café, por cierto.

Ni siquiera se molestó en limpiarse o seguir reclamando, al final sólo terminaba peor para él y mejor para Vinsmoke Sanji. Todos en ese restaurante parecían sacados de alguna prisión de alto nivel, peleando todo el tiempo y con cuerpos demasiado trabajados a base de fuerza bruta; él no encajaba en ese lugar y no podía recordar algún otro ambiente que no fuera ese o su limbo personal.

—¡Ey, mesero, ven a limpiar la mesa! —gritó un marine con el afán de seguir molestando. Serjei caminó como normalmente lo haría, tratando de ignorar la rabia y la frustración—. ¡Se cayó un poco de ese café que te escurre de la cara!

Había limpiado ya cada rincón del salón principal cuando el dolor de sus oídos lo hizo trastabillar y caer al suelo, golpeando su cabeza con la pared. Quedó tirado y aturdido, viendo el techo cambiar cada tanto a uno más acogedor, como el de una habitación cualquiera.

—¡Levanta, inútil!

La voz de Sanji sonaba lejos, demasiado como para molestarlo, y las patadas y pisotones casi no se sentían. El dolor de cabeza, oídos y pecho opacó todo lo demás fácilmente.

—Me duele... —dijo al borde del desmayo, a unos cuantos pasos del abismo oscuro al Limbo.
—¡Ey, ¿qué te pasa?! —preguntó una voz que lo confundió más. Lo conocía, pero no lograba encontrar en sus insuficientes memorias de dónde o quién era—. ¡No te hagas el gracioso! ¡Oye!

Abrió los ojos con cierta dificultad, como si tuviera sueño.

—¿Qué pasó? —Estaba en una cama bastante pequeña con el mismo cliente narizón que estaba tarareando más temprano.
—Eso quisiera saber yo...

Hizo lo posible para observar lo que le rodeaba, haciendo que el moreno hablara al aire no porque quisiera ignorarlo, sino porque su mente sólo podía concentrarse en una cosa: el lugar en el que estaba. Sin embargo, no pudo concentrarse lo suficiente, el otro hombre comenzó a gritarle, como si le llamara. No entendía lo que salía de sus labios, pero la forma en que le sacudía, con ansiedad y desesperación, le hizo comprender que algo le sucedía a su cliente, si es que todavía podía considerarle así.

En medio de un torbellino de imágenes que habían dispuesto en un collage interactivo para aumentar su dolor de cabeza, el rubio logró caer en la cuenta de dónde estaba: la misma habitación en la que había charlado con Franky.

—Pero no eres Franky... —murmuró lo suficientemente fuerte como para que el otro lo escuchara y le mirara entre confundido, molesto y divertido.
—¡Eso es obvio, mi amigo! —dijo medio riéndose y ayudándolo a sentarse una vez había dejado de sentir tan pesada la cabeza—. Franky es unas cinco veces yo... ¡Además nadie puede si quiera llegarle a los talones al Gran Ussop!
—¿Eres famoso a algo así?
—¿Tú no me conoces?
—Lo siento... creo que no.
—¡Entonces sí! ¡Soy conocido por cada pirata que alguna vez haya estado en el mar!
—La marina come por aquí... Es peligroso.
—No me vuelvas a mencionar a la Marina... —Su expresión cambió por unos segundos.
—¡Maldita sea! —soltó acurrucándose sobre sus piernas hasta tener su pecho recto sobre sus muslos.
—¿La cabeza?
—Todo. Los oídos se han sumado a lista...
—¿Sabes? Deberías dejar de tocarlos así... —El otro tomó sus manos y las apartó de su cabeza, provocando un grito por parte del rubio—. Ya, ya, suelta...

La presión se hacía cada vez más fuerte, su vista se nublaba, acercándolo al Limbo, pasando de esa camilla al vacío, sintiendo desvanecerse. Ya no escuchaba al otro, pero sentía sus manos aferrándose a su cuerpo, sacudiéndole de nuevo, seguramente llamándole otra vez. Aunque ya no servía de nada, estaba seguro que estaba a punto de caer al Limbo, y justo antes de terminar con todo, escuchó un grito de enojo y dolor:

—¡Que te dejes de mover así, maldita sea! ¡Sanji, reacciona! —El nombre de Sanji lo confundió, se suponía que lo estaba llamando a él; es decir, era él quien estaba tirado en suelo, o en la cama... Eso dejó de importarle cuando el hombre con el afro seguía llamando a Sanji—. Vamos, Sanji, has un esfuerzo y mírame. —Soltó poco a poco sus manos y de inmediato El rubio volvió a taparse los oídos—. No, no... Trae acá.
—No quiero. Me duele.

Logró enfocar su vista en el moreno por unos segundos, notando la confusión y, hasta cierto punto, la tristeza con la que trataba de apartar sus manos.

—Mira, Sanji, necesito que... —¿Por qué le llamaba como si fuera ese cocinero? Hacía que sus oídos zumbaran con más insistencia, que las imágenes en su cabeza entraran y desaparecieran cada vez más rápido, que se sintiera caer en ese aterrador vacío—. Sanji, por favor...
—¡Deje de llamarme así! ¡Pare, pare, pare, pare, pare, pare, pare!
—¡Voy a parar, voy a parar! ¡Pero deja de hacer eso en tus oídos!
—¡Déjeme! ¡Me duele, suélteme! —El rubio respiraba agitado, el corazón latía demasiado rápido y su vista ya enfocaba nada.
—A ver... Hablemos tranquilos—dijo soltando las manos del mesero—. Te voy a soltar, pero tendrás que dejar las manos en tus rodillas.

Serjei obedeció con cierta desconfianza y sin dejar de ver al moreno en ningún momento.

—¿Quién es usted?
—¿No me recuerdas? ¿Nada? ¿Ni un poquito? —El rubio negó sonriendo un poco por la expresión dolida pero graciosa del otro—. ¿Sogeking?
—Lo lamento, pero no.
—Eres un grosero... Mira que olvidarte de tu gran amigo, Ussop-sama...
—No puedo olvidar... algo que nunca he conocido... —Abrazó sus rodillas con fuerza, sintiendo como si le martillearan la cabeza. No sabía por qué le afectaba tanto el enojo que ese hombre estaba mostrando, pero la sensación del Limbo se volvía diferente, un tanto más opresora.
—Vamos, Sanji, yo...
—¡Que no me diga así!
—Perdona... ¿Cómo tengo que decirte?
—Llámeme por mi nombre... Ser... Serjei... —El silencio del hombre le preocupó, pensando si habría ido a parar a un nuevo lugar que no fuese ni el Limbo ni su especie de lugar para descansar—. ¿Ussop...?
—¿Ah? Sí, perdona San... Serjei.
—¿Dónde estoy?
—Creo que ya estuviste aquí una vez, ¿lo recuerdas? Con un hombre feo y grande con el cabello celeste y voz irritante.
—¿Franky? —El moreno rio con fuerza asustando un poco al confundido muchacho de ojos azules.
—Exacto. Entonces estamos en el mismo lugar donde hablaste con él.
—Disculpe... Pero me ha dejado igual.
—Bueno..., entonces... Estás en la enfermería, la atiende un reno que habla y que se molesta si le dices mapache. —Serjei estaba tratando de asimilar todo y las explicaciones del hombre de nariz larga no le ayudaban—. ¿Demasiado? —Asintió viendo todo el lugar.
—¿He pasado mucho tiempo aquí?
—Pues... más o menos.
—¿Por qué?
—No estoy calificado para explicarte a detalle.
—¿Por qué no?
—Haces demasiadas preguntas...
—Lo lamento.
—¡Deja de disculparte, maldición! Asustas así, ¿sabes? Es mejor cuando te enojas y nos insultas... —Se sorprendió bastante de que alguien dijera algo así, y por lo visto su acompañante pareció recapacitar sus palabras—. Jamás pensé decir eso...

El rubio sonrió ante la confusión del otro y entonces un nuevo dolor, más fuerte que el anterior, lo atacó con imágenes donde alcanzó a distinguirlo a él y a sí mismo peleando o riendo. Pero de nuevo su memoria sólo retenía esos fragmentos de recuerdos por unos segundos. Tuvo que llevarse las manos a sus oídos para tratar de callar el pitido que se colaba entre trozos de la canción que había escuchado por la mañana.

—¡Ya basta! —gritó sacudiendo la cabeza de un lado a otro, tratando de dispersar las imágenes y el dolor.
—No, deja de hacer eso... La sangre... —Soltó un grito al sentir cómo las manos del otro se posaban sobre las suyas, volviendo a hacer presión, evitando que las subiera hasta su cabeza—. Vamos, Serjei, trata de soportarlo, espera que venga Chopper...

No respondió. Estaba demasiado ocupado intentando deshacer el agarre que evitaba calmar su ansiedad, haciendo lo posible por que ese hombre que le confundía le soltara las manos, le dejara llevárselas a los oídos; le dejara hacer algo por dejar de escuchar esas risas, ese llanto, esos gritos molestos, esas conversaciones lejanas... Pero no podía evitarlo.

—¿Quiénes son? —murmuró al borde del llanto. Ya había parado de oponerse, se estaba quedando sin fuerzas y la cabeza volvió a parecerle demasiado pesada.
—¿Quiénes? Aquí sólo estoy yo.

Después dejó de escuchar. El Limbo volvió a arrastrarlo, pero no era su lugar de tranquilidad, era el Limbo del vacío, donde de las voces se confundían unas con otras y el pitido de sus oídos se intensificaba, donde se sentía demasiado pesado como para existir.

—Ya no... —murmuró a punto de perder la consciencia—Sólo... paren.

Pero nadie escuchaba ninguna de sus súplicas. Nadie hacia nada por detener su tormento.


Yume!: Hola! Espero que les haya gustado el capítulo. Muchísimas gracias por continuar leyendo, ojalá que continúen con los demás capítulos también.
Agradecemos a KuraKurapika por su favorito. De verdad, gracias por el apoyo.
Hasta el próximo capítulo!

Rui-chan: Un poco tarde de lo que hemos acostumbrado a estar subiendo, pero bueno... El colegio comenzó, salimos más tarde y... supongo que vamos a estar publicando ya en la noche.
En fin, muchísimas gracias por el apoyo. Llegar a las 210 visitas en las primeras semanas de la historia era algo que, por lo menos yo, no veía posible. Espero que lo sigan leyendo y disfrutando, y nos leemos el miércoles!