Amar a un extraño


Aclaración: los personajes son del grandioso grupo de Clamp, y la historia tampoco es mía, si no de Connie Mason, yo solo tengo el papel de adaptadora con el fin de poder entretenerlos un momento.


Summary:

Con una bala alojada en la espalda y una partida de vigilantes siguiéndole el rastro, Syaoran Li se esconde en el primer sitio que encuentra antes de perder el conocimiento: un destartalado rancho en medio de la nada. Cuando se despierta está siendo atendido por una hermosa mujer. Aunque siempre ha sabido que no se puede confiar en el género femenino, cuando aquel ángel castaño le propone un matrimonio de conveniencia —por un corto plazo de tiempo, a cambio de seguir ocultándole de sus perseguidores—, él sólo puede pensar en cómo hacerla suya para siempre.

Sakura Kinomoto necesita un marido… y lo necesita rápido. De otra manera perderá su rancho a manos de un malvado banquero. El desconocido que aparece en su sótano es como un regalo caído del cielo. Aunque Syaoran le asegura que seguirá su camino después de cumplir con su papel, Sakura siente un profundo deseo en su interior cada vez que la besa y se promete a sí misma que él no se irá a ningún lado sin que ella le acompañe.


Capítulo 7

Sakura intentó comportarse con valentía y aparentar normalidad en la cena de esa noche, pero no lo logró. Ni Cully ni Syaoran mencionaron la visita de Tsukishiro o el embargo del rancho, aunque era en lo que todos estaban pensando. Al final, la joven ya no pudo aguantarlo más; dejó la comida intacta en el plato, se levantó de la silla y salió de la cocina.

Syaoran se dispuso a seguirla, pero Cully le asió el brazo.

—Déjala en paz. Ya no puedes hacer nada. Nadie puede. Y después de que te vayas estará sola, únicamente yo seguiré a su lado. —Clavó su penetrante mirada en Syaoran—. Porque te marcharás, ¿verdad? En ese caso, será mejor que lo hagas enseguida, antes de que la señorita Sakura te coja demasiado cariño.

Syaoran observó a Cully con los ojos entrecerrados. ¿Por qué se sentía como un canalla?

—Creo que seguiré mi camino, sí; pero todavía no es el momento. Aún tengo un asunto pendiente.

—Ese asunto no será la señorita Sakura, ¿verdad? Será mejor que no se trate de lo que estoy pensando.

—¿Y si fuera así? —le desafió Syaoran—. Estamos casados y ya tiene edad para tomar sus propias decisiones. —Aunque acostarse con Sakura no era a lo que se refería Syaoran cuando dijo que tenían un asunto pendiente, las palabras de Cully habían dado en el blanco.

—No te enfades, Li. Sé que la señorita Sakura es mayor, pero ha estado muy protegida durante toda su vida.

Syaoran emitió un bufido de burla.

—No me tomes el pelo. ¿Me estás hablando de la misma mujer que me amenazó para que me casara con ella? Me habría marchado hace mucho tiempo si no me hubiera visto involucrado en sus problemas.

—Te salvó la vida —le recordó Cully.

—Soy consciente de ello. ¿Por qué crees que estoy todavía aquí? Unas palabras dichas ante un cura no me retendrían si no sintiera que le debo la vida. Eres un buen hombre, Cully. Sakura no podría tener mejor protector. Bueno... —se desperezó y bostezó—, creo que me iré a dormir.

Aunque era temprano, Syaoran tenía planes. Esa noche iba a volver a forzar la cerradura del despacho de Tsukishiro para intentar robar la hipoteca.

.

.

.

Con los ojos ardiendo por las lágrimas no derramadas, Sakura miró la oscuridad exterior a través de la ventana de su dormitorio. Sus tierras, las tierras en las que había nacido, las que su padre se había esforzado tanto en trabajar para ella, estaban perdidas. Aquellas exuberantes praderas, los fértiles valles, los arroyuelos saltarines que desembocaban en los ríos que cruzaban las majestuosas montañas que casi rozaban el cielo... Santo Dios, amaba aquel lugar y en él estaba su hogar.

Pensó en Syaoran inconscientemente —aunque lo cierto era que él jamás estaba demasiado lejos de sus pensamientos—, y se preguntó si se sentiría aliviado al ver que sus problemas estaban a punto de terminar. Ahora podría marcharse sin sentirse culpable. Había sido su marido el tiempo suficiente como para frustrar los planes que Tsukishiro tenía para ella y no podía pedirle más. Le dejaría ir como le había prometido desde el principio. Él tenía sus propios asuntos que resolver.

Había llegado a conocerle lo suficiente como para darse cuenta de que jamás pertenecería a una mujer. Que hubiera dejado embarazada, o no, a Cora Lee era un asunto distinto; si se guiaba por la manera en que había intentado convencerla a ella, Syaoran era completamente capaz de planear y llevar a cabo una seducción. Esperaba que todo le saliera bien incluso aunque hubiera preferido que se quedara allí.

De repente, su mirada cayó sobre el camisón que le había regalado. Lo había doblado y dejado encima del taquillón, donde lo podía admirar desde lejos. Se acercó y lo rozó con cuidado, preguntándose cómo le quedaría. Ardía en deseos de probárselo, incluso aunque nadie la viera. Necesitaba consuelo y, por razones que no podía comprender, sabía que aquella prenda se lo proporcionaría. Pensar que Syaoran la había elegido y comprado para ella hizo que se le volvieran a llenar los ojos de lágrimas.

Había perdido sus tierras, su hogar, y también iba a perder a Syaoran. Era su esposa, aunque no en el sentido bíblico de la palabra por lo que no había experimentado la alegría de la pasión. ¿Conocería alguna vez el amor de un hombre?

Tensó la mandíbula con valentía; sus ojos verdes se oscurecieron por la determinación. Puede que nunca conociera el amor de un hombre, pero sí iba a conocer la pasión. Lo único que tenía que hacer era salir de su habitación y dirigirse a la de él. No sabía si amaba a Syaoran y, desde luego, era evidente que él no la quería, pero necesitaba a alguien esa noche, alguien que comprendiera lo que sentía. Miró el camisón con anhelo y tomó una decisión de la que esperaba no arrepentirse.

Se quitó la ropa, se aseó y se puso el camisón, delicado como una telaraña. Entonces se dio la vuelta lentamente y se miró en el espejo. Abrió mucho los ojos al ver la manera en que la tela se ajustaba a su cuerpo, como si hubiera sido creado especialmente para ella. Le pareció que el peinado que llevaba no era el más adecuado, así que se deshizo las trenzas y pasó los dedos por los largos y sedosos mechones, ahuecándolos en suaves ondas que cayeron sobre su espalda. Se preguntó distraídamente si a Syaoran le gustaría cómo le quedaba la prenda... jamás lo sabría si se quedaba en su habitación mirando ensimismada su propio reflejo.

Respiró hondo y salió al pasillo donde la luz que se filtraba por debajo de la puerta de la habitación de Syaoran la atrajo como si fuera una polilla. A continuación se acercó y se detuvo ante ella, apoyando la mano en la manilla. Se estremecía de pies a cabeza, asustada pero también excitada. La anticipación se había convertido en un clamor que sólo Syaoran podría acallar.

Reuniendo todo su coraje, hizo girar el picaporte, abrió y entró. Sólo estaba encendida una lámpara y la habitación se había convertido en un refugio oscuro y misterioso. No le vio de inmediato y se temió que no estuviera allí. Entonces percibió un movimiento y giró la cabeza, justo cuando él salía de entre las sombras. Estaba vestido de negro de pies a cabeza.

Syaoran clavó los ojos en ella y rezó para que no fuera un sueño. No había oído abrirse la puerta, sólo había sentido la presencia de Sakura. Parecía que estuviera cubierta por brillantes y delicadas telarañas; su belleza rivalizaba con la luna y las estrellas. Así, bañado por la luz de la lámpara, el cuerpo de la joven no guardaba ningún secreto para él. Le pareció que el mundo se detenía y que en su corazón y su mente sólo había lugar para la mujer que ansiaba con cada fibra de su ser. No le gustaba usar la palabra lujuria, pero no se le ocurría ninguna otra que explicara la manera en que ella le hacía sentir.

Sakura se estremeció, sintiéndose más viva que nunca, y notó que ardía ante el fuego ámbar que vio en los ojos de Syaoran. Le sostuvo la mirada, temblando, mientras percibía el sensual calor de sus pupilas al vagar por su cuerpo. Se le erizó la piel. Estaba a punto de huir cuando le oyó susurrar algo.

Él intentó hablar, pero sólo logró murmurar su nombre. Se puso duro como una piedra. Había fantaseado con ver a Sakura con el camisón puesto, pero su imaginación no hacía justicia a la realidad: era exquisita; el tipo de mujer con la que sueñan todos los hombres. Su cuerpo era perfecto; sus pechos, altos y firmes, estaban coronados con unos pezones rosados tan delicados como el triángulo de vello que cubría su feminidad; tenía las piernas largas y bien proporcionadas y los tobillos finos y elegantes; sus caderas se curvaban suavemente hacia la minúscula cintura. Y él la deseaba con una pasión distinta a cualquier otra que hubiera sentido en el pasado.

Se acercó a ella y, al moverse, pudo decir por fin las palabras que pugnaban por salir de su garganta.

—Sakura, eres muchísimo más hermosa de lo que había imaginado.

—Es por el camisón —respondió ella nerviosa—. No debería haber venido. —Dio un paso vacilante hacia la puerta.

—¡No! ¡No te vayas! —Llegó a su lado en dos zancadas—. Este es nuestro momento. —Y lo era aunque, desafortunadamente, Sakura hubiera elegido un momento la mar de inoportuno para él. En unas horas estaría camino del pueblo para intentar hacerse con los documentos de la hipoteca.

Sakura se humedeció los labios, que se le habían secado de repente, mientras pensaba que las razones para haber acudido allí ahora parecían inapropiadas.

—El camisón es precioso —farfulló antes de volver a quedarse callada—. Gracias.

—Lo que realmente es precioso es lo que hay debajo.

Syaoran la apretó contra su cuerpo mientras esbozaba una sonrisa.

Sakura se estremeció; el viril y excitante poder que emanaba de él prendía un incontenible fuego en su interior. Se dijo a sí misma que eso era lo que deseaba: a él. Quería tener algo que recordar en las largas y frías noches solitarias después de que Syaoran se marchara.

—Me has cogido por sorpresa, cariño —dijo Syaoran. Le dirigió una sonrisa lenta y sensual—. Dime que no estoy soñando. Te deseo desde hace tanto tiempo... ¿Qué te ha decidido a venir esta noche?

Sakura encogió los hombros. Sus razones ya no tenían sentido.

—Quizá no haya sido una buena idea.

—Ha sido una idea muy buena —susurró él contra su boca, delineando el contorno de sus labios con la lengua y haciéndola estremecer. La escuchó gemir cuando le mordisqueó el labio inferior y se dejó llevar por el beso, arrebatándola de tal manera que ella sólo pudo aferrarse a su camisa.

Sakura sintió cómo Syaoran deslizaba las manos por su cuerpo. La seda creaba una excitante fricción sobre su piel. Él profundizó el beso mientras le acariciaba los pechos suavemente. Cuando abandonó su boca, fue para dirigirse a su oreja, donde le susurró lo delicioso que era su sabor y cuánto deseaba degustar otros lugares de su cuerpo.

Entonces, alcanzó su pecho y le lamió el pezón por encima de la diáfana tela. De repente, Sakura notó que la prenda caía flotando a sus pies. Syaoran la alzó en brazos y la dejó sobre la cama, retrocediendo un paso para admirarla a placer.

—¿Por qué estás así vestido? —preguntó Sakura, consciente de pronto de que Syaoran llevaba una ropa distinta a la que tenía en la cena.

—Hablas demasiado —se evadió Syaoran, dejándose caer a su lado en la cama y besándola otra vez.

A partir de entonces Sakura sólo pudo pensar en los excitantes besos que daba ese hombre.

—¿Me deseas, Sakura? —dijo mientras le recorría todo el cuerpo con las manos, prometiéndole con sus caricias deleites inimaginables.

Sakura tragó saliva, incapaz de mentir.

—Sí, te deseo. ¿Satisfecho?

—No siento satisfacción, cariño, sino euforia. —Se levantó de la cama bruscamente y se deshizo de la ropa. Durante un momento se quedó al lado de la cama, desnudo, permitiendo que ella le observara de arriba abajo.

A pesar del lánguido estado en el que estaba sumida su mente, Sakura estudió la excitación, la belleza del cuerpo de Syaoran y notó un doloroso anhelo en aquel lugar donde más le deseaba.

—Ya me habías visto antes, cariño —le recordó él con suavidad cuando vio que se había quedado boquiabierta de admiración.

—No así.

Cuanto más tiempo clavaba ella los ojos en la parte más masculina de Syaoran, más grande y dura se ponía ésta. Ahora parecía una sólida columna de mármol que sobresalía desde un nido de rizos oscuros. El aire que le rodeaba parecía cargado de electricidad. Nada podía negar el extraordinario poder de su pecho, la robustez de sus muslos y brazos musculosos, ni la plenitud de su vientre plano y sus largas y fornidas piernas. Poseía una elegancia innata a pesar de la promesa latente de una fuerza increíble.

Sakura siempre había admirado el atractivo de Syaoran y lo volvió a hacer de nuevo. Sus rasgos eran marcados y rotundos, implacablemente hermosos, y sus ojos ámbares, tan vividos que parecían poder sondear las profundidades de su alma.

Unos ojos que ahora estaban entrecerrados con diversión.

—¿Qué te parece lo que ves?

Sakura se sonrojó.

—Como has dicho, ya te había visto antes.

Apartó la mirada, clavando los ojos en cualquier cosa que no fuera la intimidante erección de Syaoran.

—No tengas miedo, cariño, intentaré no hacerte daño.

Los muelles del colchón rechinaron cuando se tumbó a su lado y la tomó entre sus brazos. Sakura contuvo el aliento admirando la suavidad de la piel de Syaoran a pesar de la dureza de sus músculos. Pensó que nada le había producido tanta satisfacción como sentir aquel cuerpo contra el suyo.

Él la acarició mientras clavaba la mirada en sus ojos, diciéndole sin palabras que lo único que quería era complacerla. Luego le vio bajar la cabeza y tomar uno de sus pezones con la boca, acariciando el tenso brote con la lengua, succionándolo, mordiéndolo. Entonces ella le cogió la cabeza, pero no para apartarle, sino para acercarlo todavía más. Se apretó contra él, gimiendo suavemente mientras él usaba la magia de su boca, de sus labios y de su lengua en el otro pezón, colmándolo de las mismas atenciones.

La lamió en el valle entre los pechos, dejando un rastro de fuego cuando bajó por su estómago y su vientre hasta acomodar todo el peso sobre sus piernas para besarle el interior de los muslos.

—Apaga la lámpara —dijo Sakura con ansiedad—, no está bien que... me mires.

Los ojos de Syaoran estaban nublados por la pasión cuando levantó la cabeza y la miró fijamente a los ojos.

—Pero quiero mirarte. Eres tan hermosa...

En ese momento, le deslizó las manos debajo de los muslos y se los separó. Luego, ella notó que comenzaba a acariciar lentamente los húmedos pétalos de su feminidad, rozándolos y presionando entre ellos, haciéndola sentir un asombroso placer.

Sakura se estremeció. Las caricias de Syaoran eran muy sutiles y ligeras, completamente embriagadoras, tan seductoras que no podía negarle nada. Se arqueó hacia arriba y él complació la dulce demanda apartando la mano antes de sumergir un dedo en el interior de la apretada funda.

Sakura gritó, consumida por el placer y envuelta en unas sensaciones que sólo había imaginado en sus sueños; perdida en un deseo abrumador que únicamente era capaz de experimentar con ese hombre. Sólo Syaoran podía hacerla sentir así. Él sacó el dedo y sonrió cuando ella emitió un gemido de protesta. Entonces, puso la boca donde habían estado sus dedos y comenzó a besarla allí lentamente. Sakura casi brincó de la cama. Tras unos atormentadores minutos, Syaoran abandonó aquel suculento banquete y subió despacio por su cuerpo. Aunque deseaba seguir besándola en ese punto, no sería en esa ocasión. Estaba demasiado excitado para aquella clase de juego y, a menos que quisiera decepcionar a Sakura, tenía que mantener la cabeza fría. Quería que la primera vez de su esposa fuera memorable.

—Estás ardiente, mojada... Casi estás preparada —murmuró, colocándose sobre ella.

Perdida en el placer, Sakura gimió una respuesta sin sentido. Quería tocar a Syaoran, quería sentir su piel caliente en las manos y saborearla con la boca. Levantó la cabeza y apretó los labios contra su torso, su cuello, sus hombros..., cualquier lugar donde pudiera llegar, mientras le deslizaba las manos desde los hombros hasta las nalgas consiguiendo que fuera Syaoran quien gimiera en esta ocasión.

—Me estás volviendo loco, cariño —susurró con los dientes apretados.

—Te deseo, Syaoran, te deseo tanto... —Le encerró la cara con las manos, le obligó a acercar la boca a la de ella cubriéndosela con un beso arrebatador y salvaje. Como había hecho antes Syaoran, le lamió tentativamente antes de introducirse entre sus labios y acariciarle la lengua eróticamente.

Él no pudo reprimir un gemido gutural que rompió el silencio de la noche.

—¡Basta! —exclamó Syaoran, apartándose para tantear en la entrada del sexo femenino, donde fue recibido por el dulce néctar de la excitación de Sakura.

Ella se puso tensa, víctima del temor. Él parecía muy duro y demasiado grande. ¡No cabría! La partiría en dos. Pensó que debería haber sopesado las consecuencias en vez de actuar tan impulsivamente.

Syaoran sintió su miedo e intentó tranquilizarla con suaves palabras mientras la penetraba poco a poco.

—Sólo te dolerá un momento —le susurró al oído—. Tranquila, te dolerá menos si no estás tan tensa.

Ella se mordió los labios, consternada.

—Eres demasiado... quiero decir, ¿estás seguro de que cabrás?

Syaoran se rió entre dientes.

—Las mujeres disfrutan haciendo el amor desde el principio de los tiempos. Confía en mí.

Le capturó la boca en un beso abrasador que pareció no acabar nunca y que la distrajo de sus miedos, pasando de su cuello a sus pechos, succionando y lamiéndole los pezones. Continuó con aquel dulce tormento hasta que notó que ella se arqueaba contra él, expresando sin palabras el deseo que sentía. Cuando la joven volvió a elevar las caderas, se sumergió en ella, atravesando la barrera de su virginidad con un rápido envite.

Sakura gritó e intentó apartarse. El dolor le resultó insoportable. Todo el placer que había sentido hasta ese momento quedó en el olvido mientras el implacable miembro de Syaoran se hundía hasta el fondo.

—Lo siento —murmuró con dulzura—. El dolor pasará enseguida, te lo prometo.— La mantuvo inmóvil con el peso de su cuerpo mientras ella luchaba contra él. Cuando se tranquilizó, Syaoran comenzó a moverse lentamente.

A pesar de todo, el dolor seguía consumiéndola y trató de escapar sin lograrlo. Sin embargo, al cabo de unos minutos, sucedió algo extraño. El malestar comenzó a desaparecer, reemplazado por algo mucho más agradable. Le sintió realmente dentro de ella, y era enorme, pero notó también que su cuerpo se dilataba para darle cobijo. Entonces, él flexionó las caderas, presionando con más intensidad y creando una fricción que no le resultó desagradable. Después, Syaoran volvió a moverse, saliendo casi por completo antes de introducirse suavemente.

Comenzó a susurrarle al oído, animándola a moverse también, a tomarle más profundamente. Por extraño que resultara, Syaoran había despertado algo salvaje en su interior y, cuando el dolor comenzó a transformarse en placer, ella acompañó sus movimientos, arqueándose en dirección contraria para aceptarle tan adentro como fuera posible. La pasión se apoderó de ella y la llevó cada vez más arriba. Entonces, él le cogió las nalgas con las callosas manos y la alzó todavía más.

—¿Te hago daño?

Ella contuvo el aliento.

—No.

—En ese caso, tómame por completo, Sakura —dijo, dejándose llevar y hundiéndose hasta el fondo—. Acéptame totalmente.

Sakura echó la cabeza hacia atrás y cabalgó la tormenta de la pasión, alcanzando la cúspide en medio de unas enloquecidas oleadas de placer, surcando cada una de ellas. Volaron cada vez más alto y cada embestida era más fuerte, más rápida que la anterior, hasta que se vio inundada por una fluida, ardiente y creciente necesidad, tan placentera y brillante, que casi la hizo perder el sentido.

Syaoran se vio sorprendido por la violenta e inesperada respuesta de Sakura, pues ni siquiera en sus sueños más descabellados hubiera imaginado que ella se convirtiera en gelatina en sus brazos. Era todo lo que había esperado y mucho más de lo que merecía.

Con un gruñido que le tensó los tendones de la garganta, Syaoran acompañó los jadeos de su esposa. Casi rozando las estrellas, Sakura explotó dejándose llevar por el atormentador placer que la atravesó. Oyó que Syaoran gritaba, pero estaba demasiado perdida en aquella ardiente luz.

Syaoran dejó caer la cabeza en el hueco del cuello de Sakura. Su corazón palpitaba sobre los pechos femeninos. Vio que le habían caído algunos mechones húmedos sobre la frente y se los apartó con una mano temblorosa. Entonces, levantó la cabeza y rodó a un lado antes de ponerse un brazo sobre los ojos. Notó que ella se movía y alzó el codo para mirarla. La joven abrió los ojos lentamente y sonrió.

—No era mi intención ser tan brusco. ¿Estás bien?

Sakura tenía un nudo en la garganta. No había sabido que sería así. Esperaba dolor y también placer, pero no había imaginado aquel goce indescriptible. ¿Cómo sería capaz de vivir sin Syaoran después de experimentar el éxtasis que era capaz de proporcionarle? Intentó moverse, pero se encontró con que estaba demasiado débil para hacer otra cosa que no fuera seguir tendida a su lado.

—Estoy bien —dijo—. No sabía que sería así.

—¿Por qué, Sakura? ¿Por qué has venido a mí ahora, cuando podíamos haber disfrutado durante todas estas semanas?

Los ojos de Syaoran centelleaban depredadores bajo la luz amarilla de la lámpara. Tenía el cuerpo brillante de sudor y la intensidad de su expresión le decía a Sakura que la noche no había acabado todavía, que quedaba todavía mucho más.

—Te irás pronto. —Sakura encogió los hombros, como si aquellas palabras lo explicaran todo—. Quería... Deseaba saber qué experimentaba una esposa antes de que te fueras. —«Quería ser tu mujer de verdad», pensó, pero no lo dijo.

—Volverás a casarte algún día —predijo Syaoran, preguntándose por qué aquellas palabras sonaban tan vacías—. Con el tiempo uno de los dos pedirá la anulación, conocerás a otro hombre, te enamorarás y disfrutarás cuando te acuestes con él.

«Imposible», pensó Sakura.

—¿Y tú, Syaoran? ¿Volverás a casarte?

—¡Jamás! —juró Syaoran con tal fervor que Sakura le creyó sin lugar a dudas—. Ya sabes lo que opino del matrimonio. Mi madre tenía tantas ganas de ser libre que abandonó a tres niños indefensos. Nunca le daré la oportunidad a ninguna mujer de abandonar a un hijo mío. ¿Te haces una idea de lo desolados que nos quedamos? Yo era el mayor y fui capaz de racionalizar la pérdida, pero Takashi y Eriol jamás lo superaron. Todavía sigue afectándoles saber que ella no les quería lo suficiente para quedarse.

—Lo siento, Syaoran.

—No tanto como yo.

—Pero estuviste casado antes. Me lo dijiste. Debiste de amar a esa mujer en algún momento.

Syaoran se rió amargamente.

—Intenté reemplazar a mi madre con otra mujer, pero no funcionó. Elegí a una equivocada. Desde que conseguí la anulación de mi primer matrimonio tengo muy claras las ideas, no quiero que haya una mujer permanentemente en mi vida.

—¿Qué fue lo que sucedió?

—Será mejor que no lo sepas. Es sólo algo a tener en cuenta. No volverá a ocurrir... jamás. El matrimonio no es para mí.

—¿Cuándo te irás?

—Pronto —se evadió, brindándole una sonrisa que impactó de lleno en su corazón—. ¿Te ha dicho alguien que hablas demasiado?

Sakura abrió la boca para responder, pero él le cubrió los labios con los suyos, robándole las palabras. La besó con intensidad durante largo rato, entonces se puso encima y le mostró lo mucho que la volvía a desear. De repente, él se levantó y se acercó a la palangana; cogió un paño, lo humedeció y regresó junto a ella. Inclinándose, se puso a limpiar con suavidad cualquier rastro de sangre y semen.

—No estás demasiado dolorida, ¿verdad? —le preguntó en tono esperanzado—. Te deseo de nuevo.

Sakura notó que el sexo de Syaoran aumentaba de tamaño contra su cadera. La fuerza y la resistencia que mostraba eran increíbles, y sólo pensar que aquello lo había provocado el deseo que sentía por ella, la conmovía de maneras que no lograba comprender. Le agradaba que la deseara otra vez y no le rechazaría a pesar del dolor.

—Yo también te deseo —admitió con timidez. Lo que realmente quería era tocarle y sentir el palpitante cuerpo de Syaoran bajo la yema de los dedos. Así que contuvo el aliento y alargó la mano, cerrándola en torno a él. Observó con sorpresa que Syaoran daba un brinco y soltaba una maldición.

—Dejaremos esta clase de juegos para otra ocasión —dijo él con voz ronca, apartándole la mano—. No creo que pueda soportar que me toques en este momento.

Entonces, Sakura notó que le separaba los muslos y se colocaba entre ellos. Luego le puso las manos debajo de las rodillas y la forzó a abrir las piernas todavía más, situándolas encima de sus propios muslos para devorarla con la mirada. Ella esperó con impaciencia, aunque acabó por arquear las caderas de manera invitadora. Sin embargo, él no la penetró, le dirigió una mirada ladina y bajó la boca hacia ella.

Sakura gritó cuando la lengua de Syaoran encontró un lugar tan sensible que le hizo perder la habilidad de pensar, y gimió cuando él le sujetó las caderas con sus grandes manos, abriéndola y acariciándola con los labios.

La liberación fue rápida e intensa. El cuerpo de Sakura comenzó a estremecerse y gritó su nombre. Todavía estaba perdida en la brillante oscuridad del clímax cuando Syaoran flexionó las caderas y la penetró, hundiéndose hasta el fondo al tiempo que la elevaba hacia él para profundizar todavía más.

Syaoran sintió los espasmos de la joven succionando su sexo. La besó en la boca sabiendo que ella se estaba saboreando a sí misma en sus labios, satisfecho de haberle podido dar placer de esa manera. Entonces comenzó a embestir una y otra vez hasta que sintió que alcanzaba su propia liberación. Gritó su clímax en medio de la oscuridad, entre jadeos entrecortados. Luego cubrió la boca de Sakura y bebió los gemidos femeninos cuando ella alcanzó de nuevo el cénit del placer.

—Sabía que eras una mujer apasionada, pero no sabía cuánto —dijo, rodando a un lado.

—¿Te molesta?

—¡Santo Dios, no! Una esposa apasionada es un sueño hecho realidad. — Entonces se dio cuenta de lo que acababa de decir y añadió—: Con tal de que esa pasión se la demuestre sólo a su marido. Por desgracia, he comprobado que las mujeres se muestran a menudo muy deseosas de compartir su pasión indiscriminadamente.

Sakura no dijo nada. Se dio cuenta de que aquella filosofía de Syaoran era el resultado de toda una vida de desengaños y que nada que pudiera decirle le haría cambiar de idea. Él no quería una esposa y ella no quería un marido que la tuviera en tan baja estima. Se preguntó si su opinión sería diferente si no le hubiera obligado a casarse.

Syaoran sintió que le atravesaba una punzada de culpabilidad. No podía evitar pensar así de las mujeres. No obstante, ya había decidido ayudar a Sakura y no iba a cambiar de idea. Si tenía éxito esa noche, los problemas de su esposa se resolverían y él podría irse; sentir que había pagado su deuda.

—Duerme, cariño —dijo, apretándola contra sí—. Necesitas descansar y recuperarte.

Sakura cerró los ojos, sintiéndose más feliz que nunca, aunque sabía que Syaoran no permanecería en el rancho demasiado tiempo. Sus traumas con el sexo femenino impedían que se comunicaran a otro nivel que no fuera el que acababan de experimentar. Sin embargo, no lamentaba haberse entregado a él. Había sido el momento correcto para perder su virginidad y se alegraba de que hubiera ocurrido con Syaoran.

.

.

.

Dos horas después, Syaoran se levantó con sigilo de la cama mientras ella dormía profundamente. Se vistió a toda prisa, con la ropa que había descartado antes, y se detuvo al lado de la cama mirándola con una mezcla de confusión y ternura. Ninguna mujer le había hecho sentir la emoción que ella provocaba. Lo mínimo que podía hacer era salvar el rancho antes de marcharse. Esperaba que su esposa no estuviera equivocada con respecto a la hipoteca.

Recogió las botas y la pistolera, traspasó la puerta y bajó las escaleras de puntillas, agradeciendo que no chirriaran y le delataran. Una vez fuera, se puso las botas, se ajustó el cinturón y se dirigió al establo con grandes zancadas.

—El caballo ya está ensillado.

Syaoran soltó una maldición, buscando el arma con la mano. Se relajó al reconocer la voz.

—Maldita sea, Cully, ¿qué demonios haces aquí?

—Voy contigo.

—No, no vienes. ¿Cómo has sabido que iba a hacerlo esta noche?

—Eres muy predecible. Desde que Tsukishiro se fue, supe que intentarías forzar de nuevo la entrada del despacho. Estamos desperdiciando el tiempo con tanta cháchara. Los caballos ya están ensillados, vámonos.

—¿Y si nos siguen como la última vez? Uno de los vaqueros del rancho es un espía.

—Bud vigila a los hombres. Confía en mí, nadie saldrá del rancho esta noche. No vas a librarte de mí, Li, así que será mejor que dejes de intentarlo. Monta.

A Syaoran no se le ocurrió nada que pudiera hacer cambiar de idea a anciano. Asintió con la cabeza lacónicamente, se subió al caballo y lo dirigió hacia el portón con Cully pisándole los talones. En cuanto estuvieron lo suficientemente lejos como para no despertar a nadie, pusieron a los animales al galope.

.

.

.

El amanecer ya asomaba en el horizonte cuando Syaoran y Cully regresaron al rancho. Bud les esperaba en el establo.

—Nadie ha abandonado el rancho esta noche, señor Li —dijo Bud—. He estado aquí desde que se marcharon y no ha aparecido nadie. No sé de qué se trata todo esto y no lo quiero saber, pero Cully dijo que es importante y con eso basta.

—Gracias, Bud, aprecio tu lealtad —dijo Syaoran, esbozando una sonrisa. La noche había sido dura y él acusaba tanto el frío como el cansancio. Por no mencionar la tensión a la que había estado sometido durante aquella incursión nocturna, y de la que había dependido su éxito.

—Me voy a la cama, estoy exhausto.

Cully le dirigió una mirada inescrutable y comenzó a decir algo, pero al final cambió de idea y se dirigió al establo, mascullando por lo bajo para sí mismo.

Syaoran se encaminó hacia la casa a paso rápido, ansioso por meterse en la cama con Sakura. El deseo la había conducido hasta él la noche anterior y juntos habían alcanzado el paraíso. Jamás habría imaginado que ella fuera capaz de albergar el tipo de pasión que había exhibido. Era mucho más de lo que se había atrevido a soñar nunca.

La casa estaba tranquila mientras subía las escaleras y entraba en su habitación. La lámpara se había consumido y la luz grisácea del amanecer se filtraba por la ventana. Se desnudó, levantó la manta y se acostó al lado de Sakura. Su piel era cálida y suave cuando la abrazó con suavidad contra su cuerpo frío, y suspiró de satisfacción.

Ella masculló en sueños y se removió inquieta. Sus inocentes movimientos le hicieron hervir la sangre y la infernal lujuria que sentía por ella no le dejó contenerse. Le acarició los pechos, sorprendido al encontrar que los pezones estaban arrugados en pequeños brotes apretados. Movió la mano más abajo, entre los muslos de la joven, y comenzó a acariciarla allí.

Sakura suspiró y abrió los ojos.

—¿Por qué estás tan frío? Te noto helado.

—Me he levantado hace unos minutos a cerrar la ventana —mintió—. Estaba empezando a hacer frío aquí dentro.

—Yo no tengo nada de frío —murmuró Sakura contra el torso de Syaoran—. ¿Quieres que te caliente? —Su voz era tan ardiente y tentadora como su cuerpo.

Syaoran se puso duro al instante.

—¿No estás dolorida? Fui bastante rudo contigo anoche.

—No te preocupes —murmuró ella, levantando la cabeza en busca de sus labios. De repente, Syaoran tuvo calor, tanto calor que le ardía la piel. Se encontró con serias dificultades para pensar cuando deslizó las manos por el cuerpo de Sakura. Tenían muchas cosas que discutir, pero todo tendría que esperar a que fuera satisfecha una necesidad más acuciante. Movió la boca sobre la de ella mientras se colocaba encima y, poniendo los muslos entre las rodillas de su esposa, la penetró con facilidad. Con la misma facilidad con la que los dos alcanzaron un estremecedor clímax.

.

.

.

Continued...