Romanticide

By Padfoot & Prongs

Chapter VII: End of All Hope

Al acabar, se levantó de la mesa y recogió los platos de los tres, que, a pesar de que el de Hawkeye estuviese por la mitad, Ed se había encargado de terminarlo, y se dirigió a la cocina.

El rubio tomó los vasos que aún quedaban en la mesa y le siguió, algo confundido.

- ¿Por qué lo dices? – preguntó.

- Porque sí… no es que Hawkeye no sepa quedarse callada, pero tampoco es normal que haga cosas como ésta, así que ya no sé lo que esperarme… no van a dejarme en paz ni un maldito minuto - se quejó, comenzando a lavar los trastes.

- Tal vez, pero… tampoco es algo de lo que puedan hablar frente a los demás como si nada – señaló. Él era menor de edad después de todo, Roy podía meterse en problemas.

- Si, bueno… pero sólo lo tomarán en el sentido de que soy un inmoral… o de que soy más pervertido de lo que se han imaginado nunca. Y además, tal vez puedan expulsarme del ejército… - miró para otro lado un momento.

Expulsado del ejército por mantener una relación estrecha con un menor.

Y de su mismo sexo.

¿Qué rayos estaba haciendo? Como si esos fuesen pensamientos positivos.

- Por eso… - le asaltó una punzada de culpa al pensar en todos los riesgos que corría Roy por él – No creo que se burlen mucho, al menos no en el cuartel… y espero que aquí tampoco, o el departamento quedará reducido a cenizas – sonrió levemente. Roy era fácil de alterar después de todo. Irascible, tal y como el fuego que controlaba.

- No, el único que se atreve a molestarme A TAL PUNTO es Hughes… - se rió – Y tú apenas si viste una quemadura en una alfombra - terminó de lavar los platos y las cosas y cerró el grifo de agua – Pero no sé… espero que Hawkeye deje de tomarse la situación como un juego y vuelva a ser como es, así los demás también pueden tomar el asunto con un poco más de seriedad.

No pudo evitar que una radiante sonrisa asomara a su rostro, como tampoco pudo evitar inclinarse a depositar un suave beso en los labios del otro.

Seriedad, había dicho Roy.

- Yo también lo espero - dijo, volviendo a su lugar.

Roy dibujó una pequeña sonrisa en sus labios al sentir los del Fullmetal sobre los de él, mas no digo nada al respecto, sino que terminó de acomodar todas las cosas. Una vez terminada la actividad, miró al rubio.

- Mh, creo que iré a darme una ducha… no me tardo - y diciendo esto, se metió en el cuarto de aseo.

No, no estaba siendo malo. O, bueno, tal vez sí. Pero estaba realmente interesado en chequear los hermosos reflejos de nuestro rubio amigo. Si la primera vez tiró todos los libros y la otra vez procuró ingeniosamente aumentar su temperatura corporal sólo para esconder un sonrojo, no se imaginaba de qué sería capaz esta vez.

Ed se encogió de hombros, ya solo. Tenía la ligera impresión de que Roy no había ido a bañarse sólo por el gusto que tenía por el agua. Aunque, esperaba que fuese sólo su imaginación.

Intentando no pensar en eso, salió de la cocina y se dirigió a la biblioteca, en donde pasó el rato hasta que el General regresó, si bien no leyendo.

Oír el agua caer e imaginarse la escena había sido el principio del problema, después de todo.

El Flame Alchemist lo observaba desde el marco de la puerta, con la toalla atada a la cintura y con el pecho aún un poco mojado, soltando una risita al notar la distracción del muchacho.

- Qué gran poder de concentración, ¿eh? - comentó sarcásticamente.

El Fullmetal le observó varios segundos demás, distrayéndose a tal punto que por poco y consigue caerse de la silla. Afirmándose del escritorio, mantuvo el equilibrio y cambió la página del libro, a pesar de que no había leído ni una sílaba de ella.

- ¡Estaba concentrado! - discutió, intentando borrar el rubor de sus mejillas y por supuesto viendo hacia otra parte.

- ¿Alguna vez alguien te dijo que eres muy malo mintiendo? - se rió al ver como el otro casi termina en el suelo – anda, dime algo de todo lo que leíste… y por cierto, ese libro precisamente me lo sé de memoria… - comentó, observando la tapa del mismo.

- A-Ah, si? ¡Anda, dime de qué se trata, entonces! - de ninguna manera iba a admitir que no lo había leído, oh, no - Si te crees tan listo - agregó, molesto.

Por supuesto que Roy había ido a bañarse sólo para disfrutar de su reacción.

Bakayarou.

- ¿Para qué decírtelo, si de todos modos no te molestaste en leerlo - se cruzó de brazos, recargándose contra el marco – Anda, admítelo - sonrió maliciosamente.

- ¿Yo no me molesté en leerlo? ¡Tú no me dejaste hacerlo apropósito! Y antes también - bufó, levantándose de donde estaba y caminando hasta quedar a sólo un paso de él - ¿O qué, me vas a decir que atiendes a todas tus visitas así, semidesnudo?

- No pensé que te molestara… - lo observó, sin moverse ni un solo ápice de donde estaba – Desde ahora en más, no volveré a hacerlo, descuida

- No me molesta - aclaró, sonrojándose - Me molesta que te aproveches de eso para burlarte de mí - se mordió por un momento el labio inferior y entornó los ojos.

- ¿Y quién se burla, sólo digo que no te puedes concentrar... ¿o me equivoco? - acercó su rostro un poco más al de él.

- Pues... - le miró - A no ser que el libro narre la manera en que te empapa el agua de la ducha... no, no te equivocas - se acercó aún más y rozó sus labios - Ahora, admite que lo haces apropósito - demandó, separándose apenas.

- Nunca dije que no - respondió simplemente, besándolo tenuemente en los labios.

Desde luego que lo hacía apropósito. ¿Como se divertía si no?

El rubio respondió, intensificando un poco el beso. Se sentía más seguro ahora que tenía una idea más clara de los sentimientos del otro y, además, aun si no la tuviera, digamos que al contrario de su nombre de alquimista no era precisamente de metal y no podía permanecer impasible con Roy así frente a él.

Por su parte, el militar rodeó la cintura de Ed con un brazo, haciendo de aquel acto uno mucho más profundo, jugando mucho con su lengua.

A esta altura, ya ni le importaba que aquel fuese alguien de su mismo sexo, mucho menos que se tratara del Fullmetal. Lo único que no entendía era cómo si él estaba completamente seguro de su sexualidad, empezaba a sentir esas cosas por aquel muchacho. Sobretodo eso era lo más raro; sólo sentía esas cosas por él y por nadie más.

¿Acaso…?

Nah. No podía ser.

No podía estar…

¿… enamorándose?

Claro que no. No Roy Mustang.

Ed deslizó una de sus manos por el torso húmedo de Roy, mientras seguía besándole. Hubiese querido que el aire no se terminase nunca, pero claro, aquello era algo más que imposible. Cuando ocurrió, le sonrió al moreno, sin la más mínima intención de apartarse de él.

El otro lo observó, respirando algo entrecortado.

- ¿Ocurre algo?

- No – negó ligeramente con la cabeza – nada…

Observándole, se preguntó de repente qué diría su pequeño hermano cuando le contara del giro que había dado su relación con el General.

- Mh… - lo soltó lentamente, dejándolo libre – Iré a vestirme entonces. Cuando regrese, quiero que me enseñes los apuntes que tomaste de los libros que pudiste leer ya.

- ¿Cuándo regreses? – inquirió el rubio, haciéndose el desentendido, sin alejarse de él - ¿De dónde? – añadió, posando una de sus manos en el hombro de Roy con suavidad.

El Flame Alchemist sonrió maliciosamente.

- De… cambiarme - casi susurró las palabras sobre los labios de Edward – o… ¿no vas a dejarme vestir? - lo miró fijamente a los ojos.

- Mh… - pareció pensárselo unos segundos, en los cuales acarició gentilmente la espalda de Roy con los dedos que antes descansaban en su hombro – ¿Para qué?

- A ver… ¿y qué se supone que haremos si no me visto… y me quedo aquí contigo? - preguntó elocuentemente haciéndose el tonto.

Sabía que el Fullmetal era algo retraído con esas cuestiones; quería ver hasta donde llegaba con aquel juego que había iniciado, intentando demostrarle que él también podía tener su lado pervertido. Pero claro; nadie, NADIE es más pervertido que él.

Y sí, lo sentía con orgullo.

El rubio se tomó unos segundos para asegurarse de que había captado bien el sentido de la frase. Sus mejillas aprovecharon su distracción, apoderándose de mucha más sangre de la que les correspondía.

¿Había insinuado que…?

Oh, sí. No había manera de entenderlo de otro modo.

- Yo… - cortó el contacto visual – No lo sé…

Lo triste del caso es que en verdad no sabía. Sólo hacía unas horas había dado su primer beso, así que, hablando sexualmente y en términos prácticos…

No era nadie comparado con Roy.

- Bueno, está bien – le soltó y se separó, acercándose de nuevo al escritorio – Ve a vestirte – añadió, intentando aparentar indiferencia.

- ¿Y ahora?... ¿qué pasa? - le preguntó, simulando inocencia.

- Nada, recordé algo… ¿Puedo llamar a Al?

- … ¿Podrías no mentirme, ¿o tengo que recordarte lo malo que eres para eso?

No, en realidad no hacía falta que se lo recordara. Pero, ¿qué se supone que iba a decirle? 'Me intimidaste, ¿podrías fingir que me crees por esta vez? Ya me siento lo suficientemente pequeño…'.

Y no era sólo su orgullo herido, era algo más.

Tenía miedo.

De decepcionarlo.

- … ¿Y bien? - esperaba pacientemente la respuesta.

- Nunca he estado con alguien antes – admitió, con la vista baja. Tomó un poco de aire y se decidió a seguir. Las veces anteriores había sido totalmente sincero y no le había ido mal, después de todo – Seguro te aburrirás… conmigo

El General suspiró. Así que después de todo si logró intimidarlo.

- Ya sé que no has estado con nadie antes… por eso prefiero que pienses un poco más las cosas antes de hacerlas. Y no creo que me aburras; será divertido. Podré… instruirte en la materia - sonrió, intentando darle un poco de confianza – Además, no va a pasar nada que no quieras - agregó, pensando que tal vez el rubio en realidad no quería nada de aquello.

- ¿De verdad crees que tengo miedo? - replicó él, frunciendo el ceño. ¡No era ningún cobarde, por Dios! - Simplemente me preocupa el asunto, nada más. No es sencillo… cuando sabes que la otra persona tiene demasiada experiencia... - se sonrojó – ¡En fin! ¿No ibas a cambiarte?

- Oh, y ahora estás apurado para cambiarme… entiendo, entiendo. Bueno, iré a cambiarme entonces - algo mosqueado, se encogió de hombros y se fue para su dormitorio.

Primera y última vez que intentaba decir algo dulce.

Palabra de Roy Mustang.

El rubio le observó irse, maldiciendo en voz baja. Su maravillosa confianza fallaba cuando más la necesitaba, comenzaba a convencerse de ello.

Enfadado consigo mismo, se acercó al estante más apartado y empezó a sacar volúmenes sin una intención determinada. Eran, en su mayoría, textos básicos que conocía de memoria. A excepción de uno, olvidado entre todos ellos.

Se veía que era viejo, aunque no sabía si usado. No tenía título, sólo una tapa de color marrón bastante deslucida. Aún así, lo tomó y le quitó el polvo con cuidado.

Uniones y complementos: Alquimia en su máxima expresión, leyó en la primera página y pasó a la siguiente.

Introducción

En esta vida hay cosas que incluso para los alquimistas más grandiosos, parecen férreas utopías. A veces nos planteamos proyectos que necesitamos pero somos incapaces de realizar. Nos sentimos inferiores e inútiles, perdemos el rumbo y dejamos de luchar. Llega la resignación y, siguiendo una de nuestras más absurdas tendencias, damos el asunto por perdido. Somos incapaces de ver la solución más sencilla a nuestro dilema.

Pedir ayuda, eso es.

Sí, la barrera del ego es la más difícil de saltar. La del ego y la de la inseguridad. ¿Quién va a querer ayudarnos si no lo pedimos con humildad o estando seguros de que vale la pena? Es obvio; nadie querrá.

Esos temas, el orgullo y la autoestima, escapan a mis capacidades. Y aunque no fuera así, al final sólo depende de cada uno el superarlas.

Espero que todos los que encuentren este aparentemente insignificante texto estén dispuestos a todo para lograr ese proyecto, abiertos a todas las posibilidades por más patéticas que parezcan ser. Si no es así y están llenos de miedo, pronto lo olvidarán. Otros, soberbios seguramente, ni siquiera lo mirarán.

Edward se detuvo entonces. Su corazón latía rápido, muchísimo. Algo en su interior le decía que aquello era lo que había estado buscando.

Apresuradamente, dejó los otros libros en su lugar y con su pequeño hallazgo, volvió al escritorio.

Mientras se enfrascaba más en su lectura, Roy se acercó a la puerta sin que Ed lo percibiera, ya vestido con el pantalón de su pijama - para desgracia/fortuna de nuestro amigo -. Mas, al verlo tan concentrado, se reposó sobre el marco de la puerta en silencio, observándolo.

Perdiéndose sin notarlo en el detalle de las doradas hebras del cabello del otro cayendo con gracia a los costados de su rostro, muy diferente de su pelo negro azabache.

Casi tan diferente como todo lo demás en ambos.

Seguía sin comprender cómo diablos había llegado a esa altura. Primero le negaba ayudarlo en la búsqueda de un método seguro e infalible para poder regresar a su hermano de ese cuerpo metálico a la realidad. Luego, sin entender por qué, le ofrecía venir a su casa a estudiar con sus libros, cuando ni siquiera lleva a su casa ni al perro de Hawkeye - es una forma de decir; vaya veces que le ha ensuciado la alfombra el cachorrito -. Lo deja solo en su casa y de hecho, le da más de un plazo de 24hs para trabajar. Encima de todo, cuando Ed estaba "enfermo", él lo cuidó, terminando esa noche dormidos en la misma cama, abrazados.

El resto eran sólo consecuencias de aquello.

Y por más que lo analizase, no podía encontrar el motivo por el cual sucedieron todos esos hechos. Ni tampoco lo encontraría pronto; de eso podría estar más que seguro.

Ajeno a esa tierna mirada, el mayor de los Elric continuaba su lectura.

El mejor dispositivo para incrementar el poder de las transmutaciones es el alma humana. Y no, no hablo de sacrificarlas, como muchas personas lo hacen. Al contrario.

Somos seres incompletos, nuestra alma y esencia está dividida en dos. Está repartida en dos cuerpos que en muchas ocasiones más se desencuentran que otra cosa.

Aristóteles decía: "La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas". Y la amistad, no es otra cosa que un tipo de amor en un estado bajo.

Lamentablemente, para lograr ese codiciado proyecto hace falta más que amistad. Se requiere de una clase de amor mucho más poderoso. Del más poderoso. Por eso, si decide pedirle ayuda a sólo un amigo y no a alguien más especial, las posibilidades de sucumbir a la muerte son demasiadas.

¿Se ha encontrado usted con su Otra Parte? Debe preguntarse antes de continuar, pues no existe manera de unir alquimias distintas y, por consiguiente, incompatibles, de manera perfecta.

Roy, por su parte, seguía observándolo con detalle. Lo peor del caso es que se sentía sumamente ignorado; llevaba ahí unos 5 minutos y el Fullmetal siquiera había reparado en su presencia. Todo por un estúpido libro.

"Quemaré mi biblioteca algún día", maldijo mentalmente, ingresando al despacho al fin.

- Vaya, Hagane-no, ¿estás muy concentrado?... siento interrumpir de nuevo

Esta vez, nada impidió que nuestro rubio amigo perdiera el equilibrio en la silla y se precipitara contra el piso. No obstante, unos brazos gallardos y varoniles frenaron el impacto.

- M-Más o menos… – farfulló Ed, azoradísimo, en el abrazo. Vaya momento en el que aparecía Roy, justo cuando leía que… ¡Esperen! – Oi! – frunció el ceño y acercó su rostro al del otro – No me llames así

- Uh?.. ¿así como? - se hizo el tonto.

- Hagane-no – explicó el rubio – Suena frío. Además, creí que me llamarías Ed de ahora en adelante… quiero que lo hagas – agregó, mirándole fijamente.

Sonrisa maliciosa.

- De acuerdo entonces… Ed. Dime, ¿qué leías?

- S-Sobre… uh… - volteó a ver hacia otro lado, enrojeciéndose – Cooperación entre alquimistas – ¡Sí, eso era! No sonaba comprometedor. Porque, la verdad, no podía imaginarse la reacción de Roy si lo ojeaba y descubría que se trataba de algo más… ¿sentimental?

- Ni sabía que tenía esto… - comentó observando la tapa del olvidado libro - Y… ¿a quién piensas pedirle su "cooperación"?

- Oh, vamos – casi resopló Ed – A ti, ¿a quién más?

Miró él también la portada del libro. Lo que decía sólo confirmaba lo que desde un principio había intuido.

Sólo Roy podía ayudarle.

Y todavía no decidía si aquello era bueno o malo.

El militar dejó el libro sobre la mesa y se fue de la habitación.

OK, tal vez sí era malo.

- O-oi! - lo siguió enseguida – ¿Qué pasa?

El moreno se volteó de pronto, mirándolo fijamente a los ojos. Su semblante había cambiado totalmente.

- Creí haberte dicho claramente que no pensaba ayudarte en eso

- Lo hiciste, pero… - sostuvo su mirada, titubeando un poco antes de seguir – No me daré por vencido así de fácil, ¿sabes? – sonrió un poco, intentando suavizar el ambiente.

- Créeme que no lo dudo, mas no entiendo por qué insistes en buscar M.I ayuda. Tú sabes lo que ocurrió en Ishbal, ya te lo dije - siguió camino hacia la cocina.

Ed caminó tras él, sintiendo una extraña presión en el pecho.

¿Qué haría si…?

No, esto de ningún modo era bueno.

- De verdad te molesta – habló, sin mirarle.

Nunca había pensado en la posibilidad de no poder convencerle.

Roy se volteó nuevamente, acercándose a él. Habló con una voz tranquila, aunque fría y distante.

- ¿Tienes idea… la cantidad de veces que intenté suicidarme después de la guerra?

- No… no lo sabía – le miró, sobrecogido. Había estado subestimando cuan grave era el asunto para el militar, pensando en que bastaba con fastidiarle por un tiempo para que accediera, como siempre.

- Muchas. Demasiadas como para querer involucrarme con la Piedra Filosofal otra vez - el brillo de sus ojos azul oscuro se apagó de pronto y retomó su camino.

Edward se quedó a mitad de camino, librando una batalla en su fuero interno. Tenía que seguir insistiendo, sin embargo, si el precio para persuadirle era borrar la sonrisa de su rostro – por muy cínica que fuera – y el fulgor de su mirada, entonces prefería quedarse callado.

Y pedirle ayuda a alguien más no era una opción… a no ser que Roy no fuera ese alguien especial.

Apretando los puños, reanudó el rumbo hacia la cocina y se quedó en la puerta, observándole por unos momentos. Estaba preparando café, sus movimientos tenían su elegancia y porte usuales, el delicioso contraste entre su pálida piel y su cabello azabache y, aunque no podía ver sus ojos, no lo necesitaba. Los tenía grabados en su mente, tal y como le gustaban; vivos, pícaros, misteriosos. Con una presencia en lo más profundo de ese océano azul, esperando por él.

¿Cómo podía ser la urgente necesidad que sentía de ir a su encuentro algo ilusorio?

Quizá y lo fuera, quizá y su corazón le engañara. Pero, verdaderamente, no lo veía posible.

Continúa…