Vamos con los viernes; es mi día preferido para subir capítulos =)

Gracias por los comentarios, mis cortesanas. AndruSol: no te preocupes, si a vos la historia te atrapa, estoy satisfecha.

Qué excelente pregunta, J. pero como así es de genial, también es complicada para responder.

Yo soy de las que creen profundamente que de amor no se muere, que no hay que desgarrarse ni hay que sufrirlo, porque entonces no es amor. Pero he de decirte que también voy más allá, y junto todos los amores existentes; gracias a los dioses hay un montón de amores y ninguno de ellos es un ente sacralizado e ideal: todos se involucran entre sí y se necesitan. Podría contestarte ahora a partir de esa premisa particular, y de esas sensaciones de "amor" que elevan mi espíritu.

Esto es resumido, claro… Las buenas conversaciones se hacen con una botella de vino en medio y bastantes horas. Acotada entonces por algunas mínimas cláusulas que no vienen al caso, yo te respondo que podría hacer hasta lo extremo, inexplicable e inimaginable por aquellas personas que amo.

¿Vos qué harías?

Fuegos, fuegos de verano para ustedes


Rachel volvía a mirar su reloj de pulsera con manía; lo hizo como si hiciera falta, cuando en verdad era un gesto que le servía solo de asidero. Era su perfecta excusa para mantenerla un instante más donde estaba.

Las manecillas ahora marcaban las cuatro de la tarde con quince minutos, cinco más que la vez anterior. No quería que pasara el tiempo, sin embargo éste corría una carrera con su propia valentía encerrada en el espacio de su auto.

Observaba desde la protección de los vidrios mojados el desolado panorama que tenía ante ella. Conocía muy bien el lugar, a pesar de haber estado allí solamente una vez.

Un poco más de ocho horas de viaje con una parada para almorzar y allí se encontraba, en aquel parque de descanso al que jamás hubiera querido regresar.

Pero justamente esas dos situaciones se habían vuelto tangibles por fin. Esos penosos espacios se le habían presentado en sueños varias veces durante aquellos meses, y únicamente los había entendido en esa última pesadilla, donde se mostraron horrorosamente en toda su definición, sin sombras ni rincones borrosos. Y su tenacidad la había llevado hasta allí, en un viaje cargado de misticismo y necesidad que todavía le costaba entender.

O Quinn la había arrastrado, o Finn… o tal vez ella misma se había abalanzado a ese momento, donde realmente no sabía qué hacer.

La apariencia de la lluvia cayendo en el exterior la relegaba a ser un bollo asustadizo en su asiento, que le estremecía el cuerpo y el alma como esas hojas secas de otoño.

Los recuerdos se le instalaban uno por uno en su mente, provocándole lágrimas irrefrenables.

—¿Qué hago aquí? —se susurró, llevándose las manos al pecho palpitante—. ¿Dime qué hago aquí?

El nudo en la garganta que se le venía formando en el trayecto, después de todo le apresó el estómago, causándole una oleada de dolor físico.

Rachel tardó varios minutos en calmar sus fuertes impresiones, se secó las lágrimas, respiró hondamente para armarse de valor y bajó del auto.

Sin la protección del paraguas, el cabello comenzó a mojársele mientras caminaba por la vereda de hierba que bordeaba la extensa verja que rodeaba el parque. Subió un poco más las solapas de su trench rojo contra sus mejillas, como si con esa acción evitara la visión de las lápidas que la seguían a cada paso.

Abatida, perdió la mirada en las viviendas ubicadas al otro lado de la calle. Casas en su mayoría blancas, con porches y techos de tejas, dispuestas a distancia unas de otras. Algunas tenían jardines con flores rojas, amarillas... Sin dudas era un paisaje que contrastaba cruelmente con lo que se respiraba del lado de la calle por donde ella no dejaba de caminar.

No le importaba demasiado el agua que ya corría por su rostro, solamente quería llegar… Dobló la esquina después de varios metros, continuó andando y se topó con la entrada. El ancho camino de asfalto la invitaba a entrar, y así lo hizo.

La bifurcación que dividía el camino la confundió, y los árboles y flores plantados para agraciar el inmenso silencio tensaron su cuerpo, deteniéndolo con un gemido.

Se refregó los ojos antes de buscar con la mirada alguien que pudiera ayudarla; ya sabía la sección, lo que necesitaba era que le indicaran el camino. Por suerte, en ese momento un hombre salía de una de las oficinas que había en la entrada, y no tardó en acudir a él.

Apretó los labios con temor ante esa primera impresión. El hombre era enorme debajo de una gabardina negra, que lo agigantaba más si era posible; llevaba botas de lluvia del mismo color, y remataba su atuendo una capucha que le cubría hasta la mitad del rostro.

Con voz temblorosa pidió la información que necesitaba, y una vez que la obtuvo se marchó a pasos rápidos.

Rachel viró hacia la derecha, tomó una callejuela más a la izquierda y de pronto se quedó parada al costado del angosto camino. El terreno llano que se expandía delante de ella era doliente. Los pocos árboles, algunos perennes, otros atravesando el ciclo natural de la estación, le parecían completamente desubicados. ¿Cómo es que había vida en un lugar donde la muerte era tan evidente? No tenía lógica…

Las lápidas se erguían pequeñas y grises desperdigadas en esa parcela, una de ellas le pertenecía a su querido Finn.

El rostro de Rachel se torció en una mueca terriblemente angustiosa, y las lágrimas volvían a brotar de sus ojos, mezclándose con la lluvia que no dejaba de castigar.

Dentro de su conmovido estado divisó a una mujer recostada entre esas tumbas, ella contrastaba visiblemente con aquella opacidad insistida y tétrica. Vestía de colores claros y se inclinaba persistente, sosteniéndose de los brazos a la vez que los cabellos rubios le cubrían el rostro…

De pronto esa imagen golpeó sus facciones helados, y el corazón le dio un vuelco violento dentro de su pecho. Su pesadilla se hacía realidad a cada segundo que permanecía estacada al suelo; su propio cuerpo empapado latió detrás de sus párpados, la lluvia inclemente que le calaba hasta los huesos y esa mujer fantasmal, delante de tanto verde y tanta piedra deslucida…

Rachel se llevó las manos a la boca, impidiendo un sollozo que quería salir desde lo más profundo.

Con pasos inseguros intentó llegar a esa insospechada visión, pretendiendo razonar en esos instantes en que cubría la distancia que las separaba, y a medida que se acercaba, la estampa soñada se revelaba cruelmente.

Quinn… la mujer recostada en la hierba, la que enterraba su rostro entre sus manos visiblemente temblorosas delante de la lápida de su amigo y viejo amor, era Quinn Fabray…

Pasmada, llorosa, aferrándose a una lucidez que sentía se le escapaba, Rachel llegó a su lado y contuvo la respiración.

Quinn no percibía rastro alguno de aire en su garganta; hacía horas que su pecho se había cerrado y le costaba exhalar.

No tendría que estar allí, y sin embargo arrastró su cuerpo abarrotado de náuseas a un sitio mucho peor que el hospital donde su madre continuaba internada y todavía no despertaba.

Tres horas y no despertaba…

"¡Tiene cortes en vertical en sus muñecas!".

"¡Cuánto tiempo ha pasado!".

"¡Ha perdido mucha sangre; tendrá que ser trasfundida!".

"¡Qué factor de sangre tiene la paciente!".

"¡Preparen para sutura!".

Las preguntas, las voces de desconocidos exclamando y perforando sus sentidos no dejaban de retumbar en su cabeza.

Los doctores le habían aconsejado que tal vez sería mejor hablar con más miembros de la familia, pero ella no tenía a ninguno más… lo único que había querido y seguía queriendo era cerrar los ojos y desaparecer.

Una y otra vez los hechos pasados se estrellaban en su memoria, cegándola a cualquier entendimiento.

Quinn había esperado a la ambulancia sumida en una inmensa confusión, sin medir el tiempo, ausente a nada que no fuera el cuerpo agonizante de su madre.

El sonido de la sirena la había despertado de su letargo, y entonces había corrido hacia la puerta, la abrió y todo comenzó…

El hogar que había sido suyo casi la mitad de su vida se había llenado de un movimiento extraño, tan veloz que pasó delante de sus ojos como si ella no hubiese estado allí.

Dos enfermeros levantaron el cuerpo laxo de su madre para subirlo a una camilla; una paramédico le había hecho preguntas a las cuales Quinn solo había podido asentir, aturdida, sin más lágrimas, sin más expresiones.

Una vez dentro de la ambulancia y con su bolso cargando esas pruebas que su madre dejó antes quitarse la vida, ella se había dado cuenta de que el olor a sangre persistía en sus sentidos porque ella misma lo llevaba encima, en sus ropas y en sus manos. En ese horroroso momento había sido consciente de que intentó suicidarse.

Quinn por primera vez nombró a la muerte en voz alta, observando la nada y ella volvió a hundir sus hombros, como si se tratara de una mera presión de dedos.

Luego todo había sido silencio y soledad detenida en el tiempo. Se había visto erguida y temblando en medio de un pasillo con dos personas que la miraron con lástima, como si la hubiesen visto a ella con sus muñecas tajeadas.

La primera hora y media se había desplomado en el suelo, abrazada a sus piernas, esperando a que alguien se apiadara de ella y le comunicara el estado de su madre. La segunda hora y media había gritado, fuera de sí, clamando por ella, alarmando a un hombre que se esperaba junto a sus dos pequeños hijos lo mismo que ella, noticias del ser querido detrás de las malditas puertas vaivenes.

Aquella vez Quinn había tenido éxito, un doctor se le había acercado para informarle que la paciente se encontraba estable y sedada, pero que aún no podía verla; la habían suturado y trasfundido… y su alma volvió a recuperar un poco del calor perdido.

Entonces había sucedido lo que menos quería, pero lo que en situaciones como esas se esperaba.

Le habían comunicado que un asistente social no tardaría en llegar, y allí fue donde su cordura se extravió un poco más. Judith Ballard había sido ingresada, nadie podría relacionarla con su ex esposo, pero a ella sí.

¡Se había aterrado! Todo el coraje que poseía se había esfumado en esas horas, y lo único que había podido hacer fue… huir.

Había corrido desesperada, guiando sin rumbo a unos miembros que sentía ajenos, y de pronto, como si el tétrico acontecimiento siguiera entretejiendo su condena, se había visto rodeada por otro panorama enloquecedor… estaba pisando el remanso preferido de la muerte…

Una fuerza que no había entendido la había guiado al Cementerio Woodlawn, lugar donde descansaban los restos de Finn Hudson.

¿Qué oscuro destino había querido eso? ¿Qué más tendría que pagar?, porque estaba pagando con su memoria que jamás olvidaba, que jamás olvidó el rincón que aquel bello ser nunca tendría que haber ocupado con menos de veinte años.

Finn la había guiado hasta él, tal vez él la escucharía... Finn también había querido que lloviera a raudales para que lavara su cuerpo exhausto con esas gotas gélidas que se fusionaban con sus tendones y nervios...

Quinn se cubrió el rostro con las manos, respirando con dificultad.

—Basta…. ¡Basta! —masculló tiritando, y comenzó a mecerse como si estuviera poseída.

Anonadada, Rachel se arrodillaba a su lado, extendiendo un brazo lentamente con la intención de tocar el hombro de aquella mujer en un visible estado de conmoción.

Estaba asustada, no entendía lo que sucedía ante sus ojos, sin embargo ya estaba allí… y anunció su presencia. Tocó su hombro con extrema suavidad, deteniendo ese movimiento compulsivo.

—Quinn…

Aquel contacto la detuvo y le hizo dar un respingo. La voz reconocida penetró en su cabeza sin poder creerlo. Aun habiendo sentido la presión en su piel no quería mirar y encontrar el vacío nuevamente, incluso así, no pudo evitar identificar por el rabillo del ojo un intenso color bermellón, unas manos unidas con fuerza trémula contra unas piernas… esa figura era auténtica, allí había alguien.

Sin dar crédito la distinguió a la perfección: a su lado, arrodillada, vio a… Rachel Berry.

La mirada opaca de Quinn subió lentamente hacia su rostro tan mojado como el de ella, que pestañeaba gotas de lluvia y lágrimas en esos inmensos ojos asolados por el desconcierto.

—¿Rachel? —susurró con un nudo en la garganta—. Eres… tú…

La otra asintió, apretando los labios. No quería llorar; aun conmovida por los sucesos que la habían llevado allí, no quería llorar por estar pisando ese parque de descanso ni por sentir que una experiencia fuera del mundo real la había presentado delante de Quinn.

No quería nada de eso, por lo menos en esos instantes. Únicamente deseaba seguir mirando el pálido rostro de Quinn, demacrado y extraviado; ansiaba preguntarle qué es lo que hacía allí, qué le sucedía… No obstante la voz no le salía, en otro inoportuno ataque de ansiedad.

De todas maneras no hicieron falta más palabras entre ellas. En un impulso, Quinn se lanzó a sus brazos con fuerza, pegando su rostro al pecho, y todas las lágrimas que no habían salido entre los brazos de Rachel pudieron hacerlo, de tal modo que los sollozos sembraron el pecho de la que la recibía.

—¡Rachel…! ¡Oh, Rachel! —lloró entrecortada, agarrándose a sus hombros.

Rachel no lo dudó un segundo y la rodeó, protectora.

Finalmente había llegado.

—Tranquila, Quinn; ya estoy aquí —susurró, respirando fuertemente.

Las caricias en el cabello rubio y empapado no calmaban el llanto de aquélla; sus susurros tranquilizadores contra su frente, tampoco. Esa mujer lloraba como su propia hija, y Rachel se derritió a su vez, pegada a esa figura deshecha.

Por unos segundos y dentro de una extraña burbuja de sensaciones, sintió que estaba abrazando a Beth, y lo hizo entonces con más fuerza y calor a pesar de estar bajo una salvaje tempestad de lluvia y sentimientos.

—Dime qué sucede, dímelo corazón, por favor… —masculló sin darse cuenta ese mimo que le pertenecía a su hermana, esperando que ese plañido pudiera encontrar su fin.

No así lo pensaba Quinn, que no quería dejar por nada esa bocanada de aire que le daba Rachel, y que viajó a una velocidad desmesurada por sus venas, hablándole de vida por primera vez.

Hubiera seguido abrazada a ella, mas la chica la despegó insistente de su cuerpo, tomándola de los hombros.

—Debo volver…. Debo volver —murmuró Quinn, comenzando a sentir desesperación. La aparición de Rachel la devolvió peligrosamente al mundo de los vivos.

Al mantenerla un poco alejada de su cuerpo, Rachel divisó las manchas de sangre en el sweater adherido a su pecho. Tragando saliva evitó la impresión que le causó ese otro detalle que su sueño le había mostrado vívidamente.

—¿Dónde? ¡Háblame, Quinn! —insistió, recorriendo con la mirada asustada su cuerpo encorvado—. ¡Por dios, ti-tienes sangre en tu ropa! ¡Estás herida!

La otra abrió los ojos como platos, negando vehemente con la cabeza.

—No… no es mía… es d-de mi… madre —tartamudeó.

Rachel frunció el entrecejo, alarmada.

—¿Qué quieres decir?

Quinn bajó la cabeza con abatimiento.

—Ella… está internada; esta mañana la encontré en su casa…

Se detuvo porque no pudo decir nada más. Sabía que la mujer que la estaba sosteniendo esperaba y merecía más detalles, sin embargo no podía.

—Santo cielo —musitó Rachel confusa, mirando hacia todos lados, como si tratara de buscar ayuda en la soledad que las rodeaba.

—Ayúdame Rachel… No puedo más; te lo pido —graznó Quinn ahogada, sosteniéndose de las solapas de su gabardina.

Y esas palabras, una vez más reveladoras y escuchadas por segunda vez, ahora de su propia voz rota, la hicieron volver sus ojos hacia esos otros que recordaba tan bien, que tantas veces había admirado, frente a ella en otros años, o lejos, a través de una página de revista o de la pantalla del televisor.

Jamás esa mirada le había devuelto la desdicha que mostraba en ese presente. Aquello le dio la fuerza necesaria para asentir y comenzar a levantarse.

—Lo haré, pero nos iremos de aquí ahora mismo —resolvió, irguiéndose y tratando de llevársela con ella.

Cerca de la muchacha estaba su bolso; se agachó para tomarlo rápidamente y se lo colgó de un hombro.

Quinn ni siquiera asintió, no era consciente de nada.

En repuesta automática se levantó torpemente, apoyándose contra ella. Rachel volvió a recibirla solícita, realmente entregada a sus evidentes necesidades.

Ninguna habló, ni miró hacia atrás.

Cada una se despidió de ese espacio que las había unido, a su manera. Quinn cerrando los ojos y soltando un tembloroso suspiro, y Rachel elevando los ojos al cielo por breves segundos.