Disclaimer | Ni Kuroshitsuji, ni sus personajes me pertenecen son propiedad de Yana Toboso. Y aunque desearía que Sebastian fuese mío, pertenece toditito a Ciel.
Advertencias | Slash. Shota.
Nota | ¡Hola Bonitas! Aquí está el nuevo capítulo… ¡Disfrutadlo! ^_^
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PARTIDA DE AJEDREZ
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"Debido a que tienes un gran poder, gradualmente no entiendes la importancia de las cosas que no pueden ser recuperadas." —Undertaker sobre Ciel —Cap. 35—
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Capítulo VII
"Divagaciones"
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No se reconoce.
Es todo.
Frase escuálida, mentirosa y simple.
Ciel no puede describirlo de otro modo, no lo entiende, no puede explicarlo, pero su cuerpo arde, se arquea deseoso de algo desconocido, tiembla, anhela.
Sebastian.
Esa es su respuesta.
Es la fuerza que transmite con su cuerpo viril, es una chispa fogosa que grita juramentos tácitos que jamás expulsaría de esa boca lujuriosa, que le devora. Brazos protectores, y dedos violentos que se hunden en su cuerpo como garras, sin gentileza, con ímpetu, casi haciéndole daño.
Pero es lo que Ciel necesita, que le hiera, que le despierte, que le obligue a olvidar sus tragedias, que le devuelva la vida con toda la pasión de la que sea capaz.
Algo tan intenso debe ser odio puro, cree Ciel.
Y por eso, le besa con salvajismo, queriendo seguir el ritmo de esa boca más experta, fallando estrepitosamente, logrando que Sebastian trastabille con él en brazos.
El demonio choca con la pared, pero no se detiene, se separa de su boca, y succiona su cuello con ansiedad, haciéndole dar un jadeo ahogado, entonces sus pequeñas manos viajan desesperadas hasta posarse en las mejillas de Sebastian, conectando sus ojos.
Deseo, es lo que lee Ciel en esas pupilas rojas y ardientes.
Vuelven a besarse. Ciel entierra una de sus manos en los oscuros y sedosos cabellos, la otra se posa sobre el hombro de Sebastian, y con lentitud, frenesí y gozo, sus dedos bajan, delineando lentamente los músculos fibrosos y cincelados de ese brazo poderoso.
Ciel no evita sentirse orgulloso.
Sebastian es en verdad, extraordinario y hermoso.
Esos dedos pequeños, esas yemas delicadas tocándolo sobre la ropa, es todo cuanto Sebastian necesita para saber que desea sentir su piel contra la de Ciel, con más urgencia de la que le gustaría admitir.
Una de sus manos se retira de esa espalda estrecha, y con premura la agita hasta que el blanco y húmedo guante cae al suelo, entonces sus dedos se aventuran de nuevo al cuerpo de Ciel, rozándole apenas la piel.
Es avasallante sentir con su mano desnuda ese cuerpo pequeño y delicado, sin barreras que se interpongan, y tan atronador le es a Ciel aquella sensación, que su ímpetu se pasma, deteniendo el beso.
Sebastian siente temblar esos labios tiernos sobre su boca, mientras expulsan un discreto y melódico gemido, haciendo que su aliento se mezcle con el tibio de Ciel, volviendo urgente el hecho de desear devorarle la boca con violencia a ese niño.
Respira, sus sentidos demoniacos erizados, sensibilizados…
Su mano desnuda hunde la cabeza de Ciel entre el espacio de su cuello y hombro, intenta tomar aire, ante un Ciel que no entiende nada y solo se limita a respirar, absorbiendo el aroma de Sebastian, madera de ébano.
Ébano, elegante, oscuro, perfecto para él.
Ciel escucha carraspear a su mayordomo, como si buscara aclararse la garganta.
—Diga.
Pronuncia con voz potente Sebastian, como si desease ser escuchado a lo lejos, aun intentando regularizar su respiración, Ciel le imita en este sentido, acurrucado en el hombro de Sebastian.
—Señor Sebastian —Ciel alcanza a distinguir la voz de Paula—, Lady Frances manda a decir que en diez minutos se servirá el desayuno. Desea que Lord Ciel los acompañe.
—Con certeza —contesta Sebastian con ese atractivo barítono que le caracteriza—. Mi amo estará en el comedor dentro de diez minutos.
—Entiendo. Informare a mi Lady.
Contesta la muchacha, dando vuelta por el pasillo, para regresar sobre sus pasos.
Sebastian lo sabe, su fino oído demoniaco se lo ha advertido, la marcha de la doncella, y su anterior llegada, que abruptamente ha cortado el ambiente.
Con todo, Ciel aún está aferrado a su cuerpo.
—Vísteme, qué esperas…
Exige Ciel con voz imperiosa, baja, ligeramente agitada aún. Esa pequeña cabeza aún escondida en su cuello.
—Yes, my lord.
Contesta en un tono atípico, flexionándose como puede, para alcanzar la toalla, con la que cubre a Ciel, luego aún en esa posición, alcanza su guante en el suelo, y luego su chaqueta colgada en un biombo.
Sale de nuevo a la habitación, y deposita a Ciel sobre la cama, el menor con la vista baja se encoge sobre sí mismo, tapándose lo mejor que puede con la toalla.
Ciel está avergonzado de su comportamiento, Sebastian lo comprende, porque él también lo está.
Se coloca de nuevo la chaqueta y el guante, y comienza a vestir al niño, sin mirarle realmente, meditando su violenta reacción, el fuego latente y peligroso que había palpitado en su vientre y casi había viajado al centro de su cuerpo, en medio de sus piernas.
Es un pensamiento perturbador, casi aterrador, pero se había imaginado por un instante breve, colocando a Ciel sobre el suelo, quitándose la ropa, abriendo las piernas de aquel niño y luego hundiendo su sexo en él, tomándolo una y otra vez sobre el piso del baño, hasta agotarse.
De ningún modo eso está bien.
Se supone que su deseo es solo jugar, divertirse a costa de la decencia y seriedad de Ciel.
El desearlo, conlleva a travesar un límite peligroso, y teme, que esa barrera se haya roto con sus acciones de solo instantes atrás.
Cuando debe atarle el lazo del cuello, decide observarle de nuevo a la cara, notando las pupilas de Ciel dilatadas, producto de una excitación sin igual y aun latente, y los labios enrojecidos e inflamados, a causa de sus besos.
Sus besos, los de nadie más.
Siente una presunción invadirle, pero le controla. Le ata el lazo en el cuello, para luego colocarle el parche que cubre el contrato.
Ciel eleva el mentón y con seguridad camina a la puerta de la habitación, que Sebastian abre con rapidez.
Es entonces cuando mira al chico aspirar profundo, obligándose a tomar valor, y solo cuando lo hace, es capaz de caminar sin vacilación hacia su destino.
Criatura embriagadora, digna de toda devoción.
Es irónico pensar que Ciel tiene razón.
Que patético es en realidad, cautivado ante tan frágil ser.
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Ciel observa con diversión el cuadro ante sus ojos, el gesto de repulsión que le dirige aquel viejo policía, junto con las miradas desconfiadas de sus escoltas, erguidos de pie, tras su jefe que le observa sentado en su elegante escritorio de caoba.
—¿Cuál es el truco, mocoso?
Espeta el policía, con desdén ante Ciel. El menor solo sonríe, divertido, jugando.
—Ninguno, Lord Randall —repone Ciel educadamente, modulando la voz de tal modo que suena cautivante—. Solo estoy delegando en sus manos una misión ordenada directamente por su majestad.
La carta es arrugada en las manos del adulto. Ciel no puede verlo, pero Sebastian curva ligeramente los labios, complacido ante el sarcasmo y arrogancia de su señorito.
A excepción de sí mismo, solo Ciel tiene la capacidad de ser tan pedante con otro ser humano.
Al menos en este momento de su existencia.
Ciel se pone de pie y da vuelta, dispuesto a ignorar todo el alegato que aquel policía amargado desee darle, o escuchar un discursillo patético y decente de ese otro policía, llamado Underline, o como se escriba.
—Será usted ahora quien se llevara el crédito por mis acciones, Lord Randall —permite que Sebastian le coloque el sombrero de copa—, sea feliz por ello. Solo he de exigirle que no tarde, su majestad y yo no estamos nada contentos con aquellas apuestas, más si es la mafia italiana quien está detrás.
El policía va a rabiar, pero Sebastian se adelanta, abriendo la puerta para que salga Ciel, con un movimiento elegante que ondea su capa, él solo mira a los tres policías, hace una reverencia, sonríe con simulado encanto y se encamina tras Ciel, evitando cualquier réplica.
Existe algo maravilloso que le embarga, y esa energía también la desprende Ciel.
Es el regreso al principio, a la diversión de las acciones, es el observar tras una mampara de cristal a Ciel, y admirarlo como cuando todo inicio.
Admirarlo, anhelarlo, y sin embargo, intentar matar todo dentro de sí, por su naturaleza, porque no deben existir emociones de ninguna clase ante un humano.
Humanos… seres patéticos y débiles, indignos de cualquier atención de un demonio de su clase.
Oh, juego divertido y estúpido. Mente volátil e idílica. Costumbres y orgullo.
Porque regresar de vuelta al punto en el que solo eran sirviente y señor, posiblemente será imposible.
La mano de Sebastian se extiende para ayudar a Ciel a subir al carruaje, el chico, sin mirarle e indiferente, acepta, impulsándose adentro.
Ciel no se considera valiente —no tiene un concepto propio de sí, de hecho—, aunque algo cree que hay de ello, al resistir tan bien a Sebastian, y continuar tratándolo como el perro fiel que es.
Es domingo, y temprano habían abandonado Midford Manor, para su alivio, no resistía los hechos, tan fuertes e intensos ocurridos en ese lugar, en el menos indicado, en la morada de la única familia que le quedaba.
En el hogar de su prometida.
En el hogar de Lizzy.
Los Midford habían sido buenos, procurando tratarlo bien, el marques halagándolo de vez en vez, sobre sus enormes avances en el esgrima, tía Frances aconsejándole sobre su manejo de responsabilidades como 'el perro guardián de la reina'.
Era la hermana de su padre, una Phantomhive en realidad, después de todo.
Aunque no dejaba de fastidiarle cuando insistía con otro discurso.
—Deberías volver al Weston Collage, Ciel.
Y él con su fingida paciencia solo respondía, con un hecho innegable.
—Su majestad y mis deberes me requieren fuera de ese lugar, tía Frances.
La mujer rubia solo le miraba antes de dar un suspiro bajo, frustrada al no poder cuidar a su sobrino como le exigían sus instintos maternales, y orgullosa de Ciel, que con honor y coraje lleva en alto el legado de su familia, de su hermano.
El título de conde Phantomhive.
Luego Edward, que con permiso especial de parte de sus padres había podido salir del internado, y llegar en la tarde siguiente a su arribo.
No dejó nunca de repetirle, lo mucho que le detesta, y quejarse y lloriquear cada vez que Lizzy mostraba su preferencia por él.
Lizzy.
Todo se reducía a la muchacha finalmente, que dejando de lado sus arrebatos e ideas infantiles, había hecho tal cosa que colocó su mundo de cabeza, y no por ella…
Por él.
Le había besado.
Beso torpe, primerizo e ingenuo.
—No, nos veremos en tanto tiempo Ciel. Quería llevarme aunque sea eso de ti…
Se había disculpado abochornada, aunque su acción no había durado más que segundos, él tampoco buscó prolongarlo, aunque su boca le contesto mientras ella se atrevió a tan osada acción.
Entonces, descubrió algo aterrador, algo aún más inquietante que el abrazo y el beso lujurioso que había compartido con Sebastian.
Le gusta Sebastian, solo él, ni Lizzy, ni nadie más.
No supo porque se sintió tan abatido tras esa revelación, quizá porque al responder al beso de Lizzy, solo la había usado para comprobar sus teorías.
Que fueron positivas. Terrible.
Su ojo mira discretamente al demonio, que observa el panorama a través de la ventanilla diminuta del carruaje.
Sereno… tan calmo, que parece irreal.
Criatura tan magnifica, de belleza, poder, maldad e intelecto inigualables.
Es consciente, que es ahora cuando debe tomar la decisión final del juego, aceptar los términos de Sebastian, o darle la preciada contraorden.
El coche se detiene, frente al hotel en el cual se hospedaran, ante su negativa de ir a su mansión de la ciudad, y encontrarse con Soma y Agni, que tan hospitalarios como entrometidos, podrían ser más perceptivos que su propia tía, y descubrir algo extraño entre él y Sebastian.
No está dispuesto a correr ese riesgo.
El mayordomo da unas cuantas instrucciones al cochero, solicitando sus servicios para el día de mañana, pagándole sus honorarios.
Ingresan al hotel, el recepcionista, un hombre algo viejo deja de leer el periódico en cuanto los ve entrar.
—Buena noche —les saluda, luego de comprobar que el reloj de pared, marca las seis y media de la tarde.
—Buena noche —contesta Ciel, adelantándose a Sebastian—. Deseo alquilar dos habitaciones, una suite y una normal.
El hombre realmente se siente extraño de tratar con aquel jovenzuelo, aunque supone que es quien manda, al fijarse en el mayordomo que le acompaña.
—Lamento informarle mi lord, que solo disponemos de una suite en el quinto piso.
Ciel frunce el ceño contrariado, ante una declaración sin sentido, no hay festivales ni eventos especiales en esa época en Londres, como para haber llenado un hotel tan grande.
El viejo hombre hábilmente lee los gestos de Ciel, y continúa.
—Estamos remodelando, el segundo, tercer y cuarto piso, y el primero al solo tener habitaciones de precio común, no da abasto —aclara el viejo hombre, arqueando una ceja interrogante—. Es usted un noble, ¿no?
—Por supuesto —responde en un tono arrogante, y ligeramente ofendido—. Soy el Conde Ciel Phantomhive.
Al escuchar el apellido, el recepcionista parece caer en algo de pánico.
Mucho se escucha sobre el Conde Phantomhive, su terrible poder, su magnificencia, el peso de un nombre que hace temblar a sus iguales.
Ningún aristócrata en Londres igualaría su suntuosa elegancia, su autoridad y extravagancia.
Le habían comentado una vez, ahora entendía porque.
—Lo lamento —se disculpa con una ligera inclinación de cabeza—. Pero es necesario hacer estas adecuaciones en The Ritz London, para estar siempre a la altura de personalidades como usted, Conde Phantomhive.
Ciel tamborilea ligeramente sus dedos sobre la mesa de recepción, frustrado. No existe en todo Londres un hotel que pueda asemejarse a ese, e ir a su mansión, con Soma y Agni ahí, no es opción.
—Disculpe —vuelve a intervenir Ciel—, ¿Existe al menos un mueble bastante grande en la sala de estar?
—Sí, mi señor —contesta el hombre intrigado.
—Perfecto —continúa Ciel con seguridad—. Mi sirviente podrá dormir ahí, y si el mueble resulta pequeño, en vista de las circunstancias, dormirá en el suelo, no hay problema.
El hombre le mira ligeramente impresionado, y con vacilación dirige sus ojos al mayordomo. Sebastian solo le sonríe incomodo, pero amable. Como siempre.
Obviamente la otra habitación era por simular, dado que no podía, por su posición, ordenarle a Sebastian que durmiera en la calle.
Sebastian sirve a un noble, y debe estar a la altura también.
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La habitación es impresionante, realmente ostentosa, con aquellos detalles dorados que bordean las paredes, espejos con filos labrados en oro, elegantes cortinas, y sabanas de seda con almohadas de plumas, entre muchas otras cosas.
Ciel camina hacia la cama, carente del dosel que acompaña a la que tiene en casa, Sebastian va tras él para acostarlo, luego de haberlo bañado y permitirle cenar
—¿Qué se supone que haces?
Replica Ciel, retirando el cobertor de la cama, pero sin quitar sus ojos de Sebastian.
—Me disponía acostarlo, mi lord.
Contesta Sebastian con ligera extrañeza, gesto que se acentúa cuando ve a Ciel acomodándose solo sobre el enorme lecho.
—Tienes un pijama, ¿Cierto? —continua Ciel, ya sin ver a Sebastian.
—En efecto.
—Entonces póntelo —replica Ciel como si Sebastian realmente fuera idiota—. Se supone que un mayordomo es humano, y necesita dormir. Ahora no estamos en la mansión para que te muevas a tu gusto, debemos preservar las apariencias ante todo. Lo sabes.
—No creo que nadie venga —Sebastian no miente, aunque un ligero tono provocador se entrevé en esa declaración.
Ciel lo nota de inmediato.
—Acaso debo recordarte que las otras tres suites de este piso están ocupadas por esos nobles de Austria, y que volverán a la madrugada luego de la invitación que tienen en la embajada.
El tono de Ciel parecería molesto, pero no lo es, según deduce Sebastian, es una modulación de voz que Ciel utiliza cuando lo regaña, como el adulto de la relación, y él la recibe como un chiquillo impertinente.
—A veces parece que soy yo, quien trata con un niño.
Sí, le había dicho eso una vez, e increíblemente está de acuerdo.
Hasta cierto punto, por supuesto.
Porque en otros temas, Ciel realmente es el niño, y así le complace que sea.
Busca en el equipaje y cuando halla la pieza, se quita el frac, y empieza a desabotonar su camisa.
—¡¿Qué estás haciendo?!
Sebastian escucha gritar a Ciel, y de inmediato voltea a verlo, su cara está sonrojada y sus ojos muy abiertos, el labio le tiembla ligeramente. Comprende todo con rapidez, sonríe fingiendo inocencia.
—Cumpliendo su orden, mi señor.
—Demonio indecente —masculla Ciel, al observar con rapidez la pálida piel del inicio del pecho de Sebastian—… ve al baño y vístete ahí.
El mayordomo no le da mucha pelea, hace una reverencia y se dirige a colocarse el pijama al lugar ordenado.
Cuando Ciel tiene la seguridad que Sebastian se ha encerrado en el baño, toma una bocanada de aire, mientras su mente trabaja con inusitada rapidez, algo punza en su pecho, siente una necesidad urgente de terminar con ese juego, o enloquecerá, sus nervios se han tensionado en verdad, y alguien con una psiquis tan frágil como la suya, no lo resistirá y terminara por sucumbir a la demencia.
Solo una pregunta resolverá todo, según él, y solo el responsable de ese macabro juego puede dársela.
Quizá no sea el único que pueda facilitársela, pero solo desea que lo haga él.
El demonio sale del cuarto, cargando en sus brazos su ropa perfectamente doblada.
Sus ojos azules se conectan con los rojos de Sebastian, que solo ladea la cabeza de modo inocente, e incómodo a su vez.
—Ven, Sebastian.
Le ordena con voz ronca, el sirviente muestra ligera sorpresa antes de asentir, dejando su ropa a lado de la ropa de su señorito.
Al llegar le sonríe con ligera picardía, deseando en realidad, terminar con el denso ambiente que se ha formado entre ellos.
—Sabe lo que implica que me invite a su cama.
Dice Sebastian con voz aparentemente divertida, el niño hace un mohín de molestia, pero no dura, su rostro se relaja en una expresión seria y adusta.
—Eres un monstruo, malvado y repugnante.
Ciel no duda en decirle eso a Sebastian, sin embargo, lo invita a sentarse a su lado con un gesto de su mano. El demonio no se siente ofendido ante tal enunciado, su naturaleza libre, le otorga mucha paciencia, que rara vez se extingue.
—Pero comprendes la naturaleza humana, por eso le gustas tanto a las personas.
Hay un cariz profundo en esa charla y eso empieza incomodar a Sebastian, que sentado frente a Ciel, muy cerca del pequeño, solo espera.
—Quiero que me respondas en base a tu comprensión una pregunta —los ojos de Ciel se conectan definitivamente con los de Sebastian—. Según tu respuesta te daré o no la contraorden.
Sebastian siente una ligera inquietud, arremolinarse en su vientre extendiéndose a todo su cuerpo, pero asiente, esperando la pregunta de Ciel.
El niño frunce los labios incomodo, antes de abrirlos y dejar que su voz suave y embriagadora inunde el ambiente.
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Pobre niño… pobre Ciel.
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¡Qué emoción!
Por fin lo he terminado… xD
Sé que muchas ya daban por sentado que con semejante beso habría lemon, y otras cuantas me rogaron que no…
Pero la verdad, el capítulo es como lo leen, así lo tenía planificado en mi esquema del fic, y es que, aunque amo leer esos lemons fuertes sin mayor peso argumental, cuando debo escribir uno, no puedo… no me sale, porque —probablemente por ser una persona racional, o una romántica hasta la medula, o ambas— necesito el '¿Por qué?'.
Y el ¿por qué? No existía, de hecho no estoy segura si existe aún.
Sin mencionar, que continuar la escena me costó, generalmente no pasa (el SebasCiel sale rápido), pero ocurrió y tuve que rescribirla como tres veces para quedar satisfecha, estaba muy frustrada.
Aunque luego que la pase, el resto salió de un tirón, y es que siempre me gusta describir otros personajes, y batallas —lo que hacía cuando escribía en el fandom de Naruto—, y lo extrañaba, y no me resistí, solo espero no haya quedado denso.
Pero si hay algo que no os cuadre, siempre estarán los reviews, ya saben :)
Por cierto, ¿Sabían que el manga de Naruto ya terminó?
He estado muy sensible y emocionada por ello —la serie me era especial—, supongo que eso también influyó, en el ritmo de este capítulo.
Respecto a lo demás, y a riesgo de ser redundante, quiero volver agradecerles su apoyo, y su tiempo para leer, comentar, dar favorito o seguir, es algo precioso, porque bien podrían hacer otra cosa, pero están aquí, para mí y eso me hace muy feliz, y por eso, yo también estoy para ustedes :D
Finalmente, la pizarra de honor:
— PerlhaHale — Eru Shiro-San — Sakura Hecate
— Lia-tan — SoyUnDinosaurio — Johan Palma
— .valentinalondono3597 — Shinobu Michelle
— Valenttyna
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Besos, Aredhiel! ;)
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PD. Dato curioso. The Ritz London, es un hotel real, muy lujoso, en el cual en primera instancia se hospedaba solo gente muy rica y aristócratas, aunque se inauguró en 1906, y no en la época de Sebastian y Ciel ;)
