Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, pero la historia es mía. Fruto de mi puño y mente.
Lo que está escrito en cursiva son conversaciones en la lejanía o conversaciones telefónicas.
Lo que está escrito en negrita y cursiva es lo que la protagonista escribe en su diario.
Lo que está escrito "entre comillas" son los pensamientos de el/la protagonista.
En esta historia los personajes son humanos.
.-...-...-...-...-...-...-...-...-...-...-...-.
Capítulo 6.
Comida, techo y dinero.
Cuando la niña le dijo a su padrte que quería que yo fuera su nueva niñera, se le puso cara de tierra trágame y no me saques a la superfície. La niña le estaba poniendo en un compromiso y, a pesar que me tenía por una chiflada drogadicta, aceptó. La niña se puso muy contenta y él sonrió con resignación. Se notaba que solo lo hacía por hacer feliz a su hija.
Cuando se llevó a la niña, quince minutos más tarde, el doctor volvió a aparecer en mi habitación, muy serio. Me hizo recordar al psiquiatra que teníamos en el orfanato. Tragué saliva con dificultad y aparté la vista de él, cohibida.
- Señorita Vanesa. - comenzó a decir, sentándose a los pies de mi cama. - Lo que ha sucedido hace unos minutos, ha sido algo... La verdad es que no sé como expresarlo.
- Ha sido una putada.
- Si. Eso es lo que ha sido. - dijo, hablando ya no tan serio y sin ser tan estirado. - Comprenderá usted que tenga mi reservas ante lo de tenerla en mi casa.
- Totalmente.
- Sin embargo, a Jackie le ha caído muy bien, y a ella no le cae bien mucha gente.
- A mi me pasa lo mismo.
- Por otro lado, me he dado cuenta de que no tiene donde vivir, así que le propongo algo.
Me senté mejor en la cama y miré al doctor. Me miraba fijamente otra vez, ahora directamente a los ojos.
- Yo trabajo muchas horas, para poder mantener mi casa y los estudios de mi pequeña. Encima del garaje tenemos montado un dormitorio con baño y una pequeña cocina.
- ¿Quiere que me instale en su casa? - exclamé, claramente sorprendida.
- Casi. Al lado de mi casa. Necesito una niñera que esté disponible las veinticuatro horas del día.
- Acepto el empleo.
- Que sepa que no le voy a quitar el ojo de encima.
Iba a replicarle con una de mis audaces respuestas, pero su voz y su mirada me dejaron sin habla.
- Comenzará en una semana.
... ... ...
El doctor Black tenía que venir a darme el alta, pero aun no había llegado del hospital de Seattle, en el que también trabajaba, así que yo iba por el hospital dando vueltas, exhasperada. Estaba peleándome con la máquina de chocolatinas cuando apareció la persona que me había salvado de la inmundicia y la delincuencia.
- Nessie! - exclamó, mientras corria por los pasillos, viniendo hacia mí.
- Jackie! - la cogí en brazos y la niña me abrazó con fuerza. - Al fin.
- Si.
- ¿Donde está...?
- Papá ya viene a darte el alta. - dijo antes de besar mi mejila. - Hemos tardado un poco porque la bruja le ha entretenido.
- ¿La bruja? - pregunté, sorprendida, intentando no ponerme a reír. - ¿Te refieres a la mujer de tu padre?
- La odio. - dijo, abrazándome de nuevo. - Es mala conmigo.
- Bueno, señorita...
- Cullen. - dije, mirando al doctor Black, que estaba cogiendo a la niña de mis brazos. - Me apellido Cullen.
- Bien. Señorita Cullen, por favor, venga a firmar el alta.
Fuimos los tres hacia su despacho, firmé el alta médica y los tres nos marchamos en busca del coche del doctor Black, donde encontré mi maleta.
Me senté en el asiento trasero, junto a Jackie, que me iba contando lo que había hecho ese día en el colegio. Al parecer, iba a un colegio privado que había a las afueras de Seattle.
Me quedé helada al ver la casa frente a la que se detuvo el coche. Hacía catorce años que no la veía.
- ¿Señorita Cullen? ¿Se encuentra usted bien?
El doctor Black me ayudó a salir del coche, aunque yo seguía sin poder moverme. Estaba en el mismo estado que cuando yo vivía allí con mis padres.
- Nessie, ¿estás bien? - dijo la niña, cogiéndome de la mano.
- Si, cariño. - dije, intentando sonreír, sorprendiéndome a mi misma al ser tan cariñosa con alguien. - Estoy muy bien. - 'Al fin estoy en casa.'
- ¿De verdad? - dijo ahora su padre, poniendo su mano sobre mi hombro, aunque la retiró a los pocos segundos.
- Si.
- Vamos! - dijo la niña, tirando de mí hacia la casa.
La niña me hizo un rápido tour por la casa y terminamos en lo que iba a ser mi casa. Me senté en la sencilla cama y miré a mi alrededor. 'Parece la habitación de alguien que ha hecho voto de pobreza.'
- ¿Le gusta? - dijo el doctor Black, que había ido tras nosotras todo el rato.
- Si. - mentí.
- Creo que ya logro ver cuando mientes. - dijo, cogiendo a la niña en brazos, dejándole algo en la mano.
- Queremos darte esto como bienvenida. - dijo, tendiéndome la mano. Llevaba dinero. - Puedes comprarte lo que quieras.
- No puedo aceptarlo.
- ¿Por qué no? - dijo, poniéndo cara triste.
Esa cara podía conmigo y al final terminé cogiendo el dinero, haciendo la que la niña soltara una risita.
- Nos vemos mañana, Nessie! - dijo la niña, mientras que los dos salían por la puerta, despidiéndose de mi con la mano.
Cuando me quedé a solas en el dormitorio, hice lo que más necesitaba. Ducharme.
Estuve más de media hora bajo el agua caliente y, cuando hube terminado la ducha, me vestí con la ropa limpia que llevaba en la maleta y me fui dando un paseo hacia el pueblo. Una vez allí, entré en una tienda de ropa y me cogí un pantalón vaquero y una camiseta, que era lo que más necesitaba. Cuando fui a pagar, casi me da algo. Los Black me habían dado mil dolares. Tube que cogerme con fuerza al mostrador para que no caerme.
- ¿Se encuentra usted bien, señorita? - me preguntó la dependienta, claramente preocupada.
- Creo que... Creo que puedo permitirme comprarme otro par de pantalones. - dije, poniéndome a reír de puro nerviosismo.
Me compré dos pares más de pantalones, un par de camisetas, un vestido y ropa interior.
Me hacía ilusión tener un vestido. Hacía años que no me podía permitir tener ninguno.
Aprobeché que tenía dinero y fui a la peluquería, donde me arreglé y corté bastante el pelo, qu parecía un estropajo.
Una vez fuera y sintiéndome cada vez más una persona, fui a una tienda en la que vendían cosas para el hogar y me compré un cuadro de los prados y montañas de Nueva Zelanda y otro de las pirámides de Egipto. Eran los lugares que más ansiaba visitar.
Tras mi breve paseo de dos horas por el pueblo, decidí volver a la casa.
Guardé mi ropa en el vacío armario, colgué los cuadros en la pared y fui hacia la antigua casa de mi familia, aunque no llegué a entrar, ya que a medio camino me encontré con el doctor macizo Black.
- Que casualidad. Ahora iba a verla. - dijo al verme.
- Yo también iba a verle a usted. - dije, intentando no mirarle mucho. Estaba muy guapo en chandal. - Iba a darle esto. - dije, entregándole el dinero que me había sobrado.
- Le ha sobrado mucho dinero. - dijo mientras lo contaba. - Apenas se ha gastado cien dólares. - dijo, ahora asombrado.
- Si... La peluqueria es bastante cara. - me lamenté.
- Es la primera de las chicas que he contratado que me devuelve el dinero. - seguía sorprendido. Podía verlo tanto en su rostro como en su voz. - Pero no ha debido hacerlo. - dijo, tendiéndome el dinero.
- No necesito nada más. - dije, cruzándome de brazos. No pensaba coger ni un dolar. Estaba servida.
- Sus pies no me dicen lo mismo. - dijo. Al momento ambos miramos mis pies. Mis deportivas daban pena.
- Mierda! Se me olvidó comprarme unos zapatos! - exclamé, exhasperada por mi estupidez. - No se como se me ha podido olvidar.
- Debe de ser porque son unos zapatos cómodos. - dijo, quitándole importancia. - La llevaré a comprarse un par de zapatos.
- Déjeme veinte dolares y ya voy yo sola. - dije, tendiéndole mi mani, pero no solo me dejó un billete, sino que dejó el fajo entero. - Solo uno. - insistí, devolviéndole el dinero, pero ahora fue él quien se cruzó de brazos y me dio la espalda. - Doctor Black! - me quejé, como si fuera una niña pequeña. - No quiero tanto dinero!
- Yo tampoco.
- Va... Por favor...
- No.
- Doctor Black. - volví a quejarme. - Por favor. No puedo aceptar todo el dinero.
- Si se siente más tranquila, tómelo como un adelanto de su sueldo. - dijo, volviéndose de nuevo, mirándome a los ojos.
Me quedé callada unos momentos, meditando. Eso si que lo podía hacer.
- Creo que antes deberíamos hablar de mi contrato.
- Para eso mismo iba a verla. - dijo, sacando unos papeles que asomaban del bolsillo de su pantalón. - Quería que dejáramos claras las condiciones del trabajo.
- Por supuesto.
- Venga. Vayamos a su casa. - dijo, señalando hacia el garaje.
Me quedé sorprendida al ver que lo llamaba mi casa, pero ello me hizo sentir bien y sentirme de nuevo como en casa. Fuimos juntos hacia allí y nos sentamos a la mesa de la pequeña cocina. Black puso el contrato encima de la mesa, con un bolígrafo al lado.
- He estado investigando sobre usted. - comenzó a decir, mirándome fijamente a los ojos. - Quiero que me jure...
- Yo no juro. - le interrumpí.
- Pues va a tener que hacerlo ahora. - dijo, poniéndose muy serio. - Lo que más amo en esta vida es a mi hija y lo primordial para mí es que sea feliz y esté segura.
- Vale. ¿Qué es lo que quiere que le jure? - accedí.
- Quiero que me jure que no va a robar nada, ni meterse en ningún problema.
- No tengo motivos para hacerlo. - dije, encogiéndome de hombros.
- Entonces, ¿por qué robaba medicamentos?
- Por qué es la única forma que encontré de no tener pesadillas.
El doctor no dijo nada. Había quedado sorprendido ante mis palabras.
- ¿Qué clase de pesadillas?
- No quiero hablar de ello. - dije, intentando reprimir las lárgimas al recordar a mis padres. Les añoraba. Muchísimo.
- De acuerdo. - dijo, poniendo su mano sobre mi brazo. - Veo que se trata de un tema doloroso y no quiero hacerla sentir mal. Y confío en que no volverá a suceder lo del hospital ni lo del supermercado.
- Se lo juro. - murmuré, haciéndole sonreír.
- De acuerdo. Vayamos a por el contrato.
.-.-.-.-.-.-.
New capi!
Espero que os haya gustado.
Kisses.
