Romper las cadenas

Capítulo 7

Hermione se encontró instalada en la rutina al mes siguiente de comenzar a trabajar para Snape. La búsqueda de sus padres iba viento en popa, y creía que podían estar en Cairns y sus alrededores. El dinero volvía a fluir por sus bolsillos – o más bien su cuenta de Gringotts – aunque no nadaba en oro. Era lo suficiente como para mantenerse y llevar una vida cómoda. El hospital San Mungo se mostraba complacido con su trabajo, o eso había dicho el profesor Snape al darle su parte del dinero.

Aquella noche, como el resto, la pasaría en casa de Snape. Ellos no solían hablar mucho, pero a Hermione no le molestaba. El silencio no era incómodo. Draco venía a veces para hablar con ella. Hermione creía que tenía miedo de ir a su casa, o quizás se sentía más cómodo en casa de Snape. Cualquiera que fuera el motivo, Hermione tan sólo lo veía en Spinner's End, pocas noches. Ella jamás lo había invitado a su casa, ni Draco a la suya – aunque Hermione tenía claro que no iba a pisar la mansión Malfoy nunca más.

Trabajaban en silencio mientras los pensamientos de Hermione corrían disparados. Viendo sus propias manos cortar ingredientes, pensó que no estaría mal trabajar en eso. Todavía quería mejorar las condiciones de trabajo de los elfos domésticos, pero no creía que eso le costara mucho. Era heroína de guerra, aunque no tuviera un knut, y podía usar su fama para acelerar el proceso. Pero luego, cuando terminara de cambiar el mundo mágico… Pociones parecía ser interesante. Había algo tranquilizante en mezclar ingredientes y dar vueltas a un caldero.

El profesor Snape se levantó, raudo, y Hermione levantó la mirada, asustada. Tenía la varita en la mano y examinaba sus alrededores, aunque por la expresión en su cara, parecía querer oír algo. Ella miró también alrededor, sin saber qué pasaba con el hombre. Snape se movió por fin, varita en mano, subiendo las escaleras del sótano. Hermione lo siguió sacando la varita, insegura de la amenaza a la que se enfrentaban. Algo en el fondo de su mente gritaba "mortífagos".

—Parece que tenemos visita esta noche, señorita Granger. —dijo el profesor llegando al salón. Descorrió la cortina, frunciendo el ceño. —Y no son de los que se quedan a tomar el té. —añadió.

—¿Cuántos? —preguntó Hermione únicamente. Ella no veía nada en la oscuridad.

—Demasiados. Me parece que no tenemos mucho tiempo.

Snape se giró y salió de la habitación a zancadas. Hermione le escuchó atrancar la puerta y se quedó bastante escéptica. Dudaba que un trozo de madera hiciera a los mortífagos desistir. Ella le siguió, queriendo preguntar quién estaba allí. Los pasos de Snape les llevaron hasta el dormitorio principal. Hermione sabía que no debía entrar ahí, así que se quedó en el umbral de la puerta, observando. Se escuchó el tintineo de monedas y Snape metió algo en los bolsillos de su capa de viaje.

—Debería recoger su capa, señorita Granger. —le recomendó el profesor.

Hermione volvió a por su capa marrón. Se escucharon voces y ella corrió, asustada. La voz de Bellatrix resonaba por encima de las demás. Snape salió al pasillo, ya ataviado con su capa negra, y la cogió fuertemente de la muñeca. La puerta explotó, las protecciones de la casa cayeron y se escuchó una terrible detonación. Hermione cerró los ojos, asustada. Todos los cristales de la vivienda habían reventado, partiéndose en pequeños trocitos que saltaron a todos lados. Bellatrix entró, sonriendo como desquiciada.

—El hombre al que quería encontrar… Y la sangre sucia. —se sorprendió. Hermione retrocedió, varita en alto. Snape no parecía muy preocupado por Bellatrix en esos momentos. Seguía cogiéndole de la muñeca, y la empujó detrás de él.

El resto de mortífagos entraron. Snape no levantó la varita. Nadie atacó. Hermione los miró a todos: eran muchos, y todos tenían expresiones viciosas en la cara. Se sentía a punto de perder la cordura: ¿qué iban a hacer? Snape no parecía querer pelear y Hermione esperaba el primer hechizo para empezar a lanzar todas las maldiciones que conocía. Snape la empujó detrás de él un poco más. Hermione vio cómo tomaba una redoma pequeña de un bolsillo con la mano que tenía la varita.

—Así que yo soy el siguiente. —dijo el profesor. Hermione quiso creer que estaba haciendo charla banal para conseguir más tiempo. Sin embargo, no alcanzaba a comprender para qué. Podía sentir las barreras anti-aparición que habían puesto los mortífagos. —Qué molesto.

La cara de Bellatrix se frunció en una mueca de odio. Gritó, levantando su varita un poco más, dispuesta a lanzar la primera maldición. La mano de Snape sobre su muñeca se aferró un poco más fuerte, como si quisiera decirle algo. El hombre tenía la varita baja. En un segundo, se colocó por completo delante de Hermione, impidiéndole ver a los mortífagos que les amenazaban.

Snape tiró algo al suelo, frente a Bellatrix, y se escuchó una detonación. La luz iluminó la estancia, las barreras anti-aparición fluctuaron y Hermione se sintió absorbida por un remolino de colores, viendo la maldición de Bellatrix irse con ellos. Dentro de ese torbellino, lo único que Hermione sentía seguro era el agarre de Snape sobre su muñeca, haciéndole daño. Cerró los ojos, sintiendo como algo le golpeaba en el hombro, y sus pies tocaron suelo firme.

Lo próximo que supo es que ya no estaban en Spinner's End, por los adoquines que podía sentir a través de las botas. Algo caliente chorreaba por su brazo y fue entonces cuando Hermione sintió un dolor agudo. Se tambaleó, perdiendo el equilibrio, y cayó al suelo, con la mano de Snape todavía agarrada a su muñeca. Abrió los ojos, mirando alrededor. Se encontraban en una calle ancha de un pueblo inglés. No había nadie en la calle, y el único sonido que se oía eran los ruidos que salían del pub que había cerca.

—¿Señorita Granger? —la mano de Snape deshizo el agarre y el hombre se giró para mirarle. Llevaba la varita en alto. Hermione se miró el brazo adolorido: había un profundo corte a la altura del bíceps, que recorría el brazo longitudinalmente. La sangre salía a borbotones. —Está sangrando.

—Duele. —comentó ella lo obvio. Conjuró una pequeña luz, levantándose del suelo húmedo y algo sucio, y se miró la herida. Snape conjuró una venda sobre su brazo, ajustándola mucho para cortar la circulación.

—¿Puede andar? Bellatrix vendrá por aquí dentro de poco.

Hermione asintió. Sentía el brazo entumecido. Su sangre había manchado el suelo, colándose entre los adoquines. Snape la miró una última vez antes de observar su alrededor, evaluando adónde debían ir. Un poco más adelante terminaba el pueblo. Snape la dirigió hacia allí, andando a paso ligero. Hermione tenía que correr a ratos para mantenerse junto al profesor. Las capas de viaje que llevaban revoloteaban en la noche sin viento y húmeda.

—Vamos a desaparecernos de nuevo. —tuvo la decencia de avisar Snape esa vez, cuando salieron del pueblo. Ya se podían oír las voces ruidosas de los mortífagos.

La garra de Snape volvió a colocarse en su muñeca, haciéndole un poco más de daño, y de nuevo desaparecieron en un torbellino de colores apagados. Esa vez, aparecieron en un camino de tierra rodeado de maleza. Snape la soltó, iluminando el camino con la varita, y Hermione le imitó, caminando detrás de él. No se molestó en preguntar adónde iban, pues tenía la sensación de que se irían de allí dentro de poco.

Caminaron por lo que pareció una eternidad, y finalmente llegaron a su destino. La espesa naturaleza que se introducía en el camino, dificultándoles el paso, se abrió, y una casa blanca apareció frente a ellos. Hermione la examinó, siempre detrás de Snape, pues se sentía algo débil por la pérdida de sangre y no quería alejarse mucho. Tenía una pequeña valla, otrora blanca, y un jardín muy descuidado. La vivienda tenía dos pisos y buhardilla. Las ventanas estaban rotas y sucias por el paso del tiempo y el abandono. La puerta estaba entreabierta, descolgada del marco. Dentro no se veía nada, tal era su negrura.

—¿Vamos a quedarnos aquí? —preguntó Hermione al traspasar la valla. El chirrido agudo que hizo el metal al moverse perforó sus oídos. Snape hizo un gesto afirmativo, sin hablar.

Se introdujeron en la casa. Por dentro, la vivienda era terrorífica. Los muebles viejos y desgastados estaban tumbados y había desconchones en los muros, como si alguien hubiera tenido un duelo violento hacía mucho tiempo. Aquello podía haber sido pasable si no fuera por las manchas de sangre que había en la cocina y en el techo del salón, al menos en la mitad que quedaba en pie.

—¿Dónde estamos? ¿Qué sitio es este? —preguntó Hermione, parada frente al dintel de la cocina. Snape miró la sangre seca y vieja un momento, antes de girarse de nuevo.

—La casa de los Bones. El Señor Oscuro los mató personalmente.

Hermione miró a su alrededor, una nueva perspectiva formándose en su mente. Estaban en la casa de unos antiguos miembros de la Orden del Fénix. Se tapó la boca, horrorizada, y se escuchó el ruido de las escaleras de madera crujir bajo los pies de Snape. Hermione no dijo nada, pero se sentía a punto de vomitar. Le siguió con cuidado, tratando de no pensar en la cantidad de sangre que había por toda la casa. Parecía como si nadie hubiera vuelto a entrar tras la defunción de los Bones.

Las escaleras daban a un largo pasillo con varias puertas. Hermione se sintió enferma al ver la sangre en las habitaciones de los niños, esparcida por sus camas. Voldemort no había tenido piedad, pensó. Snape la condujo hasta el baño, haciéndola entrar. Hermione tenía la piel pálida y enfermiza. Snape cerró la puerta detrás de él y examinó el baño, indicándole que se sentara en el inodoro.

—Señorita Granger, necesito que sea fuerte en estos momentos. —le dijo, trayéndola de vuelta a la realidad. Hermione asintió, temblorosa. —Voy a mirar su brazo.

—¿Por qué nos ha traído aquí? —preguntó Hermione, tendiéndoselo. Snape retiró la venda con cuidado. Se le veía tenso mientras tocaba las vendas empapadas de sangre. Hermione recordó entonces que Snape era un vampiro.

—Necesitaré que se quite la ropa para poder examinarla mejor. —Hermione asintió. Se quitó la capa de viaje y la túnica. —Necesitábamos un lugar apartado para pasar la noche. No puedo llevarla por el mundo muggle sangrando de esa manera. —Snape dejó la ropa que Hermione le tendía encima de la bañera. —La camisa también.

—¿También? —Hermione sintió que las mejillas le ardían. Si se quitaba la camisa… Se quedaría en sujetador. Tragó saliva, pensando en las manos de Lucius Malfoy sobando sus pechos de esa forma ruda y cruel.

—No es nada que no haya visto ya. —le recordó Snape. Hermione asintió, temblorosa, y bajó la vista al suelo. —¿Quiere que la desabroche yo?

Hermione asintió, sin mirarle a la cara. Sus ojos estaban fijos en su regazo. Sabía que Snape no le pediría eso si no fuera porque era imprescindible, y Hermione sabía que lo era. La herida se encontraba cerca de la axila, un sitio poco manejable con una camisa encima. Allí también había una arteria importante, que seguramente era la causa de tanta sangre. Los dedos de Snape desabrocharon botón tras botón de su camisa, sin terminar de quitársela; sólo lo justo para poder sacar el brazo. Una copa del sujetador de Hermione quedó al aire cuando Snape levantó su brazo, examinándole. Lo apoyó en el lavabo, agachándose para poder observar mejor.

—¿Usted ya espiaba para Dumbledore entonces? —el profesor pareció entender qué quería decir ese entonces.

—Sí. —Snape conjuró un paño y lo humedeció. Lo pasó por la herida, presionando en la arteria para que dejara de salir sangre. Hermione miraba, sintiendo el brazo notablemente más entumecido. Ya no sentía las puntas de los dedos. —A la mañana siguiente, yo seguía dando clase de Pociones, como si nada hubiera pasado.

—Eso debió de ser duro.

Snape la miró por un momento, como si estuviera sorprendido. Hermione le aguantó la mirada con honestidad y, después de un momento, Snape continuó palpando la herida con el paño. El corte era profundo y el borde de la piel abierta estaba fuertemente enrojecido. Hermione reconoció entonces la maldición que Bellatrix le había mandado: Diffindo. En cierta forma, le sorprendió. La mortífaga sabía de la maldición Sectumsempra que el propio Snape había inventado, mucho más potente que un hechizo de corte regular, pero no la había utilizado.

Snape se removió un momento y sacó una redoma de su capa de viaje. El líquido marrón se revolvió en su interior, y Hermione lo identificó rápidamente como esencia de díctamo. Snape gastó la mitad de la redoma curándola, vertiendo gota a gota el contenido sobre la herida. Hermione nunca había visto el efecto, aunque era descrito en varios libros. La piel se cerró, borrándose la línea roja y furiosa después, y finalmente solo quedó su brazo, impecable.

—Tome. —Snape le pasó otra poción roja, guardando la esencia de díctamo. Hermione la bebió, reconociéndola como poción reabastecedora de sangre.

—Gracias. —murmuró Hermione.

Snape se giró, sin decir nada, y comenzó a lavarse las manos en el lavabo, que escupió un poco de agua sucia antes de empezar a funcionar bien. Hermione se vistió, poniéndose la túnica y la capa de viaje, y esperó. Las manos del hombre temblaban un poco mientras se las lavaba con fruición. Ella se lanzó un hechizo de limpieza sobre las ropas, eliminando la sangre. ¿Necesitaría Snape alimentarse?

Snape salió del baño sin decirle nada. Esperaba que le siguiera, suponía Hermione. Ella no sabía muy bien qué decir, o si ofrecerle su sangre, a pesar de haber tomado una poción reabastecedora de sangre unos momentos antes. Se introdujeron al que debía de ser el dormitorio matrimonial. Había una cama vieja y polvorienta delante de un armario desvencijado. Una de las mesillas estaba rota, hecha astillas. La sangre adornaba el cabecero de la cama.

—Debería descansar. —le aconsejó Snape, señalándole la cama. Él se sentó en el suelo, cerca de la ventana. Hermione miró la cama, que tenía algunas gotas de sangre, y se sentó a su lado.

—Duerma usted ahí si le apetece. No pienso tocar esa cama.

Snape no dijo nada. Desde ahí, Hermione podía ver la entrada de la casa. Era un perfecto puesto de vigilancia. El silencio inundó la habitación. Hermione se hizo un ovillo, sintiéndose exhausta de repente. La emoción de la pelea y huida se había ido, dejándola con un brazo irritado y un enorme agotamiento, descansando en el suelo a menos de diez pies de distancia con la sangre que había en la pared. Tragó saliva, enrollándose un poco más en su capa de viaje. Snape se movió y la pesada capa negra cayó sobre Hermione de forma descuidada. Ella la utilizó como manta.

—Gracias. —murmuró Hermione. Snape le reconoció el agradecimiento con un gesto, mirándola fijamente un momento. Hermione continuó, después de un segundo de indecisión —Después de todo lo sucedido, creo que podemos tutearnos. —Snape alzó una ceja.

—¿Te estás poniendo sentimental, Granger? —le preguntó, tuteándola.

—Hermione, si no te importa. —le corrigió ella. —Y no, no me estoy poniendo sentimental. No me parece correcto seguir tratándonos de "usted" cuando ya me has visto desnuda un par de veces. —miró al frente. No se esperó la disculpa de Snape:

—Lamento lo de Lucius. —Hermione hizo un ruido con la garganta, desestimándolo. —Si te sirve de consuelo, no he mirado esta vez. —Hermione se recolocó la capa negra, cubriéndose los hombros.

—Pervertido. —susurró con una sonrisa. Snape no contestó, esbozando una levísima sonrisa. Se quedaron un rato en silencio y luego Hermione preguntó abruptamente —¿Por qué Dumbledore y el señor Malfoy se aliarían en su contra precisamente?

—No le estás preguntando a la persona correcta. —desestimó su pregunta Snape. —Dumbledore y Lucius siempre han tenido alguna especie de trato, al menos desde que empecé a trabajar en Hogwarts. Esa es mi teoría.

—¿Por qué crees eso? —preguntó Hermione, asombrada. Malfoy y Dumbledore aliados desde hacía tanto tiempo no era algo bueno.

—Al día siguiente a mi admisión, Malfoy fue a ver al director. —le explicó. Hermione asintió, siguiéndole. —Y luego, todos los libros de la biblioteca que trataban a los vampiros en profundidad simplemente desaparecieron. Qué coincidencia… —ironizó Snape. —Me costó años encontrar sobre los actos y saber qué estaba haciendo yo, pero cuando lo encontré el Señor Oscuro había renacido y no era un buen momento para intentar matar a Lucius.

—Tiene sentido, por lo que sabemos de Dumbledore. —concordó Hermione. Snape bufó, algo divertido al recordar las palabras de Dumbledore, su temor.

Hermione cerró los ojos, ladeando la cabeza. Se encontró con el hombro de Snape y dejó que su cabeza se apoyara allí, esperando la negativa del hombre. En silencio, Hermione se dejó llevar por el cansancio.


Nota: Ugh, la cosa se ha puesto fea y peluda en un momento. Y en momentos de necesidad, nuestros dos protagonistas hacen un frente común.

Saludos,

Paladium