Capítulo VII

Nunca imaginé que iba a ser así. Creí que sería suya esa noche, me creí lo que me había dicho, su instinto de posesión, su celo, su deseo de varón. Pero no me obligó, no me presionó, él respetó lo que estaba pasando y dejó que durmiera en sus brazos sin insinuaciones. Y fue lo más maravilloso para los dos de nuestras vidas.

Al compás de su corazón y de su respiración, el mundo exterior dejó de existir, no había peligro capaz de perturbarnos, no había problema alguno capaz de molestar el amor que había en esa habitación. En sus brazos estaba segura y protegida, había sentido mi miedo y eso pudo más que sus instintos.

Cómo nacería la unión entre nosotros, no los sabíamos y no nos importaba.


Las velas seguían encendidas cuando desperté, y se traslucía el resplandor a través de las cortinas de la cama de dosel. Parecía que había vuelto a nacer, sin nada en el pasado, presente o futuro, sólo nuestro pequeño mundo estaba envuelto por un velo escarlata.

Thorin estaba despierto ya, me observaba dormir y pude ver con claridad todas las cicatrices que tenía en su musculoso pecho. La caja de plata que contenía la Piedra del Arca estaba en nuestro lecho…

Unas sonrisas fueron nuestro saludos. Tal vez no había amanecido todavía allá afuera, y el silencio siguió entre nosotros pues no hacían falta palabras.

Después de un rato él se dio cuenta de que tenía que decir algo con respecto a la caja.

-Yo iba a obsequiarte la Piedra del Arca como mi regalo de bodas…- pronunció torpemente. Todo lo que intentaba hacer era torpe, no iba con su personalidad el ser abierto o romántico, pero eso era precisamente lo que lo hacía más hermoso.

Ninguno de los dos podía serlo de hecho, no estábamos acostumbrados a eso. Tal vez era por eso que nos encontramos el uno con el otro.

-No necesito regalos materiales. Ya con lo que me han dado me es suficiente. Quiero agradecerle a todos por haber hecho que nuestra boda fuera la más especial. Mira qué increíble vestido hizo Dís con el que era de tu abuela, la ceremonia que propinó Gandalf, mejor que cualquiera hecha en los mejores reinos y palacios, el apoyo de tu padre y Dáin que al principio no me vieron con buenos ojos-

-No creo que haya habido una boda más especial y emotiva en la historia de los Enanos- dijo de todo corazón.

-No te preocupes por esa joya, Thorin, no importa, mi regalo eres tú y tu amor. No puedo ser más dichosa, nada más importa-

No había palabras para decir nada, sólo gestos. Dejó la caja en la mesa de noche y cerró las cortinas, esperé recostada lo que quisiera hacer, lo que le naciera hacer, esperé recibir su beso, su lengua en un embriagador beso Naugrim... la caricia de su barba finamente afeitada sobre mis labios.

Nada más, él no hacía nada más, ni él ni yo, no se necesitaba, era demasiado lo que sentíamos.


Un joven Elfo de aspecto extraño, pero hermoso rostro, estaba parado en una colina que daba al gran lago cuando Lindir lo encontró.

No se inmutó, continuó con sus ojos azules clavados en la Montaña Solitaria cuya presencia reinaba imponente todo el paisaje.

-Legolas- llamó su atención Lindir. Legolas no volteó, tenía la Orcrist en su mano colgando indiferente.

Lindir sabía que el joven conocía el mensaje, así que no dijo nada.

Al fin Legolas decidió atender al llamado de su padre. En silencio siguió a Lindir, montando su caballo y alejándose de la colina.

-Padre- habló cuando Lindir lo llevó frente al rey.

Thranduil le clavó la mirada.

-Eres un príncipe, Legolas, pero desobedeces los mandatos de tu padre y tu rey ¿Por qué me deshonras de esa manera?-

-Padre, no te deshonro. Intento ver por qué debo combatir contra gente que no nos ha hecho nada a nosotros-

El rey resopló sin muchas fuerzas para entrar en la misma discusión.

-Odio a los Enanos, pero esta gente de Erebor no nos han hecho nada. No entiendo por qué vinieron nuestros ejércitos aquí-

-No es natural que pienses eso, hijo- en los ojos de Thranduil había frialdad pero también dolor –No intento hacerles daño, pero pesa sobre nosotros un legado que respetamos y seguimos-

Legolas sacudió la cabeza, había sido criado para llevar ese legado, un legado de venganza y odio, pero su espíritu se negaba a aceptarlo. En cierta forma pensaba que pasaba por lo mismo que Thorin y aquellos Enanos, por eso tenía la espada en su mano como algo que no era suyo, aunque supuestamente era suyo, al igual que el oro de Erebor.

Aún no sabían otros lo del Silmaril.

-Las cosas se han complicado, Legolas. Por ahora no puedo decirte nada- lamentó Thranduil –Pero debemos hablar. No será aquí, sin embargo. Vámonos-

El joven asintió aceptando obedecer a su padre, pero la idea de devolver la Orcrist a su dueño verdadero no abandonaba su mente.

Echó una última mirada a la Montaña Solitaria con una sonrisa inexplicable. El nuevo día había amanecido brillante y esplendoroso, como si hubiera una felicidad en el reino de Erebor que emanara por los poros de la montaña, eso sentían los Elfos. Había felicidad aunque los problemas intentaran empañar todo.


Se me está haciendo bastante difícil continuar el fic debido a los comentarios y "críticas", incluso de opiniones y notas que hago a lo largo de la escritura, tan mal intencionadas. Tal vez deba optar por ignorarlos y bloquearlos para que no trunquen el camino natural de la historia y logre terminarla. De no hacerlo no me quedará más que abandonar el trabajo, porque claro que no voy a continuar en este trabajo, que es trabajo con muchos conflictos, nada más que para ocasionar mal intencionadas opiniones de gente que me critica y que no termina de entender lo que es esto. Porque yo escribo esto por mi gusto, porque disfruto el continuar y terminar mi historia, y si ese gusto se acaba por cualquier razón, tengo cosas maneras más importantes para practicar mi escritura.

Y está acabándose. Sin embargo todo lo que dejo fluir en la historia no está influenciado por absolutamente nada más