ESTA HISTORIA NO ES DE MI PROPIEDAD COMO TAMPOCO LOS PERSONAJES ES UNA ADAPTACION DE UN LIBRO QUE ME GUSTO Y LO QUISE ADAPTAR A TWILIGHT ESPERO LES GUSTE

LO SIENTOO SE QUE NO TENGO ESCUSA Y MUCHAS ME QUERRAN MATAR POR SUBIRLO TAN TARDE Y TODAVIA MAS SIENDO TAN CORTO PERO ES QUE CASI NO TENGO TIEMP ADEMAS MI MAMÁ ESTA ENFERMA Y NO ME DEJABA PRENDER LA PC ANTES CONSEGUI QUE ME LO PRESTARA PARA SUBIR ESTA CAP UN MOMENTO EL LUNES LES SUBO EL OTRO MAS LARGO BYEEE CUIDANSE


Tres días.

A Isabella le parecía todo un poco apresurado, una locura, pero ése era el plan; antes de que acabara el día, abandonaría la isla, iría directamente al palacio y se casaría.

No había vuelto a ver a Edward. Sólo había recibido una rápida llamada.

-Está todo organizado -le había dicho-. O lo estará para la boda. Tendremos una reunión con tus abogados y los míos para firmar los contratos. Ashley me ha dado tus medidas. Sólo tienes que venir.

—¿Mis abogados?

—He contratado a los mejores -había asegurado, e Isabella había percibido cierto humor ácido en su voz-. Créeme, son muy buenos. No te puedes ni imaginar la cantidad de detalles que nos están exigiendo.

—No creo que necesite...

—No sabes lo que necesitas. Y tampoco yo lo sé. Estamos haciendo todo lo que hay que hacer y yo estoy dando todas las garantías que se me ocurren -entonces había hecho una breve pausa-. ¿Qué tal está Deefer?

—Bi... bien, está muy bien -el cachorro estaba resultando ser ungran apoyo. Si no lo hubiera te nido, se habría vuelto loca, allí sentada sin otra cosa que hacer que pensar en su inminente boda.

—No dejes que se te ponga la nariz más roja, ¿de acuerdo, preciosa? -le había dicho a continuación, en un tono más distendido-. No quedaría bien con las rosas con las que mi madre quiere decorar la capilla.

Después de eso había colgado y ella sólo había podido esperar a que pasara el tiempo sin volver se loca.

Por fin había llegado el día de la boda. Ashley entró en su habitación nada más amanecer, abrió las cortinas y sonrió.

—La novia que tiene un día de boda soleado es una novia feliz.

—Debéis de tener el país lleno de novias felices -respondió Isaeblla, que estaba nerviosa y algo gruñona-. En este país siempre hace sol.

—Entonces sonríe -dijo Ashley -. Es el día de tu boda.

—No es una verdadera boda, ya lo sabes -respondió, malhumorada-. Sólo soy su esposa cautiva.

—Pues con la que no era cautiva... -comenzó a decir el ama de llaves con voz discreta-. Tanya..., eso sí que fue un desastre. Quizá esta esposa cautiva es con la que debería haberse casado desde el primero momento -dejó de sonreír y fue junto a la cama-. Creo que mi Edward encontró a la mujer de su vida hace diez años, sólo que no se dio cuenta.

—Eso es absurdo —susurró Isabella, que cada vez estaba más aterrada—. Sabes que esto sólo es un matrimonio de conveniencia y que Edward no quiere casarse.

—Sé que a Edward lo educaron como se educa a un príncipe —dijo Ashley e le puso la mano en la mejilla a Isabella, a modo de bendición—. Sabe bien cuáles son sus obligaciones. Pero también sé que tiene un corazón con sus propias necesidades. No dejes que el miedo te haga perder esta oportunidad. Y ahora... a la ducha —le ordenó amablemente—. Te he preparado la ropa que tienes que ponerte para el viaje. Habrá fotógrafos cuando llegues a Volterra; hoy te van a hacer fotos desde todos los ángulos posibles —la miró detenidamente—. Aún se te está pelando la nariz. ¿Qué novia de la realeza acude a su boda con la nariz pelada? Ay, Isabella, Isabella, ¿qué va a hacer Edward contigo?

—¿Casarse? —sugirió ella con un hilo de voz.

—Por supuesto. Y luego, ¿qué?

Ashley había escogido un impresionante traje de chaqueta rojo con unos zapatos de tacón de aguja a juego, pero no lo había sacado del armario; allí no había encontrado nada que considerase apropiado para su presentación en Volterra, y había hecho que Felix le llevara aquel traje.

Estaba todo lo guapa que podía estar... sin contar la nariz pelada.

Edward estaba esperándola. La familia real la esperaba. Todo el maldito país estaba esperándola.

Así empezó el día. En la isla todo fue bien; sólo tuvo que despedirse de Kellan & Ashley. El ama de llaves le dijo adiós con lágrimas en los ojos.

Isabella también estaba a punto de llorar, pero no lo hizo hasta que se encontró sentada con Deefer en el helicóptero. Felix era el piloto, pero no pensaba dirigirle la palabra por nada del mundo.

Abrazó a Deefer mientras veía cómo la hermosa isla de Edward se hacía más y más pequeña. Y enseguida vio otra isla, Volterra, que se hacía más y más grande.

—¿Quiere una copa antes de aterrizar? La en contrará en el armario que tiene a su izquierda —le dijo Felix tímidamente.

—Preferiría ahogarme antes que aceptar algo que tú me ofrezcas, bruto secuestrador —respondió Isabella con odio.

—Me limitaba a cumplir órdenes.

-Bueno, pues ahora mis órdenes son que te acerques a mí lo menos posible.

-Me temo que no va a ser posible. Me han nombrado su guardaespaldas.

Dios mío.

-Va a tener que acostumbrarse a mí —dijo el piloto—. ¿Quiere una copa ahora?

—Me tienta —murmuró ella—. ¿Va a venir Edward a recibirme?

—No lo verá hasta la boda —respondió Felix, sorprendido—. Da mala suerte ver a la novia. Pero creo que va a acudir toda la familia real, excepto Edward.

—Ay, Dios —susurró y cambió de idea—. Creo que me voy a tomar esa copa. Pero que sea pequeña. Y...

—¿Sí, señora?

—Que sea algo fuerte.

Allí estaban. Todos en fila como si fuera el desfile de Navidad, sobre una alfombra roja para que sus reales pies no tuvieran que tocar algo tan ordinario como el asfalto.

Los reconoció a todos por las fotografías que había visto de ellos. Emmett, el príncipe heredero, tan guapo como su hermano, con un aspecto seguro y severo. La reina Esme, elegante y serena,pero con un ápice de preocupación en la mirada.

Y quizá de dolor, se dijo Isabella. Estaba sonriendo para las cámaras, pero miraba una y otra vez a su hijo mayor. Había tenido que afrontar la muerte de su esposo y el descubrimiento de que la había engañado y que había vendido, o quizá incluso regalado, el diamante que mantenía unido aquel país. Sin embargo, conseguía mantener una imagen de serenidad ante el público. Era evidente que tenía mucha experiencia.

Jasper, el príncipe que había provisto a Edward de aquel extravagante vestuario, no estaba allí. Se encontraba de luna de miel, según le había conta do Ashley, algo que había supuesto un problema añadido para Edward; había muchas cosas que hacer además de buscar el diamante, y toda la familia real estaba abrumada de trabajo.

Las que sí estaban eran las dos hermanas de Edward. Las niñas mimadas, las había denominado Ashley. Alice y Rosalie. «No hay cosa que les guste más que escandalizar a la prensa», le había dicho el ama de llaves, pero al ver cómo la observaban ambas, Isabella pensó que también iban a disfrutar mucho juzgándola a ella.

—La esperan —anunció Felix.

—Necesito... a Edward —parecía una niña asustada, pero no podía evitarlo.

—Estará esperándola en la capilla.

-Estupendo.

Isabella tragó saliva y apretó a Deefer contra sí. Y salió al encuentro de su futuro.

Entonces las cámaras se hicieron con todo el poder. Había tantos flashes que, cuando Isabella pensaba en ese día, lo único que recordaba era fogonazos de luz blanca. Hubo un breve respiro cuando la llevaron ante los abogados, un grupo de hombres y mujeres muy serios que la asesoraron y quisieron asegurarse de que entendía perfecta mente los términos del contrato que iba a firmar. Isabella lo intentó.

La Corona no tendrá más responsabilidades.

-Una vez se haya firmado el divorcio y el príncipe Edward haya cumplido todas las condiciones del presente contrato, usted no podrá reclamarle más ayuda, ni económica ni de ninguna otra naturaleza.

Eso había quedado más que claro. Había accedido a participar en aquella boda, y luego seguiría adelante con su vida. Eso lo entendía, pero se sentía aturdida, como si la copa que había bebido la hubiera anestesiado.

Tenía que firmar aquel documento y confiar.

Después de la firma, alguien se llevó a Deefer.

—Cuidaremos bien de él y se lo devolveremos cuando todo esté más tranquilo, señora. Pero no puede estar con usted durante la boda.

La muchacha lo dijo bromeando, pero Isabella pensó: «Nadie va a estar conmigo en la boda. Nadie».


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