VII
-¡Esta es una ofensa a la casa Hedervary! ¡Será mejor que traiga a su heredero y se case con mi hija!
-Es imposible, lord... El príncipe se niega a cumplir con el trato y no podemos hacer nada.
-¡Solo es un mocoso! ¡¿Acaso no pueden con un chiquillo rebelde?! Si se hubiera negado desde el principio, no estaríamos en esta situación ¿No ve las consecuencias de su decisión?
-Usted sabe que los Beilschmitd son un hueso difícil de roer.
-¡Salgan de mi vista y díganle a su rey que la alianza se cancela! No dejaré que se burlen de mi familia.
-¿Escuchaste eso, Roderich? Por mi culpa el reino rosa y verde serán enemigos.
-Escúcheme, lady Elizabetha; usted no es la culpable...
-Todavía no eres el Jack, así que deja de tapar el sol con un dedo. Es muy claro que mi incompetencia como mujer decepcionó al príncipe.
El canto del gallo me despertó, miré el vaso sobre la mesa y recordé lo difícil que fue intentar dormir en la madrugada. Me quedé pensando por unos segundos en ese flashback distorsionado... era verdad que el rey Hungría estaba furioso con el príncipe y la familia rea pero lady Hedervary no había dicho esas palabras; al contrario, ella ni siquiera habló al respecto ¿Acaso ese sueño era un deseo oculto que tenía? Claro que no. Tal vez esto es producto de mi falta de sueño...
Era martes por la mañana y como se trataba de "la semana de los reyes", habría una nueva visita.
Me vestí rápidamente para iniciar la jornada con la supervisión a los otros sirvientes.
-Buenos días, señores-saludé a los empleados que estaban organizados en dos filas; una de mujeres y otra de hombres.
-Buenos días, sir Eldenstein-todos saludaron con una reverencia.
-Hoy es el tercer día de "la semana de los reyes" y debemos estar preparados para los invitados de hoy-caminé entre las dos filas mientras revisaba la lista donde estaban escritos los nombres de los próximos monarcas en presentarse. Cerré los ojos y lentamente los abrí... no era una alucinación, en el papel estaban los nombres perfectamente claros y escritos con tinta: Arthur Kirkland y Alfred Jones.
Los reyes de espadas iban a presentarse en el palacio, como el nuevo jack de este reino mi deber como protector de lady Elizabetha se triplicaba ya que estos monarcas eran un enemigo dormido en busca de revancha. La guerra había llegado a su fin pero hay que ser muy ingenuo para pensar que las cosas van a quedarse así. Si algo he aprendido como aprendiz de la sota de tréboles, es que no todo se mantiene y que tarde o temprano; alguien querrá torcer el brazo de otro. Así es como se formaron los reinos... Nadie estará satisfecho hasta ver a su enemigo derrotado.
-Buenos días Roderich-lady Etel saludó, tenía las mejillas más rosadas que de costumbre.
-No es necesario que te apresuraras, lady Elizabetha no se levanta hasta las ocho.
-Quería ayudarte, ser el jack debe ser agotador.
-Sobreviviré.
Después de dar el visto bueno al vestuario de la servidumbre, estaba listo para dictar las labores del día, cuando de pronto; el sonido de los platos rompiéndose escapó de la cocina.
-¿¡Qué se supone que está haciendo?!-vociferaba mientras caminaba hacia la cocina-¿¡Me ha oíd...?!-la persona que había provocado ese espantoso sonudo era Gilbert, quien estaba cubierto con una sábana.
-Sir... Gilbert ¿Qué hace aquí?
-¿Él es el encuerado?-preguntó la rubia.
-¡Lady Etel!-exclamé, era sorprendente lo poco avergonzada que era esta señorita.
-Kesesesese-el albino rió luego de escuchar a la rubia-Parece que hablas mucho de mí.
-¡Claro que no!-Etel interrumpió al ojirojo-él solo me habló de usted porque intentaba explicar las razones que lo obligaron a cubrirme los ojos.
-¿Así que usted fue la que husmeó en mi habitación?-Gilbert miró a Etel con una sonrisa provocadora-¿Te gustaría ver más?
-¿Perdón?-podía escucharse la incomodidad en sus palabras.
-Gilbert, todavía no me respondes-interrumpí la discusión, apartando con el brazo izquierdo a la rubia. Tal vez se comportaba como una sirvienta, pero en realidad era una aristócrata; de verse envuelta en una pelea, sus oportunidades de casarse serían nulas.
-Oh, Roderich; siempre tan directo... y al parecer también un hombre muy paternal.
-Como invitado, no será sancionado-ignorando sus comentarios irrelevantes, comenté-pero de todas maneras tendré que hacer un informe sobre esto.
-Bueno, te esperaré en mi cuarto-salió de la cocina, provocando un sonoro "Oh" de los empleados.-También estás invitada, lady Etel-con un coqueto guiño, se despidió.
-...
-¡Argh, ni lo conosco bien y ya lo odio!-exclamó la rubia entre pucheros.
-No deberías discutir con los invitados, menos si son embajadores de un reino aliado.
-¿Ese patán un embajador? He visto vagabundos con más modales.
-Vamos, no frunza el ceño-toqué su frente-le saldrán arrugas.
-Roderich...-la chica de los rizos tomó mi mano y la puso sobre su mejilla-Muchas gracias por cuidarme.
-No me agradescas, Etel-di media vuelta-recuerda que eres como una hermana.
El extranjero había retrasado mis labores; en consecuencia, mi horario era un completo desastre.
-Es todo por hoy, mañana terminaré con la inspección. Será mejor que sustituyan los platos rotos y limpien la cocina-enrollé el papel y caminé hacia la salida-hoy será un día lleno de emociones. Será mejor que se mantengan alerta ¿Entendieron?
-¡Sí, señor!-los empleados respondieron en coro.
Alrededor de las ocho de la mañana, crucé palabras con sir Toris; necesitaba su ayuda como líder de la tropa de lord Braginski. Hablé sobre los posibles riesgos que habría con la llegada de los reyes azules, por suerte; el castaño estaba preparado así que mis preocupaciones en ese aspecto se desvanecieron.
Lady Etel, se encargaba de bañar y vestir a la reina; una tarea que le pertenecía al ser una doncella de la corte. De esta manera, ella podía separarse de mí y mantenerse distraída.
Por desgracia, me faltaba una cosa importante para tener mi trabajo en perfectas condiciones: Hacer el informe sobre los platos rotos.
Suspiré antes de tocar la puerta, temeroso de lo que me podría haber preparado el hombre de los ojos carmesí.
Continuará...
