Avanzaban a toda velocidad por las llanuras nevadas. Alexander miraba preocupado a la muchacha que yacía semiinconsciente en sus brazos. La había cubierto con su capa y había intentado mantener taponadas las heridas más grandes y sangrantes, pero no parecía obtener resultados.
-¿No puedes ir más deprisa?
-No, lo siento. No te creas que eres el único que está preocupado por ella. Además, ya queda poco para llegar.
-Muy bien...
Al cabo de unos diez minutos de camino, vislumbraron el linde del pequeño bosquecillo y la cabaña de Inwa. Cop relinchó para llamar la atención del joven, que intentaba darle calor para que no se pusiera peor de lo que ya estaba. Llegaron y Alexander bajó y entró corriendo con ella en brazos dentro de la cabaña. Cop tomó la forma de un gato y entró también. Alexander la depositó en su cama y buscó algo con que curar sus heridas. Cop le dio las instrucciones necesarias y encontró ciertas plantas medicinales.
-¿Sabes manejar esto?-le preguntó el gato.
-La verdad... No.
-Bueno-dijo, irónico-, mal vamos. Anda, sigue mis instrucciones.
Gracias a Cop pudo hacer unos emplastes y una especie de infusión para que le bajara la fiebre y para que recuperara parte de la sangre que había perdido. La vendó e intentó que bebiera la infusión. Finalmente, logró que tragara un poco. La dejó descansando en su cama con Cop al lado tumbado.
-Avísame si le pasa algo, ¿vale, bicho?
-Sí, pesado, y no me vuelvas a llamarme bicho que si no...-Alexander cerró la puerta y no le dejó terminar. Por un momento, el gato se puso rojo de rabia, pero enseguida volvió a tomar su color blanco habitual. Refunfuñó y soltó una maldición por lo bajo antes de hacerse una bola junto al brazo de la muchacha y cerrar los ojos.
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Alexander se dejó caer en su cama, agotado. Estaba anocheciendo y una pálida luz mortecina entraba por la ventana. Se pasó una mano por el cabello gris y suspiró. Se quitó la camisa y buscó otra en la cómoda. Encontró una y se la puso. La otra la dejó en el suelo, junto a la cama. Salió fuera bostezando y se sirvió un poco de comida. Cuando terminó, volvió a su habitación y se acostó. Se quedó mirando las lunas que se veían por la ventana. Calculó que quedaba poco para que fuera el próximo plenilunio. Suspiró, cansado de tanta caza de brujas. Pronto debería irse de allí; no quería hacerle daño a Inwa también. Tardaría en recuperarse y el lobo acabaría con ella fácilmente. Aunque estaba allí el bicho blanco ese... Bueno, no iba a arriesgarse. Se iría antes de que pudiera arrepentirse de ello. Eso sí, esperaría a que Inwa despertara para despedirse de ella. Se lo explicaría todo y luego se iría lo más lejos posible.
Se acabó durmiendo con esos amargos pensamientos aún dándole vueltas a la cabeza. No fue una noche agradable. En sueños lo perseguía el recuerdo de aquella fatídica noche en Awa. Se despertó más de una vez, angustiado y con lágrimas en los ojos. Al final, cuando el alba del primero de los soles estaba ya cercana, se sumió en un sueño inquieto que duró hasta que el tercer sol salió por completo. Se levantó y se revolvió el pelo. Salió de la habitación y se tropezó con Cop, que había tomado la forma de un gran perro blanco que estaba tirado entre las dos puertas, que al estar pegadas la una con la otra, tenían poco espacio de separación, por lo que ocupaba parte de las puertas también.
-Maldito bicho...-murmuró, de mal humor, sin poder contenerse. Esa mañana estaba especialmente negativo.
-Cuidadito con lo que dices sino quieres que te de un bocado- le gruñó, enseñándole los dientes. Alexander rió.
-Más quisieras. Si medimos tus dientes con los míos, gano por mucho, créeme-se acercó y comió algo-. Oye, Cop, ¿sabes algún sitio en el que pueda darme un baño? Necesito despejarme.
-Sí, claro. Pero te llevaré con una condición.
-¿Cual?
-¡¡¡¡QUÉ DEJES DE LLAMARME BICHOOOOOOO!!!!-gritó.
-Muy bien. Vamonos. Aunque no sé si es buena idea dejar sola a Inwa.
-Yo tampoco tengo ganas de marcharme. Como no está muy lejos y el camino no es difícil, te llevaré y luego volveré aquí diréctamente.
-De acuerdo.
Se marcharon y entraron en el bosquecito. Lo cruzaron durante un rato y llegaron a un claro, en el que había una especie de lago cubierto de un leve vapor.
-Son aguas termales. Que disfrutes del baño. ¿Te has fijado bien en el camino?
-Sí. De todas formas, seguiré las marcas que has dejado en los árboles. Adios, y gracias.
-De nada. Hasta luego.
Alexander se desvistió y se metió de cabeza en el agua. Se estaba agradáblemente cálido allí dentro. Nadó un poco y luego se sentó en unas piedras que había bajo el agua, a la altura suficiente como para que sólo le sobresalieran los hombros y la cabeza. Era un buen sitio para pensar.
Cuando estaba arrugado como una pasa, decidió salir. Se secó y se volvió a vestir. Se echó la capa por encima y comenzó a caminar de vuelta a la cabaña.
Cuando entró en la casa, vio que el fuego estaba encendido y que Inwa se encontraba sentada en uno de los sillones, rodeándose las piernas con los brazos. Miraba las llamas fijamente y tenía los brazos y parte del cuerpo vendados bajo la ropa. Una fina línea de color rojo le cruzaba la mejilla, aunque sólo era un arañazo.
-No deberías estar levantada. Tienes que descansar- murmuró Alexander.
-No te preocupes. Ya estoy mucho mejor- dijo la muchacha, ensimismada, aunque esbozó una pequeña sonrisa.
-¿Estás segura?
-Sí. Muchas gracias por cuidarme. Si no hubieras estado allí habría muerto.
-No creo que haya sido para tanto.
-Pues yo sí-repuso, mirándolo fijamente a los ojos. El joven se sintió incómodo y desvió la mirada hacia el fuego. Se acercó y tomó un vaso y echó un poco del humeante líquido que hervía en la olla.
-¿Quieres?- le preguntó, tendiéndoselo.
-Gracias- al tomarlo, rozó con la punta de los dedos la mano del muchacho. Ambos sintieron un cosquilleo y casi tiraron el recipiente. La chica se lo acercó a los labios y sopló un poco, luego bebió lentamente. Se recostó en el sillón y cerró los ojos, meciéndose suavemente.
-V-voy a dejar todo esto, ¿vale?
Inwa asintió, aún con los ojos cerrados. Alexand entró en su habitación y se dejó caer en la cama, temblando. ¿Por qué no había podido sostener su mirada? ¿Qué se lo había impedido? ¿Por qué había sentido ese cosquilleo al tocarla? ¿Por qué no podía dejar de evocar sus brillantes ojos verdes? Enterró la cabeza en las manos. Estaba agotado. Tenía el corazón latiendo a mil por hora. Suspiró y luego guardó lo que había usado, cada cosa en su sitio. Tomó aire y agarró el pomo de la puerta. Tendría que decirle que tarde o temprano debería marcharse.
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Salió de su habitación dándo un golpe repentino e hizo que la muchacha se sobresaltara. Menos mal que no tenía el vaso en la mano. Lo miró, y le preguntó por qué había hecho tanto ruido.
-Me marcho, Inwa-le respondió, de carrerilla, evitando mirarla a los ojos. La joven abrió mucho los jos y pareció que por un momento dejaba de respirar.
-¿C-cómo? ¿Por qué?-articuló, con dificultad.
-Tengo que marcharme, no puedo explicártelo. Lo siento mucho, pero debo hacerlo...
-Quiero que me des una explicación. NECESITO que me des una explicación.
-No puedo...-murmuró, mientras negaba con la cabeza, abatido. De repente, sintió que ella lo abrazaba. Lo estrechaba con fuerza y había enterrado la cabeza en su pecho. El chico la correspondió, cohibido.
-No quiero que te vayas, Alexander. No me dejes sola.
-Pero si llevas mucho tiempo aquí. Yo no soy nadie...
-Tú sí que eres alguien. Y eres muy especial para mí. No te marches.
-Tú también eres muy especial para mí. Por eso precisamente debo irme. Para no hacerte daño.
-No me harás daño. ¿Por qué dices eso?
-¡Por que no sabes cómo soy en realidad! No me conoces tan bien como crees.
-Sí que te conozco... Sé mucho sobre ti.
-No. No lo creo...-susurró el joven. Se separó de ella y se acercó al fuego, dándole la ó que Inwa le ponía una mano en el hombro y enseguida se reconfortó.
-Pues dímelo-le pidió, suavemente-. Guardaré tu secreto.
-No sé si debería hacerlo...
-¿Por qué? ¿No confías en mí?
-Sí, pero... Pero no quiero que pienses que soy un asesino.
-¿Por qué iba a pensarlo?
-Muy bien. Te lo diré, aunque luego me marcharé-esperó a ver si ella contestaba y luego, dando un quedo suspiro, empezó a relatarle su historia. Le contó todo lo referente a su infancia, como su madre había muerto, sus estudios en Nurgon, cuando le entregaron a Sumlaris, cómo le habían encomendado la misión de encontrar algún dragón vivo, cómo había conseguido salvar a aquella pequeña criatura dorada, cómo la había llevado a la torre de Kazlunn... Su viaje a la tierra en busca de idhunitas exiliados y del dragón y del unicornio... La angustia de llegar o no llegar a salvar a alguien más... Cómo habían conocido a Victoria y cómo habían salvado a Jack... Cómo los había querido como sus hermanos pequeños, cómo había intentado cuidarlos y protegerlos... Cómo había muerto su amigo Shail y lo que le había hecho Elrion. No pudo evitar que los puños se le crisparan de rabia y dolor, pero se relajó al sentir el calor de la joven junto a él, que lo abrazaba por detrás y lo escuchaba en silencio.
También le comentó su entrenamiento y toda su travesía en esos dos fatídicos años. Cómo había vuelto y todo lo que había pasado tras su venida. Habían regresado poco después a Idhún, habían luchado hasta el último aliento... Y no sabía para qué. Al final sólo había conseguido matar a su hermano aquella noche, en el Triple Plenilunio-. Luego huí y llegé hasta aquí. No recuerdo gran cosa de mi viaje. Sólo que desperté contigo. Ya ves-añadió, tras una breve pausa-. No soy como creías. Sólo soy un monstruo.
La chica no respondió. Lo soltó suavemente y él se giró. Intentó ver su expresión, pero el cabello le cubría el rostro. Inwa negó con la cabeza y se llevó una mano a la boca, sollozando.
-N-no puede ser... Tú también no...
-Lo siento...-murmuró el joven, abatido...
Antes de que pudiera reaccionar, ella salió corriendo de la casa. No intentó detenerla, pero fue el gesto que determinó su partida definitivamente.
En el fondo, había guardado la esperanza de que fuera diferente, de que ella lo hubiera retenido... Pero ahora estaba seguro de que no era así, de que alguien más, muy importante para él, le había dado la espalda definitivamente.
