N/A: Yosh! Otro capi! X3 Iba a decir algunas cosas pero las olvide, asi que nomas me despido XD. Espero que disfruten la lectura nn
Capítulo 6: Sueño o Realidad
Es graciosa la forma que tiene la vida de recordarnos lo frágiles que somos. Es esa ironía insufrible la que resulta divertida, cuando la Realidad nos da esa dolorosa bofetada y llena de lágrimas nuestros ojos. Cuando nuestros corazones chillan desesperadamente y nuestros labios se sacuden de miedo. Oh, sí, es sumamente cómico cuando temblamos, cuando estamos seguros de que no hay salida. Es casi divertido estar frente a las fauces de la muerte, más divertido aún cuando sabemos que lo hemos hecho mal durante toda nuestra existencia y que este último error nos va a costar caro, nos va a costar todo.
-Ahora sí estamos muertos...- susurró Kakashi con un brillo de terror en los ojos.
A su lado Iruka le dedicó una mirada cargada de confusión, sus oscuros ojos marrones refulgiendo en medio de la calle, allí de pronto, como si se tratara del ser más inocente que existiese, como si no hubiese acabado de matar a un joven. Y el viento meció divinamente sus cabellos y las sombras acariciaron su rostro, tan hermoso, aquel demonio de piel tostada y de perturbados sentimientos, antiguamente un ser gentil y ahora... ahora era simplemente eso.
Los dispares ojos de Kakashi lo contemplaron en silencio, su razón vagando entre el terror y la locura. Su ansiado amante inmortal, tan hermoso aún en sus errores.
-¡Así que ya están perdidos!- exclamó una voz de pronto cortando el silencio de la noche y tomando por sorpresa a ambos seres sobrenaturales.
Ambos pares de ojos se enfocaron en la perfilada silueta de lo que parecía ser otro ser humano, o al menos un casi ser humano. Porque aún con el miedo latente en sus corazones podían sentir a la perfección los latidos sobrenaturales de un corazón inmortal, un corazón antiguo, más antiguo que Iruka y que Kakashi. Fue entonces cuando la luna iluminó sus dorados cabellos y su resuelta sonrisa que en ese momento se mostraba juguetona, burlesca, dando a su hermoso rostro una apariencia casi horrible.
-¿Quién eres?- interrogó Iruka frunciendo levemente el ceño.
Una pequeña carcajada heló sus almas.
Dando un pequeño y elegante salto, el chico cayó escalofriamente cerca de ellos, sus azules ojos brillando, y esa sonrisa no abandonaba sus labios.
-Naruto...- le reconoció Kakashi al momento.
¿Cómo olvidarlo? ¿Cómo perder en su memoria esos ojos electrizantes, magnéticos, casi hipnotizantes? ¿Cómo olvidar el tono melodioso de su voz que, cuando mataba, podía ser tan sanguinario como el del vampiro más despiadado? ¿Cómo no reconocer esa sonrisa que casi lo había hechizado? Tan hermoso como siempre... un demonio perfecto, o al menos casi perfecto. Cada vez que veía a Naruto se maravillaba por el gusto de Gaara, y al mismo tiempo sentía algo dentro de su pecho, algo parecido al horror. Porque ese rubio era un Mensajero de la Muerte, ni más ni menos.
Iruka, por su parte, podría haber caído en los celos al ver la mirada de Kakashi, y sin embargo permaneció estoico, extático, perdido él también en esas gemas azules. ¡Cuánta belleza digna de ser contemplada! ¿Era eso un vampiro como él? ¿Por eso sus movimientos eran tan sensuales, y su voz tan encantadora y su cuerpo tan atrayente?
-Parece que sus últimas horas se avecinan- bromeó Naruto, pero en su voz había una nota tan seria que ambos vampiros reprimieron un brinco.
Kakashi había pensado, por momentos, escapar. Sí, huir a algún lugar completamente alejado, de ser posible al otro lado del mundo. Y enterrarse profundamente y descansar los próximos cien años. Tal vez así la cólera de Gaara se aplacaría un poco. ¿Pero qué diablos pensaba? Gaara tenía los medios y el poder necesarios como para encontrarlo en cualquier rincón del planeta y hacerlo un montón de cenizas en cuestión de segundos.
-Hoy hay luna llena...- soltó Naruto como al descuido, aunque por la imperturbable sonrisa en su rostro estaba claro que no había sido así.
Oh, pero Kakashi sabía muy bien lo que eso significaba. ¡Luna llena! ¿Podía su suerte ser peor? Si había luna llena eso quería decir que Gaara no estaba en sus plenas facultades mentales. Estaba inestable. Sería imposible lidiar con él en ese estado. Casi prefería olvidar la última vez que le viera así. Había sido tan... tenebroso. Nunca antes había observado en unos ojos vampíricos tanta oscuridad, tanta sed de sangre. Pero, nuevamente, el creador de Gaara había sido alguien excepcional, alguien cuya maldad rayaba en los límites de lo insano. ¿Qué otra cosa se podía esperar de ser como aquel? Aquel cuyo hobbie más conocido era arrasar con familias enteras por pura diversión; aquel cuya maldad iba más allá de las acciones, más allá del pecado, más allá de una simple muerte; aquel que no dudaba un segundo en convertir el caos en una especie de vida. Sí, un monstruo en toda la extensión de la palabra y, como todos los monstruos, hermoso y destructor.
-Kakashi...- le llamó Iruka con suavidad, adivinando por el rostro de su amante que no muy buenos pensamientos rondaban por su cabeza.
El ojo rojo de Kakashi brilló y el orbe oscuro que bailaba en su otro ojo le indicó guardar silencio. Esa era una situación seria por demás, y él no sabía cómo lidiar con ella. Pero no quería que Gaara matara a su Iruka, eso jamás se lo permitiría, así tuviese que enfrentarse al mismísimo Demonio del Desierto él iba a proteger a su adorado Hijo de las Sombras.
Fue entonces cuando una sonora exclamación se encargó de alejarlo de sus pensamientos.
-¡Está vivo!- dijo Naruto casi sin creérselo. Pero ahí estaba, el casi inaudible y apagado repicar del corazón de Lee. Y era casi tan bajo como la nada, pero constante como si se negara a rendirse. Rápidamente y sin perder más tiempo Naruto lo tomó entre sus brazos y se perdió con él hacia el hospital, nuevamente.
A su lado Kakashi emprendió la carrera, siendo seguido muy de cerca por Iruka, quien daba lo mejor de sí para seguir el paso de los otros dos vampiros, mucho más viejos y fuertes que él. Por el camino unos fragmentos de la conversación de ambos llegó a sus agudizados sentidos. Ese chico, Lee, era la posesión mortal de Gaara. El pelirrojo se había obsesionado con él hacía ya varios años, y lo amaba, o al menos eso decía constantemente. A pesar del esfuerzo Iruka pudo notar cierta nota de amargura en la voz de Naruto al decir esto último. Pero una nueva duda se planteaba en su mente: ¿quién era ese tal Gaara que todos parecían temer? Hasta Kakashi se había puesto pálido al escuchar su nombre. ¿Sería alguien tan peligroso, tan antiguo, tan temible?
Los ojos de Naruto se enfocaron en él por un momento.
-Es mucho peor de lo que piensas...
Y se acercó rápidamente a una de las enfermeras.
Iruka quedó algo trastornado el escuchar esa última frase, sus movimientos se detuvieron y sólo contempló el suelo bajo sus pies. No podía culparse a sí mismo al no tener miedo al escuchar ese nombre, por más que Kakashi temblara al recordarle y ese tal Naruto sudara de forma nerviosa. Y todo había sido su culpa... Por haber pensado que ese niño era... que él podía haber sido... aquella persona a la que buscaba.
Pero es que... no podía olvidarlo. Ese único ser era la fuente de su odio... Por eso había llegado a la ciudad en primer lugar, para encontrarle, para hacerle pagar, para hacerle sufrir. ¡Se lo merecía después de lo que le había hecho!
Apretó los puños con fuerza al tiempo que reprimió dos lágrimas de impotencia. Entonces sintió los fríos dedos de Kakashi que lo tomaban dulcemente y lo acunaban contra su pecho. Le abrazó con fuerza en medio de la sala de espera, ajeno a las miradas sorprendidas y avergonzadas del resto de los mortales. Pero Kakashi se sentía tan cálido como la primera vez, y el sentimiento seguía igual de inmutable.
-Está todo bien- susurró Kakashi con voz grave. Iruka tembló de forma demasiado visible.
-Lo siento...
-No tienes que disculparte- aceptó Kakashi con una sonrisa. Para él todo lo que hiciera Iruka podía ser perdonado, después de todo... se lo debía, después de lo ocurrido la última vez. Porque en el fondo sabía que el único culpable de lo sucedido esa noche había sido él, y por su causa la inocencia de Iruka se había perdido, porque su tierno Iru-chan había conocido el odio gracias a él, y Kakashi nunca se perdonaría por ello.
-Kakashi...- pero los labios del mayor silenciaron sus palabras.
No había nada que decir, sólo esperar, pacientemente, la llegada del día, y descansar, uno junto a otro. Sólo eso quería... alejarse por un momento de todo lo que lo rodeaba y dejar de pensar en él, en Iruka, en todos...
XxXxX
Así que después de todo había vuelto al hospital. Por momentos se alegró al pensar que estaría un poco más de tiempo con Sasuke, y claro que la compañía de su pequeño mortal lograba reconfortarlo.
Había ocasiones en las que él mismo llegaba a sorprenderse. Era casi antinatural la forma en la que ese malhumorado pelinegro lograba calmar su corazón, sus sentimientos, sus emociones. Un torrente destructivo se presentaba frente al humano y en cuestión de segundos era reducido a nada.
Naruto contempló los ojos cerrados, la piel pálida, el cabello extremadamente negro, y una triste sonrisa se apoderó de sus labios. Y pensar... pensar que le tenía y a la misma vez no podía tenerlo. De forma ausente y pausada acarició las hebras de cabello oscuro, maravillándose en su sedosidad, en su belleza.
-¿Qué sucede?- y ahí estaba, nuevamente, esa forma de sorprenderlo.
Naruto abrió los ojos con sorpresa al escuchar esa voz que tan bien conocía ya. Casi podría decir "pensé que estabas dormido", pero simplemente acarició los sedosos labios, limitando el deseo de llevarlo consigo y alejarlo de todos. Vaya, ¡pero si era tan posesivo como Gaara! No, el pelirrojo y él eran diferentes.
Eran diferentes porque... Sasuke sabía...
Sasuke lo aceptaba.
Sasuke estaba de acuerdo...
-Lee está en el hospital- dijo suavemente, arrastrando las palabras y causando un efecto casi relajante, de no ser por la noticia que daba-, desangrado.
Los ojos de Sasuke se abrieron con suma sorpresa y se enfocaron en lo que él, acertadamente, sospechaba que era Naruto.
-¡No lo habrás hecho!
Naruto frunció el ceño.
-¡Por supuesto que no, teme!- respondió abrazando al otro fuertemente y a pesar de que Sasuke trataba de alejarse de él le resultaba imposible.
Sí, Sasuke sabía que Naruto era un vampiro. De hecho resultaba casi cómico, pero el mortal se había dado cuenta por sí mismo y, una noche, había soltado:
"¿Qué eres?"
El rubio se había quedado de piedra. ¿Sería posible que un simple mortal hubiese adivinado lo que reamlente era? ¿Su disfraz no era perfecto acaso? Oh, pero Sasuke no era un mortal cualquiera, Sasuke era mucho más perceptivo que la mayoría, podía ver muchas cosas que los demás no, por más irónico que esto pareciera. Y, nuevamente, Sasuke lo había sorprendido siempre y, por alguna razón desconocida, no se había espantado al saber la oscura verdad, al enterarse de la maléfica naturaleza de su ser. De hecho ni siquiera había pronunciado palabra cuando Naruto se ofreciera a demostrarle sus poderes y se lanzara sobre su cuello a probar de su anhelada sangre. El pelinegro sólo había soltado un respingo y ahogado una exclamación de asombro, y por momentos se había sentido sobrecogido en la sensación de ser arrancado del mundo.
Desde ese momento sus lazos con Naruto se habían estrechado todavía más, a pesar de que aún se encontrara renuente a aceptarlo. Y aún había cosas que el rubio quería saber y que, por delicadeza, no robaba de su mente. ¡Había tantos secretos en la vida de Sasuke! Él quería conocerlos todos, saber por qué y cómo su amado había perdido la vista. Saber si tenía más familia, si había alguien más además de... Lee.
-¿Estará bien?- preguntó Sasuke en un tono sospechosamente parecido a la preocupación.
Naruto revolvió cariñosamente sus cabellos azabaches.
-Lo estará- respondió sonriendo ante el gruñido por parte de su Sasuke.
Lo abrazó entonces, a pesar de la renuencia del otro, y cuando susurró en su oído de forma añorante, casi suplicante, hubo un estremecimiento en el pelinegro que el mortal no pudo ocultar.
-Sé mío hoy... por favor...
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Dolor...
Ya no había más dolor, no más sufrimiento, sólo caída. Caía libremente a un espacio incierto, desconocido, oscuro. Deseó poder abrir los ojos pero sus párpados se sentían como piedras, asimismo su cuerpo era liviano, su espíritu vagaba por lugares impensados y, temeroso, sintió su mente bullir ante un calor repentino que encendió sus mejillas. Pero siguió cayendo cada vez más abajo, cada vez más profundo, casi llegando al límite de su consciencia.
Sentimiento...
Abrió los ojos despacio, lentamente, sintiendo bajo su cuerpo algo blando que se amoldaba a su figura. La exorbitante luz de la luna llena, magnífica esa noche, le dio la bienvenida en ese cielo oscuro y despejado de nubes y estrellas. ¿Dónde estaba? Con sumo cuidado se sentó sobre lo que parecía ser... arena. Muchísima arena, toneladas de ella. ¿Era eso un desierto?
Susurro...
El frío de la noche azotó su rostro y meció sus oscuros cabellos, haciéndole llevar una mano frente a sus ojos para que ningún grano de arena lo lastimara. Sí, definitivamente eso era el desierto. Lentamente se colocó de pie y sus redondeados ojos negros contemplaron las vastas dunas, lejanas, solitarias y silenciosas. En su oído la arena susurraba increíbles palabras, canciones olvidadas que le hacían recordar tantas cosas... Un cosquilleo placentero lo recorrió. Más que el temor por hallarse en un lugar desconocido era la absoluta paz del momento lo que lo inundaba.
Alzó la mirada.
La luna se veía tan grande, como si de pronto pudiese tocarla tan sólo si estirara los brazos al máximo. Fue entonces cuando una voz suave, relajante y seria llamó su nombre.
-Lee...
El mencionado se volvió en la dirección que le llamaban y, con suma sorpresa, contempló a aquel ser que había invadido sus pensamientos de la noche a la mañana, sin un aviso o una alerta.
Y era... hermoso. Sólo esa palabra podía describirlo.
El cabello rojizo se movía al compás del viento, la piel brillaba de forma ausente aunque hermosa a causa de los rayos de luz. Lee lo notó. Notó la extraña vestimenta consistente en telas vaporosas que descansaban sobre su cuerpo y atrapaban su figura, dándole un toque casi divino.
Un dios sobre la tierra...
La voz entonces era tan atrayente, y los brazos extendidos en dirección de Lee eran una invitación abierta. El pelinegro lo contempló por lo que parecieron largos minutos, los labios resecos, sus ojos sin parpadear, en su interior una llama se despertó, una llama que se extendió a todo lo largo y ancho de su cuerpo, calentando cada célula, cada pequeña parte de su ser. De pronto el frío dejaba de ser tal y sólo un calor acogedor lo rodeaba.
Sonrió de esa forma tan suya y tomó una de las manos que le esperaba.
La mano, contrario a su apariencia, no era suave sino dura como piedra, y fría como hielo, como si pudiera congelar todo a su alrededor.
Caminaron entonces, tomados de la mano, hasta que los pies de Lee dolieron. Iban en silencio, pero no importaba, sólo la presencia ajena y seria que se movía a su lado importaba. Lee observó su rostro casi perfecto. Observó las casi invisibles líneas que trataban de darle una apariencia humana, cosa que parecía imposible al perderse en esas orbes aguamarinas cargadas de tanta sabiduría. Esos ojos habían visto tantas cosas, habían padecido tantas penurias y tantos tormentos, que un conocimiento antiguo y legendario parecía escaparse en cada parpadeo.
-Eres hermoso...- susurró Lee subyugado por la belleza de su acompañante.
El pelirrojo clavó su dura y gélida mirada en él y, aún sin cambiar de expresión, respondió:
-Tú lo eres mucho más.
Ante estas palabras las mejillas de Lee se colorearon de un ligero tono rosa.
Tiene una voz tan profunda...
Sintió entonces unos suaves labios sobre su cuello.
-¿Qué...?- pero toda palabra fue acallada al sentir los fuertes brazos que se cernían alrededor de su cintura.
-Eres la cosa más bella que existe- murmuró Gaara contra su cuello, sintiendo con cierta molestia la ligera diferencia de estatura, siendo Lee un poco más alto que él aunque, siendo sinceros, la sola presencia del vampiro imponía respeto.
Lee sintió un escalofrío recorrerle al sentir los gélidos labios sobre la piel de su cuello, aún así tenía que reconocer que era la sensación más placentera que hubiese sentido nunca. Y se dejó arrastrar, guiar hacia esa oscuridad que se presentaba ante él.
"Es hermoso", pensó Lee entrecerrando los ojos, "y me ama".
Sonrió con suma inocencia.
"Es hermoso", pensó a su vez Gaara, "y es mío".
Sonrió con cierta aprehensión.
-Ven conmigo- dijo el vampiro con voz hipnótica-. Quiero mostrarte lo que soy...
Lee asintió.
-¿Cómo...? ¿Cómo te llamas?- preguntó con cierta vergüenza y con temor de enfadar a su acompañante.
El pelirrojo le miró con su inexpresivos ojos.
-Gaara- formaron sus sedosos labios- Sabaku no Gaara.
Y condujo a Lee entre las sombras del desierto, caminando lentamente, juntos, hasta llegar a lo que parecía ser una aldea.
Los ojos mortales se abrieron a causa de la impresión. Nunca antes había visto un sitio como ese, de hecho dudaba que algo así pudiese existir. ¿Realmente podía haber un lugar así? Pero la luna iluminaba claramente las casas de techos bajos, las pequeñas edificaciones. Y a medida que caminaban y se adentraban en la aparentemente inhóspita aldea encontraban a su paso lo que parecían ser creaciones humanas. Parques, tabernas, tiendas...
-Esto es Suna, la aldea oculta entre la arena- le sacó Gaara de su ensimismamiento-. Aquí nací hace muchísimos años...
Lo guió entonces a una especie de edificio que, como el resto de la aldea, estaba, o al menos lucía, abandonado.
El pelinegro dejó que sus ojos lo sumergieran en ese nuevo sitio. Y era un aura diferente lo que allí se respiraba, el sentimiento de soledad, de descuido. Ese lugar era mucho más que un cúmulo de ladrillos; era toda una historia contenida entre muros demasiado débiles, pero aún así resistentes.
Sus ojos se pasearon por las descuidadas y desnudas paredes. Sus dedos rozaron un poco de esa historia antigua y de repente era como estar dentro de un sueño. Las presencias de las personas que debieron haber habitado el edificio aún estaban presentes, como fantasmas vacíos encerrados dentro de su propia mente. Pero, en todo momento, estaba la pequeña nota de sufrimiento, la oscuridad de ese hermoso pelirrojo al moverse, pálido como un muerto, casi sin reacción, sólo el sonido de su calmada respiración que, aún con todo, parecía lanzar un embrujo eficaz.
Gaara abrió una de las puertas y entró a lo que parecía ser una habitación. Lee le siguió sin preguntar. Entonces contempló una cama medianamente pequeña, llena de polvo, y un sentimiento extraño se anidó en su pecho. Esa era... la habitación de Gaara, el cuarto que solía habitar cuando aún podía considerársele como uno de los vivos.
Lleno de una emoción que desconocía, Lee soltó débilmente la mano que sostenía la suya y se acercó a la pequeña cama. Se depositó en ella y desde allí contempló todo a su alrededor. Las pequeñas estanterías llenas de libros viejos, polvorosos, libros muertos que debían encerrar historias fascinantes; la alfombra raída y ya inútil que se extendía bajo sus pies; la ventana semi-abierta que dejaba entrar el murmullo de la noche; el pequeño osito que descansaba sobre una de las almohadas...
Tomó el delicado muñeco y contempló sus ojitos de plástico, su cuerpo afelpado lleno de arena, y pensó en las incontables noches que ese objeto había sido el íntimo compañero del pelirrojo. Cuántas cosas habían compartido, cuántas noches y secretos, cuántos sentimientos y emociones...
-Este es mi mundo...- dijo la voz profunda mientras sus ojos contemplaban fijamente la figura de Lee quien aún abrazaba el pequeño oso.
Los ojos negros se posaron en él y, justo como nunca antes, mostraron esa inocencia que enloquecía a Gaara, que lo hacía amarlo más allá de cualquier otro sentimiento que hubiese podido experimentar antes. Dentro del pecho del vampiro se sintió lo que podría ser la angustia, el deseo, porque le tenía allí, tan cerca, sin barreras y sin escudos. Lee parecía fascinado por lo que veía y, diferente a todos los demás, parecía no tener miedo, parecía... anhelarlo.
Se acercó al joven que descansaba sobre la cama y, con su pálida mano, acarició de forma cariñosa sus negros cabellos. Las mejillas de Lee volvieron a sonrojarse y Gaara no pudo evitar notar lo tierno que lo hacía parecer este sonrojo, lo hermoso que su rostro lucía, lo mucho que le quería.
Tampoco pudo evitar recordar, al ver al pequeño oso, todas las cosas que había pasado antes de conocer a ese vampiro, a aquel que le conduciría prácticamente a la locura. La vida había significado poco para Gaara, pero no ahora cuando nuevamente era capaz de apreciar lo que un suspiro humano conllevaba. Entonces lo abrazó con fuerza. Abrazó la menuda figura frente a él y al mismo tiempo abrazó sus recuerdos y se dejó sumergir en la calidez que desprendía ese cuerpo perfecto.
-Te amo...- susurró antes de besar los suaves labios y degustar nuevamente ese sabor que había sentido antes, que había anhelado siempre. Y Lee, a pesar de la sospresa, le correspondió, y había en este acto mucha más entrega de lo que Gaara hubiese pensado nunca- Te deseo...
Los murmullos de Gaara eran apenas audibles en medio de la habitación pero sus manos se encargaron de viajar por el delicado cuerpo, encerrando sus formas e impregnándose de un calor que su alma necesitaba.
"Te he deseado siempre", pensó el vampiro besando el expuesto cuello y, notando con cierta sorpresa, que la sangre de Lee ya no le llamaba como antes, haciéndole perder la razón. Porque ahora buscaba que se entregara, que le diera todo, su vida, su alma, su sangre, sus pensamientos, su corazón entero, todo Lee sólo para él.
-Yo también...- susurró Lee en respuesta ahogando un tenue gemido al sentir las constantes caricias de Gaara que, con sus frías manos, desencadenaban incontables escalofríos en su cuerpo- Yo también te amo...
Los ojos aguamarina se enfocaron en él nuevamente. Mirada azabache contra mirada azulada cual océano. Y sonrió de forma casi imperceptible. Lo abrazó con todas sus fuerzas, teniendo cuidado de no lastimarlo, y lo acunó contra su pecho como si se tratara de un niño pequeño. Que lo era, era su pequeño niño, su pequeña posesión, aquello que había deseado siempre, y le decía que lo amaba. Eso era mucho más de lo que Gaara había pedido nunca, pero su corazón latía desesperadamente por sentirle, y su cuerpo se estremecía al pensar en lo mucho que lo deseaba.
-Eres mío- estipuló el inmortal con voz seria, perdiendo sus ojos en las brillantes hebras de cabello negro.
Lee asintió quedamente con el rostro rojo cual tomate. Más que la vergüenza al escuchar tales palabras era el deseo que se encerraba en ellas lo que lo hacía agachar la mirada.
Yo también te deseo...
Volvieron a juntar sus labios, de forma más pasional, como si batallaran por tomar el control del otro. Y eran las emociones entonces lo único que importaban, eran los escalofríos, los temblores, eran los abrazos proferidos y los gemidos entrecortados. Era el hecho de saber que no estarían solos, nunca más, y que estarían siempre juntos...
-Debes volver...- dijo Gaara rompiendo el beso de forma abrupta, batallando contra el dolor en su corazón al saber que tendría que abandonarlo en ese mismo instante.
Lee le miró sorprendido ante esta última declaración.
¿Volver? ¿A qué se refería? ¿Volver a dónde? Él no quería regresar, él quería quedarse a su lado para siempre, viviendo de recuerdos, de imágenes, de sensaciones. ¿Por qué le decía que tenía que regresar? La realidad era demasiado dolorosa como para ser soportada... ¡No quería volver! Y quiso gritar: "¿Por qué? Dijiste que era tuyo, ¿por qué debes abandonarme?" Pero sólo el tormento en sus ojos dio voz a sus palabras y evidenció su pesar. Gaara besó su frente de forma casi inocente.
-Volverás...- ordenó- y yo iré por ti y serás siempre mío...
Lee alzó la mirada de forma confusa.
-¡No!
Pero ya no estaba. En lugar de Gaara sólo estaba el silencio. Fue entonces que sintió algo parecido al pánico. ¿Estaba solo? Se levantó de su sitio y buscó desesperadamente por su vampiro pelirrojo. ¡Pero no estaba! La desesperación hizo presa de él al hallarse a sí mismo en un lugar desconocido, sin la única persona a la que realmente esperaba. Unas delgadas lágrimas descendieron por su rostro al tiempo que todo a su alrededor se tornaba oscuro.
-Gaara...- sollozó cual pequeño niño.
-Abre los ojos- murmuró una voz proveniente de su cabeza y, al mismo tiempo, ajena a él.
Justo como le ordenaban abrió los ojos lentamente y, lo primero que vio, fue una luz cegadora que le propinó un momentáneo dolor de cabeza. Asimismo la voz preguntaba repetidas veces cómo estaba, cómo se sentía, ¿estaba mareado? Poco a poco su vista fue enfocándose y pudo reconocer lo que era un hermoso cabello de una tonalidad extrañamente azulada.
-¿H-Hinata-san?
La enfermera sonrió de forma cariñosa y asintió levemente.
-Has estado muy cerca de morir, Lee- dijo con una sonrisa conciliadora en los labios-. Es una suerte que hallamos encontrado a tiempo a un donador de sangre.
Lee asintió aún sin comprender a la perfección lo que sucedía. ¿Donador de sangre? ¿Cerca de morir? Entonces su mente volvió a la escena anterior. El chico... la sonrisa... las palabras...
"¿Qué es lo que busca, Iruka-san?"
"A ti..."
¡Lo había mordido! ¡Lo había desangrado! Casi... casi había muerto... Entonces lo anterior, lo vivido, era un sueño. ¿Había sido realmente un sueño? Se había sentido tan real... Pero estaba vivo. Hinata lo había dicho, alguien lo había salvado, pero ¿quién? Dirigió una mirada suplicante a la enfermera y, por toda respuesta, ella agrandó su sonrisa y ladeó su cabeza al lado de la camilla de Lee.
El pelinegro siguió su mirada justo para encontrarse con un rostro sonriente, tostado por el sol, increíblemente apuesto. Sus enormes ojos negros vagaron por el hermoso rostro de facciones en extremo varoniles, el cabello castaño que caía de forma descuidada sobre la suave almohada pero, más que eso, la increíblemente reconfortante sonrisa en los labios.
-Has estado cerca, niño- dijo su salvador y, a pesar de haberle dicho 'niño', había en su tono cierta preocupación.
Lee le miró fijamente y, pasados unos segundos, respondió.
-No soy un niño. Soy Rock Lee- dijo sintiendo la voz pastosa. El otro chico mostró una sonrisa burlesca.
-Pues has estado bastante cerca de morir, Rock Lee- hubo cierta inflexión en su voz al decir su nombre, y cierto sentimiento que Lee no supo identificar-. Yo soy Sabaku no Kankuro...
Lee abrió los ojos con suma sorpresa al escucharle.
¿Sabaku no...?
Algo en su interior se agitó irremediablemente. No podía ser una coincidencia, ¿o sí? ¡No podía ser pura casualidad! ¡No podía! Se agitó entonces mucho más, pero la voz de Kankuro le instó a descansar y él, atraído por ese suave sonido, fue cerrando los ojos lentamente, a pesar de que no quería.
-Descansa niño- dijo Kankuro levantándose de su cama y acercándose hasta donde se hallaba Lee, quien a había caído presa del sueño y del cansancio-. Descansa ahora que puedes...- esto último antes de besar con suma dedicación la frente del pelinegro.
Después sólo dio la vuelta y salió de la habitación.
CONTINURARA...
