Act. VII

¡No podía creerlo!

Ahora todo cobraba sentido. Desde el enojo que Mars le había demostrado desde que la había llamado "Maga", hasta lo ofendida que se veía. Aunque él no había tenido forma de saber que aquello que había intentado ser un elogio fuera, en verdad, un insulto; tenía que disculparse. Lo sabía en cada fibra de su ser. Por la cordial relación que todos ellos se esforzaban en obtener con los lunares, debía hacerlo.

Salió del comedor sin disculparse siquiera y se apresuró tras los pasos de la guardiana. La vio desaparecer en la esquina de un pasillo y corrió hasta ella.

—¡Espera, Mars! —dijo Jedite perdiendo un poco de modales al sujetarla por la muñeca—. Déjame…

Ella lo interrumpió cuando se liberó del agarre con un fuerte jalón del brazo.

—No me toques —dijo ella fríamente, sin voltear a verlo.

—No lo haré —dijo Jedite alzando las manos en un gesto de derrota—. Sólo quiero disculparme.

Vio que la guardiana se ponía tensa, pero que no volteaba a verlo.

—Sólo buscaba elogiarte cuando te llamé "Maga", hasta ahora me entero que aquello debió haber sido "sacerdotisa". No sabía lo contrario.

Mars se relajó al escuchar las palabras del otro. Sabía que aquellos estaban esforzándose por mantener una relación diplomática con ellas y sabía que había reaccionado mal a las palabras que éste le había dado, pero… "Magia" no era algo siquiera remotamente parecido al poder que ella tenía. La diferencia entre "magia", "poder" y "visiones" era radical y ella había pasado años tratando de encontrar la diferencia entre ellas. Mientras "magia" involucraba algo prestado; "poder" era algo propio y "visiones", algo divino.

Ella se había sentido ofendida por las implicaciones.

Mientras que las princesas y guardianas le habían salvado al llamar aquel "poder" que tenía "visiones" —y por ende elevarlas a algo divino—. Él la había rebajado a "magia": algo que no era suyo sino prestado. Y entendía, en serio entendía, que el Caballero no supiera todos los años que pasó torturada por sentir que aquel poder que esgrimía fuera de la batalla era una maldición. Pues es que aquellas imágenes que se le presentaban en la cabeza —a veces salidas de ninguna parte— nunca podrían ser cambiadas. Esas "visiones" eran como una puerta al futuro; al inalterable e inexorable futuro… y éstas nunca eran felices.

Sus "visiones" siempre habían tratado de pesadillas, de batallas, de muerte… de lágrimas.

Ella había visto morir a una mujer con un impresionante parecido a la Princesa en varias ocasiones, en varios escenarios. Aunque aquella que moría estaba vestida en traje de batalla, el parecido con su Princesa seguía desgarrándola al verla morir. Había visto rostros de guardianas desconocidas ataviadas en uniformes de batalla peleando al lado de Venus, Mercury, Jupiter, de la guerrera que se parecía a la Princesa y de ella misma; las había visto morir también… sólo para verlas en nuevas y diferentes visiones. Había visto a estos cuatro Caballeros pelear contra ellas, aunque entre ellos no se reconocieran más que como enemigos.

Aquellas imágenes habían sido suficientes como para hacerla perder la razón. Despertaba en la noche llorando y gritando, sólo para terminar mordiendo el sentimiento entre sus dientes apretados. Había maldecido aquella magia oscura que la llevaría a la locura.

Había sido la Princesa quien la encontró fuera de su habitación, en pleno berrinche al no querer dormir más. Y, pronto, las otras pequeñas guardianas que habían sido sus amigas la encontraron. Mercury la salvó llamando aquello "visiones" y no magia; Jupiter la salvó insuflándole ánimo para pelear contra las imágenes; Venus la salvó con su promesa de permanecer siempre juntas para enfrentarse a lo que viniera y la Princesa lo había hecho con un cálido abrazo que le dijo más que cualquier palabra.

Así que, sabía, el Caballero no era culpable. Sabía que ella había reaccionado mal. Pero, también sabía la carga que sólo ella llevaba a la espalda.

—Acepto su disculpa, Caballero —respondió ella tras unos segundos—. Aunque no entienda como es que "maga" puede llegar a ser un elogio.

Mars vio al Caballero Jedite entrecerrar los ojos por un instante y ladear la cabeza como si pensara en las palabras. Sólo el haber pensado que él diría algo la detuvo de alejarse una vez más.

—La magia… —comenzó él diciendo aquella palabra como si dudara en decirla—, bueno… como yo la llegué a entender es… lo que da vida, lo que pone en movimiento a todo lo que nos rodea. Lo que nos hace mejores y más grandes que lo que pudimos ser sin ella…

El Caballero seguía hablando, pero Mars estaba más concentrada en dos cosas: en el tono de voz de él —que escondía, con poca maestría, un gran dolor— y en el sentimiento que este tono le provocaba a ella. Era como si su interior sufriera con él, como si su interior sufriera por él. Mars supo en ese momento que ambos compartían el mismo tipo de dolor.

Sintió sus barreras internas caer hechas pedazos.

Tal vez no fuera ella la única que comprendiera al Caballero; tal vez él podría comprenderla a ella.

—Tal vez… —interrumpió ella lo que estuviera diciendo el Caballero—. Tal vez no somos tan diferentes el uno del otro. Pero la magia acarrea maldiciones, y las maldiciones enraízan como oscuridad en el corazón.

—Sólo si se les permite —dijo Jedite con una sonrisa afectada.

—No lo permitamos entonces —dijo Mars con un tono casi dulce mientras colocaba la mano en la mejilla del terrestre.

Bajo su toque, la piel del Caballero se volvió roja y caliente. Mars sonrió ante el cambio en él y, sintiéndose poderosa en una acepción diferente, dio media vuelta para marcharse.

De cualquier forma, el Caballero no estaba hablando más.

.

Mercury veía a los príncipes pasear por los jardines del Milenio de Plata. Después del desayuno de los terrestres, los príncipes habían deseado salir un poco de esas paredes y a ella le había tocado el turno para acompañarlos… a la distancia. Resignada por no poder quedarse en la biblioteca a leer un poco más de las costumbres, manierismos y comportamientos de los terrestres; había tomado el primer libro referente a ellos y éste la acompañaba a ella.

Cuando los príncipes tomaron asiento en una banca de jardín, ella se apartó a distancia prudente hasta quedar junto a la fuente del jardín. Con el sonido del agua en movimiento, las gotas saltando sobre el espejo de agua y un libro en las manos, Mercury se sentía en paz y completa calma. Como si no hubieran terrestres a su alrededor, como si el Caballero Kunzite no la hubiera hecho hablar de más o como si nunca hubiera compartido risas y su pasatiempo con él.

Mientras pasaba la página del libro, desvió la mirada a los príncipes. Ella se veía feliz y relajada, aunque no desbordante de energía como siempre; tampoco se había quedado dormida en ningún sitio después de sentir muchas emociones nuevas. Él se veía tan correctamente político como desde su llegada, pero más que eso… se veía calmado y, podría decir, hasta disfrutando de la compañía. Pero no sólo eso; el príncipe trataba a los Selenitas como si no hubiera diferencias entre ellos y los de la Tierra. Eso hacía que estar cerca del príncipe de la Tierra fuera más fácil que estar cerca de sus Caballeros. Y, hablando de sentir…

Sentía, de nuevo, una mirada intensa y casi amenazante sobre ella. La reconoció casi de inmediato; y ese casi era porque no se sentía tan amenazante como descarada.

—Es de mala educación quedarse viendo —dijo Mercury sin apartar la mirada del libro que leía.

Zoisite se sorprendió cuando ella le habló. Había creído que la guardiana estaba sumergida en su lectura.

—Odio que hagas eso —dijo él entre dientes.

—¿Hacer qué? —preguntó Mercury, confundida, aún con la mirada en su lectura.

—Asustarme —devolvió él con naturalidad.

Mercury comenzó a reír. Zoisite se sorprendió por la risa de la guardiana, ésta era una refinada risa que ella cubría con su mano enguantada mientras se encorvaba ligeramente hacia el frente.

—Nunca he tratado de asustarle —dijo ella con la risa remanente en su tono.

—Entonces, estás haciendo un mal trabajo —recriminó él ligeramente.

Eso le valió al Caballero para que ella alejara, al fin, la mirada del libro. Lo veía ahora, con recriminación. Y eso no podía ser algo bueno.

—Sólo estoy diciendo que, aunque no sea tu intención asustarme, lo haces cuando pareces concentrada en la lectura pero en verdad estas pendiente de lo que pasa a tu alrededor —se explicó mientras se acercaba un poco a ella y sonrió de la nada—. Tal vez no de todo —dijo mientras le quitaba aquel libro de las manos.

Zoisite se alejó de la guardiana, con el libro en las manos, la distancia justa para que ella no pudiera conseguir de nuevo el libro. Clavó él la mirada en las palabras sólo para descubrir la lectura referente al planeta Tierra. Miró a la guardiana levantarse de su asiento y demandar su libro con una palma hacia arriba. Zoisite le devolvió éste.

—Si estoy aquí, ¿por qué no me preguntas lo que desees saber de mi planeta? —preguntó sin segunda intención.

—¿Me responderías con la verdad? —soltó sinceramente confundida.

—Desde luego —aseveró Zoisite seriamente.

Endymion sonrió por lo que sucedía en la fuente. Zoisite y la guardiana de Mercurio parecían haber entablado una conversación interesante y cordial. Suspiró aliviado.

—Me da gusto —dijo rompiendo el agradable silencio que se había instaurado entre él y la princesa. La vio a ella voltear la mirada, también, a la escena del Caballero y la guardiana.

—Yo siempre supe que podrían llevarse bien —dijo la princesa Serenity con una sonrisa amplia—. Todos son buenos y honorables.

La princesa le sonrió al príncipe con esa seguridad que la bondad de su corazón brindaba a cada uno de sus gestos. El príncipe le sonrió en respuesta.

.

Beryl estaba sentada al lado del escritorio del Príncipe. La ausencia de él se había comenzado a sentir en el Reino —comenzando todo en el palacio— y ella había tenido que tomar las responsabilidades en sus manos; aunque no todas ellas. Sólo decidía sobre las cuestiones más triviales o urgentes, y siempre preguntándose cómo lo resolvería Endymion. Siempre postergaba las decisiones más importantes esperando el momento en que el monarca volviera.

Endymion sería recibido por una gran pila de trabajo acumulado, pero sería una pequeña venganza por todo el tiempo que no había estado presente.

—Reina Beryl —entró uno de los siete sabios… cualquiera de ellos, y es que, eran tan parecidos, que fácilmente se podía decir que eran iguales.

—No soy la reina —dijo Beryl cansada al haber escuchado ese mote tantas veces—. ¿Qué quieres, sabio?

—Se le requiere en la sala del trono.

Beryl dejó el papel que leía antes de ser interrumpida y se encaminó a dicha sala con el anciano a pocos pasos de distancia.

En el gran salón, Beryl tomó asiento en una silla que nada tenía de trono pero que estaba a la derecha del asiento real.

—¿Cuándo se sentará en el trono, Reina Beryl? —comenzó el anciano de nuevo—. Ahora que el príncipe ha muerto…

Beryl volteó furiosa al anciano que, de sabio, parecía no tener ni un pelo.

—El Príncipe no ha muerto —soltó furiosa pero sin subir el tono. Lo último que necesitaba era que aquella audiencia reunida escuchara tales palabras—. Y decir lo contrario es un crimen a la corona —amenazó así obteniendo el silencio que esperaba del otro.

Apenas molestándose en observar la reacción del anciano, volteó su atención a los reunidos en el salón del trono. A pesar de ser un puñado de personas quienes se reunían, parecían una multitud; y todos ellos eran militares de altos grados. Inspiró profundamente para cobrar valor y habló entonces.

—¿Para qué me han hecho venir? —preguntó a todos y a nadie en específico.

Un general se acercó a los escalones que sostenían el trono.

—La frontera Norte está siendo atacada por las fuerzas del Reino Oscuro —comenzó uno de piel arrugada pero gesto férreo—. Entre las filas corre el rumor de que la ausencia del Príncipe ha hecho más agresivo al enemigo. Debemos ir a las tierras nevadas y defendernos —tronó con voz militar—. Debemos darle una victoria al ejército o éste perderá la moral.

Cuando el general guardó silencio, Beryl quiso gruñir su enojo: había preguntado para qué era llamada, no que le informaran de alguna situación como si fuera el monarca. Aunque la situación la hubiera dejado como algún tipo de regente, ella no era la indicada para… Pero este era un asunto urgente y ella quería proteger al planeta y a las personas del Reino.

—Prepare un contingente como nunca lo ha hecho, general —se puso de pie al terminar de hablar, pero no para retirarse; en cambio, miró a todos los presentes a la cara. Mientras algunos de ellos bajaban la mirada, otros se la sostenían. Allí alcanzó a ver la misma desesperación que ella sentía sin la guía del Príncipe, el mismo miedo que ella sentía por los ataques enemigos que conocía tan bien—. Acabaremos con el Reino Oscuro de una vez por todas —anunció con una potente voz y más seguridad de la que sentía.

Los allí reunidos rugieron su asentimiento con un grito de guerra.

.

La rapidez con la que se formó el ejército era sólo una prueba más de cuánto miedo sentía el pueblo del Reino. Beryl sabía que no era únicamente al Reino Oscuro; los lunares, la falta de un Príncipe recién había subido al trono, el mismo cambio de monarca… El pueblo sentía que estaba perdiendo la estabilidad, la paz y la prosperidad que habían conseguido con el Rey. Y esa batalla era su deseo expresado de volver a esos tiempos o morir en el intento. Beryl tenía que devolverles eso. Iba a hacerlo.

Vestida con una armadura ligera, montó su alazán y abrió una marcha que sería funesta para muchos. Probablemente, también para ella.

El apabullante sonido tras su espalda le dijo que todos la seguían.

Tras dos jornadas de marcha a paso forzado el general de cara arrugada y gesto férreo espoleó su montura para quedar a la altura de la de Beryl.

—Lady Beryl —comenzó de inmediato—. El resto del ejército está reunido en la frontera. A este paso estaremos con ellos para mañana cuando el astro rey esté en lo alto. Podremos atacar al anochecer.

—La infantería necesita descansar y los caballos beber —dijo ella tras unos segundos de duda.

El general sonrió de un lado, pero no había burla en su gesto.

—Somos animales de batalla, Lady Beryl —dijo el hombretón con una cálida superioridad—. Descansaremos al reunirnos con los otros.

Habiendo dicho eso, el general regresó a su posición de avance.

El ejército que comandaba Beryl no llegó a media tarde, sino horas antes de eso. Habían marchado más rápido tras el intercambio del general y la dama. La moral de los hombres —sentía ella— sólo podría estar más alta si Endymion liderara a su pueblo.

Cuando Beryl entró a la tienda de campaña dónde se celebraba un consejo de guerra y estrategias, lo hizo con su armadura pero sin arma.

—La frontera invadida por el Reino Oscuro está a una hora de marcha —comenzó uno de ellos—. Nuestros exploradores han contado unos 10,000 soldados enemigos.

—¿Dónde está su rey? —preguntó Beryl antes siquiera de sentarse. Sonaba a que quería cortarle la cabeza ella misma. En realidad, ella temblaba por dentro al estar tan cerca del Reino Oscuro y, sin que ellos lo supieran, muy cerca de lo que había conocido como "hogar".

—Nunca a la vista —respondió un segundo; éste con barba rojiza y mechones blancos pero con la misma cara curtida de militar veterano—. Estamos tratando con una horda, no con un ejército. Sólo se pueden distinguir dos "rangos", por llamarlos de alguna forma —dijo con desprecio—. Lo más parecido para describirlos sería; escuadrones. Un líder gruñendo órdenes a un grupo de soldados. En ninguna lucha hemos visto a un rey o siquiera a un coronel.

—¿Quiere decir que esto no es ni siquiera una décima parte de su ejército? —soltó Beryl sorprendida, tratando de que su terror no se notara en la voz.

Algunos de aquellos hombres reunidos la miraron con molestia, como si estuviera de más su pregunta… y su presencia en esa tienda. Beryl les devolvió una mirada dura y hasta de superioridad. Ella estaba a cargo de un reino no porque lo quisiera, sino porque allí la habían colocado; porque de no hacerlo, resultaría peor para todos. Y que esos militares la vieran como si estorbara allí… la enfurecía.

—¿Entonces? —demandó una respuesta—. Si estos sólo son escuadrones, ¿Cuál es la envergadura total del enemigo? —miró a todos, esperando una respuesta.

Nadie respondió.

—¿Ninguno de ustedes, generales, sabe a qué se enfrenta? —dijo soltando un pequeño tono de burla que no tenía intención de lanzarles. Cuando ellos se revolvieron incómodos en sus asientos, ella siguió—. Movilicé a un ejército para destruir el Reino Oscuro, generales; no para entretener a su infantería.

—Eso es un insulto —espetó uno de los generales poniéndose de pie amenazante y furioso.

—Esto es una orden, general —dijo Beryl con aplomo, viéndolo desde su lugar y sin inmutarse por la amenaza del otro—. Vamos a aplastar a esos 10,000 soldados; marcharemos hasta el corazón del Reino Oscuro, ¡y lo arrancaremos de este mundo de una vez por todas!

Los generales miraron a Lady Beryl levantarse y marcharse, dando así el consejo de guerra y estrategia por terminado.

—Ahí tienen a una Reina —dijo el general Paio a los restantes.

—Es sólo una niña —rezongó el general Gamenos, aquel de barba rojiza y cana.

—Y esa niña acaba de ordenarnos matar a 10,000 hombres y no parar ahí —dijo Paio con orgullo en su cara arrugada.

Beryl lideró el ejército hasta que se encontraron con el enemigo. A lo lejos podía ver una alfombra de cabellos oscuros y brillos metálicos moviéndose caóticamente. Rápidamente pensó que sus filas podían estar apenas formándose o realmente estar así de faltos de organización militar. Fuera cual fuera la razón —que aún no se formaran para la batalla o no tuvieran orden y disciplina—, ella usó ese momento para atacar. No iba a permitirse desperdiciar la ventaja de un ejército apenas formándose.

El entrenamiento de su ejército derrotaría al caos ajeno.

A un movimiento de su espada, la infantería cargó contra el enemigo del Imperio. No había tenido tiempo siquiera para avisar a los generales, había visto su oportunidad táctica y la había tomado. Por supuesto, los generales se acercaron a sus flancos.

—¿Qué fue eso? —gruñó el mismo que intentó amenazarla en la tienda de campaña.

—Y ahora, la caballería —dijo Beryl, sin haber volteado al general, y salió espoleando a su montura.

La caballería la siguió. Claro que ella no estaba pendiente de quién la seguía o quién no; enfrentada a ese enemigo, se sentía capaz de derrotarlos a todos sin mucho esfuerzo. Sentía un poder enorme recorrer su cuerpo e inundar cada fibra muscular con fuerza y energía para la batalla.

En la batalla ella decapitó, cercenó extremidades, protegió a miembros de su ejército y fue protegida por éstos mientras la sangre de unos y otros, amigos y enemigos, manchaba la tierra, la nieve, los ropajes y las armaduras.

Cuando la batalla terminó, Beryl se encontró a ella misma goteando sangre ajena. Estaba rodeada por hombres y mujeres muertos o agonizando. Todo había acabado ya a su alrededor, pero en su mente se repetían una a una las imágenes de muerte y de extremidades siendo separadas de cuerpos; los gritos de dolor, de terror… y sintió de nuevo, en sus manos, el cómo había arrebatado las vidas de tantos otros.

Sus rodillas no la detuvieron en pie. Quedó sobre el lodo sanguinolento; las piernas sobre la fangosa mezcla, las nalgas sobre sus talones, la espalda curva hacia el frente y el rostro en dirección al piso. Toda su estampa era de alguien derrotado, aunque en la batalla hubieran salido victoriosos.

Caída sobre el campo de batalla, Beryl lloró —sin sonido— por la situación entera.

—El resto está escapando —escuchó un grito cerca de ella.

—¡Persíganlos! —ordenó a todo pulmón y con voz clara; pero aun con lágrimas saliendo de los ojos y las rodillas clavadas en el lodo.

Cuando aquel salió corriendo, se dio unos segundos más para recuperarse. Entonces se levantó y buscó a su alazán. Lo encontró agonizando bajo una pila de carne muerta. Tragó con fuerza al verlo así y cerró los ojos mientras atravesaba al animal con su espada. La última cosa que pudo hacer por él, era liberarlo de más dolor. Allí se quedó, viendo su montura muerta pero sin verla en realidad. Estaba impactada por tanta muerte y tanta violencia; la ajena y la propia.

"Somos animales de batalla", recordó.

—La llevo a su tienda, Reina Beryl —dijo Paio tocándola por el hombro.

En la tienda, ella no pudo hacer más que quitarse la sangre de encima con agua fría. Se retiró la armadura y cambió su ropa por otros pantalones y una camisa del ejército.

Mientras no regresaran aquellos con noticias del paradero de los que habían huido, sólo esperaría. Se sentó en el borde del camastro por lo que parecieron horas, antes que un general entrara en su tienda.

—Soy Gamenos, su majestad —se presentó aquel antes de entrar.

Beryl estaba tan cansada que ni siquiera corrigió al general por haberla llamado "majestad".

—Gamenos —repitió Beryl más por aprenderse el nombre que por otra cosa.

—Yo… sólo quería felicitarla por su victoria.

—No hay victoria alguna el día de hoy, Gamenos. No la habrá hasta acabar con el Reino Oscuro. ¿Qué noticias tienen de los exploradores?

—No han regresado —respondió de inmediato.

—Si no han regresado para la primera hora de la mañana, saldremos en su búsqueda.

—Sí, Reina Beryl —aceptó él con una inclinación de cabeza.

Gamenos la dejó sola de nuevo y Beryl cerró los ojos, preparada para ver de nuevo las imágenes de la matanza.

.

En la Luna, Endymion veía todo y nada al mismo tiempo mientras su cuerpo caminaba como autómata a paso lento. Sus recuerdos lo obligaban a adentrarse en él mismo. Intentaba recordar cada uno de los detalles que había estado viendo en sus sueños; quería dejar grabado en su mente cada uno de los aspectos que veía en los sueños, de cada acción y cada sensación que recorría su cuerpo. Quería pensar en ello como una mente hiperactiva o, incluso, aburrida por no estar haciendo sus labores de Príncipe y hacia el trono y súbditos, sin embargo… se sentía como un entrenamiento.

Era justo eso lo que le obligaba a internarse en él mismo. Esa sensación de entrenamiento era… diferente, también un reto. Pero no una burla…

—Príncipe Endymion —llamó la princesa Serenity, sacándolo de sus pensamientos—. Has estado muy callado. ¿Te estás aburriendo?

Él sonrió en dirección a la princesa.

—De ninguna forma —respondió cortés—. Es sólo… algo diferente lo que invade mis pensamientos.

—Y, ¿qué es? —dijo ella con una sincera curiosidad con tintes casi infantiles.

—Es un sueño —dijo él con mejor humor gracias al gesto de la princesa—. Uno que se ha repetido en varias noches. Es… un viaje que me lleva a un castillo; a uno al que no puedo entrar.

—¿Cómo es el sueño? ¿Cómo es ese castillo? —preguntó la princesa sonando emocionada como cada vez que le preguntaba algo que ella no sabía.

—El sueño es bastante tranquilo, sólo camino hasta llegar a un lago. Pero no puedo ir más allá. Al centro del lago se encuentra el castillo al que sé debo entrar y aunque sé como es el castillo como si ya lo hubiera visto y conociera cada parte de él, desde el borde del lago no puedo ni verlo. El castillo… Aunque no luce como un castillo, sé que se eleva sobre escaleras perfectamente pulidas, en una construcción en forma de hexágono. Cada cara de la figura es un arco abierto, tallado en monolítica piedra y de cada vértice externo del hexágono se extiende un arco más; como si quisiera expandir el área del edificio… o detener las paredes para que soporten el peso del techo. Sobre el techo esta el oratorio. Éste es delimitado por columnas enormes que le dan la envergadura al edificio. Las columnas guardan, así mismo, escaleras tan perfectas como las de abajo, pero éstas no llevaban a ninguna parte. Sólo se terminan en el aire, como si alguien hubiera dejado de construir la mitad de la escalera. Aunque… —se detuvo el Príncipe como recordando un detalle— las columnas, en la parte superior, tienen enredaderas que parecen unir las piedras como para formar… un tipo de… puerta.

—Y dices que está a la mitad de un lago —dijo la princesa con tono atento.

—Sí, lo más raro es que es un sueño recurrente. No pensaría dos veces en él si no hubiera aparecido tantas veces. Además está esa sensación de que… me pertenece —dijo casi tímido y volteando la mirada a otro lado.

Al voltear, el Príncipe se descubrió de nuevo en los alrededores del palacio lunar.

—No te preocupes, Príncipe Endymion —dijo la princesa con una gran sonrisa en los labios—. Si gustas…

—¡Nefrite! —la voz de Venus, que llegaba corriendo hasta los príncipes… o a uno de sus chaperones, interrumpió a la princesa.

Venus llegó al lado de los príncipes y les ofreció una ligera reverencia.

—¿Qué sucede Venus? —preguntó la princesa sorprendida.

—Me disculpo, Princesa. No la había visto.

—¿Todo está bien, Venus? —preguntó Nefrite acercándose a la pareja real y a la líder de las guardianas planetarias.

—Sólo te vi y pensé en preguntarte si te gustaría entrenar un poco —dijo con una gran sonrisa.

—Si el Príncipe y la princesa me lo permiten, siempre estoy dispuesto a un entrenamiento —respondió también con una sonrisa.

—Nefrite —amenazó Kunzite, al lado de éste, sonando amargado como pocas veces.

—No le veo problema —dijo la princesa de inmediato—, mientras el príncipe también lo convenga.

—Sabes, princesa, que no puedo ir en contra de tus deseos —dijo Endymion con una sonrisa a la princesa.

Serenity sonrió poniéndose ligeramente colorada. Con el paso de los días y de la convivencia con el príncipe —aquel que desde el primer momento la había emocionado con sus relatos de la Tierra—, ella había comenzado a sentirse más cercana a él hasta el punto de sentir una calidez en el cuerpo cada vez que éste tenía atenciones para ella. Y el príncipe tenía muchas atenciones con ella.

—Venus —dijo la Princesa hacia su guardiana y amiga—, ¿podemos verte entrenar? —preguntó.

—Por… por supuesto, Princesa —respondió Venus—. Es un honor.

Mientras todos marchaban hacia el patio de entrenamiento, Luna suspiró por lo bajo. Kunzite miró a la gata negra y no pudo evitar preguntar la razón de su suspiro.

—Siento pena por su compañero, Caballero —dijo la gata—. Él no tiene una oportunidad ahora que Venus querrá lucirse ante la Princesa —terminó apenada.

Kunzite puso una sonrisa extraña en los labios. No sería él quien le explicara a la consejera real de la Luna que Nefrite no era, por mucho, un rival fácil de vencer. Al parecer, todos en la Luna, creían que derrotarían a los Caballeros así de fácil… probablemente por la primera derrota de Nefrite frente a la guardiana de Júpiter.

—Tal vez deba llamar a Artemis —siguió la gata negra—. Es el único que puede controlar a Venus en una situación parecida.

Antes de que Kunzite pudiera pedirle a la consejera que explicara sus palabras ésta ya había salido corriendo.

Kunzite tronó la boca con algo de molestia. Por alguna razón, el nombrado Artemis, le caía como un golpe en el estómago. Siguió a los príncipes y a los futuros combatientes hasta el patio de entrenamiento.

Como público, tomaron asiento en unas gradas a distancia prudente del patio de entrenamiento. Mientras veía a Nefrite y a Venus "entrenar" no podía evitar pensar que eso podía ser llamado una batalla en toda la extensión de la palabra. Con espada o con puños, la guardiana y el Caballero, se daban con todo.

"Venus love me chain". Sonó la voz de la guardiana mientras un látigo de color ambarino salía disparado como proyectil hacia Nefrite.

Kunzite se puso de pie de su asiento mientras aspavientos de sorpresa sonaban a su espalda. En cuanto vio a Nefrite evitar el látigo ámbar de la guardiana y devolver unos golpes con rayos de energía, pudo al fin voltear la atención a su espalda. La batalla de esos dos había reunido al resto de los Caballeros y de las guardianas.

El grito de dolor que soltó Venus lo hizo volver la atención a la batalla. Ella se sujetaba el costado derecho con la mano izquierda y jadeaba ligeramente mientras tenía una sonrisa en los labios. Ella se lanzó de nuevo hacia Nefrite.

—Vamos —dijo Jupiter sonando emocionada.

Kunzite vio a la guardiana vestida en verde llevar a Zoisite al patio de entrenamiento y comenzar su propia batalla. Zoisite se veía emocionado, tal vez no por la batalla, pero sí por hacer algo de esfuerzo físico.

—¿Cuatro contra dos? —sugirió Mars con un tono divertido mientras arrastraba a Mercury a la batalla.

—¡Cuatro contra cuatro! —gritó Jedite mientras lo empujaba a él para formar parte del entrenamiento.

Y así fue como, lo que había comenzado como un entrenamiento, se convirtió en una lucha de guardianas planetarias contra Caballeros del Imperio.

Nadie dejó nada en las gradas; ni poderes, ni estrategias, ni fuerza… ni la adrenalina de una batalla que sabían sin consecuencias.

Kunzite estaba soltando un golpe dirigido al estómago de Mercury cuando notó, por el rabillo del ojo, el rayo de energía que Jedite lanzaba a Jupiter. Kunzite se lanzó contra la guardiana logrando tirarla al piso justo antes que el rayo impactara en ella. Con un "gracias" dicho rápidamente, Jupiter se incorporó para darle un golpe a Zoisite en la quijada. Kunzite sintió un golpe en la espalda antes de descubrir a Mars como la culpable, con una sonrisa —ambos— se lanzaron en contra del otro.

Zoisite logró devolver el golpe a Jupiter mientras esquivaba uno de Venus. Jedite vio a Venus fallar el golpe contra Zoisite y juntó energía en su mano, que se desvaneció en cuanto vio que Mercury estaba a un brazo de distancia: la golpeó a ella en cambio. Mercury perdió un poco el balance, gracias a un golpe que vino de su costado derecho, y la patada que dirigía a Kunzite le dio en la rodilla y no en la espalda. Se volteó para ver a Jedite sonriéndole por la patada dada y cuando se lanzaba a él la detuvo el grito de Jupiter.

"Flower hurricane".

Ante el poder anunciado, Mercury se dejó caer sobre aquel al que iba a agredir, ahora para protegerlo. Desde el piso, aún protegiendo al Caballero, Mercury vio a las otras guardianas protegiendo a los Caballeros mientras Kunzite se mantenía en pie, con una barrera de protección para soportar el ataque de Jupiter. Él reía por evitar el ataque.

"No es justo, Jupiter" gritó Mars poniéndose de pie y entonces, ella también convocó el poder de su planeta. "Burning Mandala" gritó Mars mientras Zoisite creaba una esfera que lo rodeó en un segundo, ésta negó el ataque de Mars esparciéndolo de inmediato por el patio de entrenamiento. Zoisite sonrió con malicia, abrió la mano para reunir energía en su palma y ésta se agrupó en pequeñas partículas verdes brillantes; el Caballero las dejó esparcirse alrededor de la batalla. En un instante estas partículas explotaron alrededor de todos, guardianas y Caballeros por igual.

"¡Zoisite!" gritaron los Caballeros restantes en un furioso coro. Zoisite soltó una alegre carcajada por la reacción y, como si aquello sólo hubiera sido un pequeño intermedio, todos retomaron la batalla justo donde la habían dejado.

Zoisite tuvo que evadir un par de golpes que Nefrite y Jedite le lanzaron "por error"; pero los equipos pronto recuperaron sus alianzas. Nefrite luchaba contra Mars, Zoisite contra Venus, Jedite contra Mercury y Kunzite contra Jupiter cuando escucharon el primer grito.

Como un eco llegó a sus oídos un "Basta" bastante furioso; nadie hizo caso a nada que no estuviera frente a ellos… o a su lado, o a sus costados, o bajo ellos.

La patada de Jupiter evitó a Kunzite por un brazo completo de distancia haciendo que Kunzite pusiera una sonrisa en los labios… hasta que vio que su ataque era dirigido a Nefrite. Éste volteó para encontrarse a Jupiter riendo. La espalda de Venus chocó contra la de Jupiter, mientras la guardiana de Venus estaba siendo acorralada por Zoisite. Mercury lanzó un ataque a Jedite y éste lo devolvió. Mercury evadió el ataque sólo para seguirlo con la vista y darse cuenta que impactaría en Venus, Kunzite lo vio también. Antes que la guardiana de Mercurio lograra siquiera gritar su advertencia, Kunzite llegó a Venus y la tiró con una patada a sus tobillos. La guardiana cayó sobre él con un golpe más fuerte que un puñetazo. Antes que ella dijera nada, él vio el rayo de Jedite impactando en el suelo sin lastimar a nadie en verdad. Venus aprovechó la cercanía para darle un golpe a Kunzite, aún sabiendo que la había quitado de la trayectoria de aquel rayo, y se levantó lista para seguir la batalla. Recibió un golpe en la quijada y, antes de darse cuenta que había sido Nefrite el culpable, ella atacó a Zoisite. Mercury detuvo un golpe que le daría en las costillas y Venus se lo agradeció evitando que Kunzite golpeara a la guardiana de Mercurio. Entonces se sintió sujeta por un fuerte abrazo. Gritó más rabiosa que asustada y clavó el tacón de su zapato en la pantorrilla de alguno. Se sintió levantada del piso, luego libre y entonces se dio cuenta que Jupiter la había liberado de la prensa de Jedite. Mars barrió el suelo con una patada que llevó al suelo a Zoisite.

"¡Guardianas!" sonaba aquella voz masculina, furiosa, cada vez más cerca, más desesperada, pero igualmente ignorada.

Zoisite golpeó a Mercury en las costillas mientras evitaba el golpe de Venus en la quijada. Jupiter se agachó para evitar otro rayo de energía de Jedite, que le dio en el pecho a Venus, enfureciéndola en verdad.

—¡Chicas, es momento de terminar esto! —gritó Venus.

Las guardianas gritaron un asentimiento.

"Venus power…"

"Jupiter power…"

"Mercury power…"

"Mars power…"

Gritaron ellas a la vez.

"Sailor Planet Ata…"

Un fuerte movimiento de la tierra interrumpió las voces unidas de las guerreras, así como la luz que ellas reunían en sus palmas. La tierra compacta que era suelo en el patio de entrenamiento se volvió arena y ésta se elevó formando columnas que cayeron sobre los combatientes.

Entre toses, gruñidos, gritos de sorpresa y una lejana risa que parecía ser de la Princesa, aquella arena se solidificó abrazando a los ocho allí.

—¡ARTEMIS! —gritó Venus rabiosa—. ¡Cómo te atreves!

—Cómo me atrevo ¿¡yo!? —la furia de Artemis en su forma humana calló todo en el patio de entrenamiento.

Luna, en su forma felina, apareció tras los pasos de Artemis y, tras el grito, salió corriendo hacia la Princesa.

Venus tragó fuerte cuando la mirada de su instructor recayó en ella. Apretó la quijada para indicarse que ningún sonido debía salir de su boca y bajó la mirada apenada.

—Lo siento, Artemis —dijo Jupiter sonando contrita.

Venus tragó con fuerza sabiendo que eso había sido un error. Nunca era buena idea hablarle a Artemis cuando estaba de ese humor.

—Vas a sentirlo aún más, Jupiter —dijo Artemis con tono de amenaza—. De hecho, todos ustedes lo harán. Terrestres y lunares van a arrepentirse por la deshonra que han presentado ante la Reina del Milenio de Plata.

—¡Nunca haríamos tal cosa! —gritó Mars una octava más arriba de su tono normal.

Artemis miró a la guardiana que osaba llamarlo mentiroso, justo después de haber visto la pelea que se desarrollaba entre los que deberían mantener la diplomacia entre Luna y Tierra.

—¡NO ME RESPONDAS! —gritó mortalmente furioso.

Ese grito del hombre de cabello blanco le indicó que la diversión se había terminado. Miró a la princesa, quien parecía haberse distraído con la llegada del felino negro.

—Princesa Serenity —llamó Endymion a ésta, ambos seguían sentados en la banca como espectadores.

Serenity volteó a verlo, él llevó su atención a lo que ahora pasaba en el patio de entrenamiento; se tensó perceptiblemente.

—Creo que el consejero ha malinterpretado el entrenamiento —siguió Endymion.

Serenity se puso en pie de inmediato, pareciendo preocupada.

—Tenemos que huir antes que nos vea Artemis —dijo ella completamente seria mientras tomaba la mano del príncipe—, o será demasiado tarde.

Los príncipes se levantaron lentamente, como para no llamar la atención.

—¡A dónde creen que van ustedes! —gritó la voz de Artemis desde el centro del patio.

Serenity se encogió de hombros, tensa ante el regaño, y miró a Luna. La gata negra vio al príncipe como buscando en él la respuesta que ambas querían.

—Corran —ordenó el príncipe mientras volvía el rostro para enfrentar a aquel otro.

Serenity salió corriendo mientras Artemis se acercaba a Endymion con furiosas zancadas.

(À suivre)