Los personajes no me pertenecen son de J.K Rowling y Kishimoto

Summary: Harry se entera que cuando cumpla quince su parte criatura despertara dándole nuevos poderes y una pareja destinada para él, si eso no fuera poco descubre que tiene un primo en un mundo completamente diferente al suyo: El mundo Ninja, ahora luchara junto a su pareja para proteger todo lo que ama.

Parsel -"Hola"

Hechizos- Accio o Jutsus

Voz sobrenatural- Hola

Otro idioma "Hola"

Recuerdos [Hola]


Capítulo 7 El caliz de fuego y los cuatro campeones

Pov Harry

Cuando llegaron los postres, vimos también algunos dulces extraños. Ron examinó detenidamente una especie de crema pálida, y luego la desplazó un poco a la derecha, para que quedara bien visible desde la mesa de Ravenclaw. Pero la chica veela debía de haber comido ya bastante, y no se acercó a pedirla.

Una vez limpios los platos de oro, Dumbledore volvió a levantarse. Todos en el Gran Comedor parecían emocionados y nerviosos. Con un estremecimiento, me preguntó qué iba a suceder a continuación. Unos asientos más allá, Fred y George se inclinaban hacia delante, sin despegar los ojos de Dumbledore.

—Ha llegado el momento, el Torneo de los tres magos va a dar comienzo. Me gustaría pronunciar unas palabras para explicar algunas cosas antes de que traigan el cofre... —anunció Dumbledore, sonriendo a la multitud de rostros levantados hacia él.

—¿El qué? —murmure sin comprender. Ron se encogió de hombros.

—... sólo para aclarar en qué consiste el procedimiento que vamos a seguir. Pero antes, para aquellos que no los conocen, permítanme que les presente al señor Bartemius Crouch, director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional —hubo un asomo de aplauso cortés.

— Y al señor Ludo Bagman, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos—Aplaudieron mucho más a Bagman que a Crouch, tal vez a causa de su fama como golpeador de quidditch, o tal vez simplemente porque tenía un aspecto mucho más simpático. Bagman agradeció los aplausos con un jovial gesto de la mano, mientras que Bartemius Crouch no saludó ni sonrió al ser presentado. Al recordarlo vestido con su impecable traje en los Mundiales de quidditch, pensé que no le pegaba la túnica de mago. El bigote de cepillo y la raya del pelo, tan recta, resultaban muy raros junto al pelo y la barba de Dumbledore, que eran largos y blancos.

—Los señores Bagman y Crouch han trabajado sin descanso durante los últimos meses en los preparativos del Torneo de los tres magos y estarán conmigo, con el profesor Karkarov y con Madame Maxime en el tribunal que juzgará los esfuerzos de los campeones—continuó Dumbledore a la mención de la palabra «campeones», la atención de los alumnos aumentó aún más. Quizá Dumbledore percibió el repentino silencio, porque sonrió mientras decía.

—Señor Filch, si tiene usted la bondad de traer el cofre... —Filch, que había pasado inadvertido, pero permanecía atento en un apartado rincón del Gran Comedor, se acercó a Dumbledore con una gran caja de madera con joyas incrustadas. Parecía extraordinariamente vieja. De entre los alumnos se alzaron murmullos de interés y emoción. Dennis Creevey se puso de pie sobre la silla para ver bien, pero era tan pequeño que su cabeza apenas sobresalía de las demás.

—Los señores Crouch y Bagman han examinado ya las instrucciones para las pruebas que los campeones tendrán que afrontar y han dispuesto todos los preparativos necesarios para ellas. Habrá tres pruebas, espaciadas en el curso escolar, que medirán a los campeones en muchos aspectos diferentes: sus habilidades mágicas, su osadía, sus dotes de deducción y, por supuesto, su capacidad para sortear el peligro—dijo Dumbledore mientras Filch colocaba con cuidado el cofre en la mesa, ante él.

Ante esta última palabra, en el Gran Comedor se hizo un silencio tan absoluto que nadie parecía respirar.

—Como todos saben, en el Torneo compiten tres campeones uno por cada colegio participante. Se puntuará la perfección con que lleven a cabo cada una de las pruebas y el campeón que después de la tercera tarea haya obtenido la puntuación más alta se alzará con la Copa de los tres magos. Los campeones serán elegidos por un juez imparcial: el cáliz de fuego—continuó Dumbledore con tranquilidad.

Dumbledore sacó la varita mágica y golpeó con ella tres veces en la parte superior del cofre. La tapa se levantó lentamente con un crujido. Dumbledore introdujo una mano para sacar un gran cáliz de madera toscamente tallada. No habría llamado la atención de no ser porque estaba lleno hasta el borde de unas temblorosas llamas de color blanco azulado.

Dumbledore cerró el cofre y con cuidado colocó el cáliz sobre la tapa, para que todos los presentes pudieran verlo bien.

—Todo el que quiera proponerse para campeón tiene que escribir su nombre y el de su colegio en un trozo de pergamino con letra bien clara, y echarlo al cáliz. Los aspirantes a campeones disponen de veinticuatro horas para hacerlo. Mañana, festividad de Halloween, por la noche, el cáliz nos devolverá los nombres de los tres campeones a los que haya considerado más dignos de representar a sus colegios. Esta misma noche el cáliz quedará expuesto en el vestíbulo, accesible a todos aquellos que quieran competir—explicó Dumbledore, admito que, aunque no me interesa participar, se ve realmente entretenido.

—Para asegurarme de que ningún estudiante menor de edad sucumbe a la tentación, trazaré una raya de edad alrededor del cáliz de fuego una vez que lo hayamos colocado en el vestíbulo. No podrá cruzar la línea nadie que no haya cumplido los diecisiete años—prosiguió Dumbledore, es comprensible si la mirada de los gemelos, da clara muestra de querer meter sus nombres en el caliz.

—Por último, quiero recalcar a todos los que estén pensando en competir que hay que meditar muy bien antes de entrar en el Torneo. Cuando el cáliz de fuego haya seleccionado a un campeón, él o ella estarán obligados a continuar en el Torneo hasta el final. Al echar su nombre en el cáliz de fuego están firmando un contrato mágico de tipo vinculante. Una vez convertido en campeón, nadie puede arrepentirse. Así que deben estar muy seguros antes de ofrecer su candidatura. Y ahora me parece que ya es hora de ir a la cama. Buenas noches a todos—termino Dumbledore con una sonrisa.

—¡Una raya de edad! Bueno, creo que bastará con una poción envejecedora para burlarla. Y, una vez que el nombre de alguien esté en el cáliz, ya no podrán hacer nada. Al cáliz le da igual que uno tenga diecisiete años o no—dijo Fred Weasley con ojos chispeantes de camino hacia la puerta que daba al vestíbulo.

—Pero no creo que nadie menor de diecisiete años tenga ninguna posibilidad. No hemos aprendido bastante... —objetó Hermione.

—Habla por ti. Tú lo vas a intentar, ¿no, Harry? —replicó George, sinceramente eso no me llama la atención, después de todo la única forma que yo quisiera hacerlo, es por impresionar a Draco, algo me dice que él estaría furioso si yo intentara algo tan estúpido.

—Sinceramente no, quiero verlo, ya que nunca he presenciado nada igual, pero participar no está dentro de mis planes, pero ustedes pueden intentarlo si quieren—dije mientras observaba a Draco, lo iré a ver esta noche, quiero saber porque está enojado conmigo.

—¿Dónde está? Dumbledore no ha dicho nada de dónde van a dormir los de Durmstrang, ¿verdad? —dijo Ron, que no escuchaba una palabra de la conversación, porque escrutaba la multitud para ver dónde se encontraba Krum, pero su pregunta quedó respondida al instante. Habíamos llegado a la altura de la mesa de Slytherin, y Karkarov les metía prisa en aquel momento a sus alumnos.

—Al barco, vamos ¿Cómo te encuentras, Viktor? ¿Has comido bastante? ¿Quieres que pida que te preparen un ponche en las cocinas? —les decía vi que Krum negaba con la cabeza mientras se ponía su capa de pieles.

—Profesor, a mí sí me gustaría tomar un ponche —dijo otro de los alumnos de Durmstrang.

—No te lo he ofrecido a ti, Poliakov, ya veo que has vuelto a mancharte de comida la pechera de la túnica, niño indeseable...—contestó con brusquedad Karkarov, de cuyo rostro había desaparecido todo aire paternal.

Karkarov se volvió y marchó hacia la puerta por delante de sus alumnos. Llegó a ella exactamente al mismo tiempo que Ron, Hermione y yo, me detuve para cederle el paso.

—Gracias —dijo Karkarov despreocupadamente, echándome una mirada. Y de repente Karkarov se quedó como helado. Volvió a mirarme y dejó los ojos fijos en mí, como si no pudiera creer lo que veía. Detrás de su director, también se detuvieron los alumnos de Durmstrang. Muy lentamente, los ojos de Karkarov fueron ascendiendo por mi cara, hasta llegar a la cicatriz. También sus alumnos me observaban con curiosidad. Por el rabillo del ojo, vi en sus caras la expresión de haber caído en la cuenta de algo. El chico que se había manchado de comida la pechera le dio un codazo a la chica que estaba a su lado y señaló sin disimulo mi frente.

—Sí, es Harry Potter —dijo desde detrás de ellos una voz gruñona. El profesor Karkarov se dio la vuelta. Ojoloco Moody estaba allí, apoyando todo su peso en el bastón y observando con su ojo mágico, sin parpadear, al director de Durmstrang.

Ante mis ojos, Karkarov palideció y le dirigió a Moody una mirada terrible, mezcla de furia y miedo.

—¡Tú! —exclamó, mirando a Moody como si no diera crédito a sus ojos.

—Sí, yo. Y, a no ser que tengas algo que decirle a Potter, Karkarov, deberías salir. Estás obstruyendo el paso—contestó Moody muy serio.

Era cierto. La mitad de los alumnos que había en el Gran Comedor aguardaban tras nosotros, y se ponían de puntillas para ver qué era lo que ocasionaba el atasco. Sin pronunciar otra palabra, el profesor Karkarov salió con sus alumnos. Moody clavó los ojos en su espalda y, con un gesto de intenso desagrado, lo siguió con la vista hasta que se alejó.

Después de que todos se durmieron, me levante y me dirigí a la sala común de Slytherin, entre y me fui directo al cuarto de Draco. Al entrar todo estaba oscuro, me acerque a su cama y cuando lo estuve cerca, acaricie su rostro con delicadeza, se movió un poco pero no despertó, volví hacerlo, en esta ocasión si se despertó, me miro algo adormilado, para después fruncir el ceño.

—Vaya pero que sorpresa, a que debo tu visita, ya no estas entretenido con la rubia esa—siseo molesto, lo mire enarcando una ceja.

—Pues tú, te veías muy contento con Krum, sabes que no tengo ojos para nadie más, además ella es una veela, al igual que yo, cuenta con su pareja destinada, te amo Draco, soy yo el que tiene miedo de perderte—susurre muy bajo. Sentí muchos celos viendo como Krum, se acercaba a Draco.

—Lo siento, yo también te amo y nunca te dejare Harry—mientras hablaba me iba halando hasta quedar acostado junto a él. Suspire satisfecho.

—¿Qué opinas del torneo? ¿Alguien de Slytherin quiere participar? Los chicos piensan usar una poción envejecedora para poder hacerlo—sonrió con burla ante lo último.

—Espero que tú, no estés planeando cometer esa estupidez, solo algunos, de los que tienen la edad para hacerlo, participaran, los demás sabemos que no tenemos el conocimiento suficiente, será suicida hacerlo—dijo Draco serio, sonreí ya que estoy seguro que, si Hermione le diera la oportunidad, ellos se llevarían bien.

—El único motivo por el que participaría serias tú, y por lo que veo en vez de impresionarte conseguiría todo lo contrario, de igual forma no me interesa—murmure mientras lo besaba con pasión, le acaricie el rostro, provocando que cerrara los ojos y suspirara feliz, lo abrace con fuerza y deje que Morfeo nos llevara.

Como al día siguiente era sábado, lo normal habría sido que la mayoría de los alumnos bajaran tarde a desayunar. Sin embargo, Ron, Hermione y yo no fuimos los únicos que nos levantamos mucho antes de lo habitual en días de fiesta. Al bajar al vestíbulo vimos a unas veinte personas agrupadas allí, algunas comiendo tostadas, y todas contemplando el cáliz de fuego. Lo habían colocado en el centro del vestíbulo, encima del taburete sobre el que se ponía el Sombrero Seleccionador. En el suelo, a su alrededor, una fina línea de color dorado formaba un círculo de tres metros de radio.

—¿Ya ha dejado alguien su nombre? —le preguntó Ron algo nervioso a una de tercero.

—Todos los de Durmstrang, pero de momento no he visto a ninguno de Hogwarts—contestó ella.

—Seguro que lo hicieron ayer después de que los demás nos acostamos —dije tranquilamente.

—Yo lo habría hecho así si me fuera a presentar: preferiría que no me viera nadie. ¿Y si el cáliz te manda a freír espárragos? —continúe, Alguien se reía detrás de mí. Al voltearme, vi a Fred, George y Lee Jordan que bajaban corriendo la escalera. Los tres parecían muy nerviosos.

—Ya está —nos dijo Fred a Ron, Hermione y a mí, en tono triunfal.

—Acabamos de tomárnosla—continuo George sonriente.

—¿El qué? —preguntó Ron.

—La poción envejecedora, cerebro de mosquito —respondió Fred.

—Una gota cada uno, sólo necesitamos ser unos meses más viejos—explicó George, frotándose las manos con júbilo.

—Si uno de nosotros gana, repartiremos el premio entre los tres —añadió Lee, con una amplia sonrisa.

—No estoy muy convencida de que funcione, ¿saben? Seguro que Dumbledore ha pensado en eso —les advirtió Hermione. Fred, George y Lee no le hicieron caso.

—¿Listos? Entonces, vamos. Yo voy primero... —les dijo Fred a los otros dos, temblando de emoción observe, fascinado, cómo Fred se sacaba del bolsillo un pedazo de pergamino con las palabras: «Fred Weasley, Hogwarts.» Fred avanzó hasta el borde de la línea y se quedó allí, balanceándose sobre las puntas de los pies como un saltador de trampolín que se dispusiera a tirarse desde veinte metros de altura. Luego, observado por todos los que estaban en el vestíbulo, tomó aire y dio un paso para cruzar la línea.

Durante una fracción de segundo, creí que el truco había funcionado. George, desde luego, también lo creyó, porque profirió un grito de triunfo y avanzó tras Fred. Pero al momento siguiente se oyó un chisporroteo, y ambos hermanos se vieron expulsados del círculo dorado como si los hubiera echado un invisible lanzador de peso. Cayeron al suelo de fría piedra a tres metros de distancia, haciéndose bastante daño, y para colmo sonó un «¡plin!» y a los dos les salió de repente la misma barba larga y blanca.

En el vestíbulo, todos prorrumpieron en carcajadas. Incluso Fred y George se rieron al ponerse en pie y verse cada uno la barba del otro.

—Se los advertí, les sugiero que vayan los dos a ver a la Madame Pomfrey. Está atendiendo ya a la señorita Fawcett, de Ravenclaw, y al señor Summers, de Hufflepuff, que también decidieron envejecerse un poquito. Aunque tengo que decir que me gusta más su barba que la que les ha salido a ellos—dijo la voz profunda de alguien que parecía estar divirtiéndose, y todo el mundo se volvió para ver salir del Gran Comedor al profesor Dumbledore. Examinó a Fred y George con los ojos brillantes.

Fred y George salieron para la enfermería acompañados por Lee, que se partía de risa, los chicos y yo que también reíamos con ganas, entramos a desayunar.

Habían cambiado la decoración del Gran Comedor. Como era Halloween, una nube de murciélagos vivos revoloteaba por el techo encantado mientras cientos de calabazas lanzaban macabras sonrisas desde cada rincón. Nos encaminamos hacia donde estaban Dean y Seamus, que hablaban sobre los estudiantes de Hogwarts que tenían diecisiete años o más y que podrían intentar participar.

—Corre por ahí el rumor de que Warrington se ha levantado temprano para echar el pergamino con su nombre. Sí, hombre, ese tío grande de Slytherin que parece un oso perezoso... —me dijo Dean, recuerdo que me había enfrentado a Warrington en quidditch, moví la cabeza en señal de disgusto, ese chico intento tirarme muchas veces de la escoba.

—¡Espero que no tengamos de campeón a nadie de Slytherin! — dijo Ron con disgusto, lamentablemente, al único Slytherin que conozco y que defenderé con uñas y dientes es a mi dragón, los demás sinceramente no me importa, aunque nunca se sabe cómo pueden llegar a ser en realidad ellos, después de todo según lo que me dijo Draco, todos llevan mascaras.

—Y los de Hufflepuff hablan todos de Diggory, pero no creo que quiera arriesgarse a perder su belleza—comentó Seamus con desdén.

—¡Escuchen! —dijo Hermione repentinamente.

En el vestíbulo estaban lanzando vítores. Todos nos volteamos en nuestros asientos y vimos entrar en el Gran Comedor, sonriendo con un poco de vergüenza, a Angelina Johnson. Era una chica negra, alta, que jugaba como cazadora en el equipo de quidditch de Gryffindor. Angelina venia hacia nosotros, se sentó y soltó un suspiro nervioso.

—¡Bueno, lo he hecho! ¡Acabo de echar mi nombre! —dijo tranquilamente después de que los nervios se le pasaran.

—¡No puedo creerlo! —exclamó Ron, impresionado.

—Pero ¿tienes diecisiete años? —inquirió Neville, no quise ser grosero y decirle que no podía haber echado su nombre si no fuera así.

—Claro que los tiene. Porque si no le habría salido barba, ¿no? —dijo Ron.

—Mi cumpleaños fue la semana pasada —explicó Angelina.

—Bueno, me alegro de que entre alguien de Gryffindor. ¡Espero que quedes tú, Angelina! —declaró Hermione.

—Gracias, Hermione —contestó Angelina sonriéndole.

—Sí, mejor tú que Diggory el hermoso —dijo Seamus, lo que arrancó miradas de rencor de unos de Hufflepuff que pasaban al lado.

—¿Qué vamos a hacer hoy? —nos preguntó Ron, cuando terminamos el desayuno y salíamos del Gran Comedor.

—Aún no hemos bajado a visitar a Hagrid —comentó Harry.

—Bien, mientras no nos pida que donemos los dedos para que coman los escregutos... —dijo Ron a Hermione se le iluminó súbitamente la cara.

—¡Acabo de darme cuenta de que todavía no le he pedido a Hagrid que se afilie a la P.E.D.D.O.! ¿Quieren esperarme un momento mientras subo y cojo las insignias? —dijo con alegría.

—Pero ¿qué pretende? —dijo Ron, exasperado, mientras Hermione subía por la escalinata de mármol.

—Eh, Ron por ahí viene tu amiga... —le advertí con una sonrisa burlona. Los estudiantes de Beauxbatons estaban entrando por la puerta principal, provenientes de los terrenos del colegio, y entre ellos llegaba la chica veela. Los que estaban alrededor del cáliz de fuego se echaron atrás para dejarlos pasar, y se los comían con los ojos.

Madame Maxime entró en el vestíbulo detrás de sus alumnos y los hizo colocarse en fila. Uno a uno, los alumnos de Beauxbatons fueron cruzando la raya de edad y depositando en las llamas de un blanco azulado sus pedazos de pergamino. Cada vez que caía un nombre al fuego, éste se volvía momentáneamente rojo y arrojaba chispas.

—¿Qué crees que harán los que no sean elegidos? ¿Crees que volverán a su colegio, o se quedarán para presenciar el Torneo? —me susurró Ron mientras la chica veela dejaba caer al fuego su trozo de pergamino.

—No lo sé, supongo que se quedarán, porque Madame Maxime tiene que estar en el tribunal, ¿no? —dije cuando todos los estudiantes de Beauxbatons hubieron presentado sus nombres, Madame Maxime los hizo volver a salir del castillo.

—¿Dónde dormirán? —preguntó Ron, acercándose a la puerta y observándolos.

Un sonoro traqueteo anunció tras nosotros, anuncio la reaparición de Hermione, que llevaba consigo las insignias de la P.E.D.D.O.

—¡Démonos prisa! —dijo Ron, y bajó de un salto la escalinata de piedra, sin apartar los ojos de la chica veela, que iba con Madame Maxime por la mitad de la explanada.

Al acercarnos a la cabaña de Hagrid, al borde del bosque prohibido, el misterio de los dormitorios de los de Beauxbatons quedó disipado. El gigantesco carruaje de color azul claro en el que habían llegado estaba aparcado a unos doscientos metros de la cabaña de Hagrid, y los de Beauxbatons entraron en él de nuevo. Al lado, en un improvisado potrero, están los caballos de tamaño de elefantes que habían tirado del carruaje. Llame a la puerta de Hagrid, y los estruendosos ladridos de Fang respondieron al instante.

—¡Ya era hora! ¡Creía que no se acordaban de dónde vivo! —exclamó Hagrid, después de abrir la puerta de golpe y vernos. Hagrid se había peinado, se miraba raro, nos pusimos hablar un rato con él, para matar el tiempo. Nos dijo que las pruebas que iban hacer los campeones serian interesante. Cuando Hermione le enseño las insignias para que se uniera a la defensa de los elfos domésticos, Hagrid se negó.

—Eso sería jugarles una mala pasada, Hermione. Lo de cuidar a los humanos forma parte de su naturaleza. Es lo que les gusta, ¿te das cuenta? Los harías muy desgraciados si los apartaras de su trabajo, y si intentaras pagarles se lo tomarían como un insulto—dijo Hagrid gravemente, enhebrando un grueso hilo amarillo en una enorme aguja de hueso.

—Pero Harry liberó a Dobby, ¡y él se puso loco de contento! ¡Y nos han dicho que ahora quiere que le paguen! —objetó Hermione.

—Sí, bien, en todas partes hay quien se desmadra. No niego que haya elfos raros a los que les gustaría ser libres, pero nunca conseguirías convencer a la mayoría. No, nada de eso, Hermione—A Hermione no le hizo ni pizca de gracia su negativa y volvió a guardarse la caja de las insignias en el bolsillo de la capa. En esto estoy de acuerdo con Hagrid, ella no puede pretender que todos los elfos domésticos quieren lo mismo.

Hacia las cinco y media se hacía de noche, Ron, Hermione y yo decidimos que era el momento de volver al castillo para el banquete de Halloween. Y, lo más importante de todo, para el anuncio de los campeones de los colegios.

—Voy con ustedes, esperen un segundo —dijo Hagrid, dejando la labor. Hagrid se levantó, fue hasta la cómoda que había junto a la cama y empezó a buscar algo dentro de ella. No pusimos mucha atención hasta que un olor horrendo les llegó a las narices. Entre toses, ya que era muy fuerte.

—¿Qué es eso, Hagrid? —pregunto Ron afectado.

—¿Qué, no les gusta? —dijo Hagrid, volviéndose con una botella grande en la mano.

—¿Es una loción para después del afeitado? —preguntó Hermione con un hilo de voz.

—Eh... es agua de colonia tal vez me he puesto demasiada. Voy a quitarme un poco, esperen... —murmuró Hagrid. Se había ruborizado. Salió de la cabaña ruidosamente, y lo vimos lavarse con vigor en el barril con agua que había al otro lado de la ventana.

—¿Agua de colonia? ¿Hagrid? —se preguntó Hermione sorprendida.

—¿Y qué me decís del traje y del peinado? —pregunte en voz baja.

—¡Miren! —dijo de pronto Ron, señalando algo fuera de la ventana. Hagrid acababa de enderezarse y de volverse. Si antes se había ruborizado, aquello no había sido nada comparado con lo de aquel momento. Levantándonos muy despacio para que Hagrid no se diera cuenta, nosotros echamos un vistazo por la ventana y vimos que Madame Maxime y los alumnos de Beauxbatons acababan de salir del carruaje, evidentemente para acudir, como nosotros, al banquete. No oíamos nada de lo que decía Hagrid, pero se dirigía a Madame Maxime con una expresión embelesada que sólo le había visto una vez: cuando contemplaba a Norberto, el cachorro de dragón.

—¡Se va al castillo con ella! ¡Creía que iba a ir con nosotros! —exclamó Hermione, indignada. Sin siquiera volver la vista hacia la cabaña, Hagrid caminaba pesadamente a través de los terrenos de Hogwarts al lado de Madame Maxime. Detrás de ellos iban los alumnos de Beauxbatons, casi corriendo para poder seguir las enormes zancadas de los dos gigantes.

—¡Le gusta! Bueno, si terminan teniendo niños, batirán un récord mundial. Seguro que pesarán alrededor de una tonelada. —dijo Ron, incrédulo. No pude evitar verlo molesto, no veo nada de malo que Hagrid se enamore. Salimos de la cabaña y cerramos la puerta. Fuera estaba ya sorprendentemente oscuro. Nos colocamos bien en la capa y empezamos a subir la cuesta.

—¡Miren, son ellos! —susurró Hermione. El grupo de Durmstrang subía desde el lago hacia el castillo. Viktor Krum caminaba junto a Karkarov, y los otros alumnos de Durmstrang los seguían un poco rezagados. Ron observó a Krum emocionado, pero éste no miró a ningún lado al entrar por la puerta principal, un poco por delante de nosotros.

Una vez dentro vieron que el Gran Comedor, iluminado por velas, estaba casi abarrotado. Habían quitado del vestíbulo el cáliz de fuego y lo habían puesto delante de la silla vacía de Dumbledore, sobre la mesa de los profesores. Fred y George, nuevamente lampiños, parecían haber encajado bastante bien la decepción.

—Espero que salga Angelina —dijo Fred mientras nos sentábamos.

—¡Yo también! ¡Bueno, pronto lo sabremos! —exclamó Hermione. El banquete de Halloween nos pareció mucho más largo de lo habitual. Quizá porque era nuestro segundo banquete en dos días, disfrute la insólita comida tanto como la habría disfrutado cualquier otro día. Como todos cuantos se encontraban en el Gran Comedor, a juzgar por los cuellos que se giraban continuamente, las expresiones de impaciencia, las piernas que se movían nerviosas y la gente que se levantaba para ver si Dumbledore ya había terminado de comer, sólo deseaba que la cena terminara y anunciaran quiénes habían quedado seleccionados como campeones.

Por fin, los platos de oro volvieron a su original estado inmaculado. Se produjo cierto alboroto en el salón, que se cortó casi instantáneamente cuando Dumbledore se puso en pie. Junto a él, el profesor Karkarov y Madame Maxime parecían tan tensos y expectantes como los demás. Ludo Bagman sonreía y guiñaba el ojo a varios estudiantes. El señor Crouch, en cambio, no parecía nada interesado, sino más bien aburrido.

—Bien, el cáliz está casi preparado para tomar una decisión Según me parece, falta tan sólo un minuto. Cuando pronuncie el nombre de un campeón, le ruego que venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado anunció —Dumbledore, indicó la puerta que había detrás de su mesa.

—Donde recibirá las primeras instrucciones—Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire. De inmediato se apagaron todas las velas salvo las que estaban dentro de las calabazas con forma de cara, y la estancia quedó casi a oscuras. No había nada en el Gran Comedor que brillara tanto como el cáliz de fuego, y el fulgor de las chispas y la blancura azulada de las llamas casi hacía daño a los ojos. Todos mirábamos, expectante. Algunos consultaban los relojes.

—De un instante a otro —susurró Lee Jordan, dos asientos más allá de mí. De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a salir chispas. A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego y arrojó un trozo carbonizado de pergamino. La sala entera ahogó un grito.

Dumbledore cogió el trozo de pergamino y lo alejó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado.

—El campeón de Durmstrang, será Viktor Krum —leyó con voz alta y clara.

—¡Era de imaginar! —gritó Ron, al tiempo que una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor. Vi a Krum levantarse de la mesa de Slytherin y caminar hacia Dumbledore. Se volvió a la derecha, recorrió la mesa de los profesores y desapareció por la puerta hacia la sala contigua.

—¡Bravo, Viktor! ¡Sabía que serías tú! —bramó Karkarov, tan fuerte que todo el mundo lo oyó incluso por encima de los aplausos.

Se apagaron los aplausos y los comentarios. La atención de todo el mundo volvía a recaer sobre el cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo. Las llamas arrojaron un segundo trozo de pergamino.

—La campeona de Beauxbatons es ¡Fleur Delacour! —dijo Dumbledore.

—¡Es ella, Ron! —le dije a Ron, cuando la chica veela se puso en pie elegantemente, sacudió la cabeza para retirarse hacia atrás la amplia cortina de pelo plateado, y caminó por entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw.

—¡Miren qué decepcionados están todos! —dijo Hermione elevando la voz por encima del alboroto, y señalando con la cabeza al resto de los alumnos de Beauxbatons.

Decepcionados era decir muy poco, pensé al ver a dos de las chicas que no habían resultado elegidas habían roto a llorar, y sollozaban con la cabeza escondida entre los brazos.

Cuando Fleur Delacour hubo desaparecido también por la puerta, volvió a hacerse el silencio, pero esta vez era un silencio tan tenso y lleno de emoción, que casi se palpaba. El siguiente sería el campeón de Hogwarts...

Y el cáliz de fuego volvió a tornarse rojo; saltaron chispas, la lengua de fuego se alzó, y de su punta Dumbledore retiró un nuevo pedazo de pergamino.

—El campeón de Hogwarts es ¡Cedric Diggory! —anunció con voz fuerte y clara.

—¡No! —dijo Ron en voz alta, pero sólo lo escuche yo debido al jaleo proveniente de la mesa de al lado era demasiado estruendoso. Todos y cada uno de los alumnos de Hufflepuff se habían puesto de repente de pie, gritando y pataleando, mientras Cedric se abría camino entre ellos, con una amplia sonrisa, y marchaba hacia la sala que había tras la mesa de los profesores. Naturalmente, los aplausos dedicados a Cedric se prolongaron tanto que Dumbledore tuvo que esperar un buen rato para poder volver a dirigirse a la concurrencia.

—¡Estupendo! Bueno, ya tenemos a nuestros tres campeones. Estoy seguro de que puedo confiar en que todos vosotros, incluyendo a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, daréis a vuestros respectivos campeones todo el apoyo que podáis. Al animarlos, todos vosotros contribuiréis de forma muy significativa a... —dijo Dumbledore en voz alta y muy contento cuando se apagaron los últimos aplausos, pero se calló de repente, y fue evidente para todo el mundo por qué se había interrumpido.

El fuego del cáliz había vuelto a ponerse de color rojo. Otra vez lanzaba chispas. Una larga lengua de fuego se elevó de repente en el aire y arrojó otro trozo de pergamino.

Dumbledore alargó la mano y lo cogió. Lo extendió y miró el nombre que había escrito en él. Hubo una larga pausa, durante la cual Dumbledore contempló el trozo de pergamino que tenía en las manos, mientras el resto de la sala lo observaba. Finalmente, Dumbledore se aclaró la garganta y leyó en voz alta.

—Harry Potter—mi mente quedo en blanco, esto debe ser una maldita broma. Draco me va a matar.


Empieza el torneo, espero que les haya gustado, este fic va con el libro no la película, veremos casi todo igual, en el cuarto año, quinto, sexto y séptimo ya será completamente diferente. Espero que les haya gustado.

Gracias a todas y todos por sus consejos pero para no dejarlas mas en la espera segui el consejo de Lucy Dei y me fui con copy/paste por lo que aqui tienen la actualizacion.

No seguimos leyendo

Bella.