La vida de un padre soltero y su hijo nunca ha sido fácil, no importa las riquezas que los rodeen, el dinero no puede reemplazar a un hogar lleno de calor familiar.

Yurio no necesitaba ese calor, había crecido sin él. Sin embargo, sabía que su padre era de los que adoraba las familias grandes. Esas familias en donde se te adormecen los brazos de tanto saludar parientes con un abrazo. Esas familias donde siempre conoces a un nuevo primo por cada junta. Esas familias donde aparecen tíos preguntándote si los recuerdas, a pesar de que no los habías visto desde que eras un bebé. Esas familias donde se debían juntar las mesas para que todos pudieran cenar juntos. Yuuri habría dado su vida para que su hijo hubiera crecido en una de esas familias, y el pequeño rubio lo sabía.

A pesar de ser solo un niño, Yurio no quería darle problemas a su padre, y justamente por eso solía guardar todas sus inquietudes para sí mismo. Mientras que la mayoría de los niños son malcriados y egoístas, Yurio era un niño estudioso y aplicado.

Yuuri siempre le mostraba una sonrisa, siempre lo abrazaba, llenaba sus mejillas de besos y le decía que él era lo mejor que podría haberle pasado. Yurio no entendía como su padre podía ser un ser tan bondadoso, cariñoso y dulce con todas las cosas que había vivido. A pesar de que Yuuri jamás le había contado la forma en que sus familiares y su madre murieron, a él no le había costado nada revisarlo en google. Al parecer, su padre no se había dado cuenta que lo niños ahora crecían de la mano con la tecnología. Aquel día Yurio quedó impresionado. No por la información que encontró, la que si estrujó un poco su pequeño corazón. Sino porque la admiración hacia su padre creció hasta las nubes. Él jamás hubiera tenido la entereza de Yuuri.

Otra de las cosas que afligía al pequeño era el hecho de que Yuuri pensaba que él mismo no era suficiente para Yurio. ¡Por Dios! ¿Cómo podía hacerle entender a su padre que era inmensamente feliz por ser su hijo? Yuuri era el mejor padre que pudiera haberle pedido a Dios. Cada vez que se imaginaba el sufrimiento de este cuando quedaron solos los dos tras la muerte de su madre, sus ojos se llenaban de lágrimas.

Yuuri apenas tenía dieciocho años cuando Yurio había nacido. Dieciocho años cuando su prometida murió dejándolos solos. Cualquier otro hombre en el lugar de su padre hubiera dado a su hijo en adopción, pero él decidió conservarlo, cuidarlo y amarlo el doble en lugar de su madre. Es por eso que Yurio estaba aterrado, tenía miedo de fuera él quien un día no sería suficiente para su padre. Tenía miedo de decepcionarlo y causarle más dolor del que ya había sufrido.

La madurez de Yurio se justificaba por el simple hecho de que quería cuidar a Yuuri. No podía imaginar la vida sin su papá, simplemente no podía. Si algún día le llegara a faltar su padre, él lo seguiría al descanso eterno sin siquiera dudarlo.

El pequeño Yuri sabía que su padre usaba a diario una máscara de felicidad frente a todo el mundo, incluso frente a él. Pero en la soledad de su cuarto Yuuri se desahogaba con gritos desgarradores que eran amortiguados por una almohada. Muchas noches Yurio se sentaba en el suelo, apoyado al otro lado de la puerta del cuarto de su padre, mientras dejaba caer un sinfín de lágrimas. En esos momentos se daba cuenta de la gran carga que Yuuri llevaba en sus hombros. Una carga que, en vez de compartirla para alivianar el peso, prefería esconder y soportar solo. Su padre estaba demasiado roto.

Liderar una empresa multinacional exitosa no era un trabajo fácil, mucho menos para un muchachito de solo veinticinco años. Aún así, y cuando la mayoría de los empresarios exitosos dedicaban su vida entera a su trabajo, Yuuri se las arreglaba para dirigir la empresa y estar presente en la vida de su hijo todos los días. Un simple juego de fútbol entre ambos hacía de Yurio el niño más feliz del mundo.

Desde que nació, el pequeño rubio se vio integrado en el mundo de los magnates empresariales. Y aunque no fuera el lugar para un niño, él prefería estar allí que dejar solo a Yuuri. Si su padre le daba todo lo que necesitaba, tanto en lo afectivo como en lo material, era justo retribuírselo de alguna forma.

Yuuri era de esos padres que no les importaba lo que pensaran los demás, y eso Yurio lo había comprobado en muchas de las actividades de su escuela. Cada vez que necesitaban que algunos padres participaran en bailes u obras, Yurio ofrecía a Yuuri. ¿Quién diría que un prestigioso empresario estaría allí, dentro de un disfraz de un cerdito, con un montón de niños bailando a su alrededor? Pero mientras su hijo sonriera, Yuuri haría todo tipo de locuras.

Casi un año atrás, Yurio había descubierto el miedo a perder a su padre de la peor forma. Yuuri lo había llevado a pasear nada más y nada menos que a Tokio por su cumpleaños. Había sido un largo viaje de nueve horas desde Hasetsu, pero Yurio estaba tan emocionado que Yuuri supo que conducir tanto había valido la pena. Recorrieron casi todo el centro de la ciudad. Yurio arrastraba a Yuuri de la mano por cada tienda que veía y que lograba llamar su atención. Tras comer un gran plato de Katsudon cada uno, el pelinegro llevaba en sus manos una gran cantidad de bolsas, todas tenían las compras que Yurio había pedido. Por otro lado, Yurio caminaba delante de su padre mientras jugaba en su PSP. Al estar concentrado en la pantalla, no se dio cuenta que el semáforo del cruce de Shibuya, el cual comenzó a cruzar, estaba en rojo para los peatones. Lo que pasó después, Yurio lo vivió en cámara lenta.

Un claxon.

Un bus enorme que iba hacia él.

Un empujón que le hizo perder el equilibrio y caer de rodillas a un metro más allá.

Y a su padre siendo golpeado en el hombro cuando el camión lo rozó pasando detrás de él.

Aunque Yuuri alcanzó a pasar casi todo su cuerpo al momento de empujar a su hijo, y antes que el bus siguiera su camino, este le rozó el hombro con tal fuerza que Yuuri dio medio giro y cayó sin moverse.

El mundo de Yurio se detuvo por completo, no podía moverse, no podía dejar de temblar, no podía dejar de ver a su padre mientras sus ojos se aguaban y rogaba en su mente para que su papá se moviera. Cuando Yuuri gimió bajito por el dolor, Yurio corrió a su lado y lo abrazó mientras lloraba a gritos. Aquel día, y tras la atención de los policías y los paramédicos, ambos se fueron a casa. Llegaron entrada la noche, Yurio ayudó a su padre a ponerse el pijama. El doctor les había dicho que el golpe solo sería un hematoma y no pasaría a mayores, pero a Yurio eso no le importaba. Su padre estaba herido por su culpa. Se sentía el peor hijo que pudiera existir. Aún así, su Yuuri le pidió que se quedara a dormir con él esa noche. Ver a su hijo casi ser arrollado le había dejado con la misma angustia y miedo que había sentido por cada muerte que debió soportar. La vida podía quitarle todo, podía patearlo, podía golpearlo todo lo que quisiera, pero rogaba que nunca tocara a su hijo. Su Yurio era todo para él.

El miedo a la pérdida puede volverte una persona que vive entre la precaución y la paranoia. Yurio no podía permitir que algo como eso pasara de nuevo. Desde ese momento se juró a sí mismo proteger a su padre con cada fibra de su ser.

Al pasar el tiempo, el trabajo en la empresa había aumentado, por lo que Yuuri se vio en la obligación de contratar a una niñera para velar por su hijo. El japonés sabía que Yuko y Takeshi se ofrecerían para que dejara al niño a su cuidado, pero Yuuri no podía abusar de sus amigos, ellos cuidaban a Yurio cada vez que este iba a las clases de defensa personal que impartía Takeshi y que el rubio había insistido en tomar.

Yurio no fue el muchacho más feliz del mundo cuando vio como, la que sería su nueva niñera, acababa de llegar. A pesar de eso, se propuso comportarse bien si así su padre estaba más tranquilo. Los primeros días no hubo problemas, pero un jueves en la tarde, Yurio pasaba por afuera del estudio de su padre, que estaba cerrado, cuando escuchó a la niñera hablar por teléfono desde dentro del estudio usando el altavoz. Esta le decía a su "jefe" que estaba buscando alguna caja fuerte que pudiera haber en la casa. El sujeto le respondió que tenían suerte de que, al ser la única agencia de niñeras, un hombre millonario los contratara. Lo peor, es que habían notado lo confiado y amable que era Yuuri. Ni siquiera notaría que un poco de dinero desaparecía en su casa. Y si, por algún motivo, la niñera no podía cumplir con su trabajo, le enviarían otra en su lugar. Era un negocio redondo. Yuuri era el idiota perfecto.

Ese fue el motivo por el cual Yurio se dedicó a hacerle la vida imposible a todas y cada una de las niñeras. No iba a permitir que un montón de brujas se atrevieran a burlarse e insultar a su padre. Con estas mujeres, Yurio le dio un nuevo concepto al arte de las bromas. Después de todo, era muy talentoso también en esa área. Cada vez que una se rendía, Yurio sonreía con orgullo. Ninguna pudo robarle ni un solo yen a Yuuri.

Las pocas veces que su padre tenía citas, Yurio no se molestaba en ocultar su molestia y dejarle en claro a la o él pretendiente que le detestaba. Él rubio sabía que Yuuri tenía derecho a conocer a alguien si esa persona le gustaba. Pero, ese lado infantil correspondiente a su edad, no quería compartir a su papá. Por otro lado, él desconfiaba de todo el mundo, sobre todo los que se acercaban a su padre. Yurio no era idiota, y sabía que su padre, al ser un hombre joven, guapo y millonario, era el blanco perfecto para cualquier caza fortunas. Es por eso que no dudaba en espantar a todos sus enamorados.

Mucha gente le había dado mala espina antes, muchos otros lo hacían ponerse en alerta, muchos le provocaron una sensación de sospecha, pero ninguno lo había hecho en tal magnitud como el tal Vitya Nivokov. Bastaba con acercarse a él para que su alerta de "peligro" se activara. Había algo en ese tipo que no le gustaba. Podría jurar que ese aquel sujeto era más de lo que aparentaba. Y él hecho que hubiera puesto los ojos en su papá era suficiente para declararse su enemigo.

Al mirar a Yuuri, Viktor lucía cómo un halcón listo para llevarse al conejito con sus garras. Pero ese halcón no contaba con que Yurio le volaría la cabeza si se atrevía a lastimar a su padre. Si en verdad estaba interesado en Yuuri tendría que demostrarlo. Aunque no iba a ignorar a su instinto que le decía que no se fiara de Vitya. Tarde o temprano lo sacaría de la vida de su padre a patadas.

Eran cerca de las dos de la mañana y Yurio comenzó a restregar sus ojos por el sueño. Yuuri, absolutamente enternecido, tomó a su hijo en brazos y lo acunó contra su cuerpo. El pequeño cerró los ojitos y se relajó al oír el latido calmo de su padre.

―Papi, lamento haberme portado mal hoy. ―dijo Yurio casi en un susurro siendo derrotado por el cansancio.

―No te preocupes, mi niño. Sé que te preocupabas por mí.

El niño asintió y se acurrucó más contra su padre.

―Mientras yo viva nadie va a herirte, papi. ―Bostezando alcanzó a decir unas últimas dos palabras antes de caer profundamente dormido―. Te amo.

Yuuri sonrió. Esas palabras provenientes de su hijo siempre lograban sanar una parte de su destrozada alma.

Se disponía a irse con Yurio en brazos cuando notó a Vitya apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa suave.

―¿Sabes? Siento como si apenas hubiera podido cruzar dos palabras contigo. ―Viktor debía buscar la forma de acercarse a Yuuri sí o sí.

―Siento lo mismo, creo que había mucha gente.

―Yuuri... ―El ruso dio un paso más cerca―. ¿Qué tal si salimos a tomar un café mañana?

Yuuri estaba tentado a aceptar, después de todo, Viktor era un colaborador de su hospital ahora con semejante donación. Pero al bajar la mirada y ver a su hijo, recordó el problema que tenía actualmente.

―Me encantaría, pero no puedo. Yurio no tiene quién lo cuide. Su última niñera se fue así que yo saldré antes de mi trabajo y lo cuidaré.

¡Voila! Allí estaba la oportunidad.

―Oye, ya que me ofreciste acompañarte durante todo el proceso de construcción hasta la inauguración de tu hospital, ¿qué tal si yo cuido a tu hijo? Estoy de vacaciones y no tengo nada más que hacer. Además, mi personal está más que capacitado para manejar mi empresa incluso si quisiera tomarme un año sabático. ―Viktor puso su mano en la mejilla del japonés logrando que este se sonrojara y, sin que Yuuri lo notara, el ruso le depositó una tarjeta en el bolsillo del pantalón―. ¿Me dejarías ayudarte cuidando al pequeño Yuri? Al menos considéralo, por favor.

Yuuri se dio cuenta que era una gran idea. Si Viktor iba a diario a su casa podrían hacer las reuniones y planificaciones del hospital allí. Valía la pena intentarlo.

―Lo pensaré. ―Respondió con una sonrisa tierna.

"Siempre y cuando Yurio quiera" termino la respuesta en su mente.


Hola!

Gracias a las personas que me han dejado sus comentarios.

Espero que les guste este nuevo capítulo n.n