LOS PERSONAJES DE SING NO ME PERTENECEN
Agradecimientos
Byakko Yugure: gracias por tu review. Jajaja sí, tú muy bien sabes qué es lo que viene sñlfsldjfdsf. Yo soy medio manco con los palillos, salve tenedor :v Y bueno, soy Slytherin, tengo que sacar mi lado Potterhead de vez en cuando xD Bueno, qué decirte, mi humilde persona está para servirles, tratao de poner el Jash de forma bien, aunque sin que parezca forzado, y espero te guste lo que vendrá :v. Gracias por leer.
Justagirlofsomefandoms: gracias por tu review. Muchas gracias, me encanta que el Jash te guste, espero que este capítulo también. Gracias por leer.
ES SUPER, SUPER, SUPER, IMPORTANTE QUE CUANDO ESTÉN LEYENDO EL NÚMERO DE GUNTER Y ROSITA, ESCUCHEN "BAMBOLEO" DE GIPSY KINGS
VII
Apenas había pasado una semana desde que Buster les dijo lo de Fur Records y todos ya tenían, o parecían tener, la canción a cantar. Los dos jamones, Meena, la alfiletero y el hijo de Kong se la pasaron practicando todo es tiempo, y eso le arrebataba la poca paciencia que tenía.
Todos ellos practicaban su número, pero él no.
Todo porque su voz grave no se adecuaba a ninguna de las de los tres artistas pop que había elegido; o bueno, propiamente dicho, los que quedaron luego de semejante descarte.
El número del viernes de la semana pasada, aunque según sus espectadores, Buster y los demás del teatro, estuvo bien, sabía que no fue así. Le había faltado ese toque de romanticismo que siempre había en las letras que cantaba. Se sintió como si solo repitiera las líneas porque sí, no las expresó como debía, y eso era algo que detestaba. Él era mejor que todos ellos, tenía más talento y mejor voz.
¿Por qué demonios tuvo que tocarle el género de Meena?
—Ya, ya —se dijo, tomando el sombrero y colocándoselo. Se estiró la solapa del traje y respiró un poco—. Pronto tendrás tu dinero y serás famoso. —Abrió la puerta de su camerino y salió.
Si no lograba encontrar una canción que lograra cantar bien, terminaría explotando.
En el camerino de Gunter y Rosita, ambos estaban practicando la canción que habían elegido para el número extra de su presentación. Hacía una semana, después de que ella fuera al departamento donde Gunter se estaba quedando y oyera la banda que le propuso, aceptó a cantarla. Tenía un estilo intenso, como todo metal, aunque combinaba algunos sonidos suaves de instrumentos que, siendo sincera, jamás pensó se usaran en dicho género musical.
La cantada era el verdadero reto. La voz de la cantante de Nightwish alcanzaba unas escalas que, pese a que Rosita lograba igualarlas, mantenerlas era difícil. Ella solo aplicaba el simple consejo que le había dado Gunter la primera vez que intentaron actuar juntos «Deja salir el fuego, la pasión, el deseo», y por muy ridículo que le pareció en su momento, de verdad funcionaba.
La coreografía de ese número ya estaba lista, aunque no era la «gran» coreografía, puesto que el metal sinfónico no era algo muy bailable, a su parecer. Gunter, de alguna manera mística y sobrenatural, lograba mantener las notas altas de la canción, algo que a ella le costaba. En ese preciso momento sostuvo el day que precedía a un solo de guitarra, el cual ambos habían decidido pedirle a Ash que les echara una pata.
El solo terminó y era el turno de Rosita, inspiró con profundidad y se llevó el micrófono a los labios.
—Once upon a night we'll wake to the carnival of life… —Ese life le costó un poco—… the beauty… —La interrumpió el repique se su celular.
Con una seña de la pezuña le indicó a Gunter que detuviera la música, y al hacerlo, contestó el teléfono. Como las últimas tres veces en el día de hoy, era Norman. Debido a que ella tenía que ensayar ambos números, el tiempo le quedaba muy reducido en lo que significaba a enfocarse en su hogar y sus niños. Sin embargo, como bien le avisó hacía tres días, hoy ella tendría, además de sus ensayos con Gunter, una presentación por fuera del teatro en un bar estilo español. Debido a esto Norman había pedido el día para cuidar a los pequeños, levantarlos, darles de desayunar (aunque ella había dejado todo listo antes de salir), despedirlos, calentarles el almuerzo cuando llegaran de la escuela (que también lo dejó preparado) y volverlos a mandar a clases.
Era lo más sencillo que tenía que hacer, solo prender la cocina, calentar, servir y listo.
Fácil.
—¿Qué sucede ahora, Norman? —preguntó, tenía el tiempo apretado, dentro de poco tendría que salir, buscar sus vestuarios en la tintorería y llegar al bar para alistar todo.
—No encuentro a uno de los niños. —Por su voz, parecía asustado de verdad—. A Nelson. Cariño, ¿podemos vivir con solo veinticuatro?
Rosita dejó escapar aire lentamente, no era posible que Norman no pudiera lidiar con los veinticinco; era muy sencillo. Suspiró tratando de comprenderlo, ya que era la primera vez que él los cuidaba durante todo un día.
—¿Revisaste en la ducha? Nelson tiene la costumbre de esconderse para no irse de nuevo a la escuela. Ve y revisa, por favor —aconsejó, con un tono comprensivo.
Con un «dame un momento» ella se quedó esperando en la línea, oyendo la cacofonía de voces del resto de sus hijos; risas, gritos, llamados, nombres y algo que creyó parecía un llanto. No, pensó, ha de ser Nicky que estaba riéndose. Unos momentos después Norman habló:
—Sí era cierto, cielo, estaba escondido tras la ducha. —Suspiró—. ¿Cuándo vuelves? Estoy a punto de morir.
—Oh, vamos, Norman —replicó ella, risueña—; es solo un día. Yo paso todos los días con ellos.
—Tienes razón —convino él—, y no sé cómo lo haces.
—Nos vemos cuando salga del bar. En caso de que llegue muy tarde, acuesta a los pequeños, léeles un cuento. No les des algo dulce antes de que duerman si quieres pegar el ojo y por favor, revisa que se laven los dientes. —Hizo una pausa—. Adiós, Norman.
Acto seguido colgó. Gunter, quien estaba en la puerta del camerino, le hizo una seña para salir de inmediato; Rosita se llevó su bolso al hombro y salió junto a su compañero.
En el camerino de Johnny, este estaba practicando con una de las guitarras que Ash trajo del suyo. Ella estaba con el piano sobre la pequeña elevación, tratando de conseguir tocar la sencilla partitura que estaba en este; y lo lograba bien, según él. El joven gorila, en cambio, estaba intentando, de una vez por todas, tocar por completo una canción que inicialmente era para ukelele. «Sigue siendo un instrumento de cuerdas» le había dicho Ash, por lo que él no había puesto problemas en intentarlo.
—¡Oh, sí, ya casi! —exclamó Ash, emocionada, sin dejar de tocar. Johnny levantó la vista y se quedó viéndola.
Durante esa semana él tenía que reconocer que ella había tenido una mejora notable, comparado con la primera vez. Y era algo de admirarse, en realidad. Casi siempre se quejaba de que no lograba expresar el mismo sentimiento que él en las piezas que tocaba, mas no era así; algo lograba, porque la mayoría de las veces cuando practicaba, sea en su casa o en su camerino, lograba hacer que toda su atención se posara en ella y solo se quedara mirándola tocar. Sí, había veces que erraba la tecla y eso parecía romper ese encanto, pero no con Johnny, él se mantenía observándola.
—¡Sí, rayos, casi…! —No logró terminar la frase, la pieza que le estaba saliendo casi a la perfección fue interrumpida por una tecla mal tocada y la nota consecuente chirrió como uñas sobre una pizarra—. Demonios —gruñó, chocando la frente sobre las teclas, sacando notas aporreadas.
—Estuviste bien, Ash —la consoló Johnny, levantándose del suelo, dejando la guitarra apoyada contra la pared y sonriéndole. Miró su móvil, eran las 13:04, ya había pasado el almuerzo. En la esquina superior del celular estaba la notificación de mensaje reciente, solo que no le prestó atención; desde hacía tres días los mensajes que le llegaban eran tan insistentes que optó por quitarles el tono. Suspiró—. ¿Te parece si almorzamos y volvemos?
Ella ladeó la cabeza, aún apoyada sobre las teclas, con la mejilla presionada contra las mismas, y asintió. Se irguió y bajó con un pequeño salto puesto que el asiento era del tamaño de Johnny.
—¿A dónde? —preguntó caminando hacia el estuche de su guitarra.
—¿Para que la llevas? —repuso, extrañado—. De igual forma volveremos por ella.
Ash frunció los labios a medio camino del estuche, suspiró y se encogió de hombros.
—Tienes razón. —Se volvió hacia Johnny—. Vamos.
Abrieron la puerta y empezaron a caminar hacia el escenario para salir por la puerta principal, cuando una voz los llamó.
—Johnny. —El mencionado se volteó, la Srta. Crawley agitaba una mano y venía a paso tembloroso hacia él—. Necesito un favor tuyo.
Él sonrió y se agachó, afincando las palmas en sus piernas.
—Dígame, Srta. Crawley.
—¿Sabes dónde queda el Bar Brown? —le preguntó, su ojo de vidrio apuntaba hacia la dirección contraria de donde veía.
—Bar Brown… Bar Brown… —musitó para él, entrecerrando los ojos y ladeando la vista; el nombre le sonaba, mas no recordaba de dónde.
—BB's —se hizo notar Ash, cruzando los brazos—. El bar español de la Avenida Principal.
Johnny se irguió y chasqueó los dedos.
—¡Oh, ese! Sí, Srta. Crawley, sé dónde queda, ¿por qué? —Ladeó la cabeza, confundido—. ¿Necesita que la lleve?
—Por favor —asintió ella, con una sonrisa tironeándole los arrugados y escamosos labios—. Tengo una cita allí y necesito de alguien que pueda llevarme.
Johnny se quedó en blanco. Dejó de pensar y podría jurar que los latidos de su corazón empezaron a disminuir, a la vez que todo se hacía más y más pequeño. ¿La Srta. Crawley con una cita? ¡¿Una cita?! Por favor, ella debía de tener… ¿qué? ¿Doscientos o trescientos años?
Sin embargo eso no era lo impactante, vale, sí lo era, pero eso (el llevarla a ella al lugar) implicaría que sería o su chofer, o su chaperón, y no tenía ganas de ser ninguno. Quería quedarse y practicar la guitarra con Ash. Aunque también estaba el otro asunto: no podía decirle que no. Ella fue quien lo ayudó a volver a tocar correctamente el piano, quien, pese a que era de noche y no vino precisamente a tocar, accedió a darle esa clase nocturna para mejorar.
Suspiró aceptando el destino que le tocaba y asintió, la Srta. Crawley se dio la vuelta y le indicó que lo esperara mientras iba por su bolso. Johnny no preguntó si iría con el mismo atuendo de siempre y no quería saber la respuesta tampoco, ya de por sí era muy impactante que ella tuviera un cita. Cuando la iguana hubo terminado de subir las escaleras y entró a su oficina, Ash habló.
—Así que… chaperón, ¿eh? —dijo Ash, alzando las cejas y dejando caer un poco los parpados—. Serás el que ayude al pobre ciego que la invitó. —Esbozó una semisonrisa.
—Eso es cruel, Ash —replicó él, sonriendo también—. La Srta. Crawley está algo entrada en años, pero eso no quiere decir que no pueda salir con alguien.
—¿Algo? —exclamó—. Debe de tener más de medio siglo.
Johnny ondeó una mano como dando un estimado.
—Años más, años menos. —Ash soltó un bufido, que era lo más parecido a una risa que le hubiera escuchado. La Srta. Crawley comenzó a bajar las escaleras y cuando terminó, le dijo a Johnny que ya estaba lista—. Bien —dijo, inspirando fuerte—, vámonos. Ash, lleva a la Srta. Crawley a la camioneta, yo buscaré tu guitarra.
La puercoespín pareció que se hubiera atragantado con una pelota, abrió los ojos de golpe y lo miró arqueando una ceja, a modo de «¿acabaste de decir lo que creo que has dicho?». Johnny le lanzó una mirada de «por favor», pero ella seguía igual. No obstante, cuando pareció suplicárselo, bufó y con un «Sígame Crawley» salieron del teatro.
Johnny soltó aire algo más relajado, si tenía que hacer de chaperón/chofer, al menos no lo haría solo. Desde la presentación de Meena hacía una semana había logrado ver una faceta en Ash, una que no conocía, que rompía el esquema que tenía ya hecho de ella. Una Ash feliz, bailando y siguiendo la onda del grupo.
Tomó el estuche con su guitarra del camerino, checó que las llaves de su pick up estuvieran en su chaqueta y salió.
El bar tenía un estilo español que parecía saltarle a la cara y gritarle «¡Olé tío!». El suelo de madera pulida era hasta la mitad de las paredes, a partir de ahí parecían estar cubiertas de alguna tela roja que se veía suave, con unas lámparas colgantes como en una especie de pequeña jaula. Estaba dividido en cuatro grandes partes. Apenas se abrían las puertas dobles de madera los recibía una de ella, la barra: de madera de caoba pulida y de al menos un tiro de unos siete o diez metros de largo, donde un águila imperial hacía de barman, tras este una repisa llena de infinidades de botellas de todas las bebidas que ella llegara a conocer. La segunda, al frente de la barra, eran las mesas, grandes cuadrados con un mantel rojo y que encima tenían uno color vino, varios animales en trajes negros llevaban y traían la comida. Para la parte de atrás estaban las otras dos zonas, que realmente conformaban una sola; el escenario, elevado un metro del suelo, en el que estaban haciendo los preparativos para un número, y frente a este, al lado de la barra, la zona de diversión: máquinas de juegos, diseñadas para perder más que ganar, las mesas de pool y un espacio para bailar.
Ash debió haberse negado, haber dejado a Johnny por su suerte e irse, pero no pudo. Odiaba que los demás le rogaran, la hacía sentirse como Lance, y para evitar que siguiera haciendo lo que hacía decidió aceptar y acompañarlo. Se arrepintió de haberlo hecho.
Crawley se despidió de ellos y fue hacia una de las mesas donde había un cocodrilo, también entrado en años, que la esperaba con una sonrisa, dejando ver la enorme hilera de dientes. Johnny se quedó en blanco sin saber qué hacer y la miró. Ash se encogió de hombros apuntando la barra.
—Ya que estamos aquí...
Johnny se sentó en el taburete con facilidad, pero a ella le costaba, tenía que dar un gran salto para poder subirse, eran un poco más altos que la medida estándar. Él en un acto de caballerosidad («Tal vez no. Tal vez solo quiere reírse»), le tendió la mano para que pudiera subir, ella aceptó reacia.
—¿Qué van a querer? —preguntó el águila, limpiando un vaso de vidrio, su tono sonaba aporreado, como si hablar no fuera su actividad favorita.
Ash miró a los otros cinco animales sentados a lo largo de la barra, todos estaban con un trago de, por el color, algo que parecía ron.
—¿Preparas algo con frutas? —preguntó, sabiendo que tanto Johnny como ella no podían beber como tal, aún no tenían los veintiuno.
—Cóctel de patilla —gruñó el bartender—, ¿cuántos?
—Dos.
—¿Con qué?
—¿Con que qué? —se extrañó Ash. El águila rodó los ojos.
—Con qué agregado: ron, vodka.
Ash no era como quien dice una experta en bebidas, aunque si recordaba bien había algo menos fuerte que eso.
—Smirnoff.
—No hay —replicó él—. ¿Ron o vodka?—La miraba de una manera que parecía querer sacarle la respuesta de un picotazo.
—Un chorrito de vodka.
El águila asintió y se dio la vuelta para preparar los tragos. A su lado, Johnny le dio unos toquecitos en el hombro. Al fondo en el escenario, estaban terminando de montar todo.
—Ash, no podemos beber alcohol —le hizo saber él; ella rodó los ojos—. Somos menores de edad.
—Yo tengo diecinueve y tú ¿cuánto? ¿Quince?
—Diecisiete.
—Eso, diecisiete —dijo, haciendo un gesto con la pata para restarle importancia—. Es solo un cóctel, una mísera copita, con una bebida no más grande que mi puño y que costará algún órgano importante. Nada grave, Johnny. Además —añadió, señalando con un amplio movimiento los demás animales—, estamos en un bar. Ahí donde vayas, haz lo que veas.
Él pareció no estar del todo de acuerdo por cómo frunció los labios, aunque no dijo nada para contradecirla. Momentos más tarde el águila colocó frente a ellos dos copas pequeñas con un líquido rosa y espumoso. Johnny tomó la suya y la miró con detenimiento, Ash, en cambio, dio un trago a la suya. Acto seguido arrugó los labios e hizo un mohín.
«¿Esto es un chorrito?»
Johnny notó esto y, luego de respirar para agarrar valor, se bebió la copa de un solo trago. Su reacción fue épica, arrugó los labios, cerró los ojos como si fuera a recibir un golpe y al fruncir el ceño las líneas de expresión en su frente se sobrepusieron al pelaje, luego sacudió la cabeza para pasar el sabor.
—¿Primera vez? —preguntó ella, con una sonrisa de medio lado. Estaba haciendo esfuerzos por no reírse.
Johnny asintió y se llevó una mano a la nuca, avergonzado.
—Sí.
Ella negó con la cabeza y se tomó el suyo de a pequeños sorbos, para que así el «chorrito» de alcohol no le pegara fuerte después. Minutos más tarde, cuando ninguno de los dos tenía un tema de conversación con el cual romper el silencio deprimente que parece rondar en las barras, como una niebla que te engulle poco a poco, las luces del escenario se iluminaron y Gunter y Rosita estaban en el mismo.
Johnny le dio un empujón en el hombro mientras los señalaba. Rosita iba con un largo vestido hasta el tobillo, rojo, con dobladillos repartidos por todo el borde inferior de la falda y las mangas, tenía una delicada sombra oscura en los parpados y un labial rojo intenso. Gunter, por otro lado, tenía unos pantalones negros ajustados (que no dejaban mucho a la imaginación), con una cinta roja a la cintura, una camiseta aireada manga larga con cuello en V y un sombrero negro de ala ancha.
Españoles en todo el sentido de la palabra.
Los animales que estaban tras ellos en el escenario empezaron a tocar, acordes de guitarra empezaron a resonar por los parlantes. Flamenco. Esa música le causaba siempre a ella una sensación de relajación y nostalgia. No era su tipo predilecto de música, pero le gustaba, eso no lo iba a negar.
Le hizo una seña a Johnny para que la acompañara a ver mejor el número de ambos. Se bajaron de los taburetes y fueron a la zona donde estaba la pista de baile y las mesas de pool, se afincaron en el borde de una de estas y solo observaron. Gunter empezó a cantar y Rosita bailaba al ritmo de la canción, cuando los vio les guiñó un ojo en modo de saludo; el micrófono inalámbrico negro contrastaba con el vestido. Ash y Johnny saludaron ondeando las manos.
Los animales empezaron a prestarle más atención al número y las parejas que comían en la sección de mesa se levantaron y fueron a la pista, entre esos, Crawley. Unos bailaban la música como se debía, otros a su propio ritmo y otros solo se ondeaban de lado a lado. Ash era una de esas, no sabía si se debía en parte por el alcohol o porque la música le traía recuerdos. Vio que Johnny estaba moviendo el pie al mismo ritmo de la canción y ella le dio un golpecito con el codo.
Este la miró y ella le hizo una seña para ir a la pista.
—¿Enserio? —se extraño él, con una sonrisa—. ¿Te gusta esta música?
—Un poco —respondió, meneando los hombros al estilo de la canción—. Con Meena fuiste tú el que casi me obligó a bailar, es mi turno de cobrármelas.
—¿Es acaso un juego de toma y dame? —repuso—. ¿O ya te afectó el trago?
Ash se encogió de hombros, empezó caminar a la pista y con un gesto de la cabeza le dijo que la siguiera. Él lo hizo, mientras la voz de Rosita y Gunter sonaban al unísono, complementándose con la guitarra y las castañas:
Bamboleo, bambolea
Porque mi vida, yo la prefiero vivir así
Bamboleo, bambolea
Porque mi vida, yo la prefiero vivir así
Llegaron a la pista y ambos se movían como unos pocos, ondulantes hacia los lados. Ash no quería eso, sentía la cabeza con una ligera puntadita, pero quería bailar como estaban haciendo Rosita y Gunter.
Le tomó las manos a Johnny y lo miró frunciendo el seño. Vio que él se extrañó y abrió la boca.
—Di que soy más bajita que tú y te vuelvo un alfiletero, ¿me oíste? —amenazó, el asintió—. ¿Por qué tienes que ser tan alto?
—Me llegas por el plexo solar, Ash —respondió Johnny, dando pasos hacia los lados al mismo tiempo que ella. Eso la molestó aún más, parecía baile de preparatoria—. Eres alta.
—Ajá —gruñó.
Bamboleo, bambolea
Porque mi vida, la quiero vivir así
Bamboleo, bambolea
Johnny trataba de seguirle el ritmo a Ash, pero la diferencia de tamaños era un impedimento, si se movía muy rápido o muy emocionado, terminaría por pisarla. Oteó a los demás animales y vio que Crawley estaba con su cocodrilo de la misma forma que ellos dos. «Parecemos unos ancianos», pensó al compararse con ellos.
Dirigió una rápida mirada al escenario y notó que la canción estaba en sus versos finales, pero por cómo tocaban los otros animales, la repetirían varias veces. Gunter bailaba con una sonrisa y Rosita le seguía el ritmo, bailando como una autentica española; cuando sus ojos se cruzaron ella se soltó de Gunter, le guiñó un ojo y siguió cantando.
Este amor llega de esta manera
No tiene la culpa
Ash lo soltó y lo fulminó con la mirada, un ligero ruborcito se asomaba en sus mejillas. «Quién diría que le pegó de verdad la bebida», pensó sintiendo aún en los labios el sabor del vodka; el azul de sus ojos parecía más azul con la tenue iluminación. Frunció aún más el ceño como diciéndole: aprende.
Ella cerró los ojos y comenzó a bailar con la misma soltura que Rosita, no igual a ella, pero sí se le acercaba bastante, mientras una sonrisa se le curvaba en el rostro; era la primera vez que la veía sonreír por completo y no a medias. Luego comenzó a dar unos veloces pasos en el mismo sitio a la vez que movía los brazos, al igual que Rosita, una especie de zapateado si recordaba bien.
Entonces, de pronto, lo que le había dicho a ella en la presentación de Meena lo golpeó de lleno. «No lo pienses, solo siéntelo». Ella estaba sintiendo la música, canalizándola por su cuerpo y bailando con soltura, ¿por qué él no? Soltó aire, divertido, y miró de nuevo a Rosita, ella le sonrió como diciéndole «inténtalo».
Bamboleo, bambolea
Porque mi vida, yo la prefiero vivir así
Cerró los ojos y sonrió, dejando que la música hiciera lo suyo.
Bamboleo, bambolea
Porque mi vida, yo la prefiero vivir así
Tomó las patas de Ash y bailó con ella. Esta lo miró sorprendido, mas no se amedrentó cuando lo hizo, solo sonrió como si al fin se hubiera decidido a hacerlo. Ya no parecían dos ancianos o dos colegiales, sino que se parecían a Rosita y Gunter en el escenario.
La diferencia de tamaño pareció esfumarse en un parpadeo, los pasos seguros de ambos no chocaban con el otro ni se equivocaban, parecían uno. Las notas de la guitarra parecían ser lo único que sonaba en su mente, nublándole la razón. Ash danzaba como si se hubiera criado en un ambiente donde esa música sonara a diario, le soltaba una mano, giraba sobre sí misma con gracia y volvía a tomársela. Repetía eso varias veces.
En un momento se separó de él y con una mirada fugaz que dejó escapar una sonrisa tal cual como la música, provocativa, volvió a bailar sola cuando Rosita también lo hizo. Un ligero zapateo, repetidos movimientos de cadera y los hombros sueltos. La voz de Gunter y Rosita se paseó como una niebla.
Tú eres mi vida, la fortuna del destino
Pero el destino tendressa para dos
No supo si fue por causa del ambiente, del alcohol o si era que estaba viendo mal. Ash se veía feliz, la sonrisa que tenía le daba un aire tranquilo y alegre, y luego la oyó reír. Fue algo hermoso. No tenía nada con qué compararlo, pero su risa despreocupada, alegre, como alguien que no sabe lo que es el dolor, pareció elevarse por sobre la música y todo lo demás, manteniéndosele en los oídos.
Se veía linda.
No. Se veía hermosa. Toda suelta, fluida y alegre; era algo hermoso de ver.
Ella abrió los ojos y volvió con Johnny, este bailó en conjunto como si lo hubieran hecho por años, desde siempre, y mientras más se movía, más raro se sentía. Era como si tuviera algo en las manos, como un hormigueo que aumentaba segundo a segundo, y cuando vio de cerca la combinación de su sonrisa y sus ojos, se le extendió al cuello, sintiendo como si tuviera alta tensión por la espalda.
Bamboleo, bambolea
Porque mi vida, yo la prefiero vivir así
No se detuvo, pese a todo eso, no se detuvo, solo siguió. Se sentía como si se estuviera sumergiendo en un lugar inexplorado, solo guiado por sus sensaciones.
Sabía que estaba por terminar la canción, faltaba el último verso. ¿Cómo? No tenía respuesta, era la primera vez que la escuchaba, pero al bailarla con ella, sentía que la conocía de siempre. Le soltó una pata a Ash y con la otra la hizo girar sobre sí misma, y tal como Gunter con Rosita, con la mano suelta le rodeó la cintura, ahí donde las púas terminaban, y la inclinó ante el último verso.
Bamboleo, bambolea
Porque mi vida, yo la prefiero vivir así
Ambos cerdos sostuvieron el así hasta que los que tocaban se detuvieron. Johnny respiraba agitado, muy cansado, con el rostro de Ash muy cerca del suyo. No supo qué hacer por un instante, solo se quedó estático, perdiéndose en ese azul. Ella estaba igual, mirándolo fijamente.
El momento pareció eterno, pero no le molestó.
Al contrario, le gustó.
El sonido de una risa emocionada de uno de los clientes del bar los sacó a ambos de ese estado de trance. Johnny se irguió y a ella también, luego le retiró la mano de la cintura y carraspeó para tratar de componerse.
Ash se alisó una púa y con una tensa sonrisa señaló por sobre su hombro a Rosita y Gunter sobre el escenario.
—Iré a saludar —dijo, pero sonaba agitada también.
Johnny asintió sin decir nada, viéndola retirarse. No sabía qué pasó, y no sabía por qué se sintió tan bien. Por qué le gustó. Las púas de Ash se movían con cada paso que ella daba y, mientras la veía subir las escaleras a la tarima con una sonrisa que de lejos se veía falsa, Johnny trataba calmar ese aleteo en el pecho a la vez que se preguntaba qué acaba de pasar.
