14 de Septiembre de 1928
Hoy me he levantado con el corazón apesumbrado, pareciera que mi alma incluso fuera de metal o que no pudiera ocupar mi mismo espacio, como que se me atorara en la garganta y no pudiera respirar ni tragar saliva.
Estoy abrumada por la empresa, que parece que despega y luego a ratos vuelve a caer en sus inversiones, y, siendo en la que se apoya Samuel… pues bueno, a veces pareciera que incluso me romperá la espalda si vuelve a ponerme su brazo sobre mis hombros para preguntarme qué hacer.
¿Cómo voy a saberlo? El empresario en sí es él, yo le aprendo cosas y otras tantas las aprende él de mí, pero es él quien empezó con ello, quien la hizo crecer en un principio.
Me temo que alguien está filtrando dinero, algunas cuentas no me checan y no sé quién pueda ser; tengo mis ojos puestos en dos personas, William Shuester o Figgins el contador.
Como sea, lo que en realidad me tiene taciturna, un poco sumida en mí, lo que me tiene de este modo, es Santana, de nuevo Santana. He de aceptar mi amor por ella y esta relación enfermiza que se ha vuelto parte de nuestro día a día.
A veces me manda cartas perfumadas que me escribe un poco en clave para que nadie más pueda entender de qué hablan. No es en sí un secreto que nos vemos, que nos citamos para entregarnos a los placeres que existen en el Cotton Club.
De entre tantas bailarinas, de entre tantas prostitutas me vine a enamorar de la más peligrosa, uno, porque es hermosa y dos, porque aparte de eso es encantadora.
Claro que tiene un carácter explosivo y a veces, cuando la dejo hacerlo, me ordena como si fuera mi capataz, como si fuera ella quien pagara por mis servicios, por compartirle mi cuerpo y mi tiempo.
Creo que ella también está enamorada de mí, hace una semana que dejó de aceptar mi dinero y en cambio yo le llevo regalos, a veces flores, otros días polvos para la cara con perfume, otras veces simplemente perfume que se pone en seguida rociándolo al aire y cerrando los ojos para que las gotitas que le caen en el rostro no se los hiera.
Cuando me sonríe, yo me pongo contenta.
Esta narración me está gustando, de estar en un humor agrio y oscuro, esta Quinn se pone rosa y comienza a transmitir ternura.
Ignoro por qué no se había enamorado antes, ignoro con cuántas otras chiquillas estuvo de modo juguetón; porque fue Santana quien la introdujo en el sexo ¿Cuándo y cómo comenzaron las cosas con las otras? No sé si este es el único diario, pero desearía que no lo fuera, me interesan mucho los años que comprenden su adolescencia, entenderla.
A veces cuando me abraza y pone su cabeza sobre mi hombro (como se ha vuelto costumbre) descanso mi mejilla sobre su cabello que siempre huele bien.
A veces, pocas he de decir, antes de que la visite se da un baño pues ha tenido cliente y he de confesar que a últimas fechas, de pensarlo, me hierve la sangre, como si quisiera que fuera sólo mía, que fuera a mí a quien le perteneciera su cuerpo y su alma.
Pero su trabajo es ser cortesana y el mío es el pagarle por sexo. A ratos me duele quererla tanto, como que no puedo controlar todo lo que siento, incluso creo que también a ratos me falta el aire.
Samuel me ha preguntado por qué estoy tan ausente, que me habla y yo no lo escucho sino hasta la segunda vez que llama mi nombre. ¿Cómo explicarle que se debe a ella? ¿Cómo decirle que me he enamorado de una prostituta?
A veces quiero pedirle consejo, pero también temo que me aleje de ella, así que mejor guardo silencio y me quedo con esta frustración que parece que se me clava más y más profundo.
Hoy voy a visitarla y le he comprado hojas de algodón y un tintero con su pluma, quiero que me siga escribiendo, llenarme de sus cartas que impregna con los perfumes que le doy.
Es inteligente, un cliente la enseñó a escribir cuando era pequeña porque ella se lo pidió; concebir su cuerpecito bajo el de un hombre maduro me causa escalofrío, pero sé que tuvo que hacerlo para sobrevivir en Puerto Rico.
Entonces, que sea de las pocas cortesanas del lugar que saben escribir una carta y firmar un acuerdo con su nombre, me da orgullo, la hace más importante, más atractiva, y quiero que sea más mía que de los demás.
Cierro el diario y lazo los cordones que hay para asegurarlo y lo guardo entre el colchón y la base de la cama. Aquí no tengo cajón secreto y no quiero que alguien lo encuentre.
Me pregunto dónde estarán las cartas de Santana, quisiera leerlas, saber cómo se siente ella para con Quinn… bueno, para conmigo a final de cuentas. Me parece divertido, tierno, que de sólo imaginarlo me desprende una sonrisa y casi quisiera tener a la otra Quinn para apretarle los cachetes de modo burlón que también cae en lo lindo.
Incluso tengo ganas de que Julien me lleve de vuelta casa sólo para hacer esa búsqueda exhaustiva de las cartas de Santana y voltear el cuarto patas para arriba por si existen otros diarios. Pero creo que deberé de esperar un poco más, no es que tenga la certeza de que mi tiempo aquí es largo, repito, pero debo hacer caso a mis corazonadas y mi corazonada me dice que espere al menos al fin de semana para poder regresar con un pretexto creíble.
Samuel creerá que iré con Santana. Britt seguramente querrá acompañarme y creo que no será mala idea, dos cabezas piensan mejor que una… aunque… no sé que tanto piense la de Britt. Todos la tachan de tonta; yo creo que tiene una especie de autismo que la hace brillante y muy inteligente.
Me parece muy romántico que Quinn se hubiera enamorado de una prostituta, sí, por el cliché, porque lo vi hasta el cansancio en películas de época, porque incluso me enamoré de Amanda Seyfried con Julianne Moore, porque incluso la versión original, que es francesa, me cautivó en esa química maravillosa de Cliente-Prostituta.
Porque me recuerda a Baudelaire, enamorado hasta el cansancio de una prostituta mulata que lo hizo sufrir, o al menos eso cuenta la historia. A final de cuentas la vida de una prostituta es complicada y quién sabe si ella hubiera sufrido más.
O esa oreja que Van gogh le regaló a una amiga prostituta, en un arranque de delirio mi pintor favorito se la cortó para llevársela.
Creo que ahora puedo entender el por qué de ese afán mío de verme envuelta en películas y temas del estilo. No por nada Moulin Rouge, no por nada las historias que les acabo de contar, o, en un sentido más oscuro, esas ganas de haber conocido a Jack el Destripador, siempre leyendo de él, siempre intrigada por su identidad, por las cinco prostitutas que le reconocen.
Era esa reminiscencia de mi vida pasada la que me atraía a los temas de burdeles y burlesque, de corsés, de pelucas, de cabaret.
Comienza a quedarme más claro, soy la reencarnación de la otra Quinn y acepto que cuando más joven era casi tan altanera como ella, claro, jamás pegué a nadie, pero pisoteé a cuanto pude y se dejó.
Mi situación está quedando un poco más clara, ahora sólo requiero y preciso descifrar por qué he vuelto y si acaso Rachel tuvo un amorío con la otra Quinn. Nunca leí nada al respecto, nunca le vi fotos conmigo, con Quinn, bueno, ustedes entienden lo que quiero explicar, no es así? La mayor parte del tiempo hasta a mí me parece complicado y cuando quiero plasmarlo en palabras no puedo, miren que mi mente está llena de signos de interrogación.
Creo que en realidad Rachel y Quinn nunca se conocieron y al yo venir ahora, alguna magia extraña, de esas que suceden en cuentos y en la fantasía, vino a juntarnos…
Repito ¿No estaré yo alucinando o sumida en un sueño mientras yago en una cama de hospital? Muy probablemente esté en coma.
Ya había yo leído algo al respecto, personas que despiertan de un coma que ha durado mucho tiempo, o regresan hablando otros idiomas, o hablando de vidas pasadas o describiendo con lujo de detalles esa otra vida que estaban viviendo en aquel mundo en el que estaban atrapados. Tan real que se deprimen a su regreso pues extrañan a las personas que vieron mientras dormían.
El mundo en sí es un misterio, tantas cosas que no podemos explicar, los fantasmas por ejemplo, los monstruos que se ven en tantísimos lagos a lo largo y ancho del planeta, el hombre polilla, los gnomos… y así, tantos y tantos misterios que no hemos podido explicar… entonces, por qué no creer que existen los viajes en el tiempo? Las reencarnaciones, los desdoblamientos astrales, etc.
Dios, creo que me dolerá la cabeza.
Y después de esta probada de mi pasado vuelvo al presente, donde las cosas están emocionantes, avanzando de manera que yo no creía que fueran a avanzar.
Después de haber creído que Rachel en realidad no iba a notar tanto interés en mí, el momento que pasamos en la playa fue increíble y emocionante, cada vez que pienso en ello sonrío y casi puedo asegurar que me sonrojo aunque no esté nadie a mi alrededor.
Cuando ella está vocalizando o en su habitación leyendo, cuando se encuentra platicando con Hudson y mi tío, momentos en los que no interrumpo, pienso en su sonrisa, en sus ojos, pienso en su cabello ondulado y en los lunares que tiene cerca de la boca, pienso en sus manos y en el recuerdo de su cuerpo en traje de baño.
Pienso en mí, que estoy perdida, entregada a este enamoramiento por Rachel Barbra Berry. Que sigo pensando que estoy viviendo un sueño y al despertar no sabré qué hacer sin ella, pues sé bien, que al término de mi vagar por el mar onírico, yo seguiré teniendo veinticuatro años y Rachel será ya un vestigio dentro de una tumba de mármol en uno de los tantos cementerios de Nueva York.
Es aquí donde quiero estar, pues puedo olerla y escucharla, puedo verla, puedo sentirme cerca de ella aunque estemos en diferentes puntos de la casa, pues he de decir que no estoy siempre al pendiente de ella, me gusta darle su espacio y también espiarla cuando no se da cuenta, pues es en esos momentos donde puedo verla tal y como es.
Cuando estamos juntas creo que nos comportamos de modo que tengamos buena impresión la una de la otra.
Antes de haberme puesto a leer el diario, la vi en la biblioteca, estaba inspeccionando los estantes con las manos atrás, mano derecha sosteniendo la izquierda, silbaba una melodía que no reconocí y luego se mordió el labio cuando encontró un libro que llamó su atención. No alcancé a leer el título pero era antiguo debido al encuadernado y el desgaste de sus pastas, lo hojeó y luego olió las paginas, aspirando profundamente, cerró los ojos y luego soltó un 'aah' de satisfacción.
El gesto me pareció tierno, siempre es delicioso oler un libro viejo, acariciar sus hojas duras y amarillentas.
Cuando se dio media vuelta volví a esconderme tras la pared y caminé hacia la cocina donde los sirvientes me vieron con extrañeza, supongo que jamás me había parado ahí ni por accidente.
Olía bastante bien, aunque no atiné a saber qué era lo que estaban preparando para la comida que pienso, no tarda en estar lista. Vi los panes sobre la mesa y creo que algo de chorizo junto a ellos, un poco de queso en rueda y cebolla morada.
No pude inventar nada para justificar mi aparición inesperada en sus terrenos, así que sólo dije que olía exquisito y me retiré. Al cabo de unos segundos escuché risas en la cocina, era evidente que se burlaban de mí y estoy segura que de haber sido yo la de antes me hubiera regresado a regañarlos y explicarles por qué me deben respeto y yo a ellos ninguno.
Pero, como afortunadamente no soy la misma, me he retirado con una sonrisa también, meneando la cabeza por el nerviosismo que me ha llevado a esconderme en la cocina.
¿No hubiera sido mejor que me quedara con Rachel? La verdad es que cuando una ya tiene puerta abierta para la conquista, la cosa se pone más difícil y abrumadora.
Recuerdo cuando me señaló con el índice su mejilla para que la besara, creo que mis labios no han podido olvidar la sensación de su piel sobre ellos. También siento mariposas en el estómago, pero por el tamaño puedo pensar más bien que son pájaros o dragones volando dentro, nunca lo había sentido así, ni siquiera en la adolescencia, que es cuando se supone que debí de sentirlas.
¿Cómo voy a enamorar a Rachel Berry? De pronto se me cierra la imaginación y no tengo ni una sola idea germinando en mi cerebro, cero, null, no hay.
Salgo al porche, hace un viento fresco y las nubes se han apoderado del cielo, me pongo las manos en la cadera y aspiro profundo el aire mientras cierro los ojos y levanto un poco la barbilla. La ropa me vuela con él y el cabello se me viene un poco a la cara. Vuelve a oler a lluvia y hay truenos que se escuchan poco cerca.
A lo lejos en un árbol, veo un columpio que se mece de aquí para allá y se me antoja ir y sentarme por un rato mientras me empujo con las puntas de mis pies. Si cae la lluvia no me importa, siempre me ha gustado que me atrapen las gotas y llegar escurriendo a casa para meterme a la regadera con agua caliente y luego ver una película mientras me como un pan con Nutella y me tomo un delicioso vaso de leche fría con chocolate.
Sólo que por el momento no podré encontrar Nutella ni una película interesante porque, ¡ah sí! No se ha inventado ni siquiera la videocasetera. Me agarro de las sogas que se sienten rasposas en las palmas de mis manos y comienzo poco a poco a balancearme. Piernas adelante, piernas atrás. Y así sin darme cuenta ya he tomado velocidad y altura; echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos de vuelta, cuando era niña hacía lo mismo y yo sentía que estaba volando, imaginaba que rozaba las nubes con mis manos, que incluso me iba más allá y rebasaba la atmósfera para visitar las estrellas y las nebulosas.
Vuelvo a sentirme de seis años, en la antigua casa donde vivía con mis padres y mi hermana. El viento me pega más duro en la cara y siento cómo el cabello me la cubre y luego se hace hacia atrás de nuevo.
-¿Te diviertes?- Escucho de pronto y salgo de mi concentración con un sobresalto, pierdo el equilibrio y caigo de espalda. Estoy sofocada y no puedo ni respirar ni abrir los ojos –Oh por dios ¿Estás bien?-.
-No-. Digo aún sin aire en mis pulmones.
Abro los ojos por fin y me doy cuenta que es Rachel la culpable de mi accidente. No sé si sigo sin aire por la caída o porque es ella quien está junto a mí.
Mientras ella pone el columpio sobre una rama para que no le estorbe yo me quedo en el pasto, siento una piedra que me lastima la zona de los riñones y me muevo lentamente para quitarla de ahí.
-No era mi intención asustarte, en verdad lo siento mucho-. Se hinca junto a mí como ayer, cuando me eché sobre la arena asustada de lo que me había tocado la pierna. Me gusta esto.
-Me sacaste de mis sueños y perdí el equilibrio-. Sonríe al darse cuenta que ya puedo respirar.
-¿Qué soñabas?-. Sigue hincada junto a mí y me mira de arriba abajo, supongo que busca heridas o raspones.
-Que era una astronauta-.
-¿Una qué?-. Se le nota confundida y creo que no es una palabra que se escuche mucho en ésta época.
-Me soñé tocando las estrellas-. Me sonríe tan amplio que no sé si se está burlando o le di ternura.
-Eso es muy lindo Quinn-. Ternura.
-Ahora ayúdame a levantarme-. Le doy la mano y ella se pone en pie, luego la toma y me levanta con dificultad, quejándose un poco en el proceso. La verdad es que yo me hice más pesada adrede.
-Pesas mucho-. Toma aire profundamente dos veces.
-Lo hice adrede-. Le sonrío juguetonamente y voy hacia donde ha dejado recargado el asiento del columpio. Lo señalo y le digo con la cabeza que se siente.
Me mira con duda y entrecierra los ojos, como pensando que le haré algo.
-Voy a hacer que visites las estrellas-. Le digo entre risas –Pero sin el aterrizaje accidentado-. No se mueve de su lugar y se cruza de brazos pero me está casi sonriendo –Confía en mí-. Digo con sinceridad y el semblante serio pero no rígido.
-De acuerdo-. Camina hacia mí y me da la espalda para sentarse en la madera que hace de asiento.
Tomo las cuerdas, una en cada mano y me hago hacia adelante sin soltarlas, quedando muy cerca del oído de Rachel.
-Cierra los ojos-. Le digo muy suave y se encoge un poco, casi puedo asegurar que se le ha erizado la piel. Sonrío. -¿Lista? ¿Ya cerraste los ojos?-.
-Ya-. Le sale como un susurro casi.
Comienzo a balancearla y se toma de las cuerdas también, rozándome sin querer las manos. Cuando toma más velocidad la empujo de la cintura. Me gusta cómo se siente, quisiera abrazarla y tomarla de ahí, siempre, todo el tiempo.
Estoy en el punto en el que no puedo evitar pensar en lo mucho que la quiero cerca, cerquísima de mí.
Llega el punto en el que tengo que hacerme para atrás y empujarla con más fuerza; está tomando la altura que seguramente yo tenía cuando sentía que llegaba más y más alto.
-Estoy volando, Quinn-. Me echo a reír.
-Te lo dije-. Y mientras vuelvo a reír porque me acuerdo de aquella escena en Titanic donde Rose le dice lo mismo a Jack.
La veo hacer la cabeza hacia atrás como yo lo hice hace un rato y le veo las manos bien aferradas a las cuerdas.
-Se siente increíble, no puedo creer que dejé de hacerlo hace muchísimo tiempo-. Está riendo también.
Escuchamos un trueno cercano y de la nada comienza el aguacero; la detengo poniendo mis manos en las cuerdas frenándola en seguida y me quema un poco, me jala la inercia hacia ella y pego sin querer mi frente con su espalda.
Voltea a verme, torciendo un poco el cuello, dudo que el ángulo le sea cómodo pero ninguna de las dos se mueve aunque ya estamos con la ropa empapada y entrecerramos un poco los ojos para que las gotas no nos lastimen.
Me agacho, necesito besarla, me hierve la sangre dentro del cuerpo, los dragones dentro del estómago vuelan de aquí para allá como locos; no me importa que de pronto me percato de que tengo mucho frío por la ropa que está pegada a mi cuerpo y que los dientes comienzan a chocarme porque estoy empezando a temblar.
Ella me mira los labios y yo le veo los ojos.
-¿Rachel?!-. Finn no me jodas Hudson. –Vas a enfermar! ¿Qué haces en la lluvia? Entra, no queremos que te de una gripe!-.
-Eso suena sensato-. Reconozco –No queremos que se te vaya la voz-.
-No, no queremos-. Baja del columpio y voltea a verme –Gracias-. Me sonríe y luego corre a la casa.
Yo la veo marcharse mientras me quedo ahí bajo la lluvia, Finn me da un último vistazo antes de poner la mano sobre la espalda de Rachel y encaminarla a la puerta.
Yo suspiro y sonrío ¿Quién iba a decir que íbamos a casi besarnos bajo la lluvia? Meneo la cabeza por lo ridículo y cursi que me suena aunque esté enamorada de ella ¡Qué enamoramiento tan emocionante!
Me siento de nuevo en el columpio y vuelvo a echar la cabeza hacia atrás y a cerrar los ojos. No hay experiencia más exquisita que ésta.
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Estoy maravillada con gramófono que está en el salón dónde estamos bebiéndonos todos una copa.
La bocina es grande y de color dorado y el disco gira y gira llenándonos con una música que me llena el corazón de sosiego, yo siento que siempre he pertenecido aquí, el sonido no es de la mejor calidad, pero ah, cómo me gusta!
-¿Qué escuchamos tío?-. Pregunto a Samuel, Samuel que tiene una boca demasiado grande pero una sonrisa preciosa.
-The black Bottom-. Toma de la mano a mi tía y la saca a bailar.
Yo me río ¿qué clase de baile es ese? Tan chistoso. Como un brinquito aquí y otro allá y vuelta y cada paso es demasiado rápido, entonces ya no sé identificar el Quickstep del Charleston. Creo que el Quickstep es más vals, más gracioso, de gracia, de esa parte la estética que impresiona por delicado.
Doy un trago a mi Whiskey que me han servido en las rocas y yo no sé si con dos terminé ebria, pero como estoy contenta y me siento a gusto no me importa demasiado.
Con una estrategia impresionantemente inteligente Britt le pide a Hudson que baile con ella y en seguida, casi sin pensarlo demasiado, el manager de Rachel baila animosamente con ella. Hasta Martin que es como nuestro mayordomo ha tomado a Tynice y bailan en el pasillo cerca de la puerta.
-Baila conmigo- Dice Rachel.
-Imposible, yo no sé bailar eso-.
-Claro que sabes, Quinn-. Contesta la tía Julie –Si en las fiestas nunca te sientas-. Me cago en la…
-Tía… pero…-.
-Nada, baila ya!-. Dejo mi bebida y me tomo de las manos de Rachel.
-En serio que no sé bailar esto-. Le digo nerviosa, sintiendo el corazón en la garganta.
-Obsérvalos e imítalos; yo por ser de menor estatura haré la parte de la mujer, tú puedes ser mi apuesto acompañante-. Me río divertida y me siento enternecida por el comentario.
-De acuerdo mi bella dama, si la piso haga favor de no quejarse demasiado-.
Acomodo nuestros pies y veo a mi tío bailando, luego a Britt. Comienzo, nerviosa y con mucha duda. Los primeros cinco intentos tengo que repetir el paso y disculparme con Rachel por pisarla, era obvio que sucedería.
Un par de intentos más y lo logro y al cabo de unos minutos estoy disfrutando tanto de esto como los demás.
Qué bailes tan gesticulosos, tan rápidos, a veces ridículos! Pero me encuentro con que estoy completamente entretenida haciéndolo yo misma y me importa poco el ridículo que yo misma estoy haciendo de mí.
Luego se acaba la algarabía y comienza una canción que habla de una mujer que es muy abrazable y besable, huggable, kissable you. Le puedo agregar el Fuckable a la canción? Nada más de verla agitada por el baile, con una capita de sudor… pues ¿Por qué no? Fuckable también aplica.
La última canción que bailamos es una que se llama Then I'll be Happy de Josephine Baker, según me informa Martin, pues la cantante es negra y tiene una voz melodiosa y rica. No tanto como la de Rachel, he de decir que me gusta más, aunque también puedo decir que hay voces que también me pueden gustar tanto o un poco más que la de Berry.
A la media noche, exhausta y con nuevos pasos aprendidos, con menos confusión sobre el Charleston y el Quickstep (también preguntándome un poco si el Foxtrot es más bien de los años cuarenta) me echo sobre el sillón y me dejo caer pesadamente.
-¿Cansada?-. Me pregunta Britt que se limpia la frente con un pañuelo.
-Mucho-. Suspiro pues siento que me falta el aire.
-¿Un cigarro?-. Volteo a verla, no sabía que fumaba.
-OK-. Me levanto después de haberlo sopesado unos segundos.
-¿A dónde van sin mí?-. Pregunta Rachel; me giro para verla, atraída inevitablemente por el sonido de su voz.
-A fumar afuera, vamos-. Sé que podemos fumar dentro, pero asumí que B. quería decirme algo.
Una vez en el fresco del porche, con nada mas enfrente que una media luna nos encendemos cada una un cigarrillo.
-No puedo creer lo mal que baila Finn-. Dice finalmente Birttany. Rachel comienza a reír.
-Es pésimo-. Yo sonrío.
-Lo noté-.
Veo volar el humo blanco de cigarro, haciendo contraste con la oscuridad de la noche. El tabaco ahora es mucho más delicioso, pareciera que es mucho más natural, no sé si contengan alquitrán, pero de cierto modo me sabe un poco a madera, dejándome un sabor en la boca agradable y suave.
-¿En serio no sabías bailar nada de eso?-.
-Noup, me gusta bailar, pero lo hago suelto, sin seguir una coreografía, como bailar electrónica, tú te mueves como quieres-. Siento el pellizco de B en el antebrazo, ahí donde duele diez veces más.
-A veces no tengo idea de lo que hablas-. Me dice Rachel soltando el humo.
-A veces yo tampoco tengo idea de lo que hablo; creo que enloquecí por el golpe, no, la verdad es que vengo del futuro-. Bromeo mientras digo la verdad. Rachel no sonríe ni ríe, está como espantada.
-Ahora todo tiene sentido-. Me asusto y me tenso en mi lugar –Te gusta hacer bromas, mira que venir del futuro es absurdo y esas palabras que usas seguro que las inventas-.
Britt y yo nos relajamos y soltamos una carcajada.
-Claro es que eso de los viajes en el tiempo son imposibles, Q. qué ridiculeces dices-. Vuelvo a fumar.
-Lo sé, lo sé, tengo un sentido del humor muy peculiar-.
-Pero dicen que en el futuro habrán coches voladores-. Asegura Rach, Britt y yo nos volteamos a ver en seguida.
-Yo creo que será en un futuro muuuuuuuuuuuuuuy lejano-.
-Te imaginas cómo será cambiar de siglo, de milenio!-. Se está divirtiendo con estas cosas.
-Yo creo que para el cambio de milenio la gente se podrá comunicar con otras en el momento por medio de aparatos, verte aunque estés en Japón-. Digo –Qué tal que inventan algo que nos permita guardar música en algo tan pequeño como tu uña!-.
-Ya estas divagando Quinn-. Me dice Rachel entre risas y por su comentario Britt y yo reímos a carcajadas.
Nos fumamos un segundo cigarro, y comenzamos a sentir los estragos de día. Me siento cansada y bostezo, me acomodo desparramada en la silla y me acomodo el cabello que me hace cosquillas en la oreja.
Luego estornudo.
-Creo que alguien se va a enfermar-. Escucho a Rach burlarse.
-Espero que no-. Contesto seriamente, no sé qué tan grave sea una gripa en los años treinta.
-Señoritas, el Señor Samuel ha dicho que es hora de que vayan a la cama-. Es Martin.
Nos levantamos sin pensarlo demasiado, pedimos cama a gritos.
-¿Britt, por qué te apellidas Pierce?-. Pregunta Rachel y yo caigo en cuenta de la diferencia de apellidos entre Samuel y Britt.
-Pues porque yo soy hija de Julie, pero no de Samuel-. Ooooh *así, con esa cola de pronunciación* Reconocimiento total.
-Entonces…-. Rachel espera que Britt siga con su explicación.
-Mi mamá es viuda de Ira Pierce y conoció a Samuel un año después de la muerte de mi padre, yo tenía dos años cuando él falleció, así que nunca lo conocí-.
-Ahora todo tiene sentido-. Suelto muy quedo y alcanzan a oírme pero no a escucharme.
-¿Cómo dices Q?-.
-Nada, continúa-.
-Samuel era socio de mi padre y estuvo siempre enamorado de Julie… se presentó la oportunidad y bueno, se casó con ella y desde entonces lleva él la empresa-. Por eso se llama Pierce-Fabray… vaya… -Bueno, aquí me quedo yo, que tengan buenas noches-.
-Buenas noches Britt-. Decimos al mismo tiempo.
Caminamos a su habitación, hablando de sus planes después del verano, es verdad que quiere irse a Paris. También tiene en mente Londres y me lo dice tan entusiasmada que me lo transmite y me emociono junto con ella.
-Triunfarás, te lo prometo-. Lo digo con seriedad, porque lo sé, sólo que ella lo ignora y lo ve lejano.
-Gracias por tus buenos deseos-. Me besa la mejilla y se detiene en su puerta.
-¿Ya se hará costumbre que me beses la mejilla?-. Me siento más enamorada.
-Quizás-.
-Y aún no me he ganado el beso en la boca?-. Me niega con el dedo índice –No te impresionaron mis pasos de baile ¿Verdad?-. Finjo pesar.
-No, pero sí el viaje a las estrellas-. Sonrío –Así que… te puedo dar uno en donde comienzan tus labios-. Hago la cara hacia adelante y le señalo el lugar. Me sonríe y menea la cabeza.
Cuando siento el beso me late el corazón rápido y siento que he aumentado diez grados más de calor corporal.
-Buenas noches, Quinn-.
-Buenas noches, Rachel-. Le tomo la mano y se la beso –Para no perder el papel de galante caballero-. Hago como que me quito el sombrero que no tengo y ella hace una reverencia –Descansa-.
-Tú también-.
Entra a su habitación y desaparece de mí por ese día.
Cuando entro a mi cuarto estoy que no quepo en mi cuerpo de tanta felicidad, he tenido un buen día. Vuelvo a estornudar. Y ahí, con la mirada agachada en ese punto en particular después de abrir los ojos veo un pedazo de duela que es diferente de los demás y parece raspado de una orilla.
Voy por la llave de mi baúl, que así como la otra Quinn, cargo a todos lados y la introduzco en la ranurita levantándola un poco, y luego un poco más hasta que cede y puedo quitarla.
Son varios sobres atados con un listón de color rojo. Están boca abajo así que no puedo ver si tienen algo escrito en el frente. Los tomo, puedo contar por el tamaño de la pila, que son unas cien o ciento cincuenta cartas.
Esperen ¿Dije cartas? Les doy media vuelta. Sí, son las cartas de Santana.
