Datos anexos: El fic está basado en la película animada con animalitos xDDD mis primos la están viendo ahorita y me ha inspirado xD así que veamos que resulta xD

El bandido de Inglaterra.

Summary: Robin Hood era rápido, audaz, inteligente, valiente y sincero a su corazón. No como ese estúpido rey Juan que solo le estaba causando dolores de cabeza…

Había pocas cosas que podían poner los cabellos del Reino de Inglaterra de punta. Las hordas normandas, las pestes y sus parientes consanguíneos de las islas Británicas, para nombrar las que primaban en la lista. Hoy había descubierto una cuarta: iniciar un combate contra la armada real con una desventaja numérica considerable, en campo abierto y con Robin Hood a la cabeza de tal disparatado acto.

Sin embargo ya hacía tiempo que le hacía falta un buen combate armado, y en cuanto los guardias reales fueron tras él para detener su avance "traidor" (¿Quién era más traidor ahí? ¿Él como reino o ellos por atacarlo? Curiosidades de la vida) y dejarlo a merced del rey que chillaba como cerdo en el matadero y saltaba como mono ebrio sobre el trono de madera. Arthur no era ningún imbécil, y sabía perfectamente cómo hacer caer a tres hombres maduros a sus pies: dándoles con una silla en la cabeza, por supuesto.

¿Qué? ¿Pensaban que porque se veía como un preadolescente no tenía conocimiento alguno en técnicas de peleas de bar? Ingenuos. Francia, en el entretanto escondió a su rey en una carroza y le aseguró que él se encargaría de parar esa situación, aunque no creyese que su jurisdicción como nación pudiese influir en la "entretención" de la otra. Las circunstancias habían escalado rápidamente a niveles altamente peligrosos desde que Juan I, en una movida un tanto mezquina y estúpida, si le preguntaban al francés, había intentado atacar a ese extraño bandolero, del que Inglaterra parecía tan amigo, por la espalda con una espada demasiado pesada para el físico tan delgado y pequeño del rey.

Hecho esto salió corriendo, pasando junto a él, de una forma más bien vergonzosa y se escondió tras un barril de cerveza gritando para ejecutar al bandolero. Naciones jóvenes con reyes sin vergüenzas... a veces Francis se preguntaba por qué Dios en lo alto había creado a los humanos tan estúpidos.

- ¡Matadlo! ¡MATADLO! – aullaba colérico el rey desde su posición más bien vergonzosa, por lo que el francés dejo de reflexionar unos instantes y se fijó en la escena. Arthur estaba más que alegre volqueando hachazos con su espada y lanzando estocadas como buen bárbaro que era, el gordinflón que había estado sentado con ellos hacía un rato, y quien parecía ser el traidor principal tampoco se movía nada de mal en combate, a pesar de su exuberante panza y torpe contextura. El más ágil era Hood, como le habían llamado hace un rato, que casi parecía divertido con tanto enemigo. Para su sorpresa, la mujer rechonchona que había estado con ellos en el palco real junto a la exquisita Marian, se lanzó al ataque con la flecha dorada luego de ahuyentar con la mano a la damisela, pues ese 'no era lugar para una dama' (irónico, siendo que ella como mujer de la corte también debía serlo). Un pinchazo en el trasero a un guardia.

Vio al sheriff acercarse a la mujer por la espalda, para detenerla.
- ¿por la retaguardia lady Cluck? – le escuchó preguntar con sorna al lupino sheriff.

- ¡y a ti también! – exclamó la otra, agarrando el brazo que anteriormente le había tomado el hombro y con una fuerza impropia de una dama (ya no era capaz de cuestionarse porqué ella estaba peleando ahí, si tenía más fuerza que un sheriff) - ¡imbecil!

- ¡no has perdido tu toque, Lady Cluck! – felicitó Arthur luego de que el sheriff volase unos metros gracias a la espectacular llave de la mujer.

Francis vio que la damisela Marian se acercaba a él y sonriendo se abalanzó a agarrarla, pero Arthur, comprometiendo una estocada en la espalda, evitó el ataque.
- ¡No vas a tocarla, sapo! – rugió el de los ojos verdes como las praderas. El de los ojos azul cielo frunció el ceño. Eso ya era personal, nadie se interponía entre él y una mujer hermosa… y menos esa oruga horripilante que osaba llamarse una nación.

- ¡Robin! ¡Auxilio Robin! – la escucharon gritar mientras unos guardias se abalanzaban a toda velocidad contra su delicada y esbelta figura. Arthur quiso alejarse de su contienda con Francis, pero el francés tenía cuentas que saldar y autoridad que imponer. La vida de una mujer no significaba nada si podía tener al inglés besando sus botas, desangrándose y llorando y rogando clemencia, que por supuesto no le daría. Arthur sin embargo no iba a dejarse vencer y, sin mucha elegancia (más tarde iba a negar haber hecho aquel movimiento, con su vida), dejó que la espada de Francia se incrustase en su hombro para poder golpearlo en la ingle con su rodilla. En eso, Robin había logrado salvar a Marian de sus perseguidores, balanceándose en una cuerda amarrada en la parte alta de una de las torres de vigilancia (El porqué demonios la torre de vigilancia tenía una cuerda y porqué en el nombre del rey Ricardo Robin había podido usarla para salvar a Marian y terminar en el tejado de lona de una de la carpa real es algo que han de preguntarle a un físico) y se reía a viva voz de la cara contraída en dolor del francés. Recordaría ese momento por el resto de su vida. Y para hacerlo aún más memorable para su persona, tomó la mano de Marian y cambió de posición su espada en la otra, preguntó:

- Marian, ¿quieres casarte conmigo?

La lógica común, o al menos el sentido común (que varias veces ha sido llamado el menos común de los sentidos) habría hecho notar que, con flechas lloviendo sobre tu cabeza, en pleno combate y con tus compañeros y amigos peleando contra un ejército profesional armado hasta los dientes en el piso de abajo, no era el mejor lugar para proponerle a una dama y amor de tu vida el compromiso sagrado más importante de tu existencia. Todos sabemos que Robin Hood reprobó la asignatura de lectura del ambiente, pero Marian no parecía quedarse atrás, cuando con una enorme sonrisa proclamó:

- ¡Ah, querido! ¡Creí que nunca me lo ibas a pedir!

Todo pintaba muy bonito si se habían de obviar las lanzas largas de los soldados y el hecho de que mera tela no podía aguantar el peso de dos adultos moviéndose como gusanos fuera de la tierra sobre ella, por lo que cedió ante aquello y los envió a ambos al trono real. Arthur, después de tirar a Francis escaleras abajo se acercó a ellos, escuchando a Marian decir:

- Pero podrías haber escogido un escenario más romántico

Arthur, algo harto de tanta cursilería y poca pelea, agarró a Marian, alejándola de un flechazo y pateó a Robin en el trasero.

- ¡A callar ustedes dos! ¡Hood acaba con esto de una buena vez! – ladró Arthur empujando a otro soldado con el pie y bloqueando una flecha con su armadura.

- ¡Pero Arthur! ¡Estaba a punto de decirle a Marian que para nuestra Luna de Miel deberíamos irnos a Londres!

- ¡¿Luna de Miel? – preguntó Arthur completamente confundido, mientras Marian asentía con cara de enamorada.

- ¡Normandía!

- ¡¿Le propusiste matrimonio aquí? – nuevamente Marian asintió divertida mientras se acercaba a un Robin Hood que acababa de empujar el trono real sobre al menos cinco soldados, haciendo caer el peso de la monarquía sobre sus pechos (y vaya que pesa, era la única silla estable en todo el reino).

- ¡Y para finalizar España!

- ¡Me encantaría!

Arthur decidió ignorar a los dos amantes altamente deficientes mentalmente y corrió a auxiliar a Lady Cluck, que parecía estar en graves problemas siendo perseguida por una horda de soldados-mastodontes. Francis, para su desgracia, bloqueó su camino.

- Mon cher, te has pasado – gruñó. Arthur sonrió de lado y alzó su espada.

- tú no has visto nada, rana del demonio – siseo empujando al hombre en dirección al gran tumulto de gente que estaba luchando al interior de una carpa. Podía asumir, por el movimiento y los gritos que estaba realmente buena… bueno, eso y que Lady Cluck y Little John reingresaban al combate cada vez que los sacaban del interior de la carpa con una sonrisa amplia y los puños listos para golpear directamente a donde duele.

De un sablazo desarmó a Francis y sonrió.

- rézale a un Dios que no va a escucharte, sapo, aquí se acaba el juego – y sonriendo con crueldad, casi sacándole a Francis un temblor en el espinazo – Game Over.

Lamentablemente para la hermosa escena que Arthur en siglos venideros considerará la primera gran frustración de su infancia, la carpa de la pelea del siglo comenzó a moverse en su dirección, atentando ya no solo el momento contra la vida del rubio francés, sino que también contra la de Inglaterra.

- ¡¿Y quién pilotea esta alfombra mágica? – exclamó Little John apareciendo de un agujero en la parte alta de la carpa, con rostro confundido. Arthur le gritó, asustado e irritado comenzando a correr para huir de esa enorme amenaza anaranjada:

- ¡TU DEBERÍAS! – y sin más, corrió junto con Francis para proteger su pellejo de los pies y lanzas de los soldados que a ciegas corrían en descontrol.

El caos entre las carpas, la gente huyendo, Robin luchando contra el capataz de los soldados con algo de dificultas, distrajeron a Arthur, quien se lanzó hacía un lado para ir a socorrer a su astuto bandolero, dejando a Francis a merced de la horda enardecida de imbéciles soldados. Pero cuando escuchó la conversación de Marian y Robin, se preguntó seriamente por qué demonios se preocupada de ese par de estúpidos:

- ¡Tendremos seis hijos! – proclamó Robin.

- ¿Seis? ¡Una docena cuando menos! – exclamó Marian encantada. A su lado, un arquero se preparaba para herir a Robin, pero Arthur vio ahí la oportunidad de hacer algo productivo y golpeo con el mango de la espada al arquero, dejándolo fuera de combate. Marian al mismo tiempo lanzaba un pastel que llegaba al otro lado del rostro del pobre hombre.

- ¡¿Quieren dejar de planear su vida? ¡Estamos en medio de un combate! – ladró Inglaterra exasperado. En eso, y agradeció a sus reflejos por salvarle la vida… pero los maldijo por salvar la de Francis, logró escapar de la horda enaltecida que acababa con el frágil puesto de madera y con el capataz que en vano intentaba hacer algo productivo.

Little John, viendo que su "Alfombra mágica" estaba poniéndose algo peligrosa, decidió elegantemente huir de esta antes de que tuviesen la oportunidad de estrellarse contra algo un tanto más doloroso. Segundos después estaba impactando contra una torre.

Arthur agarró a Francis, casi como por reflejo y lo sacó del lugar de peligro. En eso escucho al rey gritar en un vano intento de hacer algo más o menos útil en la situación:

- ¡DETENGAN A ESA CHICA! – cuando vio donde estaba escondido, no pudo más que reírse. Juan I de Inglaterra estaba escondido tras un barril de cerveza y estaba recibiendo una flecha en el trasero y un golpe de Lady Cluck en plena cabeza, encajándole la corona que le venía grande. Eso podía considerarse un favor ¿No?

- ¡DETENGAN A LA GORDA!

Hay que aclarar algo sobre Lady Cluck en estos instantes, antes de proseguir con el relato… algo que Arthur vio en sus años mozos y que nunca olvidaría. Verán, Lady Cluck fue la hija menor de una familia de seis hermanos, todos orgullosos miembros de la corte y por lo tanto tenían la debida conciencia de la existencia de un joven inmortal que representaba a su nación pululando por el castillo. A diferencia del resto, Cluck había siempre querido acercarse al joven inmortal, por razones que en esos momentos Arthur desconocía. Con el tiempo ambos se hicieron amigos y compartieron su adolescencia, juntos. Fue en esos instantes que Arthur conoció la maravilla que llamaban "Peleas de Bar" y Lady Cluck, aunque la verdad que por este relato el título de "Lady" queda algo… obsoleto por decirlo menos, conoció la satisfacción de enterrar su puño en la cara de alguien. Un hermoso pasatiempo para las noches de ocio de ambos, y un buen liberador de estrés. Gracias a eso Lady Cluck había conseguido una fuerza destacable y una pasión por arrasar con hombres debiluchos, que sencillamente entretenía a Arthur a más no poder.

Es por ello también, que cuando unos cuatro soldados se fueron en su contra, la mujer, arremetiendo contra ellos con todo su cuerpo y fuerza adquirida por años de estrellar caras contra mesas y romper sillas en la cabeza de los comensales del bar de la esquina, logró dejarlos en vergüenza porque una dama de corte había logrado empujarlos y sacarlos del camino con una facilidad alarmante. Arthur decidió hacer una nota mental para cuando Ricardo volviese… esos soldados necesitaban un buen entrenamiento, entre menos de seis personas habían arrasado con ellos como un niño que arrasa con un agujero de conejos.

Los vítores de la gente se escuchaban, para Robin, para Lady Cluck, para una Inglaterra libre. Vitores leales a una corona no ultrajada, para una corona firme y deseada. Para un héroe que podía contra un ejército por su cuenta… Para Robin Hood.

- ¡Viva Robin! ¡Viva!

- ¡Eso! ¡Viva!

Los bandoleros y traidores huyeron al bosque de Sherwood con pronta impaciencia y el último grito de exclamación por una victoria merecida, fue el de Lady Cluck celebrando:

- ¡VIVA ROBIN! ¡VIVA EL REY RICARDO!

Francis miró a su captor, Arthur y le preguntó alzando una ceja, mientras se escabullían por el bosque.

- ¿Sabes que tengo que volver con mi rey, cierto?

- Oh cierra la trampa sapo y disfruta la euforia – rió Arthur soltándolo y dándole un confianzudo empujón a Little John en el costado.

- ¡Mira Robin! ¡El mozuelo ahora nos quiere!

Y Robin, para variar, se echó a reír a carcajadas en el día más feliz de su vida.