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—Déjalo ya, ¿vale? Así jamás los encontraremos. Tendremos que esperar y… No te preocupes, ¿de acuerdo?

—No, Ron. ¿No lo entiendes? Se nos acaba el tiempo. Según la directora McGonagall tendríamos que irnos este domingo. Ya han pasado dos semanas desde que los objetos desaparecieron y no hemos encontrado a ningún alumno que tenga alguno.

—Oye, si todo va como estaba planeado, si hemos actuado correctamente, los tres enviados que quedan aparecerán.

—Sí… sí, tienes razón. Sólo… debemos esperar.

Tras terminar de desayunar, fueron a la primera clase del día, Encantamientos. Hermione pronto dejó de pensar en los enviados, pues una vez más, una chica de Ravenclaw contestaba a todas las preguntas del profesor Flitwick, adelantándose a ella.

—¿Qué te pasa? —preguntó Ron.

—Es esa chica. Se adelanta a todos mis intentos de contestar a las preguntas de Flitwick. Lo sabe todo...

—¿En serio?

—Sí, desde hace unas semanas. Lo peor de todo es que nunca ha sido una buena alumna, pero de repente es como si se hubiese vuelto inteligente de la noche a la mañana.

La joven resopló, pero Ron se quedó mirando a la chica durante un rato.

—¿Esa es Lisa Turpin, verdad? —su novia asintió mientras escribía con fuerza sobre el pergamino —. Es de Ravenclaw y parece haberse vuelto muy inteligente. ¿Desde hace cuanto que te interrumpe?

—Unas dos semanas, más o menos, ¿por qué?

—Creo… creo que ella es quien tiene la diadema —se quedó mirando a Hermione, quien de repente miraba a Turpin de manera distinta.

Horas después estaban en la biblioteca. Se habían decidido a buscar información sobre los objetos de los fundadores. No lo habían hecho antes porque sabían las características de cada objeto, pero no las conocían a fondo. Creían que la diadema tenía que utilizarse a diario, pero Turpin no la llevaba encima en la clase.

Sin embargo, tras comprobar varios libros, no encontraron nada nuevo.

—¿Crees que será ella? —preguntó Ron —. Es decir, no podemos soltarle todo ahora. ¿Y si simplemente se ha aplicado con los estudios?

—No es por alardear, pero no puede ser tan inteligente en pocas semanas y superarme —. Estuvo en silencio un momento —. Tengo una idea. Tu busca algo más mientras voy a ver a alguien.

—Está bien, luego te veo.

Salió con paso firme de la biblioteca. Justo a la salida se encontró con un viejo amigo.

—Hola, Sir Nicholas.

—Hermione, qué alegría volver a verte. ¿Necesitas ayuda?

—La verdad es que sí. Me preguntaba si podría indicarme dónde se encuentra el fantasma de Helena Ravenclaw, la Dama Gris.

Sir Nicholas se quedó mirándola un momento. Era evidente que esperaba brindarle toda la ayuda necesaria él mismo y no otro fantasma, menos uno de una Casa distinta.

—Esto… sí, claro, te conduciré hasta ella. Sígueme. Aunque si necesitas los servicios de un fantasma, yo puedo ayudarte.

—Es usted muy cortés, Sir Nicholas, pero es a la Dama Gris a quien necesito ver. No se ofenda.

Sir Nicholas rio, provocando que le temblase la cabeza, unida al cuello por media pulgada de piel y nervio. Al rato llegaron a un pasillo del cuarto piso, donde el fantasma de la Dama Gris se encontraba.

—Buenas tardes, Helena. Necesitamos tu ayuda.

—Sir Nicholas —la joven inclinó la cabeza —. ¿En qué puedo ayudarle?

—Esta joven quiere preguntarle algo. Si me disculpan… —el fantasma desapareció a través de una pared. La Dama Gris, por su parte, esperó pacientemente a que Hermione le preguntase.

La joven se acercó hasta el fantasma.

—Lady Ravenclaw, quería preguntarle acerca de… la diadema de su madre.

—Tengo entendido que la diadema fue destruida. Carece ya de todo poder…

—No me interesa ponérmela ni nada eso. Sólo quiero preguntarle por algunas de sus cualidades. En concreto, sé que otorga una gran inteligencia pero… ¿es estrictamente necesario llevarla siempre puesta?

Helena Ravenclaw negó con la cabeza.

—La diadema confiere inteligencia a su dueño, incluso si este no la lleva puesta.

—Entiendo… Su efecto es inmediato, ¿no es así?

—Sí, por supuesto. ¿Algo más? —Hermione no deseaba saber más. Se despidió y se dio la vuelta para marcharse, pero la Dama Gris habló de nuevo —. La recuerdo de entonces, señorita Granger.

Hermione se dio la vuelta, extrañada.

—¿Qué ha dicho?

—Hace mil años. Usted llegó con otros jóvenes y le dijo a mi madre y a sus compañeros que debían construir este colegio.

Hermione caminó hasta ella.

—Dígame, ¿conoce usted a los enviados?

—No me está permitido revelar esa información. Sólo usted puede y debe averiguarlo. Se nos prohibió a los implicados aquella época que no dijésemos nada mil años después. Sólo quedamos el Barón Sanguinario y yo… Y celosamente guardamos el secreto.

—¿Quién se lo dijo? ¿Quién se lo pidió?

La Dama Gris sonrió con sorna.

—Usted. Buenas tardes, señorita Granger.

Y desapareció por la misma pared que Sir Nicholas. Hermione, confusa, se marchó de allí. Llegó hasta la biblioteca, pero un tercer fantasma le interrumpió el camino. Con su ropa de caballero, espada colgando de su cinturón y con una mancha plateada en el pecho, a la altura del corazón, el Barón Sanguinario la contemplaba de manera altiva.

—Tengo entendido que ha hablado usted con Helena. ¿No desea hablar conmigo?

—Usted no puede darme información sobre diademas, Barón. No necesito su ayuda, en verdad.

—¿Ni siquiera para saber quiénes son los enviados?

Hermione miró al Barón a los ojos. Este sonreía de manera pícara.

—Usted ya conoce a uno, el señor Weasley. Y cree que Turpin podría ser otra. Pero no tiene ni idea de quiénes son los otros dos. Y el tiempo se agota.

—La Dama Gris me ha dicho que no pueden revelarme esa información. Que tengo que averiguarla por mi misma.

—Sí, pero yo soy fui un Slytherin en vida. No atiendo a lealtades ni cumplimientos de promesas. Sólo me debo a mí. ¿Qué importancia tiene que sepa usted los nombres de los enviados? ¿No cree que eso ayudará en su tarea? ¿Qué puede cambiar un poco de información?

—Puede cambiarlo todo, Barón. Sinceramente, creo que puedo encontrarlos.

El Barón sonrió.

—Un auténtico espíritu Gryffindor, señorita Granger. En verdad me dijo usted hace mil años que se negaría a saber esta información como me había dicho que se negó entonces. Le deseo suerte pues en que encuentre a todos los enviados. El destino de todos está en sus manos.

Y dicho esto, desapareció. Hermione, por su parte, volvió a la biblioteca, donde encontró a Ron.

—¿Has averiguado algo? —preguntó Ron.

—Mucho y más. Creo que Turpin es la enviada. Nos quedan dos y…

Pero se callaron, porque detrás de una de las estanterías escucharon voces. Parecían venir de un grupo compacto, como si estuviesen hablando para ellos solos.

—Sí, una copa de oro. No sé de dónde la ha sacado.

—Ernie, a lo mejor suya. O la ha heredado.

—Susan, no me gusta decir estas cosas, pero Hannah es pobre. Su familia no tiene mucho dinero. Y esa copa… debe de ser carísima. Además, tiene el tejón de Hufflepuff. Yo creo que podría ser una reliquia de la Casa y… Hermione, Ron, me alegro de veros. ¿Queríais algo?

—Hola, Ernie. Perdona que te interrumpa la conversación pero… ¿quién tiene esa copa?

—Oh, pues la copa la tiene Hannah. Hannah Abbott. Pero no creo que sea suya, simplemente pienso que…

—Gracias, Ernie —Hermione se dio la vuelta rápidamente, seguida de Ron.

—¿Otra enviada?

—Ella tiene la copa, Ron. Tiene que ser otra enviada. Estamos cerca de encontrarlos a todos. Rápido, vayamos a ver a la directora para decirles nuestras nuevas.

Minutos después la directora estaba enterada de todo. Apenas media hora bastó para que trajese a Lisa Turpin y a Hannah Abbott al despacho. Tenían orden, además, de traer un objeto de reciente adquisición. Lisa traía la diadema de Ravenclaw y Hannah la copa de Hufflepuff.

—¿Dónde han encontrado esto? —preguntó a la directora.

—Llegó a mí hace dos semanas, como una bola de fuego que se apagó en mi presencia. No tenía ni idea de lo que era en realidad —confesó Lisa. Hannah asintió igualmente —¿Ocurre algo malo?

—Minerva —habló Dumbledore —. Es la hora.

Todos se miraron entre sí.

—¿La hora? ¿La hora de qué? —preguntó Hermione, aunque temía saber la respuesta —. ¿Acaso tenemos que irnos ya?

Dumbledore asintió.

—Así es.

—Pero ustedes dijeron que nos iríamos este domingo. Y nos falta un último enviado. No… no puede ser. Aún es demasiado pronto.

—Lo siento, señorita Granger, pero hemos de partir ya. Acompáñenme.

Lisa y Hannah no entendían nada, pero acompañaron a la directora, Ron y Hermione. Esta caminaba a la altura de la directora.

—¿Cómo es posible? ¿Qué esperan que hagamos si nos falta un enviado?

Minerva McGonagall se detuvo y contempló a Hermione.

—Señorita Granger, no pasará nada porque usted sepa esto. Inicialmente usted parte al pasado con sólo tres enviados. El cuarto y último enviado se unirá con ustedes cuando estén allí.

—Perdone, pero… ¿a dónde vamos? —quiso saber Hannah.

—Lamento no habérselo podido explicar a tiempo, señoritas, pero deben embarcarse en una misión. Confíen en la señorita Granger y el señor Weasley. Ellos les explicarán todo lo que necesiten saber. Vamos, ya hemos llegado.

Se detuvo delante de una pared, enfrente de donde debería estar la entrada a la Sala de los Menesteres. Cerró los ojos y se quedó pensativa un instante hasta que una puerta se materializó frente a ellos. La abrió. En su interior había una simple habitación.

—Ahora entren. Todos. Cuando cierre la puerta y ustedes la abran desde dentro, habrán retrocedido mil años. Tengan cuidado.

—Pero… —dijo Lisa.

—No hay tiempo. Repito, confíen en Weasley y Granger. Ellos se lo explicarán todo. Rápido, entren —uno a uno accedieron a la sala. Antes de cerrar la puerta, la directora miró a Hermione —. Buena suerte, señorita Granger.

Y la puerta se cerró. La oscuridad cubrió toda la sala y a todos los que estaban en ella, hasta que la luz se coló por los resquicios de la puerta. Hermione tragó saliva y la abrió. Una fuerte ráfaga de viento le golpeó la cara. Los olores de un bosque, lluvia y hierba húmeda penetraron en sus orificios nasales.

Salió de la estancia. Donde antes había un pasillo enorme, paredes de piedra y ventanas, ahí simplemente había un gran bosque. Cuando salieron todos y la puerta se cerró, esta desapareció. Si todo había salido bien, habían retrocedido mil años en el tiempo.