Hola chicas no me maten sé que me he tardado pero me ha sido imposible actualizar, pero al fin aquí está el siguiente cap. Espero que lo disfruten bueno como les dije los personajes no son míos son de Stephanie Meyer y la Historia la estoy adaptando de la novela de Sophie Kinsella.
Capitulo 7
Después de ese tiempo en el elevador con Edward, el día me pareció extraño, me sentía tan agitada como una de esas bolas de cristal con nieve. Era de lo más feliz siendo un aburrido pueblecito suizo, ya saben la bola están tan tranquila, con sus figuritas en medio y llega Edward Cullen, me sacude y ahora tengo copos de nieve en todas partes, que se arremolinan sin saber qué pensar.
Y motitas relucientes también. Pedacitos de emoción secreta y brillante.
Cada vez que lo miro a los ojos del color mas verde y brillante u oigo su voz algo me atraviesa el pecho.
Lo que no deja de ser ridículo.
Jacob es mi novio, mi futuro. Me quiere y yo lo quiero a él. Vamos a vivir juntos. Tendremos suelos de madera, contraventanas y encimeras de granito.
Basta con las tonterías con el señor Cullen
Llego a casa y me encuentro a Alice arrodillada en el salón, ayudando a Jessica a ponerse el vestido de ante negro más ajustado que he visto en mi vida.
-¡Qué estas pensando! -exclamo dejando el bolso.
-Ya está. Ya he subido la cremallera. ¿Puedes respirar? -pregunta Alice echándose hacia atrás y sentándose en los talones.
Jessica no mueve un solo músculo y Alice y yo nos miramos.
-¡Jessica! -grita Alice alarmada-. ¿Estás bien?
-No del todo. Pero no pasa nada.
Muy despacio, con el cuerpo rígido, se acerca tambaleándose a la silla en la que está su bolso de Louis Vuitton.
-¿Qué ocurrirá si te entran ganas de ir al baño? -suelta Alice con un una risita.
-¿O si acabáis en su casa? -digo.
-Sólo es nuestra segunda cita; no iré a su casa. Así no se consigue un anillo en el dedo -contesta horrorizada, casi sin aliento.
Es ilógico que ella se arregle así si no podrá disfrutar de nada, solo para impresionar…
-¿Y si quiere ir a bailar? -comenta Alice con malicia.
Una expresión de pánico atraviesa la cara de Jessica, pero desaparece enseguida.
-No lo hará, no es de los que bailan…es mas un hombre de negocios -contesta desdeñosa.
-Tienes razón. Que te diviertas-, contesto pero no puedo dejar de pensar en si Edward Cullen bailaría, ¿Cómo lo haría?, seria sensual mover el cuerpo al compás del suyo… ¡Bella!
Después de que saliera Jessica, Alice y yo decidimos salir, tomar unos tragos y platicar un poco, noche de chicas.
-¿Qué tal el trabajo? -le pregunto a Alice tomando un sorbo a mi Daiquiri
-Muy bien. Ayer se termino la casa de Jersey-contesta con naturalidad.
-¿Qué tal tu hombre?
Sé que se refiere a Edward, pero no quiero admitir que es la primera persona en quien he pensado, cuando se cruzan las palabras mí y hombre, así que me hago la tonta y pregunto:
-¿Quién, Jacob?
-No, tonta. El desconocido del avión. El que lo sabe todo de ti.
-Ah, ése. -Siento que mis mejillas empiezan a enrojecer y bajo la vista hacia el posavasos.
-Sí. ¿Has conseguido no tropezarte con él?
-No, no me ha dejado sola un momento.
Me callo porque el camarero se acerca con otros dos daiquiris. Cuando se va, Alice me mira fijamente.
-¿Te gusta?
-Pues no. Me desconcierta, eso es todo. Es una reacción lógica. A ti te pasaría lo mismo.
Bueno. Sólo tengo que aguantar hasta el viernes; por fin se va.
-Y entonces te marcharás con Jacob. -Toma un sorbo de su copa y se inclina hacia delante-. ¿Sabes?, creo que va a pedirte que te cases con él.
Noto una ligera sacudida en el estómago; debe de ser porque la bebida se dirige a algún sitio.
-Tienes suerte -continúa pensativa-. El otro día me puso unas estanterías en la habitación sin que se lo dijese. ¿Cuántos tíos harían algo así?
-Ya, es una monada. -Nos quedamos en silencio y comienzo a partir el posavasos en pedacitos-. Supongo que lo que pasa es que nuestra historia ya no es tan romántica como antes.
-No puedes esperar que lo sea toda la vida. Las cosas cambian. Es normal que vuestra relación sea más estable.
-Ya sé. Somos dos personas maduras y prudentes que mantienen una relación cariñosa y sensata, justo lo que quiero en esta vida. Excepto por... -Me aclaro la voz, un tanto avergonzada-. Ya no hacemos el amor a menudo.
-Eso es habitual en los noviazgos a largo plazo. Necesitas darle un poco de marcha.
-¿Cómo?
-¿Has probado las esposas?
-Pues no. ¿Y tú? -le pregunto fascinada.
-Hace mucho tiempo -contesta como si nada-. No son tan... Bueno, ¿por qué no experimentáis con algo diferente? Echad un polvo en el trabajo.
Ésa sí que es una buena idea. Qué lista que es.
-Vale, lo intentaré.
Busco en el bolso, saco un bolígrafo y me apunto «SEXO TRABAJO» en la mano, al lado de «RECORDAR: CARIÑO».
De repente me siento invadida por un renovado entusiasmo. Es un plan brillante. Mañana me lo haré con Jacob en la oficina; será la mejor experiencia sexual que hayamos tenido jamás, saltará la chispa y volveremos a estar locamente enamorados. Eso le enseñará a Edward Cullen.
No, no tiene nada que ver con él. No sé por qué lo he mencionado. Ese hombre me va a volver loca
Sólo hay un pequeño inconveniente. Hacerlo con tu novio en horas laborables no es tan fácil como se cree. Jamás me había fijado en lo diáfana que es nuestra empresa, en la cantidad de separaciones de cristal que hay ni en el montón de gente que pulula por ella a todas horas.
A las once de la mañana del día siguiente todavía no he conseguido urdir un plan. Había pensado en hacerlo detrás de una planta o algo así, pero, ahora que las miro, son minúsculas y nada frondosas. No hay forma de esconderse tras ellas para un buen meneo.
En el lavabo tampoco podemos. En el de chicas siempre hay gente cotilleando o maquillándose y en el de chicos... ¡Agh! Ni hablar.
En la oficina de Jacob es imposible porque todas las paredes son de cristal y no tiene cortinas ni nada parecido. Además, siempre hay alguien que entra o sale para coger cosas del archivador.
Esto es ridículo. Me imagino que quienes tienen aventuras se lo montan en el trabajo a todas horas. ¿Habrá alguna habitación que no conozco para cuestiones relacionadas con el sexo?
No puedo escribirle un correo electrónico a Jacob para pedirle sugerencias porque es imprescindible que lo pille desprevenido. El elemento sorpresa actuará como un fabuloso afrodisíaco y todo será apasionado y romántico. Además, si se lo cuento, corro el riesgo de que le entre la vena corporativa e insista en que pidamos una hora libre no remunerada para hacerlo.
Me estoy preguntando si podríamos ir a hurtadillas a la escalera de incendios cuando Garret sale de la oficina de Eleazar para preguntar algo sobre márgenes.
Doy un respingo. Después de la gran reunión de ayer, llevo todo el día reuniendo el coraje necesario para proponerle una cosa.
-Garret. Las barritas Vampire son un producto del que te ocupas tú, ¿verdad?
-Si se las puede llamar así...
-¿Van a dejar de hacerlas?
-Casi seguro.
-Mira, ¿podría utilizar una mínima parte del presupuesto de marketing para incluir un vale en una revista? Pone los brazos en jarras y me mira extrañado.
-¿Qué?
-Un poco de publicidad. No saldrá muy caro, te lo prometo. No se enterará nadie.
-¿Dónde?
-En Encuentros en la bolera, a la que está suscrito mi abuelo-le explico sonrojándome.
-¿Qué?
-Por favor. No tienes que ocuparte de nada. Lo organizaré todo yo. Comparado con el resto de la propaganda que hacéis, será como una gota de agua en el océano. Por favor.
-De acuerdo. De todas formas, es un caballo perdedor.
-Gracias -contesto con una sonrisa. Cuando se aleja, descuelgo rápidamente el teléfono para llamar al abuelo-. Hola -digo cuando salta el contestador automá a poner un cupón de descuento para las barritas que tanto te gustan en la revista de los bolos. Díselo a todos tus amigos. Podréis comprarlas más baratas. Nos vemos pronto. Besos.
-¿Bella? -retumba su voz de pronto-. Estoy aquí. Estaba espiando.
-¿Espiando? -repito esforzándome en no parecer sorprendida.
-Es mi nuevo hobby. ¿No lo conoces? Escuchas cómo tus amigos te dejan un mensaje y te ríes un rato. Es muy divertido.
-Eres único Abuelo. Te llamaré pronto. Un beso.
-Otro para ti.
Cuando cuelgo, me siento satisfecha. Una cosa resuelta.
Ahora, ¿qué hago con Jacob?
-Tengo que ir a mirar en el archivo -dice Ángela en voz alta, y levanto la cabeza.
¡El archivo! Pues claro. Allí nunca va nadie, a menos que sea absolutamente imprescindible. Está en el sótano y es un sitio oscuro, sin ventanas, con montones de libros viejos y revistas, en el que uno acaba arrastrándose por el suelo para encontrar lo que busca.
Es perfecto.
-Si quieres voy yo. ¿Qué necesitas? -me ofrezco intentando no parecer interesada.
-¿De verdad? Gracias, Bella. Es un anuncio en una revista que ya no se publica. Aquí tienes la referencia.
Me da un trozo de papel y lo tomo llena de emoción. Cuando se va, levanto el auricular recatadamente y marco el número de Jacob.
-Hola -digo en voz baja y ronca-. Ve al archivo, quiero enseñarte una cosa.
-¿Qué?
-Ve allí -le pido sintiéndome como Sharon Stone.
¡Ja! Me espera un buen polvo.
Recorro el pasillo tan deprisa como puedo, pero al pasar por Administración se me acerca Wendy Smith y me pregunta si me gustaría jugar en el equipo de baloncesto femenino, así que tardo unos minutos en llegar al sótano. Cuando abro la puerta, veo a Jacob mirando el reloj.
Pues vaya, había planeado ser yo quien estuviera esperando. Me iba a sentar en una pila de libros, que habría amontonado antes, con las piernas cruzadas y la falda ligera y seductoramente subida...
Qué le vamos a hacer.
-Hola -lo saludo con el mismo tono ronco.
-Hola -contesta frunciendo el entrecejo-. ¿De qué va todo esto? Tengo un día muy liado.
-Sólo quería verte, a ti y a todo tu cuerpo. -Cierro la puerta con gesto desinhibido y le deslizo un dedo por el pecho, como en los anuncios de masaje para después del afeitado-. Ya no hacemos el amor dejándonos llevar por el instinto.
-¿Qué?
-Venga -lo animo desabotonándole la camisa con expresión sexy-. Hagámoslo aquí, ahora.
-¿Estás loca? -pregunta apartándome las manos y abrochándose otra vez-. ¿En horas de trabajo?
-¿Y qué? Somos jóvenes, se supone que estamos enamorados.- Bajo la mano todavía más y se le abren los ojos de par en par.
-Detente -susurra-. ¿Estás borracha o qué?
-Sólo me apetece un revolcón. ¿Te parece mucho pedir?
-¿Y qué tal si utilizamos la cama como la gente normal?
-Pero si tampoco la usamos. Quiero decir, casi nunca. Se produce un profundo silencio.
-Bella, no es el momento ni el sitio adecuado.
-Podría serlo. Alice me dijo que sería una forma de que volviera a saltar la chispa.
-¿Hablas de nuestra vida sexual con ella? -pregunta estupefacto.
-No mencioné nuestros nombres -replico retrocediendo rápidamente-. Fue una conversación sobre parejas en general, y, según ella, hacerlo en el trabajo es muy estimulante. Venga, Jacob. -Me acerco a él contoneándome y meto una de sus manos debajo de mi sujetador-. ¿No te excita pensar que podría aparecer cualquiera?
Al oír unos pasos enmudezco.
Mier….
-Viene alguien -dice Jacob entre dientes, y se aparta de mí, pero su mano sigue en el mismo sitio. Me mira horrorizado-. No puedo soltarme. El maldito reloj se ha enganchado en tu sostén. Joder, no consigo sacar la mano.
-¡Tira!
-¿Qué crees que estoy haciendo? ¿Dónde hay unas tijeras? -pregunta mirando angustiado por todas partes.
-No me cortes el sostén -le ordeno espantada.
-¿Se te ocurre algo mejor? -replica tirando con más fuerza, y doy un grito ahogado.
-¡Para! ¡Lo vas a romper!
-Me da igual. ¿Eso es lo que más te preocupa?
-Nunca me ha gustado ese reloj. Si te hubieras puesto el que te regalé...
Me callo. Los pasos se oyen cada vez más cerca. Están casi en la puerta.
-¡Diablos! -exclama Jacob moviendo la cabeza como un loco-. Diablos, diablos diablos.
-¡Cálmate! Nos meteremos en un rincón. A lo mejor ni entra.
-Ha sido una idea genial, Bella -susurra enfurecido mientras nos arrastramos hacia un lado precipitada y torpemente-. Genial.
-¡A mí no me eches la culpa! Sólo quería que hubiera un poco de pasión en nuestra...
Cuando la puerta se abre, me quedo de piedra. ¡No!
La impresión me ha dejado descolocada.
Edward Cullen está en el umbral con un fajo de revistas viejas. Nos observa despacio y se fija en la expresión de enfado de Jacob, que sigue con la mano en mi pecho, y en la agonía que refleja mi rostro.
-Señor... Cullen -tartamudea Jacob-. Lo... siento mucho. No estábamos... Ejem... Me gustaría decirle que estoy, estamos muy...
-Seguro que lo están -lo interrumpe Edward con cara inexpresiva e impenetrable y una voz más seca que de costumbre-¿Podrían vestirse antes de volver a sus puestos de trabajo?
La puerta se cierra tras él y permanecemos inmóviles, como figuras de cera.
-¿Quieres sacar la maldita mano de mi seno? -grito, repentinamente furiosa con Jacob. Mi deseo sexual ha desaparecido y me siento cabreada conmigo, con él y con todo el mundo.
Solo deseo que todo vuelva a la normalidad.
La semana pasa mas rápido de lo que yo me hubiera imaginado y es ya fin de semana, Edward Cullen se va hoy.
Gracias a Dios. Porque la verdad es que ya no aguanto nada más de... él. Si consigo mantener la cabeza agachada, evitarlo hasta las cinco y media de la tarde y salir disparada por la puerta, todo irá bien. La vida volverá a la normalidad y dejaré de sentirme como si a mi radar lo hubiera desviado una fuerza magnética invisible.
No sé por qué estoy irritable y malhumorada. Porque, a pesar de que casi me muero de vergüenza, la cosa acabó bastante bien. En primer lugar, no parece que vayan a despedirnos por "hacerlo", (ni siquiera llego a intento) en el trabajo, que era lo que más temía. Y en segundo, mi fantástico plan funcionó. En cuanto volvimos a nuestros puestos, Jacob empezó a enviarme correos electrónicos para disculparse. Por la noche hicimos el amor, dos veces. Con velas perfumadas.
Habrá leído en algún sitio que a las chicas nos gustan las velas para hacer el amor, quizá en Cosmopolitan. Porque cada vez que las saca, me mira como diciendo: « ¿A que soy un tipo único?», y tengo que exclamar: « ¡Oh, velas perfumadas, qué detalle!»
No me malinterpreten; no me molestan, pero ¿hacen algo en particular? Simplemente están ahí y se consumen. A veces, en el momento crucial me da por pensar: «Espero que no se caigan y lo quemen todo», lo que me distrae bastante.
Da igual, el caso es que lo hicimos
Y esta tarde vamos a ir a ver un piso. No tiene suelos de madera ni contraventanas, pero sí un jacuzzi, lo que me parece genial. Así que las cosas se van arreglando. No sé por qué estoy enfadada. No sé lo que...
«No quiero vivir con Jacob», dice una vocecita en mi cerebro antes de que pueda acallarla.
No, eso no es verdad. Jacob es perfecto. Todo el mundo lo sabe. «Pero no quiero...»
Cállate. Somos la pareja perfecta. Hacemos el amor con velas perfumadas, damos largos paseos por el río y los domingos leemos el periódico mientras tomamos café en pijama. Como todas las parejas perfectas.
«Pero...» Cierra el pico.
Trago saliva. Mi novio es lo mejor que tengo en esta vida. Sin él, ¿qué me quedaría?
Suena el teléfono y me saca de mi ensimismamiento.
-Hola, ¿Bella? -dice una voz seca que me es familiar-. Soy Edward Cullen
El corazón me da un vuelco y casi tiro el café. No lo he vuelto a ver desde el incidente del sujetador. Y no quiero volver a verlo.
No debería haber contestado al teléfono.
De hecho, hoy no debería haber venido a trabajar.
-¡Ah! Esto..., hola.
-¿Te importaría venir a mi despacho un momento?
-¿Yo? -pregunto nerviosa.
-Sí, tú.
Me aclaro la voz. -¿Quiere que lleve algo?
-No.
Cuelga, y me quedo mirando el aparato mientras un escalofrío me recorre la columna vertebral. Todo iba demasiado bien para ser verdad. Al final sí que me va a echar. Flagrante... negligencia... Negligente ordinariez...
Al fin y al cabo, que te pillen en el trabajo con la mano de tu novio metida en el sujetador es de bastante mal gusto.
Bueno, no puedo hacer nada.
Inspiro profundamente, me levanto y me dirijo al undécimo piso. En la puerta de su oficina hay una mesa, pero detrás de ella no hay secretaria, así que me acerco y llamo con los nudillos.
-Adelante.
Abro con cuidado. La habitación, recubierta con paneles de madera, es amplia y luminosa, y Jack está en una mesa circular con seis personas más. Nunca las había visto. Todas tienen papeles delante y beben agua; el ambiente parece tenso.
¿Las habrá reunido para que vean cómo me despide? ¿Será una especie de cursillo de cómo se echa a los empleados?
-Hola -saludo intentando mostrarme lo más tranquila posible, pero me arde la cara, sé que me he sonrojado.
-Hola -contesta Edward, y una sonrisa torcida aparece en su rostro-. Bella, relájate. No tienes que preocuparte por nada. Sólo quería preguntarte una cosa.
-Muy bien -digo sorprendida.
Vale, ahora sí que no entiendo nada. ¿Qué demonios querrá? Saca una hoja y la levanta para enseñármela.
-¿Qué ves en esta foto?
Demonios!!
Es la peor de las pesadillas. Como cuando fui a una entrevista en el Laines Bank, me pusieron delante un garabato y yo dije que me parecía un garabato.
Todo el mundo me está observando, así que me gustaría acertar. Si supiera lo que es, claro.
Miro la imagen con el corazón a toda velocidad. Es un dibujo de dos objetos redondos con forma irregular. No tengo ni la más remota idea de lo que puede ser. En absoluto. Quizá... Son...
De repente lo veo.
-Son frutos secos. Dos nueces.
Edward se echa a reír y dos de sus acompañantes sueltan unas risitas apagadas, que ahogan rápidamente.
-Bueno, creo que eso prueba mi teoría-concluye Edward.
-¿No lo son? -pregunto mirando abochornada hacia la mesa.
-Se supone que son ovarios -me aclara un hombre que lleva unas gafas sin montura.
-¿Ovarios?-Examino la hoja-. Bueno, ahora que lo dice... Sí...
-Nueces -repite Edward secándose los ojos.
-Ya le he explicado que forman parte de una serie de representaciones simbólicas de la feminidad -interviene un tipo delgado en actitud defensiva-. Los ovarios se identifican con la fertilidad. Como un ojo con la sabiduría; un árbol con la madre tierra...
-La idea es que pueden utilizarse para toda la gama de productos -continúa una mujer de pelo negro inclinándose hacia delante-: bebida tonificante, ropa, perfume...
-El mercado objetivo responde bien ante las imágenes abstractas -añade el tipo de las gafas-. Las encuestas han demostrado que...
-Bella -me reclama Edward de nuevo-. ¿Comprarías una bebida en la que se vieran ovarios?
-Esto... -Me aclaro la voz, consciente de que un par de caras hostiles me están observando-. Bueno, seguramente no.
Algunos intercambian miradas.
-No me parece relevante -murmura uno de ellos.
-Edward, en esto han estado trabajando tres equipos creativos. No podemos empezar de cero otra vez -afirma muy seria la mujer del pelo negro.
Él toma un trago de agua, se limpia los labios y la mira.
-Yo inventé el eslogan «Muerde lo que quieras» en dos minutos y lo único que necesité fue una servilleta de bar.
-Sí, lo sabemos -asegura el tipo de las gafas.
-No vamos a vender refrescos con dibujos de ovarios. -Espira con fuerza, se pasa la mano por la despeinada cabeza y echa la silla hacia atrás-. Hagamos una pausa. Bella, ¿te importaría ayudarme a llevar todas estas carpetas a la oficina de Sven?
Dios, ¿de qué habrá ido toda esta historia? No me atrevo a preguntar. Edward me precede por el pasillo hasta el ascensor, entramos y él aprieta el botón del piso noveno sin decir nada. Tras un par de segundos, pulsa el botón de emergencia y nos detenemos. Entonces me mira fijamente.
-¿Eres la única persona que está en su sano juicio en todo el edificio?
-Pues...
-¿Qué ha pasado con el instinto? ¿Es que no hay nadie que sepa distinguir entre una idea buena y una mala? ¡Ovarios!, a la mierda con los ovarios.
No logro contenerme. Parece escandalizado y la forma en que ha pronunciado esas palabras me resulta tan cómica que me echo a reír sin darme cuenta. Él se queda parado un momento, pero enseguida se le contrae la cara y empieza a reírse también. Al hacerlo, los ojos le brillan como un niño lo que le da un aire mucho más gracioso.
No puedo detenerme. Resoplo, me duelen las costillas, y cada vez que lo miro vuelvo a estallar.
-Bella, ¿qué haces con ese tipo?
-¿Qué? -pregunto riéndome todavía, hasta que veo que él está serio. Me observa con una expresión imposible de descifrar. -¿Por qué estás con él?
Las carcajadas se esfuman, y me aparto el pelo de la cara.
-¿A qué se refiere? -pregunto para ganar tiempo.
-A Jacob Black. No te hará feliz. No va a satisfacerte.
Me siento muy incómoda.
-¿Quién lo ha dicho?
-Lo conozco. He estado en una reunión con él y he visto cómo funciona su cerebro. Es un tipo bueno, pero tú necesitas algo más. Creo que realmente no quieres vivir con él, pero tienes miedo de romper la relación.
Estoy indignada. ¿Cómo se atreve a leerme el pensamiento y a... equivocarse tanto?
-Me parece que está en un error -replico de manera cortante-. De hecho, estaba en mi mesa pensando en las ganas que tengo de estar con él.
Toma, para que aprendas.
Él sacude la cabeza.
-Necesitas alguien con chispa, alguien que te estimule.
-Ya le he aclarado que lo que dije en el avión no era verdad. Jacob me estimula. Cuando nos vio estábamos muy apasionados, ¿no?
-Ah, aquello. Supongo que era un intento desesperado por reavivar vuestra vida sexual.
Lo miro furiosa.
-¡Pues no! -Prácticamente le escupo-. Fue un simple... arrebato espontáneo de pasión.
-Perdón, me he equivocado -se disculpa.
-De todas formas, ¿por qué se preocupa? ¿Qué más le da si soy feliz o no?
Nos
quedamos en silencio y noto que estoy respirando muy rápido. Sus
verdes…oscuros de un modo cautivador se clavan en los míos y
desvío la mirada.
-Yo también me he hecho esa pregunta. Puede
que sea porque compartimos aquel extraordinario viaje. A lo mejor es
porque eres la única persona en esta empresa que no ha fingido en mi
presencia. -Estoy a punto de contestar que si hubiera tenido la
oportunidad, lo habría hecho-. Supongo que lo que quiero decir
es que creo que eres una amiga, y me preocupa lo que les pase a mis
amigos.
-¡Ah! -exclamo, frotándome la nariz.
Cuando estoy a punto de asegurarle que yo también lo siento como a un amigo, añade:
-Además, alguien que se sabe de memoria los diálogos de las películas de Al Pacino es sin duda un perdedor.
Me invade una oleada de indignación y salgo en defensa de Jacob
-No tiene ni idea. ¿Sabe?, empiezo a pensar que habría sido mejor no haberme sentado junto a usted en aquel estúpido avión. Ahora va por ahí diciendo todas esas cosas para provocarme y se comporta como si me conociera mejor que nadie.
-Quizá sea cierto -afirma con ojos centelleantes.
-¿Qué?
-A lo mejor soy la persona que más sabe de ti.
Lo miro con una intensa mezcla de ira y euforia. De repente tengo la impresión de que estamos jugando al tenis o bailando.
-Eso no es verdad -replico en el tono más cáustico del que soy capaz.
-Sé que no te irás con él.
-No es cierto.
-Sí lo es.
-No.
-Sí.
Se echa a reír.
-Por si quiere saberlo, seguramente me casaré con él.
-¿Si? -pregunta como si fuera el mejor chiste que hubiese oído en su vida.
-¿Por qué no? Es alto, guapo, amable y muy... -Me quedo en blanco-. Bueno, es mi vida privada. Usted es mi jefe, sólo me conoce desde hace una semana y, la verdad, no es asunto suyo.
Su risa desaparece, como si lo hubiera abofeteado. Me mira un momento en silencio. Después retrocede y aprieta un botón del ascensor.
-Tienes razón -dice con una voz totalmente distinta-. Tu vida personal no es de mi incumbencia. Me he pasado de la raya, perdona.
Su reacción me llena de abatimiento.
-No quería...
-No, tienes razón-repite con la vista fija en el suelo-. Mañana me voy a Inglaterra. Ha sido una visita muy agradable y me gustaría darte las gracias por toda tu ayuda. ¿Nos veremos en la fiesta de despedida?
-No lo sé.
La atmósfera se ha desintegrado.
Es espantoso, horrible. Querría decir algo. Conseguir que todo volviera a ser como antes, relajado y divertido. Pero no encuentro las palabras.
Llegamos al piso noveno y se abre la puerta.
-Creo que me apaño solo. La verdad es que te he pedido que vinieras sólo por la compañía. -Le entrego las carpetas con torpeza-. Bueno, Bella -continúa con voz seria-, por si acaso no te veo más tarde, me alegro de haberte conocido. -Me mira a los ojos y en su cara revive un destello de la cálida expresión que tenía antes-. Lo digo de corazón.
-Igualmente -aseguro con un nudo en la garganta. No quiero que se vaya. No quiero que esto sea el final. Tengo ganas de proponerle ir a tomar una copa, de apretarle la mano y decirle: «No te vayas.» ¿Qué me está pasando?-. Que tenga un buen viaje -le deseo cuando me estrecha la mano.
Después se gira y se aleja por el pasillo.
Abro la boca un par de veces para llamarlo, pero no tengo nada que decir. Mañana por la mañana él estará en un avión de regreso a su mundo. Y yo me quedaré en el mío.
Paso el resto del día muy triste. Toda la gente habla de la fiesta de despedida, pero yo salgo del trabajo media hora antes. Me voy directa a casa y me preparo un chocolate caliente. Cuando llega Jacob, me encuentra en el sofá con la mirada perdida.
Entra en la habitación e inmediatamente sé que algo ha cambiado.
Él no, en absoluto. Sino yo.
-Hola, ¿vamos? -pregunta tras besarme en la cabeza.
-¿Adónde?
-A ver el piso de Edith Road. Si luego queremos pasar por la fiesta tendremos que darnos prisa. Ah, mi madre nos ha comprado un regalo para la nueva casa. Me lo ha enviado al trabajo.
Me da una caja de cartón; saco una tetera de cristal y la miro desconcertada.
-Las hojas de té se separan del agua con facilidad. Mi madre dice que sale estupendo.
-Jacob. No puedo hacerlo.
-Es muy sencillo, sólo tienes que levantar...
-No -le aclaro cerrando los ojos para acumular valor-. No puedo irme a vivir contigo.
-¿Qué? ¿Ha pasado algo?
-Sí. No. -Trago saliva-. He tenido dudas durante un tiempo y ahora se han confirmado. Seguir adelante sería un acto de hipocresía. No es justo para ninguno de los dos.
-¿Estás intentando decirme que quieres...?
-Quiero dejarlo -afirmo mirando la alfombra.
-No hablas en serio.
-Sí -aseguro, repentinamente angustiada-. No es broma.
-Pero eso es ridículo -protesta dando vueltas por la habitación como un león enjaulado. De pronto se para y me mira-. Es por el viaje en avión.
-¿Qué? -exclamo con un sobresalto, como si me hubiera quemado-. ¿A qué te refieres?
-Desde el viaje a Italia no eres la misma.
-Eso no es cierto.
-Sí lo es. Estás nerviosa, tensa. -Se inclina y me coge las manos-. Creo que estás sufriendo algún tipo de trauma. Deberías ir a un psicólogo.
-¡No lo necesito! -replico apartándome-. Pero tienes razón. Puede que aquel vuelo me afectara. Quizá me ayudó a verlo todo en su justa perspectiva y a comprender algunas cosas. Y una de ellas es que no estamos hechos el uno para el otro.
Lentamente, Jacob se deja caer en la alfombra con el rostro desencajado.
-Pero si todo iba bien. Hemos hecho el amor un montón de veces.
-¿Hay otra persona?
-No -contesto al instante-. Por supuesto que no.
-No eres tú quien habla. Es el estado en que te encuentras. Te prepararé un buen baño caliente y encenderé unas velas perfumadas.
-¡Por favor! -grito-. No más velas. Ya me has oído y has de aceptarlo. -Lo miro a los ojos-. Quiero que terminemos.
-No puedo creerte —replica sacudiendo la cabeza-. Te conozco. Tú no tirarías por la borda una cosa así.
Se calla sorprendido cuando, sin previo aviso, lanzo la tetera al suelo.
Los dos la miramos estupefactos.
-Debería haberse roto -le explico-. Eso habría significado que sí estaba tirando algo importante por la borda.
-Creo que está rota -dice examinándola-. Tiene una grieta. -Déjalo, Jacob.
-Todavía podemos usarla.
-No.
-Le pondré un poco de celo.
-No funcionará -aseguro apretando los puños-. No será lo mismo.
-Ya veo -murmura al cabo de un rato. Creo que por fin lo ha entendido-. Bueno, entonces me voy. Llamaré por teléfono a la inmobiliaria y les diré que...
Se calla y se suena la nariz.
-Muy bien -digo con una voz que no parece mía-. ¿Te importa que no se enteren en la oficina? De momento.
-Claro, no se lo contaré a nadie -acepta de mala gana.
Está a punto de salir por la puerta cuando, de repente, se gira y se busca en los bolsillos.
-Tengo las entradas para el festival de rock -dice con una voz ligeramente quebrada-. Quédate con ellas.
-¿Qué? -pregunto mirándolas horrorizada-. No, son tuyas.
-Tómalas. Sé cuánto te apetece ir.
Me pone las coloridas entradas en la mano y cierra mis dedos sobre ellas.
-Jacob, no sé... qué decir.
-Siempre nos quedará el rock -suspira con voz entrecortada, y cierra la puerta tras él.
Lo había hecho por mí…lo sabia, no amaba a Jacob, no para dar otro pasó y sin embargo aun tranquila había un hueco en mi pecho, algo que me faltaba y tal vez no podría recuperar
Espero que les haya gustado les juro que cuando lo estoy adaptando me muero de la risa pero en fin la ultima opinión la tiene ustedes, chicas una mala noticia no volveré a actualizar pronto porque precisamente hoy entre a exámenes entonces (pero no se preocupen lo sumo son dos semanas lo que me tardo) espero que me dejen una opinión en ese botoncito verde que ustedes tanto conocen.
Adiós
Miss Mckarty
