Yūgen
Capítulo VII
Una diosa en la tierra
Parte 1
Las pesadas puertas de madera maciza forradas de bronce se abrieron de par en par. Seis guardias custodiaban la entrada, embelesados con corazas adornadas y yelmos con almófar. Retrocedieron tres pasos, permitiendo el paso al sequito de mercenarios.
Enormes braseros reposaban a los pies de las columnas colosales de marfil. Piedras preciosas de diferentes tamaños, formas y colores adornaban el techo redondeado, danzando bajo la luz parpadeante que se colaba entre los enormes ventanales. La alfombra azul descendía desde la tarima del trono hasta la entrada de la sala. Las paredes, con perfectos murales, relataban las leyendas de los héroes; un radiante trono de oro yacía bajo el baldaquino, dragones dorados recubiertos de diamantes se enredaban en las cuatro patas de la silla imperial. Las almohadas de azul oscuro tenían preciosos broqueles, dignos de una obra de arte.
La música y las risas murieron cuando los soldados más allegados del rey ingresaron. Su líder comandaba el camino, y ellos obedecían vehementes. Dos comandantes sujetaban el nuevo botín de guerra por los brazos, llevando a rastras a un moribundo muchacho por un camino de vergüenza. Tenía pocas fuerzas para oponerse, pero también para aferrarse a la vida, recordaba muy poco, fragmentos de la batalla aparecían en su mente sin un orden coherente, atormentándolo por sus erróneas daciones, mismas que lo dirigieron a esa situación.
Los ojos le dolían, atisbo del abuso del poder milenario de su familia, un dolor punzante atacaba su espalda, dificultando los movimientos de la espada, delegándolo a un enemigo fácil de vencer. Tenía la certeza de que estaba herido, fue en ese preciso instante que aquellos hijos de puta aprovecharon para trasegar consigo a Sakura y convertirlos a ambos en prisioneros en espera de su destino.
Una serie de sentimientos encontrados lo asechaban desde que fue capturado. Nudos prietos en su estómago y otros más en la garganta se formaban al desconocer el paradero de la pelirosa, varios días habían transcurrido desde la tragedia, y durante ese lapso, no tenía noticias de ella. Intentó ser optimista, en el mejor de los casos, Sakura habría sido rescatada por los soldados que los emboscaron en ese pérfido paraje, eso explicaría su ausencia; no obstante, la peor de las coyunturas le diría que estaba muerta; su cuerpo, transformado en alimento para las aves de carroña.
Movió la cabeza, procurando ahuyentar los pensamientos incoherentes. Desde ese punto, fue capaz de distinguir el rostro del soberano, postrado en el asiento que simbolizaba su poder, ataviado con una túnica clara con bordados refulgentes; diversos anillos ornamentaban sus dedos, un cinturón de tela guarnecía su cintura y de su cuello colgaba un collar de oro, tan pesado como las cadenas que lo sostenían. Sobre la mata de cabellos carmín reposaba una enorme corona, forjada para los emperadores, la cual transmitía absoluta preponderancia. Examinó durante algunos segundos su rostro, irritándose al percatarse de la sonrisa burlona que comenzaba a formarse en la comisura de sus labios.
Tan rápido como los soldados estuvieron a unos cuantos metros del escabel lo dejaron caer de rodillas, tirando de las cadenas para mantenerlo en su sitio, emitiendo una serie de burlas que avivo las carcajadas que se habían apagado desde su ingreso al castillo. Contuvo la rabia, podía actuar imprudentemente en ocasiones, pero no era un estúpido, sabía reconocer cuando su enemigo tenía ventaja y en ese momento, aquel hombre podía acabar con su vida con un simple gesto.
Levantó el mentón, desafiante, clavando la mirada atizada en el satírico rostro del gobernante. Los ojos cafés ceniza no reflejaban emoción alguna; no había ni una pizca de brillo, haciéndolo lucir como un muerto más que como un guerrero. Se removió en su asiento, aguardando el detallado informe que el líder de los mercenarios debía ofrecerle. Guardó silencio, tamborileando los dedos sobre su pierna.
—Su excelencia— saludó con una torpe reverencia. No le sorprendía que esos hombres no tuvieran pleno conocimiento en temas de etiqueta o el comportamiento de los nobles, estaba entrenados para matar, luchaban por oro y nada más—. Supongo que las noticias sobre la emboscada llegaron a sus oídos antes de que nosotros arribáramos.
Descontentó asintió.
—Una catástrofe— completó, sin inmutarse a ocultar el malhumor—. Puedo deducir que no ha venido aquí para alardear sobre sus derrotas, al menos que sea lo suficientemente estúpido para perder la cabeza.
Un silencio incomodo impero en la sala. Nadie en la corte se atrevía a cuestionar la autoridad del emperador. Era bien conocido que el hombre tenía ciertas inclinaciones hacia la tortura y acto soez cuando de castigos se trataba.
—En lo absoluto, su majestad.
—Bien, porque cada segundo que trascurre es tiempo perdido, horas que podría estar invirtiendo para derrocar a ese impertinente mocoso— su voz hizo eco en toda la habitación, provocándole un respingo a más de uno.
—Planearemos nuestro próximo movimiento— añadió el militar—. Sin embargo, hemos obtenido información que puede serle de utilidad.
Tan rápido como aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire, el semblante del emperador empezaba a lucir más relajado. Bajo sus pies, implantó el mapa de las reliquias, la espada de su familia y la que había arrancado del cuerpo de la serpiente.
El emperador, apoltronado en su sitial, admiró las reliquias, reconociéndolas al instante.
—Puedo reconocer a un Uchiha cuando lo veo— protestó el rey, dirigiéndose a él— y no cabe duda que perteneces a uno de ellos— determinado, tomó la milenaria espada de los de su estirpe con suma facilidad, elevándola unos cuantos metros sobre su cabeza; la luz acariciaba la hoja de acero intacta. El alfanje le perteneció a Madara y pasó de generación en generación hasta llegar a sus manos.
Se mostró reacio a responder. Ante la descarada falta de respeto, uno de los soldados se acercó a él con la intención de castigarlo. Sin embargo, todos habían sido lo suficientemente ingenuos para olvidar que el poder de sus ojos no iba a frenarse con las cadenas en sus muñecas. Tan pronto como estiraba el látigo, Sasuke posó su mirada carmín sobre los del táctico, subyugándolo a una visión tortuosa. Los gritos repercutieron en la sala. Expresiones cercanas al miedo y otras más lejanas a la sorpresa se mezclaban al admirar la escena.
— ¿Qué es lo que desea que hagamos con él?— indagó uno de los mercenarios.
—Asegúrense que nuestro invitado tenga una cómoda estadía en las mazmorras— dictaminó, dándole la espalda al mismo tiempo que subía los peldaños de la tarima del trono.— Nos servirá más con vida que muerto.
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Permaneció sobre la grava durante algunos minutos, no tan asustada para regresar a casa ni tan valiente para atreverse a avanzar. Su mirada argéntea observaba con disimulo la puerta, debatiéndose si realizar la visita era una buena idea.
Habían transcurrido varias semanas del anuncio del compromiso entre su primo y Haruno Sakura. Conocía a la perfección a la hija del banquero, al menos de vista, y muy poco de palabra. No obstante, su padre siempre le decía lo incapaz que era para detectar la maldad en un ser humano, y ante su perspectiva, la pelirosa era una víctima más de las terribles consecuencias.
Los Haruno perdieron el poco apoyo con el que contaban cuando el nuevo rey catalogo a su hija como una criminal potencial. La cabeza de la heredera estaba en juego, así como su reputación y la de su primo, quien se había embarcado en una peligrosa travesía con tal de encontrarla y traerla a casa a salvo.
Podía regresar a casa a lado de su hermana, confinarse en su habitación y pretender que nada de eso estaba pasando, debía encantarse por un itinerario más seguro, hacer el camino de ida y vuelta sin llamar la atención de los soldados. Pero precisamente porque la carta que llego a sus manos ese día le había dicho que esto era lo correcto.
Cruzó la hierba hasta llegar a la entrada. Grácilmente, subió una a una las escaleras. Pasaron varios segundos, avanzó dos pasos y mientras liberaba un suspiro golpeó la madera con sus nudillos. Una menuda figura apareció frente a ella, contemplándola durante varios segundos de hito en hito, tratando de asimilar la presencia de la joven Hyuga.
Por primera vez, Hinata reparó en su aspecto. Intuía que gran parte del aspaviento de la doncella se debía a su atuendo: llevaba un sencillo vestido verde con mangas largas y el cabello suelto. Las marcas cerúleas bajo sus ojos revelaban la falta de descanso, y el color pálido de su piel le conferían un aspecto enfermizo, frágil. Eran tiempos difíciles, la muerte rondaba por las calles de Konoha, no había más bailes, ni reuniones, la felicidad momentánea se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos, ahora lo único visible era las pérfidas ambiciones de un tirano.
—Oda, ¿Quién ha llamado a la puerta?— preguntó Mebuki con voz fuerte y autoritaria.
Aun cuando no podía observarla, escuchó sus pasos por la estancia. La joven doncella se hizo a un lado para revelar la identidad de su visitante a la jefa del hogar. Mebuki, se quedó como piedra, tras unos segundos, esbozó la mejor de sus sonrisas.
—Hinata— saludó con toda la calma que fue capaz—. Es una grata sorpresa— añadió.
—Lamento importunar de esta manera, mi señora— habló ella, lenta, pensativamente—.Debí notificar mi visita con anterioridad.
Mebuki negó con la cabeza:
—En lo absoluto querida, eres bienvenida— espetó— ¿Qué haces ahí parada como una estatua?— cuestionó, dirigiéndose a la sirvienta—.Prepara un poco de té para Lady Hyuga.— concretó, emitiendo un suspiro exasperado cuando la doncella se precipito en dirección a la cocina.— Por favor— masculló, invitando a la delicada joven a pasar.
Entregó la ligera capa a la dirigente del hogar. Observó atenta la enorme e iluminada estancia. Sus ojos plata viajaron por el lugar, estudiando el decorado: era tan exquisito como lo imaginaba. Las paredes eran de un blanco inmaculado, orladas con pigmentos áureos; los detalles en el techo capturaban la atención, descendiendo hasta el candelabro suspendido en lo más alto del lugar, una chimenea serbia de adorno, y sobre esta podía apreciarse un lindo cuadro familiar. Supuso que Mebuki era la encargada de encontrar el equilibrio perfecto para hacer de ese espacio un lugar ameno.
Sin más dilaciones, la guio a la habitación contigua.
—Es un honor tenerla con nosotros, mi señora. Luego de la desgracia las visitas se tornaron inusuales en nuestro hogar— Mebuki se encogió de hombros y esbozó una sonrisa forzada.
Ambas damas tomaron asiento, una frente a la otra. La plática no inicio hasta que la doncella de nombre Oda colocó la bandeja de plata sobre la mesita de té. Sus delicadas manos tomaron con habilidad la tetera, vertiendo un poco de líquido caliente y humeante en dos pequeñas tazas.
Hinata movía los dedos de la mano derecha, mirándolos por turnos. Sorbió de manera elegante un ligero trago. En el salón, reinó un sentimiento de alivio, casi de relajación. Cinco minutos después, un notablemente deteriorado Kizashi ingresó en la habitación.
No pudo evitar examinarlo. De aquel hombre vivaz solo quedaban las tristes sobras de la enfermedad. Consternada, Mebuki abandonó su asiento, auxiliándolo hasta dejarlo en un sitio seguro.
—Mira quien ha venido a visitarnos, Kizashi— habló amablemente. El aludido clavo sus ojos sobre el rostro de Hinata, sin estar mirándola realmente: su atisbo, perdido en algún lugar de ese mundo, en cualquier fragmento del tiempo.
—No lo entiendo, querida— susurró desganado.
—Aquí, la joven Hinata, prima de Neji Hyuga— explicó, luciendo bastante preocupada ante el ostensible menoscabo de su esposo.
—Oh, sí, ya veo— replicó sin interés.
—Las cosas no han sido fáciles, como usted lo podrá ver— indicó Mebuki, bebiendo un sorbo de su té—. Desde la desaparición de Sakura, Kizashi no ha vuelto a ser el mismo. Poco a poco va perdiendo la cordura.
Podía imaginar el tormento por el que estaban pasando. Ambos padres Vivian con la incertidumbre, desconocían el paradero de su hija, su bienestar y eso prolongaba su pena.
Hinata dejó la taza sobre la mesita de madera frente a ella.
—Solo espero que los dioses me permitan encontrarla, ya sea viva o muerta— masculló, conteniendo las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos hinchados y rojizos por el llanto.
La chica se le acercó y cubrió con su mano la de Mebuki. Sintió una ráfaga de ternura por la madre de Sakura. Juntas afrontaban terrores reales. Se sentían próximas.
—Algo en mi interior me dice que Sakura se encuentra bien— dijo dócilmente—.Los dioses son bondadosos, ellos se encargaran de poner todo en su lugar.
— ¿Cómo puede hablar con tanta certeza?— ironizó.
—Porque Neji ha ido en su búsqueda.
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El sol teñía de escarlata las nubes del poniente. Estaba acostada en su cama de dosel, con el camisón blanco que una de las doncellas había conseguido para ella. Las cortinas estaban corridas, pero el único rayo de luz en la habitación era intenso, y a pesar de todas las sensaciones giratorias de la lasitud, no lograba conciliar el sueño.
Todo lo sucedido en los últimos días era tan ensordecedor, tan expresivo que no era capaz de asimilarlo. Voces e imágenes se distribuían en su mente sin orden. Evocaba a Sasuke constantemente, como si fuese por mero instinto, la imagen de Neji comenzaba a diluirse, le tomaba más tiempo recordarlo. Atrapó con sus dedos el dije que decoraba el bonito collar, signo de su compromiso, memento firme de su promesa.
¿Acaso Sasuke estaría buscándola? O mejor dicho, ¿Acaso Neji iba detrás de ella?, una punzada en su pecho, vislumbre de la culpa, le estrujo el corazón cuando se dio cuenta que no esperaba que Neji apareciera, y lo que realmente deseaba con toda su alma era estar al lado del pelinegro. Día tras día, noche tras noche, el castaño iba retrocediendo. Y sus sentimientos por el Uchiha se reafirmaban.
Retiró de una patada la sabana, quitándola de sus piernas. Llevaba media hora en la penumbra, alimentando aquella tristeza, cuando oyó unas cuantas voces en el pasillo, seguidas por algunos pasos hasta que de repente el silencio apareció. Un firme toque a la puerta captó su atención.
Echó un vistazo al vestido blanco sobre la silla. En su estado actual, le tomaría más de quince minutos vestirse sin ayuda de las doncellas. Las heridas comenzaban a cicatrizar, pero el dolor no desaparecía. Cada movimiento suponía un enorme suplicio, por lo que, gran parte del día procuraba mantenerse quieta.
Su madre le decía que dejar a las personas aguardando no era un gesto de cortesía. Rápidamente, abandonó su cómoda posición, dirigiendo sus pies descalzos al otro extremo de la habitación. Cuando abrió la puerta, encontró a Kankurou plantado en el pasillo. Se miraron de hito a hito durante varios segundos, sin decir nada.
—De haber sabido que sería usted, habría utilizado un vestido más apropiado— dijo Sakura. La faz del príncipe se ilumino— ¿Acaso su excelencia quiere que asista a una audiencia?— preguntó, levantando una ceja.
Si bien, llevaba varios días en el palacio, sus interacciones sociales eran prácticamente inexistentes. Las doncellas le temían, fundamentaban su miedo en la antigua historia de Mito Uzumaki, la damisela humana que había creado el sello sobre su frente y que se había convertido en diosa cuando una bestia intentó asesinarla. Chiyo solo la visitaba cuando necesitaba cambiar sus vendajes, y los príncipes llevaban una vida atareada para sentirse abrumados por su presencia.
—Ningún vestido podría hacerle honor a su belleza— contestó.
Sakura se sonrojó, ¿Kankurou estaba ahí para prodigarle explicaciones, zalamerías en ruegos y acosos?, frunció el ceño ante la idea, otorgándole algo de tiempo para confesar el verdadero motivo de su visita.
—He preparado un obsequio para usted— se animó al punto, señalando con un ademan de cabeza la enorme caja recargada en el suelo.
— ¿Un obsequio?
—Así es, me gustaría que le echara un vistazo, si no es mucho atrevimiento— corrigió de inmediato, percatándose de sus palabras.
La mirada esmeralda viajó del rostro del castaño al pasillo. Las paredes eran estrechas en cualquier castillo, siempre tuvo la impresión que la corte tenía una forma de saberlo todo. No pretendía armar un escándalo ni dar rienda suelta a la imaginación delas personas ansiosas de galimatías, dejar pasar al príncipe era un riesgo, uno muy grande.
—Está bien, pero le suplico que sea rápido— accedió. Retrocediendo dos pasos.
Kankurou sonrió, penetrando la estancia con autoridad. Corrió las cortinas por el dosel, depositando el enorme y pesado presente sobre el colchón de plumas. Curiosa, echo un vistazo por encima de su hombro, tratando de adivinar que objeto se ocultaba bajo las telas oscuras.
Contuvo el aliento al apreciar la armadura sobre la cama. La cota de escamas con placas de oro y plata resplandecía bajo la luz de las velas, era perfecta, confeccionada para ella. Complacido, Kankurou se hizo a un lado para permitirle apreciar la obra de arte. Sonrió al contemplar la sorpresa trazada en cada rincón de su faz.
Irresoluta, sus largos y finos dedos acariciaron el relieve similar a la coraza de un dragón, el destello emulaba el del escudo repujado en plata. Aquel presente no se comparaba a los bellos vestidos que las modistas le confeccionaban, Kankurou no la veía como una princesa, ante sus ojos ella era una guerrera.
— ¿Y bien?— preguntó, viendo su expresión.
—Es hermosa, pero me temo que no soy digna de ella— espetó—. A duras penas se luchar con una espada, y con mayor dificultad manejar un arco. No soy una guerrera, tampoco una princesa, ¿acaso pretende confiar su vida a un soldado que no ha sido ungido?— replicó con un encogimiento de hombros.
—En lo absoluto— replicó con severidad—.Pretendo hacer notar al líder de un grandioso ejército— declaró. — Si va a comandar al adiestro más letal del mundo debe lucir como una guerrera.
— ¿Por qué confía en mí?— cuestionó deliberadamente, deteniendo sus próximas palabras ante el silencio implícito.
Ulteriormente a los aciagos advenimientos, no estaba segura de lo que sucedería. Principiaba la perdida de toda esperanza, la fluctuación y la compunción roían su infringida alma.
—Por supuesto que usted no es una guerrera o una princesa, es una conquistadora, Haruno Sakura.
Improcedente a ser afín de los propósitos de otros, frunció el ceño. Nació dentro de una estirpe privilegiada, pero nunca fue considerada la heredera del imperio Haruno, Murai fue criado para eso y ahora la esperanza de sus padres recaía en su lazo matrimonial con Neji Hyuga. Contempló durante un rato la armadura en silencio, tampoco fue entrenada para el arte de la guerra, ella era una moneda de cambio, un trato para mantener la paz y la estabilidad. Muchos hombres intentaron cortejarla, otros humillarla, y unos tantos más deshonrarla.
—Regresare a casa con un ejército— espetó decidida.
Lo único que la mantenía con fe en su exilio era la fe, no en los dioses; en ella misma.
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Conocía la estructura a la perfección, era un lugar seguro, fuerte, destinado para el encierro, la mayor sujeción y el castigo de aquellos impertinentes que osaran desafiar la palabra del rey. Se ubicaba en el castillo, en la zona más alejada y pérfida del sitio. Las galerías subterráneas constaban de pasadizos sencillos y celdas pequeñas, su finalidad era sencilla, pero también cruel: el tormento.
Durante sus años como caballero de la guardia real, acudía de vez en cuando a contemplar las torturas o custodiar a los prisioneros. De todas las tareas posibles, aquella era la que más detestaba, y la misma que nunca se dispuso a repetir. Ahora, en su reinado, los calabozos estaban vacíos, no existía razón alguna para condenar a un ciudadano, los tiempos de paz se habían prolongado desde la regencia de Tsunade y uno de sus propósitos que mantuvo a la hora de subir al trono fue el mismo.
Era irónico que estuviese ahí, sufriendo en silencio, aferrándose a los últimos retazos de cordura en su cabeza. Yacía recostado, con la espalda contra el aterido y rígido suelo de erial, mirando hacia el único punto visible de su nueva habitación: el techo. Era prácticamente imposible vislumbrar algún rayo de luz, las celdas eran cámaras del tiempo, situadas en las penumbras. Llevaba largo rato escudriñado en las tinieblas, atormentado por los fantasmas del pasado, las malas decisiones y todo lo que había perdido.
Estaba demasiado inquieto para dormir, demasiado cansado para pensar. Era inútil anhelar algo que no se podía tener, y por más que deseara dar una caminata por las calles de la ciudadela, debía acatar las proporciones de su situación.
El repique de las llaves, el sonido de la armadura y los pasos resonando por los pasillos ahuyentaron el ápice de sueño que le restaba. Se incorporó, analizando la sombra erguida frente a él, aguardan ingresar a su celda.
El adalid mostró respeto en todo momento, se apartó unos cuantos metros para permitirle el ingreso, y una vez que su visitante puso un pie dentro de la ergástula cerró la puerta, mas no la aseguro. Kakashi sonrió para sus adentros, en su estado actual, nadie lo consideraría un enemigo peligroso, las heridas aun no sanaban, muchas estarían infectadas, tenía varios huesos rotos, inclusive ponerse de pie era una encomienda difícil de cumplir.
—Es gracioso, ¿no lo crees? — dijo irónico, recargando la espada en la pared de piedra. Cruzó los brazos a la altura de su pecho, pero nunca se atrevió a contemplarlo directamente.
Mientras lo examinaba, recordó los días en los que ambos luchaban con espadas de madera. Obito provenía de la prestigiosa casa Uchiha, sus ancestros llevaban el don de la guerra por las venas y era de esperarse que el muchacho mostrara las mismas capacidades que convirtieron a sus antepasados en héroes, sin embargo, era débil, quejumbroso y orgulloso. Ambos fueron ungidos caballeros, pero para el tiempo en el que el muchacho pasó a formar parte de la Guardia Real, él era el comandante. Siempre iba tres pasos adelante.
— ¿Qué es lo que te parece tan divertido?— preguntó Kakashi en respuesta, desganado. Era la primera vez en mucho tiempo que emitía un sonido. Sus cuerdas vocales vibraron con extraña discrepancia, le parecía extraño escucharse a sí mismo.
—Como la vida puede dar tantas vueltas. Fuiste elegido como rey por el consejo, por encima de otros hombres honorables. Ninguno de los ancianos fue capaz de vislumbrar tus pecados.
Abrió los labios resecos para propiciar otra replica, pero las palabras no resonaron. El odio de Obito emanaba de varios años atrás, era una época emocionante, tenían quince años y se preparaban para formar parte de la guardia del rey.
—Ahora tú llevas la corona, y yo soy el prisionero, ¿no es eso lo que siempre has deseado?
Aun en la oscuridad era posible percibir el brillo que encendía la mirada del pelinegro. No portaba la máscara; la piel dañada expuesta, su verdadera faz visible ante el viejo enemigo. El inexperto hombre no tardó en descubrir que ser rey era mucho más fácil si su pueblo le temía.
—Soy el rey— espetó en tono autoritario.
— ¿Pero a qué precio?— indagó el peliblanco. Todo el arduo trabajo se había disuelto con las llamas del ataque, diluido entre las lágrimas y la sangre de los habitantes. Se sentía como un inútil, merecedor del odio y resentimiento. Había jurado protegerlos en el preciso instante que la corona decoró su cabeza, pero no pudo hacerlo—.El precio de la sangre de nuestro pueblo.
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Detuvo sus pasos al atisbar el enorme arco de piedra erguirse en la oscuridad. Sus ojos verdes vagaron por la inscripción cincelada en la cimbra de galga, era una advertencia, expresada en el puro idioma de los dioses.
Sabia de buena fuente que no era la primera persona en atreverse a extraer la espada. Muchos otros, antes de ella, ingresaron con la esperanza de vanagloriarse. Minus estaba forjada por los mismísimos entes que la maldijeron, era la única arma de matar a un dios, por tal motivo, el ejército más legendario se sometía a las órdenes de quien la llevara.
"Solo los muertos deben ingresar"
Por fin había llegado al sitio de bruma y niebla. Sostuvo con fuerza la antorcha que estrujaba con la mano izquierda, al acercarla a la entrada, atisbó una mínima parte del tramo faltante por recorrer.
— ¿Dónde estamos?— Cuestionó en voz baja, más el sonido resonó por las estrechas paredes hasta desaparecer en la oscuridad.
Las comisuras de los labios de Chiyo se elevaron hacia arriba en forma de una sonrisa. Ladeo la cabeza un poco para examinar el rostro de la muchacha. En serio lucia como toda una guerrera; portaba una armadura que se le ajustaba a la perfección al cuerpo, sus cabellos largos, y rosáceos, caían como una impetuosa cascada detrás de su espalda, dos trenzas en la coronilla impedían que algunos mechones escaparan en dirección a su faz.
—Esto es un túmulo funerario— dijo calmada.
Le parecía gracioso como todos se empeñaban en ocultar la muerte, enterrándola en lugares olvidados de la vista de los dioses y de los simples mortales, cuando era un hecho tan inminente, inevitable.
— ¿Podrías llevar esto? Te protegerá— las manos de la anciana se aproximaron a ella; podía leer el paso de los años, la importancia del tiempo. En cada surco parecía estar grabada la alegría y el dolor. La textura, la forma de sus dedos, como viejas raíces de un árbol pasaron por encima de su cabeza hasta reposar en sus hombros. Sonrió con autocomplacencia al atisbar el amuleto colgando de su cuello.
— ¿Un amuleto?— Sakura acaricio el dije que reposaba sobre la zona plateada y abultada de la armadura. Lo estudio en silencio, y aprecio cada detalle con la luz que proyectaba la antorcha. Constituido por dos serpientes entrelazadas en signo de ocho, una de manera horizontal y la otra de forma vertical.
—Te otorgara protección y suerte— explicó.
Sakura confiaba en el poder que los talismanes conferían. Había forjado muchos en el pasado con la esperanza que los dioses escucharan a sus suplicas y respondieran a ellas. Suponía que con Murai era prácticamente imposible oponerse al destino que los más grandes prepararon para él.
Agradeció con un mondo y lirondo gesto las atenciones de la mujer, y sin más remedio, acudió a enfrentar los designios.
Se adentró en la lobreguez, envuelta en una manta de incertidumbre y miedo. Caminaba a paso lento, cautelosa. Era prácticamente imposible deambular tranquila cuando un ambiente tan pérfido y denso colmaba el aire. Frunció el ceño al reconocer el olor a muerte, arrastrándola al pozo de recuerdos que mantuvo en secreto. Se estremeció al proyectar en su mente las expresiones de suplicio trazadas en las fases de aquellos soldados que perecieron en la batalla, encomendó a la memoria la sangre de sus enemigos resbalando por sus manos, el sabor a hierro en sus labios, el dolor de las heridas y el de la vida misma.
Conforme se guiaba por sus instintos, recorría con la frente en alto el estrecho pasillo. Aquel lugar se asemejaba al sitio donde se condenaba a las almas de los no bienaventurados al sufrimiento eterno. El olor a estertor colmaba sus fosas nasales, respirar resultaba complicado; el aire se le solidificaba en los pulmones, y su capacidad de reacción mental se veía limitada a la pérfida oscuridad que la rodeaba. No obstante, la pelirosa no sentía miedo, el sentimiento que la sitiaba a realizar la encomienda era el amor, ese cariño que sentía por el azabache.
—Te están mirando — farfullo una voz femenina.
Sakura dio un respingo asustado, en mero acto reflejo, llevó una mano hasta su pecho, podía notar el rápido palpitar de su corazón bajo sus dedos. Dirigió una mirada al pasillo, en dirección al sitio donde había surgido la voz.
— ¿Puedes sentirlo?— añadió otra, susurrante, dulce.
Con pasos renqueantes, continuo con su camino. Sostuvo con mayor fuerza la antorcha, asegurándose de no perder el único medio que podía proveerle luz y guiarla en medio de las tinieblas. Tenía el alma en vilo. Quizá creía que era valiente por emprender esa dádiva sola, pero tras analizar la situación, no pudo negar que no era el valor lo que la motivaba. El denuedo solo contaba para quienes temen a la muerte, y en ese punto, el miedo de Sakura era mucho más profundo.
La tea resbaló de su mano. Se mantuvo de pie durante incontables segundos que parecían ser siglos, atisbaba petrificada los esqueletos que colgaban del techo como candelabros. Las entrañas se le revolvieron ante tan perturbadora efigie. Las voces se hicieron presentes de nuevo, cada una se encargaba de advertirle, intentaban detenerla.
—Vuelve, vete de aquí— suplicó.
La pelirosa contempló en su mente las consecuencias de desistir. Naruto y Sasuke, en cierta forma, confiaban en ella, era la única del grupo capaz de cumplir una parte del objetivo por el cual eran perseguidos. La vida del azabache y de todos los habitantes de Konoha reposaban en sus manos, si daba media vuelta y emprendía el camino de regreso estaría sacrificándolos a todos por un afín tonto, egoísta. Necesitaba conseguir esa espada, precisaba obtener el ejército sin importarle el costo.
—No hay vuelta atrás— replicó. Sin más temor, lanzó un fuerte suspiro y con la frente en alto prosiguió.
Sus pasos eran firmes, no tan asustada como para volver atrás ni tan confiada para confiar. Subió los últimos peldaños, oteando el altar de mármol situado en medio de la sala, irguiéndose entre las ruinas que solo confirmaban el paso del tiempo y el abandono. El andar resonó en la estancia, encantado por el tintineo de la armadura, llenando por completo la enloquecedora afonía. Sus ojos esmeralda capturaron la efigie de la espada; clavada en el pecho de su ultimo dueño, irguiéndose orgullosa con la empuñadura de oro y la implacable hoja de hierro forjada por los dioses.
Minus era una letal obra de arte. Los detalles en la empuñadura dorada solo era una muestra del impío poder que poseía. Aquella espada confería gloria y victorias a quien se atrevía a desvainarla en la batalla, no obstante, tal laurel traía consigo una serie de trágicas consecuencias.
Acaricio con temor el asidero, a manera de reconocimiento. No pudo evitar pensar cuantas personas acudieron a ese sitio con la esperanza de ser una imagen de virtud entre los hombres, sin embargo, sonrió airosa, ella no era un hombre y tenía la certeza que podría obtenerla. Estaba consciente de las derivaciones, la espada le otorgaría una maldición difícil de romper, atrás no quedaba nada y lo que venía por delante era mucho peor.
Rodeó el mango con ambas manos.
—La oscuridad…solo los muertos pueden cruzarla.
Nuevamente, la voz resonó en la estancia. Aquellos entes trataban de protegerla, persuadirla a desistir, era peligroso, más de lo que pudiese visualizarse.
Tiró con tanta fuerza que el sello en su frente rompió las barreras, esparciendo la energía por cada rincón de su cuerpo mientras que las líneas recorrían tramo a tramo cada extensión de su piel. No podía describir la sensación, desnudó a Minus a la luz de las antorchas. Sonrió victoriosa al despojar a la estatua del rey. La hoja, bruñida como la cota de escamas, lanzó un destello azulado de acero. En cuanto la tuvo entre sus manos, la resguardó en la funda oscura que colgaba de su cadera. Con la armadura cubriéndole el cuerpo y la poderosa espada a su costado, Sakura se dijo a su misma que ya no era una damisela en peligro, sino una poderosa guerrera.
Dispuesta a marcharse, emprendió el paso hacia la salida. Sus tentativas fueron ofuscadas; un impetuoso dolor de cabeza la hizo retorcerse hasta terminar tendida de rodillas en el suelo. Cerró los ojos con fuerza, las voces sonaban desesperadas y poco a poco los trémulos susurros iban transformándose en gritos desgarradores.
— ¡Basta!— exclamó; hiperventilaba, el latir de su corazón desbocado. Se encorvó, intentando recobrar la compostura. No entendía lo que estaba pasando, pero en cuanto sus fanales esmeraldas enfocaron con precisión la oscura habitación tropezó con una sombra esquiva.
Las entrañas se le removieron al inhalar el nauseabundo aroma que emanaba de aquel ente. Incapaz de contemplarlo a la cara, colocó la mano en la empuñadura de la espada. De nada serviría luchar si no conocía a su enemigo. Suponía que todo eso era producto de su imaginación, pero tales hipótesis desaparecieron cuando una mano se posó sobre su hombro. Lanzó un alarido de dolor, el tacto quemaba, como si hubiese sido marcada con un hierro.
— ¿Creíste que te dejaría escapar?— preguntó la sombra con voz gutural, rondándola como un cazador a su presa.
Las piernas le temblaban, pero no fue impedimento para que ella lograra ponerse de pie. Poco a poco la extenuación iba haciéndose presente, era como si tratara de aferrarse a su último aliento. Los parpados le pesaban, su andar se tornaba más lento.
—No estoy preparada para morir— respondió. No permitiría que toda su lucha se redujera a su muerte. Sabía que los grandes guerreros y los reyes lo perdían todo al momento de partir de ese mundo, solo perduraban las canciones e historias de sus grandes hazañas, pero ellos se marchaban con las manos vacías, sin pena ni gloria.
—Lo estarás cuando veas lo que la oscuridad hará con tu amado— replicó divertido.
Cansada, permitió que su cuerpo reposara en el suelo por segunda ocasión. Un líquido se filtraba entre sus manos como el agua, las levantó hasta la altura de su rostro, atisbando el característico pigmento carmín de la sangre. Echó un vistazo a su alrededor; las montañas de cadáveres se acumulaban, yacían sobre charcos escarlata, asesinados brutalmente. Las vísceras y los miembros esparcidos solo decoraban la escena. Entre los cúmulos de carne putrefacta había un hombre de pie; resguardaba la espada ensangrentada en la funda, portaba armadura y un yelmo que apenas y le permitía apreciar sus ojos.
— ¿Sasuke?— cuestionó, arrastrándose entre los cuerpos, tratando de alcanzarlo. Sintió un profundo miedo. Conocía la sagacidad del pelinegro, pero lo que más le aterraba era la idea de que en cualquier momento él permitiese que la oscuridad lo consumiera. Ya lo había hecho en una ocasión, ¿Qué le aseguraba que no iba a suceder otra vez?
Su cuerpo se paralizó, él la observó con su mirada carmín, pero lucia diferente.
—Tú puedes detenerlo— mascullo, en parte susurro, en parte gemido.
Las voces aparecieron, unas femeninas otras masculinas. Sobre su cabeza reposaba una corona, entre sus manos, sostenía con fuerza la espada y bajo sus pies yacía el azabache, de rodillas, aguardando por su destino. Los ojos se le colmaron de lágrimas, su corazón latía al unísono del tambor.
Los gritos le desgarraban la garganta, deseaba despertar de aquella pesadilla. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, podía degustar el sabor salado. Nunca le haría daño a Sasuke, nada la quebrantaría, su promesa quedaría intacta; ni siquiera podrían separarlo de ella.
—La oscuridad te ha tocado, un sufrimiento peor que la muerte.
En aquel momento, las imágenes se tornaron más claras. Las manos de dos amantes se unían, al igual que sus promesas y sus corazones bajo la luz de la luna, con la penumbra como testigo. Una joven de piel nívea y cabellera oscura cabalgaba bajo el estandarte de la casa Uchiha. El joven se aferraba a la vida, moribundo, caía de rodillas sobre la tierra y recitaba con su último aliento su nombre.
— ¿Así que pensabas rendirte? ¿Abandonarlos a su suerte para así quedar en paz con los dioses?— una risa gutural interrumpió los susurros—. No, por ese motivo, te adentraras a las fauces de la bestia, la miraras a los ojos y comenzaras la guerra- Es tu misión, es todo lo que te queda.
Postrada en el trono, contemplaba a los dolientes, haciendo suya la pena y arropándolos bajo el mando de la compasión y la justicia. En el campo de batalla, los amigos se reunían para esclarecer las cuentas, el choque del acero y sus miradas se mezclaban con una danza letal de la cual solo uno saldría victorioso. Una casa se alzaba en el prado, alejada de la vista de los dioses, bajo un gran árbol, las flores crecían, impregnando el aire de un olor dulce…
Las visiones pasaban una tras otra, deprisa, hasta que se detuvieron. Dubitativa, alzó la vista; encontró tranquilidad en la penumbra. Aun se encontraba en el suelo, pero estaba sola, todo había desaparecido. Lentamente se puso de pie, corrió por el pasillo en busca de la salida, el suelo parecía retorcerse bajo sus pies como serpientes, haciéndola tambalear, pero se mantuvo firme y corrió más deprisa. Sakura miró hacia atrás, apreciando como los cadáveres se acumulaban, clamando su nombre.
Oyó la voz de la anciana y le pareció el sonido más dulce que había escuchado en toda su vida. Con el alma en vilo y la respiración entrecortada abandonó la galería. Se sostuvo de las paredes de piedra para no perder el equilibrio mientras recuperaba el aliento. Chiyo se colocó a su lado, rodeando sus hombros con un brazo.
No comprendía lo que estaba pasado, y tampoco trataría de hacerlo. Nuevamente la sensación se ubicó en su pecho, reconociendo el miedo. Temía lo que aquel futuro tan incierto podía desencadenar.
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Vislumbró la magnificencia de la ciudad desde las afueras. El sol iniciaba su despedida, condescendiendo un aspecto arrebol al infinito firmamento a medida que se ocultaba por el oeste. Un suspiro de alivio escapó de sus labios al mismo tiempo que el viento mecía su cabello.
El paseo era silencioso, la fuerza saturada del aire y una ligera brisa jugueteaban entre las telas de sus velos. Todo era hermoso, las colinas, sobre las que destacaban diminutas chozas blancas, relumbraban en contornos precisos y bien definidos. Estaban cerca de su destino, arribarían al anochecer, según los cálculos de la anciana. Afanó el trote del noble alazán cobrizo, levantando nubes de polvo a su paso, asegurándose de ejercer la fuerza suficiente en sus muslos para no caer. Sentía la impetuosa necesidad de acortar el tiempo estimado de viaje, suponía que no valía la pena prologar lo inevitable. Llevaba la espada Minus consigo, prueba suficiente para ejercer un reclamo justo sobre el funesto ejercito de la Aldea de la Arena.
—Ten compasión con esta pobre anciana, niña— el rostro de la mujer albergaba cansancio; las marcas cerúleas bajo sus ojos indicaban lo mucho que ella se había esforzado. Llevaban cabalgando desde el amanecer, pronto el sol terminaría de ponerse y ellas proseguirían con la ruta trazada hacia el Imperio de Sasori; Sakura veía la expresión de extenuación en su faz, parecía ir derrumbándose de la silla.
—Lo lamento— respondió apenada. No era su intención molestar a Chiyo. La dama le había salvado la vida, y de no ser por sus atenciones, sus heridas se habrían infectado hasta llevarla a su encuentro con la muerte. Contempló el horizonte con desesperación, la llanura que se extendía frente a ellas era aún más desértica e interminable.
—La paciencia es una virtud— mascullo adusta, examinando el rostro de la jovencita con disimulo—. Una de la cual todos los guerreros carecen. Eres testaruda, aguerrida e impertinente, tan impetuosa como la tormenta y tan vacilante como el mar.
Sakura se encogió de hombros. Chiyo no era la primera persona que recitaba sus defectos, Mebuki, su madre, solía hacerlo. Una tímida sonrisa se asomó en sus labios. Días atrás se encontraba en los jardines de su casa, renegando de su existencia y su fatídico destino. Su vida había cambiado, y eso la tranquilizaba.
—Mi madre dice lo mismo— se atrevió a replicar—. Constantemente preguntaba a los dioses que pecado había cometido para pagarlo conmigo. Ahora lo comprendo, ella solo ha buscado mi bienestar, y yo siempre he sido fiel al peligro. Detesto la idea de perder mi libertad.
No pensaba mucho en el futuro, pero no pudo evitar cuestionarse que sería de ella cuando la guerra finalizara. Suponía que regresaría a Konoha, se disculparía con sus padres y cumpliría su penitencia. Neji se convertiría en su esposo, celebrarían su unión con una gran boda, engendraría un heredero y aceptaría a los demás pequeños que vendrían después de él. No obstante, aquellas eran las palabras de sus padres, sus designios encima de los de ella.
—Ese chico debe ser importante para ti— dijo Chiyo entre risas, refiriéndose al pelinegro.
Le había contado de Sasuke en dos ocasiones, desvelando información suficiente para que la perspicaz dama dedujera el puesto que éste tenía en su vida.
—Lo es.
— ¿Es tu prometido?— preguntó.
Esquivó la mirada inquisitiva, posando la suya sobre el desértico paisaje. Por más que ella lo deseará la situación era distinta. Sabía que en la actual posición del pelinegro, Sasuke nunca se lo pediría, puesto que no se creía digno de ella. No podía ofreceré ni la mitad de lo que Neji poseía, no obstante, eso no le importaba. Lo amaba, y por más que intentase pensar o sentir lo contrario no podía hacerlo.
—No.
—Pero lo amas, ¿no es así?
Sakura se limitó a responder con un largo silencio. Tenía todo el derecho de odiarlo, durante muchas noches imploró a los dioses que le concedieran ese deseo, era una tortura amarlo y no estar con él, por tal motivo, sería más sencillo repudiarlo, pero no tuvo el poder ni las ganas de hacerlo. Sasuke ejercía un poder sobre ella antinatural.
— ¿Tomaras el consejo de una anciana?— soltó, deteniendo el paso de su caballo.
Sakura emuló la acción, dispuesta a escuchar las palabras que la sabia mujer ofrecía.
—Eres una mujer inteligente, he conocido a muchas famas inteligentes, pero las he visto opacarse con el paso de los años, ¿sabes por qué?, porque se someten a los designios de los demás, son ovejas, ¿eres una oveja?, no, eres una guerrera, sé una guerrera.
Sin añadir más, Chiyo reanudo el trato, dejándola unos metros atrás. La pelirosa no tuvo el valor para responder. Cuando estaba en Konoha su vida tenía un rumbo fijo, hilvanado por sus padres para asegurar el bienestar de su familia, estaba siendo vendida como yegua de cría, y a pesar de que Neji Hyuga parecía un hombre sincero, sus sentimientos hacia él no lo eran, tenía la certeza que con el paso del tiempo se marchitaría.
La telaraña de pensamientos se destruyó al apreciar las enormes murallas que protegían la ciudad. Los soldados deambulaban con sus arcos por los adarves, controlando el ingreso de visitantes, alertas ante la mínima amenaza que suscitara. Un montón de miradas se clavaron en ella, no los culpaba, era una extraña.
Descendió del caballo hábilmente. Chiyo se encargaría de llevar a cabo la parte diplomática. Siguió los pasos de la anciana hasta quedar frente al guardia principal. El adalid las examinó de pies a cabeza, llevaba una armadura con escabas de cobre, yelmo en forma de dragón, rematado por incisiones carmín. Temeroso, colocó una mano sobre la empuñadura de su espada, enviándoles a sus soldados una discreta señal.
—Bienvenidas a Shehan, mis señoras, ¿puedo saber cuál es el motivo de su visita?— preguntó, olvidando la cautela.
—Mi nombre es Chiyo, de la casa Sabaku No. Estoy escoltando a la princesa Haruno Sakura, está interesada en adquirir un ejército de aguerridos y valientes hombres, los soldados de Shehan cumplen con los requisitos— habló la mujer. Era difícil de intimidar y eso impresionó no solo a la pelirosa, sino también al adalid.
—Mis disculpas— realizó una reverencia. Con un sencillo gesto, ordeno a los soldados que subieran el rastrillo de la puerta, desvelando las magnificencias que permanecían ocultas tras los solemnes baluartes. Dos huestes más se aproximaron a atender el llamado de su comandante—. Mis hombres se encargaran de guiarlas al santuario.
Complacida, Chiyo asintió. Dubitativa, Sakura cruzó el umbral de la puerta principal, maravillada por la innegable magnificencia de la ciudad. Los transeúntes le abrieron paso cuando entró a lomos de su caballo. Todos lucían estupefactos ante tan exótica presencia, sin embargo, la pelirosa estaba demasiado absorta en el paisaje que ni siquiera se percató del escrutinio. Los edificios eran fantásticos, extraídos del más hermoso sueño, en tonos azules, violáceos y argénteos. Pasó bajo un arco de bronce que imitaba el cuerpo de un dragón, cuyas escamas eran delicadas láminas de piedras preciosas como jade, rubíes y zafiros.
Los ahuaneses caminaban por las calles y la observaban desde altos balcones. Eran de piel cobriza, perfectamente ataviados con atuendos de lino, las damas portaban hermosas túnicas con cuentas, mientras más alta era su posición en la sociedad, más libertino era el atuendo. Pasó entre ellos envuelta en su armadura, con la espada golpeteándole el muslo, tenía el rostro sucio y el cabello enmarañado, sintiéndose como una desastrada en comparación a las estilizadas doncellas que la contemplaban con cierto desprecio.
Los soldados las guiaron por un complejo de callejuelas, demasiado coloridas y abarrotadas. Algunos relatos decían que hacía mucho tiempo que ningún enemigo osaba invadir la ciudad de Shehan, sus pobladores eran demasiado civilizados para las guerras de los salvajes, y centraban su conocimiento en las artes y las ciencias, guardando recelosamente los descubrimientos detrás de enormes murallas de veinticinco varas. Paradojamente, Shehan poseía uno de los ejércitos más letales del mundo, la habilidad de sus guerreros y el poderío militar emulaban el de un grandioso imperio.
Kankurou le había dicho que el entrenamiento era riguroso, pocos chicos lograban pasar las pruebas, y los menos afortunados encontraban el consuelo en la muerte. Se iniciaban a los cinco años, pasaban días y noches enteras bajo extrema disciplina, obediencia y combatividad. Sonaba bastante cruel, pero rendía frutos. Actualmente el número de integrantes oscilaba en los veinte mil, cada año los ancianos se encargaban de reclutar a los jóvenes más adeptos, iniciándolos en el arte del combate y la guerra.
Su caballo se encabritó cuando los niños se acercaron a ella. Le tomó algo de tiempo tranquilizar a la bestia, pero cuando lo hizo recibió con gusto las guirnaldas de flores que los pequeños le ofrecían como gesto de bienvenida.
El recorrido finalizó cuando arribaron al santuario, situado en una zona alejada de la ciudad. Lo que no esperaba era un palacio. Tenía jardines propios, había doncellas que atendían cualquier tipo de necesidades, habitaciones para albergar a los invitados; el suelo era de mármol y de las paredes colgaban hermosos tapices que exponían historias de acérrimas batallas o los retratos de grandes réyese. Temía poner un pie dentro de la fortaleza, hacía mucho tiempo que no se codeaba entre los lujos que solo los más privilegiados compraban. Lanzó un suspiro al cruzar el enorme umbral; los sirvientes posaron sus inquisitivas miradas en las invitadas, solo transcurrieron unos cuantos segundos para que tres hombres se aproximaran a recibirlas.
El más joven de todos no disimuló su escrutinio. Suponía que había reparado en su andrajoso aspecto. Con la armadura de plata, ceñida al cuerpo, ocultando sus curvas, distaba mucho de lucir como una bella princesa. Había recogido su cabello en una trenza desenfadada y las marcas cerúleas bajo sus bellos ojos remarcaban la falta de cansancio. En cambio a Sakura le pareció un muchacho atractivo; portaba un ajuar digno de un príncipe, la túnica, adornada con bellos patrones de hilo dorado cubría la parte superior de su cuerpo, desde el cuello, hasta extenderse a las muñecas, pantalones holgados y zapatillas ligeras determinaban el equilibrio. Su cabello, tan oscuro como sus turbios pensamientos contrastaban con su mirada cerúlea. Su expresión era mortalmente seria.
Sus fanales esmeralda se posaron en el segundo en el segundo individuo, alto e intimidante. Su rostro era cuadrado, la frente amplia reveló algunas arrugas, suponiendo que aquel gesto era habitual, sus ojos, impenetrables poseían un extraño color, tenía cabello corto y cejas gruesas, moreno, y con una mueca tan franca que por un momento se sintió segura.
—Chiyo— saludó el más viejo de todos, aproximándose a la dama en cuestión. Su andar era lento. Hablaba con la naturalidad que solo los años confieren a los amigos—. Gaara envió un mensaje, llegó esta mañana. Hemos preparado todo para que su estadía sea placentera— indicó, sonriéndole directamente a la pelirosa.
—Es un placer verte recuperado, Narifusa— correspondió la anciana.
La atención pronto se centró en la pelirosa. Rápidamente, hizo uso de los aprendizajes adquiridos en las clases de etiqueta. Inclinó su cuerpo hacia adelante, realizando una cordial reverencia.
—Haruno Sakura— se presentó de inmediato. Su cuerpo se tensó al sentir la mano del hombre sobre su hombro. No dudo en erguirse para contemplarlo, encontrando una cálida sonrisa.
—Ah, los Haruno de Konoha, ¿cierto?— preguntó.
—Así es, mi señor— admitió la pelirosa.
—Supongo que su viaje debió ser atenuante— con un sencillo aplauso, un sequito de jovencitas se aproximó al anciano. Las chicas vestían delgadas túnicas que dejaban al descubierto su cuerpo. Sakura enrojeció al percatarse de la desnudez, pero no apartó la mirada —. Las doncellas las llevaran a sus aposentos, encontraran todo lo necesario para relajarse, he ordenado que lleven su cena. Nos reuniremos a la media noche. — indicó sin otorgar tiempo para otorgar una réplica.
Tan rápido como los tres hombres se marcharon, Sakura supo que no sería sencillo ganarse el ejército.
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Confinada en su habitación, las doncellas le quitaron la armadura y la ropa sucia del viaje. Sakura se dirigió hacia la piscina, sumergiendo su cuerpo bajo el manto estrellado. El agua era fresca y emanaba un olor delicioso gracias a la combinación de hierbas. Cerró los ojos y comenzó a flotar, podía descansar durante algunos minutos, alejar su mente de los embrollos y los tedios bélicos.
Añoró con todo su ser los días de adolescencia, cuando escapaba de la tutela de su educadora para ir a nadar al rio con Sasuke y Naruto. Se estremeció al evocar la calidez de los rayos del sol acariciar su piel, la sensación del agua al colmar su figura, los pececillos dorados mordisqueando su piel con curiosidad, las constantes discusiones de sus amigos. Aquellos días lucían como algo lejano y poco a poco la felicidad comenzó a diluirse entre los pensamientos de preocupación. Pensar en todo eso era inquietante.
La nostalgia la hizo temblar. De repente, todos esos lujos no parecían tan placenteros, y tan rápido como aquella idea se instó en su mente abandono la piscina. Dos doncellas se aproximaron a ella, secándola con una toalla, mientras otra le proporcionaba una linda bata de seda.
—Mi señora, lord Narifusa ha enviado un regalo para usted— anunció una de las chicas tímidamente, extendiéndole un hermoso y delicado vestido. Pasó los dedos por la bella bordada. Solicitó a dos de las chicas que la ayudaran.
Se ajustaba perfectamente a su cuerpo, las mangas eran largas y estaban bordadas con una especie de encaje y piedras preciosas, su estrecha cintura se enmarcaba con un cintillo de brocados dorados, misma figura que se emulaba en la bastilla de la falda. Colocó una especie de tela sobre su hombro, amablemente, la chica le explicó cómo se colocaba, ayudándole a quedar perfecta para su presentación.
Comió la cena en silencio mientras las jóvenes le cepillaban el cabello, cuando se dispuso a contemplar su aspecto, sonrió maravillada al apreciar el complejo peinado. Ya no lucia como un viajero errante, sino como una dama digna de respeto. Preparada para imponer su autoridad, ató la espada al cinturón.
Un golpe secó a la puerta atrapó su atención. Escuchó a la más joven de sus doncellas intercambiar algunas palabras con un chico en un idioma ignoto. Viró sobre sus tobillos y con una sonrisa anuncio la llegada de uno de los comandantes. Sakura agradeció todas las atenciones; con una mirada desafiante y una mueca de orgullo salió a su encuentro con el muchacho.
—Mi señora, el capitán Narifusa me ha enviado a escoltarla— espetó, haciendo un esfuerzo sobrehumano para comportarse como un caballero.
La aludida asintió, pronto se encontró a si misma recorriendo una serie de pasillos que parecían laberintos hasta llegar a un patio abierto, rodeado por columnas. Sobre una tarima reposaban los mismos hombres que le habían dado la bienvenida, el tercero de ellos no demoró en ubicarse en su asiento.
—Si mis oídos no me traicionan, Chiyo ha mencionado que desea adquirir un ejército— habló Narifusa, ladeo la cabeza y se removió en su asiento.
—Estoy interesada en adquirir algunos soldados— admitió. Era el momento perfecto para poner a prueba todo lo que había aprendido de su padre y abuelo. Por sus venas corría la sangre de grandes negociantes, gracias a ello su casa era de renombre, conocida entre los comerciantes, admirada por los burgueses. Era un deber otorgar honor a los de su estirpe. — ¿Cuántos de ellos están en venta?
Narifusa intercambio una mirada con el hombre postrado a su derecha, el de aspecto intimidante.
—Entrenados y listos para la batalla, quince mil. Pero con todo respeto, mi señora, estos portentos no son asequibles. Su arduo entrenamiento los ha convertido en soldados de renombre, son como el acero de una buena espada, fuertes, inquebrantables como la tierra. — espetó.
—Las armaduras, y las armas van incluidas en el precio, sin embargo, usted deberá elegir a los oficiales— añadió el más joven, ganándose un gesto de aprobación por parte de los otros dos hombres.
—Si usted lo desea, podemos hacer una excepción y negociar un precio accesible para una docena de caballeros. El centenar y el millar exceden su presupuesto— entonó Narifusa.
Sakura esbozó una sonrisa irónica, no estaba ahí para conformar una triste guardia real.
—Los quiero todos— dijo con determinación— los quince mil y los que se encuentran aún en entrenamiento— puso las cartas sobre la mesa, aun no desvelaría el as bajo la manga, pero podía apreciar la codicia en la faz de los hombres.
—Es una locura, aquellos que se encuentran en entrenamiento deben pasar la última prueba para consagrarse como soldados, si los dejamos marchar, terminarían por mezclarse con los esclavos o con los hombres libres y sucumbir a las tentaciones de los mortales— refutó, Andou, el de mediana edad.
—Por supuesto que podemos hacerlo, si tiene el oro para adquirirlos— contrastó el más joven. Le tomó unos cuantos minutos descubrir su nombre: Usami.
Sakura permitió que discutieran. Una de las esclavas vertió un poco de vino acido en una copa de plata alta. Degustó el sabor con parsimonia.
—Te daremos los quince mil si trae el oro suficiente— determinó divertido—. Regrese dentro de dos años para llevarse los seis mil por entrenar.
La pelirosa negó con la cabeza. El trato no iba por la vertiente que ella deseaba, pero podía solucionarlo.
—No está comprendiendo. Muchos de los quince mil guerreros morirán en combate, preciso los otros seis mil para que tomen su lugar en la batalla. Pagare lo mismo por el soldado que porta yelmo y espada que por aquel que solo lleva túnicas y las rodillas raspadas.
Los hombres intercambiaron opiniones en voz baja, era difícil escucharlos, pero Sakura sabía que se negarían, doblarían el precio y firmarían el trato.
—Mi señora, con todo el respeto que usted se merece, no podemos permitirnos entregar todo nuestro ejército. Como vera, usted carece de oro, las arcas de su familia están vacías y no porta una corona.
La pelirosa volvió a esbozar una sonrisa. Deliberadamente se aproximó hacia ellos. En un acto que podía considerarse impertinente, subió los peldaños de la tarima. Andou cambio su cómoda posición por una de combate, atento a cada uno de sus movimientos.
—Nunca mencione que iba a pagarlos con oro—dijo, atisbando divertida el desconcierto en el rostro del anciano—. He venido aquí a reclamar lo que me pertenece por derecho. El ejército de Shehan es mío.
Narifusa y Andou trocaron miradas antes de lanzar guturales carcajada. Ya conocía la respuesta. Colocó su mano temblorosa entorno a la empuñadura dorada de su espada.
— ¡Pero que incoherencias ha venido a recitar esta noche, mi señora!— exclamó Narifusa al borde de las lágrimas por la risa—. La única persona que es digna del ejército entero es la misma que sea dueña de Minus, y por lo que he escuchado, la espada sigue clavada en el pecho de su último portador, aguardando a que aquel que sea digno de ella la extraiga.
—En ese caso…—asintió, desvainando el arma ante la mirada atónita de los mercaderes.
El filo de su hoja cortó el aire y las respiraciones de los ahí presentes. Satisfecha, oteo la estupefacción en sus rostros. Podía intuir lo que pasaba por sus mentes, ¿Cómo era que una chica tan frágil como ella obtuviese a Minus?, la respuesta era sencilla: era digna de ella.
Silenciado por la mordacidad de la jovencita, Narifusa no tuvo más remedio que implorarle perdón y mostrarle respeto al posarse ante sus pies.
—Le ruego me perdone, mi señora— masculló, aferrando sus dedos a la falda de su vestido.
—No es necesario que se humille a sí mismo. Sus palabras no han causado otro efecto en mi más que regodeo— dijo. Su firme comando obligo al anciano a ponerse de pie, con las mejillas enrojecidas por el enojo.
Resignado, ordenó a Usami traer el báculo. El palo era de marfil, albergaba antiguas inscripciones perfectamente talladas y en el extremo superior curvo, podía apreciarse el trabajo del artista al crear formas tan hermosas con incrustaciones de piedras preciosas como Alejandrita, Benitoita, Poudretteite y Grandidierite.
— ¿Esta hecho entonces? ¿Ellos me pertenecen?— cuestionó sin apartar la mirada del centro.
—Sostiene el báculo, posee a Minus, el ejército es suyo— se adelantó a responder Andou—. Usami la llevara a la Plaza de los Titanes.
Montó a lomos de su noble corcel. Sentía como su corazón galopaba al mismo ritmo del trote de su pardo rocín, el palpitar retumbaba en sus oídos, como si estuviese dentro de una pesadilla. Las entrañas se le removieron. Se preguntó si sus enemigos se sentirían nerviosos al ver a su ejército, sin nada más que plena determinación contempló los rostros de cada hombre mientras deambulaba por el frente con su caballo.
«Son míos, ellos me pertenecen. Es hora de liberar a Konoha». Pensó Sakura.
Continuará
N/A: ¡Por fin he finalizado el capítulo de esta historia! ¡Me tomó más tiempo de lo previsto, pero no saben lo contenta que me siento al haberlo logrado! Lamento la demora, espero que la actualización compense la espera.
Pasando a hablar sobre el capítulo, estuvo centrado en Sakura, esto es un parte aguas en su papel dentro de la guerra y en otros círculos. Ahora posee un poderoso ejército, sin embargo, lo ha conseguido a costa de cargar con una maldición, ¿Recuerdan la historia de la espada Minus?, pues tres sucesos significantes marcaran la vida de Sakura.
Me encanta incluir profecías, son como pequeños spoilers de lo que vendrá, no obstante, muchas de ellas tienen otra interpretación y es el deber de Sakura descubrirlo. Ahora, si bien sabemos que Sasuke está vivo, queda esperar como actuara nuestra protagonista para liberarlo, solo puedo decirles que se vienen momentos intensos de nuestra pareja favorita, lo he vaticinado desde el inicio del fic, pero es hora de que esto suceda.
Si el capítulo fue de su agrado no duden en decírmelo, sus reviews me motivan a seguir escribiendo, también, me parece interesante leer sus teorías. Si lo creen merecedor de un comentario no se contengan, se los agradeceré profundamente, al igual si lo añaden a su lista de favoritos o siguen las actualizaciones, hacen de esta experiencia algo muy lindo.
Sin más, paso a retirarme, tengo muchas historias en las cuales trabajar, continuaciones por escribir y actualizaciones por publicar. Es un placer estar de regreso con ustedes, muchísimas gracias por el constante apoyo y una enorme disculpa por la tardanza.
Espero que haya sido de su agrado, nos leemos hasta la próxima, les mando un fuerte abrazo, ¡cuídense!
Shekb ma Shieraki anni
