Capítulo 7
Will decidió que sería bueno que ella saliese de casa. Emma, obedientemente, asintió por no llevar la contraria.
Para ella era un suplicio. Se duchaba, se vestía y se arreglaba como zombi. Lo peor era estar en el baño, donde tantas y tantas veces se había dejado ir. Pero había dado su palabra y al menos quería hacer algo bien.
¿Cómo engañarse a sí misma? Disfrutaba en la compañía de Will. Era muy activo, siempre había algo para hacer. No le dejaba tiempo para aburrirse y regresar a sus cavilaciones. Volvía a ser la antigua Emma a su lado, la que se le derramaba la baba cada vez que él le sonreía, o se estremecía cuando la tocaba. No podía esperar el momento en el que sus pieles volvieran a rozarse casualmente. Solo unos segundos, apenas un toque. No podía evitar desear más, pero no tenía el coraje para conseguirlo.
Entonces ahí estaba la mano de Will rodeando la suya, tirando de ella hacía el puesto de los helados.
Era un día especialmente caluroso. Todo el mundo sudaba sus camisetas de manga corta y buscaba un refugio en las débiles sombras de los árboles.
La venda en el brazo de Emma había desaparecido. Aún quedaba una débil marca que no hacía sospechar la procedencia. Will no le había dicho nada cuando había aparecido sin ella. El hecho de que se fijase tan poco en como para no darse cuenta se había clavado como una espinita más en su corazón que amenazaba con volver a sangrar de nuevo.
-¿Qué te apetece? –le preguntó mirando sobre las cabezas de los demás el mostrador de sabores.
No le gustaban. Hacía tantos años que no comía uno, que había olvidado como sabían. Sólo recordaba que la última vez, hacía más de veinte años, no le había resultado agradable.
-¡Claro que te gustan! –exclamó tomando la responsabilidad de elección.
Una sabrosa y fría terrina de fresa yacía en sus manos, rodeada de un caparazón de servilletas que impedían que se manchase. La cucharita, clavada en la base, hacía juego.
Una mano en su hombro la sobresaltó. Su mirada cayó en Will. Su lengua se apresuraba en atrapar las gotas traviesas liberadas por los rayos solares.
Se dejó guiar hasta uno de los pocos bancos desocupados a la sombra. El hierro se sentía caliente a través de la fina tela de su falda.
Varios niños jugaban frente a ellos. Eran una distracción maravillosa en un día donde no había nada mejor que hacer.
La cucharilla terminó de hundirse para luego salir a la superficie, tentando apetitosa. Tras un aviso de que derretimiento, lo llevó a su boca, donde se deshizo nada más tocar sus labios. No era tan malo, pero era demasiado... Igualmente la comió entera. Estaba falta de toda la grasa que la leche del helado le proporcionaba. Le pareció lo más delicioso que había probado en mucho tiempo.
Miró al hombre que se sentaba a su lado. Los últimos pedazos de su galleta habían desaparecido antes de que ella llegase a la mitad del suyo, pero en la comisura de sus labios se asomaba un poco de chocolate huidizo.
Tuvo el impulso de comprobar si realmente sabía tan bien como le había dicho. Solo inclinándose un poco era capaz de dejar a su lengua lamer con suavidad.
No se lo permitió. Simplemente se lo hizo saber y él le pidió que le limpiase. Deseaba más que limpiar...
Sus piernas la levantaron inmediatamente y la obligaron a caminar a cierta distancia lo que restó de tarde compartida.
Su cambio en la rutina produjo un progreso en ella. Obligada a salir cada día con Will, conseguía despejarse. El tiempo dedicado a autocompadecerse había disminuido.
Cuando volvía a casa, sola y veía en las paredes el dolor, volvía a caer en él. Sólo ella sabía que le costaba sudor y lágrimas mantener la promesa que le hizo. Tantas veces, la batalla interna entre las voces de su cerebro tendía tanto a sus deseos que casi le gana a la conciencia. Con suerte, siempre pudo retroceder a tiempo para esconderse hasta que llegase el nuevo día.
Sus labios nunca pronunciaron una palabra de esto en presencia de Will. No era justo cargar a nadie con su peso. Eran sus problemas, ella los solucionaría... si es que podía. Cada noche a oscuras estaba más convencida de que no.
Algún día, el recuerdo de que tenía una psiquiatra le aportaba un rayo de esperanza. Pero al saber que tendría que contarlo todo la idea se desterraba de su mente. No iba a hablar de sus sentimientos con un extraño.
Los antidepresivos, por otro lado, llegaban a su fin. Necesitaba la receta médica y quería conseguir más. Con su negación a ir a la consulta, el bote vacío cayó en el cubo de la basura. Una ayuda más que terminaría en el vertedero.
La televisión estaba encendida mientras ella se sentaba en el sofá aferrando sus cojines. Hacía tiempo que las noticas regionales habían acabado, pero a ella le daba igual. Ni siquiera era consciente de las imágenes que se formaban en la pantalla a dos metros de ella.
Su cabeza daba vueltas, divagando, a veces pensando y otras ideando. Se había desplazada cinco años al futuro, y lo imaginaba como suponía que sería entonces. Todo estaba en su cabeza, todos los detalles, las pequeñas cosas y también las grandes. Sólo faltaba una, ella misma. No podía crear una imagen suya cinco años mayor, así que empezó a retroceder en el tiempo, año tras año, mes tras mes, semana tras semana... Y se dio cuenta de que no era capaz de idealizarse a sí misma a finales de verano.
El pensamiento la aterrorizó.
El bolso fue a parar al asiento trasero del coche poco después de que ambos subieran.
Veinte minutos después estarían frente a su casa, ella se bajaría tras despedirse y la pesadilla volvería a comenzar.
Los edificios pasaban ante sus ojos. Nadie paseaba, hacía demasiado calor para ir andado. Empujó el botón de la ventanilla y el aire caliente la golpeó en la cara.
En parte, deseaba volver. La necesidad de lavarse los dientes se volvía superior a ella. Su lengua no hacía más que pasearse por el interior de su boca, potenciando la sensación de incomodidad.
No se le podía olvidar guardar el cepillo de dientes en el bolso nada más que llegase a casa y se hiciese una limpieza a fondo.
Se desabrochó el cinturón cuando quedaban un par de metros, y esperó a que el coche parase completamente antes de abrir la puerta.
Con su saludo a través del cristal, se despidió de él por última vez.
Fue a buscar la llave, cuando se encontró sin ningún sitio dónde mirar. Su bolso no estaba... se había quedado en el coche de Will. ¿Ahora qué? Ni siquiera tenía el móvil para llamarle y que se lo trajera.
De vuelta en el rellano, llamó a la casetilla del portero. Cada minuto era un suplicio mientras esperaba a que el hombre mayor entendiese lo que había pasado y accediese a subir y abrirle la puerta. La artritis le hacía andar lentamente. Los dientes la estaban volviendo loca. Le pareció mentira cuando al fin cerró la puerta con un "gracias".
El cepillo, repleto de pasta, frotaba sus dientes con energía y firmeza. El movimiento constante y repetitivo era más intenso que de costumbre. Se le había formado demasiada espuma en la boca. La combinación de ambas cosas la hizo escupirlo todo al lavabo entre toses que incentivaban la sensación de arcadas que se formaba en su boca.
No fue capaz de controlarlas. Más tarde se alegraría de ser consciente de su limitación cuando vertió el contenido de su estómago en la taza del retrete. No hubiese podido soportar tener que recogerlo después.
Cerró los ojos y respiró profundamente tratando de calmarse. De haber estado abiertos, habría podido comprobar sus nudillos blanquecinos de la fuerza con la que se aferraba al sanitario.
No paraba de sentir más náuseas cada vez que recordaba lo que acababa de hacer. Tenía el sabor pegado a la boca.
Dejó que la cisterna se lo llevase todo antes de recuperar su cepillo. Ahora estaba peor que al principio.
Frota, enjuaga y escupe. Frota, enjuaga y escupe. Una y otra vez. Nada sirve para eliminar la acidez de su garganta.
Sus manos se apoyan a ambos lados del lavabo mientras observa su rostro pálido que todavía respira entre cortadamente. Del grifo aún abierto, se echa agua en la cara para despejarse. Se sienta en el váter tratando de centrar en sus pensamientos en algo que no sea el asqueroso sabor que le sale hasta por las vías respiratorias, pero no pudo.
La parte consciente de sus actos se había desenchufado y la inconsciente se había encargado de desabrochar la cremallera de su falda y dejarla a un lado mientras preparaba su cama su vieja y desgastada toalla donde poco después empezaría su ritual.
Estaba tan absorta que no oye los golpes en la puerta seguidos de su nombre, ni cuando desaparecen para regresar una vez más acompañados del crujido de la cerradura.
El sonido de las llaves cayendo en el piso junto a la puerta de su dormitorio fue lo que le hizo levantar la cabeza.
Allí estaba él, con su bolso en una mano, plantado en mitad del camino entre el pasillo y el dormitorio, y talante serio. Una expresión en sus ojos que no supo identificar correctamente.
Volvió a agacharse ante su tarea, como si solo hubiese visto un viejo espectro de sus delirios cerebrales al que no tenía que echar cuenta.
Su cuello se ladeó encontrando un mejor ángulo. En cuanto lo halló, su mano derecha viajó hasta allí y clavó la cuchilla sin vacilar ni un sólo segundo.
El peso de su bolso la golpeó en el hombro haciéndole soltarla antes de darle tiempo a extraerla.
-Aquí tienes tus cosas –siseó dándole la espalda para deshacer el camino hasta su coche, y luego a su propio apartamento.
La estimulación externa que su cuerpo había estado esperando había llegado. Se levantó bruscamente y tuvo que aguardar a que el adormecimiento de su pierna se disipase lo suficiente para no caer al suelo en el primer paso.
Le siguió cojeando, aunque no se le ocurriera nada que decir ni de qué forma excusarse, puesto que no existen maneras.
-¿Qué? –es todo lo que sale de sus labios.
-¿Qué? –Will se volvió bruscamente. Casi choca con él- ¿Es todo lo que vas a decir? Te estás burlando de mí, ¿verdad? Porque es la única manera con la que me puedo explicar esto.
Ella seguía sin conseguir que su cerebro mandase las órdenes de formar palabras. Tardaba en asimilar sus frases de estupefacción y horror siempre acompañadas de una dosis de lo que ella clasificó como rabia.
-No es asunto tuyo lo que yo haga o deje de hacer en mi casa. ¡Nadie te ha dado permiso para entrar! –su repentina defensa alteró aún más a Will, quien comenzó a pasearse arriba y abajo, pasándose la mano por el pelo y tirando de él. Aquellos gestos la empujaron a ella a apartar un mechón que le tapaba los ojos. Descubrirse la cara la hacía sentir más valiente. Estaban en su terreno. Will no tenía ningún derecho a reñirle ni a meterse en su vida.
-¡Ni si quiera sé qué demonios te pasa, Emma! Te encuentro llena de sangre en tu cocina, te desmayas en el aparcamiento, descubro que haces... ¡eso! Y aunque me prometes que lo dejas, ¡mírate! ¡Y ni te inmutas! –se plantó delante de ella y la zarandeó por los hombros- ¿¡Es que te has vuelto loca! ¿En qué piensas?
Le apartó de un empujón. No había calculado la fuerza y, aún después de dárselo, no estaba segura de si la había soltado por propia voluntad o por obligación.
-No me pongas las manos encima –advirtió moviéndose hasta el otro extremo de la habitación.
-Lo haré si es necesario.
Le puso la piel de gallina, pero supo controlar su semblante. Fríamente le echó de su casa con secas palabras a la que él se hizo el sordo.
Cerraba los puños notando como su ansiedad empezaba a crecer más y más conforme la discusión subía de tono. Ella no estaba hecha para grandes peleas.
-¿Soy yo? ¡¿Tan insoportable soy como para que tengas que correr de mi coche para buscar consuelo en prácticas masoquistas? ¡Dime qué coño te pasa porque no me iré hasta que no lo hagas! –el dedo la apuntaba amenazador por encima de la mesa de café que les separaban.
-¡Aparta ese dedo de mí, William Shuester! –un golpe acompañó a sus palabras para que fuesen obedecidas.
No aguantaba ni un segundo más así.
Buscaba en cada mueble de la cocina. Sus manos temblaban mientras abría puertas y cajones, sacando y guardando paquetes sin encontrar rastro de lo que buscaba.
No estaban. ¡No estaban! Por supuesto que no. El bote vacío había acabado en la basura tiempo atrás. Pero ella lo necesitaba algo. Cualquier cosa. Tenía que calmarse.
-¡Cállate! –temblaba con las manos aferradas a la encimera. Su flequillo volvió a caer sobre sus ojos solo para aterrorizarla más. Sus manos aún estaban manchadas de sangre, ahora seca, pero habían tenido también su momento de gloria.
-¡No, escúchame tú! ¿Comes alguna vez? –investigaba todos los cajones sin esperar su permiso, encontrando sólo todo aquello con largas fechas de caducidad. Podía oírle despotricar, pero no le escuchaba.
La agarró por la muñeca, girándola para que le mirase a la cara. Se estaba desesperando por conseguir, aunque fuera obligándola, a que se explicase. Habría aceptado incluso la mayor locura posible.
Y ella estaba desesperada por encontrar una salida a la ansiedad que la poseía y conseguía hacerle tener respiraciones cada vez más rápidas y cortas. Pero dejó de hacerlo cuando estaba demasiado ocupada apretando los labios contra los suyos.
Sus manos dejaron de aferrar su camiseta de mangas cortas para rodear su cuello, empujándolo más cerca de ella. Había dejado de usar el sentido común hacía bastante, y ahora lo único que era capaz de hacer era besarle con más necesidad de la que había demostrado nunca por un hombre.
Cruzaban el umbral de la cocina a ciegas cuando por fin sintió sus manos agarrar sus caderas vestidas sólo por la ropa interior.
Al tropezar con el sofá, le empujó sobre él. Su instinto le decía que sería más cómodo si se sentaba a horcajadas en vez de a su lado.
Dejó llevarse por las reacciones de su cuerpo. Necesitaba liberarse con cualquier cosa, y él era lo que tenía más cerca.
Le mordió los labios mientras una la mano que no le anclaba a ella vagaba por debajo de su camiseta donde podía notar en su piel la humedad del clima veraniego. Le pareció extremadamente sexy, y al dejar caer sus caderas más abajo comprobó que no era la única que pensaba así. Sus grandes manos dejaron de amasarla para deslizarse más abajo.
El calor crecía en el interior de Emma. Por una vez, dejó que ardiera porque si no sería ella la que estallaría.
Gritó contra sus labios mientras hundía las uñas en la piel de su abdomen. Con la sien apretada contra su mejilla sintió como le extraían el trozo metálico que había quedado hundido, arañando su pierna. El corte era ahora mucho mayor y, desde la cintura hasta su tobillo, su piel había se había ido tiñendo de carmesí.
El dolor, que siempre había estado pero que ella no había tenido tiempo de notar, apareció ahora para torturarla.
En un intento de dejar de sangrar, tapó la herida con sus propias manos, manchándolas también. Miró a Will por cuyos labios se extendía el carmín que ella misma había puesto.
Sólo unos segundos fueron necesarios para que analizase la información a la que había estado ciega.
Estaba en mitad de su salón semidesnuda y cubierta de sangre, tras vomitado, con el maquillaje corrido, subida a horcajadas encima del hombre con el que se había estado gritando hasta hacía unos momentos y con el que estaba a punto de tener sexo. ¿Cómo había podido meterse en un asunto tan... sucio?
Ahora no era capaz de recordar tampoco cuando fue la última vez que limpió y se puso más nerviosa aún. Hacía días que no tomaba su medicación. La libido de Will aún presionaba contra sus caderas.
No, no quería que llamase al médico, la asustaba verse rodeada de batas blancas que la juzgaran. El móvil cayó en el suelo a varios metros de ellos y la batería saltó.
Su peso y la adrenalina que le corría por las venas tuvieron la fuerza necesaria para mantener a Will anclado al sofá.
Él también estaba sucio. ¡Todo estaba sucio!
El teléfono fijo empezó a sonar, convirtiéndose en la gota que colmó el vaso.
Gritó. Con las manos en la cabeza, gritó todo lo fuerte que sus pulmones se lo permitieron. Agarraba su pelo con fuerzas y de su frente caían gotas de sudor frío.
El contestador saltó y Albert Cohen, compañero universitario, se preguntaba si Emma seguía acordándose de él y si le gustaría que se vieran un día para hablar.
Lo único que ella oía eran sus propios gritos. El sentimiento de suciedad no había sido tan fuerte desde el accidente en la granja hace tantos años.
Empezaba a temblar y cambiar de color. Ya ni siquiera paraba a respirar. Había perdido la capacidad de entender su entorno, incluso su cuerpo que se desplazaba al baño y que con ayuda consiguió entrar en el plato de ducha. Poco después caía agua sobre ella, llevándose parte de la suciedad que la cubría conforme pasaba por su cuerpo.
Recibió vagamente una orden de que respirase. Intentó cumplirla pero era incapaz de hacer otra cosa que gritar. El cuerpo le pedía oxígeno y ella era incapaz de abastecerle con el suficiente.
Sólo encontró una forma de todo acabase.
Se dejó a sí misma perder la conciencia hasta que todo pasase.
