Unos gritos la despertaron de su profundo sueño.

Aún envuelta en su pijama verde de seda, se levantó de la cama con ímpetu, muy contrariada, para ver quién se atrevía a arrancarla del mundo de los sueños.

Una de las cosas que más odiaba Annie era que la despertaran.

Era inconcebible.

Abrió la puerta con tanta fuerza que golpeó en el extremo opuesto de la pared.

Fred y George Weasley, que discutían a voz de grito, callaron asustados al ver a Annie, cuya cara reflejaba claramente lo que le pasaba a aquellos que la despertaban por las mañanas.

Se acercó con pasos rápidos y enérgicos hasta ellos y dijo con la voz cargada de rabia:

-No volváis a despertarme por las mañanas, sucios babuinos, porque si lo hacéis, creedme que acabaréis suplicando para que os mate y acabe con vuestro sufrimiento.

Y dicho esto entro en su dormitorio cerrando la puerta con tal fuerza que pareció que iba a partirse en dos.

Los gemelos intercambiaron una mirada cómplice, y entraron juntos a la habitación de Annie, y saltaron sobre su cama, para despertarla.

Mala idea.

Annie se levantó a una velocidad nunca vista, cogió su varita, y comenzó a lanzarle hechizos a Fred y George con una rapidez inusitada.

Rayos de todos los colores salían de la varita de Annie, y los gemelos, asustados como nunca, corrían despavoridos escaleras abajo, esforzándose por esquivar los maleficios de esta.

Annie corría sin tregua detrás de ellos, saltando mesas, tirando sofás, y en un abrir y cerrar de ojos, las piernas de Fred bailaban sin control, y los dientes de George crecían a un ritmo vertiginoso, dirigiéndose al suelo.

Los gemelos llegaron junto a los demás.

-¡SOCORRO! ¡SOCORRO! ¡NOS ATACA¡ ¡NOS VA A MATAR¡

Annie llegó junto a los gemelos, y tras echarle un precioso maleficio de mocomuerciélagos, se fue a su dormitorio con aire digno y con elegancia.

-¿Quién es esa chica? ¿Por qué os ha atacado? Seguro que algo le habéis hecho. DESENBUCHAD. - dijo la señora Weasley con aire autoritario-.

-Pues bueno, la hemos despertado, y… No se lo ha tomado muy bien.

Harry, Ron y Ginny rieron con ganas.

-¿Y quién es?

-Es Annie Prewett mamá.-dijo Ginny aún sujetándose el abdomen de la risa. -Ya sabes, la nueva alumna que viene a Hogwarts ahora.

-Ah, bueno, pues decidle que baje, seguramente tiene hambre.

Los gemelos se miraron aterrorizados, aún cubiertos de gargajos.

-Yo no pienso despertarla nunca más.- dijo Fred, bailando, ya que George no podía hablar con sus dientes que tocaban el suelo.

Con un movimiento de varita, Molly deshizo los maleficios y después se dedico a gritarles por ir a despertar a la pobre chica.

En su habitación, Annie se revolvía, muy a gusto en las sábanas, que ofrecían un calor tremendamente agradable.

Era el mejor sitio del mundo.

Si dependiera de ella, jamás saldría de allí.

Su gato estaba tumbado en el sillón junto a la chimenea, pero al percibir que la chica lo miraba, saltó del sillón y fue caminando hasta la cama de Annie, a la que subió de un salto, con indiscutible elegancia.

Annie alzó una mano, y acarició el hermoso pelaje del animal, que ronroneo suavemente.

-Ahora que lo pienso, ni siquiera te he puesto un nombre.

Empezó a cavilar, un nombre para aquel aristocrático gato.

-Creo que te llamaré Syann. ¿Te gusta?

El gato ronroneo, y se acomodo al lado Annie.

-Lo tomaré como un sí.

De repente, sus tripas rugieron, protestando por su abandono.

Sólo entonces fue consciente del hambre que tenía.

Como si hubiera leído sus pensamientos, alguien apareció en su habitación, llevando con él una bandeja rebosante de comida.

Dumbledore depositó suavemente la bandeja en su cómoda y se sentó cómodamente en su cama.

-Buenos días Annie, me alegro de verte.

-Buenos días Dumbledore.

Dumbledore miró con aprobación y curiosidad a Syann.

-Veo que ya has comprado una mascota. Es un gato muy bonito Annie, por su aspecto, deduzco que es mágico. Debe de tener algún poder oculto que te mostrará a su debido tiempo. Pero no hay duda de que has elegido bien.

-Gracias profesor Dumbledore, pero tengo la sensación de que no ha venido aquí sólo para traerme el desayuno y hablar de mi gato, ¿me equivoco?

-Eres muy perspicaz Annie, muy perspicaz. Cómo tú misma has dicho, no he venido sólo a eso, si no para algo más.

Annie lo miro, expectante.

-Tu libro Annie. El libro del Prisionero de Azkaban. Tienes que decidir lo que hacer con él, ya que contiene información sobre el futuro, y es una cosa muy peligrosa, si cae en las manos equivocadas. Puedes guardarlo, si eso es lo que deseas. Pero es muy peligroso.

Annie no había pensado en el libro. De hecho no había dedicado mucho tiempo a pensar en el pasado, estaba viviendo algo fantástico, no sabía si era un sueño, y si era un sueño, pensaba vivirlo lo máximo posible antes de despertar.

Se levantó de la cama, cogió su bolso, del que extrajo su libro, y lo miro intensamente.

Sin previo aviso, abrió la chimenea, y metió el libro dentro.

No necesitaba que un libro le dijera lo que iba a pasar.

Aunque eses libros le encantaban, eso era cuando creía que era ficción.

Ahora sabía que ese mundo mágico existía de verdad, y no iba a leer el destino de otros, iba a vivir su propio destino.

Sin guía.

Al ser consciente de eso, se giró y miro a Dumbledore, desafiándolo con la mirada, para ver si se atrevía a decir que lo que había hecho era una locura, o para ver si había una chispa de enfado en aquellos ojos azules.

Pero Dumbledore estaba sonriendo.

-Creo, Annie, que has hecho lo correcto. Por cierto, no quiero que le digas a nadie lo que sabes de los libros y de Rowling. Sería una catástrofe. Mejor que lo guardes para ti.

Annie asintió con la cabeza.

-Y buena suerte, estoy deseando ver en qué casa te pone el sombrero seleccionador. Nos veremos mañana en el Gran Comedor.

Y con estas palabras se esfumo con un chasquido.

El curso escolar de Hogwarts empezaba mañana. Annie no se había acordado. ¿Cómo había podido olvidarlo?

Mañana sabría a que casa iría, mañana empezaría el curso que siempre había querido realizar.

Annie estaba contenta, pero también asustada.

Tenía muchas ganas y a la vez tenía miedo de que llegara el día de mañana.

Decidió que lo único que podía hacer ahora era terminar su desayuno.

Devoro con ansiedad las tostadas con chocolate, el zumo de naranja, el té con leche, y las gachas con avena.

Entonces se dio cuenta de que Syann también necesitaba comer, así que cogió de su bolso las chucherías para gato que había comprado en la tienda de animales.

Se pasó el resto del día leyendo los libros que habían llegado a su habitación, y con agradable sorpresa, comprendió que lo entendía todo, le resultaba muy fácil. Lo más difícil de los libros fue el libro de Cuidado de criaturas mágicas, que intentaba morderla sin descanso.

Al final Annie descubrió, que había que acariciarle el lomo para que parara de intentar morderla salvajemente, entonces el libro de mostraba tranquilo y sumiso, y podía leer su interior.

Le gustaban todas las asignaturas, no había ni una que no le gustara.

Con esas asignaturas era imposible no tener ganas de estudiar.

Cuando se leyó todos los libros, ya estaba anocheciendo, y Annie aún no se había dado cuenta.

Le trajeron una abundante cena a su habitación, que comió mientras echaba un vistazo a su nuevo baúl, negro como el azabache.

Se puso a ordenar todas las cosas dentro del baúl, para al día siguiente no tener las típicas prisas de última hora.

Metió su ropa, sus libros, sus abundantes galeones, sus utensilios para clase, su saeta de fuego, y en el último minuto, dudó, y por fin, metió su diadema, la que había rescatado de la cámara de Gringotts de sus padres.

Aún nerviosa, se acostó, sabiendo que ese día no se quedaría dormida fácilmente.

Tras lo que parecieron ser horas, los párpados se le cerraron, y se quedó dormida.

A la mañana siguiente, la esperaba un gran día. Hogwarts la esperaba.