Seis

Frustración

—¿ Broodwod? ¡Wow! Rachel, es una maravilla.

—Según he podido averiguar es de 1800 aproximadamente. Llegó a América en 1937 probablemente en el Queen Mery, o al menos eso me ha dicho un experto.

Es genial, ¿Cómo lo has conseguido?—se interesó Henry observando con curiosidad el instrumento.

—Ha sido gracias a Quinn. Lo tenía uno de los artistas que trabajan con ella en su estudio. El edificio donde estaba era una ruina cuando lo compró. Alguien debió dejarlo pensando que no tenía valor alguno y bueno, está desafinado y necesita ser restaurado, pero a mí no me importó en absoluto. El tipo ese no lo quería y pretendía tirarlo, ¿Te lo puedes creer?

—Seguro que era uno de esos locos cubistas que no le dan importancia a lo clásico, al verdadero arte—respondió acariciando con dulzura una de las teclas

—No sé si era cubista o simplemente un ignorante—sonrió la morena observándolo desde la puerta—, pero definitivamente no sabía lo que tenía en su poder. Cuando Quinn lo vio ni siquiera lo pensó y se lo compró. Adoro los pianos y decidió que iba a ser mi regalo de cumpleaños. Probablemente el regalo de cumpleaños más caro que he recibido en mi vida cuando esté completamente restaurado.

Es…es impresionante. Me encanta, de verdad…es una maravilla.

Me moría de ganas por enseñártelo. Sé que te gustan estas cosas y cuando Quinn me dijo que estabas en la ciudad, sabía que tenía que obligarte a que vinieras.

Mmm bueno—regresó hacia la salida—La barbacoa ha sido una muy buena excusa para traerme hasta aquí, te lo aseguro—le guiñó el ojo cómplice.—Pero te aseguro que habría venido desde Philly con tal de ver esa maravilla—señaló hacia el piano—Y también para que me expliques como diablos lo habéis subido hasta aquí arriba. ¿De quién fue la idea de trasladar un piano al ático?

—¿Tu de quien crees que fue?

—Quinn

—¡Touché!

—¿Por qué? Quiero decir, tenéis el garaje y…

—Insistía en que no quería que nadie lo viese hasta que no esté restaurado, y aquí arriba no suele subir nadie excepto nosotras. Así que hizo que varios chicos de la mudanza lo subieran hasta aquí a pulso.

—Oh dios…Esta chica no cambia.

—No, ya sabes cómo es de especial—sonrió

Tres horas habían pasado desde que comenzó aquella reunión de amigos en el perfecto y desinfectado jardín. Tres horas desde que Santana y Brittany con sus pequeños Megan y Mathew, más Henry y su sobrina Alice disfrutaban de todo un perfecto menú que Rachel había preparado con la ayuda de Quinn para aquel día. Una reunión que tres horas después, seguía llevándose a cabo en el jardín de la casa donde los más pequeños se divertían con los juegos de Skimbles y Chewbacca, el pequeño Yorkshire de la familia Pierce—López, mientras Rachel mostraba una de sus grandes debilidades a su buen amigo Henry. El único que era capaz de ver algo más en aquel instrumento de música que un simple objeto de decoración. Y no es que Quinn no supiese valorar aquel piano, de hecho supo de su infinito valor en el mismo momento en el que lo vio por primera vez. Pero ella no vivía rodeada de música como lo podía hacer Henry. Quinn no necesitaba la música para vivir como su mujer. Y de eso Rachel era muy consciente.

—Es un regalo único, como ella.—Añadió Henry deteniéndose a observar el jardín desde uno de los ventanales que permitían la entrada de luz en el ático.—El otro día cuando la encontré en el colegio no hablé mucho con ella, y tampoco me atreví a preguntarle cómo estaba—la miró de nuevo—¿Cómo lo lleva?

—Bueno, está…está superándolo poco a poco—musitó la morena colocándose a su lado para descubrir que bajo ellos, en mitad del jardín, los cuatro niños hacían una piña sobre Brittany mientras los dos perros correteaban a su alrededor, y Quinn y Santana permanecían sentadas en el porche, disfrutando de la que sería probablemente la segunda o tercera copa de aquella tarde.—Los primeros meses era un caos. Era una persona diferente, completamente metida en su mundo y apenas podías hablar con ella. Estaba muy unida a su madre, ya lo sabes, y fue tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo a prepararse.

—Ni siquiera con tiempo te preparas para algo así, Rachel.

—Lo sé, pero por ese mismo motivo, porque todo fue tan rápido, Quinn ha estado sufriendo las diferentes etapas con demasiado desfase, no sé si me explico.

—Te entiendo—murmuró él—Pero bueno, con tu ayuda supongo que irá recuperando su rutina. Todos hemos pasado por momentos duros y salimos adelante. Quinn no va a ser menos.

Lo sé. La verdad es que ella está poniendo mucho de su parte. Fue ella quien me obligó a que hiciera la gira. Yo me negaba en rotundo a apartarme tantos días.

—¿No la habrías hecho?—cuestionó apoyándose en uno de los ventanales.

—No, por supuesto que no. Ha sido un horror para mí hacer esa gira. Ni siquiera la he disfrutado.

—¿Cómo? ¿Rachel Berry no ha disfrutado del teatro?

—Pues…siendo honesta—lanzó de nuevo una mirada hacia el jardín—, no, no lo he disfrutado.

—¿Por eso te estás tomando unas vacaciones tan largas?

—Más o menos, aunque no estoy convencida de lograr algo con ello—sonrió resignada.—Mi vida no es la que era. Ahora tengo muchas responsabilidades y por muchas vacaciones que me tome, mi cabeza siempre va a estar ocupada.

—¿Estabas preocupada por ella?

Mucho—musitó—Y no solo por ella, también ha sido la primera vez que he estado lejos de Elise y…no sé. Ha sido tan diferente. Antes cuando me subía al escenario me olvidaba de todo, quiero decir eso es lo que tienes que hacer ¿No? Te metes en un personaje y tienes que adaptarte a él, no dejar que tu mundo interfiera. Y en esta gira no ha sido así. No paraba de pensar en ellas, en cómo estarían o en lo que estarían haciendo, en si habían cerrado la trampilla de la cocina o habían reciclado cada cosa en su contenedor—rió

—Ese es el problema de ser una súper mujer como tú—bromeó Henry—No he visto a una mujer con tanta capacidad como tú para llevarlo todo hacia adelante, y eso es lo peor que puedes hacer.

No es eso, yo confío en Quinn. Sé que ella puede con todo igual que yo, pero acababa de pasar lo de su madre y sé que estaba mal. Es imposible no preocuparse en una situación así, ¿No crees?

—Tienes razón—se mostró cómplice—¿Sabes? Sigo sin entender por qué no llevas 20 años triunfando en Broadway. Tendrías que haber podido disfrutar del éxito cuando no tenías tantas responsabilidades—añadió provocando un pausado silencio en la morena, que destruía lentamente la sonrisa y pasaba a dibujar un halo de resignación en su rostro difícil de camuflar.

No todo en la vida es querer, también hay que poder—masculló con apenas un hilo de voz.

—Rachel, apuesto a que habrías podido elegir cualquier escuela de arte en Nueva York. He visto videos tuyos en competiciones de canto y eras talento puro con dieciocho años. No habrías tenido problema alguno en revolucionar Broadway con esa edad.

Estaba en Los Ángeles en aquel entonces. Estaba trabajando para ser quien soy ahora.

—¿Y por qué Los Ángeles?—insistió Henry—Nueva York es la cuna de los musicales, ¿Quién te dijo que en Los Ángeles lograrías eso?

—Nadie—respondió contundente—Te recuerdo que soy profesora de canto. No perdí el tiempo allí.

—¿No querías triunfar en Broadway por aquel entonces?

—Claro que quería.

—¿Entonces? ¿Por qué Los Ángeles y no Nueva York?

—Porque…porque allí tenía mi mundo—balbuceó lanzando una mirada hacia el jardín—Si no hubiese elegido Los Ángeles, probablemente ahora no tendría todo lo que tengo.

—Ella—susurró lanzando una mirada hacia Quinn, que distraída caminaba por el jardín y se perdía en el interior del porche.

—Ella, Elise, mis amigas…todo. Todo lo que tengo ahora es gracias a mi elección, y no lo cambio por nada en el mundo.

No sabía que a Quinn la hubieses conocido en Los Ángeles.

—Quinn era mi amiga desde pequeña—zanjó la morena—¿A qué viene tanto interés en saber por qué no quise venir a Nueva York entonces?—se apartó de él.

—No me malinterpretes, Rachel—le sonrió sin perderla de vista—Solo me preguntaba por qué no has triunfado en Broadway antes, nada más. Me resulta realmente curioso que dejases de lado tus sueños por estar con Quinn.

Yo no he dejado de lado nada—musitó algo molesta—Simplemente decidí que todo tenía su tiempo. Estuve un año en Londres, en una escuela muy importante de artes escénicas y me di cuenta de lo difícil que es entrar en éste mundo, de cuántas personas hay con muchísimo talento luchando por lo mismo que yo, y yo solo era una chica de Ohio que ni siquiera había ganado una competición de coros. He logrado lo que quería y lo he hecho bien, preparándome a conciencia y tomándome mi tiempo para ello.

Ok…no quería ofenderte, Rachel—respondió Henry un tanto preocupado.

No me ofendes, es solo que no eres la primera persona que me cuestiona algo así. No sé, ¿Tan difícil es de entender que hubiese preferido elegir estar al lado de quien quiero antes de lanzarme a ciegas? Quinn jamás me obligó a quedarme allí, es más…ella quería que yo me viniese aquí. Pero yo tomé la decisión, y no me arrepiento en absoluto.

—¿Sabes qué es lo importante?—trató de suavizar la tensión que de repente se había creado entre los dos—Lo importante es que al menos podemos disfrutar de tu talento—sonrió— Da igual que hubiese sido hace 15 años o ahora. Yo me siento afortunado por poder verte sobre un escenario, al igual que miles de personas que te siguen. Y si me dices que no disfrutas sobre él, haré todo lo que esté en mis manos para ayudarte a que vuelvas a hacerlo. Soy capaz incluso de casarme contigo—bromeó logrando por fin la sacarle una sonrisa a Rachel— Hey—se acercó divertido—Te lo digo en serio. Tengo alergia al matrimonio pero por ti, lo hago…

—¿Y qué pasa con Quinn? ¿Qué hacemos con el amor de mi vida?

—Nada, yo pensaba casarme y compartirte con ella—volvió a bromear—Créeme, no me molestaría en absoluto hacerlo, de hecho, creo que es la mejor idea que acabo de tener en toda mi vida.

—Ya…imagino—musitó sin perder la sonrisa—Me temo que eso lo querrían muchos.

—¿Qué querrían muchos?

Su voz destruyó el intento de respuesta por parte de Henry. Quinn se personaba frente a ellos sin que ninguno de los dos la hubiese oído siquiera ascender por las escaleras.

—Oh…aquí está mi segunda esposa—se burló Henry.

—¿Tu segunda qué…?—se acercó a ambos

—Le estaba proponiendo a Rachel un matrimonio de a tres—sonrió—Tú, ella y yo—le guiñó el ojo—¿Qué dices? ¿Es buena idea verdad?

—No lo sé—miró a la morena—¿Es buena idea, Rachel?

—A mí no me lo parece—respondió ella—No me gusta que nadie toque lo que me pertenece.

—Vaya—volvió a hablar Quinn dirigiéndose con diversión a Henry—Lo siento Henry. Deberás intentarlo con otra chica menos celosa.

—¡Hey!—Rachel golpeó con dulzura el hombro de la rubia.

—¿Qué?—le replicó ella—Es verdad, dices que te pertenezco…

—Uhh…no quiero ser motivo de disputas matrimoniales—interrumpió Henry—Será mejor que regrese con la tropa al jardín.

Venía a avisarte para que lo hicieras—volvió a hablar Quinn—Tu sobrina quiere que les interpretes el cuento del…¿Monito rojo?.

—¡Oh dios!

—¿Monito rojo, Henry?—se burló Rachel.

Hey…nada de risas, es un cuento que yo mismo me inventé y que suelo cantar e interpretar. Es una maravilla y algún día alguien querrá editarlo y seré millonario. Mucho más que vosotras dos juntas—señaló con gracia—Y entonces sí querréis casaros conmigo, pero entonces yo…ya estaré ocupado. Así que pensad bien lo que acabo de proponeros hoy, porque no volverá a suceder.

—Ok, ok…nos lo pensaremos—musitó Rachel.

—Así me gusta—sonrió él—Será mejor que baje antes que de ellos suban. Por cierto Quinn—desvió la mirada hacia el interior de la habitación donde permanecía el piano—Es una maravilla.

—¿Te gusta?

—Me ha encantado. Me muero de ganas por verlo restaurado y por supuesto de tocarlo.

—Bueno, de eso no estés tan seguro—ironizó Quinn con media sonrisa.

Uhhh—se alejó de ambas para tomar las escaleras—Esto ya no solo es una lucha por ella—señaló hacia Rachel,—Si no que también lo es por el piano.

—Deja de querer adueñarte de mi vida o vas a salir de mi casa sin la patente de ese cuento al que llamas Monito rojo.—Le amenazó sin perder la sonrisa.

—Ok, ok…me rindo—alzó las manos—Será mejor que vaya abajo antes de que me quede con menos de lo que ya tengo—murmuró—Y creerme, eso ya sería devastador.

Nada más. Henry descendió las escaleras sin decir nada más y dejándolas en absoluto silencio en mitad del estrecho pasillo que transcurría desde las escaleras hasta la sala de relax, como solían llamar al ático donde mantenían el material que utilizaban para su tiempo libre. Y fue en ese mismo instante, después de ver como el músico desaparecía por las escaleras, cuando Quinn buscó la mirada de Rachel para cuestionarla por lo que acababa de suceder.

No era extraño que entre ellas y el chico surgiesen bromas cuando se reunían, pero nunca de aquel tipo. Y evidentemente Quinn quería saber a qué debía aquel alud de intenciones respecto a ella y el motivo que los había llevado a sacar un tema de conversación de ese tipo. Sin embargo, Rachel no parecía estar dispuesta a responder a nada de aquello, de hecho, ni siquiera iba a hablar.

Hablar de sus inicios en aquel mundo por culpa de las preguntas de Henry, la habían llevado a recordar cuanto había vivido con ella, y todo lo que habían luchado por llegar juntas hasta ese mismo instante en el que ahora se encontraban. Era su mujer, el amor de su vida, su mejor amiga, el bastón que siempre estaba a su lado cuando tropezaba y la única persona capaz de regalarle la misma sonrisa que podía provocarle su hija, a pesar de las contradicciones que surgían entre ellas últimamente. Y recordar todo eso solo la incitaba a hacer algo que realmente ya empezaba a necesitar.

—¿A qué ha venido eso?—musitó la rubia buscando su mirada, pero la única respuesta que recibió fueron las manos de Rachel aferrándose a las suyas y tirando de ella hasta colarse en el interior de la habitación, donde segundos más tarde lograba cerrar la puerta con su propio cuerpo y el embiste que la morena le regaló para llevar a cabo aquella acción.—Rach…—susurró acorralada entre ella y la puerta—¿Qué sucede?

Te quiero, Quinn—musitó sobre sus labios, atrapándolos en un beso que pilló por sorpresa a la rubia—Te quiero, te amo…y quiero hacerte el amor ahora mismo.

—¿Qué? Rachel…¿Estás loca?

—Shhh—bloqueó sus labios con otro beso—Nada de réplicas, voy a terminar lo que empecé ayer y no pudimos acabar.

Así es. No pudieron acabarlo. El fortuito encuentro que mantuvieron en la cocina después de la reconciliación, no terminó de llegar a su culmen. Y no solo por la interrupción del fumigador desagradable justo en el momento en el que más decididas estaban, sino que también les influyó la llegada de un albañil que iba a arreglar el desperfecto en la tapia del jardín. Y más tarde fue Elise quien estuvo con ellas hasta que el sueño las venció a las tres. Una vez más, una noche más, otra más desde que la pequeña tenía uso de razón.

—Pero…pero están abajo.—Balbuceó Quinn

El monito rojo los tendrá entretenidos—susurró aferrándose al cuello de su blusa, dispuesta a desabrocharla lo antes posible y no perder más tiempo del que ya habían perdido.

Rachel…no estoy segura de que…

Silencio. Bueno no, mejor dicho gemido. Fue un gemido mezclado con algo de suspiro e improperio lo que dejó escapar Quinn, tras notar como la intensidad en el cuerpo de Rachel volvía a embestirla contra la puerta y sus dientes mordían con sensualidad su oreja, dejándola completamente a la deriva en apenas un par de minutos, tal vez menos. Tal vez solo le bastó un par de segundos para aceptar la pequeña locura de su chica y preparar su mente a lo que estaba por llegar, aun sabiendo que Rachel no estaba disponible para disfrutar de igual manera.

Su cuerpo se había empeñado en fastidiarlas en aquel primer fin de semana que podían disfrutar sin que ninguna de las dos estuviese trabajando después de muchos meses, y era evidente que el deseo por tenerse como siempre, había tomado ese matiz de necesidad que siempre se veía destruido por los acontecimientos más inverosímiles. Cuando no era el sueño, era una discusión o la interrupción de Elise. Incluso la presencia de personas ajenas a su familia. Había llegado a un extremo en el que creían que alguien estaba jugando con el demonio para hacerles el mal de alguna forma. Sin embargo, nada de eso rondó por sus mentes en aquel momento, más que el verse a solas en una situación que se presentaba perfecta para llevar a cabo la locura.

En el jardín, tres plantas más abajo, Henry se preparaba para canturrear y entretener a los niños con su particular cuento, mientras Brittany y Santana se aprovechaban del buffet libre que suponía la cocina de su propio hogar. Mientras ellas, ya notaban como el calor y el deseo empezaba a ser visible y tangible entre las dos.

Una visibilidad que se proyectaba en los continuos suspiros que Quinn emitía ante los apasionados besos de Rachel, y que se hacía palpable con la humedad que ya empezaba a desprender en sus zonas más íntimas, avisando sutilmente del estado de excitación que había adquirido en aquellos escasos minutos de irrefrenable encuentro.

Un nuevo e intenso beso, parte del pecho al descubierto y un "vamos al sofá" por parte de la morena, fue suficiente para que ambas se trasladasen hacia el mismo sin dejar de tenerse la una a la otra, con la suficiente rapidez de no hacer de aquello una nueva tortura, pero a su vez sin perder el paso de lo que ya habían avanzado. Y fue justo allí, sobre aquel sofá de piel negro que durante tantas mañanas había sido testigo de los trazos que Quinn marcaba en sus bocetos, o los kilómetros que Rachel recorría sobre la bicicleta estática, cuando el más despreciable ser del universo hacía uso de su muñequita de vudú y fomentaba una nueva ola de desesperación entre las dos.

El sonido del teléfono cortó de pleno el gemido que Quinn ya notaba ascender por su garganta cuando Rachel se olvidaba del sujetador y besaba con desesperación su pecho. Un sonido que sonaba alto y claro en aquella habitación por culpa de un terminal que permanecía sobre el escritorio.

—¡Mierda!—se lamentó la rubia tratando de reincorporarse sobre el sofá.

—Ni se te ocurra ir a por él—masculló Rachel obligándola a que permaneciese tumbada.

No sabemos quién puede ser.

—Que lo atienda Santana, o Brittany…

—Ya, y luego subirán hasta aquí para decirnos que han llamado al teléfono—replicó Quinn buscando su mirada—Rachel, cuanto antes acepte la llamada, antes podremos seguir, ¿Ok?

—¿De verdad vas a atenderlo?

Cielo, solo será un par de segundos—se excusó apartándola con dulzura, aunque el movimiento final de la morena dejándose caer sobre el sofá fue de todo menos dulce. La resignación y la impaciencia empezaban a adueñarse de ella, y Quinn lo sabía. Por eso mismo decidió abalanzarse sobre el teléfono y procurar no perder más tiempo del preciso.

—¿Hola?...Ah…Hola Bette—saludó lanzando una mirada de reojo hacia Rachel, que nada más oír el nombre del interlocutor que las molestaba, dejó escapar un resoplido aún más desesperante—Eh…estoy en casa, sí…ajam…no, tranquila, no estaba haciendo nada—desvió la mirada hacia el escritorio, sabiendo que aquella respuesta no le iba a gustar en absoluto a su mujer—Bueno, tengo a San y a Britt en el jardín con los niños. Ajam…¿Ahora?—volvió a buscar a Rachel que desde el sofá no dejaba de observar cada gesto que realizaba—Pero ahora no puedo, ya te he dicho que…A ver Bette, es domingo y…—tragó saliva—¿Cómo? ¿Están bien? Ah, bueno…bueno está bien, sí claro. No te preocupes—suspiró pesadamente—Adios Bette.

—Eh…lo siento cielo—balbuceó temerosa antes de girarse hacia la morena y descubrir cómo ésta ya se había levantado del sofá y la miraba desafiante.

—¿Lo sientes? ¿Qué tienes que sentir? ¿Pasa algo?

—Bette acaba de convocar una reunión urgente. Tengo que ir a la galería.

—¿Qué? ¿Ahora? ¿Qué dices, Quinn? Son las 5 de la tarde y es domingo.

—¿Crees que no lo sé?—replicó al tiempo que comenzaba a abrochar su blusa—Ha pasado algo con una de las galerías de Chicago y bueno, tengo que ir a ver qué sucede. Parecía impaciente.

—¿Y qué me importa a mí que Bette esté impaciente? ¿Qué pasa conmigo?—Recriminó molesta.—¿Qué pasa con la barbacoa?

—Hey…relájate, solo será una estúpida reunión de algunos minutos. Voy y vuelvo, ¿Ok?

—No, no vas a ir ni vas a volver tan pronto como dices—reprochó caminando hacia la puerta—Siempre hace lo mismo, siempre es una jodida reunión de cinco minutos y luego…

—¡Rachel!—la interrumpió molesta—¿Qué diablos te pasa?

—¿A mí?—se giró hacia ella completamente fuera de sí— Mejor pregunta qué diablos te pasa a ti. Te recuerdo que soy tu mujer, y que yo también puedo estar impaciente.

—¿Te tengo que recordar que soy directora de una galería?—se enfrentó a ella— ¿Te tengo que recordar que tengo responsabilidades? ¿Qué quieres que le diga? Lo siento Bette, pero es domingo, estoy a punto de follar con mi mujer y no me da la gana ir a una reunión, ¿Quieres que le digas eso?

—Eres una ordinaria—le respondió ofendida—Haz lo que te dé la gana.

—¡No es lo que me da la gana!—replicó siguiéndola hasta la puerta—Es mi trabajo, igual que tú tienes el tuyo…¿Qué diablos te pasa?

Nada…no me pasa nada—masculló sin siquiera mirarla a los ojos—Procura despedirte de Elise cuando te marches. Al menos que sepa dónde estás y que no vas a pasar el día con ella—añadió segundos antes de abandonar la habitación y dejarla a solas, completamente confundida, sin saber qué había hecho o dicho para llegar a ese extremo.

No era la primera vez que tenía que acudir a alguna reunión urgente en la galería, ni tampoco era algo que normalmente le supusiese ninguna disputa con Rachel. Es más, siempre le había repetido que debía estar junto a Bette cuando estuviese en Nueva York, que no la dejase a solas bajo ningún concepto. Y sin embargo, en aquel instante todos sus consejos perdían toda importancia por aquella reacción. Una reacción desorbitada que no estaba dispuesta a tolerar, y mucho menos a sufrir aquel ataque de repleto de chantaje emocional utilizando a su propia hija para ello.

Definitivamente, la falta de tiempo para estar a solas empezaba a ser una absoluta tortura, un horror que provocaba aquella guerra inaudita entre las dos.