You did what?
El sol empezaba a asomar, y a colarse por las ventanas sin cortina del cuartel de los mosqueteros. Uno de sus rayos incidió sobre la cara de Athos, obligándole a moverse, para huir de él. Cuando la giró, se encontró con lo que a él le pareció la visión más hermosa del mundo. Ninon, cubierta por las sábanas, con el pelo repartido sobre la almohada, dormida entre sus brazos. Suspiró profundamente. Aquello le confirmaba que había sido real.
La cama no era lo bastante grande como para que dos personas durmieran holgadamente, pero en aquella postura cabían sin demasiado problema en el colchón. Aprovechando la postura en que había quedado, besó dulcemente la frente de la joven, y comenzó a acariciar suavemente su hombro.
-Buenos días – Athos hablaba en susurros, mientras que con la mano que tenía libre apartaba los rizos de pelo rubio de la cara de ella, acariciando también su mejilla en el proceso.
La joven, finalmente, despertó. Con un ligero quejido, que a Athos más le pareció un ronroneo, se estiró suavemente en la cama, y volvió a la postura que había adoptado para descansar: abrazada a él. Luego, dejó un beso sobre el pecho desnudo de Athos, y comenzó a imitar con sus dedos sobre el vientre de él los dibujos que él hacía sobre su hombro.
Él suspiraba, más que respiraba. Había olvidado lo que era despertarse junto a una mujer, tras haber compartido con ella la cama la noche anterior. Esperaba la habitual punzada de dolor en el corazón ante los recuerdos de su vida anterior, pero en aquella ocasión, no llegó.
- ¿Vais a contarme por qué suspiráis tanto? ¿Tan mal lo he hecho? – le dijo ella en tono de broma.
- No, claro que no – le respondió él, dejando un tierno beso en sus labios. – Tal vez yo sí, hacía ya tiempo que no… hacía esto.
- ¿Y por eso suspiráis? ¿Extrañáis compartir la cama, o tal vez a la mujer con la que la compartíais? – no había reproche, celos o maldad alguna en aquella pregunta. Pero, pese a que intuía que rememorar el pasado sería doloroso para Athos, ella necesitaba conocer toda la historia, no los simples retales que conocían los demás mosqueteros o Constance, y rellenar los huecos con su imaginación.
- Ninon, yo…
- Contádmelo – le animó ella. – Estoy segura de que no puede ser tan horrible como pensáis.
- Lo es. Hice cosas terribles, cosas que si vos o cualquiera conociera haría que lamentarais cada momento que hayáis pasado a mi lado.
-Eso me tocará a mí decidirlo, ¿no creéis? – se incorporó un poco, y volvió a besarle, esta vez mucho más intensamente – No me arrepiento de ningún momento a vuestro lado hasta el presente, y no creo que eso vaya a cambiar.
Athos lo dudaba seriamente, pero acabó rindiéndose a la persistencia de aquella mujer. Le contó todo, desde el principio. Desde la primera vez que la vio cuando cruzaba Pinon, hasta el fatídico momento en que la encontró bañada en la sangre de su hermano, y la mandó a ahorcar, así como su posterior escapatoria de la muerte y su transformación en Milady de Winter, la espía de Richelieu.
- ¿Que hicisteis qué?
- Era mi deber. Las leyes… - pero ella no lo dejó acabar.
- Lo sé, sé que hicisteis lo que debíais. Pero debió ser horrible dar aquella orden. No puedo imaginar el sufrimiento que vino después. No se si alguien en vuestra situación hubiera tenido vuestro valor.
- ¿Llamáis valor a…?
- Llamo valor a hacer lo correcto a pesar de uno mismo y de los deseos propios. Tenéis un alto sentido del honor, Athos, y os atenéis a él hasta las últimas consecuencias. Pocos hombres pueden decir eso.
Él se quedó mirándola. Jamás había pensado que de aquella historia se pudiera sacar la más mínima brizna de luz. Había asumido que Ninon recogería sus vestidos en cuanto la oyera, para marcharse y no volver a dirigirle la palabra jamás. Y sin embargo ella había hecho una interpretación totalmente distinta, una en la que él no era un monstruo sin alma. Y aquello lo dejó aturdido durante varios segundos.
- Y por si lo habíais pensado, - añadió, en tono de advertencia, pero con una cálida sonrisa en los labios - lo que vino después, todo lo que ella hizo fue fruto de sus elecciones. Ella pudo elegir redimirse, o buscaros, o emprender una nueva vida y enmendarse. Pero eligió la venganza y eso es solo culpa de ella, no vuestra.
Athos no pudo sino corresponder a su sonrisa, y reanudar las caricias por la piel desnuda de equella excepcional mujer, capaz de ver la luz que aún pudiera albergar. Después de aquello no intercambiaron más palabras, sino besos. Nadie iba a echarles de menos por dos horas más…
