6.- Cocina

.

.

.

- ¿No tienes hambre? – preguntó Kurt a su padre, desde la puerta del taller

- Mucha, pero aún me queda este camión para revisar. – respondió el hombre calvo, apuntando un enorme camión que estaba estacionado fuera del taller.

- Bien entonces me iré a casa para preparar algo de almuerzo – concluyó Kurt, girando sobre su eje y encaminándose a casa.

- Lleva a Jake contigo – ordenó Burt – No quiero que vayas solo.

Antes de que el castaño pudiera replicar, vio que Jake se dirigía hacia él trotando, mientras limpiaba unas manchas de aceite de sus manos.

- ¿A dónde vamos? – consultó con esa sonrisa que desarmaba a Kurt.

El castaño solo meneo la cabeza mientras miraba a su padre y caminó en silencio a su casa que quedaba a dos cuadras de ahí. Desde que Burt se había enterado de las amenazas que recibía Kurt en el instituto, ponía especial cuidado en que fuera acompañado a todas partes. Por suerte para Kurt, la persona que siempre estaba disponible para acompañarlo era Jake, así que, cumpliendo las órdenes de su padre, iba con el moreno a todas partes.

- ¿No te molesta que mi padre te use como mi guardaespaldas? – soltó Kurt, mientras llegaban a la puerta de su casa.

- Hasta que por fin hablas – musitó Jake, sonriendo nuevamente – la verdad es que no. Alguien tiene que protegerte.

- Ok, pero eso no justifica que él te ordene andar conmigo para todas partes – rebatió obstinado el castaño, mientras entraba en su casa y dejaba las llaves sobre una mesa.

- Eso da igual – contestó Jake, chasqueando la lengua - ¿Qué cocinamos? – preguntó con naturalidad, mirando a su alrededor.

- Algo sencillo… ¿Carne con arroz? – propuso Kurt.

- Ok, yo hago el arroz, tú te encargas de la carne.

Obedeciendo a su naturaleza sumisa, Kurt comenzó a hacer exactamente lo que Jake le había indicado. Buscó en el congelador un trozo de carne y luego de meterlo en el microondas para descongelarlo, comenzó a aliñarlo. Por su parte, Jake echaba mantequilla en una olla y antes de que Kurt pudiera darse cuenta, había puesto el arroz en ella.

- ¿Arroz con mantequilla? – dijo Kurt algo receloso

- Tú déjame cocinar en paz – había respondido Jake, ante la cara de desconfianza de su amigo.- A esa carne le vendría bien una cebolla

- Puede ser…

Considerando la idea de Jake, Kurt buscó en el congelador una cebolla y comenzó a cortarla, para agregarla a la carne.

- Pero no la cortes de esa forma.

- Tú déjame cocinar en paz – replicaba Kurt, sonriendo.

- No puedo, sobre todo si estas cortando una cebolla en trozos tan grandes que pueden matar a alguien por ahogo.

- Gracioso

- Gruñón – Dijo Jake, a tiempo que se acercaba por detrás de Kurt, tomaba sus manos y con delicadeza le enseñaba a cortar una cebolla de manera decente.

La respiración de Kurt se aceleró imperceptiblemente. Boqueó nuevamente, como aquella vez en que chocó con el moreno en el pasillo del instituto y un leve rubor cubrió sus mejillas. Sentir los fuertes brazos del moreno alrededor de su cuerpo, hizo que se olvidara de la cebolla que tenía frente a sus ojos, hizo que se olvidara del almuerzo y sacó su conciencia fuera de la cocina. Volaba, Kurt juraba que volaba y que esos fuertes brazos lo mantenían suspendido en el aire. Las manos del moreno contrastaban perfectamente con las blancas manos del castaño. Eran como un juego de colores que danzaba cadenciosamente frente a él, haciendo que todo pareciera simple, bello… hermoso.

- …y así es como se hace el corte pluma – había terminado de decir Jake a tiempo que soltaba las manos de Kurt y apartaba su fornido pecho de la espalda de su amigo.

Kurt se quedó paralizado frente a la carne, con el cuchillo en la mano y la cebolla cortada perfectamente. ¿En qué momento Jake había comenzado a hablar? ¿En qué momento su conciencia se había marchado de vacaciones? ¿En qué momento Jake había ganado tanto poder sobre él?

Con estas y más interrogantes, Kurt trató de simular que nada pasaba. Tomó una sartén, echó la carne y la cebolla y la puso al fuego. Jake lo miraba atentamente, mientras vigilaba su propia olla. El moreno podía adivinar con una mirada a la olla, si el arroz ya estaba del todo cocido, pero Kurt apostaba su colección secreta de tiaras, a que su amigo jamás sería capaz de saber a ciencia cierta todo lo que provocaba en él. Temblores, respiración agitada, mejillas rojas y un corazón latiendo a todo lo que daba y es que, tener cerca a Jake Puckerman no era fácil… sobre todo para Kurt.

- Este arroz es delicioso – decía Burt con la boca llena – y la carne, ¡Oh Dios mío! ¿Qué le echaron a esto? ¡Está increíble!

Con su clásica complicidad, ambos chicos se llenaron la boca de comida y no respondieron a la pregunta de Burt, sin embargo Kurt descubrió a través de ese almuerzo, que la pasión y el deseo, son los mejores aderezos que una comida puede llevar.