Capítulo 7 - Los muertos están muertos II
Primera parte: The Vengeance of the Serpents
—Nadie lo ha visto. —Nott llegó hasta ellas con la preocupación pintada en su habitualmente inexpresivo rostro—. No ha pasado por aquí.
A su espalda, el edificio de correos se alzaba imponente. Las ventanas seguían abiertas para que las lechuzas pudieran entrar y salir a su antojo, pero la luz que salía de su interior era tenue. La oficina estaba a punto de cerrar; Hermione calculó que faltaban apenas un par de minutos para la puesta de sol y, por consiguiente, para el toque de queda.
McGonagall iba a matarlos.
—¿Creéis que nos ha mentido? —Pansy se había mordido tanto y tan fuerte el labio a causa de los nervios que, en ciertas zonas, el pintalabios se le había borrado—. Puede que tuviera que ir a otro sitio.
—Pero ¿a dónde? —Por supuesto, aquella era la gran pregunta.
Pansy negó con la cabeza. No tenía ni idea.
—¿Deberíamos ir a buscarlo? —A juzgar por su tono de voz, estaba claro que Pansy creía que sí—. Hace mucho que se marchó. Y si no ha venido aquí...
Hermione empezaba a impacientarse. Sabía que su compañera estaba poniéndose en lo peor y ella misma no podía contener cierta sensación de desasosiego.
¿Dónde diablos se había metido Malfoy?
—Separémonos —dijo. Tuvo que alzar la voz para que sus compañeros la oyesen a pesar del viento y de la bufanda que le cubría la parte inferior de la cara, hasta la nariz.
Nott y Pansy cruzaron una rápida mirada. Luego, la chica lanzó un rápido vistazo al cielo. Solo quedaba una fina línea de luz en el horizonte.
—Démonos prisa —concedió al fin, con un suspiro.
Nott asintió.
—Yo iré por allí —Señaló con la cabeza hacia la derecha, al camino que llevaba a Zonko—. Pansy, tú ve por ahí. —Indicó la calle que se abría frente a ellos—. Hermione…
Ella asintió. Izquierda.
Estaba a punto de sugerir que quien encontrara a Malfoy convocara su patronus para alertar a los otros, cuando recordó que aquel era un hechizo que quedaba muy lejos del alcance de Pansy.
—Si lo encontráis, enviad chispas verdes. —Optó por lo más sencillo. Sus compañeros asintieron.
Hermione fue la primera en dar la vuelta; volvió sobre sus pasos y tomó la primera calle a la izquierda, en dirección a Las Tres Escobas.
El pueblo estaba completamente desierto. A pesar del tiempo que había transcurrido desde la caída de Voldemort, la gente seguía atemorizada. Habían sido muchos los mortífagos y carroñeros que habían huido años atrás y, aunque solían mantenerse ocultos, todavía de vez en cuando salían de su escondrijo para atacar a los incautos.
Hermione se sorprendió a sí misma rogando por que Malfoy estuviera a salvo. Después de todo lo que había ocurrido —después de que tanto él como su madre se hubieran atrevido a traicionar a Voldemort—, Malfoy sería un gran premio para aquel que lograra atraparlo, estaba segura.
Llegó al final de la calle y torció a la derecha. Unos metros más allá, la puerta principal de la taberna se abrió con un chirrido. A pesar de que seguía abierta —y, probablemente, lo estaría aún un par de horas más—, a oídos de Hermione no llegó el acostumbrado bullicio de su interior.
La puerta se cerró tras Ron. Harry estaba a su lado, pero de Ginny no había ni rastro.
No tardó más que unos segundos en tomar una decisión.
Echó a correr calle abajo. Estuvo a punto de tropezar por culpa de la nieve, pero no aminoró el ritmo.
—¡Harry! —gritó—. ¡Harry!
Los dos chicos se volvieron hacia ella, completamente sorprendidos. Ron la miraba con los ojos como platos, como si hubiera visto un fantasma.
Ella derrapó frente a ellos y se inclinó hacia delante, boqueando para recuperar el aliento.
—¿Qué…? ¿Qué…? —Tartamudeó Harry.
—Necesito… Necesito saber… —Jadeó. Los pulmones le ardían. Se irguió con dificultad—. ¿Habéis visto a Malfoy?
En cuestión de segundos, Ron se puso rojo de rabia. Gruñó y se inclinó hacia ella, amenazante.
—¿Es una broma? —Tras él, Harry la miraba muy serio—. ¡Tiene que serlo!
Hermione apretó los labios. Estaba cansada de sus gritos, de su malhumor. Estaba cansada de su rabia.
—¡No me creo que…!
Estaba harta de él. Y, de pronto, no pudo soportarlo más.
Simplemente, estalló.
—¡No, Ron! ¡Ahórratelo! —espetó. Surtió efecto. Debía haberse acostumbrado a su pasividad, a que soportara todos sus insultos con la cabeza gacha, porque pareció realmente sorprendido. Abrió y cerró la boca un par de veces, sin emitir sonido alguno. Ella inspiró, tratando de calmarse—. Solo quiero saber si habéis visto a Malfoy —explicó—. Ha… Ha desaparecido —añadió, con un ligero titubeo.
Ron apretó tanto los dientes que Hermione pudo escucharlos rechinar.
—Ojalá se quede así para siempre —dijo, justo antes de girar sobre sí mismo y desaparecer con un sonoro plop.
Hermione suspiró, llena de exasperación.
—¿Harry? —Se volvió hacia él, muy seria. Él la contemplaba de la misma manera y, de pronto, Hermione se sintió nerviosa. Hacía años que él no la miraba con esa intensidad. Tragó saliva. Decidió intentarlo, decidió arriesgarse—. Por favor, Harry. —Pero, a pesar de sus palabras, ya no había súplica en su voz.
Le sostuvo la mirada. Él permaneció impasible.
—Por favor —repitió. Estaba tan oscuro que ya apenas podía distinguir sus rasgos—. Se hace tarde. Puede que tenga problemas.
Él dio un paso hacia delante, hacia ella. Guardó silencio durante unos instantes y a Hermione no le pasó inadvertida la forma en la que su mirada se detenía sobre su bufanda de Slytherin.
Cuando habló, su voz era fría como el hielo.
—De verdad que no entiendo a qué estás jugando, Hermione.
Y, sin darle tiempo a responder, también él se desapareció.
Meneó la cabeza. Debería haber sabido que aquello resultaría inútil.
Echó a andar una vez más, sin saber muy bien a dónde dirigirse. Si en verdad a Malfoy le había ocurrido algo, podría encontrarse en cualquier lugar.
Si realmente algún mortífago o carroñero había dado con él, probablemente ya se lo hubiera llevado muy lejos.
Sabiendo que sería prácticamente imposible toparse con él en medio del pueblo, Hermione giró a la derecha. No podía verla a causa de la oscuridad, pero sabía que al final de ese camino se alzaba la Casa de los Gritos. No obstante, no era allí a dónde se dirigía. Aquello hubiera resultado demasiado obvio.
Empezó a nevar. La temperatura había descendido tanto que la nariz y los dedos le dolían, a pesar de la bufanda y los guantes.
Siguió andando, tratando de centrarse en Malfoy, en su desaparición. Sin embargo, el recuerdo de Harry y Ron se negaba a abandonar por completo su mente.
Sabía que no podía juzgarlos. Sabía que la odiaban. Y sabía que era culpa suya.
Culpa suya por haber mentido, por haber traicionado a Ron, por no contarle la verdad. Por salir corriendo sin dar ninguna explicación.
Ellos creían que los había abandonado por voluntad propia y Hermione comprendía su dolor. Su decepción. Pero eso no lo hacía menos doloroso.
Céntrate, se dijo. Olvídalos.
Flexionó los dedos con los que sujetaba la varita, uno a uno.
La distancia entre los edificios fue haciéndose más y más amplia a medida que ella avanzaba. Las casas fueron quedando atrás y el camino fue haciéndose más empinado. Los árboles crecían a su alrededor; altos y regios, con las hojas salpicadas de nieve.
Una vez más, la respiración se le aceleró a causa del esfuerzo. Bajo la capa de nieve, el suelo era completamente irregular y en ocasiones sus pies se hundían hasta el tobillo, mientras que otras tropezaban con piedras y raíces ocultos a la vista.
Empuñaba la varita con firmeza. Su tacto resultaba reconfortante.
Puedo hacerlo, trató de animarse.
Llegó a la cima de la colina con la respiración entrecortada, el corazón latiendo a toda velocidad y flato en el costado. Se permitió un breve descanso para recuperar el aliento y, a continuación, ignoró el sendero que llevaba directamente a la Casa de los Gritos y continuó hacia la izquierda, hacia el frondoso bosquecillo de pinos que cubría la otra ladera.
Se internó entre los árboles con un nudo en la garganta.
Era lógico tener miedo. Era lógico.
Caminaba lo más rápido que podía, cuidándose de hacer el menor ruido posible. En el bosquecillo solo se oía el silbido del viento. El olor de los pinos, el olor de la resina, era tan fuerte allí que resultaba embriagador.
No vio el rastro de las pisadas hasta que estuvo prácticamente encima de él.
La nieve que caía las había cubierto parcialmente, pero todavía podían distinguirse con claridad. Las huellas —que discurrían paralelamente— eran de dos pares de pies —unos mucho mayores que los otros— y, entre ellos, la nieve estaba revuelta y aplastada, hundida, como si hubieran arrastrado algo por allí. O a alguien.
Siguió el rastro con el corazón en un puño.
Las voces sonaron tenues al principio. Tan tenues que, por unos momentos, Hermione las confundió con el sonido del viento.
No obstante, pronto comprendió que allí, en el bosque, había alguien más.
De pronto, una luz comenzó a brillar unos metros más allá e, instintivamente, Hermione se agazapó detrás de uno de los troncos.
—¡Apaga eso! —Era una voz femenina. Sonaba extrañamente familiar. Frunció el ceño, tratando de ubicar aquella voz, de recordar dónde la había escuchado antes. Sin resultado—. ¡Van a descubrirnos!
—Cierra la boca.
Hermione contuvo la respiración. Aquella voz sí que la conocía bien.
—¡Pero, Blaise…!
—He dicho que cierres la boca. —Se escuchó un golpe. Luego, un gemido de dolor. Malfoy—. Nadie lo buscará aquí.
Al menos todavía no lo habían matado.
Tenía que sacarlo de allí. Ya.
Se arriesgó a asomarse, a echar un vistazo. La luz centelleaba unos metros más allá, en un diminuto claro que se abría entre los árboles.
Zabini estaba inclinado hacia delante, sobre un bulto negro que yacía en el suelo. A pesar de la distancia, Hermione pudo notar que tenía las manos atadas a la espalda.
Se concentró, preparada para utilizar la magia no verbal. Apretó la varita con fuerza entre los dedos, y enseguida sintió la familiar sensación —como de algo húmedo y viscoso— deslizándose desde la coronilla al resto del cuerpo. Alzó la mano frente a su cara, pero allí ya no había nada. Miró hacia abajo; de su cuerpo no quedaba ni rastro. Perfecto.
Sin embargo, por muy efectivo que resultara su hechizo desilusionador, no podía hacer nada con las huellas que iba dejando a su paso.
Se acercó con sigilo, rogando por que ninguno de los dos se volviera en su dirección.
—Blaise… —La chica lo intentó de nuevo. No dejaba de moverse, así que Hermione no tenía una visión clara de ella; los troncos la ocultaban.
Zabini soltó un gruñido.
—Cállate de una maldita vez, Hestia.
Hestia… Apenas tardó un par de segundos en recordar.
Hestia Carrow. Hermione había coincidido brevemente con ella en el Club de las Eminencias de Slughorn.
—¡Pero deben de estar buscándolo! —Hizo un gesto con el brazo, señalando a Malfoy—. ¿Por qué no lo sacamos de aquí?
Hermione llegó a la linde del claro. Alzó la varita.
Malfoy estaba encogido sobre sí mismo. Se convulsionaba.
Respiró hondo.
¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Atacar, tratar de liberarlo?
¿Y si no estaban solos?
Hermione se mordió el labio con fuerza. Dudaba.
—¿Y a dónde sugieres que lo llevemos? —escupió Zabini, cabreado. Parecía nervioso—. Te recuerdo que gracias a tu hermana estamos en la lista negra. —Se pasó la mano por el pelo—. Podemos darnos por satisfechos si nos readmiten al terminar con esto.
Hestia sacudió la cabeza. Su largo cabello castaño oscuro brilló a la luz de la varita.
—Podemos darnos por satisfechos si conseguimos salir vivos de aquí.
Zabini la ignoró y ella retomó los paseos alrededor del claro.
Hermione alzó la varita.
Expe… Comenzó a recitar el hechizo, pero las palabras que pronunció Hestia a continuación —el miedo en su voz— hicieron que se detuviera.
—Se retrasa, Blaise —gimoteó—. Si tantas ganas tiene de atraparlo… ¿Por qué no viene?
Zabini negó con la cabeza, pero no añadió nada más.
Hermione aguardó, preguntándose de quién hablarían. Quién tendría tantas ganas de coger s Malfoy.
No obstante, sabía que no podía retrasarse mucho. Si quería sacar a Malfoy de allí antes de que esa misteriosa persona fuera a por él, debía darse prisa.
Un vez más dudó, dividida entre el deseo —deseo de obtener más información— y la necesidad de largarse de allí cuanto antes.
—¡Crucio! —El hechizo resonó sin previo aviso en el claro.
Impactó en el pecho de Malfoy, que comenzó a aullar de dolor.
A Hermione la sangre pareció helársele en las venas.
Cerró los ojos, maldiciendo la situación. Deseó poder taparse los oídos. Ignorar todo aquello.
No te precipites, se dijo, pero sabía que no podría permanecer impasible mucho tiempo.
—¿Qué demonio haces? —Hestia se lanzó hacia Zabini. Lo golpeó en el hombro, rompiendo el maleficio de inmediato—. ¿Estás loco? ¿Quieres que nos oigan?
—Estoy jugando, Hestia. —Había cierta amenaza en su tono. Su compañera debió de percibirlo, porque retrocedió un par de pasos, con la cabeza gacha—. Quiero hacérselo pagar. —Se puso en cuclillas para quedar a la altura de Malfoy. Le puso la varita en el cuello—. A ella no le importará que llegue un poco estropeado. —Soltó una risotada.
Malfoy jadeaba, revolcándose por el suelo. Trató de alejarse de la varita de Zabini, pero con las manos atadas no llegó muy lejos.
Zabini parecía disfrutar del espectáculo.
—¿A dónde vas, amigo mío? —dijo con desprecio—. Me parece que todavía no hemos terminado aquí. —Se irguió. La luz de la varita proyectaba sombras diabólicas en su rostro. Su sonrisa era la de un trastornado, la de un psicópata que disfruta el trabajo que está haciendo. Se arremangó, a pesar del frío—. ¡Crucio! —gritó un vez más y, en esa ocasión, el alarido que soltó Malfoy fue ensordecedor. Le vibró en los oídos, resonó en su cabeza y Hermione supo que tenía que hacer algo. Ya.
A la mierda todo.
Salió al claro, varita en mano.
¡Expelliarmus!, gritó mentalmente mientras agitaba la varita y, de inmediato, la de Hestia saltó desde el bolsillo de su pantalón. La de Zabini salió despedida de su mano y él cayó hacia atrás, como si una fuerza invisible lo hubiera golpeado. La tenue luz que había brillado en su punta se extinguió.
La oscuridad se hizo prácticamente total. Solo el brillo perlado de la luna llena —que apenas asomaba entre las nubes— proyectaba algo de claridad. No obstante, el grito de asombro de Hestia le dio una idea de a dónde debía apuntar.
Incarcerous.
Su varita vibró un instante y, acto seguido, se escuchó un golpe sordo, seguido por un quejido y Hermione supo que había alcanzado a la chica.
No tenía ni la más remota idea de dónde estaba Zabini. La oscuridad no le dejaba ver. Se quedó inmóvil. Contuvo el aliento, tratando de distinguir algún sonido más allá de los gemidos de Hestia o el silbido del viento.
Permaneció inmóvil durante un tiempo que se le hizo eterno. Pero, de pronto, supo que algo no había salido como lo había planeado.
A su espalda, Malfoy soltó un alarido de dolor que le perforó los tímpanos. De forma instintiva, giró hacia él la cabeza y lo vio rodar sobre la nieve, encogiéndose sobre sí mismo. Sobre su brazo brazo izquierdo, que todavía tenía atado a la espalda.
Y, de pronto, la oscuridad de la noche pareció hacerse más densa. Un humo negro lo cubrió todo y, en cuestión de instantes, unas serie de figuras comenzaron a emerger de la niebla. Fueron apareciéndose uno a uno, tomando posición alrededor del cuerpo de Malfoy.
Hermione contó uno, dos, tres… Seis. Eran seis los recién llegados.
Supo, de inmediato, que estaba perdida. Que no saldría viva de allí.
Si pudiera llegar hasta Malfoy. Si pudiera alcanzarlo… Sería tan sencillo desaparecerse…
De pronto, una intensa luz surgió de algún punto situado frente a ella y Hermione tuvo que entrecerrar los ojos para evitar ser deslumbrada.
Pestañeó.
Detrás de la luz estaba Goyle. Y, a su lado, estaban sus compañeros. Gente con la que Hermione había asistido a clase durante años. Gente que, en todo aquel tiempo, había seguido y admirado a Malfoy.
Daphne Greengrass. Astoria Greengrass. Marcus Flint. Millicent Bullstrode. Malcolm Baddock. Graham Pritchard.
Hermione los conocía a todos. A unos más, a otros menos. Pero todos habían coincidido con ella en Hogwarts.
Las manos le temblaban.
Alzó la varita, diciéndose que no podía desaprovechar su oportunidad. Pero fue demasiado lenta.
—¡Allí está! —Fue Daphne la que la descubrió. Señalaba el rastro de huellas que Hermione había dejado a su paso y que se terminaba, precisamente, en el punto en el que ella se encontraba en ese momento.
Hermione maldijo entre dientes. No tenía escapatoria.
Casi como a cámara lenta, los vio alzar las varitas. Daphne y Flint fueron los primeros. Los demás los imitaron; en menos de lo que Hermione tardó en pestañear seis varitas la apuntaban directamente al corazón.
Jamás podría detener tal cantidad de maleficios.
Un coro de voces se elevó en el claro y las puntas de las varitas brillaron con colores verde, rojo y azul.
Giró a la desesperada sobre sí misma, desapareciéndose justo a tiempo. Los maleficios impactaron en el árbol que había estado a su espalda. El tronco se partió por la mitad.
Pero ella no podía irse sin Malfoy.
Se apareció al otro lado del claro, aunque sabía que sería inútil. El pequeño estallido la traicionó y, en cuestión de instantes, tenía las varitas apuntándola directamente una vez más.
Goyle y Bullstrode, que eran más lentos y más estúpidos que los demás, no se volvieron a tiempo. Pero, incluso así, Hermione no tenía nada que hacer.
Instantes antes de que los cuatro hechizos restantes la alcanzaran, una bruma plateada salió de la punta de su varita.
Mientras intentaba un último y desesperado hechizo protector, Hermione vio la bruma dividirse y tomar la forma de dos pequeñas nutrias que, veloces como el rayo, se alzaron sobre sus cabezas para ir en busca de ayuda.
Hermione sintió su endeble escudo quebrarse bajo la primera embestida y, a continuación, sintió una terrible fuerza golpearla en el estómago, lanzándola hacia atrás. La varita salió volando y ella aterrizó de espaldas, con tanta violencia que la respiración se le entrecortó. Sintió el hechizo desilusionador desvanecerse, dejando su cuerpo al descubierto. Un penetrante olor metálico, acompañado de una sensación pegajosa en la sien, le indicó que estaba sangrando. El dolor llegó un poco después, con unos segundos de retraso.
Jadeó, tratando de hacer llegar el aire a los pulmones.
—Vaya, vaya. —Fue Zabini quien se acercó a ella. Había recuperado su varita y la hacía girar entre los dedos—. Si es la sangre sucia amiga de Potter.
Su mano se movió con rapidez, sin previo aviso, y Hermione sintió un dolor agudo en la mejilla y el sabor de la sangre en la boca. Un dolor lacerante le recorrió el lado del rostro que él había golpeado, haciendo que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Quiso hablar, pero no fue capaz.
Su bofetada le había partido el labio. Escupió.
—Tú también nos has dado muchos problemas, ¿lo sabías?
Hermione tosió. Se atragantaba con su propia sangre. Rodó sobre sí misma para ponerse de lado y escupió una vez más.
Le dolía todo el cuerpo. El corazón latía errático, podía notarlo.
—Te he hecho una pregunta, sangre sucia. —Pero no obtuvo respuesta.
No, no podía hablar. No podía mirar a Zabini. Tenía la cara llena de nieve, la boca llena de sangre.
Escuchaba su voz, pero apenas entendía sus palabras. Parecía furioso.
Un dolor desgarrador le recorrió el abdomen cuando el pie de Zabini impactó contra su estómago. Todo el aire escapó de sus pulmones de golpe y Hermione creyó firmemente que se ahogaría, que nunca sería capaz de volver a respirar. Boqueó en busca de oxígeno. Tosió.
Pero aquello no parecía ser suficiente para Zabini.
—¡Crucio!
Decir que dolía hubiera sido quedarse corta.
Todo pensamiento coherente desapareció de su mente. El cuerpo le ardía, como si estuvieran marcándola con hierros al rojo. Escuchaba los huesos crujir. Escuchaba sus propios gritos desesperados.
Quiso morir. Quiso que todo terminase.
Lloró. Rogó. Suplicó.
Y, cuando creyó que no podría soportarlo más, cuando estuvo segura de que iba a morir allí mismo, cuando estuvo segura de que iba a perderse a sí misma para siempre, el dolor desapareció.
Gimió. De forma instintiva, se encogió sobre sí misma. Trató de protegerse.
Cerró los ojos. Apretó los párpados con fuerza. Jadeó.
Y, de pronto, se sintió transportada a aquella celda húmeda y fría. A aquella casa en ruinas que se había convertido en el escenario de sus peores pesadillas.
Aguardó a que la nueva oleada de dolor llegase, pero esta nunca lo hizo.
—Tenemos que irnos, Blaise. —Una vez más era Hestia quien hablaba. Sujetaba a Zabini del brazo—. Déjalo ya. Ha enviado un patronus.
Zabini apretaba los dientes. Su piel oscura brillaba a la luz de la varita de Goyle.
Hermione esperó, con el corazón encogido, incapaz de moverse.
—Tienes razón —asintió Zabini tras unos segundos—. Coged a Malfoy. Nos largamos.
—¿Qué hacemos con ella? —Era la voz de Daphne. Hermione no podía verla desde donde estaba, pero hubiera reconocido su voz en cualquier parte.
Zabini hizo una nueva pausa.
—Matadla —ordenó luego—. Ya no nos sirve para nada.
Escuchó el débil quejido de Malfoy, un inútil conato de protesta.
Hermione cerró los ojos. Si pudiera conseguir que el dolor remitiera… Si pudiera concentrarse lo suficiente…
Las manos le temblaban de forma incontrolable, pero si pudiera lograr calmarse, quizá, solo quizá…
Inspiró hondo. Escuchó unos pasos aproximándose hacia ella. Los ignoró.
—¡Avada…! —Flint nunca terminó el maleficio.
El par de característicos estallidos —un fuerte crac y un plop algo más suave— que delataba la aparición, le indicó que Nott y Pansy acababan de llegar al rescate.
Respiró aliviada; eso le concedía unos segundos más de tiempo.
El caos estalló de inmediato. Zabini empezó a gritar órdenes y, al instante, media docena de chorros de luz de colores centellearon en el claro. Un reflejo azulado le indicó que el escudo protector de sus compañeros había aguantado el primer asalto.
Tomó una bocanada de aire. Las manos ya no temblaban.
Buscó a Pansy y Theodore con la mirada. Tenían problemas.
Dos contra ocho. Tres, en caso de que ella lograse recuperar su varita.
Hermione se preguntó si con ese patronus no habría firmado su sentencia de muerte.
Hizo un esfuerzo sobrehumano por levantarse. Todo su cuerpo protestó con fuerza, estremeciéndose de dolor, pero ella lo ignoró.
Consiguió sentarse en el suelo.
Unos metros más allá, Pansy se defendía como podía de las embestidas de Hestia, Bullstrode y Flint. Nott se enfrentaba en solitario a los otros cinco y, aunque era un gran duelista y un experto en magia no verbal, la sangre ya había salpicado la nieve a su alrededor. Su brazo izquierdo colgaba inerte.
No aguantarían mucho más. Segundos, solo tenía unos segundos.
Desesperada, miró a su alrededor.
—¡Sacad a Malfoy de aquí! —La orden de Zabini resonó en el claro, a pesar del barullo.
¡No!
¡Draco!, pensó, aterrada. No podía permitirlo. No podía permitir que se lo llevaran.
Goyle y Astoria trataron de obedecer. Corrieron hacia Malfoy con torpeza, tropezando cada pocos pasos a causa de la nieve.
Hermione apretó los dientes con fuerza. Aquella era su última oportunidad. No tenía varita, pero no la necesitaba.
Luchó por ponerse de rodillas y todos los músculos de su costado protestaron a gritos.
Goyle casi había llegado junto a Malfoy. Astoria le seguía de cerca.
Hizo un esfuerzo por concentrarse, por sacar de su mente todo lo que no fuera su magia. Se imaginó el calor en sus dedos, las llamas lamiendo la túnica de Goyle.
Cerró los ojos y sus manos se movieron instintivamente, trazando esos gestos —esos símbolos— que tanto esfuerzo, tanto sudor, le había costado aprender. Con dedos ágiles, empezó a dibujar las runas en el aire.
El grito horrorizado de Pansy estuvo a punto de desconcentrarla. Por el rabillo del ojo, vio que Theodore había caído.
Apretó la mandíbula con fuerza. Tenía que aguantar. Tenía que aguantar, o todos morirían.
Trazó la última runa con dedos torpes y, de inmediato, sintió la magia liberarse al terminar el pequeño ritual.
—¡Incendio! —gritó, canalizando todo su poder a través de esa palabra.
Surtió efecto. El bramido de sorpresa y dolor de Goyle distrajo la atención de sus compañeros. Él se tiró al suelo, rodando sobre la nieve para tratar de apagar el fuego. Pero las llamas no se consumían y Goyle seguía gritando.
Las chispas saltaron a la túnica de Astoria, que lanzó un chillido agudo de terror.
Fue suficiente. Los escasos segundos que su pequeña distracción les hizo ganar bastaron. Una serie de detonaciones anunciaron la llegada de la subdivisión de la Orden que ese año había regresado a Hogwarts.
Hermione alzó la cabeza, parpadeando para tratar de aclarar su visión borrosa.
Nott estaba tirado en el suelo, en la linde del claro, pero Pansy seguía en pie y luchaba con una valentía que en otro tiempo había sido impensable en ella.
Tras ellos, la profesora McGonagall lanzaba maldiciones a diestro y siniestro, con una velocidad y maestría propias de una bruja más joven. A la luz de las llamas, el rostro de la directora brillaba de furia y Hermione comprendió que pronto los sacarían de ahí. Flitwick había hecho caer a Flint y Vector se enfrentaba a Daphne y Millicent.
No vio más.
Una súbita oleada de agotamiento la asaltó. Cayó hacia delante, sobre las palmas de las manos.
La visión se le nubló y unos puntitos de colores empezaron a danzar ante sus ojos. Los oídos le pitaban y, a pesar del frío, una capa de sudor le cubrió la piel. Los brazos empezaron a temblarle y, de pronto, las fuerzas le fallaron. Cayó de bruces sobre la nieve.
A unos metros de distancia, Malfoy la miraba. O eso le pareció.
Pestañeó, sintiendo como se sumía en la inconsciencia. La nieve estaba helada, pero ella tenía calor. Ardía.
Cerró los ojos, dejándose ir.
Y entonces, instantes antes de desmayarse, le pareció oír la voz de Zabini. Sonaba muy lejana, muy débil.
—¡Roran te envía recuerdos, sangre sucia!
Luego, ya no supo nada más.
Segunda parte: That Still Small Voice
Poco a poco, el dolor de cabeza fue haciéndose más y más intenso —tanto, que finalmente Draco fue incapaz de ignorarlo por más tiempo.
Soltó un gruñido al sentir que el sueño se disipaba por completo, arrancándolo del placentero estado de duermevela en el que se hallaba. Se revolvió en la cama y, al hacerlo, la parte de atrás de su cabeza —allí donde se había golpeado al chocar contra el muro— rozó contra la almohada. Gruñó de nuevo al sentir como el dolor se intensificaba; daba la impresión de que alguien estaba perforándole el cráneo sin piedad con un millar de finísimas agujas.
Apretó los labios para contener un quejido —que murió en su garganta— y se atrevió a entreabrir los ojos. A través de sus rubias pestañas distinguió una cama con sábanas blancas y, a su lado, una desvencijada mesilla de vieja madera oscura. El sol entraba a raudales a través de las inmensas ventanas de arcos apuntados, iluminando hasta el último rincón de la habitación.
Se sintió tentado de suspirar a causa del alivio.
Estaba en la enfermería.
Parpadeó un par de veces más, hasta que sus ojos se acostumbraron a la claridad. Solo entonces empezó a girarse hacia el otro lado. Lo hizo con cautela, con mucho cuidado, para mantener el nivel de dolor de su cuerpo al mínimo. Al hacerlo, notó que ya no vestía su uniforme, sino unos pantalones suaves y calentitos.
Oh, Merlín.
Miró hacia abajo, destapándose un poco para confirmar así sus peores temores: llevaba el ridículo pijama muggle de rayas rojas que su madre le había regalado el año anterior.
Lo peor era que, en ese momento, aquel era el menor de sus problemas. Reanudó la titánica tarea de cambiarse de lado y —cuando al fin se dejó caer sobre el costado— el bochornoso pijama de algodón se borró de su mente de inmediato.
Y es que justo frente a él —en la cama de su derecha— estaba Granger, con el rostro vuelto en su dirección.
El estómago se le revolvió al ver el estado en el que se encontraba.
El cabello, sucio y totalmente enmarañado, se le pegaba a ambos lados del rostro, probablemente a causa de la sangre. Tenía el labio roto y muy, muy hinchado. No obstante, aquello no era lo peor; la inflamación se extendía por todo el lado derecho de su cara, que había adquirido un intenso color amoratado.
Draco contuvo el aliento, incapaz de creer que Blaise —el que en otro tiempo había sido uno de sus mejores amigos— hubiera podido hacerles aquello.
Apretó los dientes, haciendo un esfuerzo por incorporarse. Ignoró el dolor. Ignoró la quemazón de los huesos.
Fue levantándose muy despacio, centímetro a centímetro, hasta apoyarse sobre el codo. Luego, siguió subiendo. Todos y cada uno de los músculos de su cuerpo gritaron en agonía, pero Draco se esforzó por ignorar aquel suplicio.
Estaba acostumbrado.
Estaba acostumbrado a los efectos de la maldición.
Cuatro años no bastarían para olvidarlos.
Sin dejar de mirar a Granger, todavía con la mandíbula apretada, se sentó en la cama. Los pies descalzos rozaron el gélido suelo de piedra labrada, pero él no le dio importancia.
Solo podía pensar en Granger.
Y es que ahí estaba de nuevo. La maldita culpabilidad, elevada a su máxima potencia.
Tragó saliva.
Granger lo había salvado.
Había ido a buscarlo. Había puesto su vida en peligro para sacarlo de allí.
No lo había abandonado.
—Así que estás despierto. —Ni siquiera había visto a Pansy. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba allí, con ellos. No obstante, sus palabras no lo sobresaltaron.
Ladeó la cabeza, buscándola.
La localizó al otro lado de la habitación, justo frente a la cama de Granger. Estaba sentada en una de las destartaladas sillas de la enfermería, con las piernas cruzadas y la ropa que había llevado a la excursión todavía puesta —Draco lo sabía porque la mancha de zumo de calabaza, que uno de los alumnos más jóvenes había derramado sobre ella cuando visitaron Honeydukes, seguía siendo claramente visible en la pechera blanca de su camisa.
Tenía el pelo enredado y la piel muy pálida, de un tono blanco amarillento enfermizo. La ridícula pintura muggle con la que se había aficionado a embadurnarse las pestañas se había corrido y Draco no hubiera sabido distinguir muy bien qué parte de las manchas alrededor de sus ojos era natural, a causa de las profundas ojeras, y cuál estaba causada por ese artificial pegote negro.
Ella se frotó los ojos con el dorso de la mano y el borrón oscuro se extendió más. Draco no consideró prudente hacérselo notar. Dudaba que ni siquiera ella fuera a interesarse por esas frivolidades en un momento como aquel. Parecía realmente agotada.
Pansy espiró sonoramente.
—Llamaré a Pomfrey —dijo, haciendo ademán de levantarse.
Pero Draco la detuvo.
—No —pidió—. Todavía no. —Sabía que cuando la enfermera llegara, llegarían también las preguntas. No estaba preparado.
Pansy frunció el ceño. Tras un momento, asintió.
—¿Te encuentras bien, al menos? —le preguntó, con una suavidad nada propia de ella.
Él guardó silencio. Porque no sabía la respuesta.
Agachó la cabeza. Se miró las manos, que estaban sobre su regazo. Horas antes habían estado llenas de diminutos pero dolorosos cortes. Flexionó los dedos. Ya no quedaba ni rastro de las heridas.
El resto —el dolor de su cuerpo, las palpitaciones de la cabeza— no le preocupaban demasiado.
Pomfrey curaría cualquier cosa que se le pusiera por delante, estaba seguro. Draco nunca había tenido constancia de que existiera una herida que la enfermera no pudiera sanar —excepto la que él mismo le había infligido accidentalmente a Katie Bell años atrás. Ni siquiera la lesión que el hipogrifo le había causado en su tercer curso había supuesto un problema para la enfermera, a pesar de que durante meses él mismo se había empeñado en demostrar lo contrario.
Rechinó los dientes al notar como el nudo que tenía en la garganta se hacía más grande.
—¿Draco? —Notaba la preocupación en su voz, pero seguía sin saber cómo responder.
Estaba vivo. Sus heridas sanarían, el dolor desaparecería pronto.
Pero su mente… Su mente era otra cuestión.
Y es que detrás del ardiente dolor, en algún profundo rincón de su cabeza, había surgido una ronroneante voz que la señora Pomfrey jamás sería capaz de acallar.
Era una voz que le susurraba al oído. Una voz que Draco no podía ignorar.
Es culpa tuya, le decía. Es culpa tuya, le gritaba.
Maldita conciencia.
Draco no estaba acostumbrado a sentirse culpable, a los remordimientos. Bien era cierto que durante su sexto año en Hogwarts, Draco había desarrollado cierta tendencia a cuestionar las acciones de su padre y, por consiguiente, las suyas propias. Pero ¿más allá de eso? No.
Aquellas sensaciones —el tener una conciencia que pregonaba a los cuatro vientos que algo había hecho para cagarla— no eran propias de un Malfoy, ni siquiera de uno como Draco.
Aquellas sensaciones eran un síntoma de debilidad y él había aprendido la lección a una edad temprana, tras un pequeño incidente ocurrido en la mansión. A sus cinco años de edad, Draco no había querido hacerle daño al gato; tan solo quería comprobar qué sucedería si lo metía en el agua. Satisfacer su morbosa curiosidad, algo que siempre le había dado muchos problemas. El animalillo nunca consiguió salir del arroyo y Draco corrió a refugiarse entre las faldas de su madre llorando con desesperación, en busca de consuelo.
Por desgracia, cuando Lucius Malfoy vio el rostro de su hijo surcado de lágrimas, supo que había llegado el momento de enseñarle una lección que —al menos según sus creencias— le serviría bien en el futuro.
El arrepentimiento es debilidad. La culpabilidad es debilidad. La compasión es debilidad.
Lucius había acompañado cada frase con un golpe, con una sacudida de varita que había abierto profundos arañazos en la tierna carne del niño.
Draco todavía conservaba las marcas en la espalda.
Un Malfoy está por encima de todo —por encima de la ética, por encima del bien y del mal, por encima de todos aquellos que nos rodean.
Ni siquiera Narcissa había podido detenerlo. Nunca podía hacerlo.
Un Malfoy debe buscar el poder, hijo mío. Y para ello nunca ha de mirar atrás.
Aquella era una lección que Draco jamás había olvidado y que, durante muchos años, había gobernado su existencia, sentando todas y cada una de las bases de su vida diaria.
Incluso después de su traición, incluso después de haber cortado toda relación con su padre, aquella había sido una lección que Draco jamás había podido ignorar.
Y, sin embargo, en ese momento era incapaz de dejar de mirar a Granger. De dejar de pensar que ella había estado a punto de morir por su culpa.
Igual que Pansy. Igual que Theodore.
Tenía miedo —pánico— de preguntar, pero sabía que debía hacerlo.
—¿Dónde está Theo? —En la enfermería no había ni rastro de él. Draco lo había visto caer. Caer, como a cámara lenta.
—Oh —Pansy se levantó de la silla con gracilidad y sus tacones resonaron sobre la piedra (taladrándole el cerebro) cuando se acercó a él—. No te preocupes por él. Está bien. —La sensación de alivio que experimentó fue abrumadora—. Pomfrey le dio el alta hace unas horas. Está en la habitación, descansando.
Asintió, algo más relajado.
—Me alegro —respondió con tono serio.
Con suaves movimientos circulares, Draco empezó a masajearse la sien, esperando que el dolor remitiera. Fue en vano.
El colchón se hundió bajo el peso de Pansy cuando ella se sentó a los pies de la cama. Los muelles chirriaron cuando la chica subió las piernas. Por el rabillo del ojo, Draco vio como se abrazaba las rodillas.
—Ella también se pondrá bien, Draco —susurró con cautela. Pansy siempre tan hábil para leerle el pensamiento.
Draco chasqueó la lengua.
—¿Por qué…? ¿Por qué Pomfrey no la ha curado? —preguntó con voz ronca.
La respiración de Granger, superficial e irregular, y su rostro contraído eran síntomas inequívocos de su sufrimiento.
Dolía con solo mirarla. Más que una bofetada, parecía que Zabini le había pegado un puñetazo.
—No le quedaba medicina suficiente. —Pansy se apartó un mechón de la cara—. Pero pronto lo hará. Está terminando de preparar el ungüento.
Draco resopló.
—Es una broma, ¿verdad? —Se giró hacia su compañera, que lo miraba con una mezcla de preocupación y sorpresa. Sus labios fruncidos formaban una diminuta 'o' que delataba su asombro. Le dio exactamente igual—. Se supone que esto es una enfermería, ¿no? —preguntó con algo de burla—. Tendría que haber provisiones de sobra para estos casos.
Pansy meneó la cabeza.
—Tienen la medicina necesaria para curar heridas menos graves. —Pansy estiró la mano hacia él. Sus dedos fríos se cerraron en torno a los de Draco. Le dio un breve apretón, pero el chico retiró la mano, incómodo. Tampoco a él le gustaba el contacto físico. Pansy no pareció ofendida por su gesto—. Tenían que recoger el Trametes versicolor a la salida del sol, así que la poción debería estar lista dentro de una hora. —Le sonrió, a pesar de todo—. No te preocupes, Draco.
Él arqueó la ceja.
—No estoy preocupado —replicó, quizá demasiado rápido. Porque, en el fondo (muy en el fondo), sabía que era mentira. Y eso era precisamente lo que lo inquietaba.
La sonrisa de Pansy se hizo más amplia. No obstante, Draco notó que era una sonrisa triste. Forzada. Efectivamente, apenas tardó unos segundos en desvanecerse.
—¿Recuerdas lo que pasó? —le preguntó.
Draco emitió un sonido indefinido. Luego, meneó la cabeza en un gesto que bien podría haber significado tanto sí como no.
Porque solo recordaba determinadas partes.
Recordaba la emboscada. La quemazón de la Marca. La cólera de Blaise. El dolor abrasador de la maldición en su cuerpo. La voz de la chica Carrow —Draco no recordaba su nombre.
Recordaba la quemazón en el brazo, en la Marca.
Recordaba a Granger, desmadejada, tirada sobre la nieve con el rostro ensangrentado. Y recordaba que, un vez más, él había permanecido inmóvil, paralizado. Una vez más había sido incapaz de ayudarla.
Es culpa tuya.
Cerró los ojos.
—¿Draco?
¿Por qué no podía Pansy callarse? ¿Por qué no podía dejarlo solo?
—Fueron Blaise, Daphne… Y Goyle. —Pansy hablaba en voz muy baja—. Astoria y Flint también estaban allí. ¿Lo recuerdas?
Draco asintió, despacio. Escuchó a Pansy tragar saliva.
—Hemos atrapado a Flint —explicó. Pero no había ni una pizca de alegría en su voz—. Todos los demás consiguieron huir.
Asintió de nuevo. Era casi imperceptible, pero la voz de Pansy temblaba.
Guardaron silencio durante largos minutos. Granger se revolvía en la cama.
Draco perdió la noción del tiempo.
Pero de pronto Pansy suspiró tan fuerte que, de forma instintiva, Draco se volvió hacia ella. Estaba encorvada, con la cara hundida en las palmas de las manos.
—¿Pansy?
Ella emitió un ruido apenas perceptible que, sin embargo, dejó a Draco anonadado. Sonaba a gemido.
Los hombros empezaron a temblarle.
—Pansy, ¿estás bien? —preguntó estupefacto—. ¿Estás…? ¿...llorando? —Draco estaba atónito. En todos los años que habían transcurrido desde que se conocían, nunca la había visto llorar. Ni cuando murió su madre, ni cuando asesinaron a su padre. Ni cuando se lo llevaron a él a Azkaban y ella se quedó prácticamente sola, con Theo como única compañía. Nunca.
Ella alzó el rostro hacia él. Tenía los ojos brillantes, pero no había lágrimas.
—No entiendo cómo pudimos dejarte marchar —susurró—. Siempre… Siempre nos están advirtiendo de lo peligroso que es andar por ahí solos. Tenemos el toque de queda... Y aun así… —Se le rompió la voz—. Tú has estado a punto de morir, Hermione ha estado a punto de morir. Theo está herido…
Una vez más, dejó caer el rostro entre las manos.
—No es culpa de nadie, Pansy. —Excepto suya. Por no haber enviado la jodida carta cuando debió hacerlo—. Nadie podría haberse imaginado lo que iba a pasar.
Ella sacudió la cabeza, que todavía mantenía gacha.
—Pero el Ministerio dice…
Draco resopló. Las manos se le empezaban a quedar frías, así que las guardó en los bolsillos.
—Ya sé lo que dice el Ministerio —interrumpió a su amiga—. Que tengamos cuidado y nos mantengamos alerta. Que todavía estamos todos en peligro. Etcétera.
Ella se volvió hacia él, casi con violencia.
—¡Y tenían razón! —Alzó la voz.
Draco ladeó la cabeza, casi imperceptible.
—Vamos, Pansy —arrastró las palabras. Era una mala costumbre que tenía—. Hacía mucho que no había un ataque. Nadie podría haberlo sabido.
—Pero…
Draco gruñó.
—Déjalo de una vez. —Ya tenía bastante con su propia cabeza. No necesitaba añadir los remordimientos de Pansy a los suyos propios.
Volvió a frotarse los ojos y, en esa ocasión, cuando retiró la mano Draco vio que la pintura negra le había dejado un borrón en el dorso.
Guardaron silencio.
Con la uña del pulgar, Pansy se raspaba el esmalte granate del resto de uñas. Pequeños trocitos de pintura caían sobre la sábana, pero ella no parecía darse cuenta. Draco no dijo nada.
—¿Qué crees que querían? —preguntó ella, más tranquila, un rato después.
Draco se encogió de hombros.
—Venganza, supongo.
De nuevo, silencio. No había mucho que pudieran añadir. Hablar sobre la lealtad de los Malfoy siempre resultaba un tema espinoso; los partidarios del Señor Tenebroso los acusaban de alta traición —creían que, sin la mentira de Narcissa, su Señor nunca habría caído—, pero los partidarios de la Orden no podían perdonar —ni mucho menos olvidar— sus crímenes.
Draco se mordió el labio, pensativo. Con cada minuto que pasaba, las imágenes de la noche anterior regresaban a su cabeza con más claridad. No podía recordarlo todo —había partes que todavía estaban borrosas—, pero habría jurado que algunas cosas no encajaban.
Decidió comenzar por lo más obvio.
—¿Quién prendió la túnica de Goyle? —preguntó, a pesar de que conocía la respuesta.
Pansy no movió ni un pelo.
—Fue Granger, ¿verdad? —No obtuvo respuesta—. Hizo magia sin varita —decidió que no perdía nada por intentar profundizar en el asunto—. ¿Cómo diablos pudo hacerlo?
Pansy tenía los labios tan tensos que a Draco le recordó un poco a McGonagall. Supo de inmediato que iba a tratar de negar lo evidente, así que se adelantó:
—La escuché gritar el hechizo, Pansy.
Ella exhaló lentamente.
—Entonces, ¿por qué lo preguntas?
Maldita Pansy. Era tan cabezota como él mismo.
Comprendió que no iba a obtener ninguna explicación por su parte, así que volvió su atención a Granger. Había algo más, algo importante que tenía que ver con ella, que había llamado su atención la noche anterior...
Y, entonces, lo recordó.
Las últimas palabras de Blaise.
—¿Quién es Roran? —soltó, de improviso.
Pansy —habitualmente fría e imperturbable— fue incapaz de disimular su reacción. Palideció de golpe —su piel adquirió un tono tan enfermizo que recordaba a la de un cadáver— y se tambaleó hacia delante.
—Así que lo escuchaste —murmuró. Pero Draco tuvo la impresión de que hablaba para sí misma.
—¿Qué pasa con él? —preguntó con impaciencia. Tenía que tratarse de alguien importante si lograba alterar a Pansy de esa manera.
—No… —Las manos le temblaban. De forma inconsciente, aumentó la fuerza con la que se arrancaba el esmalte de las uñas.
Draco frunció el ceño. Pansy nunca había sido un persona valiente —osada como esos estúpidos Gryffindor—, pero tampoco era temerosa. Draco sabía que no había muchas cosas en el mundo capaces de asustar a Pansy Parkinson y —hasta ese momento— él nunca había visto que nada tuviera el poder de atemorizarla de esa manera.
Roran. Y solo era un nombre.
—¿Pansy?
Ella negó con la cabeza. Una vez. Dos. No parecía ser capaz de detenerse.
—No hablamos de él, Draco —susurró con una voz tan baja, estrangulada, que él tuvo que inclinarse hacia delante para oírla—. Nunca.
Él frunció el ceño.
—¿Por qué? —Pansy seguía negando, desesperada—. ¿Quién es?
Pero ella no pensaba decir nada.
—¡Maldita sea, Pansy! —Súbitamente enfurecido, golpeó la mesilla de noche con el puño cerrado. El golpe resonó en la enfermería y el frasquito de poción azul que estaba sobre el mueble cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Un olor dulzón se extendió por la habitación. Draco lo ignoró—. Vas a contarme lo que ha pasado.
Pero Pansy no escuchaba. Se había girado hacia la cama de Granger, que se revolvía entre las mantas. Arrugaba la nariz, probablemente molesta a causa del olor de la poción.
Draco la vio fruncir el ceño —todavía en sueños— y supo que estaba a punto de despertar.
Pansy pareció comprenderlo también, porque se volvió hacia él con la desesperación pintada en el rostro.
—Escúchame bien, Draco —dijo en voz muy, muy baja. Alzó el dedo frente a su rostro, de manera acusadora—. No se te ocurra hablar de él delante de Hermione. No se te ocurra preguntar quién es. No se te ocurra pronunciar siquiera su nombre, ¿me has entendido?
Había tanta angustia, tanta desesperación en sus gestos, que Draco entendió que tendría que acceder a su petición.
Abrió la boca para decirle que podía estar tranquila, pero no tuvo ocasión de hacerlo.
—¿Qué es todo este escándalo? —La señora Pomfrey entró en la enfermería con pasos rápidos y los brazos en jarras. Draco se dio cuenta de que las canas de su cabello castaño se habían vuelto más abundantes desde la última vez que la había visto.
—Así que está usted despierto, señor Malfoy. —Parecía algo enfadada—. Debieron haberme avisado de inmediato.
La mirada de la enfermera se detuvo en el charquito de poción derramada y Draco vio como se le dilataban las aletas de la nariz. Empezaba a prepararse mentalmente para el rapapolvo cuando de los labios de Granger escapó un gemido que hizo que la enfermera se detuviera en seco.
Agitó la varita para hacer desaparecer el estropicio y en cuestión de segundos estaba junto a la cama de la chica.
—Señorita Granger —llamó con suavidad. Le puso la mano en la frente y, tras unos segundos, asintió, aparentemente satisfecha.
Granger gimió de nuevo y abrió los ojos, casi con pereza. Pestañeó un par de veces, tratando de enfocar la vista.
Pomfrey se volvió hacia Pansy.
—Señorita Parkinson, vaya a buscar a la directora, por favor.
Pansy se incorporó a regañadientes. Se levantó de la cama, que chirrió con violencia, y se volvió hacia Draco. Lanzó una mirada por encima del hombro, para asegurarse de que Granger no podía escucharlos.
—Escúchame bien, Draco —masculló—. No tienes ni idea de lo que Hermione ha hecho por ti.—Lo miraba con tanta seriedad que él no se atrevió a contradecirla—. No tienes ni idea de lo que ha significado para ella. Ha hecho mucho más que arriesgar su vida para salvarte —le dijo—. Como mejor puedes pagárselo es con tu silencio. No lo olvides.
Y salió despedida, con sus tacones repiqueteando estruendosamente, antes de que Pomfrey pudiera añadir más. Pero la enfermera tenía toda su atención centrada en Granger.
—¿Me escucha? —le decía en ese momento. Ella soltó un nuevo quejido y, después, asintió muy despacito—. Bien. Iré a por sus medicinas, señorita Granger. —Se giró brevemente hacia Draco—. Traeré también las suyas, señor Malfoy.
Pomfrey caminaba con pasos cortos pero muy rápidos y, en unos instantes, había desaparecido tras las puertas de su oficina.
Él y Granger se quedaron solos.
Ella lo miraba. O eso le parecía. Sin embargo, tenía los ojos entrecerrados y velados; no parecía muy despierta. Estaba encogida sobre sí misma y en ningún momento hizo ademán de moverse.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó. Las palabras le rasparon un poco en la garganta. Y es que no recordaba cuándo había sido la última vez que le había hecho esa pregunta a alguien —a alguien que no fuera Pansy. Pero, por supuesto, ella no contaba.
Ni siquiera recordaba cuándo le había hecho a su madre esa pregunta por última vez. Porque lo cierto era que temía la respuesta.
Aguardó con impaciencia contenida a que Granger hablara, pero no lo hizo. Solo encogió el hombro derecho un poco. No parecía tener fuerzas para más.
—¿Granger? —No pudo contenerse.
¿Aquello que sentía era realmente preocupación?
Oh, Merlín.
—Estoy mareada. —Su voz sonaba ronca y pastosa. A Draco le costó entender qué decía—. Tengo sueño —añadió.
Muy a su pesar, Draco esbozó una minúscula sonrisa, algo más tranquilo. Al menos, ella estaba bien. Se recuperaría.
—Creo que ya has dormido suficiente —le dijo.
Por toda respuesta, ella cerró los ojos.
—¿Granger?
Nada.
Su respiración era lenta pero superficial.
Preocupado —sí, preocupado; en realidad sería estúpido tratar de negárselo a sí mismo— se levantó de la cama. La cabeza le empezó a girar a toda velocidad, el dolor lacerante regresó de golpe y el estómago se le revolvió. Estuvo a punto de caer al suelo, pues a duras penas logró agarrarse a la mesilla para mantener el equilibrio.
Se concedió diez segundos de descanso antes de dar el primer paso.
La escasa distancia que tuvo que recorrer para llegar junto a ella, se convirtió en una nueva forma de tortura. Agotado, se dejó caer en la cama de Granger, a su lado.
—¿Te has vuelto a dormir, Granger? —jadeaba, pero trató de sonar burlón, despreocupado.
Ella abrió los ojos con un revoloteo de pestañas. Draco hizo un esfuerzo por mirarla a los ojos, por ignorar el amasijo de carne violácea que era su mejilla.
El cardenal, de un violeta intenso, se extendía desde la parta alta del pómulo hasta el mentón. De cerca vio que tenía un arañazo en el pómulo; una pasta semi-transparente lo cubría y Draco supo instintivamente que estaba casi curado. Al menos Pomfrey había hecho algo; estaba seguro de que el anillo familiar de Blaise había abierto un corte mucho más profundo en su piel.
Le costaba tragar.
Se sentía lleno de rabia. De impotencia.
—¿Te duele? —Se sorprendió a sí mismo preguntando.
Desde ese iluminador momento de revelación que había tenido al salir de Las Tres Escobas con ella, prácticamente todo lo que hacía —lo que pensaba— lo sorprendía. Seguía sin tener ni puñetera idea de dónde había salido aquella súbita debilidad, pero lo cierto era que ahí estaba.
Todo aquello era culpa de la irritante voz de su cabeza.
—¿Granger? —repitió. De nuevo, nada—. Granger, ¿estás bien?
Ella parpadeó otra vez. Y luego otra. Y otra.
Parecía confusa y, aunque lo estaba mirando directamente, Draco hubiera jurado que no lo veía. Le daba la impresión de que sus ojos no conseguían enfocarlo, que miraban a través de él.
Pero su voz sí la oía.
Cerró los ojos otra vez. Giró ligeramente sobre sí misma y hundió la nariz en la almohada.
—Tengo sueño, Draco... —susurró una vez más.
Draco.
¿Ella lo había llamado Draco?
Sus cejas se arquearon tanto que parecía que tuvieran vida propia.
Tenía que haber escuchado mal. A ella le costaba hablar a causa de la hinchazón del labio, eso era todo.
Decidió no pensar en ello.
—¿Granger? —repitió por enésima vez.
Pero la respiración de la chica ya se había hecho más profunda y regular y Draco comprendió que había vuelto a dormirse.
Suspiró, listo para volver a su cama. Para colarse entre las mantas y olvidar toda aquella locura —no solo la que había desatado el ataque de Blaise la noche anterior, sino aquella en la que se estaba sumiendo su propia cabeza.
Pero entonces ella se revolvió una vez más entre las mantas y la sábana —que hasta entonces la había cubierto prácticamente hasta el mentón— resbaló unos centímetros.
Draco se quedó paralizado.
En el cuello de Granger todavía se veía la marca de sus dedos.
Era muy tenue, una serie de pequeñas manchas de un color amarillo verdoso casi imperceptible. Pero allí estaban, dos semanas después. Todavía sobre su piel.
Se le cortó el aliento.
Sin saber lo que hacía, sin pensarlo, extendió la mano para rozar su cuello. Para tocar las heridas que él mismo le había causado.
Su piel estaba caliente y —a pesar de que el contacto era casi inexistente— Draco podía sentir el violento latir de su corazón justo bajo la yema de los dedos.
Muy despacio, desvió la mirada hacia el rostro de Granger. Hacia el enorme cardenal.
De pronto, se odió a sí mismo.
Los dedos comenzaron a temblar sobre la garganta de la muchacha y él retiró la mano apresuradamente, como si su tacto quemara. Y, en cierto modo, lo hacía.
Porque esa marca —el resultado de la violencia de Blaise— no era tan diferente a aquellas que él mismo le había provocado.
Continuará…
Por Merlín, me he sacado esta segunda parte del forro. No era esto en absoluto lo que tenía pensado escribir, pero el capítulo quedaba muy largo con lo que tenía preparado, así que hubo que reorganizar. Creo que ha quedado muy raro, pero qué se le va a hacer… Era esto o reescribirlo unas cinco veces más. Me conozco, cuando hago eso tardo meses en actualizar.
De todas formas me gustaría aclarar que Draco no va a enamorarse de Hermione solo porque ella lo haya salvado —de fics de esos está lleno el mundo, incluído alguno mío viejo (risas), pero este no es de ese tipo. Simplemente, empieza a darse cuenta de que Hermione empieza a colarse en su vida (después de siete capítulos ya iba tocando). Igual que Pansy o Nott lo han hecho. Digo esto porque no quiero fomentar las esperanzas de nadie. Este es una historia algo lenta, eso que vaya por delante.
Bueno, millones de gracias por vuestros reviews:
Valery Ryddle: muchísimas, muchísimas gracias por tu comentario, me hizo realmente feliz. Que alguien me diga que escribo bien… ¡Es como un sueño! Totalmente en serio. Respecto a lo que dices de que la vida nos cambia, yo estoy totalmente de acuerdo, de ahí el OoC. Sé que hay a mucha gente que le desagrada, pero en cambio a mí me resulta chocante que en un período tan largo de tiempo se pretenda que los personajes sigan siendo los mismos. Si, por ejemplo, yo fuera la misma persona que hace cuatro años… Pues madre mía (risas). Desde luego no estaría escribiendo esto ahora.
JoaZB: millones de gracias por tu oferta y por tus consejos. Realmente escribo todos los días, pero tengo muchísimos más proyectos a parte de esta historia. Novelas, relatos, otros fics, artículos… Siempre abarco más de lo que puedo realmente hacer, lo reconozco. En cualquier caso, voy a hacer un esfuerzo por ponerme las pilas con esta historia. Espero que vaya mejorando con el tiempo y no se hunda en la miseria (más risas).
Granger-Malfoy: gracias, gracias, gracias por estar ahí cada capítulo. Sin palabras me dejas, de verdad.
HacheSinAzucar: miles de gracias por tomarte el tiempo de dejar review. He actualizado lo más rápido que he podido y ya ves que no, no era Lucius. Pero por supuesto él es importante en esta historia. Para Draco es como una sombra que lo persigue siempre, así que supongo que más adelante hará su aparición ;)
nathyhcr: agradezco muchísimo, muchísimo que te molestases en dejarme review a pesar de no saber muy bien qué decir (risas otra vez). Es que con solo saber que te está gustando me siento verdaderamente satisfecha. Por supuesto valoro y agradezco también a la gente que lee y añade a favoritos y/o alertas, pero esa no es una forma muy fiable para el autor de saber si realmente su historia se sigue leyendo o ha perdido todo el interés. Así que (después de esta pequeña divagación), muchas gracias otra vez.
Marycielo Felton: millones de gracias por tu comentario. Yo es que estaba aterrada (y lo sigo estando) precisamente por poder caer en clichés sin siquiera saberlo o por destrozar las personalidades de los personajes (aunque eso ya lo estoy haciendo jujuju) y la forma en que se relacionan entre ellos. Así que muchas gracias por decirme que hasta ahora la estoy llevando bien, respiro un poco más tranquila...
johanna: te agradezco muchísimo que le dieras una oportunidad a la historia a partir de la recomendación y (¡aún más!) que te hayas tomado el tiempo y la molestia de dejarme un review. Créeme lo valoro muchísimo. Respecto a lo del Trío Dorado, pues sí, como bien dices ha habido mucho malentendido por el medio. El problema que tengo con esta pelea (no sé si has leído mis otras notas de autora, pero lo repito por si acaso) es que la desarrollé a partir de una petición un poco extraña que me hicieron y, la verdad, no quedé muy conforme con ella. No estoy muy segura de si es algo que realmente hubiera conseguido separar al Trío…
Nada más que decir por ahora ;)
Nos leemos.
PD: el título de la segunda parte del capítulo está tomado del 1x05 de la serie Érase una vez.
