Blanco, lila o rosado

Por PCR de Andrew

Capítulo 7

El día de compras con la abuela resultó ser una experiencia muy grata para Candy. Al principio, la chica había estado un poco temerosa, así que Elroy, consciente de haber sido ella quien creara un enorme muro entre ambas, tomó la iniciativa para relajar el ambiente. Candy respondió con prudencia. Después de todo, era imposible que sólo un té con galletas borrara los malos ratos de tantos años. En realidad, serían necesarios muchos tés con muchas galletas, pero si no se daban la oportunidad de comenzar a tomarlos, nunca llegarían a conocerse. Y ciertamente no era Candy quien se había negado a establecer una amistad, lo cual pesaba ahora, más que nunca, en el corazón de la mujer que un día incluso la había considerado una ladrona.

Elroy siempre sería la fina y flemática dama de alta sociedad y Candy tal vez siempre sería una revoltosa de corazón, pero ahora era también una mujer más segura de sí misma que lentamente comenzaba a dominar el arte de "saber cuándo guardar silencio". Poco a poco la conversación de ambas pasó del temeroso saludo inicial al intercambio de comentarios sobre el clima, el libro de moda, alguna obra de teatro y las flores. Las flores las llevaron a recordar Lakewood y Lakewood a Anthony, pero supieron evitar la tensión. Era una herida que aún dolía. Recordar a Anthony era recordar a Stear y con ello, ceder a las lágrimas. Pero también era recordar a Archie y las alegrías que les había dado al casarse con la mujer de sus sueños y tener ya su primer hijo.

Camino a la ciudad y mientras iban de una tienda a otra hubo más tiempo para recordar el matrimonio de Archie, una fiesta grande y lujosa, pero también cálida y, sobre todo, llena de amor. Amor era algo que muchas decían sentir por Albert, pero la tía, en una muestra de confianza que sorprendió a Candy, le confesó que sabía muy bien que ese amor que tantas solían declarar era sólo amor al apellido y a la cuenta bancaria de su sobrino, jamás amor verdadero... Amor verdadero como el que los padres de Albert se habían profesado, amor verdadero como el que ella esperaba que algún día encontrara su sobrino. Y sin siquiera darse cuenta, Candy había llegado a un tema que jamás creyó tener oportunidad de conversar con la dura señora Elroy: el matrimonio de Albert.

- ¿Sabes? Durante años luché con todas mis fuerzas para hacer de William lo que a mi juicio era el líder perfecto para nuestra familia. A veces creo –dijo tomando un bello sombrero rosa que depositó sobre la rubia cabeza de Candy – Mmmm… No, no te queda bien –sentenció quitándoselo con rapidez para buscar otro – A veces creo, Candy, que traté de proyectar en él todo lo que no pude lograr yo.

- ¿Cómo? –preguntó sorprendida ante la revelación.

Elroy suspiró y dejó de lado el sombrero que tenía entre sus manos. Le dio la espalda a Candy para mirar por la ventana de la tienda que daba hacia la calle y continuó.

- Sí, Candy. No necesito explicarte la razón. Aunque siempre figuré como la matriarca de los Andrew, en realidad nunca pude ejercer mi voluntad en la familia. Es cierto: yo hacía gran parte del trabajo, pero soy "sólo una mujer" –dijo con ironía la tía-, y una mujer no participa en asuntos de negocios, una mujer está en casa. Tal vez fui muy dura con William… con Albert, como tú lo llamas. Tal vez… no lo sé. Sólo me queda esperar que logre encontrar a la mujer que lo haga feliz y le dé la familia que no pudo tener; la familia que nosotros le negamos.

La mujer dio un profundo suspiro y por primera vez en su vida, Candy notó un dejo de fragilidad en quien le había hecho derramar tantas lágrimas. No sabía qué hacer ni qué decir. ¿Elroy Andrew reconocía haberse equivocado? ¿Por qué le hablaba ahora, justamente ahora, en forma tan íntima y cálida? ¿Qué era eso de que Albert "encontrara" a la mujer que lo hiciera feliz? Sin darse cuenta, los celos la hicieron su presa y el silencio fue su única reacción, silencio que Elroy rompió, tomando nuevamente el control de sí misma y sus emociones.

- Creo que ya no hay más que ver en esta tienda, Candy. Vamos a otra, ya casi es medio día y aún no encontramos tu vestido.

- Claro, vamos.

Finalmente, no lograron encontrar el vestido que, a juicio de la tía abuela, fuera el apropiado. Por tanto, acordaron que, aprovechando que Candy tenía libre, continuarían la búsqueda al día siguiente.

Albert había estado un poco preocupado durante el día, pensando que Candy podría haberse incomodado con la tía, pero para su gran sorpresa, las había encontrado conversando animadamente en el jardín, mientras lo esperaban para cenar. La comida fue tranquila, hasta divertida en ciertos momentos gracias a las ocurrencias de Candy, y una vez terminada, el trío compartió brevemente en la sala. A las 9:30 en punto, la tía decidió retirarse.

- Desde luego, tía, se nos ha hecho ya muy tarde. Iré a dejar de inmediato a Candy a su departamento para que mañana…

- De ninguna manera, William. -La respuesta enérgica de la mujer los tomó por sorpresa. Candy se puso tensa y Albert, sin dudarlo, salió en su defensa.

- Pero, tía… ¿no pretenderá que se vaya sola a estas horas? Yo…

- ¡Claro qué no! ¿Por quién me tomas? ¿No tiene acaso Candice aún su habitación en esta casa? Ya sabes que mañana debemos seguir buscando su vestido. ¿Qué caso tiene que se vaya a su departamento?

Candy y Albert la miraban con la boca abierta. ¿La estaba invitando a quedarse en la mansión de Chicago? ¿Era eso?

- ¿Qué les sucede? ¿Acaso no quieres quedarte, Candice?

- Yo… bueno… no quisiera incomodarlos y…

- ¡Tonterías! En esta casa bien podríamos vivir 20 personas y nunca nos veríamos. Sabes que no incomodas a nadie y así podremos salir mañana a primera hora. Desde luego, sólo si estás de acuerdo en quedarte… Aunque claro: es muy posible que tengas otros planes, lo cual entendería en una jovencita tan bella como tú. Tal vez algún muchacho que…

- ¡No! No, no tengo planes con nadie –se apresuró a interrumpirla Candy, mirando con cara de disculpa a Albert, que ya había empezado a cambiar el semblante.

- Oh, muy bien –sentenció Elroy riendo triunfal. La breve escena de celos y disculpa había sido muy evidente-. Está decidido entonces, querida. Avisaré al ama de llaves para que prepare tu habitación mientras ustedes siguen charlando. No se acuesten tan tarde. Buenas noches.

- Buenas noches –contestaron ambos.

Y ahí quedaron los dos. Solos en la sala de la enorme mansión, esa donde bien podrían vivir veinte personas sin jamás verse. Ninguno sabía qué decir, pero era evidente que Candy estaba muy nerviosa.

- Si quieres puedo ir a dejarte a tu casa, Candy, la tía lo entenderá. Ya sabes cómo es ella, está acostumbrada a que todo se haga según su voluntad.

- Sí, lo sé. Es sólo que no quiero incomodarlos.

- No, vamos, tú no me incomodas para nada. ¿Te incomodo yo acaso? De pronto te has puesto muy nerviosa.

- No, no es eso, Albert. Es que… es que… - es que… ¿qué? No iba a decirle que le ponía nerviosa estar tan cerca de él, porque habían estado así muchas veces en su departamento, pero ese era su territorio. Ahora estaba en casa de Albert. En territorio de Albert.

- ¿Qué pasa? Vamos, dime.

- Es que… no tengo pijama. Eso pasa.

- Pero si en tu habitación hay tres camisas de seda hermosas: una de color blanco, otra de color rosado y una más de color lila que seguro…

Albert se interrumpió en el minuto que vio la cara de sorpresa de Candy. ¿Cómo sabía él que tenía ella guardada entre su ropa… íntima?

- O sea… o sea… -"vamos, piensa rápido, piensa rápido" – o sea… me lo dijo Mary. ¡Ella me lo dijo! Es que Lynn asea tu habitación, quiero decir Mary, ¡Mary asea tu habitación! Sí y ella le dijo, o sea me preguntó a mí qué tenía que hacer con tu ropa. ¡Cuándo te fuiste! ¿Recuerdas? Cuando tú…

- Está bien, está bien, ya entendí, no te preocupes –dijo Candy con una sonrisa divertida – Olvídalo.

- Es que no quisiera que tú pensaras que yo… que yo…

- ¿… que tú…espías mi ropa…?

- ¡No!…Yo… por favor no creas que yo…

Candy se había puesto de pie y avanzaba a paso lento hasta Albert. La tenía hipnotizada. Verlo así, en sus manos, temeroso, despertaba algo en su interior. Algo que la hacía querer más, ir más allá. Albert la volvía loca y la idea de que él hubiese espiado entre sus cosas… era demasiado tentadora. Sin casi darse cuenta se paró frente a él y llevada por una fuerza nueva, acarició su rostro, atrayéndolo suavemente hacia sí.

- Yo no pienso nada, Albert. Y si así hubiera sido… -hizo una pequeña pausa y agregó en voz muy suave, casi en un murmullo - te aseguro que no me molestaría.

- ¡Candy!

La miró con ojos sorprendidos y, sin pensarlo dos veces, la tomó por la cintura para robarle el beso que sin una palabra, le estaba pidiendo a gritos. El beso que él mismo moría por darle, el beso que la haría suya, el beso que sus labios ya comenzaban a saborear, el beso que…

- ¿Puedo pasar? –se oyó al tiempo que la puerta comenzaba a abrirse.

- ¡Mary!

En sólo un segundo Candy saltaba al otro extremo de la habitación y Albert salía al encuentro de la buena mujer, disculpándose por la tardanza al abrir la puerta.

- Lo siento, señor, es que llamé tres veces y como no me abrían pensé que tal vez se habrían retirado.

- Oh, vamos, no te preocupes, Mary – "podría haber pasado un tren y no me habría dado cuenta", pensaba Albert - ¿Necesitas algo?

- La habitación de la señorita ya está lista, señor. Incluso le preparé un baño caliente, como me pidió la señora Elroy.

- ¿Un… baño caliente…? –dijo Albert con un hilo de voz. ¿Es que acaso todo el mundo confabulaba esa noche en su contra para que su imaginación trabajara más de lo necesario?

- ¡Fabuloso, Mary, muchas gracias! Voy de inmediato contigo –dijo Candy pasando como un rayo junto a Albert.

- Pero… pero…

- Nos vemos mañana, Albert. ¡Buenas noches! –se despidió la chica ya subiendo por la escalera.

- Sí, claro… buenas noches –masculló Albert entre dientes.

Mary sonrió discretamente y haciendo una leve inclinación, se retiró. Era claro que esa sería una noche larga, muuuy larga para el señor de la casa.

CONTINUARÁ...