¿De verdad les resulta tan pesado leer los capítulos de Regina? El capítulo pasado, la parte en que coincide con Emma en el bar y la bofetada de la otra fue contado super deprisa, y solo hubo un diálogo repetido, de resto fue los pensamientos de Regina sobre su día en Urgencias, su viaje hacia su casa con Emma y la cura de esta. Y todo lo de después. No sé, será que estoy acostumbrada a leer tochazos de verdad, que esto para mí no es nada. La primera parte de este capítulo es la visión de Emma de lo vivido en casa de Regina, durante la cura del labio, ya la segunda parte sí es cuando Emma vuelve a casa con su madre.
7. Sentimiento de culpa
Me ha humillado una vez más.
La enésima. Me hace sentir que soy yo la equivocada como solo ella logra hacer, pero sé que esta será la última, aunque tenga que pedir una orden de alejamiento.
Vuelvo a ver su mirada malvada y celosa, como de costumbre por motivos infundados y aún peor, me hace sentir indefensa frente a otras personas. Me ha transformado en una mujer súcubo de la propia ex frente a la madre de Henry. ¿Cómo podía ni siquiera pensar en ser un punto de referencia para él si no era capaz de hacerme respetar?
Miro un punto en el vacío más allá de la ventanilla, desconocedora de la calle que aquella mujer está recorriendo para llevarme a su casa. Tengo frío, los temblores recorren mi cuerpo, pero es más una reacción de miedo y ansia. Y me queman los ojos por culpa de las lágrimas que no han querido quedarse en su lugar. Pero ni siquiera tengo la fuerza para secarme el rostro, todo es demasiado…iba mucho más allá de mis más horribles pensamientos sobre aquello en lo que nunca querría convertirme: una mujer débil incapaz de defenderse sola.
Me sorbo la nariz y un pañuelo aparece frente a mi rostro. Regina me lo está ofreciendo. Lo cojo para enjugarme los ojos. El labio continúa latiéndome, pero del pañuelo con que sigo taponándolo parece que ya no sale sangre.
Cierro los ojos haciendo que caigan dos lágrimas por las mejillas frías y húmedas.
Algunas imágenes colman mi mente. De la primera vez que la había visto, a la primera escena de celos, al primer choque sobre los objetivos de vida totalmente diferentes de los míos, que no hicieron otra cosa que hacernos perder trozos de nosotras mismas, en el intento de sobrevivir a aquel sinsentido que era nuestra historia. He amado a Elisabeth como nunca antes había amado a nadie en mi vida, pero mi independencia chocaba muy a menudo con su necesidad de tejer proyectos de futuro, un futuro donde yo era indispensable en su vida, yo era aire, oxigeno, esperanza y certeza de felicidad. Intenté hacerle cambiar de idea con la misma intensidad que intenté ir en contra de sus demandas, pero cada vez que hacía algo para contentarla, una parte de mí se sentía sofocar en un modo que me hizo odiarla, a ella, nuestra relación y el amor en general. Quizás no estaba preparada para estar con nadie, quizás tenía que vivir con los perros y dos peces para no herirme a mí o a otras personas. Y las condiciones de mi cara me sugieren que el único modo para evitar el rostro marcado era mantener alejados de mi vida los sentimientos. Lo máximo posible.
Sin embargo fue tan fácil enamorarse de ella y de su necesidad de afecto, de su necesidad incondicional de mí. Sus ojos y su sonrisa me hechizaron, habría catalogado su sonrisa seguramente como la más bella que nunca había visto y con la que nunca me había cruzado. No es su inconmensurable belleza, los cabellos rubios y los ojos azules lo que hacen a una mujer bella o fascinante, sino que si esos ojos brillan cuando escuchan tu voz, entonces sí que se hacen especiales. Y ella era así.
Pero todo eso no fue suficiente. El amor, la paciencia…me hicieron sentir indefensa frente a su seguridad. Me devastaron y me volvieron insegura como nunca lo había estado. Paradójicamente su paciencia, su amor incondicional me destruyeron en lugar de salvarme.
Ni siquiera me doy cuenta de que el coche se ha parado hasta que la puerta se abre y Regina me tiende la mano para ayudarme a bajar.
«Ven, hemos llegado» me dice tranquila
Con la carga de pensamientos y sensaciones que no sé cómo expulsar, me arrastro tras ella, hasta la puerta de entrada. Una pesada puerta blanca se erigía bajo un pórtico colmado de rosas rojas. El olor era embriagador.
Empieza disculpándose por el desorden.
Miro a mi alrededor. La casa está inmaculada. No sé qué entiende ella con la palabra desorden, pero ciertamente no se ajusta a esa casa.
Atenta y premurosa, me señala el baño para que me lave la cara.
Ojos oscuros como la noche se fijan en mí como si quisieran estudiarme.
Sonríe sin cansarse y su sonrisa me produce una tal ternura…Pero solo deseo llorar. Más, más y más.
Diligente, me dirijo hacia donde ella me había indicado. Aferro la manivela y la bajo lentamente. Nunca había visto nada más limpio y ordenado.
Ciertamente era lo opuesto a mi reflejo en el espejo, peor de lo que pudiera imaginar. Los cabellos desgreñados rodean un rostro pálido y regado de lágrimas, y bajo el mentón había sangre ya seca. Los ojos rojos solo enmarcan aquel desastre. Con delicadeza alejo el pañuelo con que el que hasta ahora me había taponado el labio. Un pequeño hilo de sangre desciende para juntarse a la ya seca. Abro el grifo del agua fría, meto las manos y las acerco al rostro, poniendo atención para no ensuciar nada que no fuese el lavabo.
«¿Necesitas que te eche un mano?» pregunta una voz detrás de mí.
La observo desde el espejo mientras con rabia restriego la mano sobre el cuello para quitar la sangre incrustada. Ella me aferra la muñeca.
«Ahora cálmate, me encargo yo»
Tiene un modo de actuar totalmente calmado y controlado. Me trata como si me conociese de siempre y eso no hace otra cosa que confundirme. Se gira, abre una pequeña puerta de la que saca una pequeña toalla. Humedece una esquina y tras hacerme girar hacia ella, limpia lo que yo hubiera querido quitarme de encima de la piel: rabia, tristeza, frustración.
«Ya no sangra casi nada, pondré solo dos pequeños apósitos» con la parte seca de la toalla limpia el resto de la cara, después de haberme colocado el cabello tras las orejas. Ese gesto sencillo, sin embargo tan familiar e inocente, hace que vuelvan las lágrimas a mis ojos.
«Siento la escena a la que has tenido que asistir y a este patético llanto al que no consigo poner freno» digo de un soplo, con la voz rota por el llanto.
«No te preocupes, no tienes una cara muy diferente de la mía hace unos meses, estoy acostumbrada a ciertos desastres, no eres patética, estás solo herida» lanza la toalla en el cesto de la ropa sucia.
«Y no solo físicamente. Pero estoy segura que lo está también ella»
Suspiro.
«Probablemente sí» con una mano en el hombro me invita a salir del baño y hace que me sienta en una silla de la cocina. Pequeños apósitos y gasas, y desinfectante estaba en un recipiente metálico de forma ovalada.
Se sienta frente a mí. Agarra mi mentón con dos dedos y con la otra mano me limpia con desinfectante el labio. Arde y me inclino un poco hacia atrás, involuntariamente.
«Lo sé, arde un poco, pero no me llevará mucho tiempo»
Sus dedos viajan expertos entre las gasas y los apósitos y cuando el último es puesto en mi rostro, tardan en querer retirarse y se retraen en una pequeña caricia en un lado del mentón.
Pero estoy completamente segura de que todo es fruto de mi imaginación y de mi estado de shock.
«¿Cómo están? ¿Tiran?» pregunta preocupado.
Estiro los labios en una fingida sonrisa para evaluar la movilidad de los labios con las tiritas encima. Todo ok, no es tan molesto.
«No, está todo bien, gracias» no sé qué otra cosa decir.
Sacudo la cabeza, abrir la boca y hablar me parece una tarea tan fatigosa en ese momento.
Ella se levanta, y recoge la mesa antes de poner una cazuela, que había sacado de la nevera, dentro del horno.
«Hoy lasaña. Henry estará contento, la adora»
«Quizás deba irme, si Henry me ve aquí se asustará y no se fiará más de mí» me estoy levantando, pero me detiene
«Alto, párate ahí. Estás agitada, no te voy a dejar ir en estas condiciones, te hago una infusión. ¿Puedo llamar a alguien para que te venga a buscar?»
Anda atrás y adelante en la cocina, sin tener el más mínimo hundimiento físico.
«Pero, ¿tú no has hecho noche en el hospital? ¿De dónde sacas las energías?»
Apoya una taza rosa y una cucharita en la mesa.
«Tengo un hijo que me odia y un trabajo que amo, pero estresante, las energías las encuentro a la fuerza, dormiré esta noche, hoy Henry tiene natación y tengo que acompañarlo»
La tetera en el fuego comienzo a hervir, y armada con una manopla, echa un poco en la taza. Después añade el contenido de una bolsita soluble y comienza a remover.
Siento el corazón latir aceleradamente y una mano se coloca con naturalidad en mi pecho.
«¿Te duele el pecho?» me aferra la muñeca para comprobar el pulso. Se para algunos segundos mientras con atención mira su reloj de muñeca.
«Tienes taquicardia, pero el pulso es débil, debes de tener la presión baja, bebe un poco de esto y después llamamos a alguien para que te lleve a casa. Te llevaría yo, pero Henry, como has dicho tú, estará aquí en un momento»
Sonrío antes de coger la taza.
«Llamo a mi madre» busco mi bolso, pero me doy cuenta de que no lo tengo.
«El bolso, creo que está en el coche, te doy el teléfono fijo, ¡tú bébete eso!» me grita mientras se dirige a otra estancia. Poco después reaparece con un teléfono inalámbrico que deja en la mesa.
«Está caliente» digo mientras sorbo
«Shhh, bebe» una vez más separa mi cabello hacia atrás con una mano y un escalofrío recorre mi columna.
Cojo el teléfono y marco el número de mi madre.
«¿Diga?»
«Mamá, soy yo»
«Oh, hola, tesoro, ¿cómo estás?»
«Mamá, ¿puedes venir a buscarme? Estoy en la zona residencial Graden, en el número…» miro a Regina que me susurra 108 antes de ocuparse de la lasaña dentro del horno.
«108 mamá, número 108»
«Tesoro, tienes una voz rara, ¿qué ha pasado? Me estás preocupando»
Es insoportable cuando se pone a hacer preguntas fuera de lugar.
«Mamá, por favor, ven que estoy sin coche, después te explico todo, ¿ok? Por favor»
«De acuerdo, de acuerdo, dame el tiempo de subir al coche, ya llego»
«Gracias mamá, ciao»
Cuelgo.
«Las madres se preocupan siempre» me dice en modo irónico
«La mía es definitivamente una exagerada»
«Una mamá no exagera nunca, lo siente» se encoge de hombros antes de sacar la lasaña del horno.
«¿No has logrado conquistarlo con esta delicia?» pregunto sin pensarlo
«No…la adora, pero ni siquiera con esto me dirige una palabra. Tendré paciencia, tarde o temprano volverá a mí» deja las manoplas en el poyo de la cocina
Poco después se escucha el timbre.
Es Henry.
Pánico en mis ojos. Y también en los suyos.
Me levanto de un salto.
«Ok, tú abre la puerta, después pienso yo en explicarle todo, ¿ok? No estropearemos esto también, fíate de mí, por favor» con tono convincente, me dirijo a ella, esperando tranquilizarla y esperando lograr hacer aquello que he dicho.
A pasos lentos, se dirige a la entrada, yo la sigo, haciendo que nada más entrar me vea.
«Hola Henry» dice Regina tras haber abierto la puerta.
Él, con la mirada baja, el rostro triste, atraviesa el umbral sin decir una palabra. Deja la mochila en la silla de la entrada antes de que Regina, rendida, cierre la puerta tras él.
«Hola Henry» intento sonreír. Lentamente alza el rostro y lo que veo es el agradecimiento más bello que pudiera darme. Una sonrisa, que nunca había tenido el valor de darme, aparece en su rostro, y lentamente se acerca a mí. Sonrío de vuelta.
Se vuelve a poner serio cuando su mirada recae en la tirita del labio. La señala con el dedo.
«Estoy bien, Henry, tranquilo. Esta mañana me he encontrado con mi ex novia, ¿la recuerdas? Hablamos de ella»
Arruga la frente para concentrarse en lo que estamos hablando.
«Se enfadó por cosas que se imaginaba y me dio una bofetada. Me ha salido un poco de sangre y tu madre estaba allí por casualidad, volvía del trabajo, vio la escena y me ha traído para curarme, ha sido muy amable» le toco dulcemente los cabellos y él no retrocede. Me giro hacia su madre que escucha en religioso silencio mi monólogo.
«¿Tú estás bien? ¿Ha ido bien la escuela?»
Sonríe mientas dice que sí con la cabeza
«Bien…ahora vas a comer, tu madre ha hecho lasaña, y tiene un olor increíblemente bueno. La mía, mi madre, está a punto de llegar a recogerme, nos vemos mañana, ¿verdad?»
Su rostro se entristece, pero no podía seguir allí dentro. La mirada de Regina mientras mantenía una tranquila conversación con su hijo me duele y ya no puedo soportarlo.
«Irá todo bien, Henry, mañana hablamos, ahora ve a comer» lo empujo delicadamente hacia la cocina, antes de despedirme con un gesto de la mano.
La mirada recae en Regina.
«Querría tanto saber cómo logras comunicarte con él» con mirada afligida y resignada se aparta de la puerta. En ese momento, suena el timbre.
«Debe ser mi madre» digo andando hacia la puerta.
Regina aferra el pomo y abre.
A su lado, miro a mi madre sobre cuyo rostro se había dibujado una expresión definitivamente de preocupación, acentuada al ver la tirita en mi labio.
«Emma, tesoro» me abraza apretadamente y bajo la chaqueta siento su corazón latir velozmente.
«Mamá, cálmate, estoy bien» intento librarme de su abrazo, pero ella tiene otra idea. Detrás de mí, Regina observa, comprensivamente, a mi madre.
«Mamá, por favor, no estamos solas» solo al escuchar esas palabras se separa de mí y se da cuenta de la presencia de Regina
«Mamá, ella es Regina, Regina, ella es mi madre»
Amablemente, Regina alarga la mano hacia ella para estrechársela. Mi madre hace lo mismo.
«Encantada, me llamo Mary, ¿es usted, por casualidad, la nueva novia de mi hija?»
Desorbito los ojos, avergonzada, como nunca lo he estado en mi vida.
«Dios, mamá, ¿pero no te puedes estar callada ni una vez?» sonríe complacida frente a Regina, que mientras se echa a reír
«Oh, por ahora diría definitivamente que no, solo le he curado el corte del labio»
Ok, ok, ok.
Mi madre siempre hace que me quede en el más absoluto de los ridículos, eso seguro.
Pero Regina que le responde a su vez, eso no, no creo que logre soportarlo, no, después de la mañana que he pasado.
Una risita nerviosa sale de mi boca como un sonido gutural y ambas me miran curiosas. Después la atención de mi madre se dirige al fondo de la estancia, a la entrada de la cocina. Henry mira la escena, quieto.
«¿Y aquel hombrecito quién es?»
«Es Henry, mi hijo» responde rápidamente Regina, orgullosa
«Hola Henry, soy Mary, un pacer conocerte»
Al escuchar aquellas palabras, Henry me mira un momento, como si esperase mi aprobación para contestar al saludo. Ante mi señal de aliento, alza la mano derecha y la mueve como para decir hola, después desaparece de nuevo tras la puerta.
«Es un poco tímido» añade Regina repentinamente
«Oh, a esa edad lo son todos, querida» la mano de mi madre se posa en mi mejilla, acariciando la tirita.
«No sé por qué se ha hecho daño, pero le doy las gracias por haber cuidado de mi hija»
«Oh, bueno, soy médico, diría que en primer lugar es un deber más que un placer»
Silencio embarazoso.
«Bien, creo que debemos irnos mamá, Henry tiene que comer, después tiene clases de natación» me dirijo a la puerta arrastrando a mi madre.
«Oh, claro, hasta luego, entonces, hasta la próxima, y gracias de verdad. Te espero en el coche, tesoro»
Al pasar el umbral, Regina me detiene agarrándome de la muñeca
«¿Puedo dejarte mi número? Quiero saber cómo va la herida del labio» escribe algo en un post-it que tenía en el mueble al lado de la entrada y me lo da.
Lo cojo y sonrío.
«No mojes la herida al menos en dos días» añade entrecerrando la puerta.
«Gracias otra vez por lo de hoy y disculpa por todo»
«¡Deja de excusarte y mantenme informada!»
«¡Claro, cuenta con ello, adiós!»
Me alejo.
Ahora mi madre comenzaría con el verdadero infierno.
«Emma, ¿me quieres decir que ha pasado, por favor?»
Una vez en casa, mi madre continúa insistiendo en conocer lo sucedido, pero, de verdad, en este momento lo último de lo que tengo ganas es escuchar su sermón sobre cómo debería haber alejado a Elisabeth de mi vida mucho tiempo antes. Antes de que las cosas degenerasen de esta manera.
Los escalones que llevan a la planta de arriba parecen más empinados que de costumbre y me cuesta mantener un paso rápido para llegar a mi habitación lo más rápidamente posible. Pero ella, con un movimiento, me agarra la muñeca para darme la vuelta. Y en ese momento, siento de nuevo los ojos arder y las lágrimas nublarme la vista, volviendo a aparecer desde el sitio en que, con dificultad, las había exiliado durante al menos una hora.
«Mamá, por favor, solo quiero dormir algunas horas, ¿me concedes al menos eso? Solo algunas horas»
¿Cómo habría reaccionado, siendo madre, frente a mi potencial hijo en lágrimas pidiéndome que lo dejara en paz?
Rendida y herida, abandona los brazos a un lado, incapaz de dar un solo paso hacia mí. Mis lágrimas se transforman en sollozos. Estoy verdaderamente cansada de combatir aquella guerra contra ella.
Imágenes confusas y sensaciones contradictorias disturban las pocas horas de sueño. Pero en todos los momentos en que la realidad parece tragarme, las caricias de mi madre me hacen volver al limbo de mis sueños. No sé cuánto puede ser esto positivo, pero ciertamente, en ese momento, lo único que necesito es silencio, afecto y comprensión. Y no hay mejor comprensión que el silencio de una madre que está ahí, abrazándote mientras duermes.
Aún con los ojos cerrados, siento una suave y tranquila respiración a mi lado. Sé quién es, y él sabe que estoy despierta, pero no quiere de todas maneras molestarme.
«Hola, pequeñajo» susurro
«Hola, hermanota» un pequeño besito húmedo es dejado en mi nariz, y entonces abro los ojos.
Nos miramos intensamente por algunos segundos, después se acerca y apoya la cabeza en mi pecho. Lo estrecho a mí.
Neal llegó cuando mis padres ya pensaban que no tendrían más hijos, y yo creía, de verdad, que era un pecado que una pareja enamorada como ellos no pudieran acunar a otro como habían hecho conmigo. Después, una mañana de mayo, nació, él, cuando yo tenía 18 años, y nunca habría podido pensar que un hermanito pudiera llenarme la vida como ha hecho él. Solo había una cosa negativa: la enorme diferencia de edad entre nosotros obviamente podía confundirlo, viéndome a mí también como una madre.
Un poco por eso, un poco porque quería tener algo de independencia, dos años después de su nacimiento me marché, pero iba a verlo dos o tres veces a la semana. De esa manera había aprendido que yo era la hermana mayor que lo sacaba a pasear con los perros, a comer helado y hacer todas aquellas cosas que a nuestros padres no les gustaba hacer. En pocas palabras lo malcriaba, en su justa medida, obviamente.
«¿Cómo te sientes, Emma?»
«Ahora que me estás abrazando todo está mucho mejor» y era verdad. Su calor me ha calmado. Alza la cabecita hacia mí y con su dedito me señala el labio.
«¿Te duele?» pregunta
«Ahora no, pollito, ahora no» le doy un beso en la frente
«¿Vamos a merendar? Tengo hambre» una sonrisa aparece inevitablemente en mi cara, y después también en la suya. Se parece a nuestra madre de una manera impresionante con aquellos enormes ojos color almendra.
«Creo que es una buena idea, vete tú con mamá, mientras yo me lavo la cara, ya voy, ¿ok?»
«Ok» salta de la cama y desaparece tras la puerta
Alargo los brazos sobre la cama. El labio me duele, lo siento latir. Aparto la manta con la que mi madre me ha tapado y me siento. Dolor de cabeza, taquicardia, ojos en llama, parece que acabo de ser atropellada por un camión. Me levanto titubeante y, con la manta sobre los hombros, me dirijo al baño donde asisto a un pésimo espectáculo. No me detengo. Me lavo la cara cuidando de no mojar el apósito, después recorro lentamente las escaleras y voy a la cocina donde encuentro a Neal y mi madre enfrascados con la Nutella.
«Bienvenida al mundo, tesoro, ¿estás mejor?» pregunta mi madre mientras intenta limpiar la boca de Neal completamente manchada de chocolate.
«Digamos que camino, ya es algo, tengo un atroz dolor de cabeza» me coloco en la mesa y observo a Neal revolverse.
«¿Quieres estarte quieto? No sé cómo has hecho para ensuciarte de esta manera, mira, tienes hasta en las orejas, ¡ahora me las como!» dice mi madre, acercándose a la oreja de Neal que lanza un grito digno de una película de terror y comienza a correr alrededor de la mesa de la cocina, con mi madre persiguiéndolo divertida. Al final, se para en una esquina, levanta las manos en signo de rendición.
«¡Basta, basta, me riendo! ¡Pero no me comas las orejas!» tiene una mirada de verdad asustada.
Mi madre lo mira desde arriba y cruza los brazos bajo el pecho.
«¡Ya veremos, solo si vuelves del baño limpio y resplandeciente como antes, venga!» lo empuja hacia el baño. Él, ya rendido, obedece.
Si gira hacia mí.
«He preparado una infusión, ¿la quieres?» pregunta pasándome una mano por la espalda
Asiento.
Frente a mí pone dos tazas, con sus respectivos saquitos, y la tetera con agua caliente. Se sienta a mi lado y las llena.
Enderezo la espalda y comienzo a hablar
«Me había pedido que nos viéramos para hablar, como de costumbre. Le dije que sí, y donde Ruby, me encontré, por casualidad a aquella mujer, pero ella es un tema aparte, en fin. Elisabeth me vio hablar con ella y se le cruzaron los cables, me dio una bofetada y como tenía un anillo, me hizo un corte y salió sangre, pero ese no es el tema. Me humilló frente a todos por algo que no he hecho, no he hecho nunca nada de lo que dijo, no tenía motivos para estar celosa, pero ella es celosa. Le he dicho que desaparezca de mi vida, no creo que vuelva a dar señales de vida»
Por primera vez en su vida no me ha interrumpido. Me ha dejado hablar desde el principio al fin, y ni siquiera ha cambiado de expresión al mencionar la palabra «bofetada» Aún en silencio, quita las bolsitas de la taza, y mete una cucharita de azúcar en cada una de ellas.
«¿Mamá?» estoy perpleja
«Bebe, amor, que te hará bien, después hablamos»
Frunzo el ceño, incrédula. Esta no es mi madre. Agarro la taza y bebo un sorbo. En ese momento, Neal vuelve y, con una sonrisa resplandeciente, se coloca frente a nuestra madre. Se ha mojado completamente la ropa, pero al menos no hay señal de chocolate.
«Amor mío, te he enseñado que para darte una ducha tienes que quitarte la ropa, ¿verdad?» dice irónica
«Sí, lo sé» dice él con la sonrisa puesta.
«Y entonces, ¿por qué tienes la camiseta totalmente mojada?»
Baja la mirada hacia sí mismo
«Ups» se encoge de hombro
«Ups, él dice ups, entendido. Ven conmigo que te cambio» se levanta y, agarrándolo por los hombros, lo guía hasta su habitación.
Qué verdad es que aquel niño llena la casa, sin él es un velatorio.
Sigo sorbiendo la infusión a la canela pensando en esa mañana apenas pasada. La mirada furiosa de Elisabeth y la preocupada de Regina. Pobre Regina, qué escena patética. Una mujer adulta con un hijo que se encuentra siendo la tercera en discordia de una ex pareja, tengo absolutamente que pedirle disculpas. Pensándolo bien, me ha dado su número de teléfono, después le mandaría un mensaje. No, la llamaría, es una mujer adulta, dudo mucho que mande sms.
Con la taza humeante, me siento en el sillón, frente a la tele, esperando que el torbellino y nuestra madre vuelvan a la cocina.
Quiero dejar de pensar, pero las imágenes de esta mañana corren por mi cabeza como una alocada película. La llamada de un móvil, por fortuna, interrumpe esos pensamientos. Es mi teléfono, solo que no recuerdo dónde he puesto el bolso. Lo encuentro en las escaleras, en el primer escalón, pero cuando lo alcanzo, el teléfono ya ha dejado de sonar. Mejor así, no tengo ganas de hablar con nadie.
La llamada perdida es de Ruby. Definitivamente, no tengo ganas ni de hablar con ella. Enciendo la conexión de datos y recibo un número infinito de mensajes, tantos que me provoca mareos. Los toco y comienzo a leerlos. Dos son del trabajo, más tarde respondería, cuatro eran de Ruby que quería saber cómo estaba, en breve le respondería. Uno del vecino (ha llegado el momento de bloquearlo) Y otro de Elisabeth. Que extrañamente ya no tiene la foto de perfil. Leo
«Siento de verdad tanto lo que ha pasado esta mañana. No quiero que me perdones, ni que comprendas, solo quiero excusarme inmensamente y excusarme también con la mujer que estaba contigo. Apenas me has echado, corrí a mi psiquiatra y estoy a punto de coger un avión, me voy a Europa por un tiempo. Es decir, no estoy ahora mismo en el aeropuerto, pero me marcharé en pocos días. Quiero olvidarte y también todo el mal que nos hemos hecho, y quiero volver a ser una persona normal. Espero que puedas estar bien y gracias por haberme soportado en mi locura. Te bloqueo aquí y cancelo tu número así en mis momentos de locura no me vendrá el deseo de escribirte. A pesar de amarte con locura, nunca me aprendí tu número de memoria, no comprendo por qué. Buena suerte»
No creo lo que mis ojos están viendo. Se está alejando de mí por su propia voluntad. Quiere avanzar sola. No sé si estar feliz o triste por el cierre definitivo de aquel largo y triste capítulo de nuestra vida. Elisabeth fue aire puro en su tiempo. En cierto sentido me salvó…y nunca había pensado tener que decirle adiós definitivamente. Por eso siempre había estado cerca de ella cuando estaba mal, aunque el motivo fuera yo.
Ahora aquel mensaje me ha dejado un sentimiento de vacío. Y las lágrimas vuelven a bañar mi rostro. No es una reacción coherente con lo que quiero de verdad, es decir, separarme de ella, pero entre el deseo de algo y su realización, a menudo se crea un abismo de miedos que no se quieren atravesar ni superar.
Me refugio en el baño a llorar, no quiero que Neal me vea en ese estado. Me encojo entre el lavabo y la ducha, con las rodillas recogidas en el pecho y el móvil en la mano, mientras releo sin tregua su último sms. La voces de Neal y mi madre se acercan a la puerta y me madre toca.
«Mamá, estoy bien, tranquila»
Siento sus pasos alejarse y por un momento me siento mejor. Diez segundos después mi madre irrumpe en el baño.
«¿Por qué no consigues dejarme sola ni diez segundos?» digo con rabia.
Ella me mira con ojos llenos de sufrimiento y me sonríe
«Porque no quiero que llores sola, ¿ok?»
Se acerca a mí y me alarga la mano para levantarme. La aferro y con un tirón me levanto, acabando entre sus brazos.
Lloro todo lo que mi cuerpo puede. Ella, una vez más, en silencio, solo ocupada en abrazarme más fuerte cuando otro sollozo sacude mi cuerpo.
«Elisabeth me ha escrito también a mí hace unas horas»
Me aparto de ella y la miro a los ojos. En mi pecho sube una rabia inaudita.
«Me ha pedido perdón por lo que te había hecho aunque yo en ese momento aún no sabía lo que era. Le he aconsejado que se marchara durante un tiempo para cancelar todo lo que pudiera recordarle a ti. Le he dicho también que si lo necesitaba, también estaría para ella, pero si quería estar bien, esta era la única solución» la observo como si frente a mí hubiera un alienígena. ¿Desde cuándo Elisabeth tenía el número de mi madre? Enjugo una lágrima con el dorso de la mano y en los ojos de mi madre veo los míos, el deseo de ayudar a alguien que se ama.
«Yo solo quería ayudarla, mamá…»
«Yo lo sé, y también lo sabe ella…pero está bien que ahora se ayude ella sola. Lo conseguirá…Elisabeth es fuerte. Siempre lo ha sido»
Cuánta verdad. Siempre ha sido fuerte por ambas.
«Le había prometido que estaría a su lado…»
«Amor, no puedes estar al lado de quien te ama si tú no sientes lo mismo. También ella necesita renacer, como has hecho tú, y tiene que hacerlo sola»
Me aferro a sus hombros y lloro otra vez. Un nudo que lleva la frase «sentimiento de culpa» se insinúa en mi pecho y parece decidido a no dejarme respirar. En la puerta aparecen dos manitas pequeñas y gordezuelas, seguidas de un pequeño rostro preocupado. Así que estiro una mano para atraerlo a mí. Me separo de mi madre y lo cojo en brazos. Después nuestra madre nos envuelve entre los suyos y nos quedamos así, como un sándwich, durante un tiempo indefinido.
«Me están escachando» se queja de repente Neal. Mi madre y yo nos miramos antes de apretarlo aún más, echándonos todos a reír.
