Durante la siguiente semana, Irene dejó todo dispuesto en la galería, consiguiendo una muchacha que ayudase a su asistente durante su ausencia. Intentó mantenerse lo más ocupada posible, ya que la discusión con Mycroft le había dado mucho que pensar, sobre todas sus relaciones. Y sus conclusiones, eran a menudo tan devastadoras que decidió evitar pensar en cuan sola realmente estaba.
La fiesta sería el sábado por la noche, sin embargo estaba previsto que ella llegase el viernes a Dubai, con la intención de estudiar el lugar y sobretodo, ver si podía anticipar la extracción de la información, con el fin de evitar encontrarse con las jóvenes, y con Benhima. El miércoles, cuando disponía todo lo necesario dentro de su maleta para el viaje, recibió la lista de invitados. Figuraban varios nombres ilustres de la sociedad británica y americana, además de otros que comenzaban a hacerse conocidos, la mayoría, importantes cabecillas de los Emiratos Árabes. "Novata" pensó Irene, con una sonrisa burlesca entre los labios. Y es que por muy importantes que fuesen esos nombres, ninguno podría prometer siquiera la mitad de las cosas que a ella le habían sido ofrecidas. Una vez, un príncipe árabe le hizo una proposición de matrimonio, y aunque sabía que eso la hubiese convertido en una mujer extremadamente rica y poderosa, la influencia de la que gozaba sobre todos sus clientes era infinitamente superior a cualquier oferta. El saber que, en una época, la estabilidad de un continente dependía únicamente de su látigo antojadizo. Que tuvo a Inglaterra de rodillas, suplicando piedad. Se miró al espejo pensando en eso, para remover su máscara de pestañas. ¿Qué había pasado? Que cambió todo eso por ser una especie de espía, bajo las órdenes de un hombre que sentía un profundo desprecio por ella; ¿Y por qué? Un error. Un estúpido error. Recordó sus palabras "pudo ser cualquier número y usted hubiese salido de aquí con todo lo que quería…". Era tan cierto, pero no se arrepentía de haber jugado con la intensidad con que lo hizo, aunque perdiese. Quizás él nunca entendería eso.
Tenía que abordar el jueves a mediodía, así que terminó de desmaquillarse y se durmió. Quizás fue su noche más tranquila durante esa semana.
Acompañó su café habitual con un repaso rápido al periódico. Se detuvo con especial detención en policial, pero no había nada sobre Holmes, se sintió un poco desilusionada, pero se puso en acción pronto. Pasó por la galería para dejar algunas instrucciones finales, y se fue al aeropuerto.
Dubai era un lugar espectacular. Había estado alguna vez ahí, pero sólo de noche. De día era simplemente magnífico. El nivel de lujos la dejó estupefacta. Llegó al hotel y se registró. La reservación había sido hecha por Mycroft. Mientras esperaba el ascensor hasta el piso donde estaba su cuarto, se dedicó a observar a su alrededor. El ambiente del lugar la hizo sentir como en casa. Miraba con detención cada detalle del vestíbulo cuando el elevador se abrió. En él venían cuatro hombres, vestidos iguales "guardias de seguridad" pensó. Una mujer joven, de pelo oscuro y con un traje formal y detrás de todos ellos, lo vio. Charles Magnussen. Se quedó paralizada, mientras su comitiva pasaba junto a ella, pudo sentir como él la miró de reojo. Cuando salieron, Irene se metió rápidamente al ascensor e indicó el número de su piso. "Demonios" pensó, tratando de recuperarse. Él la había reconocido. Tenía que. Llegó a su habitación y sin desempacar nada, tomó su móvil encriptado para escribir a Mycroft.
"MAGNUSSEN ESTA AQUÍ"
Quiso agregar algo más, pero cualquier intento de explicar las mil ideas que se le pasaron para justificar la presencia de ese hombre en Dubai, eran demasiado confusas para ponerlas por escrito.
"NO PODEMOS INTERVENIR CON ÉL"
Irene pudo leer el tono y la cara de Mycroft al recibir su respuesta. Pidió que le llevasen un té a su habitación y algunas revistas en inglés, se dio un baño e intentó relajarse, pero no podía. Algo le provocaba un mal presentimiento. Conocía de sobra los métodos de Magnussen para saber todo lo que sabía, y comprendió que el único momento seguro para hacer la extracción era durante la fiesta, como con Rochester. Su buen carácter, presencia y gestos de confianza (y uno que otro, de coquetería) le ayudaron a averiguar varias cosas sobre la fiesta, la ubicación de los invitados, e incluso, se las ingenió para que uno de los administradores le describiese las características de la habitación de Larson. Entonces, decidió utilizar sus mejores habilidades para robar su tarjeta de seguridad desde el bolsillo de su pantalón. Se acercó, y puso su mano sobre los brazos del administrador, que inmóvil, se dejaba llevar por los encantos de Adler. Poco a poco, ella fue bajando su mano, por su cintura, hasta llegar a sus muslos, acariciándolo con rudeza, dejando que él a su vez pusiese una mano en su espalda baja. Se acercó al oído del hombre y comenzó a rozarlo con sus labios, entonces aprovechó el momento para quitar la tarjeta del bolsillo. Sabía que sin una buena excusa no podía solo marcharse, por lo que lo dejó proseguir, sentándose sobre sus piernas y acariciando su cabello, intercalando pequeños jalones entre cada tanto. Él desabotonó su pantalón y subió la falda de Adler, cuando se oyeron unos pasos acercándose. Irene se levantó rápidamente y guardó la tarjeta en el bolso que sostenía. La puerta se abrió mientras el hombre aun se acomodaba la camisa dentro del pantalón, ella salió sonriendo disimuladamente, mientras que el otro hombre (aparentemente uno de los jefes de la administración) miraba con desaprobación al que ella había utilizado.
A la hora citada, Irene estaba lista. Una limusina provista por la anfitriona de la fiesta la condujo al lugar.
Radiante, en un vestido verde opaco, con pequeños brillos, largo; con escote de corazón que resaltaba su cabello negro, que había dejado crecer todo este tiempo y ahora era sostenido en una trenza que caía sobre uno de sus hombros. Llevaba pendientes de esmeralda para complementar el look, sus uñas, esta vez pintadas de negro, hacían resaltar el pequeño diamante del anillo que llevaba en el anular derecho. Un pequeño bolso negro, donde llevaba su móvil encriptado, la tarjeta de seguridad y una pequeña pistola, para finalizar en zapatos en el tono del vestido. Todo el look elegido cuidadosamente, para al igual que en la fiesta de Rochester pasar desapercibida, y lo habría logrado, de no ser porque al llegar, notó que la mayoría de las presentes (que no eran muchas) usaban trajes claros o demasiado brillantes. La opacidad de su look, tan efectiva en las sombras, era casi un reflectante entre la luminosidad del resto. Acostumbrada a que todos los ojos se posasen en ella, se acercó a la barra, caminando con seguridad, sonriendo ocasionalmente a quienes la miraban y buscando con discreción a sus tres puntos de atención: Larson, Magnussen y Benhima. Reconoció a la primera en dos segundos. Un vestido rosa, con un escote que llegaba hasta su ombligo y abierto en la pierna derecha. Pendientes largos y excesivamente brillantes que chocaban con un collar bastante grande que adornaba su pecho con un rubí. Sandalias blancas y el cabello (teñido de rubio) semi-recogido. Vio a Benhima de reojo también, que conversaba alegremente con una de las amigas de la anfitriona, pero no pudo encontrar a Magnussen. Mientras bebía su champagne se dedicó a observar a Sophia y Janet. Parecían nerviosas, miraban de reojo a "La duquesa", sin embargo, también se miraban con ternura. Irene no pudo evitar sonreír. Estaba tan concentrada en eso que no notó cuando Larson se aproximó, acompañada de León.
-Oh, por dios, eso es a lo que yo llamo elegancia – dijo, de forma ruidosa al besarla en ambas mejillas.
Irene solo respondió con una sonrisa incómoda.
-¿Disfruta la fiesta, señorita Rainieri? – preguntó León.
-Imposible no hacerlo – contestó, de la forma más amable que pudo.
Katarina la miraba insistentemente.
-¿Pasa algo? – preguntó Irene
-No, es sólo que… wow, te pareces tanto a una amiga – contestó, haciendo un gesto de desagrado al final que Irene notó.
-¿En serio? ¿Y ella está por aquí?
-No, ella murió.
-Vaya, lo siento mucho.
-Está bien. Se lo merecía.
Irene quiso responder algo, sin embargo se contuvo, contentándose con la estupidez de su rival. Larson frotó su espalda para despedirse y se retiró, para acercarse a otros invitados.
-Así que… ¿todo bien con Holmes? – dijo León, en un intento de averiguar si Irene sabía algo sobre él
-De la única manera en que pueden estar las cosas con Mycroft Holmes. – contestó sonriendo. Luego dejó la copa sobre la barra y se alejó.
Hubiese querido hablar más con Benhima, pero notó que Katarina se había acercado a las chicas y decidió intervenir.
-Hola – saludó con una amplia sonrisa.
Las mujeres le devolvieron el saludo y Larson hizo las presentaciones.
-Alexandra, ellas son Sophia Cameron y Janet Haussman. Sophia es sobrina del primer ministro inglés y Janet es hija de Thomas Haussman, que supongo sabes quién es. Muchachas, ella es Alexandra Rainieri, administradora de una de las galerías de arte más exitosas en Marrakech. Y si, si no lo habían notado, es escandalosamente idéntica a Irene Adler.
Sophia y Adler intercambiaron una mirada reveladora, entonces Cameron tomó el brazo de su novia y la miró también. Hablaron por un segundo y luego Larson se volvió a apartar. Irene notó que la jornada avanzaba, y que no había luces de Magnussen. Decidió que era hora de actuar.
-Estoy aquí para ayudarlas. Pero necesito que hagan algo por mí – dijo, acercándose a la pareja.
-¿Qué es? – preguntó Janet.
-Que distraigan a Katarina. ¿Pueden?
Ambas se miraron y asintieron. Irene las dejó y se escabulló por entre dos pilares que daban a una salida.
Llamó a Mycroft y se puso el audífono de su manos-libres.
I: Estoy a punto de hacer la extracción. ¿Cuántas fotos son?
M: Diez. ¿Nadie te ha reconocido hasta ahora?
I: tienes suerte de que Larson sea bastante estúpida
M: ¿Qué hay de Benhima?
I: Te mandó saludos
M: ¿Y Magnussen?
I: No lo he visto, quizás no esté aquí por eso.
Irene llegó al elevador privado y utilizó la tarjeta de seguridad que había robado, funcionó. Buscó la habitación de la mujer y utilizó una de las horquillas que llevaba en el cabello para abrir la puerta. Entró y tardó menos de un minuto en abrir la caja de seguridad, sin embargo las fotos no estaban ahí. Miró a su alrededor y notó que en el armario había un espacio donde ropa tenía varios papeles cubiertos por ropa. Removió las prendas y sacó un par de carpetas y un sobre sellado. Ahí estaban las fotografías. Las miró para comprobar que estuviesen las diez. Entonces, sin haber oído ningún sonido previo, al levantar la cabeza notó que Magnussen estaba de pie, frente a ella en el armario, sonriendo. La impresión le hizo soltar todas las fotos.
-Vaya, vaya – dijo, acercándose – esto sí que es nuevo. Es casi un nuevo expediente… ¿Adler o Rainieri? – se agachó para recoger las fotos y comenzó a mirarlas.
Irene no respondió, no se movió y casi no respiraba. Evidentemente no estaba lista para eso.
-Creía que esto me iba a costar un poco más. Katarina Larson es tan irrelevante que no tengo mucha información sobre ella – continuó el hombre, mirando detenidamente cada una de las fotografías. – así que supongo que debo agradecerle por alivianar mi labor. – dijo, levantando la cabeza, para mirarla fijamente y sonreir. Irene no podía superar el pánico.
-¿Para qué las quiere? – dijo Adler, por fin, con voz temblorosa.
Magnussen sonrió.
-Puntos de presión. Lo habitual, usted sabe… y hablando de eso, ¿Sherlock Holmes? Eso es nuevo. Cuanto puede cambiar una persona, es por eso que tengo que mantener mi información lo más actualizada posible.
Comenzó a guardar las fotos en el sobre.
-¿A qué se refiere? – preguntó Irene, tratando de hacer tiempo, o de seducirlo, o algo que le permitiese quitarle las fotografías.
-La última vez que nos vimos, lo más importante en su registro eran los problemas que su madre tenía con el alcohol. Y ahora es Sherlock Holmes. Ah… Holmes, ese apellido puede abrir tantas puertas, me pregunto ¿será mutuo?
Magnussen caminó hacia la puerta, revisando las fotografías por última vez.
-Creo que seré generoso – dijo, deteniéndose de espaldas a Adler – después de todo, en algún momento usted y yo fuimos buenos amigos ¿lo recuerda? Además, ambos, a nuestra manera, podemos poner una nación de rodillas. Puede haber cambiado mucho, señorita Adler, pero sigo viéndolo en usted.
Y dicho eso se volvió y arrojó dos fotos al piso, cerca de sus pies. Se quedó esperando hasta que Irene las recogió. Cuando ella se incorporó, el se acercó y besó su mejilla acaloradamente. Inspiró profundamente y pasando una mano por su cintura, la acercó a su cuerpo. Besó su hombro y la soltó.
-Como siempre, un placer. – dijo al despedirse.
Irene volvió al armario a recoger sus cosas, pero se quebró. Se apoyó contra una de las paredes y se llevó una mano a la boca para evitar que sus sollozos se escuchasen. Dejó que dos lágrimas gruesas rodasen por sus mejillas y guardó las fotos. Sacó su teléfono y aun temblando, llamó a Mycroft.
I: Él… él estuvo aquí…
M: ¿Quién? ¿Se encuentra bien?
I: No.
M: ¿Quién estuvo ahí? ¿Señorita Adler? ¿Las fotos? ¿Las tiene?
I: Charles Augustus Magnussen. Él estuvo aquí. Se llevó las fotos.
Mientras hablaban, Irene comenzaba a calmarse, sin embargo, Mycroft estaba devastado. Sabía de sobra que ahora no podían hacer nada. Se lo comunicó a Adler y prometió dar instrucciones para que dejase Dubai esa misma noche.
Un par de horas después, Irene estaba, ya sin maquillaje, con jeans oscuro y una sudadera, a bordo de un jet que la llevaba de vuelta a Marrakech. Recordó la noche en que se enfrentó a Mycroft. Si cuando era útil ya había dejado en evidencia su animadversión hacia ella, ahora que había fallado, no podía tener certeza de lo que pasaría. No pudo dormir en el vuelo, pero al llegar a casa, durmió por varias horas. Al despertar, sin fijarse en la hora pidió café y el periódico.
La pintura de las cataratas de Reichenbach había sido robada.
NOTA: Por razones de fuerza mayor, durante el mes de julio no estaré muy presente y considerando que se vienen cosas importantes, actualizaré el próximo capítulo el miercoles 06. El viernes 08 se actualizará normalmente. Gracias por su comprensión y, no me odien ;)
