Cola de serpiente

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Capítulo 7: Historia antigua, parte 3

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"El Sérpido fue una enorme ayuda, enseñándole al primer ninja cómo utilizar nuevas técnicas" continuó el Nomicon "Poco a poco, el Tengu fue enseñándole algunos trucos interesantes, al punto que el Hechicero pensó seriamente en retirarse y aumentar su poder antes de ser derrotado. Y fue en ese momento en que sucedió algo que cambió todo."

"Una noche, el Sérpido me llamó, y me dijo que, tal y como sospechábamos el primer ninja y yo, él podía saber el futuro" continuó el Tengu "Y que el mundo estaba en peligro de ser destruido, de no seguir ciertos puntos clave en las siguientes veinticuatro horas. Yo había regresado de uno de nuestros… er… dulces encuentros con él en la cueva. Había pasado casi un año, y la nieve caía otra vez. Fue ese mismo día cuando el Hechicero alcanzó el punto álgido de su poder"

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La noche olía a bambú quemado y terror.

Al Hechicero le gustaba ese aroma: hacía que su niebla le diese poder, volviéndose más fuerte con cada persona que poseía. Quizás se armase su propio ejército y dominase todas las islas antes de ir a por el continente. Tenía todo el tiempo del mundo.

Se dirigió con paso seguro hacia el pueblo, ése donde siempre aparecía el ninja con mayor rapidez. Esa peste no era el único que tenía aliados, y siempre había descontentos, envidiosos, iracundos a los que engañar con unas cuantas palabras bien dichas y algo de poder en dosis adecuadas. Su odio hacia esos tres en general, y al ninja en particular, había aumentado cuando habían desterrado a la Hechicera a la Tierra de las Sombras.

Al primero que descubrió fue al Sérpido.

Estaba en el medio de la calle, con su kimono azul y negro, mirándolo a los ojos, como si pensase que tenía ese derecho. No tenía armas, pero el Hechicero sabía que no las necesitaba. La magia que poseía no era como la de él, rodeado de sus criaturas poseídas, sino que se asemejaba más a la de un sanador.

-¿Qué quieres, gaijin?- le preguntó, sonriendo con maldad pero con todos sus sentidos alerta. El Sérpido tenía un sexto sentido para saber los acontecimientos del futuro cercano.

-Vete de aquí- le dijo, serio.

El Hechicero lanzó una carcajada, sosteniéndose el estómago con ambas manos, y luego, sin previo aviso, le lanzó una bola de niebla. El humo rodeó al mitad-serpiente, pero su magia curativa impidió que le tocase, y poco después volvía a ser niebla, blanca y sin poder alguno.

-Mira que eres tonto- le dijo, sonriendo con la mitad de ganas que antes y el doble de maldad. Lo miró de arriba abajo -¿Te echaron por ser afeminado? Hasta este país tiene sus estándares, sabes.

El Sérpido deshizo su barrera y media docena de hilos de agua comenzaron a acercarse a él. Desde las bombas, las casas, los recipientes, acudían a su llamada y se preparaban para luchar.

-No puedes predecirlo todo, pequeño- dijo el Hechicero, y tres de sus bestias se lanzaron hacia él.

Algo alargado le dio de lleno a una de las bestias en el pecho, haciéndola rodar por el piso, hasta que volvió a ser una asustada muchacha. Se levantó, confundida, y al ver al ejército de bestias y al Hechicero, salió corriendo del lugar, chillando. Algo más ancho y menos alto le pegó en el hocico a la segunda bestia, que corrió al recuperar su forma de hombre humano, y la tercera fue repelida por el escudo de agua.

El Hechicero tomó dos de sus esferas y las lanzó hacia donde estaba el ninja, quien las esquivó y se escondió entre las sombras de una casa cercana. Levantando los brazos, envió una oleada de niebla verde por las calles, buscando al escurridizo ninja, y manteniendo al Sérpido a raya. No es que ese gaijin fuese peligroso, pero era mejor no dejar detalles de lado. Dos bestias más volvieron a su forma humana, y los proyectiles habían venido desde lo alto. Calculando su trayectoria…

Se dio la vuelta y apuntó hacia el lado opuesto que había calculado.

Un par de estrellas ninja iban hacia él, pero logró desviarlas, escudándose con su sombrero. Media docena de sus bestias fueron hacia el ninja, quien saltó a los techos de las casas y corrió, lanzando discos a las fieras, desposeyendo a la mitad antes que pudiesen pisar el mismo techo que él. Y luego, se dejó caer por el espacio entre dos casas.

Dos de las tres bestias fueron hacia los lados, mientras que la tercera se lanzó tras el humano, sin pensarlo. Con las garras listas para atrapar y desgarrar, saltó hacia el suelo, y se estrelló contra el mismo, sin rastro alguno de la figura negra y roja. Los otros dos, uno a cada lado de la casa, al ver la escena, pegaron las orejas contra la cabeza y ruñeron, olisqueando el ambiente y dispersándose hacia dos direcciones distintas, dejando a una mujer recuperándose, mientras el humo verde volvía al Hechicero.

-¿El gaijin te ha contagiado el miedo, pequeño?- la voz del Hechicero chorreaba maldad. Cuando el ninja intentó darle un golpe con una de sus espadas, se deshizo en un remolino de humo verde y tomó forma más allá, lejos de la figura negra y roja. Le lanzó un disco ninja apenas comprobó que volvía a tomar forma sólida, y acertó a una de sus esferas -¿Te crees que esto me detendrá?

Un chorro de agua le dio en el costado, barriendo con su sonrisa maliciosa y haciendo que perdiese el control sobre sus bestias. Media docena de aldeanos, confundidos y asustados, se dispersaron gritando al ver quién estaba allí. El Hechicero, ya sin sonrisa y tirado en un charco de barro, observó al ninja en toda su altura. Parecía mucho más adulto y peligroso desde esa posición.

El Hechicero sonrió.

-No puedes predecirlo todo, ¿eh, gaijin?- el Sérpido se detuvo, confuso, pero sin que flaquease su control sobre el agua -¿O acaso te crees más que yo por tener a un reptil de aliado, mortal?

El ninja sintió el golpe como si un puño de hielo le hubiese estrujado el corazón.

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Se aseguró que el Sérpido lo hubiese encerrado en una esfera antes de salir corriendo.

La casa del Tengu estaba en el bosque, pero por una vez, le alivió no encontrarlo allí. Había marcas de garras, dientes y picos monstruosas por todas partes, y diez personas se acurrucaban, con miedo y confusas, en un rincón. Las llevó hasta el pueblo más cercano, con el corazón latiéndole a mil por hora, y en el camino les fue preguntando qué había sucedido. Lo único que pudo sacar en claro era que no habían encontrado al Tengu.

Cuando llegaron al poblado, se despidió, diciendo que iba a comprobar si no había más víctimas, y corrió hacia el único sitio que había sido, más que un nido, un refugio de todo lo que había de malo en el mundo. La nieve había comenzado a caer otra vez, borrando las huellas, pero la sangre no era fácil de ocultar, y el olor a batalla y muerte amenazaba con desbordar sus ojos.

Saltando de rama en rama, acercándose a la cueva, se detuvo al ver un plumón naranja sobresalir del suelo, cubierto con un fino manto de nieve. Más allá vio manchas rojas, y algo que parecía la vela de un pequeño barco… una vela naranja, que parecía tener plumas, y que tenía amarras rojas que la aferraban a un suelo blanco que ya había drenado casi todo el rojo de su interior.

Contó veintidós cuerpos.

Al llegar a la cueva, tuvo que apoyarse en la pared, porque sus piernas le fallaron.

Lo único que quedaba del Tengu era medio torso y su cabeza.

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Las veintidós personas habían muerto de frío.

Ninguna de ellas estaba herida, lo cual quería decir que habían estado allí hasta el momento en que el Hechicero había sido encerrado. Tengu no había dañado a ninguna de ellas, y quizás por eso estaba allí, en pedazos… todos los que había podido recuperar. La sangre congelada se estaba derritiendo, pero no había peligro que se descompusiese: en esa cueva ya no había calidez, sino sólo menos frío que allá afuera, en la nieve.

El ninja tomó la cabeza del Tengu y la abrazó, sintiendo que su calor pasaba hacia el plumaje, y por unos instantes de locura pensó que el amor podría devolverle la vida. Cuando sintió que las plumas parecían moverse, se olvidó de respirar y abrió los ojos, deseando que, por esa vez, los sueños se hicieran realidad…

…y la realidad lo devolvió a la pesadilla.

Reunió todos los pedazos que pudo y los colocó en un orden más o menos reconocible, aunque había demasiados que faltaban. Marcas de dientes, garras, mordiscos. Se quedó allí, sin saber si habían pasado horas, días o años, hasta que el Sérpido se le acercó.

El mitad-serpiente se detuvo por un segundo al ver la escena, pero luego avanzó hacia la figura negra y roja.

-El Hechicero está contenido- le dijo, esperando una reacción. No la hubo, así que continuó –De momento, no podrá hacer de las suyas, pero no durará más que unos días. Debemos encontrar una manera de sellarlo de forma más definitiva- hizo una pausa –para que no pueda volver a hacer… esto.

Esperó, sin invadir pero haciendo notar su presencia, en silencio. El ninja observó el destrozado plumaje y cerró los ojos del ave-demonio, con una mano apenas temblorosa.

-Quisiera que me abrazase una vez más- dijo, y su voz se escuchó por toda la cueva, sobre el viento que aullaba fuera.

-Quizás se pueda- dijo el Sérpido.

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Randy se quedó allí, inmóvil, observando a los tres objetos sobre su cama.

-Y… entonces, ¿allí hicieron el traje?

"Así es" dijo el Nomicon.

-Lo cual no me explica por qué, la primera vez, hablaste de una "batalla".

"No todos están preparados para comprender y aceptar todo lo que sucedió en ésa época. Además, cuando el resto de los Tengus se enteraron, pensaron que había sido un asesinato o una trampa. Era inútil remover viejas heridas, y había tras cosas de las que ocuparse en esos momentos" dijo el Tengu.

Randy podía sentir la infinita tristeza de ambas voces.

-Bien, entonces- dijo al fin, intentando disipar el ambiente que se había formado –El Sérpido ayudó a crear el traje, y entonces fueron a sellar al Hechicero, ¿verdad? ¿Fue allí cuando murió?

"No, eso vino mucho después. Siglos después" dijo el Nomicon "El sellarlo fue complicado, pero logramos hacerlo en la piedra que tienes aquí, con los restos del Tengu. No sospechábamos que habíamos utilizado más que su cuerpo sino hasta hace muy poco. Una vez que escondimos la llave, el mitad-serpiente se quedó unos años más, y entregó sabiduría que sólo se sabía en el continente. De él vienen algunas de las técnicas, en especial las relacionadas con la curación y el agua. También fue quien encontró a quien pasaría el Nomicon de generación en generación, y sólo entonces, cuando vio que el segundo ninja estaba en buenas manos, volvió al continente".

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Contrario a lo que temía, Howard se lo tomó en serio.

-No- fue su tajante respuesta –Así como está no va a funcionar, Cunningham.

-Pero entonces, ¿lo dejamos así? Sin la piedra que lo sella, el maldito podría volver a las andadas, y ya sabes lo malo que sería eso.

El pelirrojo dejó de lado su vaso gigante de gaseosa y lo miró, entrecerrando los ojos.

-¿Por qué tanto problema con qué piedra lo sella? Si el pelirrojo ése no quiere darte su joya, pues allá él. Tienes a otro que te preste una, y él no la necesita, ¿o no?

Randy, en el medio del patio de la casa del pelirrojo, se le quedó mirando. Atrás quedaron las ideas lanzadas al aire de cuál sería su siguiente video para alcanzar la celebridad en Internet. Howard había tenido el buen tino de decirlo de forma indirecta, pero a él, el ninja de Norrisville, no se le había ocurrido.

-¿Cómo… cómo es que…?

-Pues espíritus afines piensan similar, por eso- le dio un sorbo a la pajita de su vaso y lo miró, con aire de suficiencia –Y porque ese pelirrojo no se merece sufrir así. No es mal tipo, aunque le gusten las bananas en vez de las manzanas. A ver si ese otro tipo sirve, aunque haya desaparecido hace rato.

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Fue algo más complicado de lo que pensaba.

Tanto el Nomicon como el Tengu debieron buscar toda la información necesaria, y el Ninja estaba nervioso al tomar la gema azul en sus manos. Era más pequeña que la piedra del Tengu, y sin duda notarían el cambio, pero era una simple piedra mortuoria. Una lápida pero más bonita. No había nada allá adentro, y las gemas de Nagas tenían poderes mágicos de un nivel similar al que necesitaban, quizás algo mayor.

-¿Listos?

Con el Nomicon a un lado y la piedra del Tengu al otro, comenzó con una de las tantas artes avanzadas, de ésas que no debería aprender sino uno o dos años más adelante. Era algo similar a "transfiguración", "transmisión", "transmutación de energía" o algo similar. El Ninja no lo sabía, pero lo que sí sabía era que allí le necesitaban. Mucho. Y que él no podía irse dejando tirados a los dos. Como ese Sérpido, siglos atrás.

La magia dentro de la gema era de agua en vez de fuego, pero eso no sería problema. El Tengu recordaba mucho del mitad-serpiente, y el Hechicero notaría el cambio, para mal de sus planes malignos. Otro motivo más para hacerlo.

La magia corría por su plumaje.

Ese que había sido usado para el traje, que lo unía al Tengu, quien le estaba pasando, voluntariamente, su magia. Y la del Nomicon, que también tenía parte de sí en el traje. Randy, sintiendo la corriente de energía como si fuese agua tras una tela impermeable y muy flexible, se concentró en la forma. La manera de hacer que la gema se volviese de la forma de una piedra, embebiéndola de todo eso que hacía que el Hechicero se quedase allí abajo, sellado.

Y sellando al Tengu.

Ésta vez, no sellaría al ave-demonio. Si el Nomicon estaba en lo cierto, el espíritu del Tengu del bosque no permanecería dentro de su prisión. Randy, bajo su máscara y bajo toda la magia que corría a su alrededor, bajo su piel, en la punta de sus dedos, intentaba no sentir lo que sospechaba que sentirían los dos seres, encerrados en objetos, a sus lados.

Tomó la gema y la colocó en el ojo del pez-carpa, y de inmediato perdió su forma geométrica. Como si estuviese hecha de agua, se derramó hasta ocupar todo el espacio que antes había utilizado la piedra del Tengu. La transferencia comenzó, primero con palabras que Randy comprendía, luego con un japonés antiguo que apenas podía reconocer, y la energía comenzó a pasar de cada objeto hacia él, y de él hacia eso que se estaba formando.

Algo que sella.

Una cerradura.

Eso que permite que el mal no escape.

Randy sintió que el traje, las plumas, las palabras, y él se volvían una sola cosa, moldeando la gema en algo nuevo, algo que lograría liberar al Tengu de su prisión y aliviar su carga. El estirar las alas después de siglos y sin poseer a nadie, con la nieve bajo las plumas y las garras bajo el cuerpo, sintiendo la calidez, esa calidez que sólo podía sentir cuando sabía que era amado, y la nieve caía tras las paredes de la cueva…

Cuando se retiraron, la piedra del ojo de la carpa era de un azul brillante.

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Randy agradeció que McFist hubiese tenido problemas con las Lamias.

Al parecer, habían intentado llevarse a Viceroy, lo cual habría sido interesante de ver y muy necesario detener, pero al final lo dejaron allí. La disminución en mercadería extremadamente cara y de uno de sus jets quizás tuviese que ver al respecto, pero si ese hombre había logrado la fortuna que tenía en vida, de seguro se recuperaría.

En algún rincón de su mente, se preguntó qué interesantes aventura habría corrido si las Lamias hubiesen querido vengarse del Ninja, o quedarse a molestar. Agradecía que la Hechicera no estuviese merodeando por allí en esos momentos.

Luego de un día, decidió que era hora de enfrentar al Nomicon, y lo que fuese que encontrase allí dentro. Después de todo, McFist no iba a estar tranquilo para siempre, y luego de lo sucedido con las Lamias, era muy consciente que necesitaba entrenar. Aunque la piedra del Tengu se hubiese deshecho, debían seguir con sus vidas.

Así que abrió el libro y cayó por un bosque de bambúes, rodeado de hojas de papel dibujadas al estilo japonés. Siguió un sendero de piedras hasta lo que parecía una casa pequeña, y respiró hondo.

-¿Se puede pasar?- preguntó, con voz fuerte.

-Sí, muchacho. Ya derretimos la nieve- le contestó una voz, seguida de una riza graznada.

-Bien, no me den detalles- dijo Randy, suspirando, listo para su primer entrenamiento con sus dos mentores.

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Tardó, pero aquí está el final del fanfic. Espero os haya aminado un poco vuestras existencias.

Nos leemos

Nakokun