Todo estaba bien.
No sé qué hice para merecer esto.
Jamás he escuchado quejas de los demás, de mis padres, de la sociedad, todo parecía ir bien, parecía que podía continuar viviendo bien y con tranquilidad como lo había hecho hasta entonces, pero entonces, no sabía lo equivocada que estaba, no lo sabía, sino hasta ahora, que él, apareció.
Su nombre, Solitudinem, ese es el nombre del demonio. Es conocido por ir por el mundo acechando a pequeños, jóvenes, adultos y viejos que somos lo suficientemente ingenuos como para caer en sus garras, muchas veces lo único que causa es dolor, desesperación, y mucho más, en la persona afectada. Las consecuencias llegan a ser desde pequeños traumas mentales hasta acudir al suicidio.
Las personas se sienten mal, se sienten solas, que nadie jamás se preocupara por ellos a pesar de que las pruebas de que no es así estén frente a sus ciegos y despistados ojos, las personas afectadas tienden a aislarse para no dañar a las personas a su alrededor, y hundirse así mismas en un abismo de oscuridad del que ya no podrán salir jamás, algunos logran salvarse al ver una señal, alguna luz distante de esperanza, aferrarse a ella como si no hubiera un mañana y finalmente logran salir, pero otros no corren la misma suerte, y jamás llegan a ver esa luz, esa única luz que puede ser su salvación y quedan atrapados para siempre, algunos se vuelven locos por tanta oscuridad, no pueden resistirlo, es tanto el dolor que sienten que terminan rindiéndose y como ya dije antes, recurren al suicidio, por el simple hecho de que la luz, nunca llego. Otros, a pesar de no encontrar eso centellante señal, terminan acostumbrándose a la oscuridad, al dolor, el cual se queda eternamente en ellos, logran soportarlo y vivir con ello, al final, termina siendo igual o peor que la muerte, además del hecho de que en este caso no solo afecta a la víctima, sino también a los que son lo suficientemente ingenuos como para siquiera acercarse a él o ella.
Había escuchado de él muchas veces, pero jamás creí que llegaría a toparme con él, hasta ese día.
Tenía 6 años, cuando lo vi claramente por primera vez en mi vida, ese sin duda fue el peor año de mi vida, jamás había sentido tanto dolor y desesperación, tanta angustia apretándome el pecho, no dejándome siquiera respirar, haciéndome llorar cada día sin falta por todo un año entero.
Yo solo tenía 6 años.
Al siguiente año todo se aclaró un poco más, el dolor seguía ahí sin duda, podía sentirlo, sabía que Solitudinem seguía ahí, causándome dolor, pero después de un año aprendí a vivir con él, no sé cómo lo hice, pero termine buscando un remedio provisional, una luz falsa a la cual aferrarme, no era como la real, no hacía que el dolor se fuera pero sí que disminuyera, y así, aprendí a vivir por los siguientes cinco años.
Después de esos cinco años logre sobrevivir, trataba de que nadie más lo notara, era tan buena actriz que incluso yo llegue a creérmelo, creí que todo continuaría como hasta entonces que mi vida seguiría así, no era del todo feliz, a veces seguía sintiendo ese dolor agudo en el pecho que no me dejaba respirar pero a pesar de eso se puede decir que logre ser feliz.
Y justo cuando creí que Solitudinem por fin se había ido, volvió.
Para ese entonces yo tenía ya 11 años, si bien no era la misma pequeña niña ingenua que solía ser cuando tenía seis años, seguía siendo pequeña como para lidiar con ello.
Mama y papa decidieron que era buena idea mudarnos de pueblo, dijeron que todo estaría bien, y al menos así fue por un tiempo, pero entonces, lo vi, después de cinco años, lo vi.
Y juro, que jamás sentí tanto miedo en toda mi vida hasta ese momento.
De repente, de la noche a la mañana pude sentir como el dolor que estaba casi inexistente dentro de mí, creció, con fuerzas renovadas y listo para tratar de acabar conmigo de la forma más vil y cruel.
No podía respirar. El dolor había vuelto, y con más fuerza.
Ya no lloraba cada mañana a causa del dolor, ya no era la pequeña niña ingenua que solía ser, era mayor, más madura, más fuerte y con más experiencia, pero, no… podía reprimir alguna que otra lagrima por las noches.
Viví con ese dolor por al menos otro año y medio y esta vez no corrí con la misma suerte de antes. No pude, no fui capaz de encontrar aquel antídoto alternativo de nuevo, aquella falsa luz, no volvió a aparecer.
Todo era oscuridad a pesar de que aparentara lo contrario, como ya dije, soy muy buena actriz y muy buena escondiendo sentimientos.
Sentía dolor pero nadie podía verlo, sufría en silencio, y eso era justo lo que quería, no involucrar a las últimas personas que todavía me quedaban que se podía decir me amaban, no quería afectarlos, no a ellos.
Y como ya dije, no corrí con la misma suerte de antes, no pude aguantar por mucho tiempo más.
Al final, me acorralo, caí por aquel famoso barranco al que todos caían una vez que el dolor era irresistible, no había ya nada más que hacer, solo caer.
No tenía miedo, de alguna manera, sabia, muy dentro de mí que tarde o temprano llegaría a este punto, he llegado a presumir mi fortaleza, pero parece que no fue suficiente, y tal parece que ese brillante resplandor nunca llego, estaba sola, sola yo y mi oscuridad para hundirme en ella y jamás volver a salir.
Ya no había nada que hacer, solo… caer.
Y justo cuando llegaba al fondo, justo cuando vi mi vida, mi triste y corta vida, pasar frente a mis ojos, cuando estuve tan cerca del inevitable final, fue cuando aquel brillante destello, por fin llego.
Pude sentir una cálida mano amiga tomar la mía no dejándome llegar al fondo. Levante la mirada, y fue en ese momento, en ese exacto momento en el que vi sus ojos verde esmeralda, ese fue el momento en el que supe, que todo estaría bien, no tenía que volver a sentir miedo otra vez en mi vida, ya no había necesidad de sentirme sola o de sentir dolor nunca más, porque ahora tenía un amigo, un protector, un confidente, un lugar a donde ir, un hogar.
Al final, esa centellante luz llego.
Todo estaba bien.
