.
.
La ausencia de la luz.
Uno de los momentos que Takeru más esperaba era cuando el ocaso arribaba en la ciudad, más allá de sus colores, el punto del tiempo que no representaba ni al día ni a la noche; en ese momento era cuando más apreciaba las sombras que envolvían la ciudad, la luz que se filtraba desde las nubes naranjas. La oscuridad y la claridad se mezclaban en una sinfonía de luces y sombras, como una orquesta visual de colores que el cielo preparaba para ofrecerle a la humanidad la oportunidad de apreciar las maravillas que el universo guardaba.
Takeru no se sentía especial cuando pensaba en ello. Conocía la grandeza de la naturaleza, comparado a ella, él era solo una mota de polvo en el mundo. Pero no por eso dejaba de mirar hacia arriba, de extender su mano con el deseo naciente de tocar el cielo; cerraba los ojos y aspiraba el aire puro —al menos para una ciudad tan contaminada como la suya— desde el edificio más alto de Odaiba.
Los rayos cálidos del crepúsculo calaban en su piel y él se preguntaba mientras se maravillaba —sintiendo más que nunca que estar vivo tenía todo el sentido del mundo— si acaso era cierto que, en ese instante, donde no era día ni noche, cualquier cosa podría suceder. Las leyendas rezaban que era el momento donde los demonios y brujas aprovechaban de salir del infierno, salían a cazar, a cometer actos diabólicos en la tierra, corromper humanos, divertirse en el libertinaje de un mundo cada vez más corrompido por la oscuridad; pero, así como se preguntaba si aquello era posible, si la maldad nacía en ese intervalo de tiempo, también sopesaba la idea de si no podía suceder mucho más… Una escena que podía erizar la piel hasta el punto de estremecer un cuerpo no podía traer solo oscuridad, mucho más si se pensaba que, así como el crepúsculo traía la noche, horas después arrastraba un nuevo amanecer tras de sí.
Concluyó una tarde después de que el sol se ocultase, mientras sostenía una libreta y una pluma en su mano, cavilando hasta encontrar las palabras exactas que describieran sus emociones, que la vida no podía ser ni buena ni mala, simplemente era maravillosa; asimismo, el crepúsculo no podía representar solo oscuridad, también representaba la luz, un balance entre dos mundos contrapuestos, el color gris entre el blanco y el negro.
Siempre fue de los que pensaba que el mundo era un eterno contraste con intermedios, la vida tenía situaciones que llevaban la balanza a inclinarse más de un lado que hacia el otro, pero siempre regresaba al punto de equilibrio, sobrepasar cualquiera de los dos limites significaba destrucción y maldad, porque ¿Cuántas cosas terribles han sido cometidas en nombre de la luz, del bien?
Abre tus ojos
Takaishi Takeru sintió su cuerpo flotar, imágenes de sus últimos minutos conscientes se superponían una sobre otra en medio de los parpados cerrados. Notaba el negro mezclado —sin mezclarse del todo— con el rojo, sabía que estaba sumido bajo un sueño del que bajo situaciones normales hubiera podido despertar sin problemas; a pesar de ello procuraba hacerlo, abrir los ojos, pero las imágenes continuaban apareciendo con más vehemencia.
Sus tímpanos no alcanzaban los sonidos, estaba seguro de que tampoco lograba oler ninguna fragancia conocida o, al menos, que le permitiera reconocer una señal de su paradero.
¿Dónde estaba y por qué no lograba despertar?
—Takeru, por favor, no me dejes caer —La voz de Hikari que no llegaba desde el exterior.
La escuchaba, sí. Su propia imaginación comenzaba a pasarle factura. Deliraba, consciente que bajo un ambiente oscuro y en donde el oído es incapaz de escuchar, el cerebro, buscando la familiaridad de los ruidos inventaba voces de la nada. La última voz que escuchaba fue la de Hikari, que le pedía que no la dejara caer ante la oscuridad.
Era desesperante. No lograba moverse, paralizado, ni un músculo suyo atendía a sus suplicas, lo peor era saberse tan expuesto, no poder defenderse.
Creyó que lanzaba un gruñido interior, la sabía en peligro y, a causa de ello, de ese gruñido que aludió a un reflejo de su mente, por primera vez desde que fue atacado, pudo mover su cuerpo; aunque fuese solo para apretar la mandíbula y crear burbujas de aire bajo el agua.
«Agua —pensó—. Estoy atrapado bajo el agua».
Esperanzado con que su suerte volviera a permitirle mover la boca, hizo el intento una vez más, como sucedió antes: hubo aire, el sonido del vacío, del agua arrullándolo.
Dejó de ver figuras, de escuchar la voz de Hikari taladrar en las paredes de su memoria. Escuchaba el agua, veía luces bajo la oscuridad.
Inquieto, buscó mover otras partes de su cuerpo, pero la suerte lo había abandonado cuando intentó mover un mísero dedo de la mano.
«Muévete —se obligaba, sintiendo el cuerpo como si tuviera toneladas de peso encima—. Muévete, Takeru, o Hikari… Hikari podría… podría…»
—La parálisis del sueño bloquea cualquier movimiento de tu cuerpo —Escuchó decir a una voz femenina que bajo el agua se distorsionaba—. ¿Te has preguntado cómo ocurre? El cuerpo envía al sistema nervioso una sustancia que te mantiene inmóvil cuando duermes, (esa que te permite no caminar en sueños) mucho más de la que necesitas. Tu consciente se despierta, pero sigues dormido. Algunos creen que cuando esto pasa es porque tu alma se ha desdoblado, ven fantasmas y extraterrestres, viajas fuera de tu cuerpo, miras todo lo que ocurre a tu alrededor, pero no es real, al menos, no en este momento. Esto no es real, Takeru. Solo debes despertar.
Pero ¿quién era quien le hablaba? ¿Por qué lo ayudaba? ¿Acaso importaba? Recordaba haberse encontrado en su vida diaria al menos una vez en el tipo de situación como la que le describía la mujer. ¿Qué hacía en ese momento cuando deseaba despertar, pero sus ojos no se abrían y sentía sus extremidades no responder?
Se concentraba.
Concentraba toda su energía en un solo punto de su cuerpo: En los ojos, en abrirlos, en decirse así mismo que era una pesadilla, que debía moverse para despertar de ella.
«Abre los ojos —Takeru sentía la desesperación—. Abre los ojos. Ábrelos, ábrelos, ábrelos…»
El globo ocular se movía en todas las direcciones. El aleteo de sus pestañas doradas. Los sonidos asomándose…
Como destapar una botella de champán, la luz a sus ojos regresó. Los colores de la oscuridad se esfumaban. El tiempo regresaba su curso: Takeru despertaba.
*.*.*
Dejó de brillar al cabo de varios segundos; Mimi los contó, fueron los treinta segundos más tortuosos de su vida. Cuando el resplandor cesó, los cuerpos de Sora y Taichi cayeron al suelo, como marionetas a los que se les han cortado los hilos que le dan vida. El impulso general de todos fue el de correr a socorrer a sus amigos. Yamato se agachó, tomando el cuerpo de Taichi entre sus manos, Mimi era quien sacudía a Sora y la estrechaba contra su pecho, entre lágrimas.
—¿Qué sucedió? —inquirió la Elegida de la Pureza al borde del colapso nervioso—. ¿Por qué están inconscientes? No entiendo nada. Koushirou, ¿qué pasa?
El pelirrojo negó con la cabeza. Mimí sintió un escalofrío helado que se extendía; nacía en su nuca y bajaba por sus hombros hasta la punta de sus dedos.
—¿Cómo es que llegamos a esta situación? —dijo Jou, con la voz doliente.
—Podría analizar a Sora y a Briffmon… —comentó Koushirou, intentaba buscar una solución.
Motimon dentro del abrazó, callaba.
—¿Y encontrar qué? —Yamato levantó la voz, demasiado cansado para seguir manteniendo la calma.
El superior Jou intervino, se había quitado las gafas, estrujaba sus ojos con una mano.
—Entiendo cómo te sientes, Yamato, pero…
—¿En serio lo haces? —preguntó desafiante. La sorna inundó sus siguientes palabras—. Estamos jodidos, viejo. No sabemos qué sucede, Gennai no aparece, nadie dice nada, nadie ve nada, nadie sabe nada. ¡No sabemos nada!
—Debemos mantener la calma —propuso Koushirou, cabizbajo.
Mimi abrazó con fuerza el cuerpo tendido de Sora, ocultaba sus lágrimas en el pecho de esta, Tanemon a un lado se abrazaba a las piernas de su camarada.
—¿La calma? —Yamato dijo—. Koushirou; Hikari y Gatomon desaparecieron, mi hermano está inconsciente desde ayer, Sora está siendo controlada y ahora junto a Taichi están inconscientes; y ni siquiera sabemos quién está detrás de todo esto. ¿Cómo mantenemos la calma cuando no tenemos la posibilidad de hacerlo? Esto es un desastre.
Mimi gimió, Yamato se arrepintió de inmediato de sus palabras.
—Sé que es difícil —musitó la muchacha sin levantar el rostro—. Pero sé que, si Takeru y Sora estuvieran consciente, nos dirían que no debemos perder la esperanza; si ellos estuviesen aquí… Si ellos pudieran hablar… —Mimi levantó la mirada bañada en lágrimas que no paraban de salir, su voz salió disparada como bala de cañones, firme y contundentes palabras de aliento—, estoy segura de que intentarían buscar una solución y rescatar a quien lo necesitara. No podemos perdernos, no hoy, no mientras ellos estén necesitándonos.
Se pudo hacer el silencio posterior a su discurso, pero alguien más habló, suspirando como si relajara los músculos.
—Mimi tiene razón —Jou se puso de pie, los demás lo siguieron con la mirada. Su puño cerrado se aflojaba y la mandíbula tensa suavizándose—. ¿Cuántas veces Taichi se puso en peligros para protegernos? Si Sora y Taichi están en el mismo estado de coma que Takeru, lo menos que podemos hacer por ellos es mantener la calma y buscar respuestas.
Yamato desvió la mirada, movía los ojos buscando a su compañero Digimon que había ido con Wargreymon a investigar qué había pasado con Piyomon.
—No digo que debamos perder la razón —habló después de segundos en silencio, no miraba a ninguno—. Solo digo que es frustrante tener que seguir perdiendo a más de los nuestros.
—Pero no todo está perdido —repuso Koushirou—. Noté una distorsión de la realidad cuando Birfmon perdió la cordura.
Gemidos de asombro colectivos se posaron sobre Koushirou, quien ya sacaba su laptop y tecleaba concentrado, explicando posibles teorías acerca de lo sucedido.
—Pensé que no había ya nada que hacer… —farfulló Tachikawa, inclinando su cuerpo sobre Izumi para mirar mejor la pantalla del ordenador sin soltar a Sora—. Dijiste…
—No entiendo qué pasa, pero eso no significa que no pueda encontrar respuestas.
Jou se apoyó sobre las rodillas, miraba también los códigos que Koushirou hacía aparecer. Tenía de nuevo las gafas puestas.
—¿Eso significa que estamos avanzando? —Preguntó Pukamon.
—Sí —dijo, haciendo contacto visual con sus amigos un segundo antes de regresarla al su punto de su concentración—. Me pareció extraño que Birfmon hubiese enloquecido de pronto, así que presté atención al Digimon, pero salvo la energía negativa que su cuerpo emanaba, todo en ella era normal. Así que decanté enseguida la idea de que estuviera herida. Me concentré en observar, algo sucedía, lo podía intuir, y no estábamos viendo más allá. Entonces noté algo extraño, fisuras de la realidad alteradas a un lado de ella.
—¡Eso es increíble! —soltó Mimi emocionada.
—Es mucho más que eso —Aseguró Koushirou, continuaba tecleando sin parar—. Es un audio que espero pueda confirmar lo que escuché en ese instante, afortunadamente, todavía funciona el programa que nos permite ver y escuchar lo que sucede alrededor de nuestros compañeros. Solo espero que no pase como cuando estuvimos debajo de la ciudad del inicio que se perdió toda la información.
El muchacho apretó una tecla y sonidos extraños comenzaron a salir por las bocinas de su laptop, estática que daba la sensación de escalofríos en sus cuerpos; no parecía pertenecer al Digimundo ni a la Tierra, a menos que no creyeras en fantasmas o extraterrestres.
El audio se estabilizó en cuento la voz conocida comenzó a hablar, no parecía alentador para ninguno de los que escuchaban.
—Piyomon, Piyomon, reacciona… No puedes…
—Hikari… no.
Un gemido de dolor se escuchó, luego sonidos extraños y entrecortados, que supusieron movimientos cerca de las elegidas.
—Debemos encontrar a Sora.
—Él todavía sigue aquí. Quiere…
Y allí acabó la grabación.
Se miraron sin decir palabra con el deseo visible de encontrar la reacción correcta en sus compañeros, pero ninguno decía nada, en cambio, sus cejos pronunciados delataban los pensamientos de cada uno.
—Está viva —Fue Tanemon que rompió el silencio—. Gatomon y Hikari siguen con vida.
Motimon también habló.
—Pero ¿qué sucedió con Piyomon?
—No podemos sacar conjeturas apresuradas —Les calmó Jou—. Por ahora sabemos que están juntas.
—Si rescatamos a una, podríamos… —Mimi no quería mostrarse tan emocionada, pero no podía evitarlo, era la primera prueba sólida que tenían del paradero de Sora y Hikari, aparte, también hablaban del posible enemigo.
—No lo entiendo —dijo Yamato, hizo una pausa, pensaba antes de formular sus dudas—. ¿De dónde viene esa conversación?
—Es demasiado pronto para teorizar al respecto, pero… Creo que están en una dimensión diferente a la nuestra.
—Como en el caso de Oikawa —recordó Motimon—. Cuando creyó que había abierto las puertas al Digimundo.
—Pero no tiene mucho sentido —Mimi dijo—. Dijiste que se trataba de Sora. ¿Cómo puede haber dos Sora?
—Aún no lo deduzco —Koushirou volvía a teclear sin parar—. Estoy seguro que es el código de Sora, mi programa no tiene margen de error, lo desarrollé cuando estuve solo, luego de separarnos cuando Taichi fue absorbido por el vórtice que creó Etemon —recordó a los demás—. Sora me hubo dicho que Datamon copió sus datos para que Piyomon lograra la mega evolución, hice la investigación correspondiente, para saber si eso suponía un peligro para todos nosotros. Nunca se sabe si en el Digimundo más de dos Digimon con la misma capacidad de Datamon pudieran tener la misma idea. Aunque el clon de Sora físicamente era idéntico, según la propia Sora, mi investigación arrojó que en cuanto al código que le da vida en el Digimundo existe un único símbolo que no puede ser copiado, es lo que hace a la copia imperfecta.
—¿Cómo es que nunca supimos esto, Koushirou? —Jou preguntó, extasiado.
—Nunca se dio la oportunidad, la ventaja que tenemos es que, mientras esté en el Digimundo, tengo acceso a todas las investigaciones que he hecho dentro de él, también puedo acceder a mi base de datos existente en el ordenador donde investigo en la Tierra. Estoy noventa y nueve por ciento seguro de que ella —Señaló a la muchacha dormida en el regazo de Mimi—, ella es Sora.
—Pero —Jou rascó su cabeza—. ¿Eso qué significa?
—Que hay más preguntas que requieren respuestas —Sentenció el pelirrojo.
