Aproximándonos al final, quedarán dos capítulos, a lo sumo.
No creo que de para mucho más, pero espero que lo disfruten.
Próximo capítulo en unas horas ("Dolorosa empatía")
Esta historia me pertenece, por favor, no la uses sin mi permiso.
Capítulo VI: Malos pensamientos.
El exquisito olor que se desprendía de su cuerpo llenó mis pulmones y mis piernas comenzaron a tambalearse, como si fueran gelatina. Su presencia, todo su ser, me perturbaban. No podía moverme, mis pies parecían raíces arraigadas al suelo. Con suma delicadeza me entregó el par de flores de cerezo -¡por supuesto!- que llevaba entre sus manos. Las observé por un momento, mientras intentaba asimilar lo que estaba sucediendo. No todos los días me regalaban un ramo de flores, ¡o dos incluso!
Pero las flores que mis manos sostenían no alcanzaban a formar un ramo, eran escasas y pálidas a comparación del vistoso jarrón que se encontraba sobre el escritorio.
- Creo que llegué un poco tarde – murmuró.
Sus ojos examinaron detenidamente el regalo de Lee y un brillo en sus ojos me hizo pensar que a pesar de ello, estaba satisfecho. Si será engreído…
Creí necesitar un par de días para analizar cómo me sentía, pero mis sentimientos se esclarecieron de inmediato. La gratitud por su gesto brotaba de mi pecho como el agua de un manantial, a borbollones. Las flores de Lee sobrepasaban notoriamente la cantidad de las de Sasuke, sus colores eran más vivos, y en definitiva, se veían mejor. Pero carecía de valor para mí. Estas flores –pensé, apretándolas contra mi pecho-, jamás podrían compararse. Un sólo vistazo hacia arriba me hizo entender por qué: él me las había entregado personalmente, a pesar de la tormenta, los truenos y los relámpagos. Y estaba cada vez más agradecida con él, que volvía a burlarse y a conquistarme a pesar de mis dudas.
- Gracias, Sasuke – susurré tímidamente -. No debías haberlo hecho, no era necesario.
Le dediqué la mejor de mis sonrisas, la más sincera que jamás le había mostrado. Él negó con la cabeza, mientras se retiraba la toalla de la espalda y la colgaba de su hombro. Me pregunté si acostumbraba hacer eso cuando terminaba de bañarse, como un hábito, y mi subconsciente lo imaginó escaso de ropa. Mi bosquejo mental de su cuerpo no estaba alejado de la realidad, puesto que su ropa permanecía húmeda.
Me sonrojé ante el rumbo de mis pensamientos. Él arqueó una ceja, intrigado.
- ¿Un dólar por tus pensamientos? – propuso -. Algún día lo aceptarás y me dirás qué se atraviesa por tu mente.
- Eso no pasará jamás – espeté, bruscamente, aterrorizada.
"Te confieso, si me pagas un dólar, que estaba pensando perdidamente en tu cuerpo entero, húmedo y rodeado de vapor, sólo cubierto por una toalla… en tu hombro. Y no estaba enfocándome precisamente en tu rostro (aunque podría)". Nunca. De ningún modo. Jamás.
- Tus mejillas están seriamente enrojecidas – acusó, riendo para sí mismo -. ¿Qué tan malo es lo que estás pensando?
Digamos que la tonalidad de rojo de mi rostro se elevaba de pálido a escarlata, en cuestión de segundos. Y, en efecto, sí que era malo lo que estaba pensando… o lo que tenía pensado hacerle.
¡Qué vergüenza!
- Tendré que averiguarlo – advirtió, encogiéndose de hombros.
Se acercó, lento y peligroso, eliminando la distancia entre ambos. Cuando me tendió la toalla, fijé la vista y me aferré a ella, incapaz de afrontar su mirada. El ser más cobarde en la faz de la tierra no se compara conmigo, que era el ser más cobarde del universo. De igual modo, el pitufo miedoso no tenía cómo competir con la cobarde pitufina rosa en la que me había transformado.
Vamos, tú puedes, eres cardióloga, te graduaste… incluso naciste. Míralo de una maldita vez. Sus ojos parecían petróleo muy pegajoso y escurridizo, que se adhería a mi piel, impidiéndome el movimiento. Sólo lograba verlo a él. Su pelo caía a los costados del rostro, pero apenas los reconocía como manchas borrosas un poco negras, un poco azules.
En cuanto estuvo seguro de que contaba con toda mi atención, esbozó una pequeña sonrisa y pronunció la palabra "gracias" sin sonido alguno. Asentí en respuesta, suspirando, totalmente perdida. ¿Gracias? ¿Por qué? Ah, la toalla, sin dudas. Volví la mirada a la misma, tratando de estabilizar mis emociones, pero tomó mi mentón con una mano, obligándome a mirarlo. Sí que tenía unos ojos bonitos, brillosos y bonitos…
- Sakura… - susurró, acariciando suavemente mi piel en el único punto de contacto que compartíamos: mi rostro.
Cerré los ojos, víctima de un arrebato de impotencia y de valentía, no podía soportarlo más. Borré toda distancia entre los dos en el momento en que lo acerqué a mí, tomándolo por el buzo, empujándolo hacia mí. Él no opuso absolutamente ninguna resistencia, así que, ¡adelante Haruno!
¡Al infierno la maldita vergüenza!
Y lo besé.
