Chapther VII: Sanación
—¿Cómo que no puedes volverlo a la normalidad? ¿No fuiste tú quien lo transformó? —le preguntó el estadounidense, confundido.
—Sí, pero… Es peligroso tratar de transformarlo si no tiene su memoria repuesta. Podría ocasionar un colapso peor del que está sufriendo, y no sólo él se verá afectado, sino también su gente.
China, apenas terminó de escuchar las palabras de Inglaterra, se abalanzó contra él y, furioso, lo agarró por el cuello de su camisa, zarandeándolo violentamente.
—¡Esto es tu culpa, maldito opio bastardo! ¡Tú ocasionaste esto, aru!
—¡Okey, okey, tranquilos, dudes! —les apartó Alfred, poniéndose en medio de los dos—. Ya hallaremos la forma de solucionar esto. No te sulfures, China.
—¡¿Qué no me sulfure, aru?! ¡Este miserable es el responsable del estado de Corea!
—¡Oye, yo sólo trataba de ayudarlos! ¡Ninguno de ustedes dos parecía feliz con él! —se defendió Arthur dirigiéndose al país del sol naciente y a China.
—Le juro que nunca fue nuestra intención causar estos problemas, Inglaterra-san —trató de justificarse el japonés.
—Bien, ya basta. Lo hecho, hecho está —intervino Francia, tratando de calmarlos un poco—. Si el problema es su memoria, entonces ¿por qué no usas tu magia para recuperarla? —preguntó, volviéndose al inglés.
—Es muy complejo tratar de restablecer las memorias de naciones como nosotros, más aún si lo mezclamos con la parte sentimental —explicó muy serio Arthur—. Podría tener graves consecuencias en su historia como país.
—Y entonces, ¿qué hacemos? ¿La dejamos así? —preguntó Rusia.
—¡Pero, al menos puedes curarla de su malestar! ¿Verdad? —preguntó Feliciano mirando al británico, angustiado.
—Curar enfermedades con magia es aún más peligroso que restaurar memorias —contestó éste, pegando un suspiro.
—Pero sólo necesitas cambiarlo de forma. No necesitas meterte con su memoria —dijo Ludwig sin terminar de comprender lo complicado del asunto.
—Ustedes no lo entienden. Su forma de ser cambió radicalmente. Si a como está ahora vuelvo a cambiarle de género, experimentará un trauma que podría hacerlo colapsar al no reconocerse. Seguiría pensando que es mujer aún cuando estuviese con el cuerpo de chico.
Hubo un largo silencio entre los países aliados y los del eje, parados a mitad del pasillo. Ninguno se atrevía a tomar la palabra luego de lo dicho por Inglaterra.
El corazón de China seguía oprimido ante la angustia de que algo pudiera pasarle al coreano. Volvió su mirada al cuerpo de la muchacha que reposaba en el sillón, aún con temperatura. A lo que Yao se dirigió al británico con un semblante de amenaza:
—Tienes que volverlo a la normalidad, opio bastardo, o juro que…
—Yo… yo tengo una idea —dijo una voz que hasta entonces no se había pronunciado.
Todos, intrigados, voltearon hacia el desconocido, quien cargaba a un pequeño oso consigo. Las ocho naciones quedaron confundidas ante la llegada del extraño, sin recordar que estaba sentado con ellos en la misma sala, en la cual llevaban a cabo su reunión.
—¿Y tú eres…? —inquirió el norteamericano, curioso.
—¡Canada! —se adelantó, pegando un suspiro de resignación, acostumbrado a los constantes olvidos de su persona—. Y creo que sé cómo podemos ayudar a Corea del sur.
El resto de países quedaron asombrados, mirando a aquella nación de quien rara vez notaban su presencia.
—¡¿Lo dices en serio, aru?! —preguntó China, reaccionando de inmediato.
—Pienso que… si le mostramos algo de su pasado o cosas que acostumbraba a hacer, eso podría reactivar su memoria —respondió el canadiense un poco más directo.
Los demás se miraron entre sí como buscando alguna aprobación, hasta que Arthur respondió, no del todo convencido.
—Podríamos intentarlo… aunque no estoy seguro que vaya a funcionar.
—Bien, pero ¿qué podemos hacer para ayudarlo a recordar que es hombre, aru? —preguntó el chino, volviéndose a mirar a la coreana, confundido.
—Eh, Corea san, mire aquí —le llamó Kiku tomándole una foto a ésta.
—¡Japón! ¡¿Qué haces?! —preguntó escandalizado el mayor de los asiáticos al ver lo que hacía el japonés.
—Esto podría ayudarlo a recordar, China san —respondió, preparándose para tomarle otra foto.
—Pero… en el estado que está… no creo que sea correcto… —dijo Yao aturdido, entonces, al volverse a mirar a la menor vio que ésta, aún pese a su estado, posaba para la cámara.
El rostro de Corea seguía un poco sudoroso y ruborizado a causa de la fiebre, por esa razón las fotos parecían de carácter sexual. La última fotografía mostró a la coreana bajando un costado de su hangbok, dejando ver al desnudo su hombro, casi llegar hasta su pecho, lo que colmó la paciencia del mayor.
—¡Bien, ya fue suficiente, aru! —detuvo el chino, disgustado al ver que los demás observaban a la muchacha algo avergonzados.
—Me parece que no está funcionando —dijo el alemán, sonrojado, tras pasarse un paño por la cabeza al encontrarse agitado por las poses de la coreana.
—¡Oh, ya sé! ¿Qué tal si le damos a probar un poco de pasta? —preguntó alegre Feliciano.
—¡Eso no tiene nada que ver con esto, Italia! —le regañó Alemania.
—La pasta… —murmuró Corea mientras volvía a cerrar sus ojos y a recostarse en el sillón—. La pasta se inventó en Corea.
—¡Ya lo tengo, aru! —dijo el chino, sacando su celular y enseguida marcando un número.
—¿A quién llamas? —preguntó intrigado el francés a la nación milenaria.
A los pocos segundos, Yao comenzó a hablar en su idioma natal. Tan pronto terminó, guardó su teléfono y se dirigió al francés.
—Bien, escucha, el señor Shinatty llegará al edificio con un encargo que hice. Asegúrate de recibirlo en la entrada cuando llegue —le dijo muy serio China.
—¿Qué? ¿Quién es el señor Shinatty? —preguntó confundido Francia.
—¡Sólo hazlo, aru!
Francis, pese a no estar muy convencido, optó por seguir las indicaciones de China. Después de todo, éste se encontraba muy preocupado por su hermano, tanto que podía llegar a ser peligroso. Y con ese cambio de actitud era mejor no entrar a molestarlo. Mientras que Estados Unidos se encontraba con una nueva posición ante el caso.
—Esto es inútil ¿por qué mejor no decirle la verdad directamente y tratar de convencerlo? —propuso éste, viendo que la situación no se arreglaba para nada.
—Si crees que es tan fácil, inténtalo —le desafió el británico con cierto tono de burla.
—Sólo mira —contestó el estadounidense confiado mientras se volvía hacia la coreana, quien empezaba a dormirse.
Con delicadeza, Alfred movió su hombro para despertarla y ésta, a pesar de no sentirse muy bien, se volvió hacia él.
—¿Hum?
—Eh, Corea ¿Recuerdas a tu heroico y buen amigo America? —le dijo Alfred con una sonrisa de encanto—. Tú confías en mí ¿no?
—Por supuesto —contestó fascinada.
—Entonces, me creerás cuando te digo que mi descuidado compañero aquí te transformó en una dulce joven, pero en verdad eres hombre como nosotros… un poco extraño, pero hombre al fin y al cabo.
—Pero… —trató de rebatir la surcoreana, pero fue rápidamente interrumpida por el estadounidense.
—Vamos, haz un esfuerzo —le alentó—. Si te concentras podrás recordar quién eres.
La muchacha cerró sus ojos como si estuviese meditando mientras todos los demás se mantenían expectantes en ella.
—Es verdad… soy un chico —dijo finalmente, luego de abrir sus ojos.
—¿De veras? ¿En serio lo crees? —preguntó Alfred sorprendido de su súbita respuesta.
—Claro, si America lo dice debe ser cierto.
El resto quedó asombrado de las palabras de la coreana y de que Alfred pudiera convencerla tan fácilmente.
—Bien, problema resuelto ¡El héroe ha vuelto a salvar el día! —dijo con orgullo el norteamericano junto a su risilla de victoria.
—America es tan gracioso, pero sabe que las bromas se inventaron en Corea, da-ze —sonrió la surcoreana dejando al estadounidense hecho piedra.
Todos pegaron un suspiro de desaliento al pensar, por un momento, que el surcoreano había recordado su verdadera identidad.
—Yo creo que necesita un pequeño golpe que le refresque la memoria —dijo el ruso sonriendo mientras sacaba la tubería de su abrigo.
—¡Ah! ¡Ni te atrevas a ponerle un dedo encima con eso, aru!
En ese momento, Francis llegó con un álbum de fotos en sus manos y se lo entregó a Yao.
—Ya está. Esto es lo que me pasó el señor Shinnatty.
—Perfecto —dijo China tomándolo entre sus manos.
—¿Qué es eso, oppa? —preguntó curiosa una vez que el mayor se sentó a su lado.
—Esto es algo que tenía guardado cuando viniste en una ocasión a mi casa diciendo que eras mayor que yo —le contestó Yao y abrió el álbum dejando ver las fotografías—. Sólo échales un vistazo —dijo poniéndolo sobre su regazo.
Corea observó las fotos que tenía el álbum, pero sólo podía ver a un chico de cabello de su mismo color y el mismo rizo con cara que tenía saliendo de su pelo.
—¿Quién es él?
—Eres tú, aru —respondió el chino, calmado—. Todas estas fotos son tuyas.
La muchacha quedó para adentro al ver todas esas imágenes y, aunque no se podía reconocer, un caos empezaba a formarse dentro de su cabeza lo que empezaba a agudizar su malestar.
—¡Oppa, no me siento bien…! ¿Dónde está mi hermano? ¡Necesito ver a Norte!
—¿Qué no recuerda que…? —inició Alfred.
—¡Schhtt! —le calló Arthur, atento a la muchacha.
Corea se quedó viendo las fotografías unos instantes, consternada, hasta que luego tiró el álbum de fotos al suelo, apartando su vista lo más que podía de éste.
—No… no puede ser verdad ¡Es mentira!
—¡Piénsalo! ¿Qué es lo que recuerdas antes de que estuviera contigo, China y Japón hace tres días atrás? —preguntó Inglaterra con seriedad.
—Yo… yo no… —trató de responder dubitativa.
Los demás, excepto por el chino, al darse cuenta que el británico trataba de presionarla para recordar, algunos decidieron apoyarlo a ver si funcionaba.
—Sólo piensa en tu aspecto la vez que viniste a la reunión a decir que estabas de acuerdo conmigo y no con Japón —dijo el estadounidense.
—O cuando viniste a mi casa para estudiar por las becas —continuó el canadiense.
—O cuando iba a mi casa a bañarse en las aguas termales —prosiguió Kiku.
—¡No! ¡Basta! ¡Paren! —gritaba la muchacha inquieta, tapándose los oídos casi en descontrol.
—¡Fue suficiente, aru! —les detuvo Yao estrechando a la coreana en sus brazos, con ésta refugiándose en él y escondiendo su rostro en su pecho—. Es demasiado para ella.
—A… A-Aniki… —pronunció de pronto Corea.
Un silencio se hizo presente, mientras todos los demás volvían a mirar fijamente a la muchacha, sumergida en los brazos de China.
—¿Corea? —preguntó éste con cautela.
N.A: Un desafío terminar esto xP Espero lo hayan disfrutado. A quienes tengan la duda, el señor Shinatty es el personaje que porta el traje de Shinatty. Ni idea del nombre verdadero, sólo sé que se le conoce como Shinatty-chan xD Este capítulo se me extendió un poco, así que corté la última parte y la pondré en el sgte capítulo, el cual será el final n_n Quiero agradecer a todos quienes leen y comentan Thank you so so sooooo much x3
