"It's the way that he makes you cry,
it's the way that he's in your mind,
it's the way that he makes you fall in love~"
Al fin volvimos. Parecemos como Kakashi-sensei, siempre con excusas por la tardanza. Bueno, como dijimos antes, hoy llevarán la batuta los personajes secundarios. Se podría decir que este es un capítulo "transitorio": volveremos nuestras pisadas, pero a la vez avanzaremos más pasos.
Sin más, disfruten:
Capítulo VI: "¿Justice?"
—¿Y, cómo te sientes? —La chica frente a ella no respondió inmediatamente, sólo se encogió más en la silla, esa acción la hizo reír con suavidad—. Vamos, no seas tímida.
—... incompleta.
El silencio era cortado solamente por el tic tac que emitía el reloj en la pared pintada de beige y el sonido que emitía el lápiz al hacer contacto con las hojas en el cuaderno de la mujer de cabello negro cuando anotaba cada acción, postura y comportamiento de la pequeñita rubia.
Poco a poco, la psicóloga comenzaba a armar un esquema sobre el estado mental de la Kagamine, tratando de leer todas las señales que la muchachita le estaba dando. La miró a los ojos, marrón contra azul, de una manera confortante, empática y demostrando una clara intensión de ser amable.
—Es natural. Pasaste por mucho, ¿no es así? —aseguró la mujer, con un acento bastante peculiar. Luego, endureció la mirada—. Hay algo que debes entender Rin, y es que NADA de lo que pasó, es culpa tuya. ¿Entiendes?
Rin se sentía incómoda, muy incómoda. Sentía que cada centímetro de la habitación, cada adorno, estaba exclusivamente decorado de esa manera para molestarla. Ese pájaro rojo que se dedicaba a subir y bajar su pico a un vaso lleno de una sustancia azul, el reloj en la pared, el escritorio que separaba la persona designada a "escucharla" y la silla donde estaba sentada.
Sin pensarlo demasiado, todo le comenzó a saber a una amenaza hacia ella y el amor que le profesaba a su hermano gemelo. La noche anterior se lo había demostrado muy bien: cualquier persona que no fuera Len se convertía automáticamente en su enemigo.
—¿Usted qué sabe? ¿Acaso ha estado dentro de mi cabeza durante todos estos años? ¿Quiénes se creen que son para apartar a Len de mí? ¡Sólo era una mala racha! él... se sentía presionado... —Intentó levantar su tono de voz, sonar más agresiva para demostrar su punto de vista, pero simplemente no pudo.
—¿Una "mala racha" es motivo suficiente para golpearte, Rin? —preguntó, levantando una ceja—. Porque él sí te ha golpeado, ¿no es así? —Esperó ansiosa, aunque disimulándolo muy bien, la respuesta de la chica, con su cuaderno a mano para anotar cualquier cosa que pudiera usarse como testimonio para el juicio.
—B-bueno, sí… ¡pero ya dije que es por la presión a la cual estaba sometido! —alegó la Kagamine, intentando abrazarse a sí misma, con una dificultad gigantesca debido al yeso en su brazo.
La psicóloga, Clara, anotó todo lo que veía y escuchaba en sus apuntes. Tantos casos había presenciado, a tantas personas que habían sufrido situaciones parecidas a las de Rin y, aún así, no se acostumbraba por completo a repetir esa rutina cuantas veces le fuera necesario. Una parte de ella siempre se alegraba por eso, ya que le recordaba que, ante todo, era humana.
—Eso no es excusa: las mentiras se descubren, jovencita. Luther King dijo una vez: 'la mentira es como una bola de nieve: cuanto más vueltas da, más grande se hace'. Quizás lo excuses un día... pero luego se te acabarán las excusas. ¿Cuándo te golpee en el rostro lo excusarás? ¿Cuándo te arranque el cabello, lo excusarás también?
La muchacha volteó su rostro y dejó escapar un pequeño chasquido de inconformidad. Nadie la entendía, ¿qué tan difícil era comprender el cariño puro que se profesaba con su hermano?
—También dicen que el amor puede contra cualquier barrera... y parece que usted no lo está considerando. —objetó con un gruñido impaciente—: Len me ama, y yo lo amo también. —Levantó la vista, retándola y casi al borde del llanto—. ¿Es porque somos hermanos, verdad? —inquirió eso con la voz quebrada y traicionera, en un susurro, seguramente sin querer saber la respuesta.
—No tiene nada que ver con eso... —explicó Clara con toda seguridad—. Sí, el amor puede con cualquier barrera... Pero tiene condiciones. —Dejó la libreta de un lado, para hacerle saber que eso era más una pregunta personal que de su trabajo—. Sé sincera conmigo: ¿Len era amable contigo? ¿Te trataba bien?
Le tomó un poco de tiempo asimilar lo que la psicóloga trataba de hacerle entender. De inmediato, el seño fruncido de Len contrastó en su cabeza con la cálida sonrisa de Piko, haciendo que su corazón latiera aceleradamente. "Son sólo juegos mentales, no debo caer en su trampa."
—Hacía todo lo posible para que no sufriéramos ninguna carencia. —dijo la muchacha, convencida que era la mejor respuesta.
—Dar alivio económico no basta. En las parejas, una parte importante, además de la parte sexual es el "Ágape". ¿Sabes qué es eso? —contraatacó la psicóloga.
—No.
—Significa "Compasión". "Delicadeza" "La no violencia". Un amor condicionado por la violencia no es amor. Tendrá sexo y alivio económico, pero no es amor. "Ágape" es preocuparte por tu pareja, tratarle con delicadeza, con cariño, no como un muñeco. Es algo así como "no solo te deseo, no sólo me alegra tu compañía... me NACE cuidarte, como mi bien mas valioso."
Esas palabras calaron hondo dentro de Rin, por lo cual las meditó durante un segundo…. Para luego desecharlas como una brisa molesta. No, no se dejaría influenciar por su lavado de cerebro. Estaba claro: debía serle fiel a Len, siempre.
—¿Y quién dice eso? ¿Usted o un simple libro? —se burló la muchacha, sin querer darle ningún lugar para atacarla—. ¿Acaso usted ama a alguien?
—En realidad... yo estoy casada. —dijo Clara, haciendo que una pequeña pausa se interpusiera en su comunicación—. Mira, Rin, con el sólo hecho de que ames incondicionalmente a Len tendrás mucho sufrimiento... este amor debe ser "recíproco"; él debe también debió darlo en igual manera. ¿Len fue delicado contigo?
Agachó la cabeza y volvió a sus recuerdos de la infancia, esos que parecían difuminarse más cada día que pasaba. ¿Dónde había quedado ese Len tierno que tanto amaba? Aplastado por un mundo de adultos, seguramente. Sin embargo, ella sabía que, aún quedaban vestigios de él… en algún lado.
Ah, eran tantos sentimientos que se contraponían en esos momentos en su corazón.
—Sí... cuando perdí a nuestro... el feto. —corrigió al último segundo, sintiendo cómo su órgano vital se apretujaba en su pecho.
—Lamento decirte esto Rin, pero Len te hizo una jugarreta mental. —declaró con una sonrisa melancólica la psicóloga. La aludida la miró sin querer creerle. No, no debía creerle— ¿Solamente cuando lo perdiste fue amable? ¿Y las otras veces?
Bajó la cabeza y abrazó sus rodillas, aunque eso mostrara debilidad y mala educación frente a la mujer de cabello negro. ¿Desde cuándo las lágrimas salían solas y mojaban sus mejillas?
—Me premiaba cuando lo merecía. —susurró, tratando de defender lo indefendible.
—¿Cuando te lo merecías? Rin, no eres un perro. Eres una persona. —comentó alarmada Clara, sin olvidarse de anotar cada detalle para el reporte. Una parte de la mujer no podía creer cuán grande era el Síndrome de Estocolmo en la rubia.
Mentiras y más mentiras, una tras otra y sin tregua. La muchacha perdió la paciencia, no podía ni quería escuchar otra palabra más que viniera de la psicóloga frente a ella.
—¡Usted no sabe nada! ¡No conoce a Len tanto como yo! —gritó Rin, descargando toda la ira contenida.
—Entonces... Si lo conoces tanto, ¿sabías que no siente nada por lo que ha hecho? —No recibió respuesta, como esperaba—. He estado en el interrogatorio con las Detectives, y debes creerme cuando te digo que Len prefirió echarte la culpa que aceptar la propia.
Rin sabía muy dentro de ella que todo lo que le estaba diciendo era mentira. Entonces… ¿por qué dolía tanto? ¿Por qué lloraba?
—¡Cállese!
—No quieres aceptarlo, Rin... No mereces nada de lo que te hizo Len. No es por el hecho de que sean gemelos, es por el hecho de que trataba mal. ¿Quieres vivir con miedo el resto de tu vida?
Bajó la vista hacia sus pies. Se sentía tan incomprendida, incómoda y lastimada. ¿Para qué darle razones? Nadie allí la escuchaba. Debía seguir siéndole fiel a su hermano, solamente a él.
—Sólo estaba asustada por personas discriminativas como usted, Miku, Neru, cualquiera que nos separara. —Le dolió decir el nombre de la chica de las coletas, pero recordó el hecho de la noche anterior y ese sentimiento se transformó en odio.
—No es cierto, Rin. Tú siempre tenías miedo de que lo que Len te hiciera, ¿a qué no? Y por más que te "comportaras bien", Len tenía una excusa para lastimarte... Escúchame: ESO no es amor. Es posesión. Y si no fuera por las Detectives, te hubiera matado.
—¡Miente! No sé qué le habrá dicho Miku a esos policías, pero todo es mentira... y yo que pensé que ella era mi amiga. —Las lágrimas que brotaban de sus ojos sin control pasaron a ser gritos desgarradores.
Se hizo una pausa, cortada por esos lamentos.
—Miku sí fue una amiga: evitó una tragedia. La Detective Shimiko logró arrancarle a Len que por poco pensaba en matarte por haberla dejado entrar.
—No... no. —"Esa mujer está mintiendo, ¿verdad?"
El tic tac del reloj y los gimoteos de Rin (que había ocultado la cara en sus rodillas) eran lo único que rompía el silencio en la habitación, aunque no hacía maravillas con la tensión creada dentro. Clara le dio tiempo a la pequeña para comenzar a ordenar sus pensamientos, sabía que, en casos como el suyo, la víctima sufría una especie de quiebre emocional luego de analizar con detenimiento cada episodio vivido en el abuso, para que, de a poco, abriera los ojos. Pobre chica, tan joven y con tanto maltrato sobre sus hombros…
El llanto se detuvo, así como los temblores en el cuerpo de la rubia. Clara soltó un suspiro de alivio en su mente, pensando que al fin ella había comprendido la situación.
—Ahora, ¿todavía crees que Len verdaderamente te ama? —preguntó luego de unos minutos, al ver que la chica no iba a comenzar ninguna conversación.
La aludida levantó la vista lentamente, haciendo que los cabellos sobre su rostro se movieran en una armónica danza. Cuando Clara pudo observar detenidamente el rostro de la muchacha, dos cosas resaltaban sobre las demás facciones: unos ojos azules oscuros, donde se mezclaba el dolor, la furia y la insalubridad propia de un loco, armonizados con una sonrisa tétrica a juego.
—Sí, y no importa cuántos trucos mentales utilice, lo diré hasta que lo dejen libre de una vez por todas.
Luego de dos toques a la puerta para anunciar su presencia, una voz del otro lado de la puerta le dio autorización para entrar y acató el mandato casi al instante, un poco dudosa, pero tratando de parecer profesional. Allí, pudo notar la mirada de las tres mujeres, especialmente a las detectives y su estado: Amako revolvía el café con crema casi de manera automática y Shimiko trataba infructuosamente de que todos sus cabellos quedaran parejos en una cola de caballo mientras suprimía un bostezo. Sabía que las dos habían pasado casi la noche en vela recopilando las evidencias y todo lo que tenían a mano para comenzar con el caso en el menor tiempo posible.
La fiscal designada, Meiko Sakine, que parecía ser la más descansada en ese lugar, se acercó a ella, saludándola con cortesía y esperando ansiosa los resultados.
—¿Y bien? ¿Puede testificar?—inquirió a la psiquiatra.
—Lamentablemente no. Sigue aferrándose a la idea de que Len es bueno y amable, cuando la evidencia dicta algo opuesto, se contradice a ella misma y el Síndrome de Estocolmo es evidente... tendré que declararla al Juez como mentalmente incapacitada para testificar.
Las tres mujeres, al enterarse de las malas nuevas, suspiraron con pesadez. La rubia tomó su celular —como en una revelación— y marcó un número, por lo que pidió permiso a las demás y abandonó la habitación. Shimiko puso los codos sobre el escritorio regado de papeles y fotos, analizando la situación con detenimiento. Ella había confiado que, cuando Rin se sintiera libre, podría hablar de todos los pesares que vivió… parecía que sólo sería un sueño roto.
—Tenemos el video y el testimonio de Miku. —saltó la Detective—. ¿No será suficiente para apresarlo?
El asunto se estaba poniendo escabroso, sin la confesión de la rubia necesitarían el doble de energía para recolectar pruebas suficientes para que el juez no desechara el caso y absolviera al Kagamine. Ya había hablado de eso con Meiko y Amako al respecto, ¿qué podían hacer?
—Buenas noticias, si puede considerarse así. —dijo de pronto Amako, entrando nuevamente y agitando el celular—. Tenemos constancia del Hospital General del aborto de Rin... Según el doctor y los paramédicos... no fue por una caída.
Todas se miraron. Shimiko abrió los ojos y se levantó de su asiento, apretando los puños, Clara se tapó la boca, sorprendida, Meiko se mantuvo impasible por fuera.
—Encuentren pruebas de que fue Len el causante del aborto y agregaré homicidio culposo y lo jodemos. —susurró la fiscal castaña con aspereza.
—Nos reuniremos con el director y las personas que asistieron a Rin dentro de una hora, por lo menos ellos me citaron en ese horario. —aclaró la rubia, viendo como su compañera comenzaba a sacar las llaves del transporte.
—Entonces vayan a tratar de sacarle alguna confesión al muchacho, cada segundo cuenta. —sugirió la mujer.
Las dos detectives asintieron y Shimiko guardó de vuelta las llaves en su bolsillo, preparándose para comenzar con una nueva investigación. Iba a ser una jornada larga con seguridad.
—Es una lástima el estado en que está la chica —murmuró, con bastante empatía.
Salieron de la oficina de la fiscal Sakine y llegaron al portal de la estación, donde normalmente se recibían las denuncias y a las víctimas. Miraron el lugar levemente, cuando una oficial de policía detuvo su paso.
—Amako, Shimiko... tienen que ver esto —pronunció con bastante sorpresa.
—¿Qué pasa? —interrogó la rubia, levantando una ceja.
—Al parecer... su caso se volvió famoso —Señaló la televisión y varios diarios en una mesita, ubicados en la sala de espera, donde estaban pasando las noticias matinales:
"Una noticia ha conmovido a todo Japón: Un terrible caso de violencia doméstica ha puesto en estupefacción a la comunidad femenina."
"¡Abominable: Len Kagamine, de catorce años, es arrestado por agresión sexual a su propia hermana!"
"Grupos feministas critican duramente a la policía local: '¿Cómo pueden dejar que estos crímenes ocurran?' expresan."
—No puede ser, ¿esto es una broma?— murmuró Amako estupefacta al tomar uno de los periódicos.
—¡Mierda! —gritó Shimiko, olvidando todos sus buenos modales—. Con la maldita prensa dándole de comer a las masas, será como tratar de hacer justicia con las manos atadas —expresó, llena de indignación por los duros golpes que recibía el sistema de policía en esos momentos—. Ninguna condena, ni la pena de muerte, sería suficiente para las personas.
—Es como lo que ocurrió con los de West Memphis 3 y Michael Jackson— terció Amako—. Esto se volverá un Circo, te lo aseguro.
—Eso mismo pensé yo —dijo Meiko seriamente mientras se acercaba a ellas, mirando los títulos con asco—. Y lo peor es que no podemos hacer nada para ocultarlo. Lo único que queda es seguir adelante y encerrar al bastardo.
Una de las mujeres se mordía el labio con enojo, sin querer mandar al diablo a todos a su alrededor. Las demás personas —civiles principalmente— en la sala de espera comenzaron a murmurar entre ellos, dejando salir algunos argumentos de indignación, lo que no mejoraba para nada el estado de ánimo de los policías.
—¿Cómo se enteraron tan rápido? —preguntó la castaña con el abrigo, aún estupefacta por el locutor de las noticias y su peculiar forma de exagerar la realidad.
—¿No es obvio? Rin y Len provocaron un fuerte escándalo. Mucha gente estaba allí cuando lo arrestamos, las noticias vuelan en esos casos —espetó Amako tirando el periódico en la mesa—. Bueno, ¿vamos a interrogarlo? —le preguntó a su compañera.
—Espera un segundo, quiero ver lo que estos bastardos dicen —Se callaron, mirando fijamente el electrodoméstico.
Allí se mostraba a una mujer de cabello platinado y ojos índigos, que sostenía un micrófono y se paraba de forma ceremonial ante la mirada de los espectadores, esperando su momento para hablar.
—Gran mayoría de casos como estos se producen en el completo silencio, por lo que muchas veces es difícil condenar a los culpables. —comenzó la periodista, frente a la casa de los Kagamine—. Por lo que se sabe, estos dos chicos vivían solos y tenían muy poca interacción con el exterior. Es por eso que el Ministro de Educación ha anunciado comenzar una campaña de concientización sobre este problema en las escuelas, principalmente en las secundarias e institutos.
—¿Y tenía que haber un caso sacado a la luz para que comenzaran a hacerlo? —preguntó Shimiko, suspirando con pesadez—. Bueno, démosle al público lo que quiere: vamos con el Kagamine. —sentenció, comenzando a caminar.
La habitación de interrogatorio era un simple rectángulo de cemento, frío y desnudo. Len estaba sentado sobre la silla frente a la mesa, con un aire arrogante e insolente. Arqueó una ceja y sonrió a las policías cuando las vio entrar. Ya era la segunda vez que estaba en ese lugar, por lo que su confianza se había incrementado a mares.
—Ya era hora. —dijo el muchacho con una sonrisa—. Acabemos con esto, para que pueda salir temprano para la cena.
—Vaya, te ves tan seguro de que vas a salir, Kagamine. —comentó Amako con dureza.
Él sólo se encogió de hombros ante el lenguaje hostil.
—Me temo que estaremos un poco más de lo que espera, joven Kagamine —habló Shimiko, completamente paciente, acostumbrada a este tipo de criminales—. Pero puede colaborar con nosotras y tal vez el procedimiento sea más veloz.
—¿Colaborar en qué? ¿En que ustedes son tan huecas que no pueden comprender que no hice nada?
—Cuidado, eso se considera desacato. —comentó la castaña.
—Uy, que miedo tengo. —le espetó el rubio, poniendo los codos sobre la mesa—. ¿Que harás, muñeca?
Amako tuvo una reacción violenta: aporreó la mesa con una mano, llegando a sobresaltar a Len. Luego del pequeño shock inicial, las miró, completamente enfurecido.
—¿Sabes lo que es más divertido de los jóvenes que comenten crímenes, pequeñuelo? —preguntó la rubia con una sonrisa cínica—: exacto, que creen que nunca los atraparán, por eso cometen tantos errores. Será un placer verte caer. ¡Déjate de juegos, Len! Sabemos lo que hiciste, no nos hagas creer que somos tontas.
—Yo creo que en realidad no saben nada. Si tuvieran pruebas sólidas, no me necesitarían aquí, mucho menos por segunda vez. —Cruzó sus brazos y se acomodó más en la silla, arrogante y seguro de sí mismo—. Bien, suelten lo mejor que tienen.
—A ver... Explícanos porque Rin tiene tantos moretones y heridas en el cuerpo... Si tú eres el único que vive con ella.
El chico rodó los ojos, casi riéndose en su interior por semejante estupidez de pregunta. ¿Todo eso era en serio o estaba en medio de un reality show de bromas?
—Temo decirles que su torpeza le da fama. —explicó él, restándole importancia al asunto.
Shimiko iba a replicar algo más perspicaz, pero en ese momento entró un hombre de traje y una maleta. Los presentes no pudieron evitar voltear hacia él, unos más asombrados que otros.
—Señor Kagamine, no diga ni una palabra más. Detectives, soy Tonio, su abogado defensor.
—Qué maravilla. —murmuró Amako, como si no fuera difícil tratar con un criminal solo, tendrían que tragarse a su mosquito chupasangre.
Shimiko apretó los dientes, obviamente molesta por la presencia del abogado allí
—¿Quién le llamó? —preguntó al profesional.
—La Ley, mi adorable señorita —alegó él, con una sonrisa por la acidez de la castaña—. ¿O debo recordarle que fue el joven Kagamine quien exigió un abogado para un próximo interrogatorio?
Frente a esa explicación, el acusado no puso sino sonreír con mucha más soberbia. Lo sabía, las mujeres eran estúpidas, y con Tonio a su lado, saldría en un minuto.
—Dios los crea y ellos se juntan. —comentó la castaña, claramente cargada de mal genio.
Ignorando ese comentario soez, el hombre de cabellos negros se sentó al lado de su cliente, abrió su portafolios y mostró un trozo de papel con el título de "Apelación" y firmado debajo.
—Mi cliente y yo pedimos la anulación de la evidencia audiovisual. —habló, antes de que las dos detectives pudieran objetar algo.
—¿Por qué haríamos algo como eso? —preguntó Amako, tomando el papel que le extendía el abogado con desdén.
—Porque se considera una violación a la privacidad de mi cliente y de su protegida, señorita mía, usted lo sabe muy bien.
—Dígaselo al juez, a ver si le cree. —escupió Shimiko, tratando muy difícilmente de mantener la paciencia luego de leer todas las objeciones dentro del documento.
—Eso lo veremos, señorita. —concluyó Tonio casi guiñándole el ojo—. Si no tiene otra cosa que preguntarle a mi cliente, le aconsejo tratar de acomodar mejor sus evidencias contra él y buscar algo de mayor peso para acusarlo.
Shimiko iba a comenzar con una pelea mental y poco relevante en el caso, pero su compañera levantó su mano, pidiéndole que se calmara. ¿Qué le pasaba a la castaña? Era raro que actuara de esa manera.
—Pongan a Kagamine de vuelta en su celda. —dijo Amako, hablándole al vidrio frente a ella—. El interrogatorio por ahora terminó.
—Si eso es así, lo mejor sería irme. Hablaré con mi cliente en su celda, si me lo permiten. —Unos policías entraron a la sala y esposaron al muchacho, escoltándolo a la salida, seguido por el hombre—. No dejen de ser adorables, ¿bien?
A la salida, Amako notó la molestia en el rostro de su compañera, mientras se acercaban a Meiko, quien tampoco tenía un buen semblante, pues oyó todo desde el vidrio de afuera.
—Hum... Tonio. Tenía que tocarme Tonio—gruñó Meiko—. ¿Hay señales de de Kagamine pueda ceder?
—Lo dudo mucho. —comentó Shimiko, a la vez que se sentaba en la silla del acusado y tocaba el puente de su nariz, tratando de tranquilizar su estresada mente—. ¿De verdad pueden anular el video?
—Técnicamente... sí, pues la joven Hatsune lo obtuvo de manera ilegal, violando la privacidad, por lo cual Tonio podría usar el derecho a la intimidad para tratar de ganarse al jurado... no obstante, podríamos tratar de que el Juez Shion acepte la evidencia.
—¿Shion? ¿El juez Kaito Shion? —preguntó Amako arqueando una ceja.
—¿Lo conoces?— preguntó Meiko.
—Un poco... Estuvo allí en los tiempos que estuve como marine. Y si diría algo de él, puedo decir que ese juez no le gustan este tipo de casos...
—Le gusten o no, debe hacer justicia. —sentenció la fiscal—. Sin esa prueba, aún tenemos el testimonio de la chica Hatsune y las pruebas médicas del hospital que deben estar sacando de Rin ahora mismo.
—Pide una orden de allanamiento. —susurró la detective castaña.
—¿Perdón? —preguntó Meiko, sin haber escuchado bien.
—Deben haber objetos en la casa que Kagamine pudo haber usado para torturar a su hermana.
—Es seguro que Len debe de haber usado instrumentos. Encaja en el perfil de sádico, y ellos gustan provocar dolor a su víctima.
—Muy bien... Podría servirnos. —dijo Meiko decidida—. Iré a buscar la orden.
—Vayamos al hospital, a escuchar los testimonios de los paramédicos que atendieron a Rin esa noche. ¿Ya ha pasado una hora? No quiero quedarme sentada sin hacer nada. —Shimiko se levantó de su silla, mirando a Amako a la cara, llena de determinación.
La detective comenzó a caminar hacia la salida, pero fue detenida por el brazo de su compañera en su hombro y la mirada inquisitiva de las dos mujeres con las que compartía el caso.
—¿Estás bien? Sé nota a leguas que el abogado de afectó. —replicó la rubia con un intento de sonrisa conciliadora.
—Sí, él y yo somos... viejos conocidos —comentó ella, tratando de parecer calmada—: fuimos al mismo instituto. —Suspiró, incómoda por la conversación
—De acuerdo... Mejor vamos ya, mientras Meiko nos consigue la orden de cateo. —Amako miró a la fiscal y ella dio una cabeceada afirmativa en silencio, indicándole que empezaría a tramitar el asunto lo antes posible.
—Sí, mejor así. —Tomó nuevamente las llaves de la patrulla y salió a la calle.
El anciano amable y canoso y los dos jóvenes paramédicos recibieron a las detectives en una de las oficinas administrativas del hospital, cada uno con una taza de café para liberar tensiones y refrescarse la memoria.
Luego de los pertinentes saludos, las dos oficiales se sentaron frente a ellos y pusieron una grabadora en medio de ellos, sobre la mesa del lugar, para poder captar todas las confesiones o datos relevantes que pudieran usar en contra del Kagamine.
—Bien, sabemos que ustedes atendieron a Rin Kagamine durante... su incidente —empezó Amako—. ¿Pueden darnos detalles sobre el suceso en cuestión? ¿Algo sobre su hermano que resultara sospechoso?
Los dos muchachos se miraron entre sí, poniéndose de acuerdo en cuál debía hablar. El que atendió a la chica levantó la mano levemente y comenzó:
—Sí, había demasiados golpes como para creer la historia del chico. Dijo que su hermana se había resbalado de la ducha y golpeado con el lavamanos... puede que eso haya pasado para que su brazo se rompiera, pero esa extremidad debió de haber protegido su vientre y evitado el aborto.
—Es decir... sí se golpeó con el lavamanos, pero después él le provocó el aborto a golpes.
—Seguramente.
Se produjo un pequeño silencio en el lugar.
—¿Estarían dispuestos a decir eso frente a un jurado, señores? —preguntó Shimiko.
Los dos paramédicos se miraron entre sí, uno frunció el seño.
—Señora, en nuestra profesión prometimos salvar tantas vidas como estuviera a nuestro alcance, y si podemos hacerlo, aunque sea de forma legal, por esa jovencita... creo que no es necesario preguntarlo.
—Perfecto. —concluyó Amako con una sonrisa y luego se dirigió al anciano—. Señor Director, ¿hay otras pruebas que señalan a Len como el responsable del aborto de su hermana?
—Me temo que no, creo que no se interrogó lo suficiente al chico por el hecho del dueto por el feto. —negó el hombre, lo que hizo a Shimiko suspirar—. Según dijo, sólo escuchó cómo su hermana gritaba de dolor y llamó a emergencias.
—El feto —pronunció la castaña, casi como si fuera una revelación—. Sé que es una pregunta tonta, pero: ¿aún conservan el cuerpo?
—Por supuesto. Si no lo recuerda, nosotros fuimos quien pusimos la denuncia, debimos guardarlo como posible evidencia. Está en la morgue de la planta baja.
—Perfecto, envíenlo a un laboratorio forense y comparen su ADN con Len y Rin Kagamine, veremos si ese bastardo es el padre y su el bebé es producto de una violación. —anunció la detective castaña, anotando todo en una libreta pequeña.
La rubia tomó la grabadora, dando por terminado el interrogatorio.
—Hablando de Rin Kagamine... desearíamos que nos hicieran un favor. —pidió el director del hospital, con voz amable.
—¿De qué se trata? —preguntó Amako.
—Sé que la chica debe ser examinada médicamente por orden judicial, pero ella se sigue negando. Sé que al ser menor de edad debemos acatar las órdenes de su tutor legal, o sea Servicios Sociales, pero quisiera que trataran de hablar con ella para convencerla, no nos gustaría sedarla otra vez.
Así, el hombre canoso le hizo un ademan con la mano a los dos paramédicos, que dieron una pequeña reverencia y, luego de dejar sus datos personales a las detectives, salieron por la puerta a continuar su trabajo. Acto seguido, el director del hospital le indicó con un tono suave a las mujeres para que lo siguieran. Amako fue primero, seguida por una pensativa Shimiko.
No tardaron en llegar a uno de los consultorios, de donde salían horribles gritos de mujer. Al abrir la puerta, se encontraron con una Rin completamente abrazada a sus rodillas sobre la camilla de la habitación, con la mirada perdida y llena de odio; del otro lado, un doctor y dos enfermeras guardaban distancia, mirándola sin saber cómo actuar.
—¿Y ustedes qué quieren? —preguntó ella, llena de veneno en sus palabras—. Explíquenles a esos doctores de pacotilla que si yo no quiero que examinen mi cuerpo, mucho menos mis órganos sexuales, no pueden obligarme.
—Por Dios... —murmuró Amako espantada. Ni ver bombas la impresionó tanto como eso.
—Me lo suponía, está en la negación —comentó Shimiko al aire. Luego se acercó a la muchacha con calma—. Hola, Rin... ¿puedo llamarte así, no?
—No.
—Bien, señorita Kagamine —comenzó, en tono profesional, entonces—. ¿Por qué dice que no pueden examinarla?
La chica suspiró y encaró a la mujer.
—Porque no confío en ellos, simplemente —replicó Rin con miedo y hostilidad—. No quiero que se me acerquen y me pongan esas cosas encima.
—¿Temes que te lastimen más de lo que ya hizo Len? —inquirió directo al grano, lo cual deformó la cara de la Kagamine.
—¿De qué demonios habla? ¡Len nunca me ha lastimado!— gritó ella.
—Pues yo veo por aquí unas cuantas marcas que dicen lo contrario —dijo, señalando las ropas de la chica.
La muchacha sólo atinó a taparse lo mejor que podía todas las marcas.
—Él no me lo hizo... fue porque... porque...
—¿Porque...? —le presionó Amako.
Rin se mordió el labio y trató de contener las lágrimas. De verdad que no tenía una excusa para decir.
—¿Te tropezaste con algo? —sugirió Shimiko, en una media sonrisa melancólica.
—¡Sí! ¡Siempre me tropiezo! ¿Están felices? Soy bastante torpe. ¿Está bien? —admitió la muchacha cruzándose de brazos y haciendo un mohín.
—Oh, lo sé —Shimiko tomó una silla y se acercó a la camilla, para sorpresa de todos—. Primero fue una puerta con las bisagras rotas, luego, un charco de grasa en el piso de la cocina, después... una zapatilla abandonada que te hizo rodar por las escaleras. Lo del lavamanos me resulta nuevo. —enumeró la detective, mirando sus manos—. Las dos somos unas chicas muy torpes, ¿verdad? —Soltó una suave risa ante sus palabras, que supo a melancolía.
Amako no dijo nada, pero frunció el ceño, mirando su regazo. Los médicos y enfermeras no entendieron ese gesto y palabras de la castaña.
—El daño se ve, no importa cuánto trates de ocultarlo. La ropa holgada cubre las marcas, pero no está de moda, un maquillaje te hace ver bonita, pero no tapa un ojo morado. —Shimiko tomó aire, sintiendo cómo la saliva se le hacía espesa—. Piensas que los demás sólo tratan de meterse en tu vida, controlarte, hacerte ver que no eres más que una niña tonta que no puede resolver sus propios problemas... que todo va a mejorar. "Mi amor lo va a curar, volveremos a los viejos tiempos", ¿te resulta familiar todo eso?
Rin la miró asombrada. ¿Como podía saberlo esa impertinente detective?
—¿Cómo... como la sabe?
—Digamos… que alguna vez estuve en la misma posición que tú.
Las enfermeras se miraron entre sí y taparon sus bocas delicadamente para no decir comentarios inapropiados, el doctor las observó un poco molesto por la actitud. Ninguno quería romper el silencio.
—Ah... ya lo veo— murmuró Rin mirando el suelo.
—¿Ahora entiendes que tenemos que revisarte?—le preguntó Amako con suavidad, acercándose a su compañera sentada.
—Lo único que queremos es que nos ayudes a ayudarte. No queremos tenerte como enemiga, sólo que puedas ver por tus propios ojos. Len hizo cosas muy malas, lo creas o no... y entiendo que no lo creas —objetó cuando la chica había levantado la cabeza para contradecirla—, pero por favor, no nos hagas sedarte para demostrar un crimen.
Rin abrazó mucho más sus rodillas, completamente indecisa. ¿Qué debía hacer? ¿Por qué no estaba su hermano con ella para indicarle lo que debía hacer?
—¿Y bien? ¿Nos dejarás examinarte, jovencita? —intervino el canoso hombre cuando ya el ambiente se había vuelto tenso.
—Hum, Tengan cuidado ahí, que puedo cambiar de opinión si quiero —refunfuñó Rin—. Y no piensen que lo hago por ustedes; lo hago para demostrarles que Len es inocente.
—Por algo se empieza, ¿no? —comentó con una amarga sonrisa la detective, para después mirar al doctor y a las enfermeras—. Ya oyeron a la señorita: a trabajar.
Una vez que la charla motivacional había terminado, salieron del hospital para tomar la patrulla, pues Meiko les había dado un mensaje: consiguió la orden de cateo para registrar la casa de los Kagamine en busca de pruebas.
Lo que no contaban era que una verdadera horda de periodistas estaba justamente en la entrada del hospital, armados con cámaras y micrófonos, para acribillarlas a preguntas.
—¡Allí están! — gritó una mujer de pelo verde que se acercó corriendo a ellos—. Megpoid Gumi, para el Tokio Tribune; ¿qué puede decirnos del caso de Rin y Len Kagamine?
—Sin comentarios. —replicó Amako apartándola levemente.
No satisfechos con la negativa, la periodista apuntó a la castaña.
—¡Detective Shimiko! ¡Díganos algo del estado de Rin Kagamine!
—Su estado es reservado, por ahora —comentó, sabiendo que no las dejarían hasta tener detalles.
—¿Qué pasa con la familia de los Kagamine? ¿Quién se hacía cargo de ellos?
—La muchacha se encuentra bajo custodia estatal hasta que algún familiar exija su tutoría —dijo, mientras trataba de hacerse paso entre la ola de gente y cámaras con flash.
Un revoltijo de voces mezcladas en gritos y preguntas casi incomprensibles las abrumó, como si se tratara de un campo de batalla por obtener la primicia. Dinamita periodística, en eso se habían convertido las dos mujeres de largos abrigos.
Finalmente lograron entrar al auto, la castaña apretó el volante y encendió el motor, dejando a los periodistas atrás, yendo a la estación a recoger la orden de Meiko.
—Esto no va a hacer otra cosa que empeorar. —murmuró la rubia.
Shimiko prendió la radio, tratando de relajarse. Sólo al llegar al primer semáforo en rojo se dignó a hablar.
—¿Qué les íbamos a decir? ¿Que seremos dos superhéroes que pondrán tras las rejas al violador Len Kagamine para siempre? —Suspiró, llena de plomo en el pecho—. Por su edad, seguramente salga a los dieciocho, no importa de cuántos cargos lo culpemos.
—No lo creo... —contestó su compañera lentamente— ¿No oíste a Meiko cuando habló de la posibilidad de encerrar a Len a pesar de su edad? Creo que es posible...
—Lo encerraremos, ¿y luego qué? ¿Dos años y saldrá por buena conducta? —Apretó el volante del auto entre sus manos, aflojando y volviendo a apretar intercaladamente con las calles que pasaban.
—Si es que sale vivo...—murmuró en voz baja.
Shimiko no comentó nada más sobre eso, sólo se limitó a conducir y bufar de vez en cuando. Sabía que no debía ser tan emocional, pero esto la estaba afectando demasiado... demasiados malos recuerdos.
—Aquí tienen. —dijo Meiko sin ceremonias dándoles la orden de cateo—. Tenías razón, Amako: el Juez Shion no es alguien... fácil de tratar.
—Meiko, ¿es posible que Len pueda ser encerrado de manera indefinida, a pesar de su edad? —preguntó Amako mientras su compañera cargaba el equipo de investigación forense.
La fiscal miró a la detective como si hubiera dicho una pregunta demasiado obvia, pero luego alegró su semblante.
—Sí, ¿no lo sabían? Según Asuntos Internos, Len está emancipado y tiene la potestad completa de Rin tras el confinamiento de su padre en un tratamiento para alcohólicos, además de la propiedad de vivienda al comenzarse la sucesión hereditaria. Así que —Se frotó las manos, satisfecha—… Tonio no podrá usar esa porquería de que Len es menor de edad y no puede ser juzgado como adulto.
Por un momento, los ojos de Shimiko se iluminaron. Se acercó a las dos para tener su lugar en la conversación.
—¿Emancipado? Eso significa que podemos atribuirle el cargo de negligencia y quitarle la patria potestad de Rin. —La otra castaña asintió.
—De acuerdo, vamos a buscar pruebas. —anunció la rubia—. ¿Cómo se ha portado Len?
—Como todos los de su tipo, cree que tiene el asunto ganado —dijo Meiko, suspirando con sarcasmo—. Eso.
Cuando llegaron a la casa, todo estaba exactamente igual a como lo habían visto la noche del arresto. Shimiko y Amako se colocaron los guantes y entraron, seguidas por el resto del equipo forense. Nigiaito revisaba la cocina y los baños de la planta, mientras que Kiku encendía la luz ultravioleta, buscando rastros de sangre en la alfombra. Mientras, las detectives subieron al primer piso.
—Da miedo, me provoca casi escalofríos. —murmuró Amako al entrar en la habitación donde había ocurrido el crimen que la chica Hatsune había presenciado.
La cama estaba revuelta y había señales de fluidos a simple vista, lo que podía ser fácilmente comprobado con una prueba forense posterior. Ambas casi hasta parecían "sentir" el infame momento en que Rin estaba en esa cama, con su hermano encima, siendo grabados por la chica de pelo verde.
—¿Recoges las sábanas o lo hago yo? —preguntó, sintiéndose igual que su compañera.
—Yo lo hago. —murmuró la rubia, logrando controlarse, en parte gracias a su entrenamiento militar—. Ve a la habitación de Len, ya que podría haber abusado de ella allí también— agregó poniéndose los guantes y recogiendo las sabanas para meterles en la bolsa.
—Puedes estar segura que fue así. —dijo, casi en un susurro.
La castaña se retiró con aire pesado, más parecía la casa de los horrores de Saw II ese lugar que una escena del crimen, sólo faltaba el muñeco con su risa metálica para completar el combo. Su compañera iba a decir algo, pero sintió cómo su celular vibraba y atendió al instante.
—Amako —nombró la rubia, escuchó por unos momentos lo que tenía que decir la fiscal y abrió los ojos con sorpresa—. Vamos para allá. —Colgó su teléfono luego de confirmar y fue a la habitación de Len, donde estaba Shimiko al borde del asco—. Que el equipo se encargue del resto. Meiko nos quiere allá.
—¿Qué sucede? —preguntó con seriedad.
—No lo vas a creer —repuso la rubia—: en la estación está su madre biológica, se presentó por la custodia.
—¿Su madre? ¿La madre de los gemelos? —La incredulidad era palpable en su voz.
Amako asintió.
—Imposible…
—Yo tampoco lo puedo creer, pero Meiko dijo que era la misma.
—¿Cómo se sabe? Yo creí que estaba muerta o algo... no parece que hubiera algo que demuestre una relación con los Kagamine. —divagó la castaña, cada vez más extrañada—. Vamos, tenemos que interrogarla.
Dejaron al equipo que siguiera con el trabajo y fueron a toda prisa de regreso a la jefatura. Allí, junto a Meiko, estaba una mujer joven —de unos treinta años o de esa decena—, rubia y de ojos azules, usando unas ropas bastante ostentosas y con un cigarrillo en la mano.
Cuando llegaron, la miraron por un segundo, no creyendo el parecido con el acusado y su víctima, definitivamente el parentesco era evidente. Dieron una pequeña reverencia y comenzaron a hablar:
—Detectives Especiales Shimiko y Amako, somos las que seguimos de cerca el caso del Hospital de Tokio contra Len Kagamine —anunció la castaña, mostrando su placa—. Necesitamos hacerle algunas preguntas.
—¿Preguntas?— inquirió la madre mirándolas con el ceño fruncido—. ¿Qué clase de preguntas? Yo solo vine a buscar a mis hijos.
—Señora Kagamine, ya le dije que debe contestar las preguntas de las detectives. —replicó Meiko con un dejo de molestia en su voz.
—Primero: mi apellido dejó de ser Kagamine desde hace cinco años.
—De acuerdo... ¿Cómo quiere que la llamemos? —pidió Shimiko tratando de ser paciente.
—Kobler, es mi apellido. Bueno, de mi segundo esposo, que en paz descanse.
—Eso explica porqué no fue citada ni encontrada en el juicio de emancipación de Len —murmuró la fiscal, mirando los expedientes—. Trataron de rastrearla por su apellido de soltera.
—De acuerdo. ¿Podemos hacerle las preguntas, Señora Kobler? —volvió a tomar la palabra Amako.
—Adelante, no tengo nada que ocultar. —anunció con un tono calmado y comprensivo, a la vez que le daba otra calada a su cigarrillo.
—Muy bien —empezó la rubia—: ¿por qué no apareció en todos estos años en la vida de sus hijos? Digo, ¿por qué aparece justo ahora?
La aludida puso su cigarrillo en un cenicero y lo apagó. Luego, tomó un poco de aire fresco y miró a la detective a los ojos.
—Mire, he tomado muy malas decisiones en mi vida, una de ellas fue haberme quedado embarazada a los diecisiete y haber tenido que casarme con un cerdo que me llevaba más de veinte años —comenzó su historia, casi sacando su ira—. Los primeros tiempos fueron difíciles, pero pudimos salir adelante. Luego, todo se volvió un infierno: él perdió el trabajo y calló en una depresión alcohólica. Yo pude a duras penas terminar el instituto y comenzar a solventar a mi familia. Pero... un día simplemente me cansé, decidí que era suficiente, debía hacer un cambio.
—Eso lo entiendo —contestó Amako con frialdad—, pero... ¿no hubiera sido lógico que, si quería hacer un cambio, debía llevarse a sus hijos consigo?
—No tenía a dónde ir, apenas tenía un puñado de billetes que pude ocultar de ese... —contuvo sus ganas de insultar— para tratar de seguir adelante. Pensé en esperar a tener toda mi vida estable y luego los iría a buscar.
—Su historia me parece muy victimizada hacia usted. —comentó Shimiko, paciente pero furiosa—. Han pasado ya cinco años, ¿no cree que pudo haberlo hecho antes?
—Oiga, yo quería darles lo mejor a Rin y a Len. No podía antes porque debía buscar... lo indispensable para ellos.
—Y se nota eso lo "indispensable" —murmuró la rubia viendo el ostentoso atuendo de la madre.
—Mire, creo que mi vida personal ahora no es muy importante —alegó, bastante ofendida—. Sólo vine por mis hijos... como sé, necesitan a alguien de su familia para delegarle su custodia, ¿no?
—Sólo de Rin, Len está emancipado, por lo que será juzgado como adulto. —aclaró la Sakine, viendo como la situación se ponía peligrosamente tensa.
—¿Juzgado como adulto? ¡Len solo tiene...! ¿catorce? ¡Sí, catorce años! ¡Es sólo un niño!
—Un niño que cometió un crimen terrible, señora Kobler. —replicó la rubia.
—Niño o no, cometió una serie de crímenes, por lo que no quedará impune. Su hijo violó, golpeó a su hija y le provocó un aborto. —explicó la detective castaña.
—Entonces... ¿es verdad lo que dijeron los medios? —preguntó la mujer rubia, espantada.
—Así que supo de todo esto por los medios —dijo Amako con una amarga sonrisa—. ¡Qué sorpresa!
—No creí que fuera tanto escándalo. —comentó la viuda, poniendo una mano en su pecho en señal de dramatismo.
—Pues créalo: Len está en una celda, Rin en el hospital, declarada incapacitada para testificar, y su ex esposo en una clínica de desintoxicación con amnesia por un golpe. —enumeró Shimiko, diciéndole la gravedad del asunto.
—¿Y qué debo hacer?
—Primero que nada, si va a tener la tutela de Rin, Servicios Sociales debe constatar que tiene un hogar seguro para que la chica pueda desarrollarse y curarse de sus traumas. Luego, debe dejarnos seguir con la investigación. —comentó la detective castaña, enunciándole todos los proceso legales.
Intercambiadas varias firmas y acuerdos legales en la oficina de la fiscal Sakine y frente a un empleado de Servicios Infantiles, todo estaba sellado: la madre de los Kagamine volvió a convertirse en tutora provisoria de su hija y expresó por escrito que dejaría que el juicio contra Len siguiera su curso, a pesar del dolor de tener que sentenciar a uno de sus hijos.
—¿Dónde está Rin? —preguntó, ya terminada toda la burocracia.
—Todavía está en el Hospital, pero... si quiere, podemos ir a verla. —repuso Amako.
—Eso es lo que quiero —dijo, bastante emocionada—. Disculpen un segundo, deseo pasar al baño antes de eso.
—Claro —afirmó Meiko, acompañando a la rubia hacia el lugar.
Luego de que las dos mujeres desaparecieran por el pasillo que conducía a los sanitarios, finalmente las detectives pudieron relajar su postura. Se acercaron a la mesa donde estaba la máquina de café, siendo acompañadas por algunos colegas policías curiosos por las nuevas noticias.
—¿Es buena idea dejar a Rin con esa mujer? Es bien sabido que la manzana nunca cae lejos del árbol. —comentó con desdén Shimiko, mirando en la dirección en que la rubia se fue.
—Hay que verle el lado bueno: no irá a un manicomio, eso sí sería trágico. —contestó Amako también mirándola con severidad.
—¿No había nadie más que se hubiera presentado para cuidarla? Te apuesto cien yenes a que Rin la rechaza. —dijo la castaña, como buscando otra salida.
—Hasta ahora nadie. —comentó de colado uno de los uniformados—. Esa mujer apareció en la puerta como si de un huracán se tratase.
—Y aún falta mucho trecho para que esta mierda termine de una buena vez. Todavía falta hacer confesar a Len.
—Prometo, que desde el momento que comience el juicio, no descansaré hasta poner a ese tipo tras las rejas. —habló la detective castaña, apretando los puños.
—Trata de que no se vuelva personal, Shimiko… —murmuró uno de los policías.
Siguió jugando con el Nyan Cat que Miku le había dado... Miku, la traidora. La psicóloga se lo había traído para recordarle que había gente fuera de esas paredes que se preocupaba por su salud y esperaba verla pronto, mas la rubia no quería dar su brazo a torcer y sólo le espetó a la mujer que dejara ese endemoniado almohadón lejos de ella, cosa que Clara no hizo, pues lo colocó a su lado en la camilla…
Se suponía que no debería estar sosteniendo algo que le hubiera regalado su "ahora enemiga", pero no podía evitarlo. Todavía le causaba un cierto pesar sentir odio por ella, después de todo, fueron amigas desde pequeñas. ¿Cuánto tiempo se había mantenido en el blanco mental, sólo abrazando al endemoniado meme?
—Rin... tienes visita. —Oyó la voz de la psicóloga de cabellos negros desde el otro lado de la puerta—. Alguien quiere verte. —agregó, cosa que parecía redundante.
—Eh... bueno. —murmuró Rin levantándose.
No dejó de sujetar el Nyan Cat, haciendo recordar a las Detectives, quienes estaban afuera y a miraron inmediatamente cuando salió de la habitación, a una niña con un osito de peluche, lloriqueando por una pesadilla.
—¿Cómo te encuentras? No fue tan malo, ¿verdad? —preguntó la castaña con dulzura, conmovida por la visión.
—Déjeme en paz. —repuso Rin abrazándose más al almohadón de gato—. ¿Ahora qué quieren?
—Eh, Rin, hay alguien que quiere verte —murmuró Amako señalando a la mujer rubia, que se mantenía en una posición rígida y a unos metros de las cuatro—. Rin... ella es la Señora Kobler. Es... tu madre.
—Rin... mi pequeña niña —exclamó la mujer en exagerado tono de desesperación, acercándose a la figura de la chica—. Oh, ¡qué delgada te ves! ¿Qué le pasó a tu brazo?
Rin se quedó petrificada, tratando de asimilar las palabras de la rubia. ¿Esa mujer... era su madre? Por un instante, Rin recordó fugazmente la imagen de una mujer vociferando y abofeteando a su hermano, para luego desaparecer en un taxi... se echó para atrás, dejando los brazos de la mujer en el aire, en un ademán de querer abrazarla. Se aferró al peluche, como si fuera una suerte de escudo.
"Cada día te pareces más a mamá… te pareces a ella." Las palabras de su gemelo rebotaron en su cabeza, asustándola mucho más. Tenía razón: de verdad se parecía a la persona frente ella.
—¿Qué haces aquí...? ¡¿Tú qué haces aquí!? Luego de tantos años, ¡¿porque diablos te apareces aquí?!
—Rin —nombró la mujer, bajando sus brazos—, supe todo lo que pasaste. Lo lamento tanto, hija. Vengo a llevarte a mi casa, para que puedas curarte...
Cada palabra de esa mujer la petrificaba aún más. ¿A su casa? ¿Para qué, para convertirse en alguien como ella? ¿Para ser alguien que terminaría odiando a Len? ¿Para terminar siendo… una persona que Len odiaría para siempre?
No, no, no, no, no, no, no… hasta el infinito. Mientras le quedara algo de sentido racional, no dejaría que eso pasara.
—¡¿A tu casa?! ¡Yo tengo un hogar, ya! ¡Y con Len!—chilló Rin enfadada—. ¿Por qué tengo que ir a tu casa, si nos abandonaste cuando éramos niños?
—Porque quiero remendar las cosas. —explicó su madre, con mucho dolor.
—¿No crees que es un poco... tarde? —preguntó la muchacha, bajando la vista.
—Rin, todavía no dejaremos que te lleve, primero veremos si es apta para cuidarte —tomó la palabra Shimiko, viendo cómo el ambiente se tensaba poco a poco—, pero si es así... tendrás que ir con ella.
—¿¡Qué?! ¡No quiero irme con ella! ¡No quiero!— siguió chillando Rin, a punto de entrar en histeria, siendo sujetada por ambas detectives.
—Lo sabía —murmuró la castaña a su compañera—. Lo siento, Rin, pero la señora Kobler ha sido la única que reclamó ser tu tutora.
—¡No! ¡No! ¡No quiero ir con ella! ¡No quiero ir! —seguía gritando la muchacha, a tal punto, que la psiquiatra corrió para llevársela de nuevo a su habitación, dejando a la Sra. Kobler desolada, y con los brazos caídos.
—Mi niña... —susurró la rubia, viendo como su hija pataleaba y gritaba, para ser metida de nuevo dentro de la habitación del hospital que le servía como asilo temporal.
Eso sólo podía ser catalogado como un encuentro agridulce.
—Sra. Kobler, en el fondo ya temíamos algo parecido de ella, así que le pedimos algo de paciencia. —le susurró Amako en tono conciliador—. La psicóloga todavía trabaja con ella, y todavía falta para una mejoría.
—Entiendo. —respondió la mujer—. ¿Qué pasará con las cosas que hay en la casa de mi ex marido? ¿Podré llevarme por lo menos sus pertenencias?
—Pues... tenemos una orden del Departamento Forense de confiscarlas, pues hay en ellas ciertas pruebas que confirman la culpabilidad de su hijo —terció Shimiko, recordando con una mueca de asco todos los objetos que, sospechaban, pudo haber usado Len para torturar a su hermana.
En ese momento, el celular de Shimiko sonó con insistencia, lo que le hace sacarlo y contestar. Era Meiko. Escuchó por unos momentos. Cuando colgó, miró a su compañera y a la Sra. Kobler con aire exultante:
—Nos acaba de avisar que el Juez Shion puso la fecha del juicio de Len. Meiko no puede esperar para castrarlo en pleno juicio.
—¿Podrían... no hablar así de mi hijo cuando estoy frente a ustedes? —preguntó con desdén la señora Kobler.
—Me disculpo —dijo la detective—, pero ya vio en qué estado se encuentra Rin... no pida que tengamos mucha paciencia respecto a esto.
—De acuerdo... pero solo lo pido. A pesar de todo, Len es mi hijo. —repuso la mujer.
—Y admiramos esté aquí, no todas las madres de... ya usted sabe quiénes, aparecen en los procesos de sus hijos.
Ella sólo guardó silencio por unos segundos, incómoda por la situación. Estaba segura que si la joven Kagamine no estuviera de por medio, no le daría la cara para afrontar la vergüenza pública de admitir que su hijo era un violador.
—¿Cuándo podré llevarme a mi hija a casa?
—Bueno... todavía no podemos darle una respuesta exacta, Sra. Kobler. —respondió la rubia con el abrigo.
—Servicios Sociales hará que dos de sus trabajadores vayan a inspeccionar el lugar, para ver si se encuentra en condiciones óptimas para un... caso como el de Rin. Luego, le darán indicaciones que debe seguir al pie de la letra y deberá completar un examen psíquico. Cuando todo eso esté archivado, le dejaremos la custodia provisoria de la chica. —explicó Shimiko los procedimientos legales.
—Entiendo —la mujer se dio vuelta y sacó un cigarrillo de su cartera, con un encendedor de plata antiguo—. Hasta entonces, detectives.
Miku trataba de mantener la concentración en el ejercicio de ecuaciones cuadráticas que le habían dejado en la pizarra. Cada tantos minutos miraba el reloj de la pared, sin dar muestras de querer avanzar a las malditas 3:00, hora de la salida habitual. Trataba de no encontrarse con los ojos de nadie, ni mucho menos con preguntas indecorosas o datos morbosos.
Sólo quería salir paras tratar de hablar con su amiga.
Ya habían pasado dos días desde el incidente y seguía sin tener contacto directo con la rubia. Había hablado entrecortadamente con la psicóloga que la atendía, pero parecía no tener un panorama muy alentador. ¿Cómo podía ser alentador en un momento que parecía que iban a colocar a Rin en un manicomio?
Sin darse cuenta, ya había roto por quinta vez la punta de su lápiz.
—Señorita Hatsune, ¿se encuentra bien? —preguntó la profesora Rion al ver cómo su alumna actuaba de manera errática.
—Sí, señorita Rion, estoy bien, gracias. —murmuró agachando la cabeza, mirando el ejercicio, sin tener ganas de resolverlo.
—Puede salir a tomar aire, si gusta. —habló la mujer en tono calmado.
Todos en la escuela estaban enterados del caso y la participación de Miku en él, por lo que los maestros habían hecho un pacto con el director Hiyama para tratar de aminorar el trauma en las dos chicas cuando volvieran a clases. Como Miku había sido un testigo presencial de semejante aberración, por supuesto que su salud mental tenía más importancia que un pequeño retraso en las clases.
—Gracias. —murmuró ella, levantándose de su silla y saliendo al patio entre los murmullos de sus compañeros.
No tenía un rumbo fijo de destino en realidad, estaba pensando en los bebederos o el baño de damas para limpiar su rostro con agua fresca… tal vez también enjuagar las lágrimas que trataba de esconder de los demás. El tiempo lo curaba todo… pero ese evento no parecía querer salirse de su cabeza ni perder intensidad.
Mucho menos cuando toda la escuela se empeñaba en recordárselo, ya sea por los empapelados con las campañas de concientización contra el maltrato o sus compañeros tratando de darle ánimos con palabras inútiles.
"Aún… puedo recordar los malditos gritos mezclados con jadeos." Pensó, agarrando su cabeza intentando opacar ese sonido atormentante.
Si no se distraía pronto, de seguro volvería a vomitar como estaba sucediendo en esos días.
—¡Miku! ¡Miku! —Oyó la llamaban, la chica volteó y vio a Mikuo, agitando la mano en su dirección, acompañado de Piko.
Adoptó una postura normal y sonrió con dificultad, mostrando un ademán torcido.
—Hola chicos, ¿tiempo libre? —saludó la muchacha de las coletas.
—Pues si... ¿Y tú? ¿Cómo estás? —la muchacha no atinó a decir nada, sólo cabeceó con pereza—. ¿Alguna noticia de Rin?—le preguntó Piko en un susurro.
La Hatsune acachó la cabeza y negó, bastante triste. Al ver esa negativa, Piko tuvo un ataque de rabia y le propinó un golpe a una pared cercana, descargando su ira.
—Hasta ahora ninguna, lo único que sé es que no quiere verme. —susurró Miku en tono triste, siendo rodeada de inmediato por un brazo de Mikuo.
Ella miró a su hermano, que le sonreía con tranquilidad, en un intento de animarla. Al estar cerca de él, la de cabellos azulados sólo podía sentir paz, por lo que cerró los ojos unos segundos y aprovechó la calidez humana proveniente de su amante.
—Seguiremos esperando, Len no se saldrá con la suya, si lo lograron con "El Asesino Otaku (1)" lo lograrán con Len. —declaró Mikuo con decisión.
—Debí haber visto esto antes. —murmuró el joven albino, aún con el puño en la pared.
Desde que había posado sus ojos en Rin, esa vez que Mikuo lo convenció en esperar a su hermanita para ir los tres a ir a ver una película, no pudo dejar de pensar en ella. ¿Quién no lo hubiera hecho? Era joven, adorable y muy bonita. Se había quedado prendado de la Kagamine desde el primer instante. Algo que normalmente se llama "Amor a primera vista".
—Piko, tú no tienes la culpa de nada. Ninguno, ni siquiera yo, que soy su mejor amiga, lo notó. —exclamó la chica de las coletas, tratando de calmarlo.
—Lo sé... ¿Pero porque debió ser Rin la que sufrió? Ella no tenía nada que ver. —repuso Piko, con los ojos cerrados.
Era de entender: nadie, pero nadie, quería ver sufriendo a sus seres queridos.
—Hombre, tranquilo. —dijo el muchacho de pelo aguamarina, acercándose con su hermana y tocando el hombro de su amigo—. Yo también me enteré muy tarde... ese día que salí corriendo de la casa de Yuma sin dar explicaciones.
—¿Cuándo será que todo volverá la normalidad?—murmuró el albino, ya por algo calmado.
—No lo sé, tal vez nunca... sólo sé que todo terminará cuando Len pague. Eso sé. —concluyó Miku mirando el cielo.
—¿Y Rin, qué pasará con ella? —preguntó, mirando a los dos muchachos. Se notaba el dolor en sus ojos.
—Piko, sólo hasta que ella 'despierte' de ese mundo imaginario en el que Len la sumergió podrá ser feliz. Hay que tener fe, es lo último que tenemos. —debatió Mikuo en voz alta.
Se quedaron callados unos minutos y se pusieron a contemplar cómo su escuela había sido empapelada con afiches de colores, tanto que parecía envuelta para Navidad. Todos hablando del mismo tema: violencia doméstica, familiar y de género. Las caras y expresiones de las mujeres y niñas en posiciones dolorosas y llenas de golpes sólo afectaron mucho más el estado de ánimo de Piko. En todas y cada una... sólo veía a Rin.
"¿Por qué? ¿Por qué tuvo que ser ella? No quiero desear que le hubiera pasado a otra... ¡Pero ella no! ¡Nunca!" pensó con desolación y llenándose de odio contra el sujeto con quien se había peleado violentamente en la cafetería, el sujeto que había destruido a su princesa.
—Piko… —trató de decir algo Miku, a la vez que se hundía más dentro del abrazo de su hermano.
En ese momento, el teléfono de Mikuo sonó, el chico de pelo verde lo sacó, sin dejar de abrazar a su hermana con el otro brazo. En la pantalla se reflejó un número que no le dio más que esperanza.
—¿Diga...?—escuchó unos momentos, frunciendo el entrecejo—. Oh, Señorita Shimiko... Sí, estoy con Miku. ¿Cómo esta Rin? —Piko se volteó, mirándolo con ansiedad—. Está bien, Piko. —El albino se limitó a suspirar—. ¿Sí...? —Unos segundos más que parecieron eternos—. Bueno, se los diré. Avísenme de cualquier cosa, ¿está bien? Adiós.
—¿Qué pasó, hermano? —preguntó la muchacha entre sus brazos. No quería admitirlo, pero en el fondo —muy en el fondo— estaba nerviosa por las noticias que podría darle Mikuo.
El chico se tomó su tiempo para mirar cómo la conversación se cortaba y el aparato electrónico bailaba entre sus manos como su fuera un juguete. Queriendo no darle más tensión al ambiente en el que estaba con su amante y su amigo, se decidió a hablar.
—Ya tienen fecha para el juicio contra Len. Miku será testigo presencial y yo no presencial.
Piko se puso tan blanco como su cabello, pero una sonrisa se dibujó en su rostro, pensando que al fin el sistema penal estaba comenzando a trabajar. Luego, musitó:
—¿Cuándo será?
—Si no escuché mal... el veinte de Junio.
(1) Tsutomu Miyazaki, nacido el 21 de agosto de 1962 en Ōme (Tokio) y ejecutado el 17 de junio de 2008, también conocido como El Asesino Otaku, fue un asesino en serie japonés.
Entre 1988 y 1989, Miyazaki mutiló y asesinó cuatro niñas de edades entre cuatro y siete años; posteriormente mantuvo relaciones sexuales con los cuerpos y comió porciones de su tercera y cuarta víctima, Durante el día, Miyazaki era una persona callada y un empleado obediente, seleccionaba niñas al azar para asesinar para luego aterrorizar a las familias de las víctimas, enviándoles cartas donde detallaba de forma gráfica todo lo que había hecho con sus niñas.
He aquí los crímenes por los cuales será acusado Len Kagamine:
-Violencia doméstica.
-Violación agravada por el vínculo.
-Negligencia tutelar.
-Homicidio culposo y agravado por el vínculo.
-Agresión.
Abogados del Diablo: escuchamos sus objeciones.
Bien, como dice en el fic, esa será la fecha en que prometemos actualizar. Esperamos no tener ningún imprevisto xD
Bye-nii!
