Nada Que No Hayas Visto Antes
Capítulo 7
"La noche era fría, aunque hacía calor. Como en todo día soleado de invierno, las lluvias de la estación anunciaban una primavera de fuertes nevadas. Y cuando la nieve se hubiese elevado por sobre los árboles de cerezos en flor, ¿qué sería de sus ramas desnudas, de sus hojas secas y caídas? ¿Se las llevaría el viento inmóvil de la lluvia seca bajo el sol de invierno? Y entonces, ¿le diría él o… el otro él que lo amaba, pero que lo suyo… lo de ambos… no podría ser porque sí podía pasar? ¿Qué pasaría con ambos cuando ya no pudiera ser lo que estaba siendo?
-Jounouchi –dijo Bakura, dándole alcance-, ¿es sólo mi imaginación, o es que hoy estás más incoherente que de costumbre?
-"Incoherente" es una palabra de calibre muy bajo para describirlo –comentó Honda, caminando varios pasos por detrás de él-. Con él deberías usar… otros adjetivos. ¿Qué te parece decir que está sufriendo un incongruo desenfoque del ecuánime discurrir del silogismo?
-¿Y eso qué carajo quiere decir? –preguntó Jounouchi, la maleta bajo el brazo derecho y una cara de poco entendimiento matinal. Era demasiado temprano para estarse encaminando desde ya al colegio.
Honda apresuró el trote hasta colocarse al lado de Jounouchi, le puso una mano en el hombre y le confió, cual entrañable secreto…
-Huevón, amigo mío. Eso quiere decir que hoy estás más huevón que lo que es tu común ser.
Los tres se dirigían a la preparatoria sin ningún apuro. Sin tampoco alguna explicación verosímil, habían dejado el departamento de Honda a una hora inconcebible –temprano- a pesar de la noche que se vieron obligados a compartir bajo el mismo techo, y allí se encontraban ahora, caminando uno al lado de otro con un aire de demasiada calma.
-¿No admiras la buena poesía, Honda? –preguntó Jounouchi, deshaciéndose de la mano que descansaba en su hombro-. Y yo que sólo… ¿Cómo lo dirías tú? ¿"Y yo que sólo exteriorizaba mis pensamientos internos con un poco de poesía"? ¿O crees que puedes decirlo más gay que yo?
-Jounouchi –señaló Bakura-, los pensamientos son siempre internos, ¿no? A menos que tú pienses con otra… Eh… Parte del cuerpo que no sea la cabeza, o algo así…
-¿Acaso la poesía no es figurada?
-¿Y en dónde figuradamente tendrías tú la cabeza? –preguntó Honda-. Respondiéndote: no, más gay que tú imposible que me salga algo.
-Tu hombre se me está poniendo faltoso –le dijo Jounouchi a Bakura, con una seriedad que no se correspondía con el caso.
Bakura sonrió afablemente y lo tomó del brazo.
-Bueno, mis disculpas –dijo-. Pero creo que no hay nada que hacer si ésa es su forma de ser. Dime, Jounouchi, ¿por qué tanta poesía?
Jounouchi suspiró. En alguna otra ocasión, antes, le hubiera molestado la cercanía de Bakura; en otras circunstancias, no hubiera pensado en aceptar tanta muestra de cariño –tan presto a ser malinterpretado- de parte de Bakura, pero sucedía que él había aprendido un par de cosas nuevas para añadir a su registro personal. Y todo en una sola noche. La anterior.
-Hoy me siento poeta, nada más.
-¿Sólo hoy? –preguntó Honda-. O sea que a ti las ganas te vienen por días. Hoy poeta, mañana no, el sábado te sientes hombre, al día siguiente regresas a maraco, el lunes te pones histérica…
-Todos tenemos nuestros días –le hizo ver Jounouchi-. Por ejemplo, yo me siento poeta y tú estás ahorita en tu periodo, así que te disculpo por andar jodiendo tanto. Ah, sí –agregó rápidamente para evitar ser interrumpido-, deja que te lo aclare: quise decir que estabas en tu etapa musical.
-Explícate –demandó Honda, filtrando el insulto encubierto pero sin llegar a dilucidarlo.
-No me vengas con que no la paras. Digo, -Jounouchi se encogió de hombros-, no creo que te hayas olvidado de que ayer te alucinabas soprano. Con esos gritos que te mandaste…
Tenía a Bakura colgando del brazo y sonriéndole tan devastadoramente como todo su resplandeciente ser se lo permitía, ajeno por completo al intercambio de amistosos y bien cuadrados insultos. Sólo cuando Jounouchi notó que ya no tenía a ese otro amigo, receptor de tan afectivas puyas, caminando a su lado, se volvió y encontró a Honda cavilando algo en el punto en el cual se había detenido.
-Ah –dijo Honda, dirigiéndose a él-, no tengo objeción para ese insulto. Cuando se me ocurra cómo devolvértelo, te lo hago saber.
Y reanudó el paso, adelantándose al rubio y a Bakura sin decir más.
Jounouchi lo vio alejarse y preguntó, sorprendido:
-¿Le pasa algo? Si ni siquiera le mandé un buen insulto. Ni a broma llegaba eso, una verdad que él… ya sabía.
-Nada, nada –le contestó Bakura, sonriendo (aún)-. Sólo está pensando. –Y tiró de su brazo para retomar ellos también el paso.
-¿Y desde cuándo pensar lo ahueva en vez de dolerle? Porque cara de sufrimiento no tenía…
-Desde que anda pensando en un amigo.
Estaban ya llegando a la escuela, anclada en la siguiente cuadra. Algunos alumnos los pasaban en su camino al centro de estudio, haciendo la vía rutinaria en menos tiempo que el usual; ya estaban acostumbrados a las incidencias de sus compañeros de clase, y aunque entrenados para ignorar lo que de todas maneras se decían que no había pasado, encontrarse con Katsuya Jounouchi llegando con un infame muchacho de reconocido nombre del brazo cuando él no era quien debía estar prestando ese miembro para tal gesto podía entenderse como indicio de un evento… no precisamente positivo.
El primer involucrado en cuestión, Jounouchi, apenas sí notaba que en esa cuadra los otros alumnos apresuraban el trote antes, durante y después de haber pasado por su lado. Veía en cambio a otro conocido caminando a grandes zancadas y dándole la espalda, hasta desaparecer doblando la esquina.
-¿En un amigo? –preguntó Jounouchi-. Grafícamelo, Bakura. ¿Cuál amigo?
-Ummm… Pues, un amigo que no es amigo de sus amigos.
-Ah, ya decía yo –comentó Jounouchi, en un momento de iluminación fugaz y súbito-. Manyo quién es. Ahora respóndeme esta otra: ¿desde cuándo le dice "amigo" a ese anónimo fulano cualquier del montón que no nos interesa?
Bakura pareció pensarlo profundamente antes de dar la respuesta.
-Pues, será desde que lo considera su amigo, ¿no? –Y sonrió al final de la oración, poniendo punto seguido a la frase. Continuó:- ¿Por qué te molesta como lo llame? ¿Te parece tan importante cómo le digas a otra persona? ¿Acaso a ti no te decían "perro"…?
-Sí, y todavía me lo dicen –dijo Jounouchi, con una seriedad que se sobreponía a su fastidio-. Pero con otros nombres por delante…
Suspiró, sacudió la cabeza pensando en la resignación antes que en la frustración, y Jounouchi retomó el asunto pendiente:
-No me importa si Honda le dice que lo ama; me importa cómo lo considere, ¿ves? Una cosa es que Honda le diga que es su amigo, y otra vaina es que se lo ande creyendo.
Por primera vez en ese día, Bakura no sonrió. Desvió la mirada, y una vez que hubieron alcanzado la esquina, dijo:
-Pensé que ya sabías que lo que él dice es exactamente lo mismo que considera.
A punto de comentar sobre el significado de las palabras, Jounouchi abrió la boca, pero la cerró en cuanto terminaron de doblar la esquina y encontraron a los dos referentes de la conversación. Relegando al olvido el resto de la discusión, miró despectivamente a Kaiba.
-Justamente estábamos pensando en ti.
-No creía ser digno de tu consideración –contestó Kaiba, tan cordial y benigno esa mañana, como lo era cualquier otro día del año para con el resto de la humanidad-. Pero, de cualquier manera, tampoco creía ser capaz de hacerte pensar. Me he subestimado, entonces.
-Ah, qué dulce es despertar un día para descubrir que al fin te reconoces. Sí, pues, estás subvaluado, Kaiba: nadie daría por ti un carajo. –Jounouchi se dirigió a Honda, quien se encontraba a medio camino entre él y Kaiba, sin hacer mucho más aparte de escuchar los saludos matinales-. ¿Y tú qué haces parado allí con ése?
-Pasaba yo por esta calle y me entraron ganas de hablar con un ser racional, así, de pronto –respondió Honda-. No sé, supongo que la mañana es tan bonita, que sentí que tenía que hacer algo nuevo para que mi día sea realmente extraordinario.
-Putamadre –se lamentó Jounouchi en voz baja-, todos se me amanecieron verbosos hoy.
Llegando desde el naciente, atravesando la ciudad como un suspiro matinal y doblando la esquina, arribó el tiempo y encontró a cuatro –contaban por cinco- individuos, casualmente estudiantes de prepa, detenidos en un momento de glacial contemplación.
-Si no tienes nada más que soltar –le dijo Honda a Jounouchi, dándole cuerda al reloj del continuum de sus vidas-, sólo avanza.
-Siempre tengo algo más que decirle a este imbécil –declaró Jounouchi, fastidiado por la poco sutil invitación a largarse que Honda la había enviado.
-Sin duda –apoyó Kaiba, tranquilamente-. Es justamente por esa manía de parlar de más que termina con algún agregado. –Cruzó los brazos y desvió la mirada-. Tales como esa marca en la cara. La tienes desde ayer, si no me equivoco.
Jounouchi estaba a punto de mandar ese nuevo amanecer por donde había llegado para intentar un ataque, pero recordó que todavía tenía a Bakura colgado del brazo. Eran 52 kilos de sonriente lastre y considerable obstáculo para la movilidad.
-¡Desgraciado…! –soltó Jounouchi a Kaiba, y luego agregó entre dientes:- Suéltame, Bakura.
-No, Bakura –dijo Honda, acercándose a ellos y dándole un empujón al par para ponerlos en movimiento-. Lo sueltas cuando lleguen al salón. Si te digo que te muevas, Jounouchi, hazte un favor y muévete.
El día de Honda estaba comenzando a ser extraordinario. Podía vislumbrarse por la manera en que Jounouchi le dirigió una mirada, lo pensó fugazmente, y decidió hacerle caso. Con Bakura tirando alegremente de su brazo, comenzó a recorrer lo que le faltaba de camino hasta la escuela, diciendo:
-Esto no se queda así. Después lo resolvemos.
Kaiba no lo miró al pasar. Sólo se volvió hacia su primer interlocutor cuando éste le habló:
-Se fue la cerveza. Esa última frase que dijo, por cierto, era para mí.
-¿Debería manifestar mi gratitud por tanta muestra de tiento? -preguntó Kaiba-. No, no contestes. Creo que me guardaré las reglas de urbanidad para cuando le explique a Mokuba esta noche.
-Me alegra saber que por tu lado las cosas estén casi arregladas –dijo Honda-. O al menos, progresando.
-Recuerdo a cierto necio aconsejando resolver los problemas rápida y depuradamente. ¿Te parece divertido ver un espectáculo ajeno?
-Divertido, no. Edificante.
Kaiba lo observó en silencio.
-No hagas mi mañana tan extraordinaria –le dijo Honda-. Medio colegio está desfilando frente a nosotros, preguntándose si piensas declararte o cuándo confesaré yo mi amor hacia ti. Vamos.
Sin mediar más palabras, ambos se echaron a andar. Espectáculo propio o ajeno, poco le importaba a Kaiba, pero el mínimo sentido de la urbanidad, indispensable para todo ser que vivía en sociedad, lo restringía de ser él mismo el instigador de uno. Dicho de manera más directa, lo último que necesitaba era a su conspicua preparatoria siendo partícipe de sus roches.
-En fin –dijo Kaiba, sin mirar a su acompañante-. Te agradezco la ayuda.
-En fin –comentó su interlocutor-, se agradece los agradecimientos. Aunque en verdad no he hecho nada… Sólo estamos hablando aquí porque el primer paso ha sido tuyo.
Kaiba lo miró de soslayo.
-Explica eso.
-Recuerdo a cierto necio negándose a tratar un tema sólo por… Vergüenza, supongo, o lo más cercano a ella. ¿Te parece tan poco dignificante ver a un hombre negándose a un espectáculo propio?
-Poco dignificante, no. Sólo cobarde.
Honda rio.
-¿En dónde he escuchado esta conversación antes? –preguntó.
Entraron a la amplia explanada de la preparatoria y comprobaron in situ que los otros estudiantes se apartaban de los hechos inusuales como las aguas ante Moisés. Después de todo, ver a Seto Kaiba departiendo con otro estudiante podía no ser un hecho que figurara en los anales históricos como un milagro, pero muy bien se acercaba a ser uno lo suficiente.
Y como las excepciones servían para confirmar las reglas, figuraba entre los creyentes disgregados un solitario agnóstico para quien no había milagro que valiera. El estudiante –contaba por dos- los vio pasar, y aunque uno de los culpables del barullo matutino entre el alumnado también lo divisó, ninguno dio señales de haberlo hecho, y continuaron su camino.
-Un día sin pisar este suelo y siento que puedo comenzar a extrañar la prepa –comentó Honda-. Y, justamente, hace un par de días pisábamos los dos estas mismas baldosas cuando tuvimos una conversación de pasada. Ahora, aquí mismo, te puedo decir que si no fuera porque conozco bien a Yuugi, aseguraría que esto lo hace por fregar.
-No lo conozco bien ni pretendo hacerlo, y aseguro que sólo es un cobarde –acotó Kaiba.
-Es porque yo sí lo conozco, como te lo he dicho, que aseguro que es sólo un… necio –señaló Honda-. Un necio, pero no estúpido. –Repasó las últimas tres palabras y rectificó:- Adverbialmente hablando, no puede ser tan estúpido.
Entraron al colegio y avanzaron por el vestíbulo.
-A estas alturas ya debe haberse dado cuenta de que está alargando el asunto innecesariamente –dijo Honda-. No suelo confiar en la fortuna, sino que creo en lo fortuito de esta vida, pero… -En la siguiente intercepción de pasillos, tomó un camino divergente y dejó que Kaiba siguiera de frente por el suyo-… Te deseo suerte en la resolución de este problema. Me disculpas; tengo que ver a alguien. –Y desapareció pasillo arriba.
Un piso más arriba del lugar de estos hechos, en un ambiente cerrado y como los dos únicos ocupantes del espacio en ese momento, Jounouchi y Bakura esperaban una alteración en el breviario. Siguiendo las instrucciones de Honda, el rubio se había visto libre de su recargo (el lastre de los 52 kilos) sólo al poner pie en el salón de clases. Ahora observaba por la ventana, pensando en muchas cosas, pero ninguna en particular. Y hubiera seguido así por otro tanto de tiempo a no ser por Bakura, quien le habló.
-¿Esperas alguna señal portentosa? ¿Como que dos hombres entren por esa puerta y te resuelvan la vida?
Jounouchi miró por sobre su hombro y encontró a Bakura despatarrado cómodamente sobre una carpeta cercana.
-Entren dos huevotes por esa puerta o no –dijo-, es éste el que les habla el que sale del cuarto. –Como lo había declarado, Jounouchi se dirigió a la única vía de entrada/salida del salón-. ¿O crees que tengo algo en el cuerpo que quiera quedarse en el mismo espacio que tú? Cojudeces. Y me largo a buscarlas a otro lado.
-Qué lástima que me abandones –comentó Bakura, poniéndose de pie.
Estaba a punto de agregar más, y Jounouchi, presto a ignorarlo sin importar lo que escuchase –aunque le sobraban ánimos para intercambiar dicterios de opinión con él-, pero antes de que cualquiera de estos eventos tuviera lugar, Kaiba apareció en el marco de la puerta. Y sólo los miró tan despectivamente como lo hubiera hecho cualquier otro día de la semana.
-Ah, mira, miren –exclamó Jounouchi, devolviéndole la mirada a Kaiba y agregando algo de su parte-, se uno no suelta cojudeces, las cojudeces vienen a uno. ¿Qué haces tú aquí? ¿Que, no te falta algo? ¿Y el que venía contigo?
-Ibas de salida –señaló Kaiba, quien se las ingeniaba para hablar a Jounouchi sin realmente dirigirse a él: apenas le dirigía mirada-. Termina lo que estabas haciendo y lárgate.
Jounouchi puso ambas manos a la cadera y relajó los hombros, despreocupado.
-Dormí una noche y me levanté al día siguiente para encontrarme con todos los cualquiera del lugar creyéndose –dijo-. ¿Me dices que te pica una parte del cuerpo y no puedes rascarte?
En la parte posterior de la escena y sin papel en el trasfondo del escenario, Bakura se limitaba a escucharlos. Era uno de aquellos escasos actos en que se permitía ser ignorado en pos del buen espectáculo.
Kaiba avanzó hasta su carpeta y dejó la maleta sobre el tablero; se leía el cansancio en sus movimientos, pero era tal vez su costumbre de no perder ocasión de burlarse de los otros lo que lo hacía continuar con la diatriba. Sin dar segundos miramientos a Jounouchi, replicó:
-¿Puedo asumir que te ofreces a atenderme la comezón? ¿Te digo en dónde la siento?
-Maldito desgraciado –comenzó Jounouchi, perdiendo interés en la charla-. Ya me cansaste. ¿Terminamos lo que empezamos ayer?
-Ayer no empezamos nada. Si hablas de lo que tienes en la cara, ¿es que necesitas otro como ése?
Jounouchi pretendió responder, se preparó para reaccionar, y estuvo a punto de iniciar todas esas acciones, pero nunca llegó a concretarlas. En el momento en que abría la boca, ideas cruzaban por su mente y daba el primer paso hacia Kaiba, Yuugi apareció en el quicio de la puerta. Los miró con tanta sorpresa como la que le remitieron los tres ocupantes del lugar.
Y Yuugi estuvo también a punto de decir palabra, pero tan pronto como cruzó mirada con Kaiba –quien regresaba a su usual indiferencia luego de dos instantes de desconcierto-, viró en redondo y rehizo el camino de llegada en sentido contrario.
Los momentos de desconcierto tendían a ser de duración variable de individuo en individuo, así que luego de cinco o seis instantes de sorpresa, Jounouchi salió tras Yuugi. Siguiendo sus pasos, Bakura dejó el lugar con parsimonia y calma, ya que sólo había permanecido atrás para presenciar el final del acto. Sólo Kaiba quedó en el salón, en silencio.
Jounouchi le dio alcance en la siguiente intercepción. No fue una carrera larga y el rubio hubiera podido jurar, bajo cualquier otra circunstancia, que Yuugi había estado esperando ser atrapado.
-¡Hey! –llamó Jounouchi, cogiendo a Yuugi de un hombro para hacerlo girar-. ¿Qué hay con todo esto?
Yuugi tardó en levantar la vista, buscando una respuesta que no estaba escrita a sus pies. Y replicó con una pregunta:
-Esto, ¿qué?
Suspirando, Jounouchi dio un vistazo a su alrededor y notó a varios de los circunstanciales estudiantes que deambulaban por el pasillo convertidos en curiosos espectadores.
-Esto por lo que me haces correr como mocosilla esperando al novio –respondió, tomando a Yuugi de un brazo y llevándolo al primer salón que encontró abierto y convenientemente vacío-. Esto por lo que estamos armando más espectáculos.
-Jounouchi –dijo Yuugi-, disculpa por lo de ayer
-Sí –dijo Jounouchi, cerrando la puerta en las caras de los atisbadores-. Eso me lo dijiste ayer. ¿Y lo de ahora?
-No sé cómo explicártelo… Me sentía bien, pero apenas llegué a la puerta del salón y los vi…
-¿El encuadre de Kaiba y Bakura en el mismo plano salió muy feo? Ya sé que semejante encuadre de dos bastardos en la misma foto asusta. ¿Asustó lo bastante para que salieras corriendo?
Por primera vez desde que habían iniciado la conversación, Yuugi lo miró directamente, casi mandando a Jounouchi al suelo por el panorama de dos grandes y muy expresivos ojos.
-Estaban peleando –dijo Yuugi.
-Pucha, qué novedad –comentó Jounouchi, recuperado del impacto visual.
-Estaban peleando por mí.
-¡Ah! Sí, pues. Tus encantos y atributos dejan ciego a cualquiera que tenga OJOS, ¿no? Para que veas que tú vales como para obligarme a pelear tu posesión con las dos últimas basuras del planeta que conozco, ¿no?
-¡No! Si ya sabes a qué me refiero, deja de burlarte de mí –dijo Yuugi, irritado.
-Perdón, perdón –se disculpó Jounouchi-. Pero lo pones de una manera tan linda, que la burla se me salió natural nomás. Como sea… ¿Y? ¿A qué vino la fuga del salón? No creo que fue por nosotros.
Yuugi calló, lo pensó con la mirada clavada en el suelo, y dijo:
-Iba a resolver este asunto. Yo. Bueno, nosotros dos. –Miró a Jounouchi-. ¿Qué crees que fue lo que pensé cuando llegué al salón y los vi?
La sonrisa que Jounouchi le mostró fue menos que desconcertante, pero más que extraña.
-Ahora sí te reconozco –dijo-. Ahora sí pareces el mismo chaparro decidido de toda la vida. Es un cague conocerte histérico, pero creo que te prefiero ojón. No muy ojón, eso sí.
A falta de mejores argumentos o apreciaciones para tal apreciación, Yuugi tan sólo soltó una exclamación, pensando en lo siguiente qué decir.
-Ah, sí –se le adelantó Jounouchi-. ¿Que qué fue lo que creo que pensaste al vernos? Pues, "putamadre, mi vida se caga en mi casa, vengo al colegio y me doy con esta sarta de inútiles…"
-Jounouchi, no…
-"…Inútiles que sólo están para joder con cosas que no les importan" –interrumpió Jounouchi la interrupción. Y continuó:- "Y encima no hacen nada para dejar de joder." ¿No fue eso lo que cruzó por tu mente? Ven ahora a decirme que no.
En pos de la amistad, en nombre de los lazos que unían a los hombres y por el bien de la salvaguarda de sus seres queridos, Yuugi hubiera tenido que decir que no, que la suposición/declamación/muestra de inexistentes poderes psíquicos y lectura de mentes de Jounouchi no era cierta y no estaba en lo correcto, pero su problema radicaba en el hecho de que sí lo era. Justamente era eso lo que había pensado, aunque con menos dramatismo e insultos de por medio. Sin ánimos de mentir, dijo:
-Sí, eso mismo pensé.
Jounouchi tenía un aire de autosatisfacción para consigo mismo dibujado en el ser.
-Ya los estoy conociendo mejor –dijo.
-Je –sonrió Yuugi-. Ya me gustaría decir lo mismo de mí. No sé qué me pasa, pero ayer no estaba de este humor. Estaba…
-Histérico –completó Jounouchi, cruzándose de brazos y apoyándose en una carpeta.
-No fue mi culpa –se defendió Yuugi-. Sólo estaba de mal humor porque…
-¡Era la culpa del otro y ese huevón no quería admitirlo! –aventuró Jounouchi, emocionado como si se tratara de un concurso de adivinanzas y no de las desgracias de un amigo.
-Eh… Ah… ¡Bueno, sí! –reconoció Yuugi luego de debatirlo por unos segundos.
-¡Y ese huevón se niega todavía a reconocer que fue su culpa!
-¡Exactamente!
-A pesar de que los dos son culpables por esta vaina.
Fue como si la excelsa puntería de Yuugi acabara de tomar de blanco a la autoestima de Yuugi, ya que ésta decayó más rápido que economía nacional en picada. A punto de ahogarse Yuugi en el mar de sus desgracias, Jounouchi dijo:
-No te pongas así. Yo sólo repetí lo que me dijeron el otro día.
-No tenías que recordármelo cuando estaba tan contento echándole la culpa a él.
-Bueno, se me ocurrió que si se lo soltaba, capaz me contaban cómo fue el asunto. ¡Me han estado meciendo toda la semana, qué querían!
-¡Oh! –exclamó Yuugi, sorprendido en ese punto-. Y si querías que te lo contáramos, ¿por qué no lo dijiste desde el principio?
-Hay tres mil maneras distintas de que te manden al demonio. A mí me dio por chapar la opción menos rápida.
-Pues… Creo que ahí tienes razón –respondió Yuugi-. Igual te hubiéramos mandado al diablo si se daba por preguntar…
Jounouchi sonrió. Estaba acostumbrado a las eventualidades de los intricados lazos de la amistad, sobre todo por tener a semejantes amigos. Como también estaba acostumbrado a tirarse de cabeza a cuanto hueco se le aparecía en el camino de su vida, preguntó:
-¿Y cómo fue la cosa?
-Vete al diablo si crees que te lo voy a decir –le espetó Yuugi. Pero agregó:- Eh… Espera a que lo piense si te lo voy a contar o no.
-Me habías hecho pensar que hoy te levantaste con ganas de hablar. –Jounouchi se encogió de hombros-. ¿No eras tú el que hace un rato decía que lo iba a arreglar todo?
-"Todo" no quiere decir que te vaya a decir "algo" a ti.
-…O sea que sólo vas a dejar que cierto tipo alto, creído e imbécil tenga el placer de escuchar tu dulce voz disculpándose…
-Ni cojudo, Jounouchi. ¿De dónde sacaste que voy a disculparme?
-No sé, se me ocurrió. Por cierto, ¿desde cuándo estás aquí?
Yuugi, el otro es decir, se soltó de huesos y relajó el cuerpo, pero completó el cuadro frunciendo el ceño en una sempiterna expresión de fastidio mal disimulado.
-Desde hace un rato –contestó.
-Ya veo.
-¿Estabas haciendo toda esa conversa sólo para hablar conmigo?
-¿Yo? Noooooo –dijo Jounouchi, aunque la sonrisa sardónica que tenía en el rostro decía exactamente lo contrario-. Sólo estaba haciendo lo que los buenos amigos hacen, fregar la paciencia. Me mandaron al demonio bastante rápido esta vez.
Yuugi exhaló ruidosa, pesada y resignadamente.
-¿No estabas pidiendo que te contara? –preguntó.
-Sí, pero que conste que te pregunté con tooooooda la convicción de que no me ibas a contestar. A menos que quieras matarme y de verdad me cuentes.
-Hay otras maneras más lentas y dolorosas de hacerte dejar este mundo. –Yuugi echó una mirada a la puerta cerrada del salón y comentó:- Van a empezar las clases.
-Que se aguanten. Y tú, habla de una vez.
-¿Qué quieres que te diga?
-¡No sé! Sólo ponte a hablar mientras todavía le dure el encanto al momento.
-Muy bien –aceptó Yuugi, dirigiéndose a la puerta-. Jounouchi, ayer mi socio me mandó una puteada de antología, hoy he amanecido fregado, ahora tengo que hacer algo, y más adelante te pido que seas menos amigo que de costumbre y no vengas a joder, ¿ya?
-Qué momento más lindo –comentó Jounouchi, incorporándose-. No basta con el amor que siento en el aire, sino que además me cuadran tan cariñosas palabras.
-Lo que sea –acotó Yuugi, abriendo de un golpe la puerta y dando fin a la conversación.
Conversación que de hecho hubiera acabado allí mismo de no haber sido por Jounouchi.
-¡Cierren esa puerta! –ordenó, y los estudiantes que se encontraban del otro lado, en el pasillo y esperando poder entrar, obedecieron en el acto. El que lideraba al grupo la cerró de un golpe, dejando a Yuugi en contemplación con la puerta cerrada en sus narices.
-¿No dije que no fueras tan buen amigo y no jodieras? –preguntó Yuugi, sin volverse.
-Disculpa, hombre, pero está en mi naturaleza no hacerte caso –dijo Jounouchi, acercándose-. Es como un acto reflejo, ¿ves?
-¿Y ahora qué, Jounouchi?
-¡Esas palabras! Ya no me siento tan amado como hace un ratito. – Jounouchi se detuvo junto a Yuugi, posando una mano en la puerta cerrada y apoyándose en ella-. Antes de que te quites por esa puerta y el momento y su encanto se vayan contigo, tengo que decirte que creo que te voy a hacer caso… Si quieres arreglar el asunto con Kaiba, bacán por mí, no voy a meterme en eso. –Y agregó al aire:- Ni que estuviera huevón…
La determinación del rubio chocó frontalmente con el escepticismo entrenado de Yuugi.
-¿En serio piensas hacerme caso?
-Sí, pues –dijo Jounouchi, mirando a su alrededor como si con él no fuera la cosa-. Voy a traicionar mi naturaleza y no joderé. No mucho. Sólo un poquito.
Yuugi guardó silencio, pensando en los recovecos de la vida en donde se podía encontrar a la amistad y sus exponentes. Lugares poco imaginados. Sonrió sin más añadidos burlescos en el gesto.
-Bien, amigo –dijo-, tienes razón con eso de que te he mecido mucho. Si tanto quieres saber cómo fue el asunto, anda a preguntarle a alguien que te lo pueda contar.
Jounouchi tardó dos segundos en dar con la posibilidad.
-Alguien que sepa y que cuente, ¿eh? Honda.
-¿Qué otro? Me lo encontré viniendo y hablamos. Le di mi permiso para que hable.
-¡Ah! O sea que si tú le dices que hable, habla, y si no, me tiene a mí jodiéndolo como una ladilla en la ingle toda la condenada noche y no suelta ni media palabra, ¿no?
-Eso mismo. Anoche no tenía mi permiso para hablar. Ahora sí.
La verdad de esa lógica no parecía admitir objeciones en ese momento. Sin más que agregar por el momento, Jounouchi se enderezó, despejando el camino de salido para Yuugi. Éste llamó:
-¡La puerta!
Y he aquí que la puerta se abrió, cortesía del alumno que encabezaba el contingente reunido para entrar (porque tal era su salón de clases). El resto de los alumnos le abrió paso y Yuugi se tomó su tiempo para alejarse caminando a paso lento.
Una vez que desapareció doblando la esquina, Jounouchi se quitó del umbral de la puerta para permitir el flujo de estudiantes hacia el aula.
-Muy bien –se dijo en voz alta-. ¿En dónde anda Honda?
Fin del capítulo 7
GLOSARIO
-Faltoso (adj. coloq.): Derivado de la palabra "falta", se refiere coloquialmente a una persona irrespetuosa e insolente. Es decir, a alguien que falta el respeto.
-Ahuevar (verb. coloq. y vulg.): Derivado de la palabra "huevón", quiere decir ora dejar desconcertado o sorprendido, ora hacer que alguien se comporta de manera estúpida, errática.
-Pucha (Interj. coloq.): Una interjección coloquial.
