Hubo completo silencio en la habitación. Lovino suplicó que el moreno estuviera dormido en ese momento. No iba a tener esa suerte.

-¿Qué?

Antes de poder decir algo más, Antonio se apartó de él, sentándose en el colchón. El italiano pudo distinguir en la oscuridad una mirada entre triste y enfadada. Una mezcla de ambas emociones, y ninguna le gustaba al menor.

-N-no es fijo- Comenzó a explicar-, pero mi hermano me ha estado insistiendo mucho. Tiene miedo de la posibilidad de que España entre en la Guerra Mundial.

Antonio se llevó una mano a la frente y bajó la mirada a las sábanas.

-¿Y por eso os vais a ir?

-Sí, bueno... Aún no estamos seguros...

-¿Era esa la razón por la que estabas distante antes?- El tono de voz subió un poco, reflejando enfado. Volvió a ver directamente a los ojos del más joven, ya que, a pesar de la oscuridad de la sala, podía distinguirlos perfectamente.

-Sí.

-Eso quiere decir que me mentiste.

-Bueno...

-Está bien, Lovino. No importa. Hablaremos mañana. Ahora es tarde.

A pesar de pasar la noche abrazado a él, el gesto se sintió frío.


Despertó tarde, todavía pegado al español. Se giró sobre si, para encontrarse los ojos de mayor cerca de él, mirándole.

-¡Joder, Antonio! Menudo susto...

-Lo siento. No sabía que estabas despierto- Sonrió ligeramente- ¿Qué tal has dormido?

-Bien.

-¿Has pensado mejor en lo de ayer?

El italiano se enroscó en las sabanas y se cubrió la nariz con ellas.

-No. Sigo pensando que debería irme. Feliciano está realmente asustado con todo esto.

-Pues... está bien- Suspiró, aún con su típica mueca en el rostro, a pesar de estar obviamente forzada-. No voy a detenerte. Apenas llevamos tiempo como pareja, por lo que realmente sería egoísta de mi parte decirte lo que tendrías que hacer, ¿no crees? Si Feli quiere irse y tú estás de acuerdo, adelante. No me parece una buena decisión, ni estoy de acuerdo, pero no te lo voy a impedir.

En el fondo, el de ojos ambarinos se sintió algo molesto. Quizás una parte de él deseaba que Antonio se hubiera mostrado menos permisivo para darle así más razones y no abandonar el país.

-Ven conmigo- Soltó el menor sin pensarlo siquiera.

El español pestañeó un par de veces, perplejo ante aquella sinceridad repetina. Su expresión rápidamente cambió a una más decaída.

-No puedo hacer eso, Lovi. Toda mi familia está aquí, y mis amigos, y mi trabajo. Sabes tan bien como yo que abandonar mi puesto sería una falta grave a la patria y no se lo tomarían especialmente bien, y menos al saber que me fui porque un supuesto amigo se iba también-Agarró una mano del italiano y comenzó a acariciarla con el pulgar-. Iría contigo sin duda de no ser por tantos inconvenientes. Lo sabes.

-Ya-Vio hacia abajo-. Lo entiendo.

Realmente no sabía qué hacer.

-Siempre podemos tener una relación a distancia- Susurró Antonio, mas para él mismo que para su compañero.

-Supongo.

El moreno besó el cabello de Lovino, para luego dedicarle una mirada triste junto a una sonrisa desesperanzada.

-Aguantaremos esto.


No pasó mucho tiempo desde la confesión de Lovino. Tras hablarlo con el mayor, terminó por convencerse. Irían a Portugal.

El italiano bufó mientras metía en la maleta las pocas pertenencias que tenía. El resto había sido vendido para así ir al otro país sin demasiada carga. Quedaban dos días para la partida.

Como muchas otras noches, Antonio decidió pasarse por el bar y así pasar el rato con los hermanos. En el fondo tenía cierto rencor a Feliciano. Debido a su pánico y costumbre de huir de cualquier confrontación, el español iba a perder casi completamente el contacto con Lovino. En parte tampoco era culpa del menor de los Vargas, ya que no era consciente de la relación que mantenían, o al menos eso aparentaba.

-¿Cómo lleváis lo de la mudanza?- Preguntó Antonio mientras jugaba con el borde de su vaso con agua.

-¡Muy bien! Nos consiguieron un trabajo y todo, súper rápido, además de que allí vive un hombre el cual nos podrá enseñar portugués. No podrá ser muy diferente del español, ¿verdad?

El de ojos verdes rio un poco y revolvió el pelo marrón del chico.

-Lo que os espera.

-Toni. Siento mucho apartar a mi hermano de ti.

El español sonrió.

-Esa distancia no va a hacer que dejemos de hablar.

El mayor de los hermanos desvío su mirada, algo decaído. El moreno no supo cómo interpretar ese gesto.


Cerca de las diez Antonio se fue del establecimiento, algo deprimido porque Lovino no había podido acompañarlo debido a la mudanza. Algo en él le hacía pensar que sólo era una excusa, que el menor le estaba evitando. Estuvo todo el camino hacia su casa mirando hacia el suelo. No quería que su italiano se fuera, pero si eso era lo que quería, aguantaría perfectamente aunque fueran diez años o más lejos el uno del otro.

Entró en casa, chocándose contra algo que estaba justo frente a él. Ese algo lo abrazó con fuerza.

-¡Toño!

Sintiendo como su columna vertebral hacía ruidos que no debería hacer, el citado trató de vocalizar con el poco aire que entraba en sus pulmones.

-¿Fran...?

El tal "Fran" lo soltó, mostrándole una luminosa sonrisa. Tenía la misma altura que el español, el pelo rubio, ojos azules y barba de una semana, quizás dos.

-¿Cómo estás? ¿Todo bien? Tus cartas no me llegaron.

-¿Qué cartas?

El francés se apartó, visiblemente molesto, para luego morder un pañuelo de forma dramática. Antonio se preguntó seriamente de dónde acababa de sacar el pañuelo.

-¿¡Cómo puedes ser tan cruel con tu mejor amigo!? Al menos miénteme.

El español se rio.

-Está bien. No llegaron porque el sistema de correos está muy mal con la guerra y eso.

-¿¡Por qué me mientes!?- Se giró de forma exagerada- Nunca te di mi dirección.

Pasando ya un poco del auto invitado que tenía, el cual se había colado en su casa y no sabía cómo, el moreno pasó al salón.

-¿Dónde está tu mujercita?- preguntó el francés- Estoy taan triste por no poder haber ido a la boda...

-¿Gilbert no te lo contó? Lo dejamos.

-¡Antonio Fernández Carriedo! ¿Cómo te atreves a dejar a semejante monada? Te diría que nunca encontrarías a alguien como ella, pero como puedes conseguir a quien quieras, me lo ahorro.

-Como siempre tan amable con tus piropos. Si no te conociera pensaría que tienes una atracción extraña por mí. ¿No ibas a volver antes?

-Por supuesto, pero me tomaron por un espía francés. Mi persona, un espía.

-Eras espía.

-¡De eso hace mucho!- Sonrió de forma gatuna- ¿Puedo dormir aquí esta noche? Gilbert tiene mis llaves y no lo he encontrado.

-Sí, claro.


Lovino se acercó a la puerta y comenzó a golpearla con los nudillos, algo nervioso. Como habían hablado, iban a pasar su último día en España juntos. Esperó un par de minutos, dudando de si las ocho un domingo era algo pronto para ir a casa del mayor. Llamó cinco veces más. Alguien que Lovino no conocía le abrió la puerta.

-Oh. Hola~

Una mirada de confusión y repelús se dibujó en la cara del italiano. Ese tono de voz había sido bastante desagradable.

-¿Quién eres tú y qué haces en la casa de Antonio?

El francés puso pucheros.

-¡No me digas que no sabes quién soy! Aquí soy yo quien pregunta, ya que tu cara no me suena...

-No pienso contarle nada sobre mí a un tío como tú, gabacho.

Pasó al interior de la casa, colándose por el hueco que el rubio había dejado.

-¡Bastardo! ¡Baja ahora mismo!

-¿Qué, qué?- Preguntó el español asomándose por las escaleras que llevaban al piso superior- ¿Lovi? ¿Qué haces aquí a esta hora?- Bostezó ruidosamente- Dame un momento...

Volvió a meterse en su habitación, dejando a los otros dos solos de nuevo.

-¿Lovi? ¿Te llamas así? Es un nombre adorable ~

-Cierra la puta boca. Mi nombre es Lovino.

-Francis- Extendió su mano, ofreciendo un apretón de manos que nunca llegó-. Mejor amigo de Toño desde tiempos inmemoriales- Se rio-. Supongo que te habrá hablado de mí...

-Absolutamente nada, y quítate la idea de que eres el mejor amigo del bastardo ese. Llevas fuera mucho tiempo.

Sonrió también, desafiante. Se lo tenía merecido por mofarse del nombre con el que lo llamaba su Antonio. Ambos se vieron algo molestos, sin apartar la mirada. Por suerte para ellos, el español bajó justo después, con los botones de la camisa mal abrochados por las prisas.

-Ya estoy. Ah, Francis. No me acordaba de que estabas aquí- Esas palabras atravesaron el orgulloso corazón del francés como si fueran un puñal. Antonio se rio-. Este es...

-Sí, sí. Ya me lo ha dicho- Mordió su típico pañuelo-. Es el que me ha sustituido, lo sé.

-Oh- Se giró hacia Lovino-. Pensé que vendrías dentro de dos horas, no ahora. Fran, ¿podemos quedar otro día? Tengo planes...

El francés enarcó una ceja, molesto.

-Hace mucho que no nos vemos, cerca de medio año, ¿y pasas de mí así? ¿Qué clase de amigo eres?

-Lo siento...

Lovino escuchó como dramatizaba el francés con su pareja. Después de veinte minutos de exageración y lágrimas de cocodrilo, el rubio decidió marcharse tras prometerle el otro pasar el martes todo el día con él.

-¿Tienes pensado hacer algo hoy en especial?- Preguntó el moreno, agarrando suavemente la mano del más joven.

-No. Realmente no- Se sonrojó imaginándose qué podrían hacer-. ¿Y tú?

-Querría llevarte al cine. Hay uno en la ciudad cercana, y como has llegado pronto, podríamos ir.

-¿Enserio? Pero no tengo mucho dinero en estos momentos.

-¿Y qué? Tengo unos cuantos ahorros de la boda, así que puedo invitarte. Además, tampoco es que sea demasiado caro. Venga...

-Está bien- Sonrió un poco, mirando al suelo. Muy pocas veces había ido al cine, y el volver le hacía mucha ilusión en el fondo.

-Pues vamos entonces.

La película estuvo bien, o al menos para el español. Lovino no prestó demasiada atención a la pantalla. Estaba centrado en el hombre que estaba a su lado, con los ojos clavados en las imágenes que proyectaban en la sala. Se notaba que tampoco iba a menudo al cine. Sintió alegría al ver la ilusión que tenía Antonio. En ese momento se dio cuenta de que su historia había sido bonita, pero tan rápido había llegado como tan rápido se iría. Tenía muchas imperfecciones su plan de relación a distancia, llevaban poco tiempo juntos, por lo que cuando el español se aburriera de él, se acabaría. Así siempre había sido en su caso. Usado y tirado, sin más interés que aquel. Lo que más le dolía era la sensación que tenía de que Antonio no haría eso, pero también antes le había pasado con aquella mujer y bien que le había hecho daño.

-¿Qué te ha parecido?- Preguntó el mayor con los ojos centelleantes de emoción- Hacía mucho que no iba. Con la guerra civil era prácticamente imposible ir, y luego al estar prometido no me dejaba hacer nada porque era "gastar dinero tontamente". Me ha hecho mucha ilusión haber vuelto a ir, y contigo además.

-Ya.

-¿Volvemos a casa?

-Claro.

Antonio era despistado, pero no idiota. Sospechó en ese momento que algo le pasaba.


Lovino se dejó caer de forma ruidosa en el sofá, cansado. Dos horas y media caminando para llegar a casa del moreno. El español se sentó en el hueco que el otro había dejado. Apartó las piernas de Lovino y las puso sobre su regazo.

-Lovi. ¿Ocurre algo?- Comenzó a acariciar el pelo del de ojos ambarinos- Te noto como el día que me dijiste que te irías.

-Estoy bien. Simplemente son los nervios del momento.

Sabía que estaba mintiendo.

-¿Tienes trabajo allí?

-Sí. El contacto del bastardo de las patatas nos consiguió a mi hermano y a mí un puesto en una fábrica. La verdad es que fue realmente rápido.

-Me alegro- Sonrió-. Eso os facilita las cosas.

El menor se irguió y besó los labios del otro, el cual respondió al gesto.

-Tengo que irme a trabajar-Susurró contra la boca del ítalo, ya que había notado que el beso se había profundizado-. Vuelvo a las nueve.

-Pensé que hoy no tendrías trabajo.

-Muy pocos días tengo la jornada libre- Rio suavemente-, pero piensa que hemos aprovechado el tiempo.

-Está bien...- Infló las mejillas, visiblemente molesto- Como llegues un minuto tarde, me enfadaré mucho.

-Lo sé, lo sé. No hace falta que lo jures- Se río-. Hasta luego, cariño.

Esa palabra final consiguió estremecer completamente al menor.


No llegó hasta las nueve y cuarto. Nada más entrar en casa, el italiano apareció frente a él, con una mirada de molestia en sus ojos.

-A las nueve en punto, ya, claro.

-Lo siento...- Cerró la puerta- Sabes que no quería llegar tarde.

-Más te vale.

Cenaron tranquilamente, mientras el español narraba su jornada. Lo que se dice de tranquilo, ya que en todo el tiempo que Lovino había estado solo, no había dejado de pensar una y otra vez en lo mismo.

-Y entonces Gilbert hizo enfadar a mi superior y casi lo llevan a prisión por ello.

-Se lo tiene merecido por imbécil.

-¡Lovi! No seas tan cruel...

-Oh, vamos. Sabes que digo la verdad.

-Bueno... No te lo voy a negar- Comenzó a reír-. No le digas que he dicho eso.

-Tarde. Si mañana lo veo se lo pienso contar- Sonrió de forma socarrona-. Eso le dolerá mucho en su ego inflado de alemán.

-¡No le cuentes nada!

-¿Si se lo digo qué pasará?

-Me enfadaré.

-Uuuh- Movió ligeramente las mano en señal de burla-. Como si me fueras a hacer algo.

El moreno dejó el tenedor sobre la mesa y se cruzó de brazos.

-No me retes, o te castigaré.

Lovino soltó una pedorreta y siguió comiendo, pero poco tiempo tuvo antes de que el español le quitara el plato.

-¡Oye! ¡Eso ha sido muy infantil!

El de ojos verdes comenzó a reírse y cuando el menor trató de quitarle el plato de la mano, lo apartó, subiendo el brazo para que no consiguiera alcanzarlo.

-¡Antonio Fernández Carriedo! ¡Devuélvemelo!

El italiano comenzó a tirar del brazo del moreno, para después rendirse y bufar. Antonio decidió dejar el plato sobre la repisa para poder agarrar al menor y así cargarlo en brazos.

-¡Suéltame!- Comenzó a patalear con rabia, mas el español no lo soltó, sino que lo subió a la habitación mientras se reía- ¡Te he dicho que me sueltes!

-No. Te he dicho que te castigaría si seguías insistiendo, así que no fue por no avisar.

Ambos compartieron el lecho sabiendo que en mucho tiempo, más de lo que se esperaban, no volverían disfrutar de esa misma situación.

Antonio susurró el nombre de su pareja al oído del otro, consiguiendo que este aumentara la fuerza de su abrazo. Deseó con fuerza que esa noche no terminara nunca.

-Lovi, Lovi...- apoyó su cabeza en el hueco del cuello y hombro del menor-. Te quiero.

-Y yo a ti.

En toda la noche, el italiano no consiguió pegar ojo. Pensamientos como los que le habían asaltado en el cine volvieron. Finalmente, entró en pánico.

Se levantó de la cama, librándose del mayor y sus brazos, para buscar algo con lo que escribir y sobre el que escribir. Se vistió a correr y buscó cualquier cosa. Necesitaba irse de allí, terminar con todo. No quería que le hicieran daño después de sufrir mucho tiempo. Prefería sufrir en ese momento a uno alargado en el cual sólo conseguiría deprimir a ambos mucho más de lo necesario. Terminó por coger un libro y una pluma estilográfica que encontró en la habitación. Estaba pensando en qué le diría cuando se dio cuenta de que no sabía escribir en español. Dejó ambas cosas en la mesilla y se encogió sobre sí mismo, cubriendo su rostro con ambas manos.

-¿Lovi?- El mayor sonó dormido, como si se hubiera despertado en ese momento- ¿Pasa algo? ¿Qué hora es?

Vislumbró en la oscuridad al más joven sentado en el borde de la cama, mirándole. Un ligero brillo en su rostro le hizo darse cuenta de que estaba llorando.

-No, no, no. Cariño, ¿qué pasa?- Se levantó y lo abrazó con fuerza, tratando de consolarlo- ¿Por qué lloras?

Lovino permaneció en silencio, dejando que el calor del español le quemara la piel, que le hiciera sentir peor.

-Antonio. No podemos seguir juntos.

El moreno se apartó un poco del otro, para mirar fijamente las pocas facciones que podía distinguir en la penumbra del cuarto.

-¿Qué?

-Lo nuestro no va a funcionar.

-¿Por...? ¿Por qué lo dices?

-¿Has pensado en cómo vamos a hablar?

-Por cartas.

-No sé escribir en español y leer malamente, Antonio, y el correo está completamente vigilado.

Eso sorprendió al español. Pensaba que sí sabía escribir.

-Me compraré un teléfono entonces.

-Pinchan las llamadas.

-¿¡Y qué!? Podríamos hablar un poco por lo menos.

-¿Y qué nos diríamos si estamos en vigilancia continua?

Antonio se mordió el labio, furioso. Tenía razón.

-No estarán siempre vigilando… Puede que no podamos hablar tanto como queramos, pero iré a visitarte. Ludwig sabrá la dirección.

-¿Y cómo piensas venir teniendo tan poco tiempo libre? Portugal está lejos de aquí. No vives en Extremadura, o Galicia, o cualquiera de esas zonas pegadas al país.

El mayor se quedó en silencio unos segundos, con la cabeza mirando hacia el suelo.

-Algún día libraré.

-Antonio. Esto no va a ninguna parte. ¿Cuánto tiempo crees que vamos a estar fuera? ¿Meses? Claro que no. Estoy seguro de que estaremos mucho más fuera, y te aburrirás de esperar a alguien que no sabrás cómo está ni cuándo volverá.

-Yo te esperaría el tiempo que hiciera falta- Dijo con las manos del menor agarradas fuertemente.

-Llevamos juntos dos meses y quieres desperdiciar el tiempo conmigo, con un estúpido italiano egoísta.

-No digas eso. Cada segundo a tu lado no es un desperdicio, sino una razón para seguir en pie- Su tono de voz era agresivo pero a la vez derrochaba dolor en cada palabra-. No vuelvas a decir que no vales nada.

-Si lo valiera confiaría en ti, pero no lo hago. Sé que te aburrirás de esperarme y buscarás a cualquier otra persona, quizás así conseguirías formar la familia que tanto ansías.

-Me duele que no confíes en mí-Dejó escapar una lágrima y miró hacia el otro-. Sólo te pido que me des una oportunidad, que aguantemos. No he sentido nunca algo así por nadie más.

-Lo siento, pero no puedo.-Soltó las manos del mayor- Busca a alguien que pueda remplazarme. No creo que te resulte demasiado complicado. Puedes conseguir a cualquiera. Que te vaya bien, Antonio- Se apartó, cogió su cazadora y se fue.

El español permaneció en silencio, sentado en el mismo sitio donde hacía un poco habían discutido. Con toda la fuerza y rabia acumuladas que tenía en ese momento, arrojó la lámpara de su mesilla al suelo. Quería perseguirlo, mas sus piernas no se lo permitieron. Algo en él le decía que no valdría la pena intentarlo siquiera.


Lovino arrojó su cazadora sobre la silla más cercana que encontró en su casa. Cruzó miradas con su hermano, el cual había asomado por la puerta de su cuarto al escuchar tanto ruido, mas el mayor ni se molestó en dirigirle la palabra. Fue a su habitación y se encerró allí, pensando en todo lo ocurrido y si realmente había hecho bien con toda aquella escena.

Unos leves golpes en la puerta le hicieron salir de su ensimismamiento.

-Ve… Fratello… ¿Puedo pasar?

-¡Ahora no!- Lágrimas se resistían a salir de sus ojos. Nunca había llorado por una relación, y no iba a empezar por un hombre, y menos siendo él mismo el culpable.

Haciendo caso omiso, el menor entró en la habitación, viendo a su hermano encogido en el colchón.

-Pensé que no volverías hasta la hora de comer. ¿Qué ha pasado? Ve… ¿Ha sido la chica con la que habías quedado de noche?

-No hay ninguna chica, Feliciano- Se encogió un poco más-. Sabes perfectamente con quién me he estado viendo.

-Era un poco obvio- Sonrió ligeramente- Ve… ¿Pero qué ha hecho Antonio?

El silencio de Lovino valió más que mil palabras. El menor de los Vargas abrazó a su hermano, consiguiendo que al final sí terminara por descargar su frustración en el llanto.

...o...o...o...

Bien, bien... No me odiés demasiado. Llevo queriendo publicar este capítulo tres días, y siempre estaba ocupada o no me daba cuenta. Así es mi memoria. Mis sinceras disculpas.

Por otro lado, he de advertir con antelación, no vaya a ser, que el próximo capítulo será centrado en Antonio, en su pasado y presente, básicamente, así que no será como un recordatorio de lo ocurrido y del pasado de este, además de tener una parte añadida al final, que sería la continuación de este capítulo.

He de terminar comentando que esta historia no es que tenga demasiadas visitas, pero igualmente muchas gracias a todos los que estáis leyendo. A veces se me quitan las ganas de seguirla, pero pensar en la gente que la sigue fielmente me motiva a terminarla. Lo dicho, que si tardo en publicar, no es porque la haya dejado, ¿eh?

¡Hasta la próxima!