Se despertó en medio de la noche sintiendo una pequeña quemazón en el cuello. También sentía un brazo detrás de su cabeza a modo de almohada. Abrió los ojos pesadamente con lentitud y miró al cuerpo dormido de su lado. Sabía que era él, pero aun así subió la mirada para poder contemplarle.
Sus cabellos plateados esparcidos por encima del futón contrastaban con los suyos de color azabache. Su flequillo estaba despeinado, y detrás de él, sus características orejas de perro totalmente gachas. Podía notar como su cuerpo musculado pegado al suyo estaba totalmente relajado.
Se pasó varios minutos observándole el rostro. Los ojos cerrados, su respiración tranquila y compensada que pasaba por sus labios entre abiertos, haciendo un sonido ligeramente agradable para sus oídos.
Luego, bajó la mirada y puedo ver gracias a las ascuas de la pequeña fogata sus dos cuerpos totalmente desnudos.
Se sonrojó en la oscuridad mientras toda una ola de recuerdos de esa misma noche pasaban por su mente sin control haciendo que su corazón comenzara a latir con rapidez y fuerza.
Sintió de nuevo esa quemazón en el cuello he instintivamente se llevó la mano hasta ese punto con delicadeza de no despertar al Hanyou que dormía a su lado. Tocó con la yema de sus dedos encima de esa marca con cautela, sintiendo esos dos pequeñitos orificios que Inuyasha le había hecho con sus colmillos sin preocuparse. Le podía parecer siniestro e incluso terrorífico, sin embargo ella se sentía realmente feliz, no porque supiera que ese dolor no llevara nada malo si no más solo el olor de su marido, sino porque esa marca, la marcaba como hembra del hombre del cual estaba enamorada.
Deslizó su mano y se abrazó con fuerza a Inuyasha, colocándose de lado y apoyando su cabeza en el pecho de él.
Podría ser un borde, déspota, bobalicón, infantil etc, sin embargo ella sabía con certeza que en realidad, en el fondo no era así. Kagome había sido la única mujer que había conseguido entrar en su corazón después de su madre, y después que Kikyo. Pero aun así estaba realmente feliz de estar con una persona como él, porque ¿qué semi demonio habría utilizado la esfera de los cuatro espíritus para convertirse en un humano por amor, sabiendo que aquella mujer no era su hembra? Ninguno.
El movimiento de la chica hizo que Inuyasha reaccionara y la abrazara con fuerza hacia él aun estando dormido.
Ya había pasado una semana tras la boda y ya casi no notaba molestia alguna en la marca. Todo era perfecto para ellos, como si se encontraran en un cuento de hadas feudal. Solo ellos dos. Tras aquella primera noche todo había sido diferente para ambos. Se lanzaban miradas que hablaban por sí solas y con un significado que ellos solo sabían, no les hacía falta hablar para entenderse. Kagome le agradeció a Sango el reglado de bodas al día siguiente, que sin ninguna duda de que había sido el mejor de todos. Ella solo le sonrió como respuesta y Kagome no pudo evitar sonrojarse.
También habló con Kaede y le explicó la maravillosa experiencia que había tenido con Inuyasha, y que al fin se había convertido de una vez por todas en su "hembra" enseñándole las pequeñas marcas de su cuello.
Todas las noches hacían el amor, disfrutando el uno del otro, amándose como siempre habían deseado. Incluso cuando discutían sus reconciliacionesno eran diferentes a lo que pasaba todas las noches en el interior de su cabaña.
Una noche mientras cenaban todos alrededor de la fogata, el pequeño Shippo notó en ella algo extraño en ella, como si el olor natural de la chica estuviera muymezclado con el del Hanyou.
-Kagome, ¿por qué hueles tanto ah Inuyasha? -Le había preguntado el Kitsune totalmente inocente delante de todos mirándola con cara de interrogación.
Como era de esperar todos los presentes -Sango, Miroku, Kaede,- menos Rin, ya sabían lo que había pasado entre ellos, aparte de que ya se habían figado en la marca del cuello de Kagome con disimulo. Los presentes no pudieron evitar soltar unas risitas silenciosas por la pregunta.
Shippo y Rin se miraron sin entender.
La muchacha clavó su mirada de inmediato en el pescado asado que tenía en sus manos totalmente avergonzada.
-Porque es mi hembra. -Respondió sin más el Hanyou comiendo con tranquilidad su pescado haciendo caso omiso a las miradas.
En ese momento Kagome deseó con todas sus fuerzas que la tierra la tragara. ¿Pero cómo podía haber dicho eso delante de todos?
El pequeño Kitsune miró a Inuyasha con el ceño zurcido con cara de concentrado, haciendo que este le mirara y suspirara.
-Tiene un olor diferente –comenzó explicar el medio demonio mientras comía otro bocado- porque la marqué el otro día cuando-
-¡SIENTATE!
La cara de Inuyasha impactó con fuerza en el suelo dejándole a mitad de frase, haciendo que los presentes no pudieran evitar reírse a carcajadas ante las atentas miradas sorprendidas del zorrito y Rin.
El sol estaba ya casi escondido detrás de las montañas, haciendo que el cabello del medio demonio tuviera un matiz igual que el del cielo. Había hecho un día precioso sin ninguna nube en el cielo y con una brisa muy agradable. Kagome y la anciana Kaede se encontraban recogiendo unas yerbas medicinales, las ultimas antes de irse a casa.
Inuyasha la observaba en silencio subido en una de las ramas más altas del árbol donde iba cunado quería estar tranquilo. Estaba ansioso. Mucho. Y ya se estaba comenzando a impacientar.
Cuando la joven se puso en pie con su cesto lleno de hierbas, comenzó a charlar muy animadamente con la anciana. Cosa que hizo que el Hanyou perdiera la poca paciencia que le quedaba. Sin embargo, la siguió observando en silencio. Su cabello negro rebelde que ahora estaba recogido tal y como las sacerdotisas lo llevaban, sus mirada tierna y animada, su voz… Y sobre todo su olor.
Se dirigió con Kaede en dirección a sus cabañas mientras charlaban cómodamente. La anciana se había convertido en una especie de "abuela savia" para ella, siempre le resolvía sus dudas y siempre estaba dispuesta a ayudarla. Mientras que Kaede hablaba, la mente de la muchacha estaba totalmente distraída, solo pensaba en ya estaba oscureciendo y que por fin estaría con Inuyasha.
-Hasta mañana. -Se despidió la anciana.
La joven estaba tan sumergida en sus pensamientos que ni si quiera atisbó cuando llegaron a la cabaña de la anciana. Le devolvió la despedida un poco distraída y aún con la mente puesta en otro lugar se dirigió hacia su casita.
-¿Inuyasha? –Preguntó a la nada sin obtener respuesta cuando entró en la casa colocado con cuidado el cesto de las hierbas medicinales en el suelo.
-Vamos. -Dijo el chico con voz seria en el lumbral de la puerta.
La muchacha giró su cabeza mirando a dónde provenía el sonido totalmente sonriente sabiendo de quien era esa familiar voz.
-Venga vamos Kagome. –Volvió a repetir él.
-¿He? ¿A dónde? -Preguntó poniéndose en pie y acercándose a él -Ni siquiera hemos cenado.
-No hagas tantas preguntas y sube. -Exigió mientras se ponía de espaldas a ella y agachándose para que pudiera subir a su espalda.
Kagome arrugó la frente.
-Es una sorpresa... -Explicó mirándola de reojo –Y coge tu arco también. –Añadió.
¿Una… sorpresa?
¿Una sorpresa? Inuyasha nunca le había dado una sorpresa preparada por él. Había tenido detalles, como cuidarla a su manera cuando enfermaba o como en muchas ocasiones, arriesgar su vida por ella. Lo que le extrañó era que tuviera que el arco, pero no potestó.
Permaneció en silencio, y pasados unos segundos caminó hasta su arco recostado sobre la pared, el cual había cambiado por uno de más longitud. Este era más sofisticado y casi tan grande como ella y a continuación se posicionó el carcaj lleno de flechas por el hombro. Se acercó a su espalda y se subió en él con gracia y con costumbre.
Inuyasha salió con velocidad de la casita, saltando con agilidad y con rapidez alegándose de la aldea, dejándola a sus espaldas. Kagome se acurrucó en él, cerrando los ojos y dejando su melena larga al viento mientras se abandonaba. La chica se moría de curiosidad. Sonrió en silencio contra la ancha espalda del Hanyou mientras este saltaba a gran altura de un lado para él otro, intentado llegar lo más antes posible, antes de que el sol diera paso por completo a la noche.
Se había pasado toda la mañana preparando todo y dejándolo todo listo para la ocasión. En realidad, dentro de él sentía cierta vergüenza, pues el orgullo de Youkai que llevaba en la sangre no le permitía mostrar afecto hacia otras personas, sin embargo al ser un medio demonio, esas emociones que solo tenían los humanos las tenía dentro, pero no fue hasta que conoció a esa muchacha que cargaba en la espalda que no las dejó salir, pues no confiaba en nadie y no mostraba ni amabilidad ni cariño por nadie.
Y hoy, era perfecto para demostrar esas emociones.
Inuyasha miró al cielo y zurció el ceño al ver que el sol ya estaba casi escondido. Aceleró el paso y saltó con más energía y rapidez. Debía darse prisa porque si se cruzaban con algún demonio se encontrarían en peligro.
La chica sintió como los pies del Hanyou paraban en seco de repente.
-Cierra los ojos. –Le dijo mientras la bajaba de su espalda sin saber que ya los tenía cerrados.
Kagome sonrió sin poder evitarlo e izo caso al chico manteniendo sus ojos cerrados.
Inuyasha se colocó tras ella cogiéndola de la cintura mientras que con el otro brazo le tapaba el rostro con la manga de su hitoe para asegurarse de que no viera nada y comenzó a andar hacia la entrada de la cueva mientras agudizaba todo lo posible sus oídos, pues estaba perdiendo sus sentidos de Hanyou.
Pero no, no detectaba ningún oído ni ningún olor extraño. La cueva estaba totalmente despejada.
El silencio hacía que sus pisadas por la tierra de pequeñas piedras se escucharan y que la chica se tropezara sin poder evitarlo.
-Ten cuidado tonta.
La estrechó contra él pegando más su pecho contra su espalda para evitar que tropezara de nuevo y la chica no pudo evitar estremecerse al sentirle tan cerca.
-Espérate aquí, no te muevas. -Digo mientras le daba la vuelta a la muchacha para que quedara de espaldas a él. –Mantén los ojos cerrados.
La chica permaneció en silencio. No corría el aire, y por lo que veía a través de sus parpados cerrados sabía que estaban en un lugar bastante oscuro.
El chico encendió con rapidez la fogata que había preparado esa misma mañana mirando por el rabillo del ojo a su mujer, vigilando que no se girara.
-¿Estas encendiendo fuego? -Preguntó la muchacha al sentir el chasquido de las dos piedras chocando entre sí.
Giró la cabeza en dirección de la chica de inmediato, preocupado por si se había atrevido a mirar, sin embargo seguía girada.
Suspiro de alivio.
-No abras los ojos he. –Le advirtió un poco molesto. Estaba perdiendo sus cualidades de Hanyou, y quisiera o no… eso le frustraba.
Kagome soltó una risita que poco duró cuando los brazos de su marido le envolvieron la cintura. Le apartó el cabello negro del cuello y se acercó a su oído.
-Ya puedes darte la vuelta. -Le susurró dándole un beso debajo del lóbulo haciendo que la piel blanca de la chica se erizara y suspirara.
Y contra toda su voluntad se dio la vuelta con Inuyasha aún abrazado a ella abriendo los ojos con lentitud.
Sé tapó la boca con las manos a causa del asombro, eh Inuyasha sonrió para sí mismo.
Estaban en una cueva, -como ya había imaginado ella- ni muy grande ni muy pequeña, con las paredes de piedra de color grisáceas, con unos pequeños agujeros en todo lo alto dejando pasar los últimos segundos de luz del día acompañados de la pequeña fogata que había encendido hace un momento, y al lado, una pequeña piscina de aguas termales de donde salía vapor a causa de la temperatura, con unas grandes rocas en medio. El agua estaba tan tranquila y silenciosa que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba allí.
Mientras esperaba a que Kagome reaccionara, sintió una ola dentro de su cuerpo, como si cada latido de su corazón bombeara con muchísima fuerza.
Sabía lo que le estaba pasando, pero aun así permaneció inmóvil.
Sus colmillos desaparecieron al igual que sus garras, que poco a poco, dieron paso a unas uñas cortas y delicadas. Su orejas de perro desaparecieron para convertirse en orejas de humano, y su cabello, pasó de un tono color plata, a pasar a un color gris oscuro hasta convertirse en un color negro azabache.
Entonces, Kagome, giró sobre su cuerpo para poder mirar a Inuyasha. Permaneció en silencio cuando sus ojos cafés se encontraron con los oscuros de él.
¿Hoy hay luna nueva? Pensó ella confundida mientras miraba esos ojos.
-¿Por eso querías que cogiera mi arco?
El Hanyou permaneció en silencio.
-Mientras esté contigo no me pasará nada Inuyasha.
Se aceró a él y le besó con delicadeza.
No le hacía falta preguntarle si en realidad había estado con Myoga esta mañana, pues ya se imaginaba que había estado en la cueva preparando todo.
Él sabía cuánto le gustaba a la chica bañarse tranquila en agua caliente y cuando por casualidad encontró las aguas termales no dudó en darle la pequeña sorpresa. Sin embargo, por su orgullo, decidió esperarse hasta esta noche para que todo fuera más… humano.
-Muchas gracias Inuyasha, me gusta mucho. –Le dijo ella ligeramente sonrojada.
Él le apartó la mirada con nerviosismo.
-Mujer… no-no me las des… -Le susurró.
Ella en respuesta sonrió con ganas.
-Yo te esperaré sentado ahí. –le anunció Inuyasha separándose de ella mientras le cogía el arco y el carcaj del hombro para dirigirse a la pared de roca –Pero si quieres, puedo… esperar fuera hasta que termines.
La expresión de la chica paso a estar entristecida. Le siguió hasta quedar de nuevo en frente de él.
-Prefiero… -comenzó a decirle con timidez –que… bueno, que nos bañemos… juntos. –Agachó la mirada con el corazón latiendo con fuerza.
Él no contestó, cosa que hizo que Kagome le mirara y se alejara de él hasta las pequeñas rocas al lado del agua para comenzar a desvestirse. No iba a insistirle. Sabía que estando en su forma humana estaba más alerta que nunca, y no iba a reprochárselo.
Inuyasha seguía ahí de pie, observando como la chica se desnudaba delante de él con inocencia sin mirarle. Primero se desató la cinta que sujetaba su cabello, dejándolo caer sobre sus hombros ante la atenta mirada oscura del chico. Luego, desató su hakama de color rojo, callendo al suelo dejando sus piernas finas al descubierto para a continuación, desabrochar su camisa blanca y arrastrarla por sus hombros.
Los ojos del chico oscurecieron más aun cuando la muchacha se agachó totalmente desnuda para recoger sus ropas y dejarlas apartadas del agua.
Kagome le sonrió tímidamente.
Él solo pudo gruñir por lo bajo.
La había visto muchas veces desnuda antes de hacerla su hembra, sin embargo, ella reaccionaba tapándose corriendo llena de vergüenza, sin embargo ahora estaba ahí, en frente de él totalmente desnuda, metiéndose dentro de la caliente agua cristalina.
Volvió a gruñir. Sus emociones humanas le estaban traicionando para mantener su seguridad y la de la chica… pero quería estar con ella y olvidarse de todo. Sin esperar un segundo más comenzó a desnudarse, dejando las ropas al lado de las de la chica, y colocando su espada todo lo cerca posible del agua para tenerla más cerca por si pasaba algo aunque no sirviera de nada.
La chica volteó para ver como su marido se acercaba silencioso totalmente desnudo, haciendo que se sonrojara notoriamente.
Se acercó a ella con sigilo, haciendo que solo se escuchara el ruido del agua movida por sus pasos en la cueva. Se colocó en frente de la chica quedando a escasos centímetros de su rostro.
-¿Por qué te has quedado tan callada? –Le susurró colocando su mano ahora sin garras en su nuca para poder besar sus labios.
Kagome jadeó cuando notó que los labios del Hanyou comenzaban a deslizarse por su mandíbula hasta llegar a su oreja.
-Siempre te protegeré... –Le volvió a susurrar provocándole un escalofrío.
Se besaron de nuevo, y sin separar sus labios, Inuyasha la llevó con él hasta la roca que estaba posicionada en el centro del agua. Se sentó recostado en ella, colocando a Kagome en su regazo, haciendo que su miembro rozara su entrada.
El ahora humano suspiró contra sus labios.
Las aguas no eran profundas, ya que el agua les cubría hasta el pecho.
Siguieron besándose sin separarse.
Inuyasha subió su mano por la cintura de la chica llegando a su pecho, y comenzó a acariciarlo, pellizcando el rosado botón rosa del centro, provocando que se endureciera sin poder evitarlo.
La chica gimió contra su boca.
No tengo garras, Pensó Inuyasha cruzándosele una idea por la mente.
Quería aprovechar que ahora estaba en su forma humana para poder hacerle todo lo que no podía cuando era Hanyou…
Con la otra mano, comenzó a descender por entre sus cuerpos llegando hasta su punto más sensible, comenzando a acariciarlo lentamente en forma circular.
La chica pegó un grito de placer contra su boca al sentir la mano del chico en ese sitio, sin poder evitar temblar bajo su mano.
El joven se separó de sus labios, mirando atentamente la expresión de puro placer de su mujer, de su hembra mientras seguía masajeando.
Kagome, totalmente avergonzada por como Inuyasha la miraba, agachó la mirada mientras cerraba con fuerza los ojos.
-No. Quiero que me mires a los ojos. -Ordenó el chico con voz ronca.
La chica subió cautelosa la mirada, avergonzada, hasta que al fin sus miradas se encontraron de nuevo.
Inuyasha masajeó con más rapidez, provocando que un chillido ahogado saliera de la garganta de la chica y que sus ojos se cerraran de nuevo por el placer.
-Mírame. -Ordeno de nuevo.
La chica abrió como pudo los ojos encontrándose con los de él. No podía más. Sentía como una corriente eléctrica comenzaba a recorrer su cuerpo sin control, quemando sus venas por dentro.
Agarró con fuerza el cabello negro de su marido y se dejó llevar por el placer mirándole a los ojos, haciendo un esfuerzo por no cerrarlos.
-¡Inuyasha! -Gritó desgarrándose la garganta mientras que él seguía masajeando su pequeño botón ahora más calmadamente para que disfrutara del momento...
Kagome cayó rendida entre sus brazos, respirando con dificultad y pestañeando con fuerza.
Inuyasha la acunó entre sus brazos con ternura, esperando a que recuperara el aliento.
Sonrió para sí mismo de pura satisfacción. No le gustaban las noches de luna nueva, pues se sentía desprotegido, sin embargo… esta le estaba gustando.
-¿Estas bien?
-Sí. -Respondió Kagome intentando aun recuperar el aliento.
El chico puso de nuevo sus manos en sus pequeñas caderas para ayudarla a descender por él lentamente, mientras que ella, se ayudaba a mantener el equilibrio con sus brazos alrededor del cuello del medio-demonio.
Ambos gimieron de placer.
Después de estar varios segundos sin moverse, Kagome comenzó su caderas de delante hacia atrás con lentitud, haciendo que Inuyasha cerrara los ojos con fuerza, reprimiendo un gemido de puro placer.
El chico estaba totalmente convencido que él no se merecía esto. Este tipo de placer por haber sido un monstruo en el pasado. Y menos, tener a esa chica a su lado. En cierto modo se sentía culpable porque no entendía cómo Kagome lo había dejado todo por él, su casa, su época, su familia, sus amigos… Todo por él… Todo por amor. Por permanecer juntos.
Siempre pensó que después de que Kikyo falleciera acabaría solo, corrompido por la ambición de ser más poderoso, por ser un Youkai completo. Pero apareció ella, la persona que estaba atada a él en un pequeño hilo rojo…
El chico clavó sus uñas en su piel.
Sentía que la amaba con toda su alma, con toda su vida, pero se sentía vacío por no decirle lo que sentía por ella aunque se lo demostrara. Quería decírselo, susurrárselo.
Se acercó de nuevo a su rostro, besando sus labios mientras suspiraba. Sabía que sus emociones estaban saliendo fuera, y no le importaba.
Cuando sintió a su hembra estrecharse contra él, se separó de sus labios para encontrarse con su mirada.
Kagome tenía los ojos cerrados mientras gemía.
Sin esperar mucho, Inuyasha subió su mano hasta el rostro de ella, acunándolo con delicadeza, haciendo que ella abriera los parpados.
-Te amo Kagome. –Le susurró cerca de su rostro mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar haciendo que la muchacha comenzara a llorar de felicidad.
-Yo también Inuyasha…
Kagome comenzó a mover sus caderas de forma más rápida, en un vaivén rápido.
-Si... -Gimió el Hanyou colocando su rostro en el hueco del cuello de la muchacha mientras que con la mano que tenía en su nuca la estrechaba con él.
Ninguno de los dos había vivido experiencia igual. Se querían como nunca lo habían hecho. Habían nacido para conocerse, desafiando al día ya la noche, desafiando al miedo, desafiando al tiempo...
Inuyasha gimió de nuevo, anunciándole que ya llegaba su momento. Kagome echó su cabeza hacia un lado, dejando al descubierto su cuello -como de costumbre- mientras ella también se abandonaba al placer.
Ambos gimieron ante el éxtasis.
Sin embargo, esta vez el chico no la mordió. Simplemente se dedicó a darle tiernos besos ahí donde le había su primera "marca" mientras se derramaba en su interior.
Eran dos personas haciendo el amor para demostrarse lo mucho que se amaban. Dos humanos amándose…
Permanecieron de nuevo en silencio en el agua, recostados en la roca. Ni siquiera habían cenado, no les habían anunciado a sus amigos que se marchaban y quizás mañana por la mañana se preocuparían al ver que no estaban, pero no les importaba, estaban juntos. Solo eso les importaba. Nada más.
Inuyasha cerró los ojos relajándose aún dentro de ella. Sin ninguna duda este había sido el mejor baño de toda su vida, al igual que el de ella, y que seguramente no sería el último que tendrían...
-Te amo… mi pequeña y frágil humana. -Le volvió a susurrar el ahora humano.
