TITULO: El Fin Absoluto del Mundo.

AUTORA: clumsykitty.

GENERO: Pos yaoi, que otra.

PAREJAS: Puf, muchas.

SERIE: Yu-Gi-Oh.

DISCLAIMERS: Que cosas no, los personajes de YGO no son míos.

WARNINGS: Que conste, difícil el asunto, si no gusta no lean, pues. Que raro que estén leyendo esto si ya saben que encontrarán por aquí.

SUMMARY: Cuando la esperanza muere al último y el amor se marchita, el fin de todo se avecina. ¿Quién puede detener la catástrofe?

NOTA CLUMSY: Para la pequeña Goth que hace de las suyas también. Para Arashi que me ha dejado conocer una triste historia de amor verdadero.

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El que ama, se ama, el que aborrece, se aborrece: el odio a quien primero lastima es al corazón del que lo nutre.
Mariano Aguiló

El odio no se quita con el tormento, ni se expía por el martirio, ni se borra con sangre derramada.
San Isidoro

A menudo el odio se disfraza con una careta sonriente y la lengua se expresa en tono amistoso, mientras el corazón está lleno de hiel.
Solón

El amor se parece siempre al odio y el odio al amor.
Stefan Zweig

CAPITULO VI. MONSTRUOS.

La pila de cartas de póker sobre el escritorio estaba casi completa. Con un movimiento seguro y preciso, Meiran terminó de colocar la última de ellas en la punta.

-¡Soy la reina del mundo! –gritó con los brazos abiertos.

-Detective, tiene una llamada –le interrumpió su nuevo asistente.

-Oh, que carambas, enseguida atiendo.

La detective caminó con rapidez desde su escritorio hasta la barra donde se encontraba el teléfono para tomar con desgano el auricular.

-Pei, aquí –respondió.

-Meiran, ¿Cuántas veces te he dicho que no te pagaré horas extras si no eres requerida?

-También lo extraño jefe.

-Es en serio, nada ganas con quedarte tan noche. Meiran, por favor, deja eso ya o te mandaré de nuevo con Kazuo.

-Loqueros y más loqueros, no gracias. Sépase que estoy esperando que me envíen unos archivos de…

-Meiran, tienes cinco minutos para irte a tu casa.

-¡Oigame! ¿Ha escuchado de la palabra comprensión?

-Meiran…

-No le estoy pidiendo que me pague, jefe. Sólo déjeme hacer esto.

-Cinco minutos Pei Meiran, o te suspendo por tiempo indefinido.

La joven no pudo ya replicar, pues la llamada terminó. Con un suspiro melancólico, colgó el teléfono y regresó a su gris escritorio dando un manotazo a su pila de cartas que se desparramaron por todo el suelo, llamando la atención del joven ayudante.

-¿Qué sucede, detective?

-El mundo es injusto y reparte injustamente su injusticia.

-¿Uh?

-Recoge este tiradero, tráeme un café sin azúcar para llevar y ve si ya llegaron mis archivos de Moscú.

-Pero…

-AHORA.

-¿Grande o extragrande?

-Mmm, grande esta vez.

-Enseguida, detective.

-Gracias, peque.

Meiran se dejó caer en su silla giratoria con expresión derrotada. Sus ojos examinaron toda la sala vacía, donde solo quedaban su asistente y aprendiz y ella misma. Las luces multicolores de las afueras llegaban a través de los enormes ventanales de la estación de policía, que ahora estaba callada, salvo por el sonido apenas perceptible del televisor en una esquina.

-Tan solo una oportunidad –musitó con voz quebrada- Una oportunidad…

Recostándose sobre el escritorio, tiró el control remoto del televisor, subiendo el volumen accidentalmente; a lo que no prestó atención.

-"… vean esta panorámica, toda la ribera está teñida de rojo, como si fuera un río de sangre. Esta coloración está alcanzando el delta y en cuestión de horas tendremos toda la costa del mismo color. Quizá lo más preocupante es que la flora y fauna acuática ya ha perecido en ella, como podemos observar los cuerpos flotantes que llenan sus aguas. Realmente es una tragedia que…."

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-¿Señorito Mokuba?

-Cinco minutos…

-Ya han pasado, amito.

-Otros más…

-El joven amo le llama.

-Dile que estoy bañándome.

-Quiere que escuche al médico.

-¿QUÉ?

Mokuba se levantó como de rayo ante las últimas palabras del mayordomo, zafándose de sus enredadas cobijas para salir disparado hacia la recámara de su hermano. Un médico guardaba sus utensilios cuando el entró asustado. Su hermano yacía en la cama, pálido y ojeroso.

-¿Ni sama?

-Tu hermano está descansando en este momento, dejémoslo solo.

El doctor hizo salir al pelinegro con él, cerrando con discreción las puertas. Mokuba gimió preocupado pero el galeno le sonrió, con una mano en su hombro.

-No te asustes, esto solo es una pequeña descompensación de su cuerpo. Ha estado trabajando mucho y durmiendo casi nada, lo mismo que comer. Unos días de reposo le sentarán de maravilla.

-¿Qué le sucedió?

-Nada, no te preocupes ya. Solo te pido que vigiles que realmente descanse por lo menos esta semana. Nada de ir al trabajo ni la escuela.

-Está bien.

-¿Puedes pedirle su desayuno? Despertará en unos momentos.

-Sí, gracias por venir.

-De nada, Mokuba. Anda, haz lo que te digo.

El chico obedeció, bajando rápidamente las escaleras en dirección de la cocina. Una vez que el médico le perdió de vista, se giró hacia el mayordomo. Su expresión cambio por completo, haciéndose seria.

-¿Estos terrores nocturnos llevan tiempo?

-A decir verdad, no tienen mucho –observó Johannes- El único día en que el joven amo no los padeció fue cuando tuvieron la visita de esos raros amigos del señorito Mokuba.

-¿Se ha asegurado de que toma lo que le había recetado?

El mayordomo asintió.

-Al principio parecieron funcionar, pero fueron perdiendo efecto como esta noche, que diría fue la peor.

-Concuerdo con eso. Hagan todo lo posible porque Mokuba no note las heridas ni los medicamentos. Llevaré personalmente la muestra de sangre a los laboratorios.

-¿Qué sucede, doctor?

-Ignoro, jamás había visto un caso igual. Es como si Seto estuviera destrozándose por dentro… no lo sé…

La conversación se vio interrumpida con el regreso apresurado del adolescente. Tanto el mayordomo como el médico se volvieron a él, con una serenidad fingida.

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Todo el centro de videojuegos estaba abarrotado por donde quiera que se le mirara. El nuevo hit de los torneos de Duelos de Monstruos había hecho renacer el furor por éstos y todos estaban más que ansiosos por ver nuevos contendientes y nuevas cartas. El murmullo de la gente llenaba el ambiente del lugar, como un zumbido homogéneo acompañado de ocasionales gritos y risas de triunfo.

Joey se levantó sobre sus puntas para buscar algún lugar donde pudiera tomar asiento y descansar luego de estar paseándose para echar un vistazo a las nuevas normas y discos de duelo. Su búsqueda resultó infructuosa y mejor optó por salir del lugar antes de que de nuevo se viera rodeado de fans que le ubicaban como jugador profesional. Su suerte parecía no favorecerle cuando unos estudiantes de primaria le reconocieron, llamándolo para pedirle su autógrafo. El rubio aceleró su paso, cansado de repetir su historia una y otra vez. Miró de reojo a sus persecutores al tiempo de estiraba una mano para empujar las puertas giratorias, sin darse cuenta de que tropezaría con una chica que entraba.

-¡Auch!

La joven yacía en el suelo, sobándose su cadera. Su vista se levantó iracunda contra el culpable de su caída.

-¡Fíjate por donde caminas, imbécil!

-Lo siento… yo…. –Joey trató de disculparse, tendiéndole una mano.

-Joey Wheeler…

El tono ponzoñoso de la chica al pronunciar su nombre hizo detenerse al rubio.

-Esto…

-Sólo un perro idiota como tú lastima y sigue lastimando.

-¿Qué? Discúlpame, pero eso no…

-Los perros no pueden tener a dragones como dueños.

Joey parpadeó aún más confundido mientras la chica pelirroja se ponía de pie, clavando su sangrienta mirada en él. El grupito de niños les alcanzó pero fueron atemorizados por los ojos rencorosos de Kaho, que los ahuyentó. Apretando su mandíbula, se acercó al rubio.

-Te reto a un duelo, Joey Wheeler.

Éste resopló con ironía.

-No te comprendo. Mira, ya me disculpé por lo que pasó, pero eso de venir a insultarme…

-¿Tienes miedo de una chica?

-¡Claro que no! Pero no le veo el caso.

-Yo sí. Te haré pagar por lo que le hiciste a Seto.

La expresión del rubio se transformó a estupefacción completa, abriendo sus ojos como platos sin saber que decir por unos segundos. Sacudiendo su cabeza, se plantó con firmeza frente a la chica.

-Escucha con atención niña. Yo no tengo nada que ver con Kaiba y mucho menos por qué hacer un duelo contigo solo porque caíste por mi culpa. Si alguien ha hecho insultos, esa eres tú.

-Qué fácil te lavas las manos de tus pecados, perro. Pero yo no soy el dulce Moki que perdona todo. Pelea conmigo, si acaso tienes las agallas para enfrentarte a mí.

-No. ¡Ni siquiera te conozco!

-Kaho de la Fundación Fénix.

El barullo les rodeó de nuevo pues Joey se quedó en silencio con el ceño fruncido. Miró de pies a cabeza a la pelirroja que hizo una mueca maliciosa al verle consternado.

-¿Tú…?

-Yo quiero venganza, ahora tú quieres respuestas. Si yo gano, tomaré una de tus cartas como dice en los torneos. Si por casualidad tú ganas, te diré lo que tu tonta cabezota quiere saber. Un precio justo para alguien tan indigno.

-Ve preparando tus respuestas, niña.

-Sígueme.

Salieron del centro de videojuegos para caminar hacia una avenida. Joey no le quitaba la vista de encima a Kaho que parecía saber a dónde dirigirse. Así en silencio, estuvieron caminando por largo rato, haciendo preguntarse al rubio si no era una treta para intimidarlo y cansarlo. La pelirroja no le miraba, solo señalando cuando lo requería la ruta a seguir. Así se alejaron del centro de Ciudad Domino hasta alcanzar un barrio viejo.

-¿Por qué en este lugar?

-¿Te da miedo?

Joey gruñó metiendo sus puños en sus bolsillos, siguiendo a la chica que se paró en medio de un patio polvoroso de un alejado parque semi abandonado. El rubio echó otra ojeada al lugar, notando que se hallaban solos. Un pensamiento cruzó por su mente.

-Tendremos que hacer este duelo sin disco porque no traigo conmigo uno y veo que tú tampoco.

-Eso no es problema. De cualquier forma esto no durará mucho.

-Yo que tú no estaría tan segura.

-Hum, siempre ladrando.

Ambos se colocaron uno frente al otro. Joey sacó su monte de cartas de su chaqueta. Kaho solo sacó una carta de su morral.

-Para empezar niña, debes tener un mazo para un duelo. Con una sola carta no puedes jugar.

-Sólo una necesito.

-¿Qué?

La pelirroja rió con desgano, con carta en mano. El rubio vio el anverso con extrañeza, pues no tenía el decorado habitual de las cartas, sino más bien parecía una especie de sello complicado que lucía bastante viejo y descolorido, haciendo difícil reconocerlo.

-Hora del duelo –dijo ella.

-¡A pelear!

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Horas más tarde, una ambulancia llegaba al sitio para auxiliar a un Joey inconsciente y malherido, que había sido encontrado por unos chicos que paseaban en bicicleta. Los paramédicos se aprestaron a revisarle y pronto estaba dentro de la ambulancia, camino al hospital de la ciudad. Una patrulla les alcanzó cuando llegaban a la entrada de urgencias. De ella salió Meiran, quien había escuchado el reporte por la radio, pues le habían llamado por creerlo alguna riña callejera, aunque no había testigos de tal pelea. La detective se acercó a los médicos que recibían a Joey.

-¿Qué le sucedió?

-Traumas severos en tórax y piernas. Hemorragias internas de órganos vitales. Quemaduras de primer grado con heridas al parecer de objetos punzocortantes –le respondió una doctora- ¿Es su hermana?

-Tutora legal.

-Acompáñenos.

Meiran miró angustiada el cuerpo lacerado del rubio, aferrándose al barrote de la camilla en que era transportado.

/¿Qué rayos te pasó, Joey?/

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-Dime Miskra, ¿crees que deberíamos ser más condescendientes con la humanidad y darles la muerte rápida e indolora?

-Lo que milord ordene.

-Ahh, no me lo parece, podemos estirar un poco más la cuerda. De hecho, estaba pensando en modificar nuestro plan original, nuestro precioso ojiazul resultó más difícil de vencer de lo que pensaba. No es extraño, pero entonces prefiero desangrarle aún más; después de todo, solo es cuestión de tiempo para que por propia voluntad venga a mí.

-Mi señor.

-Regocijémonos con la confusión de sus almas. Abre el siguiente sello, Miskra.

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Joey gruñó, con su mente aún vacilando entre la inconsciencia y la conciencia. El indudable aroma a medicina y hospital invadió su olfato, de la misma manera que unas leves punzadas de dolor en su pecho y cabeza. Con los ojos cerrados se removió un poco, buscando no hacer presión en sus costados cuyos músculos y huesos protestaban a su movimiento.

-Shh, todo está bien.

El rubio abrió de inmediato sus ojos. El rostro de Meiran apareció frente a él, con una sonrisa preocupada y una mirada triste.

-Descansa.

-¿M-Meiran? –carraspeó.

La joven retiró los mechones de su frente para darle un beso tierno, antes de sentarse a su lado.

-No hables, apenas ayer te quitaron el tubo de oxígeno. Esta vez si la hiciste en grande, Joey. Te advertí que las peleas no te llevarían a nada.

Éste negó con su cabeza.

-Ya sé, ya sé, no tuviste la culpa; te provocaron. Joey, lindo escucha. Tú y yo nos meteremos en problemas legales si sigues así, fue toda una odisea convencer a la de Servicios Sociales que esto era pura casualidad. Mandé a mi chico a investigar, no sé quienes te hayan hecho esto, pero por vida de Serenity, olvídalos y déjalos en paz. Casi te matan.

-N-no…

-Ok, mira; si esos chiquillos que te hallaron no se hubieran escapado de sus madres, me hubieran avisado de la morgue, Joey. Realmente esto tocó fondo y realmente no quiero saber que carajos pasó.

El rostro cansado de Meiran fue suficiente razón para Joey. Se quedó quieto sin hacer más movimiento, llevando su mirada hacia la ventana a su derecha, donde el sol vespertino comenzaba a ocultarse. Frunció su ceño, impotente de no poder defenderse. La detective le miró en silencio y luego tomó su mano para darle un apretón.

-Llamaré al médico para que te revise.

Mirándole retirarse, el rubio dejó caer de nuevo su cabeza en la almohada. Todo le daba vueltas de vez en cuando y el ardor de sus heridas también comenzaba a molestarle… y enfadarle. La puerta se abrió de nuevo, dejando pasar a Yugi, quien al ver a Joey ya despierto, no dudó en correr a abrazarlo para plantarle un beso desesperado.

-Hmpff –se quejó Joey por el peso del tricolor.

-Oh… -Yugi reaccionó de inmediato, sonrojándose- … lo siento. Kami sama, estaba tan asustado, Joey. Has estado tres días inconsciente y con esos tubos metidos en el cuerpo… yo…

Los enormes ojos violetas del chico se humedecieron, enterneciendo a Joey, quien con algo de dificultad y torpeza llevó una mano a su mejilla para acariciarla. Yugi la tomó entre sus propias manos con devoción.

-Meiran dice que una pandilla te dio una paliza de campeonato y por poco te matan…

-… n-no…

-¿Eh?

Joey pasó saliva a su lastimada garganta.

-L-La… chica…

-¿Chica? ¿Qué chica?

-D-Duelo…

-¡Ah! Tus cartas, sí las recuperó Meiran, yo las tengo. Bueno, solo falta tu Dragón Negro de Ojos Rojos. Lo siento, no lo encontraron por ningún lado.

-Ella… t-tomó…

-¿Qué tratas de decir, Joey?

Desesperado por no poder articular más palabras, Joey buscó con la mirada algo con que escribir. Afortunadamente, Yugi leyó su expresión y buscando dentro del cajón del pequeño buró halló unos papeles y un bolígrafo que pasó al rubio. Aunque le fue igualmente difícil, Joey pudo armas una frase:

"La chica tomó mi carta"

El tricolor levantó su rostro del papel.

-¿Qué? ¿Tuviste un duelo con una chica y ella tomó tu dragón?

De nuevo, el rubio escribió:

"Kaho, Fundación Fénix"

El cansancio hizo que Joey volviera a recostarse unos segundos antes de volver su vista a Yugi. Contrario a lo que esperaba, el chico estaba anonadado y con el ceño fruncido como si no creyera sus palabras, tuvo que bailotear su mano para llamar su atención.

-Joey… yo… es que… -Yugi tomó aire- Joey, eso es imposible, la chica que mencionas estaba presente en una declaración de la Fundación cuando a ti te atacaron –sus ojos violetas se tornaron angustiados- Han hecho una alianza, Joey… la Corporación Kaiba y la Fundación Fénix…

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La niña corría a toda prisa, sin ningún ánimo de bajar la velocidad de su carrera. Sus ojos desorbitados inundados de gruesas lágrimas que eran llevadas por el viento de su frenético correr se llenaban de sangre y cenizas. Su pelo ensortijado y revuelto, se ondulaba igualmente. Sus piecitos descalzos, ya eran una masa de sangre y pus de las llagas que se abrían al entrar en contacto con el suelo lleno de fragmentos de vidrio y basura quemada a su paso. Su vestido que había sido rosa pastel, ahora estaba raído y quemado en varias partes, con manchas púrpuras y ceniza.

Cenizas, todo era cenizas.

A sus espaldas, el condado estaba en llamas, como el camino por donde huía. Aquellos verdes prados por donde solía pasearse con sus cabras ahora era un escenario infernal de carbón y fuego candente que consumía inexorablemente todo con una lentitud malévola.

-Please… -lloraba con hipos.

De súbito, se detuvo. Colina abajo estaba una figura alta, no le podía distinguir muy bien por el humo que cubría la zona. La pequeña corrió de nuevo, levantando sus brazos a la persona soltando de nuevo su lamento doloroso.

-Please! Daddy! Mommy! Ben!

Unos brazos fuertes y largos la levantaron, acurrucándola en un pecho ancho. La niña se aferró con todas sus fuerzas como el náufrago que ha encontrado una balsa en medio del océano. Sus cabellos fueron acariciados con ternura y lentitud mientras ella lloraba. El cielo tenía un sol rojizo que se ocultó tras las nubes negras que las llamas que consumían al pueblo.

Con sus hipos que estremecían su pequeño cuerpo, la niña se separó un poco de su salvador para mirarle a los ojos y dispuesta a pedirle auxilio para su familia que moría quemada. Esos llorosos ojos se abrieron como platos, ahora horrorizados y su boca se abrió para desear gritar pero ningún sonido salió de ella. El humo se dispersó lo suficiente para dejarle ver una espantosa máscara carmesí que asemejaba una monstruosidad tal a la pequeña cuyo cuerpo ahora se estremecía por un frío escalofrío, presa del más absoluto terror.

La figura estaba vestida de una armadura negra y plateada con una larga y ondeante capa roja como su máscara y crin de un yelmo puntiagudo. La niña se percató del fuego que despedían aquellos hoyos donde debían mirarse unos ojos. Su mente infantil le dijo que de alguna manera, era el mismo fuego que consumía su hogar.

De nuevo quiso gritar, escapar. Su vista se enrojeció y sintió un dolor rápido como aguijonazo que comenzó a adormecerla. Su cuerpo se aflojaba y se soltó de aquella espantosa figura; pero no cayó al suelo, era sostenida solamente por las garras que atravesaban su garganta y salían por su nuca. Garras plateadas con hilos de sangre.

La niña entrecerró sus ojos, escupiendo coágulos de sangre. Su piel perdió color. Lo último que vio fue ese fuego aterrador tras esa máscara. Mismo que se avorazó sobre su cuerpecito tierno hasta convertirlo en cenizas.

Cenizas, todo era cenizas ya. Y el jinete montó su caballo feroz para desaparecer entre las llamas.

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Seto yacía prácticamente desmayado en su cama, las luces de los jardines exteriores apenas iluminaban su silueta dibujada en las sábanas revueltas. Medicamentos y monitores le rodeaban, estos últimos zumbando apenas al ritmo de su respiración, presión y ritmo cardíaco.

Una mano fantasmal se posó en la frente casi blanca del ojiazul, unos ojos del mismo color, pero más serenos le miraron preocupados. Aquella mano adornada con un brazalete egipcio se retiró. La figura etérea caminó hacia la ventana, mirando el cielo de nubes oscuras. Largo rato estuvo así y luego volvió a donde Kaiba, sentándose a su lado en la orilla de la cama.

/"Ra en el cielo, dame las fuerzas para combatir esta maldad. Que el poder del Faraón venga a rescatarle, mi hikari ha sido herido en el alma y ahora quiere morir"/

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Continuará…