El Sendero para Caballos y la Reina
En cuanto Korra abrió los ojos al despertarse percibió una nueva excitación en el castillo.
La sala de vasallos estaba brillantemente iluminada y tanto los príncipes como las princesas fueron objeto de elaborados preparativos. Los criados peinaban y adornaban con flores el cabello de las princesas y a los príncipes les aplicaban aceites y le peinaban los rizos rebeldes con idéntico esmero que a las muchachas. Sin embargo, Katara sacó a Korra atropelladamente fuera de la cama. Parecía presa de una excitación excepcional.
- Es noche de fiesta, Korra - le dijo -, y te he dejado dormir mucho rato. Debemos apresurarnos.
- Noche de fiesta - susurró.
Al instante ya estaba colocada sobre una mesa para ser preparada. Katara afirmó su cabello y empezó a cepillarlo delicadamente. Luego, cogió uno de los mechones de Korra e hizo una pequeña trenza que cayó a un costado de su rostro, hizo exactamente lo mismo al otro lado y finalmente amarró los extremos de estas, con una cinta color esmeralda.
- Katara ¿no tienes una de color azul? siento que esa combinaría más conmigo.
- También lo creo, pero esta tampoco se ve mal. Tengo órdenes directas de la Princesa Asami, ella quiere que utilices cosas verdes.
- ¿Por qué?
- Ése es su color. Quiere que combines con ella.
Korra sintió un palpitar más fuerte en su pecho, se iba a dejar inundar por una pequeña alegría, pero no se lo permitió.
Yo soy de su propiedad, sólo un objeto
Katara suavemente le introdujo los pies en un par de altas botas de cuero negro. Le dijo que permaneciera de pie con las botas puestas mientras ella se inclinaba para anudar los cordones justo bajo la rodilla. Hasta que Korra no levantó el pie no se dio cuenta de que cada bota llevaba adherida una herradura al talón y a la punta. Los remates eran fuertes y resistentes para que nada la pudiera dañar de las punteras.
- Pero ¿qué sucede? ¿qué es el sendero para caballos? - preguntó con gran nerviosismo.
- ¡Chsss!... - exclamó Katara, pellizcándole el muslo desnudo.
Ignorándola, su criada continuó preparándola. Le embetunó los párpados y las pestañas con aceite, y extendió un poco de carmín a los labios. Korra instintivamente retrocedió.
- ¿Labial?
- Órdenes de la Princesa. No quiere que nadie pervierta tus labios. Esta vez quiere asegurarse.
Korra tragó su espesa saliva, lo sabía ¡Asami lo sabía! Comenzó a inquietarse aún más. Le preocupaba lo que pudiera hacer su ama, tanto como en ese momento le preocupaba sentir su cuerpo destemplado y vulnerable. Notaba el forro de cuero pegado a sus pantorrillas, y el resto de ella se sentía peor que desnuda. Miró a su alrededor buscando la blusa que le había dado Asami, pero no la encontró. Cuando un sentimiento de pánico la comenzó a invadir, Katara apareció con aquella preciada prenda entre sus manos, limpia y planchada, y de inmediato se la tendió a Korra, quien agradecida extendió uno de sus brazos para que su criada le colocara la prenda. Cuando ya estaba lista Katara se puso frente a ella y abrochó su único botón, justo sobre el ombligo. A continuación, retrocedió unos pasos y observando a Korra de pies a cabeza sonrió finalmente satisfecha.
- ¿Qué es lo que va a suceder? - volvió a preguntar cuando se percató que Katara había terminado con ella.
Pero estaba equivocada. Katara la obligó a inclinarse sobre el extremo de la mesa y en aquel momento masajeaba sus nalgas con movimientos vigorosos.
- Están curadas - dijo -. Anoche Asami debió considerar que hoy correrías y decidió perdonarte.
Korra sintió los fuertes dedos de Katara que se empleaban a fondo en su carne y un indefinido terror la invadió.
Así que van a azotarme... pero eso siempre lo hacen. Ahora ¿lo harían en presencia de mucha gente?
Nunca había recibido una fuerte zurra de verdad para complacer a otros
Pero llegará...
Entre el gentío que la rodeaba, vio a más muchachas que también llevaban parte de su cabello trenzado y sus botas puestas. Así que no estaba sola. Los príncipes asimismo también estaban calzando las botas, junto a su usual fino taparrabos.
Por toda la estancia se movía un grupo de jóvenes príncipes apoyados a cuatro patas que se encargaban de abrillantar el calzado lo más rápido que podían, con las nalgas en carne viva y un pequeño cordón de cuero alrededor de su cuello que llevaba sujeto un letrero que Korra no alcanzó a leer. Mientras Katara la obligaba a ponerse de pie y le daba los toques finales a sus labios y pestañas, uno de esos príncipes empezó a sacar brillo a sus botas sin dejar de lloriquear. Sus nalgas no podían estar más rojas, y Korra vio que el letrero que colgaba del cuello decía "Estoy en desgracia" en letras pequeñas. Un paje se acercó y propinó al príncipe un sonoro y fuerte golpe con un cinturón para que se diera prisa en atender a otra persona. Sin embargo, Korra no tuvo tiempo de prestarles atención. Katara ya le había sujetado las detestables campanitas de cobre en los pezones bajo su blusa, ella se estremeció instintivamente, pero estaban firmemente adheridas.
- Y ahora, adelante mi pequeña princesa - le dijo -. Sólo tienes que doblar las rodillas y marchar, levantándolas bien alto.
Korra se puso en movimiento, torpemente, reacia a obedecer. Se sentía estúpida. Pero luego vio por todas partes princesas que marchaban igual que ella. Una le llamó la atención, la princesa Ty Lee a quien vio marchar casi animadamente, con sus pechos vibrando graciosamente a medida que salían al pasillo. Korra se dio prisa. Era difícil levantar las pesadas botas con cierto decoro, pero no tardó en coger el ritmo junto a Katara, que caminaba a su lado.
- Ahora, Korra - le dijo -, he de decirte que la primera vez siempre resulta difícil. La noche de fiesta provoca miedos. Yo había pensado que te asignarían alguna tarea más sencilla para ser la primera vez, pero la reina ha ordenado especialmente que participaras en el sendero para caballos, y Lady Azula será la encargada de guiarte.
- Ah, pero qué...
- ¡Chsss!, o tendré que amordazarte, aunque a eso le encantaría a la reina, pero no a Asami. Además, piensa en tu hermoso rostro.
Las muchachas habían llegado a una gran habitación desde la que, a través de pequeñas ventanas repartidas a lo largo de una pared, Korra pudo ver el jardín. Varias antorchas colgadas de los árboles oscuros ardían con fulgor irregular sobre las ramas frondosas que se extendían sobre ellas. Justo al lado de estas ventanas se formó la hilera de muchachas, lo que permitió a Korra observar un poco más lo que había allí.
Se oía un enorme clamor, como si una gran multitud estuviera conversando y riéndose. Luego, para su asombro, vio que numerosos vasallos estaban distribuidos por todo el jardín, colocados en diversas posiciones para sufrir distintos tormentos. Sobre altas estacas repartidas aquí y allá habían atado con correas a príncipes y princesas retorcidos en penosas posturas, los tobillos ligados a las estacas y los hombros doblados en lo alto de éstas. Parecían meros ornamentos a la luz de las antorchas, que hacían relucir sus miembros torcidos junto al cabello de las princesas a merced del viento. Seguramente, lo único que podrían ver sería el cielo por encima de ellos, mientras todo el mundo contemplaba sus miserables torsiones.
Había cientos de personas en el jardín. Las mesas estaban un poco apartadas, colocadas entre los árboles, dispuestas por todas partes hasta donde la vista de Korra alcanzaba. Vasallos hermosamente engalanados se movían en todas direcciones llevando jarras en las manos. Lucían pequeñas cadenas de oro sujetas a los pezones, y hermosos anillos adornando sus dedos. Unos y otros se apresuraban a llenar las copas, pasaban bandejas de comida y, al igual que en el gran salón, aquí también había música.
Entre la hilera de muchachas que había delante de Korra crecía la inquietud. La princesa oía llorar a una mientras el criado intentaba consolarla, pero la mayoría se comportaba obedientemente. Aquí y allá un criado frotaba más ungüento sobre las nalgas rojizas o susurraba palabras de aliento a la oreja de algún vasallo. Korra se mostraba cada vez más aprensiva. No quería mirar al patio, de tanto como le asustaba, pero no podía evitarlo. Cada vez descubría algún nuevo horror.
- Pero ¿qué nos va a suceder? - susurró Korra. La muchacha que estaba delante de ella, la que no podía ser acallada, en aquel instante colgaba de los tobillos, boca abajo, sostenida por un fuerte paje mientras otro la castigaba con presteza. Korra se quedó boquiabierta al ver que la azotaban, con sus trenzas caídas al suelo.
- Chsss, es mejor para ella - dijo Katara -. Purgará su miedo y la agotará un poco. Así estará mucho más suelta en el sendero.
- Pero, dime...
- Tranquilízate Korra. Primero verás a los demás y de este modo comprenderás. Cuando llegue tu turno yo te instruiré. Recuerda que se trata de una noche especial, de una gran festividad. Pero la reina te estará observando, y Asami se enfurecerá si la defraudas.
El criado que permanecía junto a la muchacha que estaba delante de Korra se rió entre dientes.
- Sé de alguien que se debe sentir muy desdichada por perderse la noche de fiesta, pero ella misma se lo buscó - dijo el criado.
- Desde luego que sí - asintió Katara cuando el criado se volvió y le dirigió una mirada -. Hablan de la princesa Opal - le explicó a Korra -, que sigue en la sala de castigos y que, sin duda, estará maldiciéndose por no poder asistir a toda esta excitación.
¿Opal aún está ahí?... ¿en la misma posición? - pensó horrorizada.
- Oh, cómo desprecio a ese miserable Lord Huan, ¿por qué tiene que ser él quién me guíe? - preguntó en voz baja una muchacha que se encontraba delante de ella, llamando su atención, para cuando se dio cuenta reconoció que se trataba de Ty Lee. En ese momento su criado le contestó con algún comentario que la hizo reír -. Pero es tan lento - replicó - saborea cada momento ¡Y a mí lo que me gusta es correr! - El criado se rió de ella, que continuó -: ¿Y qué es lo que consigo?, los azotes más mezquinos. Soportaría los azotes si al menos pudiera apartarme y correr... Si al menos me azotara la Princesa Asami, o Azula.
- ¡Lo quieres todo! - dijo riendo su criado
- ¿Y qué es lo que tú quieres? ¡No me digas que no te gusta verme cubierta de moretones y casi llena de ampollas!
El mozo volvió a reír. Era jovial, de complexión pequeña, mantenía las manos puestas en la espalda y su cabello castaño le caía ligeramente sobre los ojos debido a su flequillo.
- Querida mía, amo todo en ti - respondió -, al igual que Lord Huan. Hablando de ello ¿quieres decir algo para animar a la pequeña mascota de Katara? ¡Está tan asustada!
La muchacha se giró y Korra vio su rostro impertinente, sus ojos grandes y curiosos y sus pequeños labios rosas dibujaron una amplia sonrisa.
- No te asustes, Korra - le dijo -, aunque no necesitarás ningún consuelo de mí. Tú tienes a Asami y hasta Azula está interesada en ti. Qué envidia... en cambio yo, sólo tengo a Lord Huan - dijo con un infantil pesar -. ¿No quieres regalarme a una de la dos? - preguntó riendo.
- ¡Ty Lee! - la reprendió contento su criado, pero la princesa solo se dio la vuelta mientras reía infantilmente.
Una gran risotada recorrió el jardín. La música sonaba muy fuerte, pero aun así Korra pudo oír con bastante claridad el estruendo de los cascos de caballos que se aproximaban. Un jinete pasó engalanado por delante de las ventanas, con una capa volando tras de él y su caballo adornado con bridas de plata y oro que formaban un rayo de luz mientras avanzaba a toda velocidad.
- Oh, por fin, por fin - dijo Ty Lee.
Llegaron más jinetes y formaron una hilera a lo largo del muro, que casi bloqueó la vista del jardín. Korra estaba absorta mirándolos: damas y nobles de espléndido aspecto, cada uno con las riendas del caballo sujetas con su mano izquierda y una larga pala negra rectangular en la derecha.
- Vamos, a la otra sala - dijo apareciendo Lord Iroh, y los vasallos esperando en la larga fila fueron conducidos a la siguiente estancia en donde permanecieron de pie mirando directamente hacia la puerta arqueada que daba al jardín. Korra descubrió entonces que la fila de vasallos la encabezaba un príncipe, listo con sus botas de cuero; también vio al lord montado a caballo que estaba preparado, mientras su corcel escarbaba la tierra ante el pasaje abovedado.
Katara desplazó un poco a Korra hacia un lado:
- Así podrás ver mejor - le dijo.
Sonó una trompeta que cogió desprevenida a Korra y le hizo soltar un grito ahogado. Se oyó una exclamación procedente de la multitud que se encontraba detrás del pasaje. El joven vasallo fue obligado a salir para recibir de inmediato el saludo de la pala de cuero negro del lord que iba a caballo y al instante el príncipe se puso a correr. El lord montaba justo a su costado, mientras el sonido de la pala sonaba fuerte y nítido, así como el rumor de la multitud que parecía elevarse y entremezclarse con murmullos de risas.
Korra se asustó al ver que las dos figuras desaparecían juntas por el sendero. Sentía como su corazón palpitaba fuerte en su garganta, impidiéndole respirar.
No.… no puedo hacerlo, no puedo. No pueden obligarme a correr. Me caeré. Caeré al suelo y me protegeré... Y me castigarán.
Otro jinete estaba ya colocado a la espera, y de repente una joven princesa fue obligada a salir. La pala acertó en el blanco, la princesa profirió un gritito e inmediatamente inició su carrera desesperada a lo largo del sendero para caballos, con un jinete sobre su corcel que la perseguía y azotaba con fiereza. Antes de que Korra pudiera apartar la vista otro vasallo se había puesto en marcha. Su vista se enturbió al descubrir a lo lejos una línea confusa de antorchas que señalaban el sendero y que parecía continuar a través de los árboles, más allá de una panorámica interminable de nobles y damas en plena celebración.
- Bien, Korra, ya viste lo que se requiere de ti. No llores. Si lloras será más duro. Debes concentrar tu mente en correr rápido, de levantar bien altas las rodillas y de no retorcerte para escapar de la pala. Te alcanzará, hagas lo que hagas, pero te advierto, no importa cuántas veces repita esto, siempre querrás escapar de la pala. Y ahí está la estratagema, en mantener la gracia.
Otro vasallo inició la carrea, y luego uno más. De repente delante de Korra sólo quedaban tres vasallos y el pasaje arqueado.
- Oh, no... ¡no puedo! - le gritó a Katara, mientras sentía como crecían unas ganas de vomitar.
- Tonterías querida mía - la tranquilizó -. Tienes que seguir el sendero. Se desenvolverá lentamente ante ti, distinguirás los giros con antelación. Únicamente tienes que detenerte si ves parado a otro vasallo delante; esto sucede de vez en cuando, ya que al pasar ante la reina los vasallos deben pararse para recibir sus elogios o reprobaciones. Ella se encontrará en un gran pabellón a tu izquierda, Asami también estará allí. Pero no dirijas la mirada alguna hacia su majestad mientras aprietas el paso o la pala te cogerá desprevenida.
- Oh, por favor, me desmayaré... no puedo.
- Korra, princesa - le dijo Ty Lee que estaba delante de ella -. Si esto te ayuda, limítate a seguir mi ejemplo. No estás sola en esto.
Enseguida, Korra comprobó horrorizada que ya no quedaba nadie más aparte de esta muchacha.
De repente apareció otro jinete, el joven Lord Huan, y Korra observó aterrorizada a la guapa princesa, que salió para recibir los primeros golpes y continuar corriendo al lado del jinete efectuando graciosos movimientos ascendentes con las rodillas. Pese a todas las quejas de la doncella, el caballo del lord parecía moverse con enorme rapidez y la pala resonaba con mucha fuerza y sin piedad.
Korra fue obligada a salir al umbral que daba al jardín. Por primera vez pudo contemplar la corte en pleno, las docenas y docenas de mesas que se desperdigaban por el césped y que aparecían en gran número diseminadas por el bosque situado más allá. Había sirvientes y vasallos desnudos por doquier. Quizás el recinto era tres veces más grande de lo que había juzgado desde las ventanas.
Korra se sintió pequeña e insignificante por culpa del terror que la dominaba. Estaba perdida, repentinamente sin nombre o sin alma. "¿Qué soy ahora?" podría haberse preguntado, pero también era incapaz de pensar. Como si viviera una pesadilla, vio todos los rostros de los que estaban en las mesas más próximas. Nobles y damas se retorcían para ver el sendero para caballos. Más a su derecha asomaba el pabellón de la reina, entoldado y engalantado con flores.
La princesa, jadeante, intentaba recuperar el aliento, y cuando levantó la vista y vio la espléndida figura montada de Lady Azula, sus ojos se llenaron de inexplicables lágrimas de gratitud - No estoy sola -, aunque estaba segura que la azotaría con toda su fuerza para cumplir con su obligación. El pelo de la encantadora dama estaba adornado con la misma plata que enhebraba el corset que resaltaba su sugerente escote, mientras sus piernas iban cubiertas en un ajustado pantalón de cuero que se perdía debajo de sus largas botas plateadas. Parecía hecha para la silla en la que montaba. Llevaba el mango de la pala atado con una correa sujeta a su muñeca y le sonreía excitante.
No tuvo tiempo para ver ni pensar nada más.
Korra corría hacia adelante, sentía el crujido del sendero para caballos bajo sus herraduras y oía el fuerte resonar de los cascos a su lado. Aunque había pensado que sería imposible soportar tal degradación, sintió el primer golpe estrepitoso contra sus nalgas desnudas, tan enérgico que casi la hizo perder el equilibrio. El dolor punzante se propagó como fuego cálido mientras escuchaba sonar sin descanso las campanillas bajo sus pezones, pero Korra siguió avanzando a toda prisa.
Las fuertes pisadas de los cascos la ensordecían. La pala la alcanzaba una y otra vez, casi la levantaba del suelo y la obligaba a seguir adelante. Su llanto sonaba con fuerza a través de sus dientes apretados mientras se mezclaba con la fuerte y divertida risa de Azula. Las lágrimas nublaban las antorchas que definían con claridad el sendero que se extendía ante ella, y la princesa seguía corriendo. Avanzaba velozmente en dirección a los árboles que encerraban el recorrido, pero era imposible escapar a la pala. Era tal como Katara lo había advertido: la pala la atrapaba una y otra vez y cada golpe le producía alguna horrible sorpresa ya que ella intentaba superar a la montura. Podía oler al caballo, y cuando abrió los ojos intentó cobrar aliento entre jadeos, vio que a ambos lados del camino había mesas iluminadas por las antorchas y estaban abundantemente surtidas. Nobles y damas bebían, comían y reían; quizá se volvían para echarle un vistazo, no lo sabía, ella sólo sollozaba y corría como una loca tratando de alejarse de los golpes, que cada vez llegaban con más fuerza.
Oh, por favor, Lady Azula - quería gritar, pero no se atrevía a pedir clemencia.
El sendero había doblado y ella lo siguió para encontrar únicamente más nobles que disfrutaban del espectáculo. Confusamente, ante ella, apenas distinguía la figura del otro jinete y de Ty Lee, que le había sacado una gran distancia. Le quemaba la garganta tanto como su carne irritada.
- Más rápido, Korra, más rápido, y levanta más las piernas - Gritaba Lady Azula al viento - .Así está mucho mejor, princesa mía.
De nuevo llegaba un estallido de dolor, y otro. La pala encontraba sus muslos con un impacto que la levantaba del suelo y parecía abarcar completamente sus nalgas. Korra no pudo evitar soltar un grito. Al poco, sus súplicas se oían tan claramente como el repicar de los cascos del caballo en el suelo. Sentía una terrible presión en la garganta y le quemaban incluso las suelas de los pies, pero nada le dolía tanto como los rápidos y fuertes paletazos.
Lady Azula parecía poseída por algún ser maligno. Atrapaba a Korra desde un ángulo y luego desde otro, la levantaba una y otra vez, con más golpes, le propinaba un sonoro y fuerte palmetazo y a continuación otros tres o cuatro más en rápida sucesión.
El sendero volvió a doblar y Korra distinguió, aún a lo lejos, los muros del castillo. Ya estaban de regreso. Pronto llegarían al pabellón entoldado de la reina.
Korra tuvo la impresión de que se quedaba sin pizca de aliento, aunque Azula en un gesto compasivo redujo el ritmo, al igual que los jinetes que iban delante. Korra corría cada vez más despacio, con las rodillas más altas y notó que una gran corriente relajadora de aire corría. Oía sus propios sollozos sofocados, los ríos de lágrimas que caían por sus mejillas y, sin embargo, sintió cómo la invadía una sensación sumamente desconcertante.
De repente la envolvía una especie de calma. No comprendía. Ya no oponía resistencia, aunque su espíritu combativo la aguijoneaba a rebelarse. Quizá simplemente estaba agotada. Sabía, sin embargo, que era una vasalla semi-desnuda de la corte y que podía sucederle cualquier cosa. Más aún cuando era el objetivo de la reina y de esta dama tan caprichosa.
Cientos de nobles y damas la observaban con deleite. Para ellos no era nada más que una entre muchos: aquello se había repetido miles de veces con anterioridad y volvería a repetirse. Debía hacerlo lo mejor posible o si no acabaría en la viga de la sala de castigos, donde sufriría para diversión de nadie.
- Levanta las rodillas, mi precioso encanto - le repitió Lady Azula al tiempo que reducía la marcha -. Oh, si pudieras ver lo exquisita que estás. Lo has hecho espléndidamente.
Azula se puso a un lado de ella y con una enguantada mano acercó el desconcertado y agotado rostro de Korra hacia ella, doblando su torso todo lo que su ajustado corset se lo permitió, y en seguida le propinó un beso en los labios. Korra se dio cuenta tarde de lo que de nuevo estaba haciendo. Su primer impuso fue tirarse para atrás, separarse del agarre de Azula, pero no pudo. Inmediatamente la lengua de Azula ingresó a su interior, en contra de su voluntad, pero como estaba tan agotada no pudo luchar, liberando un penoso gemido en respuesta. Azula terminó el beso y enderezándose en su montura relamió sus labios, mientras pasaba lentamente un dedo sobre ellos.
- Podría besarte todo el día, princesa - Korra la miró horrorizada y le iba a decir sobre Asami cuando ésta la interrumpió -: No me importa lo que diga Asami, ella no puede impedir que yo quiera tenerte.
Korra agachó la cabeza perturbada. Sentía el palpitar de su corazón desbordando en su pecho, el miedo bajando por su columna, su tensada espalda cansada por el trabajo. De repente, cuando la pala la golpeó, se desplazó lánguidamente, siguiendo su movimiento. Se sentía resignada, totalmente ablandada por el momento. ¿Se referían a esto cuando le explicaron que el dolor la ablandaría? pero ¿tanto así que le costaba pensar, que le costaba sentir miedo por lo que haría su ama? De todos modos, aquel abandono le daba miedo, esa desesperanza... ¿era desesperanza? No lo sabía.
En aquel momento había perdido su dignidad. Se veía a sí misma como Lady Azula tenía que haberla visto, con toda seguridad. De repente el delirio la dominó, casi pareció mostrarse satisfecha al imaginárselo: irguió la cabeza y saco los pechos orgullosa.
- Eso es, encantador, encantador - la animaba Azula a viva voz. El otro jinete había desaparecido.
El caballo encontró de nuevo el paso, la pala volvió a golpearla violentamente y guío a Korra a través de las mesas que se amontonaban, mientras la multitud era cada vez más numerosa y el castillo estaba más próximo. De pronto ya habían llegado al pabellón.
Lady Azula descendió de su caballo y, con pequeños paletazos punzantes, atrajo a Korra hacia sí y la obligó a ponerse firme. Korra no levantó la vista, pero pudo ver las largas guirnaldas de flores, la confusa imagen blanca del entoldado que se hinchaba plácidamente como un globo en la brisa, y un montón de figuras sentadas detrás del enrejado adornado del pabellón.
Su cuerpo parecía consumido por el fuego. Era incapaz de recuperar el aliento, y entonces oyó la conversación que mantenían por encima de ella, la voz pura y gélida de la reina y las risas de sus acompañantes. La princesa tenía la garganta irritada, las nalgas le palpitaban dolorosamente, y entonces Azula susurró:
- Le has agradado, Korra. Ahora debes besarme y dejar caerte de rodillas para besar la hierba ante el pabellón. Hazlo con brío, muchacha mía.
Korra se acercó sin vacilar, pero demostrando su nerviosismo. Nunca levantó su vista hacia el pabellón, temía ver a Asami, temía que esta viera que ya tenía su labial corrido y además tenía que volver a besar a otra mujer que no era ella.
Va a matarme... pero si no lo hago la reina lo hará. Prefiero soportar un castigo de Asami.
Con lentitud, pero delicadeza y orgullo, se volvió hacia la mujer mientras presionaba los puños. Estaba haciendo eso en contra de su voluntad, pero tenía que hacerlo. Lady Azula lo sabía, y la esperó sonriente, acomodó un mechón de pelo detrás de su oreja y se inclinó levemente hasta Korra, envolviendo sus labios, saboreándolos levemente y luego los soltó. Luego Korra se puso de rodillas y agachó su torso hasta que pudo sentir el olor del pasto bajo su nariz junto a las vibraciones de la tierra. Besó el suelo y de nuevo sintió aquella sensación calmada de... ¿qué era? ¿Liberación? ¿Resignación?
De nuevo volvía a estar de pie, y otro fuerte golpetazo la envió llorando en silencio y con dignidad al interior de la cámara oscura del sótano del castillo. Los vasallos eran introducidos dentro de unas tinas, donde lavaban apresuradamente sus cuerpos escocidos con agua fría. Korra sintió el fluir del agua sobre la carne raspada y luego la suave toalla que la secaba. Al cabo de un instante, Katara la tenía en pie, mientras la abrazaba.
- Haz agradado maravillosamente a la reina. Exhibiste una forma magnífica, como si hubieras nacido para el sendero para caballos.
- Pero la Princesa... - susurró Korra.
- Esta noche no estará contigo, preciosa. Esta bastante ocupada con miles de distracciones. Es preciso que te instales en un lugar en el que puedas servir y a la vez descansar. La ejecución el sendero ya es bastante por una noche para una novicia.
Le soltó las pequeñas trenzas y la cepilló. Korra ya podía respirar a fondo y con regularidad, y reclinó la frente en el pecho de Katara.
- ¿De verdad he estado graciosa?
- De una hermosura indescriptible - le susurró -, y Lady Azula está absolutamente enamorada de ti.
Katara le ordenó que la siguiera y pronto volvió a encontrarse en medio de la noche, sobre el cálido césped, rodeada por la ruidosa multitud. Veía las patas de las mesas, los vestidos recogidos, manos que se movían en las sombras. No muy lejos oyó carcajadas y luego, ante ella apareció una larga mesa de banquetes cubierta con bandejas de dulces, frutas y pasteles. Dos príncipes se encargaban de servir y a ambos lados había pilares decorativos en los que había instalado a algunas princesas cuyas manos sostenían por encima de la cabeza, y las piernas, ligeramente separadas, estaban encadenadas a la parte inferior.
Cuando Korra se aproximó, retiraron a una de las vasallas y la amarraron toda prisa en el lugar. La princesa se quedó de pie, firmemente sujeta, con la cabeza y las hinchadas nalgas apretadas contra el pilar. Desde allí, incluso con los párpados bajos, podía ver toda la fiesta que transcurría a su alrededor. Se sintió atada firmemente a su puesto, incapaz de moverse, pero no le importó, estaba cansada y lo peor ya había pasado.
Katara seguía cerca, pegado a su oído, y Korra estaba a punto de murmurar alguna pregunta referente al tiempo que permanecería allí cuando distinguió claramente delante de ella al príncipe Mako. Estaba tan galante como recordaba. Su cabello negro peinado hacía atrás, pero rebelde en el flequillo y en la parte posterosuperior de la cabeza. Sus cálidos ojos ámbar estaban fijos en ella. Los labios dibujaron una sonrisa mientras se acercaba a la mesa y tendía una jarra para que la llenara una de las personas que servía.
Korra lo observó furtivamente por el rabillo del ojo, pero Mako debió de verla, ya que tras echar una ojeada distante al pabellón antes de inclinarse sobre la mesa para recoger unos dulces, se acercó y se atrevió a besar su oreja, haciendo caso omiso de Katara, como si ésta no existiera.
- Compórtate, príncipe revoltoso - le dijo Katara, y no bromeaba.
- Te veré mañana por la noche, querida mía - susurró Mako con una sonrisa -, y no temas a la reina, porque yo estaré contigo.
La boca de Korra tembló. Estuvo a punto de perder el control y echarse a llorar, pero él ya se había ido. En aquel instante Katara se aproximaba otra vez a su oreja y ahuecando la mano le susurró:
- Mañana por la noche verás a la reina durante unas horas en sus aposentos.
- Oh no, no... - se lamentó, cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
- No seas tonta. Esto es muy favorable. No podrías desear nada mejor – la mano de Katara bajó por su vientre hasta quedar a la altura de su ombligo, y la acarició, tranquilizándola -. He estado en el pabellón mientras corrías. La reina ha quedado realmente impresionada sin pretenderlo - continuó -, y Asami dijo que siempre habías exhibido la misma forma y brío. Una vez más pidió clemencia para ti, y rogó a su madre que no censurara su pasión. Su madre accedió a sus peticiones si ella no accedía a verte esta noche, mientras tenía que estar con una docena o menos de nuevas princesas que desfilaran delante de ella y...
- ¡No me expliques más! - se quejó Korra en voz baja
- Pero ¿no te das cuenta? La reina quedó prendada de ti, y ella lo sabe. Te observó con suma atención mientras corrías, y estaba impaciente porque llegaras al pabellón.
- ¿Que hizo la Princesa, cuando... cuando besé a Lady Azula?
Katara suspiró - Nuestra Princesa sí que es alguien celosa y posesiva. Apenas supo que se acercaba el final se levantó y se fue. No pudo quedarse a observar cómo besabas a Azula.
El corazón de Korra se impacientó - Quizás si siente algo por mí, o no actuaría así... ¿cierto?
- Fue ella, Lady Azula quien después sugirió a la reina que quizá debería probar tus encantos personalmente para comprobar si era cierto que no eras tan consentida y engreída como había supuesto. Te recibirá en sus aposentos mañana por la noche, después de la cena.
Korra apretó los ojos mientras lloraba suavemente. Se sentía demasiado apocada para contestar.
- Pero princesa, esto es un gran privilegio. Hay vasallos que sirven durante años sin que la reina jamás se fije en ellos. Disfrutarás de una verdadera oportunidad para hechizarla. Y lo conseguirás, querida mía, lo lograrás, es imposible que falles en eso. La Princesa ha sido inteligente esta vez, lo ha comprendido y ha sabido contener sus sentimientos por tí.
- Pero ¿qué me hará? - gimoteó Korra -. Y el príncipe Mako ¿lo verá todo? Oh ¿qué me hará ella?
- Vamos, tú serás un juguete para ella, por supuesto. Sólo debes complacerla.
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Ya había transcurrido media noche cuando llegó la reina. Había dormitado, se despertó una y otra vez, descubriendo, como si se encontrara en medio de una pesadilla, que seguía encadenada en la alcoba atiborrada de ornamentos de la soberana. Estaba sujeta a la pared: los tobillos atados con correas de cuero, las muñecas levantadas por encima de la cabeza y su desnudo trasero apretado contra la fría piedra que tenía a su espalda.
Al principio, el contacto con la piedra le había resultado agradable. De vez en cuando se retorcía para que el aire le refrescara la irritación. Era evidente que la carne escocida había mejorado considerablemente desde que pasó la severa prueba de la noche anterior en el sendero para caballos, pero aún le dolía y sabía que el destino que le deparaba aquella noche era sufrir nuevos tormentos.
No obstante, el sufrimiento que le ocasionaba su propia pasión no era menor ¿Qué había despertado la Princesa en ella para que, tras unas noches sin satisfacción se sintiera tan lasciva? y lo peor es que ni siquiera había visto a Asami desde aquella vez en su estudio con Lady Azula. Lo que la despertó en aquella habitación fue la excitación que notó entre las piernas, como si su interior sintiera añoranza de su ama, y continuaba añorándola de vez en cuando mientras esperaba en los aposentos reales, a la madre de Asami.
La habitación estaba sumida en sombras. Allí reinaba una quietud ininterrumpida. Docenas de gruesas velas quemaban en sus pesados soportes dorados, mientras la cera se derramaba en riachuelos por las tracerías de oro. Al parecer a la reina le gustaba el estilo victoriano. Korra cerraba y abría los ojos a intervalos irregulares, y cuando estaba otra vez a punto de quedarse dormida oyó cómo se abrían de par en par las pesadas puertas dobles. De pronto, apareció ante ella la alta y delgada figura de la reina. Era una fiel representación de la belleza de Asami, pero esta era aún más imponente. La excitación entre sus piernas la traicionó, estaba reaccionando ante alguien a quien no le pertenecía.
La soberana se desplazó hasta el centro de la alfombra. Su vestido de noche negro se ajustaba a sus caderas enfajadas y se acampanaba delicadamente hasta casi cubrir sus blancos pies. Contempló a Korra con aquellos ojos verdes entrecerrados, sesgados hacia arriba en los extremos, lo que le confería una expresión cruel, y luego, cuando sonrió, aquellas mejillas que un instante antes parecían tan duras como la porcelana formaron unos hoyuelos.
Korra bajó inmediatamente la vista. Petrificada, observó disimuladamente cómo la reina se alejaba de ella y se sentaba ante un ornamentado tocador, de espaldas a un alto espejo. Con un gesto informal despidió a las damas que esperaban de pie en la puerta. Sin embargo, una figurada permaneció allí, de pie. Korra, aunque no se atrevió a mirar estaba segura de que se trataba del príncipe Mako.
Así que mi atormentadora ya ha llegado.
Notaba en sus oídos los fuertes latidos de su corazón, un estruendo más que una pulsación; sentía las ligaduras que la sujetaban, mostrándola tan desvalida que no hubiera podido defenderse de nadie ni de nada. También era consciente del peso de sus senos, y de la traicionera humedad entre sus piernas, que la inquietaba enormemente ¿Lo descubriría la reina y lo utilizaría como excusa para castigarla?
Además de miedo, aún perduraba en ella, desde la noche anterior, cierta sensación de desamparo. Sabía la causa, pero no podía hacer nada para evitarlo así que lo empezaba a aceptar. Todo era por Asami, ella siempre era la causa y solución a todos sus males, y se maldecía por ello. A pesar de todo, creía que, quizás, aquella aceptación de resignación era un nuevo poder. Desde luego necesitaba todas sus fuerzas, ya que estaba a solas con una mujer que no sentía ningún aprecio por ella.
Evocó mentalmente el recuerdo de su cariño por Asami, las cariñosas caricias de Lady Azula y sus afectuosas palabras de elogio, incluso los cuidados de las manos de Katara. Pero Yasuko, la gran reina poderosa que lo dominaba todo, no sentía por ella sino frialdad y fascinación.
- Vino - dijo la reina. Y al instante apareció Mako de entre las sombras, presto a servírselo.
Se arrodilló al lado de su majestad y le colocó la copa con dos astas entre las manos. Mientras ella bebía, Korra levantó la vista y vio que el príncipe Mako le sonreía abiertamente. Se quedó tan asombrada que casi se le escapo un sonido de entre sus labios. Sus grandes ojos ámbares estaban llenos del mismo afecto tierno que le había mostrado la noche anterior en el banquete. Luego, su boca formó un beso silencioso antes de que Korra, consternada, pudiera apartar consternada la vista.
¿Qué es lo que quiere? ¿me desea? ¿por qué siento como mi mente es un torbellino de problemas? Mi cuerpo reacciona ante él, pero no puedo... no cuando Asami está acá, en el mismo castillo, acá en mi mente... acá entre mis piernas.
Ansiaba tocarla. Quería sentir tan sólo por un instante su pálida piel sedosa, su pecho suave, quería lamerlos, quería hacer toda clase de cosas con Asami. La extrañaba, pero la palpitación que sentía entre sus piernas la previno; necesitó de todo un ejercicio de voluntad para no mover sus caderas.
- Desvísteme - fue lo que ahora ordenó la reina.
Desde sus párpados entrecerrados, Korra observó al príncipe Mako que obedecía la orden con destreza y habilidad. Que torpe había sido ella en comparación hacía dos noches atrás, y que paciencia demostró el príncipe.
Mako utilizaba las manos en raras ocasiones. La primera tarea consistía en desabrochar con los dientes los cierres del vestido de la reina, y así lo hizo. A continuación, recogió del suelo la indumentaria que había caído en torno a ella. Korra se asombró al ver los desnudos pechos plenos y blancos de la reina bajo una fina blusa de encaje. Él se llevó las vestimentas y volvió con un camisón transparente guarnecido con encaje blanco, cuyo tejido era de un lustroso color crema. Cuando Yasuko se levantó, Mako la desprendió de la blusa que aún llevaba puesta y se estiró completamente para colocarle el camisón sobre los hombros. Ella deslizó los brazos al interior de las mangas de amplios pliegues y la prenda le cayó sobre el cuerpo como una campana.
- Descorre los doseles de la cama - dijo la reina - y trae a la muchacha a mi lado.
A Korra la ensordecía su propio pulso. La fuerte presión en sus oídos y en su garganta parecía aumentar. De todos modos, oyó los tapices al descorrerse, y también vio a la reina sobre la colcha reclinada en medio de un nido de cojines de seda. Su rostro no delataba ningún indicio del paso de los años, era perfecta. Observaba a Korra con aquellos ojos tan apacibles que parecían pintados con esmalte en su rostro.
De pronto Korra sufrió una inoportuna sacudida de excitación cuando vio a Mako ante ella. Su imagen borraba la visión amenazadora de la reina, pero perturbaba su tranquilidad, haciéndola sentir culpable. El príncipe le desató con rapidez y soltura y a continuación se la echó sobre el hombro con tanta facilidad como podría haberlo hecho un paje. Bajo ella, la carne de Mako le pareció caliente, y desde su posición, colgando de su espalda, observó descaradamente sus nalgas. Luego él la tumbó sobre la cama y se halló junto a la reina, mirándola a los ojos, del mismo modo que la propia soberana la contemplaba desde su altura, apoyada en el codo.
El aliento de Korra salía entrecortado en rápidos jadeos. La reina le parecía ciertamente enorme, imposiblemente aún más inalcanzable que Asami, pero incluso ella le había mostrado momentos de debilidad. Aun así, había en su roja boca algo que en algún momento pudo haber sido un atisbo de dulzura. Tenía pestañas espesas, una barbilla firme y al sonreír le parecieron hoyuelos en las mejillas. Su cara tenía forma de corazón. Korra, aturdida, cerró los ojos y se mordió el labio con tanta fuerza que podría haber sangrado.
- Mírame - dijo la reina -. Quiero verte a los ojos con naturalidad. No muestres ninguna modestia ¿entiendes?
- Si, majestad - contestó apropiadamente Korra. Se preguntaba si ella podría oír los latidos de su corazón. La cama parecía blanda, las almohadas suaves, y se sorprendió observando los blancos pechos de Yasuko, el círculo rosado de un pezón bajo su camisón, antes de volver a mirar obedientemente a los ojos de la reina. Korra sintió una sacudida por todo su cuerpo, que finalmente se concentró formando un nudo en su estómago.
La reina se limitaba a estudiarla muy absorta.
- Siéntate aquí, Mako - dijo sin apartar su vista de ella.
Korra observó que el príncipe ocupaba su posición al pie de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda apoyada en el poste.
- Pequeño juguete - dijo la reina en voz baja -. Quizás ahora entienda por qué Lady Azula está tan embelesada con vos.
Recorrió con su mano el moreno rostro de la princesa, sus mejillas, sus pestañas. Le pellizcó la boca. Alisó su pelo hacia atrás y a continuación le meneó los pechos a través de su blusa.
La boca de Korra temblaba, pero no profirió ningún sonido. Sus manos estaban pegadas a los lados. La reina era como una luz que amenazaba con cegarla. La mano de la reina continuó acariciando su vientre, pellizcó la carne de los muslos y luego la parte posterior de las piernas, a la altura de las pantorrillas. Allí donde la tocaba, Korra sentía un hormigueo inintencionado, como si la propia mano tuviera algún poder espantoso. De repente odiaba a aquella mujer con mucha más violencia que la que nunca alcanzó a sentir por Asami y posteriormente por Lady Azula.
Entonces la reina empezó a examinar lentamente los pezones de Korra, abriendo su camisa. Los dedos de su mano retorcían cada pezón, primero a un lado y luego a otro, y palpaban el suave círculo de piel que lo rodeaba. El aliento de Korra se volvió irregular; su sexo estaba empapado reaccionando a todas estas acciones.
La reina era enormemente grande a su lado. O, ¿simplemente se lo parecía porque enfrentarse a ella era algo impensable? Korra intentó recuperar su calma, trataba de pensar en la sensación de liberación que la invadió en el sendero para caballos, pero no lo conseguía.
- Mírame - le ordenó la reina de nuevo en tono apacible. Korra se dio cuenta que estaba llorando cuando levantó la vista -. Separa las piernas - le ordenó.
Korra pestañeó asustada, el pánico la invadió y su cuerpo no reaccionó en primera instancia, como si no hubiese entendido la orden.
No. Se dará cuenta... y será tan desagradable como cuando lo descubrió Iroh en la sala de vasallos. Mako también lo presenciará.
La reina se rió. Mierda, aquella risa fue una puñalada a su pecho y un manjar para su sexo.
- He dicho que separes las piernas - repitió y le propinó unas palmetadas punzantes en los muslos.
Korra estiró las piernas separándolas todo lo que pudo y al instante fue consciente de su poca gracia. Cuando se quedó con las rodillas pegadas a la colcha pensó que sería incapaz de soportar aquella deshonra. Cerró con fuerza los ojos, intentando detener sus lágrimas, pero pronto se percató de que la reina le estaba abriendo el sexo igual que lo había hecho Katara. Notó su propio estremecimiento mientras los dedos de la reina palpaban la humedad de su punto secreto, al descubierto. Korra intentaba mantener inmóviles sus caderas. Ansiaba incorporarse y escapar, como una princesa miserable en la sala de adiestramiento que fuera incapaz de soportar que la examinaban de ese modo. Sin embargo, no protestó; sus gimoteos sonaban débiles e imprecisos.
- Date la vuelta - ordenó Yasuko, retornado lentamente los dedos de sus pliegues.
¡Oh, bendito escondrijo!, podría esconder la cara entre las almohadas. Pero aquellas manos frías, dominantes, estaban jugando en aquel instante con sus nalgas, abriéndolas y tocándolas. Korra ahogó su llanto en las almohadas.
Cuando estaba con Asami al menos sabía qué quería de ella. Incluso en el sendero para caballos le habían dicho cuál era su cometido. Pero ¿qué pretendía esta mujer? ¿que sufriera y se rebajara ofreciéndose a sí misma, o simplemente que aguantara? ¡Y aquella mujer la despreciaba!
La reina friccionó la carne, la pinchó, como si comprobara su grosor, si suavidad, su elasticidad. Inspeccionó los muslos de Korra con igual intensidad y luego le separo a la fuerza las rodillas y las levantó. Korra se quedó en cuclillas sobre la colcha, tendida boca abajo, con el sexo que sobresalía, colgando, y sus nalgas separadas de manera que parecían una fruta madura. La mano de la reina reposaba debajo de su sexo como si lo sopesara, palpando la redondez y el volumen de los labios mientras los pellizcaba.
- Arquea la espalda - le dijo con su tono gélido - y levanta el trasero, gatita, pequeña gatita en celo.
Korra obedeció. Los ojos desbordaban en lágrimas de vergüenza. Temblaba violentamente, respirando a pleno pulmón. No quería darle nada a esa mujer malvada, a esa bruja de reina. De repente la reina la recogió con presteza, como si se tratara de una blanda muñeca y la echó sobre su regazo. Korra soltó un gemido boquiabierta. Sus pechos se restregaban contra la colcha y el sexo palpitaba contra el muslo de la reina. Era una especie de juguete en sus manos.
Si, parecía exactamente un juguete, solo que ella estaba viva, respiraba y sufría. Podía imaginarse qué debía de parecer ante los ojos del príncipe Mako.
La reina corrió su pelo y recorrió la espalda con el dedo hasta el extremo de la espina dorsal.
- Todos los rituales - dijo con voz baja -, el sendero para caballos, las estacas en el jardín, las cacerías en el laberinto, así como los demás juegos ingeniosos son concebidos para mi diversión. Pero ¿he conocido alguna vez a un vasallo sin tener esa familiaridad con el siervo, con la intimidad de él sobre mi regazo listo para el castigo? Dime Mako ¿debo azotarla sólo con la mano para estar al nivel de esta familiaridad, sentir así su carne escocida, su calor, mientras observo cómo cambia de color? ¿o debo usar el espejo de fondo de plata, o una de las doce palas, todas ellas tan excelentes para este propósito? ¿Qué prefieres, Mako, cuando tú te encuentras en mi regazo? ¿qué es lo que anhelas cuando no puedes contener las lágrimas?
- Si la azota de ese modo podría lastimar su mano - fue la serena respuesta del príncipe -. ¿Quiere que le traiga el espejo de plata?
- Ah, pero no respondiste mi pregunta - dijo la reina -. Tráeme el espejo. No la azotaré con él, más bien lo utilizaré para ver su rostro mientras la castigo.
Con ojos llorosos Korra vio cómo Mako se dirigía al tocador. Luego, ante ella, apoyado en un cojín de seda, apareció el espejo, ladeado de tal forma que podía ver reflejado claramente en él el fino rostro blanco de la reina, cuyos ojos oscuros y su sonrisa la aterrorizaban.
No debo rebelarle nada - se dijo sin convencerse, desesperada, cerrando los ojos mientras las lágrimas caían inevitablemente por sus mejillas.
- Ciertamente, la palma de la mano tiene algo superior - dijo Yasuko mientras deslizó la mano bajo los pechos de Korra, apretándolos entre sí, tocando los pezones con sus largos dedos -. ¿No es cierto que te he azotado con la mano con tanta fuerza como cualquier hombre, Mako?
- Desde luego, majestad - respondió serenamente. Se encontraba otra vez detrás de Korra.
- Ahora, enlaza las manos a la espalda, por la cintura, y mantenlas así – le dijo la reina. Entonces cubrió con la mano como lo había hecho anteriormente con sus pechos -. Contesta a mis preguntas, princesa.
- Si, majestad - respondió Korra con un esfuerzo, aunque, para mayor humillación, su voz rompió en sollozos y se estremeció al intentar reprimirlos.
- Y guarda silencio - ordenó con tono severo.
Empezó a azotarla.
Sus nalgas recibieron un gran palmetazo seguido de otro. Si alguna vez una pala había sido más dolorosa, lo había olvidado. Korra intentó permanecer quieta, callada, sin que se le notara en absoluto, reprimiéndose mentalmente aquella palabra una y otra vez, aunque sentía sus propios retorcijones.
El proceso era idéntico al que le explicó Katara acerca del sendero de caballos: forcejeaba como si pudiera escapar de la pala; se escabullía para intentar evitarla. Y, de pronto, oía sus propios gritos jadeantes mientras los azotes la requemaban. La mano de la reina parecía intensa, dura y más pesada que la pala; se adaptaba a ella mientras la zurraba. Korra estaba loca, lloraba a lágrima viva, a gritos, y todo aquello para que la reina lo viera en su maldito espejo. Sin embargo, no podía pararlo. La otra mano de Yasuko le estrujaba los pechos, estiraba sus pezones una y otra vez, los soltaba y volvía a tirar de ellos, mientras continuaba azotándola y Korra sollozaba ininterrumpidamente.
Hubiera preferido cualquier otra cosa: precipitarse ante la pala de Iroh por el pasillo, el sendero para caballos; incluso el sendero era mejor, ya que el movimiento ofrecía cierta escapatoria. Aquí no había nada más que dolor, las nalgas inflamadas y desnudas para disfrute de la reina, que ahora buscaba nuevos puntos de ataque. Azotaba la nalga izquierda y luego la derecha, y a continuación cubría los muslos de Korra con resonantes manotadas mientras las nalgas parecían hincharse y palpitar de modo insoportable.
Debe cansarse, debe parar…
Pero hacía un buen rato que se repetía eso y el tormento continuaba. Las caderas de Korra se levantaban y caían, se retorcían a un lado y sólo conseguía como premio recibir golpes más sonoros, más rápidos, como si la reina se violentara cada vez más. Era como cuando Asami la azotó con la correa.
Korra apretaba sus dientes para ahogar sus gritos, sin éxito. Abrió los ojos con implorantes súplicas desesperadas, pero únicamente vio el severo perfil de Yasuko reflejado en él. De repente las manos de Korra evitaron su firme apretón y forcejearon para cubrirse el trasero, pero la reina las sujetó de inmediato
- ¡Como te atreves! - susurró sorprendida, y Korra aterrada volvió a estrecharlas con fuerza detrás, mientras sollozaba con la cara hundida en la colcha.
La mano se apoyó, inmóvil, en la carne ardiente de Korra. Los dedos parecían aún fríos, pero lo cierto era que la quemaban. Y ella no podía controlar su acelerada respiración ni aquellas lágrimas incontenibles.
No quería abrir los ojos.
- Tendrás que ofrecerme disculpas por ese pequeño desliz indecoroso - dijo la reina.
- Yo, yo... - balbuceó Korra -, lo siento, mi reina. ¡Lo siento, majestad! - dijo frenéticamente -. Lo único que merezco es su castigo, majestad.
- Si - susurró -, lo tendrás. Pero, pese a todo... - suspiró -. ¿No se ha portado bien, príncipe Mako?
- Yo diría que se ha portado muy bien, majestad, pero aguardaré su opinión.
La reina se rió, y con un movimiento brusco tiró de Korra hacia arriba.
- Date la vuelta y siéntate en mi regazo - le dijo.
Korra no dudó en obedecer, y se encontró tiritando sobre los muslos de la reina, temblorosa e irritada. Noto la seda del camisón, fría bajo sus ardientes nalgas, mientras la soberana la mecía con su brazo izquierdo.
- No creí que fueras tan obediente - dijo la reina apretando contra sus amplios pechos a Korra -. Pensé, que como eras del sur, serías tan difícil e indomable como tu padre.
El rostro de Korra se calentó. Ella estaba pasando bajo las mismas manos que su padre. Sintió empequeñecida e impotente, como si en los brazos de aquella mujer no fuera nada, tal vez algo pequeño, quizás una niña, pero no, ni siquiera eso.
La voz de Yasuko era cada vez más dulce y envolvente.
- Eres dulce como Lady Azula dijo que eras - susurró con ternura en el oído de Korra, que se mordió el labio.
- Majestad... - musitó, pero en realidad no sabía qué decir.
- Mi hija te ha adiestrado bien, y haces gala de una gran percepción.
La mano de la reina se hundió entre las piernas de Korra y palpó el sexo que no se había enfriado ni se había secado en ningún momento. Korra apretó los párpados, no entendía porque su cuerpo siempre parecía jugarle en contra.
- Ah, dime ¿por qué te asusta tanto mi mano si te toca con tanta dulzura?
Esta mujer está loca... está más loca que Asami. Asami... ella es un ángel en comparación ¿en comparación? ¡Lo es! ¡Oh por todos los espíritus, lo es!
La reina se inclinó para besar las lágrimas de Korra, saboreándolas en sus mejillas y en sus párpados.
- Miel y sal - dijo.
Korra estalló en silenciosas cascadas de lágrimas. La mano situada entre sus piernas recorría la extensión de su humedecido centro. Sabía que estaba ruborizada, y el dolor y el placer se entremezclaron. Se sintió subyugada. Su cabeza cayó hacia atrás contra el hombro de la reina, su boca cedió y se dio cuenta que la reina le besaba la garganta.
- Pobre vasalla - dijo la reina -. Pobre princesa obediente. Quería mandarte a casa para deshacerme de ti, para liberar a Asami de su pasión; mi hija, que está tan hechizada como si la vida fuera una sucesión de encantamientos. Pero posees un temperamento tan perfecto como ella dijo, eres tan perfecta como los vasallos mejor adiestrados, y con todo, más pura, más dulce.
Korra jadeó, inundada por el placer que se acentuaba entre sus piernas, que aumentaba dolorosamente y crecía sin cesar. Creyó que sus pechos hinchados iban a explotar, y las nalgas, como siempre, no dejaban de palpitar.
- Vamos, dime ¿te azoté con mucha fuerza?
Apoyó sus fríos dedos en la barbilla de Korra y le volvió la cara para que la mirara a los ojos. Aquellos enormes, negros e impenetrables ojos cuyas pestañas se rizaban hacia arriba y parecían una gran envoltura de vidrio de tan espesas y brillantes que eran.
- Y bien, respóndeme - requirió la reina con sus labios rojos, y llevó su dedo a la boca, tirando de su labio inferior, mientras ella misma mordía el propio -. Contéstame.
- Con... fuerza... mucha fuerza... su majestad - dijo sin evitar sollozar.
- Si, quizá para un trasero tan puro como el vuestro. Pero hiciste sonreír al príncipe Mako con tu inocencia -. De repente Yasuko la observó con seriedad, como si estuviese ideando algo -. Mako, será mejor que llames a Iroh y que traiga a Lady Azula. Ya sé lo joven y tierna que es mi pequeña vasalla, y cuánto tiene que aprender, pero hay que castigarla por su pequeña desobediencia. Sin embargo, eso no es lo que me preocupa. Debo conocerla más, entender su talante, sus esfuerzos por complacer y.… bien, se lo he prometido a Azula.
En ese momento las puertas de la alcoba de la reina se abrieron violentamente, apagando unas cuantas luces que estaban próximas a ellas. Korra se sobresaltó entre los brazos de la reina, asustada, y su corazón se estrujó cuando reconoció a la mujer que había aparecido.
- Asami... – delinearon silenciosos sus labios, mientras sus ojos se inundaban una vez más.
Se veía tan hermosa como siempre, pero el fuego que ardía en aquellos verdes ojos la transformaba en una especie de guerrera enfadada.
- Esto se terminó - dijo secamente, observando a la reina.
- ¿Qué haces aquí, Asami? Se supone deberías estar con una docena de príncipes y princesas, divirtiéndote, castigándolos.
- ¿Divirtiéndome? - dijo con burla en la voz - ¿Cómo podría estar divirtiéndome, si por dentro estaba sufriendo?
- Déjame adivinar ¿Quizás alguna morena de ojos celestes estaba ocupando tu pensamiento?... - dijo mientras acariciaba distraídamente el cabello de Korra -. ¿O quizás se trata de una pálida mujer de ojos esmeraldas, que ya no reside más en el castillo?
Asami no se inmutó y se acercó con paso seguro hasta que estuvo a unos centímetros de donde se encontraba Korra.
- Te lo advertí, madre.
Un silencioso enfrentamiento de miradas se estaba llevando a cabo, con Korra en medio del campo de batalla, y como única causante de aquella contienda. De repente la expresión de Yasuko se relajó y su risa comenzó a llenar la habitación, confundiendo a Korra.
- Tranquila, querida hija. He terminado con Korra, por ahora.
Las manos de la reina se relajaron sobre el cuerpo de la princesa, y esta apenas sintió que era libre se levantó de su regazo con cierta dificultad, hasta ponerse de pie. De inmediato la mano de Asami la cogió de la cadera, apoyándola contra su pecho, envolviéndola con un brazo.
- No, esto es definitivo - continuó Asami, sin mostrar ninguna expresión de relajo en su marmoleo rostro -. Korra es mía, nadie más podrá acercarse a ella desde este momento. Incluso tú.
Apenas dijo eso, se dio media vuelta y salió de la habitación, con Korra detrás, sollozando aún mientras era agarrada de la muñeca.
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Caminó rápida y silenciosa por los pasillos del castillo. Estaba cansada, amodorrada y sólo sentía el eco de los tacos de su ama resonar sobre aquella fría baldosa, mientras sombras de luces pasaban ante ella conforma se internaba entre aquellas empedradas paredes. Confusa y en estado de letargo seguía a Asami, observando su espalda, como su larga cabellera caía por sus hombros. Una sensación de paz la invadía, y se dejó guiar por ella.
Cerró los ojos y cuando los abrió se encontró en la habitación de la Princesa, parada frente a su encendida chimenea, sintiendo el calor en sus adoloridas nalgas, pero ignoró ese dolor, su atención estaba por completo en ella, quien se encontraba apoyando su frente contra la puerta que había cerrado.
Pasaron varios minutos en que se encontraban así, separadas por la distancia y por el silencio. Korra ya no lloraba, no, ella estaba preocupada por alguien más.
- Princesa - dijo para romper el silencio, ignorando todo por lo que recién había pasado. No sentía dolor, a pesar de que aún sus mejillas estaban humedecidas por sus lágrimas, en ése momento no sentía nada. Todos sus sentidos estaban atentos a Asami, se inundaban de ella.
- Asami… - dijo apresuradamente - Dime Asami, Korra
- Asami - saboreó su nombre en los labios, y avanzó lentamente hasta quedar a sólo unos centímetros de la espalda de su ama. Estiró su mano, agarrando la fina blusa que vestía, llamando su atención -. Asami...
- Yo... no sé qué me sucede - dijo aún apoyada contra la puerta.
- No eres la única, mi Princesa - respondió dulcemente Korra
- No lo entiendes... no pareces entenderlo.
- Claro que lo entiendo. Si bien todo es demasiado confuso, todo parece querer enloquecer mi mente, incluso cuando creo estar a un paso de entenderlo aparece algo que me dice que estoy cayendo y cayendo más y más hondo en un delirio que ni siquiera me molesto en cuestionarme. Pero... pero entre tanta oscuridad y locura, sólo hay una cosa que me tranquiliza, y es cuando estoy contigo, Asami.
- ¿Conmigo? ¿Cómo puedes decir eso? - dijo riendo amargamente - Yo soy la que te arrastró a esto, si no fuera por mi aún estarías en tus fantasiosas juergas en tu Palacio del Sur.
- Si no hubieras sido tú hubiera sido otro, y estaría sufriendo aún más en el Castillo.
- Sigues sin entenderlo - susurró Asami
- ¡Te equivocas! - dijo tirando de ella, obligando a volverse hacia ella, a mirar su sincero rostro -. Te has vuelto alguien extremadamente necesaria para mí, Asami. Siento que te necesito a cada momento, de todas las formas posibles. Nunca he sentido antes esto ¡Por Dios, nunca he sentido muchas cosas desde que te conocí!
Asami sólo la observaba, perdiéndose en los celestes ojos de su morena.
- Yo... no sé qué es lo que siento – continuó -. Creo saber qué es lo que quieres de mí, pero te pido tiempo. Por favor dame tiempo, Asami - dijo cerrando los ojos, apretando la blusa a la altura de su pecho, mientras apoyaba su frente en él, sintiendo la respiración de Asami -. Te necesito, me duele el pecho cada vez que me apartas de ti, cada vez que te enfadas conmigo. Siento que muero cuando me tratas con indiferencia... Quiero ser solamente tuya, como deseo con todo mi espíritu que tú seas solamente mía Asami. No soporto verte con otras personas.
- Korra - Asami cogió su rostro entre sus temblorosas manos.
El tiempo pareció detenerse por un momento. Las mejillas de Asami estaban enrojecidas, su labio inferior tiritaba levemente y sus ojos vidriosos gritaban que la besara, que la estrechara entre sus labios, por Dios, era tan hermosa.
- Korra - repitió bajando su mirada, mientras sentía como perdía la fuerza y soltaba su rostro y sus manos bajaron lánguidas hasta sus brazos, afirmándose a ella - No entiendes...
- Pero ¿qué es lo que no entiendo? – dijo desesperada. Quería entenderla, necesitaba hacerlo.
- Yo... yo no creo que este sólo obsesionada contigo. No eres como cualquier otro vasallo, ni siquiera puedes compararte a cuando estuve con Kuvira - dijo sorprendiendo a Korra, mientras paraba a tomar aire -. No.… esto es distinto. Cada vez estoy más convencida de que me estoy enamorando de ti... Me creerás más loca si…
- Dime – la interrumpió.
Asami encontró sus esperanzados ojos, y avergonzada tomó aire intentando calmar el temblor que subía por su espalda.
- Te amo, Korra.
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~o~
Este capítulo fue bien intenso. Pobre de Korra, no hubo ninguna clase de satisfacción para ella. Pero eso por un lado es bueno, ya que poco a poco se está dejando llevar por la corriente, a pesar de que su espíritu combativo le diga que eso no está bien, pero tal es el delirio y la incomprensión, que es mejor mantenerse al margen de las emociones, dejar que éstas fluyan. Be the leaf~
¡Y Asami se confesó señores! La pregunta ahora es qué va hacer Korra... y Azula, y Yasuko, y Iroh, si es que se llegan a enterar, muhahaha. No me odien, no sería divertido si todo en la vida fuera fácil, menos en una temática como esta. Ambas deben sufrir, deben interiorizar que el dolor va ligado al placer, ése es el fin de todo, eso rompe tu voluntad y la vuelve a moldear, haciéndote más fuerte. Es una manera un tanto fuerte de ejemplificarlo (no pasa en la vida real con el sexo, desgraciadamente) pero sí con otras cosas de la vida. Podría hablar de esto pero no viene al caso.
Ya no puedo seguir ocultándolo: les confieso que padezco de tendinitis, y me es un esfuerzo escribir, pero lo peor de todo es que no puedo dejar de hacerlo, así que ténganme paciencia si es que de repente no cumplo.
No odien a Azula, ni a Asami... de Yasuko quedará a su criterio.
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Y pasando a los reviews:
Tc99: Yo no he hecho nada, sólo escribo lo que al parecer es lo que secretamente quieres, hohoho. Ya pronto las cosas se empezaran a enclarecer, tus dudas se resolverán... pronto. catching RE: Asami es una hermosa alma incomprendida. Ella ha vivido su vida en aquellas acciones y castigos, más aún con lo que pasó con Kuvira, por lo que no entiende los puros sentimientos que está experimentando con Korris. Dale tiempo. Al lado de las demás loca, Asami es la más cuerda. Ruha: Dije que no emitiría comentario, nunca dí una declaración. Además, no encuentro que sea malo. Si es que hay una pasiva en una relación de mujeres, entonces ¿cuándo disfrutará la activa?, por eso siento que casi ni existe eso. Poco a poco Korra está apresurando lo que siente, para ver que es lo que ella quiere de Asami. Ahora tendrá que apresurarse, ya que prácticamente ésta se le confesó. Además está la premisa de que todos quieren (queremos) a Asami, por lo que Korra tiene que apurarse, o perderá como en la guerra. Shizuma94: Es cierto, disfruto torturándolos. La idea de ese trío tampoco ha salido de mi cabeza, sólo estoy preparando algún momento como para que eso suceda. Ni siquiera te darás cuenta cuando suceda. Azula... yo creo que ni ella misma sabe lo que quiere, es un alma espontánea, she is the leaf. Y Asami, te adelanto que en el próximo capítulo lo sabrás. DjPuMa13g: Buenos días! Siempre tan cordial. No sé de donde serás pero para mi el capítulo fue calentito justo para comenzar la temporada de otoño, acá ya se ven pocas poleras por las calles, y más bufandas. Y sobre el corte de Asami, si yo hubiera sido lector también hubiera mandado todo a la shit por haberme cortado tan esperado momento... pero la espera valdrá la pena. Me encanta saber que entiendes a Asami (Al fin alguien!) describiste perfectamente su situación. ¿Ahora que piensas de Yasuko? ¿no es tan mala?, como escritora no me atrevo a emitir comentarios de ella, pero no te niego que me gusta su frío y ambivalente carácter. Pero es verdad, la madre siempre busca lo mejor para su hija, aunque su hija opine lo contrario. Hahaha, que triste realidad, a mi edad aún mi madre me regala huevitos, es la más tierna. kykyo-chan: Correr se refería a empalarte a golpes mientras disfrutas ver a tu vasallo afligido, cansado y llorando... exquisito, hahaha. Tenshi Hikari: ¿Y fue a expiar sus pecaminosas acciones y pensamientos? hohoho ¿escuché trío? cada vez estoy más convencida de ello, sin dudar lo haré por allí, en la historia obviamente. Me encanta Azula, es la locura y la espontaneidad personificada hecha mujers. Aile1323: Mi querida lectora swama del planeta Kia (te maté con eso), me encantaría ver tu rostro cuando hayas terminado de enfrentarte a todas las penurias que vivió Korra en este capítulo, porque la verdad, me dí cuenta que nunca la pasó bien. Pobrecilla. ¡Y aquí tienes amor! ¡del bueno! especialmente para ti, para que no me creas una insensible. Ahora empieza "Le romancé" (a mi estilo, claramente) aunque te corto las alas por adelantado para decirte que: no durará mucho... Nah, es mentira (¿lo es?). west jori: ¿Qué no te cae bien Azula? ¡Hereje! Pero perdono todo donde dijiste que amas más a Asami ¿cómo no hacerlo? ¡Es un ángel! Ahora si odiarás a Yasuko, es que su personaje está para azotarle la cabeza contra el pavimento de lo mala que es (hahaha, que violencia por Dios). Bolin, también es mi personaje masculino favorito. Paciencia, no lo he olvidado. Más adelante. ¿Quieres que te recomiende un buen libro? Tienes que decirme tus gustos ¿quieres algo similar? He leído tanto que te puedo recomendar desde Papelucho hasta uno de los cuentos del Marqués... o ve a la biblia, Salmos 141:4 (estuve 10 minutos buscando algo cuerdo, aprecia mi esfuerzo). Pero en serio, espero tu respuesta. TENSHINOKIRA: ¡He aquí el sendero para caballos y a sus hermosos juguetes! Cualquier idea perversa será bienvenida, mira que a veces siento que reciclo ideas, las apreciaría más de ti, chica con la particular historia de vida. También me gusta conversar contigo, me ayuda a pisar la tierra de vez en cuando. Gracias por tus palabras. yohennysiso: No puedo decirte nada, arruinaría el final. Siempre es mejor para mi dejarlos la incertidumbre. También me gusta esa pareja, es por ello que intenté meter un poco a Ty Lee en el capítulo, así que ya verás lo que se viene. Gracias por tu apoyo, todos necesitamos transfusiones de sangre, y una bolsa con suero de tantas deshidrataciones. Saludos desde Chile! (jiji, les ganamos en el partido... Que infantil, me abofeteo por ello. No te enojes). Isabel Guzman: Hay de mi amada e incomprendida Asami. Si cabeza está hecha un lío tan grande que ni siquiera ella es capaz de comprenderlo. Toda seguridad se va al basurero cuando comenzamos a caer en esta especie de "enamoramiento" que es lo que Asami dijo al final del capítulo. No necesita de esa seguridad, se mostró tal cual es frente a Korrita, y eso es hermoso. Ya sabrás qué es lo que piensa, lo prometo.
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¡Y aquí tienen su capítulo largo! Les cobraré la pomada para calmar el dolor de mi muñeca.
