—¡Demonios! ¡Levanta la espada!
Retrocedo y hago lo que me indican, pero no es suficiente. La hoja de práctica me muerde el hombro. No está afilada así que no logra romper la carne, sin embargo me ha golpeado en el mismo lugar tantas veces durante tantos entrenamientos que un gañido escapa mis labios y hace eco por el sótano. Mantengo la espada en la mano con esfuerzo, por poco la suelto, pero hay cosas que los puños de Ahenobarbus enseñan mejor que las palabras.
—Idiota —me gruñe el Vencedor de nuestro Distrito dándome un golpe con los nudillos en la oreja—. Cuando digo que levantes la espada, me refiero a "de inmediato", no a la hora que se te dé la gana. Estás muerto.
—Sólo es el brazo —replico ganándome otro golpe.
—Sólo te cortaron el brazo. Te has desangrado hasta morir en el tiempo que te tomó abrir tu gran bocota. Siéntate. No quiero escuchar el sonido de tu voz hasta que dejes de ponerme de nervios.
Gaius sonríe burlón a través de la toalla con la que se quita el sudor de la frente. Me lleva unos diez kilos de diferencia, sin contar su año extra de entrenamiento y que es el favorito personal de Ahenobarbus. A veces sueño con entrar a los Juegos del Hambre juntos, aunque sé que no es posible, es uno de los pensamientos que me mantiene cuerdo, borrarle aquella expresión con un hacha.
Me siento en una de las bancas empotradas en la pared. Minny me aprieta el hombro intentando reconfortarme.
—No te preocupes Ty, la siguiente vez le ganarás.
Me encojo de hombros por toda respuesta, sabiendo que si Ahenobarbus escucha mi voz me ganaré algo más que moretones.
—¡Vesta, te toca! Coge el hacha.
—¿Hacha de nuevo? Ha sido el hacha por dos semanas.
—No sabes lo que habrá en la arena. Te defiendes con la espada pero tus habilidades para el hacha son mediocres. No tienes los hombros necesarios para un mazo, así que si es todo lo que hay ahí tendrás que correr como niña asustada hacia tus patrocinadores a rogarles porque te den un arma. ¿Quieres quejarte un poco más o te vas a ganar tu lugar aquí?
Vesta sabe que lo mejor es no hablar, en cambio estira los músculos antes de entrar al círculo de tiza trazado en el suelo de concreto, hacha de práctica en mano.
No es una gran pelea. Incluso después de dos semanas Vesta no domina la pesada hacha de batalla. Sostiene su terreno durante un par de minutos hasta que Gaius pasa su espada por un costado del mango de la otra arma y la gira hasta que ésta sale volando. Vesta se aprieta la muñeca y sisea de dolor.
—Patético —dice Ahenobarbus —. Absolutamente patético.
Vesta no espera a que le pidan que se siente, se aplasta en la banca a la primera oportunidad.
—Son una verguenza, todos ustedes —vocifera el Vencedor —. El Distrito Uno tiene ya dos campeones. Niño Bonito St. James y una rata de alcantarilla que pelea mucho mejor que todos ustedes, excepto quizás Gaius. La cosecha es en una semana y no dejaré que el Distrito Dos sea la burla un año más perdiendo contra un mocoso sin nombre de algún distrito hijo de perra. ¿Me están entendiendo?
—Si señor —contestamos a coro.
—Bien. Porque no los alimento por la bondad de mi corazón. Si sospecho que cualquiera de ustedes no tiene la convicción y dedicación suficientes los enviaré de vuelta a las minas y agujeros del barrio bajo de donde salieron con un par de piernas rotas como incentivo para los demás.
—Si señor.
Un escalofrío recorre mi espalda. Duermo bajo un puente en las noches y camino sin rumbo por el Distrito cuando no estoy aquí, en el sótano de Ahenobarbus. Esto es todo lo que tengo. Las minas no me dan empleo porque no quieren asociarse con el hijo de un rebelde y los agentes de paz me ejecutarían si me les acerco. Esta es mi última salida, mi última oportunidad para hacer algo con mi vida.
No soy el único. Somos cinco en ésta fría construcción que Ahenobarbus ha convertido en la versión barata de un gimnasio capitolino. A Gaius lo buscaba la autoridad por robo y violación, pero el Vencedor los sobornó lo suficiente para que lo dejaran entrenar. Vesta viene del burdel, donde mató a un cliente. Marble, la pequeña de catorce años sentado en la esquina es un chico con mal temperamento y amor por los cuchillos.
Nadie sabe de dónde vino Minnie, Ahenobarbus llegó un día con ella y nadie nunca ofreció una explicación.
—Minerva, Tiberius, siguientes. Espadas los dos.
Minnie y yo no nos miramos hasta que entramos al ring con sendas espadas. Doy un par de estocadas de prueba con la mía, sintiendo el peso familiar y reconfortante en mi mano. Minnie toma una postura defensiva, ella es así, hace que sus oponentes tengan un falso sentido de comodidad, hace que parezca que no es una amenaza hasta que el rival está cansado y comienza a cometer errores.
Decido no dejarla hacer eso conmigo. Me lanzo tan pronto como Ahenobarbus da la señal. Hago que Minnie retroceda con un patrón de movimientos diseñado a forzarla a gastar mucha energía para bloquearme. Me cuesta, pero tengo más fuerza y resistencia que ella. Mientras no haga algo estúpido no hay manera de que se canse antes que yo.
Mi estrategia da frutos. En una finta mía a la derecha, Minnie se prepara para recibir un golpe de ese lado, pero giro en reversa y la tomo por sorpresa con mi espada por la izquierda. El cambio de dirección la hace titubear y aunque bloquea mi golpe, el segundo pase de mi espada la desarma. En medio segundo la hoja de mi espada está en su garganta y me detengo cuando a penas roza su piel.
—Minerva, estás muerta. Tiberius, muerto.
—¿Qué? —exclamo indignado —. Pero le gané.
—¿Qué te dije sobre abrir la boca? —pregunta Ahenobarbus alzando su mano para estamparme contra la pared —. Estás muerto porque mostraste piedad. No hay piedad en los Juegos del Hambre, ¿entendido? No hay amigos. Los aliados son simplemente blancos atrasados. Si muestras piedad, mueres. Hasta Wheaton sabía eso, niño estúpido. ¿Realmente esperas que salga tu nombre en la cosecha cuando no puedes entender ni los puntos básicos del juego? Sal de mi vista. No dejes que te vea hasta que estés listo para actuar como un verdadero tributo del Distrito Dos.
Gaius se ríe. Ahenobarbus suelta su agarre me deslizo por la pared, aventando la espada hacia la banca. Nadie me pone atención.
—A las regaderas todos. Cena en treinta minutos.
A pesar de mi enojo y humillación, mi estómago gruñe gustoso ante la palabra cena. Mis compañeros acomodan las armas, avientan las toallas sudorosas en una pila para los Avoxes y se dirigen a los baños que Ahenobarbus instaló en su gimnasio clandestino.
El agua ya está todo lo caliente que puede estar cuando Gaius y Mable entran. Hago mi mejor intento por ignorarlos, lo cual es difícil con Gaius hablando de todas las cosas que hará con su dinero de Vencedor.
—Hey Ty, tal vez te vaya a visitar a tu puente. Te llevaré unas cáscaras y conchas para que comas, apuesto que para ti será un festín.
Ambos chicos ríen. Yo muerdo mi labio para no contestar, es una pelea que por lo visto no puedo ganar.
Termino mi ducha antes que los otros y tomo uno de los uniformes que constan de túnica blanca de algodón con pantalones a juego. Normalmente usamos ropa normal para comer, pero Ahenobarbus nos quiere presentables cuando tiene invitados, que es casi una vez por semana. No me quejo como algunos otros. Estas ropas son más abrigadoras que lo que uso del diario y puedo quedármelas hasta el día siguiente. Las noches bajo el puente son mucho más manejables en noches de cena elegante.
Caminar del mohoso, oloroso y oscuro sótano de Ahenobarbus a su casa es como cruzar a otro mundo. El Capitolio construyó un buen número de casas a las afueras de la ciudad donde sólo los Vencedores pueden vivir. Ahenobarbus es el único ahí, obviamente, pero su casa nunca está vacía. Todo el lugar huele a algún tipo extraño de perfume, decoraciones de oro y plata inundan en lugar, incluso tiene un retrato masivo de sí mismo sobre los cuerpos de dos de los tributos que él mató. Todo es pulcro y muy muy brillante.
Puedo notar de inmediato cómo este festín es más grande de lo normal. Los cinco estudiantes tenemos nuestra propia mesa al final del comedor, comemos aquí todos los días después del entrenamiento, no porque Ahenobarbus se preocupe por nosotros, sino para hacernos construir el músculo necesario para ganar los Juegos. Estoy seguro que lo que hace es técnicamente ilegal, pero a nadie parece importarle.
Hay cerca de treinta personas sentadas en la larga mesa de mármol. El alcalde, los enviados del Capitolio, prostitutas y algunos gerentes de las minas, el jefe de los agentes de paz incluso un par de celebridades de televisión. La cena es ruidosa y apabullante una vez que ha corrido el alcohol. Dos avoxes trabajan sin descanso trayendo comida y rellenando las copas, recuerdo haber escuchado que fueron un regalo del presidente Lucius a Ahenobarbus por ganar los juegos.
El Vencedor no nos deja beber, dice que nuestras mentes necesitan tener claridad en todo momento, Gaius sin embargo no está sentado hoy con nosotros. Está en la mesa grande, riendo y bebiendo con todos los demás. Ahenobarbus tiene un brazo en sus hombros y le habla a un hombre claramente capitolino. Me toma un momento reconocerlo como el jefe de los Juegos para el Distrito Dos, el encargado de la decoración del día de la cosecha, así como de asegurarse que todos los nombres de todos los niños tuvieran la cantidad de papeles que se merecían.
Hago una mueca y apuñalo a mi pedazo de carne con el tenedor. El jefe de los Juegos es al que Ahenobarbus soborna todos los años para asegurarse que uno de nuestros nombres sea escogido el día de la cosecha. Gaius y yo somos los únicos con dieciocho años. En una semana, uno irá al Capitolio y el otro terminará en las calles. Viendo a Gaius reír y estrechar manos con aquél señor, es obvio el nombre de quién saldrá de la urna.
Minnie puede sentir mi humor y me toma de la mano bajo la mesa. Aquél gesto acaba de tensar mis nervios. Azoto mi servilleta en la mesa y me separo de ella, levantándome.
—Ty, ¿estás bien?
—Si.
—¿Quieres compañía?
—No —suspiro dándole una palmada en la espalda—. Necesito estar solo un segundo.
Nadie en la mesa principal siquiera voltea a verme mientras salgo del cuarto. Y no es que me importe.
Una fría corriente de aire recorre el Distrito Dos conmigo, al salir de la Villa de los Vencedores y adentrarme al pueblo. El olor de las minas y canteras se ha quedado impregnado en este lugar. Realmente no lo notas después de tantos años atrapado en este infierno. La montaña fortaleza nos vigila imponente.
Hemos escuchado toda clase de historias sobre ése lugar. En teoría es el centro de la defensa del Capitolio y fue el cuartel general durante la guerra, todos aceptan eso. Pero hay rumores de que muchas más cosas pasan ahí; experimentos, entrenamientos, incluso una prisión donde muchos rebeldes siguen capturados. Algunos chicos de la calle que se han acercado lo suficiente, juran que se pueden escuchar gritos de las entrañas de la montaña.
Mi humor actual me lleva hacia la enorme construcción que bloquea un tercio del cielo. Me pierdo en su sombra, dejando que mis enojados pensamientos se remuevan en mi cerebro como un guisado de los barrios bajos. Camino al rededor con el viento rugiendo en mis orejas, intentando no pensar en Gaius, Ahenobarbus, Minnie o el puente. Me detengo cada cierto tiempo para cerciorarme de que no se escucha ningún grito.
—¿Qué haces aquí? —un agente de paz camina hacia mí con el arma apuntándome. Levanto las manos de inmediato—. Es un área restringida. ¿Qué haces aquí?
—Sólo estoy caminando oficial —digo manteniendo la cabeza baja. Perfecto, justo lo que me faltaba, que me dispararan antes de la cosecha—. Necesitaba un poco de aire fresco.
—¿Vienes de la escuela?
—De la Villa de los Vencedores, de casa de Ahenobarbus.
El agente hace una pausa. Levanto la cara un poco y puedo ver el entendimiento en sus ojos.
—Muy bien, vuelve por donde has venido y no quiero verte por aquí otra vez o te llevaré yo mismo y le haré saber por qué.
—Si señor —no necesito que me diga nada más. Doy media vuelta y corro hacia el pueblo. Cuando llego al callejón entre un almacén y la planta de hierro ya no tengo aliento. Me recargo en la pared, tomando un par de bocanadas de aire, esperando a que mi corazón lata con normalidad. Es entonces que escucho las voces.
—Cuando sea Vencedor, no tendrás que juntarte con gente como él. Yo cuidaré de ti, en mi casa, siempre que tú quieras ir —Gaius, acosando a alguna chica sin lugar a dudas. Mi labio se tuerce con asco y estoy a punto de largarme cuando escucho la segunda voz.
—Largo Gaius. No pasaría una sola noche en tu casa aunque las opciones fueran tú y un muto acuático.
—Esa no es la manera de hablarle a un Vencedor. No puedes decirme que encuentras a la rata de puente más atrayente.
—Encontraría al perro del jefe de los agentes de paz más atrayente.
Suena un golpe y un quejido de dolor y no me doy cuenta que mis piernas corren otra vez, en dirección a ellos. DOy vuelta a la esquina donde Gaius presiona a Minnie contra la pared. Los dedos de ella buscan algo que pellizcar.
—Déjala en paz —mi voz se quiebra. Gaius me mira y sonríe.
—Oh mira, el imbécil ha venido a rescatarte. Creo que romperé sus piernas y lo obligaré a vernos.
—Deja que se vaya —mis dedos se entierran en mis palmas y el cielo se torna rojo.
—Volveré por ti —le dice Gaius a Minnie aventándola a un lado.
—Sal de aquí Minnie
—Ty... yo no creo que... —sus ojos se desvían de él a mí insegura.
—¿Minnie? Largo. Ahora. —por primera vez en nuestra amistad me escucha y sale corriendo por donde yo vine. Gaius estira sus brazos arrogante.
—Creo que será un buen entrenamiento para los Juegos. He querido ponerte en coma por mucho tiempo, pero creí que tendría que esperar hasta después de ganar para hacerlo.
—Ahenobarbus no está aquí para ser tu porrista, Gaius. Sólo tu y yo.
—Ahenobarbus me dijo que estaba tentado de mandarte a los Juegos, sólo para apostar que durarías dos minutos.
—¿Dónde te dijo eso? ¿En su cama?
La burla surtió el efecto deseado. Gaius grita enfurecido y se lanza contra mí. Lo esquivo, causando que se estrelle con la pared. Estoy sobre él antes de que pueda voltearse, golpeando su cara, su pecho, y todo lo que puedo golpear.
No es suficiente. Hay una razón por la que Gaius es el favorito de Ahenobarbus. Bloquea mis ataques y los regresa. Es muy rápido. Me doblo por completo apoyándome con la pared, devolviendo la mitad de la comida. Gaius está encima de mí antes de darme cuenta, con sus puños en mi cara, siento cómo se rompe mi nariz. Un golpe de suerte, literalmente, hace contacto con su mejilla y escupe un diente mientras yo intento para la hemorragia.
—Pagarás por eso rata —gruñe con sangre en la boca.
Sus manos rodean mi garganta, y tengo el piso en la espalda. Mi visión se vuelve borrosa, mis dedos intentan aligerar la presión de sus enormes manos y logran hacerle sangrar pero él no parece notarlo.
—Cuando acabe contigo, encontraré a tu amiga y la llevaré a la Villa, a una de esas casas en las que nadie podrá escucharla gritar, y entonces...
Nunca pudo terminar su frase. Pongo toda mi fuerza en un empujón que me pone encima de él y logro levantarme. Gaius vuelve a querer tirarme al suelo, y cuando caigo sobre su pie, toda su fuerza está detrás de ese golpe. Puedo sentir cómo se rompen sus huesos.
Gaius grita de dolor y uso ese momento de distracción para zafarme. Carga contra mí pero le doy una patada en el pie, haciendo que colapse con un gemido. Me subo a su espalda con el brazo al rededor de su cuello. El escupe, maldice, pelea. Yo nunca me he sentido tan fuerte en mi vida, mi mundo es rojo y una voz dentro de mi me pide que pare, que es suficiente. Suena como Minnie.
—No es suficiente —mascullo. Con un fuerte crujido, el cuello de Gaius se rompe.
Me levanto, sacudo la tierra de mis hombros y miro al hombre que acabo de matar.
Estoy asustado.
Asustado hasta que la voz grave de un hombre hace eco en la oscuridad.
—Tiberius —miro hacia arriba. Ahenobarbus está parado en el techo del almacén, mirándome con los brazos cruzados. Sonríe levemente—. Tú servirás.
Y se va, dejándome solo.
